viernes, 26 de octubre de 2018

DE LA CULTURA COMO ENCIERRO, SEGUNDA PARTE DEL CAPÍTULO DOS DEL LIBRO INÉDITO: DE LA DOMINACIÓN CONSENTIDA, Por León Pomer(") para Vagos y Vagas Peronistas





   
     “En la médula de todo cambio social se suelen encontrar cambios fundamentales con respecto a nuestras concepciones sobre el conocimiento, el pensamiento y el aprendizaje; cambios cuya realización se ve impedida y distorsionada por la manera que tenemos de hablar acerca del mundo y de pensar sobre él en el marco de ese hablar” (Bruner, 1999: 127). “Cada modo de representar el mundo, señala el citado (Id:115), lleva en sí una regla de lo que es aceptable como información: la experiencia, por decirlo así, no es independiente de la teoría (…) Los límites de nuestro sistema de  procesamiento, cualquiera sea el modo de organización, imponen aún una mayor selectividad a la información, así como también a la interpretación de esta (…) Damos una categoría de realidad diferente a las experiencias que creamos a partir de nuestros encuentros  con el mundo. Damos cierto valor canónico a ciertas actitudes que producen ciertas formas de conocimiento, ciertos mundos posibles”.

     En la dominación la cultura es encarcelamiento, cercenamiento y veda; en condiciones de auténtica libertad, igualdad y autonomía sería liberación. Frente al determinismo con vocación de implacable se yergue como posibilidad humana la crítica sin restricciones, erguida como alerta y osadía, capaz de pensarse y pensar el mundo sabiendo que acechan las lentes deformantes de la convención, la costumbre y el saber amante del reposo conservador y amodorrado.

     Lo que difiere de lo convencional incomoda, mortifica: exige coraje escapar a la impersonal estandarización, al sometimiento de la autoridad interiorizada por una heteronomía agazapada en la sombra del idioma, en la entera cultura. Lo que contradice, molesta e inquieta, es anormal. Lo convencional gusta sentirse en familia. No es fácil deshacerse de la compulsión devenida autocompulsión.  Invasora oculta y sigilosa, la cultura se hace sujeto que piensa desde los contenidos que lo han conformado como ser pensante. En las disímiles diferencias personales, en la falsa sensación de una pluralidad de seres accionando en libertad siempre habrá un común núcleo duro que adquiere una peculiar modulación en cada peldaño social y en cada criatura humana. La cultura de la dominación es atrofiante. Aptitudes insatisfechas se convierten en órganos sin ocupación, en existencias y cualidades no vividas. Las enteras capacidades humanas son derivadas a manifestarse en la sola parcialidad que conviene al sistema. Los más auténticos impulsos que surgen en el individuo son ahogados en tanto contradigan lo que de él se espera como mero engranaje de una maquinaria que lo envuelve y lo amortaja.

     El diálogo entre convencionales y transgresores difícilmente se convierte en intercambio de argumentos racionales escuchados con atención y reflexionados con interés. Empacarse en lo propio, desoír lo diferente siquiera para refutarlo, conduce a la inepcia de lo  irracional.  En el ámbito de los dominados como en el de los dominadores, las rivalidades, disputas, odios y otras gracias semejantes tienen por encuadramiento común la sociedad en que transcurren. No hay otro marco.  La cultura de la dominación rechaza riesgos, cultiva la rutina y la inercia, no quiere héroes culturales: se importa que, en las elucubraciones de los dominados, en sus cerebros confundidos, piensen   las “verdades correctas”.
   
     La cultura de la dominación sumerge en una suerte de inmaterial encierro; si fuera auténticamente libre, lejos de clausurar los vuelos de la imaginación los haría suyos. La cultura de la dominación es una prisión sin rejas, una imagen exclusiva y excluyente de la persona humana, reducida a ver y a verse a través de una deformante lente perceptiva y conceptual. Margaret Mead (1956:196) calificaba el encierro de “conminatorio y paralizante”. Foucault (2008:19) hablaba de” la capacidad de estructurar el campo de acción del otro, de intervenir en el dominio de sus acciones posibles”; sostenía que los códigos “fundamentales de una cultura - los que rigen su lenguaje, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, la jerarquía de sus prácticas - fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos con los cuales tendrá algo que ver, dentro de los que se reconocerá”.

    Hoy la dominación capitalista, en palabras del filósofo Dany Robert Dufour (2009:134-135 y 19 a 21), “pretende gestionar el conjunto de las relaciones sociales”: nada debe escapar a su inquisición, a la dictadura de los mercados, a la “ley del provecho donde todo debe ser rentable, inclusive las actividades que antes no estaban bajo ese mandato…” El personaje habitado por ese modelo privilegia la relación con los objetos antes que con sus semejantes: permite que a través de aquellos se oprima a sí mismo. “Ese nuevo totalitarismo”, advierte Dufour, enferma al hombre de pleonexia, un “siempre tener más”, en el lenguaje platónico de La República. Para el así modelado, lo único real es la mercancía; la sola felicidad es la apropiación del objeto comercial. No se puede hablar de moral, prosigue Dufour, porque moral sólo puede predicarse en nombre de algo trascendente como la patria, la religión, la libertad; el sujeto pos moderno recusa “toda figura trascendente que daba sustento al valor (…), sólo quedan las mercancías que se intercambian por su estricto valor comercial, poniendo en duda el peso de lo simbólico en los intercambios”. Hay “desimbolización”, que es despojo de toda referencia o sustrato trascendente, como lo son la amistad y el amor, la solidaridad. Ser feliz es apropiarse del objeto que está en boga: su posesión revelaría un haberse colocado en la vanguardia, con un pie en el futuro. El hombre neoliberal es un ser” flotante, indefinidamente abierto a los flujos comerciales y comunicacionales, permanentemente necesitado de mercancías para consumir; un sujeto librado a sí mismo, sin anterioridad ni finalidad, abierto únicamente al aquí y ahora, que conecta como puede las piezas de su pequeña maquinaria deseante en los flujos que lo atraviesan”. El neoliberalismo intenta provocar algo rayano en la repugnancia por lo que carece de valor mercantil: esa es su verdad declarada y declamada; su ideal (si de ideal puede hablarse) se limita a producir seres despojados de todo lo que carezca de valor crudamente dinerario. El empresario japonés que pagó una millonada por un Van Gogh, anunció que   no lo hizo para exhibirlo con orgullo, sino para guardarlo en su caja fuerte como inversión y reserva de valor.
   
     Si “cada relación con el mundo acciona un cierto sentido de la verdad”, (Gusdorf, 1966:231), la dominación supone una relación con el mundo que circunscribe, encierra el horizonte mental: sus axiomas son obviedades que sería necio discutir. Los portadores privilegiados de las “verdades” del sistema, sus mejores intérpretes, son ornados por un aura que les confiere un plus adicional de valor humano: son los sabios de la tribu; más allá, en la lejanía, están los muchos que se angustian por el plato de comida que les es esquivo. A las masas, ese polo del menoscabo y la ignorancia que piensan los dominadores, les basta el sentido común, la doxa cotidiana.   

    
     Bruner enseña (1999:56 - 57) que los sistemas neurales almacenan modelos del mundo histórica y socialmente producidos.  “Si lo que impresiona nuestros sentidos se ajusta a la expectativa, al estado previsto del modelo, podemos decir que nuestra atención se debilita un poco. Los umbrales, la cantidad de tiempo e información necesaria para ver o reconocer un objeto o un acontecimiento están regidos por las expectativas”. Toda información que las transgrede solivianta el modelo de mundo almacenado en el cerebro: produce hostilidad. La expectativa y los modelos que la inspiran, retoños de la cultura dominante, inducen a procurar lo que deseamos encontrar y nos conforta encontrarlo. Lo deseado y lo indeseable han sido instalados por la cultura que nos ha modelado.   

   
      En la intimidad de toda estructura de pensamiento late una suerte de “atractor” inmaterial que atrae selectivamente lo que no lo perturba, lo que le es intelectualmente confortable. Lo familiar relaja, lo inesperado y lo inhabitual contrarían, inquietan, requieren un adicional esfuerzo de procesamiento. El diálogo con la sociedad circundante prefiere encontrar aquello cuyo rostro reconocemos. La irrupción de lo diferente puede no ajustarse al esquema convencional; fragmentos desconcertantes de realidad   desafían y plantean interrogantes: cómo obrar, qué hacer con ellos, cómo insertarlos en la lógica social, cómo vivirlos. Lo anormal, lo que amenaza perforar el encierro y romper el orden trae consigo una ajenidad perturbadora.

     Toda cultura posee atractores que operan como imanes fantasmales; reconocen contenidos y horizontes afines o compatibles; se inclinan, prefieren, huelen lo familiar y hacia allí se encaminan. Orientan el pensamiento, la percepción, la atención del sujeto, las preguntas que formula. La dinámica que los anima toma distancias, se aleja de aquello que los incomoda. Su curiosidad no vulnera el encierro Los atractores quieren sentirse estimulados y confirmados; eligen lo que hace sentido a su modo de ser, a su estructura de aprehender lo real, a su modo de aprehenderlo. Sperber (1996: 156 – 157) lo dice así:” la organización mental de los individuos determina qué inputs disponibles en el entorno serán tratados, cómo serán y qué informaciones guiarán los comportamientos que a su vez modificarán el entorno”. Atractores son estructuras psicológicas generativas: generan productos aceptables para la índole que representan. Propician que el andar del pensamiento no desbarranque en infidelidades.
 
León Pomer
    Norbert Elías (1994:172) llama “traba” a lo que en el orden de la cultura es una barrera, un impedimento psicológico, una adversaria a intromisiones que amenacen producir quebrantos. Elías observa que “en la estructura social de la personalidad” se introduce un bloqueo, un campo de resistencia de la subjetividad, una oposición y defensa contra aquello que amenaza. La traba no es pereza mental como no lo es el dogma. Socialmente introducida en la mente, deviene identidad y fundamento de un pensar que se quiere cierto, y pretende permanecer como tal orientando la práctica comportamental. Las trabas devienen un “mucho más” que psicológicas cuando se materializan en específicas redes neurales que les dan enorme fortaleza y perdurabilidad. En ese punto automatizan el pensamiento, contribuyen al encierro. Son una estructura subyacente que, al decir de Elías, se “defiende cuando nuestra seguridad parece amenazada, porque lo que era cierto corre el peligro de devenir incierto, como alguien súbitamente lanzado al mar sin avistar tierra firme”.

     Intensos estados emocionales (temor, odio, tristeza etc.) se constituyen en trabas a un entendimiento racional y lógico. El miedo, al que aludimos varias veces en este trabajo, constituye un desencuentro con la razón: el miedo no razona, se recoge en sí mismo, se amedrenta. El Poder hace de él un instrumento paralizador de voluntades. El temor a enfrentar una refutación a convicciones arraigadas se erige como barrera al diálogo que argumenta. Negarse a confrontar ideas es una muestra de esencial inseguridad o de arrogante desprecio por un prójimo al que se le atribuye una deleznable humanidad. La traba es una defensa: defiende contra una posible verdad abrumadora que el sujeto carece de valor para enfrentar. La traba protege la irracionalidad que su portador no reconoce en sí mismo.

     Finalmente, habrá que disipar la idea de un determinismo cultural invulnerable a toda crítica, encerrado en un absoluto inexpugnable. La dominación no está arraigada en una supuesta e inamovible condición humana; el éxito que la acompaña no clausura las capacidades de acceder a las prácticas y los saberes necesarios para perforar blindajes, descubrir trampas y añagazas. Individuos modelados por la dominación no siempre se petrifican; no es ley fatal que su piel se endurezca y su cerebro se incapacite para acceder al pensamiento lógico y racional.

 
                            Referencias
Bauman, Zygmunt, Ensaios Sobre o Conceito de Cultura, Zahar Editores, Rio de Janeiro, 2012
y Gustavo Dessai, El Retorno del Péndulo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2014
Bruner, Jerome, Realidad Mental y Mundos Posibles,  Gedisa,  
Barcelona, 1999
Butler, Judith, Mecanismos Psíquicos del Poder, Universidad de Valencia, Ediciones Cátedra, Madrid, 2001
Dufour, Dany - Robert, El Arte de Reducir Cabezas, Editorial Paidos, Buenos Aires, 2009
Eagleton, Terry, A Ideología e Suas Vicissitudes no Marxismo   Occidental, en Um Mapa da Ideologia , Contraponto, Rio de Janeiro, 1996
-A Ideia de Cultura, Editora Unesp, Sao Paulo, 2011
Foucault, Michel, Las Palabras y las Cosas, Siglo XXI, Buenos Aires,2008
Freyer, Hans, Teoría de la Época Actual, F.C.E., México, 1958
Geertz, Clifford, A Interpretacao das Culturas, LTC, Rio de Janeiro, 1989
Gusdorf, Georges, A Palabra, Edicoes 70, Lisboa, 1995
-Mito y Metafísica, Editorial Nova, Buenos Aires, 1960
-De l´Histoire des Sciences, a la Histoire de la Pensée I, Payot, Paris,1966
Sperber, Dan, La Contagion des Idées, Odile Jacob, Paris, 1996


(") Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido oportunamente en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.

PRIMERA PARTE DEL CAPÍTULO DOS, DEL LIBRO INÉDITO DE LA DOMINACIÓN CONSENTIDA: http://vagosperonistas.blogspot.com/2018/10/la-cultura-de-la-dominacion-capitulo.html

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