viernes, 9 de noviembre de 2018

LA LETRA POR PERÓN, Por Horacio González

La figura de Perón aparece indudablemente asociada a la obra, la acción política y la puesta en marcha del gran movimiento de masas que todavía hoy se identifica con su nombre. Pero también hay un legado suyo que aparece en sus textos, muchos de ellos de doctrina e historia militar, otros escritos programáticos, filosóficos e innumerable correspondencia con notables intelectuales como Cooke, Jauretche o Scalabrini Ortiz. Perón: una filosofía política (Paso de los libres) reúne una serie de artículos recopilados por Juan José Giani que indagan en los secretos de esta obra escrita, en sus lecturas formativas y su estilo, en su relación con la cuestión indígena, el pensamiento nacional o el continentalismo.  El 12 de Noviembre de 2017, el suplemento Radar (Página12) reprodujo fragmentos de algunos de los artículos de esa obra que abarcan los debates entre Perón y los intelectuales de su tiempo. Este blog siguiendo su costumbre intempestiva vuelve a publicar artículos imprescindibles,  embebidos por el paso del tiempo macerados por el olvido y la resistencia en esta época oprobiosa tratando de dosificar el veneno cotidiano que recibe y advierte todo argentino de buena voluntad (buena voluntad kantiana). Oportunamente se han de publicar los otros dos artículos que acompañaban a este






No era, evidentemente, un populista. Por lo menos en lo que dejan trasuntar sus textos canónicos –sus clases preparadas bajo el impulso del viejo profesor que había sido–, que condenan el caudillismo y todo síntoma de acción política que no se base en reglas y preceptos. En ese sentido decía haber llegado para interrumpir los ciclos caudillistas, sofocados por fin por un acceso específico a las fuentes sistemáticas del saber político. Había sin duda cierto positivismo en ese tipo de percepción de los efectos de la razón práctica –una obediencia racional y libre– antes que en el nebuloso acatamiento a un caudillo.


En los Apuntes de Historia militar (1931) se perciben muchos rasgos de este estilo profesoral, del maestro clausewitziano. Se sabe bien. Clausewitz fue su lectura mayor y su numen a la distancia, como el de tantas generaciones militares argentinas. La idea de batalla, de lucha de voluntades, de la esencialidad de ese encuentro violento y pasional que son los movimientos de masas armadas que confluyen en un punto del destino, la conflagración. Como Lenin, estudió a Clausewitz, el fundador austriaco de la escuela militar prusiana. A diferencia de Lenin, que a la luz de la Lógica de Hegel había leído a Clausewitz -en lo que Carl Schmidt declaró como el mayor acontecimiento lectural del siglo XX, Perón fue más sumario en los elementos de filosofía de la historia con los que acompañó aquel tratado de Clausewitz, que tenía casi una renovada fuerza aristotélica en la consideración del orden de las pasiones.

De joven había leído la vasta historia providencialista de Cantú, probable regalo de su padre, el perseverante agricultor Mario Perón y seguramente de allí obtuvo un cuño providencialista que en Cantú era cristiano y Perón convirtió en una referencia laica que terminó plasmada en la idea del “hombre del destino”, y en general a la referencia al destino con toques renacentistas, lo que incluía una pócima de infortunio necesario y la aptitud para “soportar” los más furiosos “golpes de la fortuna”.

De sus lecturas Perón obtiene esencialmente proverbios, un uso performativo, chacotero y de ambigua socarronería de la lengua política, y lo mismo hace con el célebre Vom Kriege, donde –nada inhabitual en la educación militar–, todo suele tornarse un tipo de frase aforístico y conductista, a los que también Perón solía llamar con un remoto vocablo helenístico, “apotegmas”. “Nada deseo más que una batalla” se le atribuye a Napoleón, pero es posible que redactado de otra manera también esté en Clausewitz o en Von Schlieffen. Juntos a estos y otros numerosos textos de formación militar –que son en su fondo último escritos sobre un mundo honorífico y no pocas veces sacrificial–, Perón lee de adolescente un libro que Mario Perón, el padre, se empeña especialmente que conozca: los consejos de Lord Chesterfield a su hijo. Aquí también hay fuertes indicios de cuál era la otra veta formativa de quien sería un brillante cadete de “perfil intelectual” del Ejército. Este libro es una recopilación de aforismos para el comportamiento “en la vida y en los salones” donde sobrevolaba cierta picaresca en relación al momento preciso en que se podía decir algo y cuando convenía llamarse a silencio, todo en tren de una sabiduría adquirida en un mundo galante de convivencia, en el cual cierta suavizada manera de la “lucha por la vida” debía ser conocido por el principiante.

La armazón genérica de lecturas del cadete y luego oficial Perón era la Biblioteca del Oficial, nunca bien estudiado repositorio de toda la bibliografía militar de la época, que durante varias décadas informó el debate militar argentino a la luz de las guerras mundiales. Iniciada a principios del siglo XX, en el ejército de Ricchieri, aún sigue saliendo. En su época de oro debería ser estudiada como lo fue Sur, y podría decirse que fue la Sur de los militares, un poco anterior pues en verdad coincidió en su mejor momento con todo el ciclo de la revista Nosotros (1907-1943). En esos años se publicaron las obras fundamentales de von Clausewitz, von Schlieffen, el Mariscal Foch, el Mariscal Montgomery, Füller, Liddle Hart (citado por Borges en “El jardín de senderos que se bifurcan”), Guderian, Bradley, Bouthoul, Huntington, Jomini (un teórico suizo, napoleónico) no faltaba la Ciropedia de Jenofonte (por la que Perón no pasará indiferente) y uno de sus volúmenes en la célebre La Nación en armas de Von der Goltz, que muchos vieron el texto más cercano a lo que después fue el diccionario básico peronista: allí se encontraba la idea de que una Nación es un sistema de movilización general de sus entes económicos, culturales y anímicos. Otros autores de esta Biblioteca sin la cual dudosamente Perón hubiera encarnado su vivaz lengua citadora, con Leopoldo Lugones, Juan José Güiraldes, José Pacífico Otero (el historiador de San Martín) y, desde luego, el propio Juan Domingo Perón.

En cuanto a Perón, sus publicaciones son sobre la Guerra Franco-Prusiana (1871) y la guerra Ruso-Japonesa (1905), una de ella en colaboración, y dígase que no dejaron de causarle cierto disgusto, pues obtuvo una acusación de plagio de otro militar que motivó que debiera aclarar el caso ante un tribunal militar.

¿Qué clase de escritor era Perón? Porque sin dudas, escribe. Ya treintañero, con el grado de mayor, escribe a pedido del general Sarobe, una memoria sobre el golpe del 30. Las titula como testigo, lo que en verdad no fue. El escrito es animado y tiene aspectos indudablemente humorísticos, provocados por la impericia y desorganización de los conspiradores. Perón toma con su habitual socarronería “criolla” estos deslices pero se pone serio al señalar ante la falta de lo que sería uno de los lemas de lo que privilegió siempre: “sin organización ni preparación...” y luego explotar el éxito, nunca se llegará a nada.

Se pueden cotejar otros momentos de la escritura de Perón, ceñida a cierta elegancia protocolar militar, con alguna cortesanía de salón que no obstante sabe adquirir matices de furia cuando la situación lo exige, con ceremonialismos diversos que pronto lo vuelven a poner en la vía sentenciosa y, por cierto, un tanto solemne de la prosa que cultiva, que tiene por dentro, también, sólidos andamios de orden.

Los que acompañaron al peronismo lo hicieron con distintos tipos de actitudes, cuya historia hoy no está plenamente escrita. Jauretche ya había fijado desde los años treinta una lengua gauchi-política, cuya máxima expresión había sido el Paso de los libres prologado por Borges en 1933. Scalabrini era el discípulo antibritánico de Macedonio Fernández, su lenguaje era el del “colectivo profético de comunidad” y su metodología provenía de una teoría moderna del imperialismo.

No fue fácil la convivencia, aun bajo el signo de acuerdos comunes muy amplios. Los que venían desde armazones intelectuales que ya estaban consolidadas en los años 20, mostraron con la lengua diseminada colectivamente por Perón, distintas disparidades. Jauretche muy tempranamente, Scalabrini después, guiado por la discordancia con la política petrolífera postrera del primer peronismo. Surrealistas, anarquistas, católicos sociales, socialistas y comunistas –Rodolfo Puigrós, Bramuglia, Elías Castelnuovo, César Tiempo, Xul Solar, Marechal. Gálvez-tuvieron distintos matices en cuanto a su relación con el linaje del cual provenían y la lengua masiva que había creado el peronismo. La “izquierda nacional” buscó sus antecedentes con Manuel Ugarte –que había sido embajador de Perón en Cuba y que también provenía del modernismo rubendariano, latinoamericanista-socialista, no enteramente asimilable por la rítmica y la retórica identitaria de Perón, plantea algunas diferencias hasta hoy no muy estudiadas– y, en general, trazó una línea histórica que en el fondo podía no haberle desagrado a Perón, identificándolo con un supuesto estatismo y anticlericalismo de Roca.

El golpe del 55 suavizó estas cuestiones que se hacían cada vez más pesarosas a mediados de los 50, y nada obsta para que hoy volvamos a preguntar sobre ellas. El esfuerzo por atenuar la diferencia entre la diversidad de corrientes intelectuales argentinas y el modo en que el peronismo opta primero llamarse laborista, después Partido de la Revolución Nacional hasta apoyarse exclusivamente en la unicidad del nombre del conductor, en una historia específica que sigue siendo perentorio analizar. De alguna manera se puede decir que la “doctrina del Conductor” mostró su fracaso en el magno encuentro y confrontación dramática de Ezeiza en 1972, cuando el regreso de Perón. También ahí se estaba elaborando un conflicto subsidiario entre la izquierda nacional del peronismo que rechazaba la lucha armada y los grupos armados que provenían de distintas izquierdas que el Perón exilado hizo esfuerzos por retener con distintos virajes que siempre tenían recursos disponibles en su sistema de locución y su régimen provocativo de señales, lo que se expresa bien en la revista que dirigía Hernández Arregui, un marxista nacionalista que provenía del radicalismo cordobés, que pasa de llamarse Peronismo y Socialismo a Peronismo y Liberación, luego de la muerte de Perón. 

Habla de las dificultades de la identidad de los socialistas del “marxismo nacional” ante la percepción de que los hechos aconsejaban cierta retracción aspiracional de los nombres más platónicos que se utilizaban. Perón exilado, a su vez, hace una opción contraria a esta: abre su gabinete de palabras y con los cortinados más receptivos calla o aprueba cuando escucha los nombres de Tercer Mundo, maoísmo, castrismo, montonerismo, hasta la crucial discusión, también de índole retórica –no por ello menos mezclada con la sangre– entre el concepto de “formaciones especiales” y el de “vanguardias armadas”.

Volvamos a la formación inicial. En una de sus bibliotecas, que se conserva en el Archivo Histórico Nacional, está el libro de Gustav Le Bon sobre la evolución de la materia subrayado por Perón posiblemente hacia fines de los años 30. Allí se encuentran explicaciones que seguramente le parecieron útiles sobre la congregación, separación y mutua atracción entre átomos. Perón, sin duda, no bebe agua de una única fuente conceptual. Pero hay una huella, que a veces se hace nítida y otras se volatiliza, de un primer positivismo de sustrato biológico en su inicial formación, que sin dudas provenía de la influencia familiar –Tomás, el abuelo era un médico biólogo que pertenecía a los núcleos positivistas de la época, José Ingenieros incluido–, y el Ejército que lo acoge imparte nociones honoríficas tanto como higienistas, tomadas también del acervo intelectual en que esa fuerza militar se está modulando.

Y otros nacionalistas católicos que lo acompañaron (junto al primer y decidido apoyo de la iglesia, del que al cabo de menos de una década, sólo quedaba la interesante figura del padre Benítez), ya lo habían abandonado. Sin contar el golpismo de Lonardi, ostensiblemente colector del nacionalismo católico que toma toda clase de temas, incluso el de las concesiones petrolíferas (por lo cual casi llegan a interesar a Scalabrini). Y al que durante mucho tiempo, aunque en el exilio muchos intentan volver a acercarse, los considera “piantavotos”, expresión habitual en él.

El caso de la “doctrina peronista” como lengua primera aglutinante de un blasón político, planteó siempre y sigue planteando un especial problema a la vida intelectual autónoma que vio y sigue viendo con interés las tribulaciones y el equilibrismo de esta extraña pero perseverante y oscilatoria identidad política.

Fragmentos del artículo “Perón en la vida intelectual argentina” Perón: una filosofía política (Paso de los libres), recopilación de Juan José Giani.

martes, 6 de noviembre de 2018

EL PÉNDULO SUDAMERICANO SE SACUDE, Por Javier Azzali


Jornal do Brasil

La derrota electoral del candidato del PT y el acceso al gobierno de Brasil de Jair Bolsonaro, significa la derrota política del nacionalismo democrático liderado por Lula, y sella en forma adversa el destino inmediato de la integración continental. Así pues, el péndulo se corre y se sacude hacia el lado argentino, donde, aún con debilidades y torpezas, se deposita la esperanza del reinicio de un ciclo nacional, para evitar una caída aún más profunda.

El largo ciclo de sucesión de avances y retrocesos, que se ha descrito con razón como de revolución y contrarrevolución, da lugar a una disyuntiva que, en el inicio de cada ciclo da lugar a una consigna de hierro: crear las condiciones suficientes para consolidar la historia en una única dirección, sea la progresiva o la regresiva. A suerte o verdad, para nuestros pueblos que se agitan entre los avances y las resistencias. Allí está la causa de los genocidios y crímenes cometidos por las últimas dictaduras militares, o de las políticas de destrucción y sometimiento de los años 1990, y que es suficiente para justificar cualquier política de tierra arrasada para que no haya suelo fértil para el regreso de los populismos, en caso de crisis de gobernabilidad.

Javier Azzali
El ciclo progresista merece el calificativo de nacional por su defensa del interés integracionista a favor de la autonomía y crecimiento continental, y de democrático, por la profundización de la participación popular y las reglas del debido proceso y el respeto de los derechos civiles, políticos y sociales. En Lula se depositaba la esperanza de una reversión de las políticas reaccionarias que habían ganado posiciones con el gobieno de Macri, en Argentina, y, con la declinación del segundo gobierno de Dilma Rousseff y el ascenso golpista de Temer. Su condición de líder con representatividad nacional, prestigio en todo el continente, y capacidad política, lo colocaban en lo alto de las encuestas electorales, por sobre el alicaído y estancado PT. Así pues, su persecución judicial y mediática, su encarcelamiento y finalmente proscripción, sumado a la impotencia política de sus seguidores para responder con eficacia a tal difícil situación, sellaron la suerte del país y también la de la región. Nos encontramos ante un auténtico proceso de demolición de la unidad de la patria grande y de su institucionalidad supranacional, que incluso retrotrae a una etapa anterior al Mercosur.

La manipulación de la Big Data, indudablemente existe –la parcelización de la información, su segmentación dirigida y la mentira programada- y sea de dimensiones considerables, pero podría no ser la causa principal explicativa del apoyo de sectores bajos y medios a candidatos que expresan programas contrarios a sus intereses. Más bien, prefiero transitar por las zonas del tradicional colonialismo cultural, sobre el cual opera toda acción política, misturado con el agotamiento presentado por las políticas de los gobiernos populares. Con todo lo progresivo que ha sido, sin dejar de rescatar todo su valor, el ciclo nacional democrático ha encontrado obstáculos estructurales que no ha podido superar, fortaleciendo entonces la capacidad de reacción de los sectores oligárquicos pro imperialistas que, ahora, “avanzan hacia atrás”, destruyendo todo lo que se pueda y remachando los nuevos tornillos para la dependencia. Las dificultades, o lisa y llana imposibilidad en algún caso, de perforar el techo levantado por las estructuras de economías dependientes, concentradas y extranjerizadas, dejó presa fácil de alternativas ilusorias creadas a la luz de falsas promesas de cambios, a sectores de la población que, por su lugar social, deberían de brindar su apoyo a los movimientos nacionales. A la vez, éstos quedaron como los responsables de una situación de crisis que, en verdad, es parte de los modelos de país que, justamente, se supone sus políticas deberían cuestionar.

Ahora, Bolsonaro, en línea con el desarrollismo industrialista del ejército, hace no mucho tiempo cuestionó la privatización de la estratégica empresa petrolera Petrobras. Sin embargo, a la vez parece haber delegado el manejo de la economía a Paulo Guedes, un neoliberal que viene anunciando la necesidad de un plan de privatizaciones para pagar la deuda externa. Lo que sí está claro, es la profundización de un giro pronorteamericano y en contra de la integración sudamericana que habilita a pensar que se transita, otra vez como en los años 1970, la huella del subimperialismo, como instrumento de los intereses de los Estados Unidos en la región, mediante la supremacía de Brasil por sobre los países vecinos, incluido Argentina. Los datos oficiales son elocuentes en cuanto al perfil del intercambio comercial de Brasil. El 21,8% de sus exportaciones son destinadas a China, el 12,5% a EUA y, recién, lejos y en tercer lugar, Argentina con el 8,1%. Se deriva que la economía de Brasil, tanto en sus exportaciones como en sus importaciones, es más de carácter global con China, en primer lugar, y EEUU en segundo lugar, que regional con Argentina[i]. Vuelve con notoria vitalidad, las reflexiones del político y pensador de la izquierda nacional uruguaya, Vivian Trías, cuando señalaba que la clave de la unidad continental está en la relación Brasil-Argentina, ya que su estéril rivalidad equivale a la desunión y debilidad del continente[ii].

Jornal do Brasil

Se avizora, posiblemente, el fin del ciclo de la democracia como sistema político al menos tal cual lo conocíamos hasta ahora. Resaltemos: no estamos señalando que regresen las dictaduras tal como las conocimos en el siglo XX, pero es evidente que, las democracias regionales no son un sistema útil para el establecimiento de los regímenes de la dependencia y para evitar el resurgimiento de las políticas con interés nacional y latinoamericano. Su reconversión ya empezó con los procesos electorales distorsionados por la intervención en las redes sociales, la propaganda mediática, y la lisa y llana proscripción, que fue un hecho real en Brasil y es una amenaza en Argentina. Lo que es claro, en todo caso, que nada volverá a ser lo que fue, ni en materia económica, de política exterior, ni en materia de democracia. Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Cuba, quedan en situación de extremo riesgo frente a las agresiones del poder imperialista. El quiebre y sometimiento del país bolivariano, por sus extraordinarios recursos naturales, en hidrocarburos, agua y minerales, es prioridad para el imperio, por lo que es víctima de todo tipo de agresiones en ascenso. Las consecuencias gravísimas que seguramente tendría una reacción exitosa, justifica largamente la tozuda resistencia de los cuadros bolivarianos.

En orden a pensar la realidad de nuestros países en una visión latinoamericana de conjunto, debe señalarse que abona a la confusión generalizada la creencia en una ola de nacionalismo formada por Trump, López Obrador, Bolsonaro y cuanto líder europeo proteccionista haya. Vale, y mucho, recordar la necesidad de la distinción conceptual entre el nacionalismo de una potencia opresora, como los Estados Unidos, del de los países oprimidos. El primero expresa a la dominación imperial, mientras que en el segundo, es una forma resistencia contra, justamente, ese imperialismo, por lo que tienen significados opuestos; uno es regresivo y el otro progresivo. Además, en el caso de Bolsonaro, el nacionalismo de derecha y aristocrático no es lo mismo que el nacionalismo popular.

La recolonización guarda el objetivo de convertir el continente en una gran factoría financiera y proveedora de materias primas, sin industrias ni desarrollo productivo, sin paz y con clases trabajadoras empobrecidas y debilitadas. Cuanto más rápido se puedan volver a alzar los programas nacional-populares y democráticos, con eje en la integración regional con autonomía, mayor será la fortaleza de la resistencia popular.



[i] Alfredo Jalife Rahme, en sitio: https://mundo.sputniknews.com/firmas/201810261082993792-cinco-eventos-de-gran-impacto.
[ii] Vivian Trías. “Imperialismo y geopolítica en América Latina”, 1969, Ed. Jorge Alvarez, Bs. As..

viernes, 26 de octubre de 2018

DE LA CULTURA COMO ENCIERRO, SEGUNDA PARTE DEL CAPÍTULO DOS DEL LIBRO INÉDITO: DE LA DOMINACIÓN CONSENTIDA, Por León Pomer(") para Vagos y Vagas Peronistas





   
     “En la médula de todo cambio social se suelen encontrar cambios fundamentales con respecto a nuestras concepciones sobre el conocimiento, el pensamiento y el aprendizaje; cambios cuya realización se ve impedida y distorsionada por la manera que tenemos de hablar acerca del mundo y de pensar sobre él en el marco de ese hablar” (Bruner, 1999: 127). “Cada modo de representar el mundo, señala el citado (Id:115), lleva en sí una regla de lo que es aceptable como información: la experiencia, por decirlo así, no es independiente de la teoría (…) Los límites de nuestro sistema de  procesamiento, cualquiera sea el modo de organización, imponen aún una mayor selectividad a la información, así como también a la interpretación de esta (…) Damos una categoría de realidad diferente a las experiencias que creamos a partir de nuestros encuentros  con el mundo. Damos cierto valor canónico a ciertas actitudes que producen ciertas formas de conocimiento, ciertos mundos posibles”.

     En la dominación la cultura es encarcelamiento, cercenamiento y veda; en condiciones de auténtica libertad, igualdad y autonomía sería liberación. Frente al determinismo con vocación de implacable se yergue como posibilidad humana la crítica sin restricciones, erguida como alerta y osadía, capaz de pensarse y pensar el mundo sabiendo que acechan las lentes deformantes de la convención, la costumbre y el saber amante del reposo conservador y amodorrado.

     Lo que difiere de lo convencional incomoda, mortifica: exige coraje escapar a la impersonal estandarización, al sometimiento de la autoridad interiorizada por una heteronomía agazapada en la sombra del idioma, en la entera cultura. Lo que contradice, molesta e inquieta, es anormal. Lo convencional gusta sentirse en familia. No es fácil deshacerse de la compulsión devenida autocompulsión.  Invasora oculta y sigilosa, la cultura se hace sujeto que piensa desde los contenidos que lo han conformado como ser pensante. En las disímiles diferencias personales, en la falsa sensación de una pluralidad de seres accionando en libertad siempre habrá un común núcleo duro que adquiere una peculiar modulación en cada peldaño social y en cada criatura humana. La cultura de la dominación es atrofiante. Aptitudes insatisfechas se convierten en órganos sin ocupación, en existencias y cualidades no vividas. Las enteras capacidades humanas son derivadas a manifestarse en la sola parcialidad que conviene al sistema. Los más auténticos impulsos que surgen en el individuo son ahogados en tanto contradigan lo que de él se espera como mero engranaje de una maquinaria que lo envuelve y lo amortaja.

     El diálogo entre convencionales y transgresores difícilmente se convierte en intercambio de argumentos racionales escuchados con atención y reflexionados con interés. Empacarse en lo propio, desoír lo diferente siquiera para refutarlo, conduce a la inepcia de lo  irracional.  En el ámbito de los dominados como en el de los dominadores, las rivalidades, disputas, odios y otras gracias semejantes tienen por encuadramiento común la sociedad en que transcurren. No hay otro marco.  La cultura de la dominación rechaza riesgos, cultiva la rutina y la inercia, no quiere héroes culturales: se importa que, en las elucubraciones de los dominados, en sus cerebros confundidos, piensen   las “verdades correctas”.
   
     La cultura de la dominación sumerge en una suerte de inmaterial encierro; si fuera auténticamente libre, lejos de clausurar los vuelos de la imaginación los haría suyos. La cultura de la dominación es una prisión sin rejas, una imagen exclusiva y excluyente de la persona humana, reducida a ver y a verse a través de una deformante lente perceptiva y conceptual. Margaret Mead (1956:196) calificaba el encierro de “conminatorio y paralizante”. Foucault (2008:19) hablaba de” la capacidad de estructurar el campo de acción del otro, de intervenir en el dominio de sus acciones posibles”; sostenía que los códigos “fundamentales de una cultura - los que rigen su lenguaje, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, la jerarquía de sus prácticas - fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos con los cuales tendrá algo que ver, dentro de los que se reconocerá”.

    Hoy la dominación capitalista, en palabras del filósofo Dany Robert Dufour (2009:134-135 y 19 a 21), “pretende gestionar el conjunto de las relaciones sociales”: nada debe escapar a su inquisición, a la dictadura de los mercados, a la “ley del provecho donde todo debe ser rentable, inclusive las actividades que antes no estaban bajo ese mandato…” El personaje habitado por ese modelo privilegia la relación con los objetos antes que con sus semejantes: permite que a través de aquellos se oprima a sí mismo. “Ese nuevo totalitarismo”, advierte Dufour, enferma al hombre de pleonexia, un “siempre tener más”, en el lenguaje platónico de La República. Para el así modelado, lo único real es la mercancía; la sola felicidad es la apropiación del objeto comercial. No se puede hablar de moral, prosigue Dufour, porque moral sólo puede predicarse en nombre de algo trascendente como la patria, la religión, la libertad; el sujeto pos moderno recusa “toda figura trascendente que daba sustento al valor (…), sólo quedan las mercancías que se intercambian por su estricto valor comercial, poniendo en duda el peso de lo simbólico en los intercambios”. Hay “desimbolización”, que es despojo de toda referencia o sustrato trascendente, como lo son la amistad y el amor, la solidaridad. Ser feliz es apropiarse del objeto que está en boga: su posesión revelaría un haberse colocado en la vanguardia, con un pie en el futuro. El hombre neoliberal es un ser” flotante, indefinidamente abierto a los flujos comerciales y comunicacionales, permanentemente necesitado de mercancías para consumir; un sujeto librado a sí mismo, sin anterioridad ni finalidad, abierto únicamente al aquí y ahora, que conecta como puede las piezas de su pequeña maquinaria deseante en los flujos que lo atraviesan”. El neoliberalismo intenta provocar algo rayano en la repugnancia por lo que carece de valor mercantil: esa es su verdad declarada y declamada; su ideal (si de ideal puede hablarse) se limita a producir seres despojados de todo lo que carezca de valor crudamente dinerario. El empresario japonés que pagó una millonada por un Van Gogh, anunció que   no lo hizo para exhibirlo con orgullo, sino para guardarlo en su caja fuerte como inversión y reserva de valor.
   
     Si “cada relación con el mundo acciona un cierto sentido de la verdad”, (Gusdorf, 1966:231), la dominación supone una relación con el mundo que circunscribe, encierra el horizonte mental: sus axiomas son obviedades que sería necio discutir. Los portadores privilegiados de las “verdades” del sistema, sus mejores intérpretes, son ornados por un aura que les confiere un plus adicional de valor humano: son los sabios de la tribu; más allá, en la lejanía, están los muchos que se angustian por el plato de comida que les es esquivo. A las masas, ese polo del menoscabo y la ignorancia que piensan los dominadores, les basta el sentido común, la doxa cotidiana.   

    
     Bruner enseña (1999:56 - 57) que los sistemas neurales almacenan modelos del mundo histórica y socialmente producidos.  “Si lo que impresiona nuestros sentidos se ajusta a la expectativa, al estado previsto del modelo, podemos decir que nuestra atención se debilita un poco. Los umbrales, la cantidad de tiempo e información necesaria para ver o reconocer un objeto o un acontecimiento están regidos por las expectativas”. Toda información que las transgrede solivianta el modelo de mundo almacenado en el cerebro: produce hostilidad. La expectativa y los modelos que la inspiran, retoños de la cultura dominante, inducen a procurar lo que deseamos encontrar y nos conforta encontrarlo. Lo deseado y lo indeseable han sido instalados por la cultura que nos ha modelado.   

   
      En la intimidad de toda estructura de pensamiento late una suerte de “atractor” inmaterial que atrae selectivamente lo que no lo perturba, lo que le es intelectualmente confortable. Lo familiar relaja, lo inesperado y lo inhabitual contrarían, inquietan, requieren un adicional esfuerzo de procesamiento. El diálogo con la sociedad circundante prefiere encontrar aquello cuyo rostro reconocemos. La irrupción de lo diferente puede no ajustarse al esquema convencional; fragmentos desconcertantes de realidad   desafían y plantean interrogantes: cómo obrar, qué hacer con ellos, cómo insertarlos en la lógica social, cómo vivirlos. Lo anormal, lo que amenaza perforar el encierro y romper el orden trae consigo una ajenidad perturbadora.

     Toda cultura posee atractores que operan como imanes fantasmales; reconocen contenidos y horizontes afines o compatibles; se inclinan, prefieren, huelen lo familiar y hacia allí se encaminan. Orientan el pensamiento, la percepción, la atención del sujeto, las preguntas que formula. La dinámica que los anima toma distancias, se aleja de aquello que los incomoda. Su curiosidad no vulnera el encierro Los atractores quieren sentirse estimulados y confirmados; eligen lo que hace sentido a su modo de ser, a su estructura de aprehender lo real, a su modo de aprehenderlo. Sperber (1996: 156 – 157) lo dice así:” la organización mental de los individuos determina qué inputs disponibles en el entorno serán tratados, cómo serán y qué informaciones guiarán los comportamientos que a su vez modificarán el entorno”. Atractores son estructuras psicológicas generativas: generan productos aceptables para la índole que representan. Propician que el andar del pensamiento no desbarranque en infidelidades.
 
León Pomer
    Norbert Elías (1994:172) llama “traba” a lo que en el orden de la cultura es una barrera, un impedimento psicológico, una adversaria a intromisiones que amenacen producir quebrantos. Elías observa que “en la estructura social de la personalidad” se introduce un bloqueo, un campo de resistencia de la subjetividad, una oposición y defensa contra aquello que amenaza. La traba no es pereza mental como no lo es el dogma. Socialmente introducida en la mente, deviene identidad y fundamento de un pensar que se quiere cierto, y pretende permanecer como tal orientando la práctica comportamental. Las trabas devienen un “mucho más” que psicológicas cuando se materializan en específicas redes neurales que les dan enorme fortaleza y perdurabilidad. En ese punto automatizan el pensamiento, contribuyen al encierro. Son una estructura subyacente que, al decir de Elías, se “defiende cuando nuestra seguridad parece amenazada, porque lo que era cierto corre el peligro de devenir incierto, como alguien súbitamente lanzado al mar sin avistar tierra firme”.

     Intensos estados emocionales (temor, odio, tristeza etc.) se constituyen en trabas a un entendimiento racional y lógico. El miedo, al que aludimos varias veces en este trabajo, constituye un desencuentro con la razón: el miedo no razona, se recoge en sí mismo, se amedrenta. El Poder hace de él un instrumento paralizador de voluntades. El temor a enfrentar una refutación a convicciones arraigadas se erige como barrera al diálogo que argumenta. Negarse a confrontar ideas es una muestra de esencial inseguridad o de arrogante desprecio por un prójimo al que se le atribuye una deleznable humanidad. La traba es una defensa: defiende contra una posible verdad abrumadora que el sujeto carece de valor para enfrentar. La traba protege la irracionalidad que su portador no reconoce en sí mismo.

     Finalmente, habrá que disipar la idea de un determinismo cultural invulnerable a toda crítica, encerrado en un absoluto inexpugnable. La dominación no está arraigada en una supuesta e inamovible condición humana; el éxito que la acompaña no clausura las capacidades de acceder a las prácticas y los saberes necesarios para perforar blindajes, descubrir trampas y añagazas. Individuos modelados por la dominación no siempre se petrifican; no es ley fatal que su piel se endurezca y su cerebro se incapacite para acceder al pensamiento lógico y racional.

 
                            Referencias
Bauman, Zygmunt, Ensaios Sobre o Conceito de Cultura, Zahar Editores, Rio de Janeiro, 2012
y Gustavo Dessai, El Retorno del Péndulo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2014
Bruner, Jerome, Realidad Mental y Mundos Posibles,  Gedisa,  
Barcelona, 1999
Butler, Judith, Mecanismos Psíquicos del Poder, Universidad de Valencia, Ediciones Cátedra, Madrid, 2001
Dufour, Dany - Robert, El Arte de Reducir Cabezas, Editorial Paidos, Buenos Aires, 2009
Eagleton, Terry, A Ideología e Suas Vicissitudes no Marxismo   Occidental, en Um Mapa da Ideologia , Contraponto, Rio de Janeiro, 1996
-A Ideia de Cultura, Editora Unesp, Sao Paulo, 2011
Foucault, Michel, Las Palabras y las Cosas, Siglo XXI, Buenos Aires,2008
Freyer, Hans, Teoría de la Época Actual, F.C.E., México, 1958
Geertz, Clifford, A Interpretacao das Culturas, LTC, Rio de Janeiro, 1989
Gusdorf, Georges, A Palabra, Edicoes 70, Lisboa, 1995
-Mito y Metafísica, Editorial Nova, Buenos Aires, 1960
-De l´Histoire des Sciences, a la Histoire de la Pensée I, Payot, Paris,1966
Sperber, Dan, La Contagion des Idées, Odile Jacob, Paris, 1996


(") Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido oportunamente en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.

PRIMERA PARTE DEL CAPÍTULO DOS, DEL LIBRO INÉDITO DE LA DOMINACIÓN CONSENTIDA: http://vagosperonistas.blogspot.com/2018/10/la-cultura-de-la-dominacion-capitulo.html

miércoles, 24 de octubre de 2018

LA QUE SE GASTA, Por Juan Escobar

Escobar se pregunta sobre el salario nominal y el salario real

John Maynard Keynes (1883/1946)
Cosas. No falta quien dice que veníamos bien y sucedieron cosas. Como el que se tira del techo y todavía no se estrelló contra el piso. El pequeño detalle es que sucedieron cosas que ya venían sucediendo. Y que habían sucedido otras veces antes. Cada vez que se tomaron las decisiones que hicieron que esas cosas sucedieran. Esas cosas que sucedieron eran, por lo tanto, previsibles. Pero no se previeron; y se tomaron, casi calcadas, las mismas medidas que otras veces habían provocado estas consecuencias. O se previeron porque ya se sabía, pero eran las cosas que se quería que pasen. ¿Será que efectivamente cambiamos futuro por pasado?

Siempre pasan cosas. Muchas cosas. Y más en nuestros días. Tantas, que toda crónica envejece al rato. Cualquier intento termina siendo apenas una pincelada sobre un tren en marcha que pasa y no termina de pasar nunca. Están pasando demasiadas cosas raras para que todo pueda seguir tan normal, diría el García que siempre viene al caso.


Por ejemplo, un día muy lejano, allá por agosto de 2018. Uno de los periodistas más importantes del diario más influyente del país relataba en una nota parte de la reunión secreta entre enviados del gobierno nacional y banqueros internacionales en Manhattan, EE.UU. Allí, frente a la desconfianza y los cuestionamientos de esos “lobos de Wall Street”, un funcionario de primerísima línea habría manifestado en defensa del programa económico llevado adelante por la gestión de la que forma parte: “Hay mejoras en el frente fiscal que no se pueden anunciar porque nos perjudicaría en lo político, como por ejemplo la caída del salario real”.

Caramba. Suena raro. Una caída percibida como mejora. Ya decía don Ramón de Campoamor que «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira. »

¿Caída del salario real? ¿Será bueno eso? Dependerá del cristal con que se mire. O del cristal de quién se mire. Para el cristal del asalariado pareciera que no es muy buena noticia. La letanía repite por todos los medios y todas las redes que estamos haciendo lo que hay que hacer (para conseguir estos resultados), ahora que vamos por el único camino que hay (y nos llevó a subirnos alegremente al Titanic) con el mejor piloto de tormentas y un equipo que no es perfecto porque la perfección no existe pero que tiene buenas intenciones.

A juzgar por lo que el periodista calificó como “sincericidio”, un prejuicioso -o ese trosko que se asoma para decirnos que se trata de un gobierno patronal o ese otro de gorrita que pasa en bicicleta y grita “...la tormenta sos vos, gato!”- podría afirmar que, lejos de ser un efecto colateral indeseado, la caída del salario real es uno de los objetivos centrales del gobierno, si consideramos la seguidilla de medidas que se tomaron para llegar a este estado de cosas. O que no se trata meramente de un gobierno que gobierna para los ricos sino también en contra de los pobres, si atendemos el balance de beneficiarios y perjudicados de un modelo económico que privatiza las ganancias y socializa las pérdidas. Pero no. Buenas intenciones. Es hermoso lo que estamos logrando juntos. Sincericidio. Técnicamente no es delito. Digamos todo. ¿Qué podría salir mal?

Este Comentarista de la Realidad hubiera esperado que se encendieran todas las luces de alarma. Pero no. Total normalidad, como titulara el gran diario en los umbrales de aquella normalidad económica de la que es subsidiaria -hasta el plagio- la actual normalidad que padecemos. La normalidad de la miseria planificada.

Antecedentes. Es allí -precisamente allí- cual si fuera El Solicitante Descolocado del gran Leónidas Lamborghini cuando: “Me detengo un momento / por averiguación de antecedentes / trato de solucionar importantísimos / problemas de estado”. O más bien, desempolvar alguna herramienta del remanido pensamiento crítico, pero no en el sentido argentino de buscar sólo y exclusivamente lo que está mal, sino en tren de fidelidad a la etimología que lo vincula con verbos como discernir, separar, decidir, juzgar, discriminar, distinguir. O algo así.

-¿Salario real? ¿Acaso hay un salario imaginario? ¿Imaginario como el peronismo del Comentarista de la Realidad? -se asoma Perogrullo en un intento de arrastrarnos nuevamente al amable terreno de la literatura mala. Un terreno que termina siendo preferible a una actualidad tan regresiva que vuelve actuales a economistas muertos hace tiempo.
Juan Escobar

-“Las ideas de los economistas -interrumpe Keynes para citarse a sí mismo y un poco también para mandarse la parte- y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. En realidad el mundo está gobernado por poco más que esto. Los hombres prácticos, que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto”.

Se impone la necesidad de una ronda de reconocimiento, inducir a la práctica -tan en boga- de la declaración indagatoria. Si es por economistas difuntos, llamemos entonces a comparecer al difunto en cuyo nombre más tropelías se han cometido. El eterno Adam (nada que ver con L'Éternel Adam de Julio Verne, salvo por el hecho de que hay que leerlos a los dos). El profeta Adam Smith.

-“En este sentido vulgar, puede decirse que el trabajo tiene como las mercancías un precio real y un precio nominal. Su precio real consiste en la cantidad de cosas necesarias y cómodas para la vida que se dan a cambio de él; su precio nominal, en la cantidad de dinero. -Hace una pausa para respirar.- El trabajador es rico o pobre, es remunerado bien o mal, no en proporción al precio nominal de su trabajo sino al precio real”.

No hace más que repetir lo que había dicho en su libro La riqueza de las Naciones. Sagradas Escrituras fundacionales de ese credo no exento de fanáticos, que adora a un Mercado de mano infalible pero que no se ve. Porque suele estar en tu bolsillo.

-Dejen tranquilo al abuelo- intercede Henry Hazlitt, precursor entusiasta en la difusión del Neoliberalismo, para aportar esclarecimiento insospechado de distribucionista. De paso, aprovecha para patear la pelota a la tribuna, acusando a Keynes, que compite históricamente con Perón en eso de tener la culpa de todo, hasta del clima.

-“¿Por qué se preocupa tanto Keynes de hacer esta distinción acerca de la actitud del trabajo frente a los tipos de salario nominales y a los tipos de salario reales, respectivamente? La palabra colectiva trabajo implica que no necesitamos pensar en términos de lo que los trabajadores individuales desearían o harían, sino solamente en términos de lo que los monopolistas sindicales desean o hacen. Se preocupa porque más adelante estará ansioso por probar que mientras es imposible persuadir a los sindicatos para que acepten una reducción de los tipos de salario nominales, será fácil engañarlos para que acepten una reducción de los tipos de salario reales por el simple proceso de la inflación monetaria -erosión del poder de compra de la unidad monetaria”.

Ya lo había dicho en The Failure of the New Economics, su minuciosa crítica de la Teoría General de Keynes. Pero hay gente a la que le gusta repetirse.

Queda picando aquello que Hazlitt dice que pensaba Keynes. Que a los sindicatos se los pueden engañar para que acepten la reducción del salario real a través de la inflación. Lo que hay que hacer. Engañar. Inflación. Erosión del poder de compra.

Salario real. En eso se convierte al final del día el salario nominal, que es lo que el trabajador gana, cobra, percibe. La que tiene. El salario real viene a ser el poder de compra del salario nominal. La que gasta. El rendimiento de lo que obtiene en el mercado laboral llevado al mercado de consumo. De allí que la vieja definición del salario real surge de la vinculación del salario nominal con el nivel general de precios.

-Si los precios suben por la inflación y el salario no, disminuye el salario real -comenta Perogrullo. -Es decir que le alcanza para comprar menos cosas. Y si este es el único camino, en lo sucesivo, es de esperar que le alcance para comprar cada vez menos.

Una caída cada vez más acentuada. Casi podría decirse, una caída libre. Para no desentonar con la sacrosanta libertad de los Mercados.


El protagonista ausente. “Cantidad de cosas necesarias y cómodas para la vida”, había dicho Adam Smith. Aunque no lo nombren como tal, sería previsible que El Consumidor, tan ineludible como involuntario y mudo sujeto del presente, despertara de la siesta y se le ocurriera darse por aludido. Que en definitiva no estamos haciendo otra cosa que hablar del Consumidor desde el comienzo. Porque si el salario nominal es lo que cobra el trabajador, el salario real es lo que gasta el consumidor.

-Ahora entiendo por qué dicen que el consumidor es el rey del mercado. Porque se gasta el Salario Real- reincide Perogrullo para dejarnos el mal chiste.

En tiempos de Adam Smith no se hablaba del consumidor sencillamente porque no existía. No era otra cosa que el trabajador cuando consumía su salario. Y para comprar lo que necesitaba no era necesario el consumidor. El consumidor pasó a ser necesario -para quienes tuvieran algo que vender-, cuando el volumen de la producción hizo imprescindible que la compra fuera una actividad continua e incesante. El “consumidor” nació para comprar, no solamente lo que necesita, sino especial y particularmente: lo que no necesita comprar, pero el vendedor necesita vender.

Le dicen Consumidor, y es el gran protagonista -ausente- de estos días. Sujeto social de pacotilla que no tiene épica ni mártires. No es que no tenga historia, pero no le importa. No la conoce. Si le preguntan por su historia: no sabe, no contesta.

Como sujeto social, no tiene la dimensión histórica del Burgués, -sea comerciante o empresario- que parió la Modernidad. O del Trabajador, que supo hacer de la reducción a la servidumbre -en el borde de la esclavitud al que lo confinaban las relaciones productivas-. un lugar de emancipación y dignidad, a fuerza de luchas y organización para la defensa de sus intereses individuales y colectivos.

El consumidor, en cambio, es un invento. Un producto más del Mercado que apareció de un día para otro en nuestras vidas como si fuera una novedad. Pero no cualquier producto. El Consumidor, esa identidad imaginaria que de la nada se descolgó con que tenía derechos. Y que por lo tanto, para más de un desprevenido, podía ser equiparable al Ciudadano. E incluso podría sustituirlo. Si no fuera porque los derechos del consumidor nunca se cumplieron del todo.

O precisamente por eso. Porque el consumidor no fue diseñado para saber qué hacer con esos derechos. Y entonces casi siempre hizo poco y nada. Dedica demasiado de su tiempo a pagar y pagar, que el consumidor no sabe vivir sin pagar. Situación derivada de un comportamiento del consumidor que viene siendo estudiado profusa e intensamente hace como cien años. Con el objeto declarado de lograr que compre y compre. Y no deje de comprar.

El Consumidor, esa nueva mentalidad que el neoliberalismo se encargó de difundir. Una nueva identidad social a medida de las necesidades del Mercado. Frente a la identidad siempre conflictiva del trabajador que lucha por sus derechos y se realiza en la defensa de sus intereses, la nueva identidad del consumidor es la de un ciudadano del placer, de la satisfacción, de esa utopía que vende por todos los medios la publicidad.

Desde que toma decisiones influido en forma determinante por la propaganda, si hay algo que caracteriza al consumidor es justamente la heteronomía, ya que esto lo convierte desde el vamos en carne de manipulación. La mentalidad del consumidor es la de un creyente del dios Mercado. Es el idiota que todos -en alguna medida- llevamos dentro. Idiota: palabra que según Wikipedia “empezó usándose para un ciudadano privado y egoísta que no se ocupaba de los asuntos públicos”. La cosa se complica en la justa medida en que lo dejamos manejar nuestra billetera.

Pero el problema no termina ahí. Y es que no solamente lo dejamos que maneje nuestra billetera, sino que además delegamos en el consumidor la responsabilidad del Ciudadano y lo dejamos que vote por nosotros. Así, después de evaluar la “oferta política”, termina comprando un presidente como si eligiera un detergente. Por lo que le dice la publicidad.

Después sucede como en la vida misma con las otras cosas que compramos, donde no es infrecuente que el producto termine siendo completamente distinto a lo que prometía la propaganda. Es que en las campañas electorales quizá debiera aclararse que ya no sólo la imagen humana, sino las ideas, los planes y la realidad misma han sido modificados digitalmente. Lo que antes de la "posverdad" se conocía con el nombre de mentira.

Llevamos años viendo el desempeño de una defensa del consumidor , que de mucho no ha servido. Será que al consumidor no hay que defenderlo como ese idiota que es, hay que avivarlo un poco. ¿Un imposible? En una de esas, el Ciudadano de hoy está llamado a rescatar al Consumidor que lleva dentro y encauzarlo en el sentido que al Trabajador lo llevó a convertirse en sujeto histórico. Es decir, hacia una organización colectiva de los individuos para la defensa de sus intereses comunes.

Pero ya volveremos sobre el asunto, que el juicio político al Consumidor, Rey del Mercado que reina pero no gobierna, siga postergado y quede pendiente por el momento. Que viene bastante golpeado últimamente.

(...)

-¿Y el peronismo?- pregunta Perogrullo, insatisfecho.

-¿Qué, cuál, cómo peronismo?

-No sé, cualquier peronismo. Qué sé yo, algún peronismo. Aunque sea el Peronismo Imaginario del Comentarista de la Realidad. Nunca tan ausente el peronismo como en todo esto que se estuvo diciendo.

-Si es por la imaginación, ese espacio donde residen los límites, posiblemente la actualización necesaria del peronismo consista en pasar de la defensa del salario nominal a la defensa del salario real. Quizás de eso se trate un peronismo potencial que afronte los desafíos que presenta la organización de la comunidad en el siglo 21.

-¿Pasar de un sindicalismo de los trabajadores a un sindicalismo de los consumidores?

-Posiblemente. Pero eso es arena de otro costado, como decía un amigo mío. Queda dicho. “Ya volveremos sobre el asunto.”

-Esperemos que no sea una de las tantas promesas incumplidas a las que nos tienen acostumbrados estos tiempos que (nos) corren.

-Esperemos y esperemos. Hasta entonces.

lunes, 22 de octubre de 2018

¿DE QUÉ PERONISMO HABLAMOS?, Por Jorge Luis Cerletti para Vagos y Vagas Peronistas


Pasaron más de siete décadas desde su nacimiento y de las históricas “patas en la fuente”. Los que cargamos la mochila del paso de los años, hemos vivido las diversas circunstancias que, de un modo u otro, han mantenido al peronismo en el centro de la escena nacional. Centro que a veces irradió una fuerte luminosidad y otras semejó un agujero negro que devoraba su rica tradición. No voy a describir aquí el devenir de semejante proceso que sigue abierto. Sencillamente, actualizo la pregunta del título y enfoco la situación en que gobierna, digamos que legalmente y por primera vez, la remozada derecha vende patria, expresión del gran capital internacional e interno. En el inicio adopto la forma de preguntas para ilustrar la penosa realidad que vivimos. Y mientras las cuatro primeras la reflejan, la quinta registra su antítesis. Ergo, reflexionemos acerca ¿de qué peronismo hablamos? 

1) ¿De una boleta electoral?; 2) ¿de una escalerita para subirse a candidaturas?; 3) ¿de un agrupamiento de ambiciosos sin principios?; 4) ¿de una pandilla que usa su nombre para encubrir su política reaccionaria?; 5) ¿de un movimiento por la liberación nacional que rescata su historia? 

1) ¿De una boleta electoral? 

Esta pregunta alude, fundamentalmente, a la amplia gama de oportunistas que alardean de peronistas. Mientras las cuatro primeras son del mismo tenor y se ligan entre sí, la quinta se constituye en su antítesis. Está claro que las respuestas van implícitas en las preguntas. No obstante, su variedad aporta ciertos matices de la travestida identidad disimulada tras la máscara de hierro que usan. 

En ese sentido, el viernes 28/9 en la portada del diario Clarín, principal exponente del poder mediático, aparece una foto emblemática y ejemplificadora de lo señalado. Allí se exhiben cuatro figurones “peronistas” que hoy hacen ruido: Sergio Massa; el gobernador de Salta Juan Manuel Urtubey; el de Córdoba Juan Schiaretti y el senador Miguel Ángel Pichetto. (1) 

En la “Alternativa para la Argentina”, enuncian: “Representamos–afirma la carta pública- al peronismo democrático, republicano y federal. Ése que siempre escuchó al pueblo, que aprendió de sus errores y supo renovarse y cambiar.” (Subrayado mío) 

¡Vaya si estos prohombres supieron cambiar! El pueblo que escucharon, es el de sus intereses. Los errores que corrigieron, el legado histórico del peronismo. Su renovación, volteretas a la derecha o a la izquierda y viceversa, pero conciliando abierta o subrepticiamente con los enemigos de la causa popular. (Ver el sintético currículum que se expone en la nota). 

Hay una cuestión que recorre los cinco interrogantes arriba mencionados. Se trata del punto clave que se debate hoy en torno a las elecciones del año próximo. ¿Cuáles serían los límites para armar un frente electoral de base peronista? El objetivo obvio es derrotar al macrismo. Empero, aquí subyace una problemática de fondo que pasa desapercibida o no se contempla en la política actual. 

De esa problemática brota la pregunta, ¿las luchas actuales y las contradicciones irresueltas deben integrar una construcción política a futuro? Y aunque suene a idealismo, ese interrogante muestra dos caras bien concretas. La debilidad política del campo popular y la carencia de proyectos que asuman realmente las banderas históricas del peronismo: Soberanía nacional, Independencia económica y Justicia social. 

Si la política se limita a las variantes que giran alrededor de “la boleta electoral”, las perspectivas son sombrías por más que se ganen las elecciones. En ese caso, el dilema toma otra forma: ¿quiénes son los que ganan? 

2) ¿Construir un movimiento de liberación nacional? 

Lo que interroga el subtítulo implica un proyecto de largo alcance en una etapa que se caracteriza por la debilidad política-ideológica que padecemos. Y lo más grave es la ola facho-neoliberal que se padece en nuestro subcontinente. Fenómeno corroborado en las elecciones brasileñas del 7/10 con el triunfo del milico ultra reaccionario Bolsonaro quien obtuvo, en primera vuelta, el 46,23 % de los votos. 

Las siniestras e ilegales trapisondas judiciales, mediáticas y estatales de que se vale el capital concentrado para imponer su poder, contrasta con la inquietante anomia de los partidos políticos del campo popular. Un ejemplo de ello es lo ocurrido en Brasil. La injusta y miserable proscripción de Lula, enmascara que Dilma Rousseff, derrocada por un golpe blando, llevaba adelante un plan económico neoliberal. Sin embargo no fue suficiente, Dilma no era palo del mismo gallinero… 

Ese ejemplo, salvando las diferencias, exhorta a reflexionar sobre nuestra realidad. A un año vista de las elecciones de 2019, en el peronismo se discute el tema de la unidad. El problema no es menor: el gobierno y el FMI resultan “un monstruo que pisa fuerte”. Y en la supuesta vereda de enfrente, se halla el movimiento político más numeroso de ascendencia popular. Pero su perfil hoy dista muchísimo de la combatividad de sus mejores momentos. Y aquí resurge la pregunta que cierra el punto anterior. 

Jorge Luis Cerletti
Prosigamos con los interrogantes. ¿La liberación nacional es una meta realizable y cuáles serían las fuerzas que la impulsan? Hoy, ni en el espectro sindical, ni en el ámbito político, aparecen actores de esa talla. Lo cual no significa que no existan cuadros valiosos ni distintos gérmenes que en el futuro puedan cambiar la situación. 

Retomemos entonces al problema de la unidad para enfrentar el desastre económico, social, geopolítico y cultural que asola a nuestro país. No existen dudas de que la mayoría de la población vive momentos angustiantes. Lo cual catapulta la importancia de las elecciones de 2019. Pero la misma exhibe un carácter bifronte. Es necesario vencer al gobierno pero a la vez se gestiona una unidad vaciada de contenido. ¿Es posible avanzar omitiendo un proyecto de liberación nacional que guíe la causa popular? ¿A qué conduce ganar las elecciones en base a una ficticia unidad dócil al poder concentrado? 

Lo expresado porta una verdadera paradoja. Ganar elecciones cuyo triunfo supone una derrota. Vale decir, una engañosa unidad que sirve al enemigo. 

La cuestión no pasa por falsos purismos sino por visualizar los desafíos y contradicciones que se presentan. El peronismo siempre incluyó fuertes enfrentamientos internos producto de las antinomias propias de su historia. Y en particular, a partir de su derrocamiento en 1955. Pero como dije al principio, lo que importa hoy es reflexionar y debatir sobre el interrogante que da título a este artículo. 

Mucho se polemiza acerca de la unidad, compleja y abierta cuestión que he esbozado. Que tenga una posición definida al respecto no significa que considere cerrado el tema ni me crea dueño de la verdad. Al contrario, es importante el intercambio de ideas si están despojadas de mezquinos intereses. Y ésta es una de las dificultades serias que vivimos. Lo que hoy está en juego dista mucho de los riesgos que asumieron la resistencia peronista y quienes libraron las luchas políticas en los 60/70. Obvio que son períodos muy diferentes pero lo que resulta preocupante es la declinación de las perspectivas políticas que transitan por un territorio yermo. Empero, se percibe cierto aire fresco debido a las grandes movilizaciones populares en contra de la ofensiva y el desmadre de Cambiemos que cambia, pero siempre para peor… 

Resumiendo, un polo de la disyuntiva muestra el fantasma de la continuidad de este gobierno reaccionario. El otro, sin negar el peso de esa realidad, remite al carácter político del rechazo. Y aquí se dan dos factores interrelacionados: el nivel programático y la conformación de la unidad que debe evitar el oportunismo en su integración. O sea, rechazar a quienes buscan los votos en su propio beneficio y al margen de la causa que dicen defender. A tal fin y si bien no existen garantías para el porvenir, es determinante la trayectoria política de quienes participen de la unidad. (Entre los innumerables ejemplos vale recordar el voto “no positivo” de Julio Cobos cuando era Presidente del Senado y Vicepresidente de Cristina Fernández de Kirchner). 

Sin ese requisito, un eventual triunfo y en el mejor de los casos, resultaría una victoria a lo Pirro. Pensemos que frente al cúmulo de dificultades y a la ausencia de alternativas, es indispensable introducir en el debate la fundamental problemática de la cuestión nacional. Máxime hoy que los retrocesos en América Latina, en nuestro país y en el mundo, demandan reflexiones y debates políticos serios que a su vez estimulen el reencuentro con la creatividad perdida.------ 

Jorge Luis Cerletti 

10 de Octubre de 2018 



1) NOTA: (Sobre “la banda de los cuatro”) 

Sergio Massa: Comenzó a militar en la UCeDé fundada por Álvaro Alsogaray alcanzando en los primeros años de la década de 1990 la vicepresidencia primera y luego la presidencia de la UCeDé a nivel provincial. Se destacó rápidamente en el partido de Álvaro Alsogaray y llegó a ser presidente de la Juventud Liberal en la Provincia de Buenos Aires entre 1994 y 1996. Formaba parte del ala ultra liberal del partido, ala que promovió a mediados de los 90 la fusión con el Partido Justicialista en ese momento dirigido por Carlos Menem quien era también el Presidente. Comenzó a militar en San Martín con el dirigente sindical Luis Barrionuevo. Durante la presidencia interina de Eduardo Duhalde, fue designado al frente del ANSeS y ratificado durante todo el gobierno de Néstor Kirchner. Es elegido Intendente de Tigre en el 2007. En Julio de 2008 asume como Jefe de Gabinete de Ministros de Cristina Fernández de Kirchner. A partir del año 2009 comenzó la ruptura con el kirchnerismo que coronó con su liderazgo del Frente Renovador. 

Juan Manuel Urtubey: Gobernador actual de Salta en su tercer mandato consecutivo, se lo vincula al Opus Dei. Con un largo historial político-administrativo, es una figura del peronismo que asume su postura derechista sin prisa y sin pausa aunque con cierto disimulo. Ya desde el período kirchnerista viene trabajando tras su ambicionada meta presidencial. 

Juan Schiaretti: Militó en los sectores radicalizados del peronismo de izquierda, El diario Clarín publicó un repaso de su vida previo a las elecciones de 2007. La nota menciona su participación en el Cordobazo, que estuvo en Ezeiza cuando regresó Perón y que partió al exilio en 1975. Schiaretti tenía 19 años cuando representó a los estudiantes como delegado de la Facultad de Ciencias Económicas. Comenzaba a sentarse en las mesas dónde se disputaba el poder. Previo al Cordobazo, recordaba “una reunión en el Smata en la que tres dirigentes estudiantiles nos sentamos en una mesa con Agustin Tosco, Elpidio Torres y Atilio López.” Su militancia política originó su exilio en Brasil en 1976. Luego se relacionará con la Fundación Mediterránea y con Domingo Cavallo. Asimismo, su amistad con Macri culmina en su último gobierno y se constituye en un apoyo fundamental para el triunfo de Cambiemos en el 2015. 

Miguel Ángel Pichetto: senador nacional y hoy presidente del bloque Argentina Federal en la Cámara Alta. Quizás el aspecto más saliente de su curriculum sea su viraje ante el kirchnerismo del que fue su presidente en el Senado y del que se manifestó fiel servidor durante los doce años de su mandato. Aunque tardó un poco en “darse cuenta”, aseguró que en los últimos años de kirchnerismo "hubo una pésima gestión económica", ya que se dieron "procesos económicos que terminaron con fuerte intervencionismo del Estado, control de importaciones y un montón de trabas que hacían imposible que la economía creciera".