jueves, 10 de diciembre de 2015

ADIOS A UN EMBLEMA DEL 2x4 QUE SE FUE CANTANDO, Por Karina Micheletto (Fuente: Página12, 10/12/15)


Alberto Podestá

Cantó con los mejores directores y orquestas de la época de oro del tango –Di Sarli, Láurenz, Caló, Francini y Pontier– y les pasó esa sabiduría a varias generaciones de sus colegas. En la década pasada reapareció junto al Café de los Maestros.
 
Fue el último gran cantor de tango, el que arrastró hasta el presente, como aquella mugre sagrada de la que hablaba Troilo, esa sabiduría que sólo se aprendía haciendo en las orquestas, y que llegó a pasar a más de una generación de cantores. Fue el cantor de “Percal” y de “El bazar de los juguetes”, sus tangos emblema. El que cantó con los mejores directores y orquestas de la época de oro del tango: Di Sarli, Láurenz, Caló, Francini, Pontier. Ayer, a los 91 años, murió Alberto Podestá, después de cantar tangos en los escenarios hasta los 90.

Como muchos de los de su generación y los de su género, empezó a curtirse en el tango cuando todavía tenía pantalones cortos. También como muchos de los tangueros de su época, se consideraba y actuaba como un trabajador del tango antes que como un artista, sin asumir ninguno de los presupuestos de la carga simbólica de esa etiqueta. Como pocos en cualquier género, llegó a tener lo que a su modo fue un premio a su medida, algo así como la certificación de una vida bien vivida: un rincón propio, grabado con su nombre y adornado con sus fotos, en el bar y pizzería que fue su “parada”. Desde ese rincón del Kentucky de Puente Pacífico, en Santa Fe y Godoy Cruz, esta cronista pudo ser testigo, en alguna nota para Página/12, del modo en que se alineaban las coordenadas de un universo que incluía a River Plate, las anécdotas con gente como Troilo –con quien no llegó a cantar “por capricho del destino”, decía–, Alfredo Di Stéfano o Angel Labruna –tan fanas del fútbol y del tango como él–, el hipódromo y sus personajes, la familia y los amigos, los que ya se habían ido y los que todavía sabían que podían encontrarlo parando allí mismo, sin necesidad de coordinar cita previamente.

Alberto Podestá había nacido el 22 de septiembre de 1924 en San Juan, bajo el nombre de Alejandro Washington Alé Podestá. Su padre falleció cuando él era muy pequeño y de chico conoció la pobreza junto a su madre y sus cinco hermanos. Llegó hasta sexto grado de la escuela y, al igual que su hermano mayor, tuvo que empezar a trabajar. Pero fue allí, en la escuela, donde llegó a participar en un programa radial, conducido por una de sus maestras, y a estudiar algunas canciones de Carlos Gardel, mostrando precoces cualidades de cantor. “Gardelito”, le decían de chico, porque llegó a saberse su repertorio completo. Y hasta llegó a conocerlo, “de pasada”, pero dejando un recuerdo imborrable, contaría después, cuando trabajaba de chocolatero en un cine de San Juan.

Podestá comenzó a cantar profesionalmente a los 16 años, en la orquesta de Miguel Caló. Pasaría luego a cantar con Carlos Di Sarli, quien definió el nombre artístico por el que sería conocido, Alberto Podestá, reemplazando al que utilizaba hasta ese entonces: Juan Carlos Morel. En esta orquesta cantaba también Roberto Rufino. Con Pedro Láurenz grabó para el sello Víctor el tango “Nunca tuvo novio”. Más tarde regresó a la orquesta de Miguel Caló para completar la dupla de cantores con Raúl Berón. En 1945 se formó una orquesta dirigida por Enrique Mario Francini y Armando Pontier, en la cual Podestá fue cantor. Pronto lo acompañaría Julio Sosa, de quien fue íntimo amigo. Podestá recordaba con especial cariño sus actuaciones en el Sans Souci, alternando con Osvaldo Pugliese, y en el Tibidabo, cubriendo la ausencia de Aníbal Troilo, que en ese entonces había dejado de actuar por un tiempo.

La carrera de Podestá incluyó giras y grabaciones en Colombia con Cristóbal Ramos, Ramón Ozán y Joaquín Mauricio Mora; en Venezuela con Los Caballeros del Tango; en Uruguay con César Zagnoli; en Chile con Lucho Ibarra; y en la Argentina con Leopoldo Federico, Alberto Di Paulo, Luis Stazo, Jorge Dragone, Tití Rossi y Roberto Grela. En 1951 debutó como solista en Radio Splendid, con mucho trabajo en locales, confiterías y cabarets porteños de la época como Maipú Pigall. Entre 1967 y 1970 se radicó en Chile, desde donde continuó su carrera y sus giras por Colombia, Chile, Perú, Venezuela, Ecuador, México, República Dominicana y Estados Unidos. Llegó a registrar unas quinientas grabaciones, entre las que se destacan sus interpretaciones de tangos como “Alma de bohemio”, “Nada”, “Percal”, “Al compás del corazón”, “Nido gaucho”, “Qué me van hablar de amor” y “El bazar de los juguetes”, que reconocía como su tango.

El cantor murió ayer en un geriátrico porteño, donde estaba internado desde marzo de este año. Pero antes, hasta el año pasado nomás, Podestá cantó y siguió cantando después de cierta “segunda vuelta” que le trajo su inclusión en el proyecto Café de los Maestros, a partir de 2004, que abarcó dos discos, una película, un recordado concierto en el Teatro Colón y algunas giras por el mundo junto a otras glorias del tango como Leopoldo Federico, Aníbal Arias, Ernesto Baffa, Osvaldo Berlingieri, Gabriel Clausi, Emilio De La Peña, Ubaldo De Lío, Carlos García, José Libertella, Virginia Luque, Mariano Mores, Lágrima Ríos, Horacio Salgán y Atilio Stampone, entre muchos otros.

Desde entonces, Podestá retomó su carrera con una energía que asombraba a quien fue su manager y compañera de andanzas en esta etapa, Alejandra Podestá. “Parece que ahora me están descubriendo, porque yo, en mis 67 años de carrera, nunca tuve esto que tengo ahora. Que me hagan notas, tener publicidad...”, se asombraba el cantor en una nota con Página/12. La última de estas numerosas y entusiastas actuaciones fue el año pasado, festejando sus 90 años con un emocionante concierto en la Usina del Arte de la Boca. Allí cantó asombrosamente y repasó una vida intensa con anécdotas y los tangos que marcaron su carrera, junto a sus amigos músicos, discípulos como Ariel Ardit, bailarines como Julio Dupláa y Victoria Rosetti, y su nieta Malena y su hija Betina entonando junto a él “Que nadie sepa mi sufrir”. Así se fue “el último gran cantor de orquesta”, como era presentado en sus últimas actuaciones, con el bien ganado mérito de la etiqueta. Rodeado de su familia, amigos y afectos. Y cantando, siempre cantando.

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