lunes, 18 de febrero de 2019

POPULISMO Y EMANCIPACIÓN, (diferencias y afinidades) Por Jorge Luis Cerletti para Vagos y Vagas Peronistas


“Populismo y Emancipación, (diferencias y afinidades)” es un capítulo de mi próximo libro que espero publicar hacia mediados de este año. La intención es que sean capítulos-taller a fin de promover talleres de intercambio de ideas, experiencias y debates constructivos, en particular con sectores de la juventud. O sea, tratar de gestar puentes inter generacionales 

favorables al desarrollo del campo popular.

Jorge Luis Cerletti (16/01/19)


Economía y Política 

La dependencia de la política a la economía en el Capitalismo se explica porque lo esencial sobre lo que se asienta el poder en este orden social es la economía. Vale decir, responde a su capacidad productiva y a su potencia financiera y comercial. Por eso cuanto más desarrollado está el sistema, mayor es la gravitación política de las grandes Corporaciones. Hoy, estos gigantescos capitales imponen sus intereses incidiendo y manipulando la política del variado y amplio espectro de los estados nacionales. 

Lo descripto exhibe a la economía como el nivel principal del sistema pero, obviamente, no es el único. Lo cual no significa que lo económico sustituya a la política en el capitalismo pues ésta garantiza y motoriza su dominación. En el polo opuesto, las políticas emancipatorias anticapitalistas promueven la superación de este injusto orden social. Aquí la cuestión se complejiza al considerar la política “realmente existente”. Es que lo estructural está atravesado por los particularismos y su múltiple variedad de situaciones e historias concretas. Luego, es preciso evaluar la influencia de los diferentes actores y las luchas sectoriales sobre la señalada polaridad. 

Aquí es oportuno hacer la distinción entre política y gestión lo que no supone omitir su vínculo. Pues toda política que como tal disputa el poder, si triunfa, debe administrar los recursos de la sociedad. O sea, hacerse cargo de la gestión que, disimulada o expresamente, está prefigurada en esa política. Luego, ambas categorías son parte de la problemática del Estado. Mas, dicha institución porta un irresuelto y serio interrogante para toda apertura que promueve la emancipación: ¿cómo construir organizaciones que garanticen la real participación de la sociedad en decisiones sustanciales para su existencia? 

Un problema semejante presenta el cuestionamiento a la vigente democracia representativa que legitima al poder dominante. Esto suscita otra pregunta: ¿cómo encarar las situaciones en que dicho poder muestra fisuras, sea por crisis y/o conflictos y luchas de quienes lo enfrentan sin romper con la legalidad sistémica? Este interrogante trae a escena al llamado “populismo” que es objeto de polémicas en nuestro medio y también en otras latitudes. 


Acerca del “Populismo” y la Emancipación. 

Los mayores divulgadores del término “populismo” proceden de la derecha y de su poderoso aparato de propaganda, televisivo y del periodismo escrito. Lógicamente, lo cargan de un contenido insidioso y negativo para desprestigiarlo y anularlo políticamente. En nuestro medio esto es tan evidente que torna superfluo referirse a semejante prédica. Mas, descartada la misma, es conveniente pensar su relación con los movimientos que plantean la emancipación. Tal enfoque origina distintas interpretaciones y debates. Por lo tanto, abordaré someramente los alcances políticos del populismo. Y con esa finalidad haré una esquemática mención al conocido aporte teórico de Laclau. 

Plantea Laclau:“…la `vaguedad´ de los discursos populistas, ¿no es consecuencia, en algunas situaciones, de la vaguedad e indeterminación de la misma realidad social?” (“La razón populista”, pág. 32). Es válida su tácita afirmación considerando la multiplicidad de actores y sectores sociales. Cuestión que se articula con lo que después desarrollará respecto de las demandas equivalenciales. Las que, en conjunto y bajo el predominio de alguna/s de ellas, resultan la base simbólico-política del significante pueblo que a su vez establece una frontera insalvable con el poder dominante, digamos el “anti pueblo”. 

La conjunción de las “demandas equivalenciales” son reclamos que remiten a necesidades sentidas al interior del abarcador “significante pueblo” que potencian la energía de los movimientos populares. Empero, hay síntesis más abarcadoras como ciertos enunciados simbólicos generales que expresan y condensan sentimientos y políticas de profunda raigambre popular y de gran capacidad movilizadora. Por ejemplo, las tres banderas del peronismo: “justicia social, independencia económica y soberanía política” que representaron la antítesis política de la “década infame”. También viene a colación consignas claves de otros momentos históricos como el lema “Paz, Pan y Tierra” que lanzaran los bolcheviques durante la primera guerra mundial y que culminó con la Revolución Rusa. 

La cita y mi reflexión acerca del enfoque teórico de Laclau, es para situar lo que configura un vacío que ha dejado y deja el “populismo”. Según mi interpretación, este vacío marca la significativa omisión de lo estructural sistémico en su política que es un nivel fundamental para las corrientes emancipatorias con miras al mediano y largo plazo. Sin embargo, éstas aún no gravitan en la sociedad pues distan de crear alternativas superadoras en tanto que la mayor riqueza de su praxis deviene de las experiencias micro. La diferencia teórico-práctica señalada, obstaculiza fructíferos intercambios entre ambos sectores que, en los hechos, enfrentan al mismo enemigo. Uno, inmerso en su política cortoplacista, pone el acento en las exigencias del “día a día”. El otro, al que pertenezco, orienta su praxis a lo estructural a fin de superar la política realmente existente y potenciar las luchas actuales a través de una construcción con proyecciones a futuro. 


Principales sucesos en la política actual. 

Llegados a este punto intentaré situar lo planteado resumiendo, esquemáticamente, los sucesos más importantes de la política actual. 

En EE.UU., accedió a la presidencia Donald Trump con un discurso nacionalista y xenófobo que implementa con fuerza. En Inglaterra, se impulsa el Brexit y paralelamente, en Europa se fortalece el nacionalismo de derecha que inquieta al liberalismo reinante en la Unión Europea. No obstante, no creo que haya un cambio significativo en torno al poder mundial mediado por la decisiva influencia que ejercen las grandes corporaciones. Sí es esperable un reacomodamiento de su incidencia con relación a establishment gubernamentales que pretenden mayor peso en las decisiones en algunos de los países centrales. En esto juegan disputas por la hegemonía, los intereses nacionales y entre otros problemas, las secuelas que aún dejó la gran crisis de 2008. Todo lo cual repercute en el resurgimiento de discursos nacionalistas de derecha que a su vez combate a la inmigración flagelada por las guerras genocidas que ellos mismos alimentan. También testimonia las dificultades que plantea el desarrollo tecnológico y la concentración del capital que tienden a ser expulsores de mano de obra asalariada. Fenómeno que se agudiza en los países periféricos con el aumento de la pobreza y las trágicas migraciones humanas que resultan el “pato de la boda”. 

Las guerras selectivas como en Siria, afectan a toda el área y generan disputas entre las potencias. En Sudamérica, se produjo el desplazamiento de varios de los gobiernos populares emergentes en la primera década y media de lo que va del siglo y los que subsisten se ven asediados. En Brasil, cayó el gobierno popular mediante un golpe blando seguido del triunfo electoral de la ultra derecha de Bolson-aro; Venezuela, desquiciada y rondando un golpe blando si no un golpe militar; Argentina, triunfo de los CEOs de Macri and company; Ecuador, Rafael Correa traicionado por el actual presidente Lenin Moreno, su ex vicepresidente; Bolivia, derrota de Evo en el referéndum que propiciaba su cuarta reelección consecutiva; el Mercosur en marcha hacia el “Merco-rporaciones”… 

Ese panorama oscuro se oscurece aún más si pensamos en la carencia de alternativas al capitalismo en el mundo. Si bien los señalados gobiernos “populistas” produjeron hechos positivos, su retroceso actual constituye un testimonio de los límites estructurales propios del sistema capitalista. 

Aclaremos que el término populismo que se puso tan en boga en la actualidad, abarca expresiones con diferentes matices de acuerdo a cada situación. Como ser el Chavismo en Venezuela, los gobiernos K en Argentina, los de Evo en Bolivia, el PT en Brasil, en fin, las aperturas que desde el inicio de este siglo emergieron en Sudamérica perturbando la hegemonía neoliberal. 

El “populismo”, al menos en nuestro país, ha mostrado una tendencia declinante. Basta considerar el nacimiento del peronismo y su gobierno en el período 1945/52, a su 2º mandato en declive e inconcluso por el golpe militar, comparados con las realizaciones posteriores que, salvo la excepción de los 3 meses de Cámpora, siguieron con la declinación del 3er. gobierno de Perón y, ni qué decir, del reaccionario de Isabel-López Rega y la del neoliberalismo desarrollado en la presidencia de Menem en los 90. Aún el resurgimiento de los 12 años K dista mucho de las realizaciones inaugurales. Claro, son otras las circunstancias pero eso mismo habla de las debilidades del “populismo”. En ese sentido, vale comparar los 18 años de la resistencia peronista y sindical (con sus disputas y antagonismos internos incluidos) ante el penoso espectáculo de nuestros días. 

Esta etapa reclama ideas innovadoras y una sumatoria colectiva de esfuerzos para enfrentar la despiadada dominación del gran capital. Las luchas deben responder a la causa de los de abajo y a todos los que la asumen. En función de ello y sin renunciar a los principios, tenemos que ampliar la mirada política. El “populismo” (discutible significante) aporta numerosos luchadores que no debemos confundir con quienes usufructúan de las prebendas del Estado. Sumar fuerzas en las luchas concretas y al mismo tiempo, impulsar el pensamiento crítico en torno a las limitaciones del “populismo” y acerca de la gestación de caminos que tiendan a la emancipación. 
La ambigüedad, ¿a quién favorece? 

Ahora bien, con el paso del tiempo se puso en evidencia la erosión de las aristas más agudas de las luchas y formulaciones de carácter anticapitalista. El ejemplo mayor devino de la implosión del campo comunista. En nuestro continente, después de la 2ª guerra mundial, además de la revolución cubana y la nicaragüense, surgieron movimientos nacionales que se opusieron al poder económico concentrado. Pero hoy, fortalecidos los grupos dominantes internos y externos, descalifican a sus opositores con el nombre de populismo que unifica diferencias y matices. Y en lo que va del siglo, englobaron también al llamado Socialismo del siglo XXI, proclamado en Venezuela, y a los gobiernos que no responden cabalmente a sus intereses. 

De lo expuesto se infiere que el rótulo sirve de muy poco para definir las diferencias políticas entre las distintas experiencias que se desarrollaron en Sudamérica desde comienzos de este siglo. Y si tildamos de “populista de derecha” a Trump o a los pronazis actuales, se llega al extremo de perder el sentido del término. Porque se mezcla la captación de importantes masas humanas de la sociedad con los fines e intereses reales de quienes generan tal captación. Según ese criterio podríamos sostener que Margaret Thatcher era populista. 

Asimismo, referenciar el término a las masas empobrecidas de nuestro subcontinente, si bien delimita el campo, con ello aún no se supera la ambigüedad. Es que tal delimitación nada dice de las características propias constitutivas de las diversas políticas. Por ejemplo, no diferenciar al ex-gobierno de Lula del de Evo, mimetiza lo que es asistencialismo con políticas nacionales más radicalizadas. 

Al mencionar las diferencias entre las distintas variables agrupadas como pertenecientes al “populismo”, tocamos un punto clave irresuelto. ¿Cuáles son los límites de su oposición al gran capital? ¿Hasta dónde se puede desarrollar una política independiente en este período hegemonizado por las grandes corporaciones? Referente a la segunda pregunta pensemos que el gobierno de Macri desmanteló la “herencia populista” de 12 años K. en unos pocos meses. Es que el orden social dominante, el capitalismo, conlleva un proceso de concentración que se manifiesta en el poder de las grandes corporaciones ligadas a la gravitación de las naciones hegemónicas. En tanto que el “neoliberalismo” es el nombre ideológico-político con que se identifica tal dominación mundial. 

En los países periféricos el populismo, fundamentalmente, remite a lo nacional y a su lugar en el mundo. En ese plano, la soberanía nacional se sostiene en la independencia económica y ambas deben garantizar la justicia social (las tres banderas históricas del peronismo). La reivindicación de la soberanía nacional, reconoce distintos momentos con diverso grado de radicalidad. En general se negocia con lo organismos internacionales y las potencias hegemónicas sin llegar a someterse. En lo económico, plantea e impulsa una política desarrollista. La misma no es antagónica al capital sino que pretende regularlo desde el Estado. A la vez, promueve la creación de empresas estatales en sintonía con la expansión de la industria privada a cargo de la “burguesía nacional” pero que desde hace décadas brilla por su ausencia. 

Partiendo de ese fenómeno, retorna la pregunta sobre la ambigüedad que supone la bandera del populismo. La mezcla de intérpretes y de posturas es funcional a la derecha porque, el unificar las diferencias, facilita su prédica que desacredita al bloque en su conjunto. Así, mientras magnifica las taras de lo más retrógrado, oculta o distorsiona lo que le preocupa, la política de los sectores que se le oponen. Y aquí se presenta el nudo de la cuestión. ¿Qué márgenes tiene lo nacional dentro de la llamada globalización? ¿Se puede “combatir al capital” aceptando las reglas del capital?



Combatiendo al capital.

Ciñéndonos a nuestro país, se puede apreciar que desde el nacimiento del peronismo (simbólicamente el 17 de octubre de  1945), las luchas populares más importantes giraron a su alrededor. Tanto en  momentos de alza de las luchas políticas y reivindicativas como en las conquistas gubernamentales, con sus retrocesos y traiciones. Es que su heterogénea composición incluye a un amplio abanico que va desde sectores revolucionarios hasta la peor resaca reaccionaria. Mas, lo que representa una significativa particularidad del peronismo, es la resonancia de su legado histórico en el sentimiento y el imaginario de amplias masas populares. Y esa característica, en su aspecto negativo, favorece a la parafernalia de políticos, sindicalistas, oportunistas, etc. que negocian en su nombre mientras usufructúan de sus prebendas.

Ahora dejemos en suspenso el lado fácil del diagnóstico, la miserabilidad señalada y encaremos la prédica de los sectores kirchneristas y antimacristas en general. Diría que el eje principal de su discurso gira en torno a lo económico que se traslada a lo social. Actualmente prevalece una reiterada exposición estadística sobre la repercusión negativa para el país de las principales variables económicas, una radiografía del actual gobierno reaccionario de los CEOs. Empezando por el brutal crecimiento de la deuda externa, siguiendo por el desempleo, el desmantelamiento de los organismos nacionales del Estado, la inflación, etc. Obviamente, son críticas justas y necesarias. Sin embargo, la paradoja anida en la pregunta de si esto significa combatir al capital. Y si lo es, ¿en qué medida y cuáles son sus proyecciones?

Aquellas críticas plantean  una cuestión de grado en el cuestionamiento al capital. En términos económicos, tal enfoque implica revertir el proceso vigente lo cual redundaría en el bienestar de la población. Esto supone una redistribución más equitativa de la riqueza que es donde el “populismo” hace hincapié y en el que obtuvo sus mejores logros. Podría aceptarse que en esta etapa “combatir al capital” significa fortalecer al Estado mientras esté bajo control de gobiernos populares fieles a su legado. Sin embargo, como vimos, esos logros fueron desmantelados en un corto lapso, fenómeno que tiende a reproducir la historia del peronismo. Ergo, “combatir al capital” sin adentrarse en la naturaleza del capitalismo, en su racionalidad interna y el carácter de sus ciclos, resulta un combate sin destino. Esos temas son básicos e insoslayables, dignos de reflexión y del debate que nos debemos, amplio y plural.

Si trasladamos la problemática señalada a la construcción de la subjetividad social, emergen las contradicciones. Basta con mencionar la exaltación del consumo para tomar conciencia de la subjetividad individualista y egoísta que estimula. “Casualmente”, el consumo configura una insustituible prioridad para la realización del capital. Sumemos otra muestra de condicionamiento psico-social: la vigencia de “los mercados” y del rol del dinero, teórico equivalente para el intercambio de mercancías. En verdad, resulta el potenciador de ambiciones personales y colectivas y el emperador del capital financiero que, en sus múltiples formas, domina el escenario mundial. Estas sustantivas objeciones retoman la pregunta sobre el combate al capital, aunque dirigida ahora a quienes sostenemos una posición definidamente anticapitalista.

Pues bien, nuestra impugnación fundamental deviene de desentrañar la naturaleza del capital y del Estado, raíces estructurales de distintas formas de explotación y dominación. Pareciera que esto nos exime de mayores comentarios pero, por lo mismo  que se denuncia, actualmente se levanta un muro insalvable. Es producto de la hegemonía mundial del capitalismo y de la recurrente preeminencia del Estado para organizar la macro actividad social. Y aquí, ante semejantes obstáculos, se abren diversas instancias  que suponen desafíos para nuestra política y la del denominado “populismo”. Es obvio que existen notorias diferencias entre ambas opciones, las que ya expuse. Sin embargo, se presenta un campo común a transitar,  la búsqueda de condiciones sociales sostenibles que mejoren la calidad de vida de los de abajo en procura de una sociedad más justa e igualitaria.

Cerrarse al diálogo y al intercambio de ideas sólo favorece a los amos del poder y del capital. El aislamiento y el sectarismo perjudican la causa de los de abajo, hoy preñada de interrogantes. Estoy convencido que es necesario el concurso, amplio y desprejuiciado, de todos aquéllos que defienden dicha causa y actúan honestamente en su campo. Cada cual sostiene sus convicciones y razones, lo cual es válido. Esto no debe impedir escuchas atentas y receptivas a otros aportes. Los obstáculos para alcanzar una sociedad más justa e igualitaria son tan grandes que requieren, más que nunca, derribar barreras e instalar un intercambio colectivo que fomente la creatividad. Abramos bien los oídos para escuchar mejor otras voces.

Tomemos conciencias de las limitaciones propias y ajenas. Nuestra apuesta por la  emancipación hoy resulta tan irrealizable a nivel macro como es imprescindible seguir impulsándola a nivel micro. Vale decir, desarrollar un tejido político-social que conforme una red que entrame las luchas por la emancipación. Mientras que el “populismo” debe cuestionarse los alcances de sus logros que se deterioran en cuanto el poder dominante supera sus crisis y reafirma su gravitación estructural. Y si sigue atado a las leyes del sistema, corre el riesgo de terminar abonando el campo enemigo. En suma,  una construcción de lo colectivo implica tareas de largo aliento que conllevan convergencias que no son lo mismo que mixturas. Luego, frente a la penumbra política actual que incentiva las preguntas, la lucidez y la voluntad para que se creen nuevas alternativas liberadoras de nuestro pueblo resulta una tarea política convocante.-------

miércoles, 30 de enero de 2019

EL BIGOTUDO, Por Horacio González

Nicolás Maduro, Presidente Constituciónal de la República Bolviariana de Venezuela
Venezuela está ante el proceso ascendente de un insultante golpe de Estado. Los hilos rugientes de ese golpe tienen muchos rostros. Los procedimientos son los clásicos. Una nación gigantesca y compleja, poderosa en su voz imperial –podemos seguir diciendo Imperialismo–, impone reglas, tiempos, condiciones. Dicta por televisión una orden de clausura. Debe cesar el avatar complejo del gobierno venezolano. Amenaza mostrando sus dientes de plata. El presidente, el vicepresidente norteamericano, dan el parte de largada. Alegan la ilegitimidad de Maduro y arrojan al aire una moneda. No escatiman destinatarios, muchos se preparan. Otros ya están largamente preparados. Un ignoto aprendiz de conspirador ofrece una faz juvenil, se proclama en plaza pública y se generan las condiciones de una guerra civil. Se cambia argumento por extorsión. No hay límites para los cálculos de vidas en juego. Las muertes se las adjudicarán a Maduro, cuyo gobierno está sitiado hace tiempo. Eso genera malestar difuso y generalizado. Ese malestar es multitudinario, y le otorga una base social a esta oscura maniobra de las cancillerías atendidas hoy por los pajes del Imperio, que lo miran todo por TV, pero firman los úkases de Trump desde Villa La Angostura.


Al empobrecimiento material de las existencias no se le puede pedir que hile finas causalidades. Que se remonte al origen del problema. Que piense en sacrificios desmedidos. Es por eso que también asombra el fuerte respaldo civil que tiene el Gobierno Legal. Todo el mundo vio en millones de pantallas el ultimátum de Trump. Pero por los visillos se ve también resistencia, la animación colectiva en medio de la penuria. No son fantasmas del pasado sino el testimonio cercenado de antiguas promesas libertarias, que en este caso se han vestido con el nombre de bolivarianas. Ojalá que haya prudencia y autocontención en la respuesta de los movilizados a los movilizados. Hay en ciernes una coreografía visible de armas poderosas. Estas se reparten entre quienes les importa la legalidad del gobierno (por eso deben hacer de esa legalidad algo viviente y responsable) y quienes excluyen sus reservas institucionalistas, si las tenían, ante la acción mancomunada de Estados Unidos arrastrando a casi toda Latinoamérica en una aventura de bandoleros. Tristísimo momento de nuestra historia.


Es hora de que un nuevo pensamiento democrático reabra las antiguas carpetas donde están las implacables lecciones del pasado. Hay un imperialismo sin ley, con groseros personajes que ya no se parecen ni a Kipling ni a Lord Palmerston ni a Mister Pitt. Se inspiran en el General Pershing o el Presidente Taft. Están manejados por ideologías bélicas y racialistas, místicas y economicistas. Sus métodos de intervención pueden condensarse en “el incidente de Tonkín”, donde fraguaron un falso ataque a una nave norteamericana para desencadenar la guerra a Vietnam. Poco ha cambiado, algunos hacen lo mismo con variables económicas y se llaman FMI. Otros tornan más grosero el esquema del autoatentado y se llaman Tump. Esta es una época donde la circulación del capital y sus simbologías actúa en la clandestinidad, donde aparatos ideológicos corporativos manejan escenografías que incluyen simulacros de consumo de millones de personas, que creen ir al supermercado cuando en realidad el supermercado va hacia ellas. Las armazones de poderes son ahora semiológicas. Sigilosos y glotones, aspiran a circular por las corrientes sanguíneas de los cuerpos humanos. Ya ni es necesario controlar pensamientos, pueden intervenir en los fluidos que sostienen los latidos corporales. El Imperio da órdenes públicas convencido de que las segregaciones del cuerpo de sus vasallos hace tiempo ya transita con esos dictámenes adentro. Por las arterias de ellos, en este caso circula el espeso vaho petrolífero.

Con una metodología de pretextos que envidiarían los teólogos de Bizancio, ellos enumeran obstáculos amenazantes, que aun siendo puramente imaginarios, sostienen una ficción institucional artillada, misiles en nombre de The Federalist. Esta paradoja hace difícil que los refutemos con esquemas, cuando ellos tienen un elenco de subterfugios que se diseminan en nombre de un gelatinoso “republicanismo”, de mal encolumnadas palabras de “libertad” o del simple exorcizo de que luchan contra el mal. De las pifias de gobiernos turbulentos asentados en tierras ricas, construyen relatos monstruosos. Pero de los polichinelas aliados hacen magistrados altisonantes. Del nuestro, que va desde el astuto ejercicio de la risa velada a la mirada de áspid, hacen un Gladiador de Occidente. Saben atacar cuando sus presbíteros belicistas dictaminan que ya está lista la humanidad para recibir la caída mesiánica de un eslabón más del Eje del Mal.

El mundo acepta vivir “en modo contrahecho”, donde argumentos “democráticos” pueden significar el fin del estado derecho, argumentos “ecológicos” pueden acelerar la destrucción del mundo geo-natural y argumentos que apelan a la “justicia” pueden abrir el compartimento ideal para que reinen todas las pedagogías policiales en curso. Hace unos años se producía en Mar del Palta el anuncio posible de otra Sudamérica, de otra Latinoamérica. La foto de manos entrelazadas de Kirchner, Lula, Evo y Chávez sirve para cotejar como los tiempos cambian con brutalidad incalculable. ¿Pero cómo decirlo para comprender mejor de qué modo se hace manifiesto ese nuevo torrente de poderes que fragiliza un inmediato pasado? Este parecía tener sus cimientos ya asentados. ¿Qué hace que veamos esa fotografía como quien ve las Ruinas de Palmira? 

Porque, atención. No debemos ser nosotros las víctimas del síndrome de adecuación a las nuevas dinastías de patanes que deciden a diarios cuántos van a morir en nombre de los sacrificios de sangre que el Imperio total exige. El instinto de adecuación es de lo que suele padecer la política convencional. El nombre de Venezuela y lo que se diga sobre ella establece hoy una regla de identificación y reconocimiento para restituir la noción de soberanía nacional y justicia institucional en las relaciones sociales, aquí, en la Argentina. Nunca está contraindicada ninguna autocrítica. Pero los que tenemos legados por los que responder, respetamos una temporalidad diferente, no sincrónica a los mandos imperiales actuales, sino ucrónica, asincrónica e incluso anacrónica. Es cierto, no es novedad nada de esto, que simultáneamente a las manifestaciones de dignidad colectiva y discursos de emancipación, podían gestarse burocracias inexcusables cuyo lenguaje podía ser, incluso, teñido de palabras extraídas de antiguos diccionarios socialistas.

Pero si una sombra carcomida sigue con oportunismo de prestamistas a los movimientos populares, no podemos imaginar ahora que se los ataque por haber tolerado beneficios privados –si es que esto hubiera ocurrido–, sino porque consagran su verbo a la trascendencia histórica. Los “curros” no precisan épicas, no la contienen en su larga historia. Pero también es cierto que las épicas, si no se renuevan, caen en sus rituales de asfixia. No está de más recordar aquí a Simón Rodríguez. Pero la utopía regresiva final del fin de las instituciones, a cargo del gran libreto Imperial, nos ofrece un Maduro como ogro, los militares como traficantes. Áspero destino de las instituciones, que al fin y al cabo son las creencias. ¿Y esto por qué? ¿Porque hay bigotes que parecen autoritarios, uniformados que alzan el puño izquierdo? Los que aún creemos, consideramos vital apoyar a ese bigotudo surgido de la compleja densidad histórica de un país fundamental de “nuestra América”.

miércoles, 23 de enero de 2019

Tercer fragmento del capítulo LENGUAJE, perteneciente al libro inédito, DE LA DOMINACIÓN CONSENTIDA, Por León Pomer(") para Vagos y Vagas Peronistas


LENGUAJE Y PENSAMIENTO 

Las palabras penetran en el cuerpo, provocan malestar o su apreciado opuesto: traen consigo ideas y algo más: traen estremecimientos. 

Vigotzky (1993:44), sostenía que “el desarrollo del pensamiento está determinado por el lenguaje, o sea, por los instrumentos lingüísticos del pensamiento y por la experiencia socio cultural del niño”. El pensamiento no piensa sin palabras, existe a través de ellas; cuando busca volar alto, le es indispensable un vasto patrimonio verbal, un bien desigualmente distribuido. La carencia de palabras agosta las reflexiones, empobrece la realidad percibida, mutila al individuo. 

La advertencia de Vygotsky sobre el lenguaje, potenciador o debilitante de la facultad de pensar, es corroborada por Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, pronuncia el filósofo. En la palabra “límites”, resuena un eco sombrío de cortedades intelectuales y cognitivas: evocan imposibilidad, impotencia del pensar. Friedrich Schiller, genio de varias genialidades, apuntaba que “el idioma piensa por ti”; piensan los conceptos, las ideas, los valores que lo habitan. El saber balbuceante, acotamos, y el vocabulario anémico, no son aliados del pensamiento que pretende erguirse y superar el sentido común. Coincide el paraguayo Roa Bastos: “al hablar una lengua, el hablante no piensa en ella, sino que es pensado por ella”. 

El idioma nos llega con una carga en sus entrañas, avisa Bruner (1999:106): “El medio de intercambio en que transcurre la educación nunca puede ser neutral: impone un punto de vista no sólo sobre el mundo al cual se refiere, sino hacia el uso de la mente con respecto a ese mundo”. La expresión “sexo débil”, sea un ejemplo, consagra una menor valía humana, si comparada con el infatuado sexo fuerte masculino. “Las ‘realidades´ de la sociedad y de la vida social son en sí, casi siempre, productos del uso lingüístico representado en actos de habla, como, por ejemplo, el de prometer, abjurar, legitimar, bautizar etc.” Pero “actos de habla” son productos de la acción y el pensamiento: tienen historia, no son frutos de un imaginario transhumano. “La función constitutiva del lenguaje en la creación de la realidad social es un tema de interés práctico”, apunta Bruner(1999:128). “La representación del mundo social es una construcción, siempre hecha y siempre por rehacer. Dicha representación se deposita en las palabras (…) que contribuyen a producir el orden social” (Bourdieu,2011:187). 

“Oculta en cada lenguaje (en su estructura), hay toda una serie de suposiciones inconscientes sobre el mundo y la vida en él (…) Hasta cierto punto, vemos y oímos aquello a lo que el sistema gramatical de nuestro lenguaje nos ha hecho sensibles, nos ha enseñado a buscar en la experiencia (…) Cada lenguaje es un instrumento que guía a las personas para observar, para reaccionar y para expresarse de un modo especial(…)El mundo real está en gran parte construido sobre hábitos del lenguaje” (Kluckhohn, 1992: 173-174-181).Y propone: “La forma sujeto - predicado del lenguaje ha implicado un mundo inalterable de relaciones fijas entre substancia y sus cualidades, pero es impropia para la física actual, que muestra que las propiedades de un átomo se alteran de un momento a otro de acuerdo con las relaciones cambiantes de sus elementos componentes (…) La lógica aristotélica enseña que una cosa es o no es, lo que no siempre coincide con la realidad. La experiencia real no presenta entes claramente definidos como buenos o malos, espíritu y cuerpo. La división sigue siendo verbal” (Id.: 173 – 174). 

La concepción del lenguaje como clasificador y ordenador de la experiencia sensible es conocida como la hipótesis: Sapir, Korzybski, Whorf. Este último, brillante discípulo de Sapir, en su obra Language, Thougt and Reality, sostiene que el vasto sistema de estructuras de cada lengua ordena culturalmente las formas y las categorías que permiten comunicar, analizar, advertir o ignorar tal o cual tipo de fenómenos y relaciones. De lo que se sigue un modo de razonamiento, desde el cual se construye el edificio del conocimiento. Advertía Edward Sapir: siendo el habla “una de las variables más importantes que media entre el individuo y la conducta, (…) la forma lingüística es un condicionante poderoso de lo que se aprende y el cómo se aprende” (1967:19 y ss.) 

Sapir enseñaba (lo explica Christian Baudelot, 1967: 19 y ss.) que las leyes que subyacen y estructuran nuestros discursos escapan parcial o totalmente a la aprehensión de los hablantes, lo que las expone menos a la acción “perturbadora” de las racionalizaciones que no cesan de modificar y remodelar los otros dominios de la cultura. Consideraba que una lengua constituye un sistema complejo de relaciones, cuya configuración exacta escapa a la conciencia de quienes la utilizan. Para explicar, siquiera parcialmente, el pensar del dominado, decimos: los “sistemas formales sumergidos” imponen a los individuos sus categorías conceptuales y sus esquemas de pensamiento: clasifican y ordenan los datos de la experiencia sensible y modelan las percepciones. Tales “sistemas”, presencias profundas en nuestra más recóndita intimidad, recortan y componen conjuntos que, aunque tenidos como la realidad objetiva, deben sus contornos y su unión a las categorías inconscientes. Categorías que no son innatas, que no son inherentes a la “condición” humana, que llevan el sello de una sociedad. 


LENGUAJE Y DESIGUALDAD SOCIAL 

Las desigualdades sociales asoman en el uso cuantitativo y la precisión del vocabulario, en la articulación de las frases, en el énfasis y en los tonos, en los aciertos y las defecciones de las construcciones lógicas, en las calidades argumentales. El individuo común (no se ignoran las excepciones), verbaliza con los escasos medios a que su condición social le permite acceder, recursos más que pequeños para expresar matices e ideas complejas. Sus frases se pueblan de “palabras que quedan indefinidas y con frecuencia indefinibles, sin la debida precisión”. 

La falta de los términos y los conceptos adecuados para describir una situación o proceso que irrumpe como novedad, impide o imposibilita a grandes mayorías comprender los alcances de mudanzas (y es lo que hoy sucede), que mudarán su vida no necesariamente para mejor. Cuando no hay con qué expresar comprensivamente una experiencia, o ponerla en palabras que la sitúen en un panorama mayor que la comprende y obtiene un sentido, no es posible evitar oscilar entre la perplejidad y la admiración sin reflexión. O el temor. 

En los días que corren (una carrera que nos abruma) seductores artificios tecnológico, no pocos de uso cotidiano, nos interpelan y nos exigen hacer de ellos compañeros dilectos, y poco menos que exclusivos y excluyentes. Esos artificios traen consigo una forma del idioma: imponen en sus cultores un hablar que los identifica y los distancia de quienes continúan amarrados a los “viejos” usos, y a una manera del idioma que para los “actualizados” huele a cosa vieja. 

Las nuevas realidades tecnológicas requieren recursos lingüísticos y conceptuales para ser entendidos en su función social: son algo más que dadores de entretenimientos o instrumentos de un quehacer que ellos potencian, incluso hasta la exasperación. El teléfono móvil o celular es un formidable inductor de parlas excesivas, reiterativas y prescindibles: de un hablar por hablar que siquiera transitoriamente permite una fuga del mundo circundante. Ocupados en los juegos y en las imágenes que el móvil nos propone, salimos, por un buen rato, de una realidad que por cierto no nos llena de halagos. (De paso, y saliéndonos del tema por un minuto, no estaría demás saber qué sucede en el cerebro cuando es dispensado de ciertos procesos, ejecutados ahora por el artefacto que hace maravillas. La simple y muy difundida maquinita de calcular que hoy utilizan millones de personas (incluyendo escolares de primaria), evita que el cerebro haga el esfuerzo de sumar, restar, multiplicar o dividir. Una evitación que desliga, por innecesarios, los circuitos neurales responsables de las cuatro operaciones. Lo mismo se aplica al computador, que nos exime de escribir a mano. Insistamos: qué pasa en el cerebro. Se verá más adelante) 
León Pomer

Pero volvamos a lo nuestro. Observemos que el hablar cotidiano es frecuentado por frases que no logran consumarse, que incluyen saltos arbitrarios fuera de toda lógica y tentativas de expresar algo que se resuelve en embrollo e impotencia. Sartori (2007:20) menciona uno de los pecados más frecuentes: “extraer conclusiones antes de la demostración que debería sustentarlas”. De esto último, el Poder dicta cátedra. Y logra que este sea un razonar habitual en multitud de personas que tienen el beneplácito de la dominación. 

El escuálido idioma del sentido común (el sentido del humano que transita humildemente por la vida, el típico dominado) sofoca por su ineptitud para el matiz y la observación aguda, se muestra renuente a las conclusiones dictadas por la lógica, opta por repetir lo que está en boga. Habitado por clishes irreflexivos, alimentos de un saber banal y automatizado, propicia el parloteo inane; trabaja con escasos adjetivos y padece la ausencia de las peculiaridades verbales capaces de expresar lo más auténtico del individuo (si aún le queda autenticidad). En el idioma del sentido común, la}9{875f singularidad de las vivencias y los sentimientos tienen obturada la expresión precisa, su despliegue en consistencia verbal. Cuando el sentido común reconoce lo diferente, lo difícil de entender, reacciona con un perplejo encogimiento de hombros. Vigotski (1999:97) habla de “formas fosilizadas” de pensamiento y comportamiento verbal. 

Gusdorf (1995:41) observa que en tanto el lenguaje “nos alinea” con quienes nos rodean y nos modela con arreglo a una medida común, o de común entendimiento, nos está expropiando de lo que debió ser una visión propia, un sentido original de las cosas y las relaciones. En el habla del sentido común, impera el estereotipo. Hay una obligada renuncia, ciertamente involuntaria, a la expresión original; la aceptación inconsciente de una disciplina semántica impuesta, arrastra los valores sedimentados en las significaciones de la lengua, expresión de la cultura dominante. El lenguaje básico de la impersonalidad, anota Gusdorf (Id.: 53), representa el grado más bajo de la intención y de la expresión: ámbito en que la comprensión padece de raquitismo. Insiste (Id., Id.: 41) en que” el sentido común embota el sentido propio de las palabras”: “en vez de coincidir con un valor la palabra no es más que una etiqueta”. 

Precisando lidiar con abstracciones y fenómenos psicológicos, las restricciones impuestas equivalen a la mudez intelectual. Describir el mundo con frases convencionales es un fracaso, enseña Searle (1998), porque no es convencional el objeto de la descripción. Sartori advierte que los avances tecnológicos, operan en detrimento del lenguaje lógico – cognoscitivo – abstracto: dan su contribución a un pensar incapaz de elevarse por encima de una visión rudimentaria. Y el encomiado lenguaje lógico (nueva advertencia), con la precisión de sus significados, no siempre y no necesariamente adelanta en el conocimiento de lo real. 

Desarrollando las ideas de Basil Bernstein (de que se hablará en seguida) el sociólogo Claus Mueller (1973:55) mostró que el código de lenguaje de los pobres, inhibe el desenvolvimiento de la conciencia política. “El lenguaje del pobre es un código extremadamente restricto (…) Como no puede ser usado de una forma instrumental, reflexionada, la lengua refuerza la localización social de la persona. El lenguaje condiciona la percepción; no permite un análisis, y por lo tanto la trascendencia de su contexto social (…) Al limitar su capacidad de discriminar, conceptuar y analizar, torna las condiciones del pobre más aceptables”. Agréguese que” el lenguaje de la élite gobernante o de un poder colonial, tiene precedencia sobre el de sus súbditos; el de los ricos, sobre el de los pobres; el de los cultos, sobre el de los iletrados; el de los manipuladores de la media, sobre el de la masa; el de los centros metropolitanos, sobre el de los interiores”.( Roy Porter (1993:13) 

Cuando en la sala escolar conviven niños de diferentes procedencias sociales, aparecen desigualdades, producto de una diferenciada percepción de la realidad, y del desigual capital cultural asimilado. Los trabajos del sociólogo inglés Basil Bernstein (1989: 39 y ss) correlacionan las relaciones de poder y de clase con los procesos educativos de la escuela. 

Bernstein comprueba que las diferencias lingüísticas entre niños de la clase obrera y de clases superiores no son el producto de diferentes aptitudes: resultan de los discursos prevalecientes en las respectivas categorías sociales, en la naturaleza de las preocupaciones que priman en ámbitos radicalmente diferenciados. Esas distancias conducen a elaborar formas de expresión específicas, tanto por el vocabulario utilizado como por las estructuras del lenguaje. Las elecciones lexicales y las selecciones sintácticas obedecen a principios diferentes, según la clase de pertenencia, constituyendo así lo que Bernstein llama “códigos lingüísticos”, qué en lo fundamental, serían dos, situados, por así decir, en los extremos, admitiendo la existencia de “códigos” intermedios. 

En las clases superiores, incluidas las clases medias, el tipo de discurso dominante está caracterizado por una mayor atención y el aprovechamiento intensivo de las posibilidades estructurales de organización de la frase. De ese modo, será difícil prever la estructura sintáctica que elegirá el locutor. En la educación de esas clases, se intensifica la conciencia de la separación y la diferencia. ”La receptividad para una forma particular de estructura de lenguaje determina el modo en que se elaboran las relaciones con los objetos y una orientación hacia una manipulación particular de las palabras” (Bernstein, 1989: 39). Dicho con otra manera:” la estructura social refuerza el modelamiento temprano de la percepción” (Id.,Id.:44). Se percibe diferente, o se privilegia la percepción de objetos diferentes. Por eso,” lo que aprende un niño de la clase media tendrá una significación diferente que para un niño de la clase obrera, debido a la diferente percepción de los elementos que aparecen en la situación de aprendizaje” (Id.,Id.:47). 

En las capas sociales inferiores de la clase obrera inglesa, (campo de los estudios de Bernstein) el tipo de discurso se distinguirá por la rigidez de la sintaxis y la utilización restringida de las posibilidades semánticas y sintácticas que permiten prever fácilmente los elementos del discurso del locutor. Bernstein insiste que en esa comprobación no hay nada de peyorativo: no indica que en una clase hay mejores cerebros que en otra clase. Muestra que en el “código restringido” hay, incluso, un registro metafórico de considerables posibilidades. Pero las condiciones y los tipos de aprendizaje a que introducen ambos códigos lingüísticos serán diferentes. Considerando la afinidad entre el sistema de comunicación escolar y el código lingüístico, el niño de las clases menos favorecidas está doblemente perjudicado. El código limitado privilegia lo colectivo en detrimento de lo individual; lo concreto en lugar de lo abstracto; los hechos brutos en lugar del análisis de motivos e intenciones: todo lo cual no ayuda al acceso a los metalenguajes que permiten el control y la innovación. “La frase corta, gramaticalmente simple y sintácticamente pobre que es la unidad típica del lenguaje público, no facilita la comunicación de ideas y relaciones que requieren una formulación precisa” (Id., Id.:53). El lenguaje público “tiende a enfatizar las cosas más que los procesos” (Id.,Id.:54); abusa de los lugares comunes en perjuicio de posibles expresiones originales. Lo social del grupo prevalece por sobre lo individual (…), la curiosidad está limitada por el bajo nivel de conceptuación fomentado por el lenguaje público; la preocupación por lo inmediato impide el desarrollo de una experiencia reflexiva” (Id.Id.:59). La conclusión no es alentadora: “el lenguaje es considerado como uno de los medios más importantes para iniciar, sintetizar y reforzar maneras de pensar, de sentir y compartir que están relacionadas funcionalmente con el grupo social (…): ciertas ideas y generalizaciones son facilitadas más que otras” (Id.,Id.:53). 

Bernstein advierte “que entre la escuela y el medio de que proviene el niño de la clase obrera hay una discontinuidad cultural que resulta de la radical diferencia entre los sistemas de comunicación”: el sistema escolar juega un papel legitimador de la desigualdad social. A través del proceso lingüístico, la estructura social deviene el sustrato de la experiencia infantil. “Al aprender, la referencia recae sobre lo que es significante, sobre lo que se hace relevante social, intelectual y emocionalmente” (Id., Id.:140). La sintaxis de las relaciones familiares ejerce una influencia determinante sobre el sistema de comunicación. “El relativo retraso de los niños de la clase obrera baja bien puede ser una forma de retraso culturalmente suscitado y transmitido al niño a través de las implicaciones del proceso lingüístico”(Id.,Id.:143): “las instituciones educativas en una sociedad de clases llevan consigo tendencias alienantes”(Id.,Id.:144).Comprueba Bernstein que las familias de clase alta (incluso de estratos medios y altos de la clase media), están más centradas en la persona, y por lo tanto privilegian la autonomía y alientan la expresión de intenciones subjetivas, favoreciendo así el desarrollo lingüístico del niño. Un código más elaborado está vinculado a una “liberación” del estatuto, entendido como una menor presión social. La vida cotidiana de la clase obrera es un recordatorio permanente de lo que falta, de las frustraciones, de los deseos no realizados. O en períodos de dura crisis, la presencia amenazante de la inseguridad, del hambre. Las instancias de socialización de los niños de diferentes clases no se compadecen entre sí: la escuela habla el lenguaje de los más favorecidos. No parece exagerado hablar de sub culturas producidas por la condición social. 

Bernstein no ignoraba los trabajos del dúo Sapir- Whorf, que a partir de investigaciones de campo llegó a la conclusión de que las diferenciaciones en los sistemas de lenguaje, producían distintas visiones de mundo. Para el sociólogo inglés, “los hábitos de lenguaje predisponen ciertas opciones de interpretación” (Id.,Id.:129). En una sociedad que comparte una misma lengua, el elemento simbólico se diferencia por el uso de la palabra y no por la lengua. Sostenía que la cultura es “el proceso mediante el cual un ser biológico se transforma en sujeto de una cultura particular”. Y como síntesis final: ”Si un grupo social debido a su relación de clase(…) ha desarrollado fuertes lazos comunes; si las relaciones de trabajo de este grupo ofrecen poca variedad o poca capacidad de adopción de decisiones; si sus reivindicaciones, para tener éxito, deben ser más bien colectivas que individuales; si las tareas laborales requieren manipulación y control físico en lugar de control y organización simbólicos; si el hombre subordinado a su trabajo es la autoridad en el hogar; si el hogar está superpoblado y limita la variedad de situaciones que puede ofrecer Si un grupo social debido a su relación de clase(…) ha desarrollado fuertes lazos comunes; si las relaciones de trabajo de este grupo ofrecen poca variedad o poca capacidad de adopción de decisiones; si sus reivindicaciones, para tener éxito, deben ser más bien colectivas que individuales; si las tareas laborales requieren manipulación y control físico en lugar de control y organización simbólicos; si el hombre subordinado a su trabajo es la autoridad en el hogar; si el hogar está superpoblado y limita la variedad de situaciones que puede ofrecer; si los niños son socializados en un entorno que ofrece pocos estímulos intelectuales; si un medio reúne todos estos atributos, entonces es plausible suponer que tal medio social generará una forma particular de comunicación que configurará la orientación intelectual, social y afectiva de los niños”(Id.,Id.:149). Corrobora Chauchard (1956:32/33): diferencias “de educación entre las clases constituyen un obstáculo difícil de superar. El niño al aprender a hablar, aprende a pensar”- 

(") Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.

Para ver el primer fragmento del capítulo Lenguaje: http://vagosperonistas.blogspot.com/2018/12/lenguaje-por-leon-pomer-para-vagos-y.

Para ver el segundo fragmento del capítulo Lenguaje:http://vagosperonistas.blogspot.com/2019/01/lenguaje-segundo-fragmento-del-capitulo.html

viernes, 18 de enero de 2019

BOLSONARO Y EL PROGRESISMO, Por Horacio González

OBERTURA DEL EDITOR:

1.- Relaciones: Horacio González, Ricardo Rouvier, Susan Roberts y Heinz Dieterich.


Proponemos leer el texto de Horacio González sobre Bolsonaro y el progresismo, con la la nota de Ricardo Rouvier: https://lateclaenerevista.com/bolsonaro-pasado-o-futuro-por-ricardo-rouvier/, la de la historiadora británica, Susan Roberts: http://vagosyderecho.blogspot.com/2019/01/la-izquierda-se-equivoco-cuando-se-sumo.html, y la de Heinz Dieterich: http://vagosperonistas.blogspot.com/2019/01/china-y-el-socialismo-de-la-humanidad.html

Es que la nota de González se hunde en el fenómeno Bolsonaro, rastreando ciertos textos de la historia de Brasil -que González conoce como intelectual, pero además por haber vivido allí- y en el pensamiento progresista cuya linealidad histórica, y cierta superficialidad para abordar algunos procesos cuestiona, pero a la vez se pregunta: 

"Sin embargo, ¿con qué vacío nos quedaríamos cuando nos cansemos de alertar sobre la superficialidad de nuestros progresistas?". 

Preguntas que nos tenemos que hacer nosotros, aunque en la Argentina es muy difícil que pueda darse un fenómeno estilo Bolsonaro -no es suficiente ya con Macri-Bulrich- por la historia de las fuerzas armadas juzgadas, condenadas y repudiadas que el Brasil no conoció.  

Ricardo Rouvier pone varios acentos, uno de ellos:

 "La irrupción Bolsonaro es un acontecimiento que encuentra sus pistas culturales que se ahondan en el propio Brasil y descubre, también, huellas en la región que hacen pensar en una extensión convergente a nivel mundial entre la derecha europea, el pausado y seguro predominio asiático y los cambios en América Latina y el Caribe. Un cambio de época que termina y que obliga a una profunda revisión en el Partido de los Trabajadores de Brasil y en los sectores progresistas y de izquierda de todo el mundo. Otra época comienza e inicia otra configuración global que se está conformando. Es indudable que el mundo está viviendo una agitada transición, muy compleja, que compromete no sólo al reordenamiento del poder internacional dominante y sus rechazos, sino a una modernidad líquida, como señala Bauman, pero que en realidad son torrentes, cataratas de corrientes que van y vienen, incrementando la incertidumbre que calificaba al porvenir. Hemos hablado mucho del futuro como incertidumbre, bueno el futuro ha llegado. Las incertezas florecen en todo el arco de lo público, donde el sentido común se convierte en un objeto seducible".

Llama a una "profunda revisión" entre otros de los sectores progresistas. 

Mientras que la historiadora británica Susan Roberts cuestiona haber abandonado el marxismo y el papel de la clase trabajadora y dice: 

"El abandono de la clase obrera como sujeto histórico generalmente se remonta al surgimiento del pensamiento posmarxiano / posmodernista en Francia en los años 70, con su negación de las narrativas históricas de carácter general. El trabajo que ha proporcionado autoridad moral y política para ese abandono del marxismo es “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una política democrática radical”, de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, publicado en 1985".
"En ese texto post-marxista, Mouffe y Laclau argumentan que la clase trabajadora ya no es el sujeto histórico, esencialmente porque no existe un sujeto histórico y, por lo tanto, no se le atribuye ningún privilegio ontológico como una fuerza histórica efectiva contra el capitalismo. En cambio, sugieren que una gama de grupos de interés social (por ejemplo, feminismo, antirracismo, ambientalismo, etc.) pueden, a través de un liderazgo “moral e intelectual”, (en oposición a un mero liderazgo “político”) combinarse para lograr tal reto".
"Los trabajadores siguen siendo importantes en esa amalgama de grupos de interés, pero solo a través de su experiencia concreta y vivida, y no debido a la historicidad de su posición. Es en esta nueva ‘unidad de un conjunto de sectores’ que una ‘relación estructuralmente nueva, diferente de las relaciones de clase, debe ser forjada. Y tal conjunto, afirman, se logrará con una “democracia radical”. [12]
"Esto es lo que Mouffe y Laclau llaman la “transición decisiva” del plano político al moral / intelectual y es donde tiene lugar un nuevo concepto de hegemonía “más allá de las alianzas de clase”. La razón por la que se piensa que es necesario alejarse de lo político es porque ellos perciben la necesidad que un conjunto de ideas y valores deben ser compartidos por diversos de sectores: “que ciertas posiciones de los sujetos atraviesan una serie de sectores de clase.” (Hasta aquí la cita del artículo de Susan Roberts).

Es evidente que Roberts pone en cuestión el progresismo.

Por su parte, Heinz Dieterich:

"Ante el espanto de los neoliberales urbi et orbi (globales), el presidente (chino) se permitió citar al cofundador del socialismo científico-político Friedrich Engels y aseveró que la economía mixta de China mantendrá su configuración bicéfala actual. Pero, siempre bajo la hegemonía macroeconómica del Estado y del Partido y con la prioridad de las empresas públicas (SOE). Esta afirmación es de particular importancia estratégica. Porque el transcendental acierto de la “apertura y reforma” de Deng Hsiao Ping fue, que --ante el agotamiento del modelo desarrollista de Mao-- descartó las simplistas recetas neoliberales antisoviéticas de Ludwig von Mises y de los Chicago Boys, para adoptar el paradigma de la Nueva Economía Política de Lenin (NEP). Por intuición o conocimiento, Deng entendió, que la estrategia de desarrollo óptima en economías subdesarrolladas o en transición hacia el socialismo no podía ser “la mano invisible” de Adam Smith: las tasas de ganancia, operadas mediante precios de mercado y sin intervención directa del Estado. Entendió, que sin la mano visible del Estado, the invisible hand del mercado quedaría manco".

Dieterich glorifica la actualidad de China, pero lo que nos importa  es la idea de intervención del Estado, la economía mixta y cierta idea de agotamiento de la civilización capitalista -no en el sentido como en los 70 se hablaba del fin del capitalismo por un socialismo mesianico que lo reemplazaría- que sabemos que tiene en la cabeza. Tomamos esta última idea como la entiende el editor es decir como incapacidad del capitalismo actual para satisfacer las necesidades de las mayorías populares, las dos terceras partes de la humanidad que están fuera del circuito económico, y la version neoliberal del capitalismo que destruye la democracia. ¿Es ese proceso el futuro al que hay que amoldarse? ¿Y en ese caso los Bolsonaro son inevitables? ¿El progresismo no tiene nada que aportar?

En realidad a los peronistas nacionalistas cristianos nunca nos gustó que nos comprendieran dentro del progresismo al que juzgabamos fofo, que siempre le faltan 5 para el peso, más cuando en la cabeza del editor como progresistas piensa a los radicales de la coordinadora y a Federico Storani como paradigma de ese progresismo, siempre anticlerical -eso compartimos- pero metiendo todo el combo religioso en el anticlericalismo -eso no compartimos- y por sobre todas las cosas muy antiperonista. 

¿A que progresismo se refieren González y Rouvier? Claramente no a ellos, creemos que se refieren a la izquierda kirchnerista (posiblemente la única izquierda con posibilidad de ser poder), sabemos que González se refiere al PT en Brasil y la intelectualidad concomitante -tanto en Brasil como la Argentina, pero en la Argentina relativa al peronismo y kirchnerismo (en realidad hoy el único peronismo sustancial). En síntesis a todo el pensamiento humanista, crítico, social cristiano, etc.

¿Y Susan Roberts a qué progresismo convoca? Por sobre todas las cosas a la izquierda europea.

En el comentario al pie que le hicimos al artículo de Rouvier pusimos: 

"¡Es realmente muy buen artículo de Ricardo Rouvier! Y que tiene muchos puntos para el debate. En ese sentido el primer punto que quiero señalar es sobre la imposibilidad de copiar el modelo chino, aquí es necesario tener en cuenta no el combo completo sino cierta estructura del estado que controla activamente a la actividad económica privada, al poder económico. Desde luego que lo pienso desde el peronismo y creo que acá no tenemos futuro sino planteamos un estado interventor en economía con nacionalización del comercio exterior -por el déficit permanente de divisas- y reforma bancaria y financiera que ponga las finanzas al servicio de la nación. Hay muchas cosas del pasado que hienden sus ramificaciones en el futuro como muchas conquistas económicas del 45 al 55, me dirán que el mundo es otro, pero la pobreza es mucho mayor, y la exclusión peor. Para ello hay que pensar un mercado interno integral con pleno empleo, digo pleno empleo. Y con todos los derechos laborales y humanos a fondo, sabiendo que se vota cada dos años. Es por eso que creo que la globalización es un proceso al que se le puede poner límites nacionales, sino fuera así no hay futuro, y no es así, en este punto discrepo con Rouvier. Quién lo puede hacer: unicamente Cristina. Lamentablemente los 90 marcaron mucho a los dirigentes peronistas. Muchos nos quedamos en el 45 y creemos en el voluntarismo de Nëstor Kirchner. Muy buena nota. Para el debate".

Los que pensamos así y planteamos además una industrialización avasallante con justicia social también nos sentimos como los progresistas a quienes se refieren las notas precedentes pero con una diferencia tenemos un proyecto de país en la cabeza y que el peronismo llevó a cabo entre el 45 al 55,  en el 73,  y destruyó en los 90, y reconstruyó parcialmente con Néstor y Cristina. Vemos la cosa parecida a Susan Roberts aunque ella desconoce el peronismo.

Bueno, basta de alharacas y vamos al artículo de Horacio González:

BOLSONARO Y EL PROGRESISMO


El “progresismo” gusta de su programa más o menos impreciso. Le alcanza la confianza de ir para adelante intuyendo que los obstáculos de la historia se diluyen rápido. ¿Cuánto dura una pesadilla? La medida del progresismo son tiempos cortos para un mal sueño y todas las garantías de la razón para ver cómo se apartan las rémoras del camino. ¿En Brasil el progresismo no supo ver los listados que hacen los encuestadores? Ellos en general nos dicen, que tanto allá como aquí, existe una preocupación popular por la seguridad, luego por la inflación, luego –y quizás en primer lugar–, por la necesidad de “evaluar docentes”. Continuando por la corrupción, quizás no antes de las penurias económicas. Y después, a preguntas inquietantes como “qué haría si... por ejemplo, debiera juzgar al policía Chocobar, a la Gendarmería y su represión en el sur”..., la respuesta del “pensamiento popular” podría ser más bien benévola que indignada. ¿Entonces?



En los años veinte, Walter Benjamín escribió su célebre Para una crítica de la violencia, texto de absoluta actualidad, donde se constatan tanto las direcciones fundamentales de la violencia del mito y lo sagrado. Habría allí sendas violencias que bifurcan el modo de fundar sociedades, y también la propensión de un sentir amplísimo de las clases populares, dispuestas a promover la pena de muerte. El problema es de vieja data. Benjamin, en ese trabajo, estaría anunciando el nazismo. Los héroes de las estadísticas son el policía implacable antes que la maestra comprensiva, el gendarme antes que profesor universitario y el vecino que actuó por mano propia en obvia legítima defensa antes que el abogado garantista que puso en duda si era necesaria esa serie de empeñosos disparos vecinales.

Así, el progresismo que le confirió al pueblo la potestad de sujeto de la historia, titular de derechos cívicos, de decisiones igualitaristas y formas de vida emancipadas, no estaría viendo el rostro oscuro de las creencias. No habría podido interpretar una nocturna marejada de deseos informulados, ansiedades vicarias, expectativas mustias, palabras quebradas, inciertas adhesiones que abrigan secretos canjes emocionales, militarización de la fe, mitologías vitalistas en torno a la religión, el deporte y el consumo. ¿No ven que así es imposible, se les dice a los progresistas, pensar a ese pueblo que ustedes consideran depositario de un papel diáfano en la historia? Son los que no comprenderían lo terriblemente opaco de la existencia, el anuncio de una nueva reflexión sobre cómo se han diversificado los bagajes culturales, anclados en secreciones del lenguaje diario. En esoterismos imprevisibles que corren como río subterráneo bajo las vidas urbanas más previsibles, aunque rotas por dentro. 

Sin exigencias reflexivas mayores, el progresismo ignoraría ese mundo anterior a los predicados políticos, constitucionales o argumentales. Se trata de un ser amorfo e inconcluso que, si por un lado es la base de la más exigente filosofía, del psicoanálisis y literatura del siglo XX, por otro lado es la materia del trabajo de las maneras predominantes con que las corporaciones informáticas crean individuos, que suponen dominar por entero en su intimidad, en su ridícula inmediatez pérfidamente feliz. 

¿Es por “comprender” mejor todo eso que ganó Bolsonaro? Es cierto que el candidato del PT fue un solvente profesor de la Universidad de San Pablo y que Bolsonaro supo simbolizarse con el trípode de una cámara convertida en una ametralladora, iconografía poderosa que definía sus pertrechos: mesianismo de las imágenes, evangelismo de las armas, y mitificación de su persona. Todo eso está en su gran logro publicitario, el gigante que emerge del mar para salvar a la Ciudad, ante el asombro de la población demudada. Hay que odiarlo o amarlo. Este exigente salvador parecía brutal, pero daba y reclamaba miedo o esperanza.

¿Qué debían pensar los progresistas frente a ello? ¿Dictaminar rápidamente que estábamos ante un retoño del neofascismo, del nazismo a secas? ¿Autoritarismos militaristas de masas? De resolver bien estas cuestiones depende nuestro futuro político, en tanto política en el interior de los pueblos. Afirmamos que no se puede solo cuestionar al progresismo, sino reconocer que también él es un movimiento de masas que quiere apartarse de los mitos, de los anacronismos culturales y recrear un pueblo con pedagogías ilustradas que convivan con el carnaval, el terreiro y los sincretismos religiosos. Aún limitado, siempre aceptó la cultura brasileña que navegaba a varias aguas, lo carnavalesco, lo espiritista, la nobleza ilustrada, el estado de transe corporal, el éxtasis religioso, las clases de Félix Guattari y la crítica al “hombre cordial”.

Ahora, con Bolsonaro todo ese debate se ha desplomado, porque este personaje funambulesco salido de esos momentos abismales de la sociedad, evangelizó las armas y arruinó todo mesianismo. Entonces los debates más riesgosos quedan paralizados por un letargo trágico, una aceptación de la violencia que los destruye, aunque algunos patanes de la furia la ven como salvadora, y los sorprendidos progresistas extraen una conjetura antifascista a las apuradas. ¿Está bien esta caracterización? No. Hay una mitologización construida como iconografía electoral de telenovela alrededor de Bolsonaro. Este lúgubre personaje tiene la importancia de marcar un fin de época, su mito no es la madeja intrincada de una conciencia contradictoria. Es un martillazo que obnubila el ser social, intimidatorio incluso de los antecedentes que pudieran importarle de las anteriores experiencias del “fascio brasilero”.

Por ejemplo, la del escritor modernista Plinio Salgado, que en los años treinta no fue ajeno al mussolinismo, creando formaciones políticas regimentadas a través del saludo de “anaué”, un concepto indigenista con revestimiento en la simbología fascista. No va por ahí la cosa que anima Bolsonaro, que descarría todo, pone la cultura brasileña ante un juicio final sumarísmo. A todo masacra. Tanto a lo popular, lo demonológico, lo milenarista, lo progresista, lo tecnocrático, lo sociológico, lo antropológico. Tanto a la vida ilustrada clásica como a la popular perteneciente al gran océano de creencias. El evangelismo no artillado, el candomblé, el umbanda, el cristianismo clásico. Ha removido y reutilizado aviesamente la idea de mito, que el progresismo denunció, pero sin interrogarlo adecuadamente. 

El mito de Bolsonaro no es aquel que como sombra indescifrada acompaña toda la historia brasileña, esos pensamientos salvajes, festivos y artísticamente paradojales –que la figura de Antonio das Mortes representa muy bien–, y cuyo secreto gozante los gobiernos petistas no habrían sabido descifrar. Aceptemos que no les prestaron suficiente atención, y que siguen siendo lenguajes populares que una pedagogía nacional interpretativa no debe abandonar a priori. Los encuestadores, casandras de los abismos en que cae el movimiento popular, consideran facilongo renegar del ingenuo progresismo percibiendo que nada saben de narcotráfico, de policías, de bandas diversamente ilegales que atraviesan las vidas populares y sus creencias sedimentadas por el bazar ingenioso de todas las teologías universales. 

Sin embargo, ¿con qué vacío nos quedaríamos cuando nos cansemos de alertar sobre la superficialidad de nuestros progresistas? El bolsonarismo es la apoteosis de la sociedad entendida como criminalidad latente. Lo actúa un apócrifo superdotado inventado por la publicística de los pastores de almas armados con ametralladoras Uzi. Varitas de acero con las que se descubre ahora un mítico frenesí popular con revólveres “Bullrich-Coltsonaro calibre 32” en las manos. Alerta máxima, entonces, para el progresismo con su idea lineal, permanente y solícita de la historia. Todo esto debe ser revisado, aunque no por eso abandonado. Debe incorporar, y producir una mutación, de todo aquello que corresponda a la reflexión sobre “el mundo oracular”. No para acatarlo y someterse a él, sino para desconstruir a Bolsonaro, que sin saberlo, estaba usando groseramente las piezas magistrales de la mitografía brasileña, para degradar la vida popular.