miércoles, 23 de enero de 2019

Tercer fragmento del capítulo LENGUAJE, perteneciente al libro inédito, DE LA DOMINACIÓN CONSENTIDA, Por León Pomer(") para Vagos y Vagas Peronistas


LENGUAJE Y PENSAMIENTO 

Las palabras penetran en el cuerpo, provocan malestar o su apreciado opuesto: traen consigo ideas y algo más: traen estremecimientos. 

Vigotzky (1993:44), sostenía que “el desarrollo del pensamiento está determinado por el lenguaje, o sea, por los instrumentos lingüísticos del pensamiento y por la experiencia socio cultural del niño”. El pensamiento no piensa sin palabras, existe a través de ellas; cuando busca volar alto, le es indispensable un vasto patrimonio verbal, un bien desigualmente distribuido. La carencia de palabras agosta las reflexiones, empobrece la realidad percibida, mutila al individuo. 

La advertencia de Vygotsky sobre el lenguaje, potenciador o debilitante de la facultad de pensar, es corroborada por Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, pronuncia el filósofo. En la palabra “límites”, resuena un eco sombrío de cortedades intelectuales y cognitivas: evocan imposibilidad, impotencia del pensar. Friedrich Schiller, genio de varias genialidades, apuntaba que “el idioma piensa por ti”; piensan los conceptos, las ideas, los valores que lo habitan. El saber balbuceante, acotamos, y el vocabulario anémico, no son aliados del pensamiento que pretende erguirse y superar el sentido común. Coincide el paraguayo Roa Bastos: “al hablar una lengua, el hablante no piensa en ella, sino que es pensado por ella”. 

El idioma nos llega con una carga en sus entrañas, avisa Bruner (1999:106): “El medio de intercambio en que transcurre la educación nunca puede ser neutral: impone un punto de vista no sólo sobre el mundo al cual se refiere, sino hacia el uso de la mente con respecto a ese mundo”. La expresión “sexo débil”, sea un ejemplo, consagra una menor valía humana, si comparada con el infatuado sexo fuerte masculino. “Las ‘realidades´ de la sociedad y de la vida social son en sí, casi siempre, productos del uso lingüístico representado en actos de habla, como, por ejemplo, el de prometer, abjurar, legitimar, bautizar etc.” Pero “actos de habla” son productos de la acción y el pensamiento: tienen historia, no son frutos de un imaginario transhumano. “La función constitutiva del lenguaje en la creación de la realidad social es un tema de interés práctico”, apunta Bruner(1999:128). “La representación del mundo social es una construcción, siempre hecha y siempre por rehacer. Dicha representación se deposita en las palabras (…) que contribuyen a producir el orden social” (Bourdieu,2011:187). 

“Oculta en cada lenguaje (en su estructura), hay toda una serie de suposiciones inconscientes sobre el mundo y la vida en él (…) Hasta cierto punto, vemos y oímos aquello a lo que el sistema gramatical de nuestro lenguaje nos ha hecho sensibles, nos ha enseñado a buscar en la experiencia (…) Cada lenguaje es un instrumento que guía a las personas para observar, para reaccionar y para expresarse de un modo especial(…)El mundo real está en gran parte construido sobre hábitos del lenguaje” (Kluckhohn, 1992: 173-174-181).Y propone: “La forma sujeto - predicado del lenguaje ha implicado un mundo inalterable de relaciones fijas entre substancia y sus cualidades, pero es impropia para la física actual, que muestra que las propiedades de un átomo se alteran de un momento a otro de acuerdo con las relaciones cambiantes de sus elementos componentes (…) La lógica aristotélica enseña que una cosa es o no es, lo que no siempre coincide con la realidad. La experiencia real no presenta entes claramente definidos como buenos o malos, espíritu y cuerpo. La división sigue siendo verbal” (Id.: 173 – 174). 

La concepción del lenguaje como clasificador y ordenador de la experiencia sensible es conocida como la hipótesis: Sapir, Korzybski, Whorf. Este último, brillante discípulo de Sapir, en su obra Language, Thougt and Reality, sostiene que el vasto sistema de estructuras de cada lengua ordena culturalmente las formas y las categorías que permiten comunicar, analizar, advertir o ignorar tal o cual tipo de fenómenos y relaciones. De lo que se sigue un modo de razonamiento, desde el cual se construye el edificio del conocimiento. Advertía Edward Sapir: siendo el habla “una de las variables más importantes que media entre el individuo y la conducta, (…) la forma lingüística es un condicionante poderoso de lo que se aprende y el cómo se aprende” (1967:19 y ss.) 

Sapir enseñaba (lo explica Christian Baudelot, 1967: 19 y ss.) que las leyes que subyacen y estructuran nuestros discursos escapan parcial o totalmente a la aprehensión de los hablantes, lo que las expone menos a la acción “perturbadora” de las racionalizaciones que no cesan de modificar y remodelar los otros dominios de la cultura. Consideraba que una lengua constituye un sistema complejo de relaciones, cuya configuración exacta escapa a la conciencia de quienes la utilizan. Para explicar, siquiera parcialmente, el pensar del dominado, decimos: los “sistemas formales sumergidos” imponen a los individuos sus categorías conceptuales y sus esquemas de pensamiento: clasifican y ordenan los datos de la experiencia sensible y modelan las percepciones. Tales “sistemas”, presencias profundas en nuestra más recóndita intimidad, recortan y componen conjuntos que, aunque tenidos como la realidad objetiva, deben sus contornos y su unión a las categorías inconscientes. Categorías que no son innatas, que no son inherentes a la “condición” humana, que llevan el sello de una sociedad. 


LENGUAJE Y DESIGUALDAD SOCIAL 

Las desigualdades sociales asoman en el uso cuantitativo y la precisión del vocabulario, en la articulación de las frases, en el énfasis y en los tonos, en los aciertos y las defecciones de las construcciones lógicas, en las calidades argumentales. El individuo común (no se ignoran las excepciones), verbaliza con los escasos medios a que su condición social le permite acceder, recursos más que pequeños para expresar matices e ideas complejas. Sus frases se pueblan de “palabras que quedan indefinidas y con frecuencia indefinibles, sin la debida precisión”. 

La falta de los términos y los conceptos adecuados para describir una situación o proceso que irrumpe como novedad, impide o imposibilita a grandes mayorías comprender los alcances de mudanzas (y es lo que hoy sucede), que mudarán su vida no necesariamente para mejor. Cuando no hay con qué expresar comprensivamente una experiencia, o ponerla en palabras que la sitúen en un panorama mayor que la comprende y obtiene un sentido, no es posible evitar oscilar entre la perplejidad y la admiración sin reflexión. O el temor. 

En los días que corren (una carrera que nos abruma) seductores artificios tecnológico, no pocos de uso cotidiano, nos interpelan y nos exigen hacer de ellos compañeros dilectos, y poco menos que exclusivos y excluyentes. Esos artificios traen consigo una forma del idioma: imponen en sus cultores un hablar que los identifica y los distancia de quienes continúan amarrados a los “viejos” usos, y a una manera del idioma que para los “actualizados” huele a cosa vieja. 

Las nuevas realidades tecnológicas requieren recursos lingüísticos y conceptuales para ser entendidos en su función social: son algo más que dadores de entretenimientos o instrumentos de un quehacer que ellos potencian, incluso hasta la exasperación. El teléfono móvil o celular es un formidable inductor de parlas excesivas, reiterativas y prescindibles: de un hablar por hablar que siquiera transitoriamente permite una fuga del mundo circundante. Ocupados en los juegos y en las imágenes que el móvil nos propone, salimos, por un buen rato, de una realidad que por cierto no nos llena de halagos. (De paso, y saliéndonos del tema por un minuto, no estaría demás saber qué sucede en el cerebro cuando es dispensado de ciertos procesos, ejecutados ahora por el artefacto que hace maravillas. La simple y muy difundida maquinita de calcular que hoy utilizan millones de personas (incluyendo escolares de primaria), evita que el cerebro haga el esfuerzo de sumar, restar, multiplicar o dividir. Una evitación que desliga, por innecesarios, los circuitos neurales responsables de las cuatro operaciones. Lo mismo se aplica al computador, que nos exime de escribir a mano. Insistamos: qué pasa en el cerebro. Se verá más adelante) 
León Pomer

Pero volvamos a lo nuestro. Observemos que el hablar cotidiano es frecuentado por frases que no logran consumarse, que incluyen saltos arbitrarios fuera de toda lógica y tentativas de expresar algo que se resuelve en embrollo e impotencia. Sartori (2007:20) menciona uno de los pecados más frecuentes: “extraer conclusiones antes de la demostración que debería sustentarlas”. De esto último, el Poder dicta cátedra. Y logra que este sea un razonar habitual en multitud de personas que tienen el beneplácito de la dominación. 

El escuálido idioma del sentido común (el sentido del humano que transita humildemente por la vida, el típico dominado) sofoca por su ineptitud para el matiz y la observación aguda, se muestra renuente a las conclusiones dictadas por la lógica, opta por repetir lo que está en boga. Habitado por clishes irreflexivos, alimentos de un saber banal y automatizado, propicia el parloteo inane; trabaja con escasos adjetivos y padece la ausencia de las peculiaridades verbales capaces de expresar lo más auténtico del individuo (si aún le queda autenticidad). En el idioma del sentido común, la}9{875f singularidad de las vivencias y los sentimientos tienen obturada la expresión precisa, su despliegue en consistencia verbal. Cuando el sentido común reconoce lo diferente, lo difícil de entender, reacciona con un perplejo encogimiento de hombros. Vigotski (1999:97) habla de “formas fosilizadas” de pensamiento y comportamiento verbal. 

Gusdorf (1995:41) observa que en tanto el lenguaje “nos alinea” con quienes nos rodean y nos modela con arreglo a una medida común, o de común entendimiento, nos está expropiando de lo que debió ser una visión propia, un sentido original de las cosas y las relaciones. En el habla del sentido común, impera el estereotipo. Hay una obligada renuncia, ciertamente involuntaria, a la expresión original; la aceptación inconsciente de una disciplina semántica impuesta, arrastra los valores sedimentados en las significaciones de la lengua, expresión de la cultura dominante. El lenguaje básico de la impersonalidad, anota Gusdorf (Id.: 53), representa el grado más bajo de la intención y de la expresión: ámbito en que la comprensión padece de raquitismo. Insiste (Id., Id.: 41) en que” el sentido común embota el sentido propio de las palabras”: “en vez de coincidir con un valor la palabra no es más que una etiqueta”. 

Precisando lidiar con abstracciones y fenómenos psicológicos, las restricciones impuestas equivalen a la mudez intelectual. Describir el mundo con frases convencionales es un fracaso, enseña Searle (1998), porque no es convencional el objeto de la descripción. Sartori advierte que los avances tecnológicos, operan en detrimento del lenguaje lógico – cognoscitivo – abstracto: dan su contribución a un pensar incapaz de elevarse por encima de una visión rudimentaria. Y el encomiado lenguaje lógico (nueva advertencia), con la precisión de sus significados, no siempre y no necesariamente adelanta en el conocimiento de lo real. 

Desarrollando las ideas de Basil Bernstein (de que se hablará en seguida) el sociólogo Claus Mueller (1973:55) mostró que el código de lenguaje de los pobres, inhibe el desenvolvimiento de la conciencia política. “El lenguaje del pobre es un código extremadamente restricto (…) Como no puede ser usado de una forma instrumental, reflexionada, la lengua refuerza la localización social de la persona. El lenguaje condiciona la percepción; no permite un análisis, y por lo tanto la trascendencia de su contexto social (…) Al limitar su capacidad de discriminar, conceptuar y analizar, torna las condiciones del pobre más aceptables”. Agréguese que” el lenguaje de la élite gobernante o de un poder colonial, tiene precedencia sobre el de sus súbditos; el de los ricos, sobre el de los pobres; el de los cultos, sobre el de los iletrados; el de los manipuladores de la media, sobre el de la masa; el de los centros metropolitanos, sobre el de los interiores”.( Roy Porter (1993:13) 

Cuando en la sala escolar conviven niños de diferentes procedencias sociales, aparecen desigualdades, producto de una diferenciada percepción de la realidad, y del desigual capital cultural asimilado. Los trabajos del sociólogo inglés Basil Bernstein (1989: 39 y ss) correlacionan las relaciones de poder y de clase con los procesos educativos de la escuela. 

Bernstein comprueba que las diferencias lingüísticas entre niños de la clase obrera y de clases superiores no son el producto de diferentes aptitudes: resultan de los discursos prevalecientes en las respectivas categorías sociales, en la naturaleza de las preocupaciones que priman en ámbitos radicalmente diferenciados. Esas distancias conducen a elaborar formas de expresión específicas, tanto por el vocabulario utilizado como por las estructuras del lenguaje. Las elecciones lexicales y las selecciones sintácticas obedecen a principios diferentes, según la clase de pertenencia, constituyendo así lo que Bernstein llama “códigos lingüísticos”, qué en lo fundamental, serían dos, situados, por así decir, en los extremos, admitiendo la existencia de “códigos” intermedios. 

En las clases superiores, incluidas las clases medias, el tipo de discurso dominante está caracterizado por una mayor atención y el aprovechamiento intensivo de las posibilidades estructurales de organización de la frase. De ese modo, será difícil prever la estructura sintáctica que elegirá el locutor. En la educación de esas clases, se intensifica la conciencia de la separación y la diferencia. ”La receptividad para una forma particular de estructura de lenguaje determina el modo en que se elaboran las relaciones con los objetos y una orientación hacia una manipulación particular de las palabras” (Bernstein, 1989: 39). Dicho con otra manera:” la estructura social refuerza el modelamiento temprano de la percepción” (Id.,Id.:44). Se percibe diferente, o se privilegia la percepción de objetos diferentes. Por eso,” lo que aprende un niño de la clase media tendrá una significación diferente que para un niño de la clase obrera, debido a la diferente percepción de los elementos que aparecen en la situación de aprendizaje” (Id.,Id.:47). 

En las capas sociales inferiores de la clase obrera inglesa, (campo de los estudios de Bernstein) el tipo de discurso se distinguirá por la rigidez de la sintaxis y la utilización restringida de las posibilidades semánticas y sintácticas que permiten prever fácilmente los elementos del discurso del locutor. Bernstein insiste que en esa comprobación no hay nada de peyorativo: no indica que en una clase hay mejores cerebros que en otra clase. Muestra que en el “código restringido” hay, incluso, un registro metafórico de considerables posibilidades. Pero las condiciones y los tipos de aprendizaje a que introducen ambos códigos lingüísticos serán diferentes. Considerando la afinidad entre el sistema de comunicación escolar y el código lingüístico, el niño de las clases menos favorecidas está doblemente perjudicado. El código limitado privilegia lo colectivo en detrimento de lo individual; lo concreto en lugar de lo abstracto; los hechos brutos en lugar del análisis de motivos e intenciones: todo lo cual no ayuda al acceso a los metalenguajes que permiten el control y la innovación. “La frase corta, gramaticalmente simple y sintácticamente pobre que es la unidad típica del lenguaje público, no facilita la comunicación de ideas y relaciones que requieren una formulación precisa” (Id., Id.:53). El lenguaje público “tiende a enfatizar las cosas más que los procesos” (Id.,Id.:54); abusa de los lugares comunes en perjuicio de posibles expresiones originales. Lo social del grupo prevalece por sobre lo individual (…), la curiosidad está limitada por el bajo nivel de conceptuación fomentado por el lenguaje público; la preocupación por lo inmediato impide el desarrollo de una experiencia reflexiva” (Id.Id.:59). La conclusión no es alentadora: “el lenguaje es considerado como uno de los medios más importantes para iniciar, sintetizar y reforzar maneras de pensar, de sentir y compartir que están relacionadas funcionalmente con el grupo social (…): ciertas ideas y generalizaciones son facilitadas más que otras” (Id.,Id.:53). 

Bernstein advierte “que entre la escuela y el medio de que proviene el niño de la clase obrera hay una discontinuidad cultural que resulta de la radical diferencia entre los sistemas de comunicación”: el sistema escolar juega un papel legitimador de la desigualdad social. A través del proceso lingüístico, la estructura social deviene el sustrato de la experiencia infantil. “Al aprender, la referencia recae sobre lo que es significante, sobre lo que se hace relevante social, intelectual y emocionalmente” (Id., Id.:140). La sintaxis de las relaciones familiares ejerce una influencia determinante sobre el sistema de comunicación. “El relativo retraso de los niños de la clase obrera baja bien puede ser una forma de retraso culturalmente suscitado y transmitido al niño a través de las implicaciones del proceso lingüístico”(Id.,Id.:143): “las instituciones educativas en una sociedad de clases llevan consigo tendencias alienantes”(Id.,Id.:144).Comprueba Bernstein que las familias de clase alta (incluso de estratos medios y altos de la clase media), están más centradas en la persona, y por lo tanto privilegian la autonomía y alientan la expresión de intenciones subjetivas, favoreciendo así el desarrollo lingüístico del niño. Un código más elaborado está vinculado a una “liberación” del estatuto, entendido como una menor presión social. La vida cotidiana de la clase obrera es un recordatorio permanente de lo que falta, de las frustraciones, de los deseos no realizados. O en períodos de dura crisis, la presencia amenazante de la inseguridad, del hambre. Las instancias de socialización de los niños de diferentes clases no se compadecen entre sí: la escuela habla el lenguaje de los más favorecidos. No parece exagerado hablar de sub culturas producidas por la condición social. 

Bernstein no ignoraba los trabajos del dúo Sapir- Whorf, que a partir de investigaciones de campo llegó a la conclusión de que las diferenciaciones en los sistemas de lenguaje, producían distintas visiones de mundo. Para el sociólogo inglés, “los hábitos de lenguaje predisponen ciertas opciones de interpretación” (Id.,Id.:129). En una sociedad que comparte una misma lengua, el elemento simbólico se diferencia por el uso de la palabra y no por la lengua. Sostenía que la cultura es “el proceso mediante el cual un ser biológico se transforma en sujeto de una cultura particular”. Y como síntesis final: ”Si un grupo social debido a su relación de clase(…) ha desarrollado fuertes lazos comunes; si las relaciones de trabajo de este grupo ofrecen poca variedad o poca capacidad de adopción de decisiones; si sus reivindicaciones, para tener éxito, deben ser más bien colectivas que individuales; si las tareas laborales requieren manipulación y control físico en lugar de control y organización simbólicos; si el hombre subordinado a su trabajo es la autoridad en el hogar; si el hogar está superpoblado y limita la variedad de situaciones que puede ofrecer Si un grupo social debido a su relación de clase(…) ha desarrollado fuertes lazos comunes; si las relaciones de trabajo de este grupo ofrecen poca variedad o poca capacidad de adopción de decisiones; si sus reivindicaciones, para tener éxito, deben ser más bien colectivas que individuales; si las tareas laborales requieren manipulación y control físico en lugar de control y organización simbólicos; si el hombre subordinado a su trabajo es la autoridad en el hogar; si el hogar está superpoblado y limita la variedad de situaciones que puede ofrecer; si los niños son socializados en un entorno que ofrece pocos estímulos intelectuales; si un medio reúne todos estos atributos, entonces es plausible suponer que tal medio social generará una forma particular de comunicación que configurará la orientación intelectual, social y afectiva de los niños”(Id.,Id.:149). Corrobora Chauchard (1956:32/33): diferencias “de educación entre las clases constituyen un obstáculo difícil de superar. El niño al aprender a hablar, aprende a pensar”- 

(") Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.

viernes, 18 de enero de 2019

BOLSONARO Y EL PROGRESISMO, Por Horacio González

OBERTURA DEL EDITOR:

1.- Relaciones: Horacio González, Ricardo Rouvier, Susan Roberts y Heinz Dieterich.


Proponemos leer el texto de Horacio González sobre Bolsonaro y el progresismo, con la la nota de Ricardo Rouvier: https://lateclaenerevista.com/bolsonaro-pasado-o-futuro-por-ricardo-rouvier/, la de la historiadora británica, Susan Roberts: http://vagosyderecho.blogspot.com/2019/01/la-izquierda-se-equivoco-cuando-se-sumo.html, y la de Heinz Dieterich: http://vagosperonistas.blogspot.com/2019/01/china-y-el-socialismo-de-la-humanidad.html

Es que la nota de González se hunde en el fenómeno Bolsonaro, rastreando ciertos textos de la historia de Brasil -que González conoce como intelectual, pero además por haber vivido allí- y en el pensamiento progresista cuya linealidad histórica, y cierta superficialidad para abordar algunos procesos cuestiona, pero a la vez se pregunta: 

"Sin embargo, ¿con qué vacío nos quedaríamos cuando nos cansemos de alertar sobre la superficialidad de nuestros progresistas?". 

Preguntas que nos tenemos que hacer nosotros, aunque en la Argentina es muy difícil que pueda darse un fenómeno estilo Bolsonaro -no es suficiente ya con Macri-Bulrich- por la historia de las fuerzas armadas juzgadas, condenadas y repudiadas que el Brasil no conoció.  

Ricardo Rouvier pone varios acentos, uno de ellos:

 "La irrupción Bolsonaro es un acontecimiento que encuentra sus pistas culturales que se ahondan en el propio Brasil y descubre, también, huellas en la región que hacen pensar en una extensión convergente a nivel mundial entre la derecha europea, el pausado y seguro predominio asiático y los cambios en América Latina y el Caribe. Un cambio de época que termina y que obliga a una profunda revisión en el Partido de los Trabajadores de Brasil y en los sectores progresistas y de izquierda de todo el mundo. Otra época comienza e inicia otra configuración global que se está conformando. Es indudable que el mundo está viviendo una agitada transición, muy compleja, que compromete no sólo al reordenamiento del poder internacional dominante y sus rechazos, sino a una modernidad líquida, como señala Bauman, pero que en realidad son torrentes, cataratas de corrientes que van y vienen, incrementando la incertidumbre que calificaba al porvenir. Hemos hablado mucho del futuro como incertidumbre, bueno el futuro ha llegado. Las incertezas florecen en todo el arco de lo público, donde el sentido común se convierte en un objeto seducible".

Llama a una "profunda revisión" entre otros de los sectores progresistas. 

Mientras que la historiadora británica Susan Roberts cuestiona haber abandonado el marxismo y el papel de la clase trabajadora y dice: 

"El abandono de la clase obrera como sujeto histórico generalmente se remonta al surgimiento del pensamiento posmarxiano / posmodernista en Francia en los años 70, con su negación de las narrativas históricas de carácter general. El trabajo que ha proporcionado autoridad moral y política para ese abandono del marxismo es “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una política democrática radical”, de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, publicado en 1985".
"En ese texto post-marxista, Mouffe y Laclau argumentan que la clase trabajadora ya no es el sujeto histórico, esencialmente porque no existe un sujeto histórico y, por lo tanto, no se le atribuye ningún privilegio ontológico como una fuerza histórica efectiva contra el capitalismo. En cambio, sugieren que una gama de grupos de interés social (por ejemplo, feminismo, antirracismo, ambientalismo, etc.) pueden, a través de un liderazgo “moral e intelectual”, (en oposición a un mero liderazgo “político”) combinarse para lograr tal reto".
"Los trabajadores siguen siendo importantes en esa amalgama de grupos de interés, pero solo a través de su experiencia concreta y vivida, y no debido a la historicidad de su posición. Es en esta nueva ‘unidad de un conjunto de sectores’ que una ‘relación estructuralmente nueva, diferente de las relaciones de clase, debe ser forjada. Y tal conjunto, afirman, se logrará con una “democracia radical”. [12]
"Esto es lo que Mouffe y Laclau llaman la “transición decisiva” del plano político al moral / intelectual y es donde tiene lugar un nuevo concepto de hegemonía “más allá de las alianzas de clase”. La razón por la que se piensa que es necesario alejarse de lo político es porque ellos perciben la necesidad que un conjunto de ideas y valores deben ser compartidos por diversos de sectores: “que ciertas posiciones de los sujetos atraviesan una serie de sectores de clase.” (Hasta aquí la cita del artículo de Susan Roberts).

Es evidente que Roberts pone en cuestión el progresismo.

Por su parte, Heinz Dieterich:

"Ante el espanto de los neoliberales urbi et orbi (globales), el presidente (chino) se permitió citar al cofundador del socialismo científico-político Friedrich Engels y aseveró que la economía mixta de China mantendrá su configuración bicéfala actual. Pero, siempre bajo la hegemonía macroeconómica del Estado y del Partido y con la prioridad de las empresas públicas (SOE). Esta afirmación es de particular importancia estratégica. Porque el transcendental acierto de la “apertura y reforma” de Deng Hsiao Ping fue, que --ante el agotamiento del modelo desarrollista de Mao-- descartó las simplistas recetas neoliberales antisoviéticas de Ludwig von Mises y de los Chicago Boys, para adoptar el paradigma de la Nueva Economía Política de Lenin (NEP). Por intuición o conocimiento, Deng entendió, que la estrategia de desarrollo óptima en economías subdesarrolladas o en transición hacia el socialismo no podía ser “la mano invisible” de Adam Smith: las tasas de ganancia, operadas mediante precios de mercado y sin intervención directa del Estado. Entendió, que sin la mano visible del Estado, the invisible hand del mercado quedaría manco".

Dieterich glorifica la actualidad de China, pero lo que nos importa  es la idea de intervención del Estado, la economía mixta y cierta idea de agotamiento de la civilización capitalista -no en el sentido como en los 70 se hablaba del fin del capitalismo por un socialismo mesianico que lo reemplazaría- que sabemos que tiene en la cabeza. Tomamos esta última idea como la entiende el editor es decir como incapacidad del capitalismo actual para satisfacer las necesidades de las mayorías populares, las dos terceras partes de la humanidad que están fuera del circuito económico, y la version neoliberal del capitalismo que destruye la democracia. ¿Es ese proceso el futuro al que hay que amoldarse? ¿Y en ese caso los Bolsonaro son inevitables? ¿El progresismo no tiene nada que aportar?

En realidad a los peronistas nacionalistas cristianos nunca nos gustó que nos comprendieran dentro del progresismo al que juzgabamos fofo, que siempre le faltan 5 para el peso, más cuando en la cabeza del editor como progresistas piensa a los radicales de la coordinadora y a Federico Storani como paradigma de ese progresismo, siempre anticlerical -eso compartimos- pero metiendo todo el combo religioso en el anticlericalismo -eso no compartimos- y por sobre todas las cosas muy antiperonista. 

¿A que progresismo se refieren González y Rouvier? Claramente no a ellos, creemos que se refieren a la izquierda kirchnerista (posiblemente la única izquierda con posibilidad de ser poder), sabemos que González se refiere al PT en Brasil y la intelectualidad concomitante -tanto en Brasil como la Argentina, pero en la Argentina relativa al peronismo y kirchnerismo (en realidad hoy el único peronismo sustancial). En síntesis a todo el pensamiento humanista, crítico, social cristiano, etc.

¿Y Susan Roberts a qué progresismo convoca? Por sobre todas las cosas a la izquierda europea.

En el comentario al pie que le hicimos al artículo de Rouvier pusimos: 

"¡Es realmente muy buen artículo de Ricardo Rouvier! Y que tiene muchos puntos para el debate. En ese sentido el primer punto que quiero señalar es sobre la imposibilidad de copiar el modelo chino, aquí es necesario tener en cuenta no el combo completo sino cierta estructura del estado que controla activamente a la actividad económica privada, al poder económico. Desde luego que lo pienso desde el peronismo y creo que acá no tenemos futuro sino planteamos un estado interventor en economía con nacionalización del comercio exterior -por el déficit permanente de divisas- y reforma bancaria y financiera que ponga las finanzas al servicio de la nación. Hay muchas cosas del pasado que hienden sus ramificaciones en el futuro como muchas conquistas económicas del 45 al 55, me dirán que el mundo es otro, pero la pobreza es mucho mayor, y la exclusión peor. Para ello hay que pensar un mercado interno integral con pleno empleo, digo pleno empleo. Y con todos los derechos laborales y humanos a fondo, sabiendo que se vota cada dos años. Es por eso que creo que la globalización es un proceso al que se le puede poner límites nacionales, sino fuera así no hay futuro, y no es así, en este punto discrepo con Rouvier. Quién lo puede hacer: unicamente Cristina. Lamentablemente los 90 marcaron mucho a los dirigentes peronistas. Muchos nos quedamos en el 45 y creemos en el voluntarismo de Nëstor Kirchner. Muy buena nota. Para el debate".

Los que pensamos así y planteamos además una industrialización avasallante con justicia social también nos sentimos como los progresistas a quienes se refieren las notas precedentes pero con una diferencia tenemos un proyecto de país en la cabeza y que el peronismo llevó a cabo entre el 45 al 55,  en el 73,  y destruyó en los 90, y reconstruyó parcialmente con Néstor y Cristina. Vemos la cosa parecida a Susan Roberts aunque ella desconoce el peronismo.

Bueno, basta de alharacas y vamos al artículo de Horacio González:

BOLSONARO Y EL PROGRESISMO


El “progresismo” gusta de su programa más o menos impreciso. Le alcanza la confianza de ir para adelante intuyendo que los obstáculos de la historia se diluyen rápido. ¿Cuánto dura una pesadilla? La medida del progresismo son tiempos cortos para un mal sueño y todas las garantías de la razón para ver cómo se apartan las rémoras del camino. ¿En Brasil el progresismo no supo ver los listados que hacen los encuestadores? Ellos en general nos dicen, que tanto allá como aquí, existe una preocupación popular por la seguridad, luego por la inflación, luego –y quizás en primer lugar–, por la necesidad de “evaluar docentes”. Continuando por la corrupción, quizás no antes de las penurias económicas. Y después, a preguntas inquietantes como “qué haría si... por ejemplo, debiera juzgar al policía Chocobar, a la Gendarmería y su represión en el sur”..., la respuesta del “pensamiento popular” podría ser más bien benévola que indignada. ¿Entonces?



En los años veinte, Walter Benjamín escribió su célebre Para una crítica de la violencia, texto de absoluta actualidad, donde se constatan tanto las direcciones fundamentales de la violencia del mito y lo sagrado. Habría allí sendas violencias que bifurcan el modo de fundar sociedades, y también la propensión de un sentir amplísimo de las clases populares, dispuestas a promover la pena de muerte. El problema es de vieja data. Benjamin, en ese trabajo, estaría anunciando el nazismo. Los héroes de las estadísticas son el policía implacable antes que la maestra comprensiva, el gendarme antes que profesor universitario y el vecino que actuó por mano propia en obvia legítima defensa antes que el abogado garantista que puso en duda si era necesaria esa serie de empeñosos disparos vecinales.

Así, el progresismo que le confirió al pueblo la potestad de sujeto de la historia, titular de derechos cívicos, de decisiones igualitaristas y formas de vida emancipadas, no estaría viendo el rostro oscuro de las creencias. No habría podido interpretar una nocturna marejada de deseos informulados, ansiedades vicarias, expectativas mustias, palabras quebradas, inciertas adhesiones que abrigan secretos canjes emocionales, militarización de la fe, mitologías vitalistas en torno a la religión, el deporte y el consumo. ¿No ven que así es imposible, se les dice a los progresistas, pensar a ese pueblo que ustedes consideran depositario de un papel diáfano en la historia? Son los que no comprenderían lo terriblemente opaco de la existencia, el anuncio de una nueva reflexión sobre cómo se han diversificado los bagajes culturales, anclados en secreciones del lenguaje diario. En esoterismos imprevisibles que corren como río subterráneo bajo las vidas urbanas más previsibles, aunque rotas por dentro. 

Sin exigencias reflexivas mayores, el progresismo ignoraría ese mundo anterior a los predicados políticos, constitucionales o argumentales. Se trata de un ser amorfo e inconcluso que, si por un lado es la base de la más exigente filosofía, del psicoanálisis y literatura del siglo XX, por otro lado es la materia del trabajo de las maneras predominantes con que las corporaciones informáticas crean individuos, que suponen dominar por entero en su intimidad, en su ridícula inmediatez pérfidamente feliz. 

¿Es por “comprender” mejor todo eso que ganó Bolsonaro? Es cierto que el candidato del PT fue un solvente profesor de la Universidad de San Pablo y que Bolsonaro supo simbolizarse con el trípode de una cámara convertida en una ametralladora, iconografía poderosa que definía sus pertrechos: mesianismo de las imágenes, evangelismo de las armas, y mitificación de su persona. Todo eso está en su gran logro publicitario, el gigante que emerge del mar para salvar a la Ciudad, ante el asombro de la población demudada. Hay que odiarlo o amarlo. Este exigente salvador parecía brutal, pero daba y reclamaba miedo o esperanza.

¿Qué debían pensar los progresistas frente a ello? ¿Dictaminar rápidamente que estábamos ante un retoño del neofascismo, del nazismo a secas? ¿Autoritarismos militaristas de masas? De resolver bien estas cuestiones depende nuestro futuro político, en tanto política en el interior de los pueblos. Afirmamos que no se puede solo cuestionar al progresismo, sino reconocer que también él es un movimiento de masas que quiere apartarse de los mitos, de los anacronismos culturales y recrear un pueblo con pedagogías ilustradas que convivan con el carnaval, el terreiro y los sincretismos religiosos. Aún limitado, siempre aceptó la cultura brasileña que navegaba a varias aguas, lo carnavalesco, lo espiritista, la nobleza ilustrada, el estado de transe corporal, el éxtasis religioso, las clases de Félix Guattari y la crítica al “hombre cordial”.

Ahora, con Bolsonaro todo ese debate se ha desplomado, porque este personaje funambulesco salido de esos momentos abismales de la sociedad, evangelizó las armas y arruinó todo mesianismo. Entonces los debates más riesgosos quedan paralizados por un letargo trágico, una aceptación de la violencia que los destruye, aunque algunos patanes de la furia la ven como salvadora, y los sorprendidos progresistas extraen una conjetura antifascista a las apuradas. ¿Está bien esta caracterización? No. Hay una mitologización construida como iconografía electoral de telenovela alrededor de Bolsonaro. Este lúgubre personaje tiene la importancia de marcar un fin de época, su mito no es la madeja intrincada de una conciencia contradictoria. Es un martillazo que obnubila el ser social, intimidatorio incluso de los antecedentes que pudieran importarle de las anteriores experiencias del “fascio brasilero”.

Por ejemplo, la del escritor modernista Plinio Salgado, que en los años treinta no fue ajeno al mussolinismo, creando formaciones políticas regimentadas a través del saludo de “anaué”, un concepto indigenista con revestimiento en la simbología fascista. No va por ahí la cosa que anima Bolsonaro, que descarría todo, pone la cultura brasileña ante un juicio final sumarísmo. A todo masacra. Tanto a lo popular, lo demonológico, lo milenarista, lo progresista, lo tecnocrático, lo sociológico, lo antropológico. Tanto a la vida ilustrada clásica como a la popular perteneciente al gran océano de creencias. El evangelismo no artillado, el candomblé, el umbanda, el cristianismo clásico. Ha removido y reutilizado aviesamente la idea de mito, que el progresismo denunció, pero sin interrogarlo adecuadamente. 

El mito de Bolsonaro no es aquel que como sombra indescifrada acompaña toda la historia brasileña, esos pensamientos salvajes, festivos y artísticamente paradojales –que la figura de Antonio das Mortes representa muy bien–, y cuyo secreto gozante los gobiernos petistas no habrían sabido descifrar. Aceptemos que no les prestaron suficiente atención, y que siguen siendo lenguajes populares que una pedagogía nacional interpretativa no debe abandonar a priori. Los encuestadores, casandras de los abismos en que cae el movimiento popular, consideran facilongo renegar del ingenuo progresismo percibiendo que nada saben de narcotráfico, de policías, de bandas diversamente ilegales que atraviesan las vidas populares y sus creencias sedimentadas por el bazar ingenioso de todas las teologías universales. 

Sin embargo, ¿con qué vacío nos quedaríamos cuando nos cansemos de alertar sobre la superficialidad de nuestros progresistas? El bolsonarismo es la apoteosis de la sociedad entendida como criminalidad latente. Lo actúa un apócrifo superdotado inventado por la publicística de los pastores de almas armados con ametralladoras Uzi. Varitas de acero con las que se descubre ahora un mítico frenesí popular con revólveres “Bullrich-Coltsonaro calibre 32” en las manos. Alerta máxima, entonces, para el progresismo con su idea lineal, permanente y solícita de la historia. Todo esto debe ser revisado, aunque no por eso abandonado. Debe incorporar, y producir una mutación, de todo aquello que corresponda a la reflexión sobre “el mundo oracular”. No para acatarlo y someterse a él, sino para desconstruir a Bolsonaro, que sin saberlo, estaba usando groseramente las piezas magistrales de la mitografía brasileña, para degradar la vida popular.

martes, 15 de enero de 2019

CHINA Y EL SOCIALISMO DE LA HUMANIDAD, Por Heinz Dieterich para Vagos y Vagas Peronistas


1. El milagro chino y el Socialismo del Siglo 21 

En un trascendental discurso del presidente chino Xi Jinping sobre el 40º aniversario de la política de “reforma y apertura” (1978), los pro-capitalistas nacionales y globales recibieron un balde de agua fría. La transición del Partido Comunista de China (PCCh) hacia el capitalismo y la democracia liberal burguesa --tan deseada por Occidente-- no se va a dar, dijo el Presidente. Xi Jinping, junto con Vladimir Putin el hombre de Estado más brillante de la sociedad global, reafirmó con toda razón, que el extraordinario desarrollo del país se debe al liderazgo unido y centralizado del PCCh. La política del partido fue “totalmente correcta” en esas últimas décadas declaró el líder y aseveró, que el Partido seguirá siendo el garante de la seguridad y prosperidad del país en el futuro. Enfatizó que la hegemonía del PCCh en “todas las tareas” no está en cuestión y que los principios del Marxismo-Leninismo son el patrón científico-político conductor para crear "un gran país socialista moderno que sea próspero, fuerte, democrático, avanzado culturalmente, armonioso y hermoso", para mediados del siglo XXI. Aunque no lo dijo, es obvio, que este Socialismo del Siglo 21 implica, en una fase posterior, la evolución nacional --y probablemente mundial-- hacia la democracia participativa del comunismo digital. En la oscuridad de la Fase Superior del Capitalismo del Siglo 21 que estamos viviendo, se volvió a encender la luz de una civilización alternativa para la humanidad. 



2. Economía mixta e idiotez neoliberal 

Ante el espanto de los neoliberales urbi et orbi (globales), el presidente se permitió citar al cofundar del socialismo científico-político Friedrich Engels y aseveró que la economía mixta de China mantendrá su configuración bicéfala actual. Pero, siempre bajo la hegemonía macroeconómica del Estado y del Partido y con la prioridad de las empresas públicas (SOE). Esta afirmación es de particular importancia estratégica. Porque el transcendental acierto de la “apertura y reforma” de Deng Hsiao Ping fue, que --ante el agotamiento del modelo desarrollista de Mao-- descartó las simplistas recetas neoliberales antisoviéticas de Ludwig von Mises y de los Chicago Boys, para adoptar el paradigma de la Nueva Economía Política de Lenin (NEP). Por intuición o conocimiento, Deng entendió, que la estrategia de desarrollo óptima en economías subdesarrolladas o en transición hacia el socialismo no podía ser “la mano invisible” de Adam Smith: las tasas de ganancia, operadas mediante precios de mercado y sin intervención directa del Estado. Entendió, que sin la mano visible del Estado, the invisible hand del mercado quedaría manco. 



3. China e India 

Los precios de mercado son el sistema operativo básico para maximizar las tasas de ganancia de los agentes económicos más fuertes; lo que no es lo mismo que la optimización de la asignación de los recursos (resource allocation) en beneficio de las mayorías. Sólo un ignorante o un manipulador puede confundir los dos aspectos. Un simple ejemplo demuestra por qué. En India hay alrededor de mil millones de teléfonos celulares, pero 300 millones de sus habitantes viven sin agua, electricidad y sanitarios. ¿A alguna persona con cerebro y ética le parecería óptima esa distribución de recursos? De ahí, que el Partido Comunista asimiló al fin de la era de Mao, lo que Oliver Cromwell, Friedrich List y Vladimir Lenin habían aceptado como verdad histórica en su momento: que el capital privado puede jugar un papel positivo en el desarrollo económico, siempre que actúa bajo la macro-coordinación del Estado. Esta combinación no sólo representa el óptimo sendero de desarrollo en ciertas épocas económicas, sino que es también la única constelación democrática posible: un poder fáctico particular aporta un vector evolutivo importante, pero la voluntad general del pueblo, que se expresa en el Estado, debe trazar las líneas de evolución del macrosistema. 



4. Defensa de la soberanía nacional 

La defensa de la soberanía nacional e integridad territorial de China fue recalcada como un axioma no negociable con el imperialismo occidental. En palabras de Xi: "Nadie puede dictar a China lo que debe hacer", ni en su desarrollo endógeno, ni en su política exterior. De ahí, que los programas contra la contaminación, contra la pobreza y su superestructura política no están a discusión. Habiendo liberado a 740 millones de personas del flagelo de la pobreza; habiendo expandido el Producto Interno Bruto de alrededor de 150 billones de dólares al inicio de la “reforma y apertura”, a alrededor de 14 trillones actualmente (en nomenclatura inglesa); elevando el PIB per cápita de los años cincuenta, desde unos 54 dólares a alrededor de 10,000 dólares actuales; convirtiéndose junto con Europa, Japón, Rusia y Estados Unidos en una de las grandes potencias científicas y líder mundial en intellectual property filings en 2017, y teniendo superioridad militar hipersónica frente a Washington, le da autoridad mundial, política y social al PCCh y su sector hegemónico, hablar con la autoridad con la cual habló Xi. 



5. Política exterior – Tercera Guerra Mundial 

Y lo mismo es válido para la política exterior. China reclama su lugar adecuado en la gobernanza del nuevo sistema multipolar, pero sin procurar volverse hegemónico, como el imperialismo anglosajón ha sido desde el colapso de la Unión Soviética. Para nadie que está informado sobre la situación geopolítica del mundo actual, es un secreto, que la Tercera Guerra Mundial comenzará en Europa Oriental (Ucrania), en Medio Oriente (Siria, Irak, Irán) o en el Estrecho de Taiwán. Si esa conflagración estalla, no será por afanes de expansión y dominación de China o Rusia, sino del centro imperialista occidental Washington-Londres-Tel Aviv. 



6. Putin, Xi y el futuro de la humanidad 

Putin y Xi, líderes de dos de los tres Estados más poderosos de la historia, están abriendo de nuevo el sendero evolutivo multi-opcional de la humanidad para el Siglo 21, rompiendo la vía unidimensional impuesta por el Consenso de Washington, la dictadura del dólar y la tiranía de la OTAN. Dos hombres, que se socializaron en las condiciones de pobreza y privación de la postguerra mundial y de la Revolución Cultural de Mao, y que no han olvidado que todo proyecto de conducción nacional requiere cumplir con un imperativo moral: proteger la calidad material y cultural de vida de sus ciudadanos. 

Si Putin dice, que la restauración del Socialismo del Siglo 20 en la patria de Lenin es imposible, tiene obviamente razón. Pero, Putin es demasiado inteligente para pensar, que el capitalismo sea la última forma de evolución social de la humanidad. No es un opinador limitado del imperialismo occidental, como Francis Fukuyama o Samuel Huntington. Es un protagonista histórico de alto nivel, que sabe, que la agenda de la historia se ha abierto para la civilización transcapitalista del Siglo 21. Por razones geopolíticas e internas, no puede afirmar públicamente, como Xi, que el futuro de Rusia sea la sociedad post-burguesa. 



7. Hermenéutica del Futuro 

Marx y Engels, que entendieron la hermenéutica de la lucha de clases, están en algún lugar del más allá, brindando por esos dos extraordinarios demiurgos del Siglo 21.

miércoles, 9 de enero de 2019

LENGUAJE, segundo fragmento del capítulo, del libro inédito DE LA DOMINACIÓN CONSENTIDA, de León Pomer(") para Vagos y Vagas Peronistas





 CONTENIDO SEMÁNTICO 


Desde la más remota antigüedad humana mapeamos la realidad partiendo de señales, olores, ruidos, advertencias las más variadas  abordamos incógnitas para develarlas, para eventualmente hacer de ella un auxiliar de nuestra vida. Lo que nos impacta emocionalmente y no nos permite la indiferencia es lo que se destaca del resto: queremos saber qué significa, pide significado. Lo piden los sueños y la muerte, los fantasmas que no hemos convocado, pero nos asedian. Hurgando en la realidad, de la que nuestro cuerpo es fundamental presencia y es misterio, descubrimos referencias indispensables para no errar en el desconcierto, aunque siempre habrá algo que nos deje desconcertados. El significado antecede al lenguaje, pero lo necesita. En apoderándonos de una, llamémosla verdad inicial y provisoria, consultamos nuestro léxico o inventamos la palabra que identifique lo aun no nominado, que de nombre al significado. 



No es exclusividad humana explorar la realidad y significarla. Cuando no interviene la consciencia parece necesario postular el accionar de una inteligencia primordial, biológicamente desarrollada, inherente a todo ser vivo (Leroi-Gourhann, 1964: vol.1:42). El premio Nobel Gerard Edelman llama “consciencia primaria” la que otorga la capacidad de determinar, a partir de criterios internos, la importancia de cierto tipo de señales entre las múltiples que genera el entorno. La naturaleza quiere seres vivos dotados de una esencial capacidad de orientación en un medio determinado. Sólo un fragmento de este posee interés y tiene significado para los seres vivos. Pero en tratándose de la realidad social, es otro cantar. 



Las ideas de valor, advertía Max Weber (1979:32), confieren significados que subrayan y ordenan los elementos de la realidad. Se supone que los primates profesamos ideas de valor que acuden a seleccionar lo que nos interesa significar. Y esas ideas de valor son culturales, es decir, son adquiridas o, para decirlo mejor, nos han sido imbuidas. Desde ellas elegimos lo que nos importa, nos interesa o nos es indiferente. La facultad cognitiva de que estamos dotados (la dominación la quiere coja, manca y enclenque), que proyectamos sobre la realidad, ha sido debilitada por un sistema de valores y desvalores cuya misión es debilitarla, porque ha sido modelada por los dominadores. No nos irá demasiado bien si intentamos descubrir (supuesto que lo intentemos) que significa realmente el arsenal de relatos, declaraciones y juramentos que el Poder nos endilga: qué significa ese fatuo aglomerado verbal. Pero descubrimos, a veces más tarde que temprano, que confrontado con un existente que se mueve vertiginosamente, diferencias, distancias, contradicciones, desmentidos que inicialmente nos provocan un cierto escozor: el significado de ciertos dichos del Poder no parece coincidir con las promesas e intenciones juradas y perjuradas. Antes de descender al desengaño total nos prometemos hacer un compás de espera, un darle tiempo al Poder para que limpie las herencias viles que dice haber recibido. Incluso admitiremos que talvez no nos da la mollera para entender sus altos designios. Puede que finalmente entendamos algo, atisbemos lo que es el Poder y el significado de sus actos; o talvez no lo entendamos nunca y concluyamos que el mundo es una porquería discepoliana, o sea, un infierno irredimible. Los significados que guían los actos del Poder (con la sola excepción “bolsonárica”, hasta el momento que esto se escribe) no son proclamados a los gritos, no son informados en las tapas de los diarios ni transmitidos por televisión en su más prístina verdad: son mantenidos en una discreta penumbra, en verdad no tan penumbrosa que no sean discernibles por quienes han salvado su razón del naufragio. De lo anterior es fácil deducir que los significados regulan prácticas, las conducen, las demoran, generan escepticismos o esperanzas o frustraciones: en no pocos casos son un sólido fundamento de peligrosísimas irracionalidades. Son constitutivos de la epistemología del Poder, de que se hablará en un próximo capítulo. 



Gusdorf postuló que el individuo se “adueña” del mundo hablando un idioma; pudo agregar que el mundo hace lo mismo con el individuo. No hablamos de una abstracción, hablamos del mundo concreto, del que llamamos sociedad, de los contenidos semánticos que le son constitutivos y ofician de chaleco constrictor: las constricciones cuidan que no se produzcan desmanes peligrosos en las estructuras asimiladoras de saberes y en las racionalizaciones de las experiencias. Conviene subrayarlo: la estructura asimiladora filtra y selecciona lo que habremos de entender y asimilar. 



En los significados se ocultan visiones del mundo humano. El poeta Bartolomé Hidalgo, iniciador de la poesía gauchesca, utiliza con encomio la palabra “indio”: para la cultura dominante de la época (y para la nuestra) equivalencia de barbarie. Para Hidalgo, indio es valor y coraje (visión transgresora) en la lucha contra el entonces enemigo realista. 



Al introducirse en complejas experiencias, en más honduras y hallazgos, el ser hablante se obliga a imaginar nuevos significados, a expandir la polivalencia de la palabra. Por eso Sartori (2007:17) puede decir: “a cada palabra corresponden muchísimos significados”; “el número de palabras en cualquier idioma es menor que el número de significados que tenemos en mente “. El arsenal de significados lingüístico no parece dar cuenta de todo lo que necesitamos decir. Por eso los filósofos de verdad deben crear significados nuevos. Frente a la polivalencia potencial de la palabra el Poder se aferra a un significado específico: desecha lo que es susceptible de dirigir el pensamiento hacia direcciones que no le caben transitar al dominado: las estructuras perceptivo –asimiladoras del sujeto no deben descubrir contradicciones no autorizadas ni reconocidas, que hieran la imagen naturalizada de la realidad social. Conocer y padecer las inocultables ignominias sociales debe ser racionalizado como desarmonías epidérmicas, eventualmente corregibles, o definitivamente inherentes a la “imperfecta” condición humana. 



En el lenguaje de la dominación, las palabras y su organización en la frase encierran múltiples y sutiles adulteraciones-limitaciones-cercenamientos semánticos: son ejemplo “democracia”, “populismo”, “libertad”. El Poder no propicia la palabra que rompa el sueño letárgico de lo conocido; teme noveles resonancias, inesperadas alertas. El Poder de la dominación se satisface cuando el dominado chapotea la vida entera en la pobreza de un vocabulario exasperadamente limitado que le impide pensar complejidades ajenas á lo que le es permitido. El encuentro de conexiones semánticas inhabituales son audacias susceptibles de romper el exclusivismo semántico que instaura la dominación. Así, la palabra “democracia” no debe significar no más que votar cada dos años. Y después dejarlo todo, sin control alguno, en manos de los que se supone representan la voluntad popular, pero con demasiada frecuencia se han emancipado de la misma. 


LA PALABRA LEGÍTIMA 


La palabra es un bien disputado: es un gran instrumento del dominador. Probablemente el mayor. Al dominado le es concedido el balbuceo, la confusión y el silencio. El monopolio de la palabra legítima confiere un poder enorme sobre aquellos que deben aceptar los significados que aquella vehicula; controvertirlo, abrirlo a dimensiones que la palabra alberga, pero son obturados, es gesto subversivo, es un pensar atrevido, exterior a lo normal. Significados cerrados, recluidos deliberadamente en una suerte de pequeña, limitada y poco aireada celda cerebral, no buscan mejorar la calidad de un discurso, sino la adhesión conformista al existente social, la impotencia verbal para cuestionarlo, el impedimento de examinar las penumbras que oculta. En lugar de descubrir, la palabra debe ocultar, condenar a la confusión o a un errar en el desorden mental. El significado debe quedar detenido en una inocente unilateralidad; romperla supone algo como arriesgarse a abarcar otros costados del objeto que no conviene menear, porque susceptibles de sugerir preguntas que el Poder no quiere escuchar. Cuando el monopolio de la palabra niega un abordaje de lo real sin cortapisas que lo mutilen, particularmente cuando el significado tiene gran alcance social, cabe inferir que busca generar pensamientos mutilados. En su momento, lo expresó así el filósofo norteamericano William James: “un gran número de personas piensa que está pensando, cuando no hace más que ordenar sus prejuicios”. 


La frase hablada es una expresión del individuo que la habla, y de aquello que lo hace hablar como suele hacerlo. Al hablar su propio lenguaje, advierte Marcusse (1971:221), el individuo también habla el lenguaje de sus dominadores. Lo privado y personal está mediado por el material lingüístico disponible, que es material social. Además, lo que la persona quiere decir es también lo que no dice. Sus procesos mentales se revelan en el habla y en el silencio, y obviamente en su conducta. Lo que no se dice está presente en el en la práctica conductual. La sociedad se inscribe en el idioma. Hablar es someterse a un complejo de condicionantes. 


Volosinov (discípulo de Bajtin) sostenía que el lenguaje organiza la experiencia que tenemos del mundo: es producción y recepción de sentido. Si no fuera así, sería ruido. La posibilidad de comunicarse reside en el sentido compartido. Lo que carece de sentido no puede ser comunicado. Al abrirse al diálogo el hombre pone en tensión sus virtualidades. Se ve obligado a reflexionar, a descubrirse poseedor de lo que ignoraba de sí mismo. De la experiencia concreta en el mundo se sigue el vocabulario que prevalece en el habla del individuo: será equivalente al aprendizaje de los significados (envueltos en palabras) que condicionan la manera de conducir la vida personal en un medio concreto. Si el pensar traspasa los confines del vocabulario en boga, aumenta las posibilidades del universo cognitivo, lo hace más vasto, más rico y más dúctil. El lenguaje que intenta administrar el sistema de dominación tiende a cristalizarse en palabras y significados precisos, limitando –y si posible, cancelando- la posibilidad de abrirse a un universo de críticas y de dudas. 


La palabra deviene un clishé: el nombre de la cosa indica simultáneamente una función. La palabra “obrero” inmoviliza al sujeto en esa función. “La funcionalización del idioma, observa Marcusse (1971:117-118), expresa una reducción de sentido”, con una notoria “connotación política”. Los nombres de las cosas, propios del razonamiento tecnológico, agrega, no sólo son indicativos de su forma actual de funcionar, también definen y clausuran el significado: excluyen otras posibles formas de funcionar en el hoy y en el futuro. 

La sociedad de clases, que aspira a la eternidad, tiene su correlato en esa forma del idioma. El lenguaje funcional es radicalmente antihistórico: incluso contribuye a rechazar los elementos no conformistas de la estructura y del hablar. Marcusse (1971:125) reivindica el concepto: no identifica la cosa con su función, opera con anterioridad a la misma. Distingue lo que es la cosa de su función contingente. En el lenguaje funcional la racionalidad operacional absorbe los elementos trascendentales negativos y oposicionales de la razón (Id.,Id.:127) . 


EL USO EMOTIVO… 


considerado la “más ancestral modalidad de la lengua”, puede calificarse de pre reflexiva. El Poder cultiva cuidadosamente en la masa popular los significados emotivos, asociados a la acción y a las pasiones, a los sentimientos y a la fe; el Poder niega los significados lógicos. No son lo suyo las proposiciones inequívocas, “y todas las proposiciones que constituyen una demostración lógicamente congruente entre sí” (Sartori,2007:18). En estando ausente lo lógico, o minimizado, en el lenguaje predomina, al decir de Sartori, lo “ideológico-emotivo”. En otras palabras: están presentes lo confuso, lo turbio, las conexiones arbitrarias. 


No es habitual que el sujeto elija deliberadamente uno u otro uso: en variadas proporciones ambos están presentes en cada expresión verbal. Individuos de todos los estratos sociales suele exasperar la emisión y la recepción emocional de las palabras en detrimento del uso lógico. Lo emocional es una “turbación del ánimo” en que prima el impulso, y este (anota el diccionario), aparece como “esa fuerza que impele a hacer algo”, un algo no conducido por la reflexión serena y meditada. Los mensajes publicitarios son básicamente emocionales: incentivan el consumo, usan como “argumento” (entre otros) la alegría y la juventud, el atractivo personal, el sexo. 


En lo emocional puro hay una minimización de la razón analítica, del pensamiento críticamente argumentado, de la curiosidad por indagar la verdad del aserto. Es la forma preferida por los demagogos que triunfan operando al margen del pensamiento lógico. La “más ancestral modalidad de la lengua” tiene uso considerable, por no decir prevaleciente, en la vida política: deviene medio principalísimo de ganar favores populares. La cultura de la dominación, con su prédica de todos los días de la vida, ha conformado los cerebros para la menor frecuentación posible de la razón que pide argumentos y demanda pruebas que excedan las palabras huecas, estrepitosas y edulcoradas. Sartori advierte: “Cuanto más asumen las palabras un significado lógico más se despojan de un impreciso contenido emocional”. Pero el lenguaje de generalidades y atrayentes promesas es el privilegiado por una cultura que ve en la lógica una molesta preguntona de explicaciones y conocimientos a que las masas no precisan acceder. 


USOS Y FUNCIONES DEL IDIOMA 


Sartori (2007:18)considera que “el uso lógico del lenguaje es una adquisición más reciente”, una “conquista difícil que cuesta un prolongado adiestramiento y mucha fatiga”(Id.,Id:19).Recuerda (1998:45 y ss.) que el ”vocabulario cognoscitivo y teórico consiste en palabras abstractas que no tienen ningún correlato en cosas visibles, como casa, mesa, caballo, etc., y cuyo significado no se puede trasladar ni traducir en imágenes, como lo son soberanía, democracia, nación, Estado y tantas otras, salvo excepciones”. Todo el saber se desarrolla en forma de conceptos y concepciones mentales: “el mundo no es percibido solo por nuestros sentidos”. 


Que en el idioma es posible distinguir diferentes funciones, también lo señaló Bruner (1999:130), que enumeró dos discordantes. Una es la pragmática, instrumental y reguladora, personal e interaccional: es el lenguaje que se limita a dar y recibir información. La segunda función es heurística, imaginativa e informativa: procura que los demás nos informen y nos corrijan. No es la que prefiere la dominación. 

Lo real es un universo de designaciones y sentidos. Lev Vigotsky (1993:125) recogía de Paulham la siguiente noción de sentido: sería la suma de todos los eventos psicológicos que la palabra despierta en nosotros. Sentido y significado son parientes muy cercanos. En diferentes sujetos encontraremos estructuras perceptivas que descubrirán sentidos no coincidentes. En el ámbito de la dominación el sentido, igual que el significado, es minimizado, circunscripto, transformado en un reducto obtuso y negador, empobrecido. Los eventos psicológicos que escapen a lo “normal” deben ser desechados, eventualmente considerados delirios 


Hay hábitos de lenguaje; los hay que revelan el grado de subordinación del sujeto hablante a un esquema que le ha sido impuesto sin que lo haya advertido. Marcusse (1971:115-116) opuso dos modos de pensar absolutamente antagónicos, expresivos de disímiles actitudes humanas frente a la sociedad: el “pensar bidimensional dialéctico”, en que prevalece la presencia y utilización de los conceptos de autonomía, descubrimiento, demostración y crítica”, y su opuesto, “la conducta tecnológica”, en que “la tensión entre apariencia y realidad, entre hecho y factor que lo provoca, entre substancia y atributo tiende a desaparecer”: prevalecen los conceptos “de designación, aserción e imitación. Elementos mágicos, autoritarios y rituales cubren el idioma, sostiene el filósofo, que está despojado de las mediaciones que forman las etapas del proceso de conocimiento y de evaluación cognoscitiva”. 

León Pomer

CONCEPTO Y FUNCIÓN 


El Poder configura el universo del discurso, explica Marcusse, habla de libertad cuando hay trabajo esclavo y el desempleado está preso de la miseria; habla de la igualdad impuesta por la condición de ciudadanía, lo que en la realidad suele ser una burla: las contradicciones reales son ignoradas. En cambio, prosigue Marcusse (Id.:125) el concepto distingue lo que es la cosa (o la persona), de su función contingente. El lenguaje funcionalizado es irreconciliablemente anticrítico y anti dialéctico: impide el desarrollo conceptual, es contrario a la abstracción y la mediación, se rinde a lo inmediato, rechaza el reconocimiento de los factores presentes en los hechos y su contenido histórico (…) El lenguaje funcional no tiene espacio para la razón histórica. (Id..Id: 127 – 128), 

Otra frecuente añagaza: “El que un sustantivo sea unido siempre o casi siempre con los mismos adjetivos y atributos `explicativos`, convierte la frase en una fórmula hipnótica: cuando infinitamente repetida, fija el significado en la mente del receptor “( Id.,Id.: 121). El discurso se cierra a la comprensión. “La pretendida estructura analítica, advierte el filósofo, aísla al sustantivo principal de todos los significados que podrían invalidarlo. Así, ¿son realmente expresivas de la voluntad popular las contiendas electorales, en que las promesas se revelarán mentirosas? Los elegidos “representantes del pueblo”, ¿representan al pueblo? Conceptos se ritualizan; su recurrencia los margina de toda reflexión, los hace inmunes al vacío a que han sido reducidos, a la contradicción que los anula o los pone en duda. 

Si consideramos que el lenguaje es un hecho social, que al decir de Elías (1990:27) “se individualiza en cada individuo” hasta hacer parte de “su estructura personal”, parece necesario aceptar que sobre una básica individualización de clase se forjan las peculiaridades individuales: los miembros de una clase son portadores de un algo de común. 


(") Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido oportunamente en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.