sábado, 9 de mayo de 2015

“ENTRE LOS CEIBOS ESTORBA UN QUEBRACHO”: DE OREJANOS, PEONES Y PEONCITOS por Claudio Javier Castelli

“Tal vez otro habrá rodao 
Tanto como he rodao yo,
Y le juro, creameló,
Que he visto tanta pobreza,
Que yo pensé con tristeza:
Dios por aquí no pasó”.

Son versos de las “Coplas del payador perseguido”, de Atahualpa Yupanqui, gaucho del siglo XX. Gauchos que vivían en la pobreza en campos riquísimos, gauchos dignos y sin dobleces: yo también conocí, los tengo como memorias del pago.

En 1973, una profesora de francés muy aficionada al folclore me prestó muchos discos de vinilo, uno de ellos era de Jorge Cafrune, donde éste cantaba un tema memorable del poeta uruguayo Serafín J. García, “El orejano”, lo había popularizado el dúo “Los Olimareños”, entre los 60 y 70, y fue uno de los temas que interpretaron en el Estadio Centenario, en Montevideo, el 18 de Mayo de 1984, cuando regresaron del exilio y realizaron allí un recordado concierto .

Pero la interpretación de Cafrune, quien él mismo era un cantor orejano, chúcaro, sin marca, como las que en las yerras les ponen a los animales para identificarlos con la estancia a la cual pertenecen, es decir al propietario de la misma, al estanciero, tenía precisamente un sello diferente se plenificaba y el vals recuperaba todas las sutilezas del sentido claro y aceptado en su propia letra, y más opaco y sugerido por las indescifrables muecas perdidas de las palabras.

Aquí, la letra, “El orejano”:

“Yo se que en el pago me tienen idea
porque a los que mandan no les cabresteo,
porque dispreciando las huellas ajenas
se abrirme camino pa' dir donde quiera.

Porque no me han visto lamber la coyunta
ni andar hociqueando pa' hacerme de un peso
y saben de sobra que soy duro e' boca
y no me asujeta ni un freno mulero.

Porque cuando tengo que cantar verdades
las canto derecho nomás, a lo macho,
aunque esas verdades amuestren bicheras
donde naides creiba que hubiera gusanos.

Porque el copetudo de riñón cubierto
pa' quien no usa leyes ningún comesario
lo trato lo mesmo que al que solo tiene
chiripá d' bolsa pa' taparse el rabo.

Porque no me enyenan con cuatro mentiras
los maracanaces que vienen del pueblo
a elogiar divisas ya desmerecidas
y hacernos promesas que nunca cumplieron.

Porque cuando truje mi china pal' rancho
me he olvidao que hay jueces pa' hacer casamiento,
y que nada vale la mujer mas guena
si su hombre por ella no ha pagao derechos.

Porque a mis gurises los he criado infieles
aunque el cura chille que iran al infierno,
pues de nada valen los que solo saben
estar todo el dia pirichando el cielo.

Porque aunque no tengo donde caerme muerto
soy mas rico que esos que ensanchan sus campos
pagando en sancocho de tumbas resecas
al pobre peon que deja los bofes cinchando

Por eso en el pago me tienen idea,
porque entre los ceibos estorba un quebracho,
porque a tuitos eyos le han puesto la marca
y tienen envidia al verme orejano.

Y a mi que me importa, soy chucaro y libre!
no sigo a caudillos ni en leyes me atraco
y voy por los rumbos clareaos de mi antojo
y a naides preciso pa' hacerme baqueano.”

En aquella provinciana adolescencia cuando uno buscaba modelos en que identificarse yo también quería ser un orejano, y no cabrestear a los poderosos, andar mi propia huella y no seguir necesariamente las ajenas. Era la forma en que uno se abre a la vida de los adultos y vierte sobre el mundo su propia forma de mirar. En el 73, hacía muy poco que se habían ido los militares, Onganía mandaba cortar el pelo en un “coiffeurs de seccional”, como cantaba también por aquella época, Miguel Cantilo.

También quería como muchos de mi generación no adular a los que nos sujetan con yugos como se les ponen a los bueyes, ni hocicar como los perros cuando quieren nuestro cariño, o quieren comida. Ni hocicar para “hacerme de un peso” cosa que nos hiciera callar por todo lo que teníamos para decir. Toda la juventud de esa generación tenía mucho para decir en voz baja y a los gritos. Causas había. Y ganas de cantar verdades sin miramientos.

El orejano es un arquetipo universal del hombre rebelde a quien también escribió Albert Camus, y entre nosotros José Ingenieros. Pero también es el gaucho Martín Fierro, y el cantautor de protesta que por aquella época pululaba.

Había también un afán de igualdad que rebalsaba de las voces aunque quisieran decir otra cosa, o utilizaran otras palabras. Igualdad de trato para el que no usa leyes ningún comisario, y el peón puestero de las antípodas.

Los doctores habían mentido mucho, los doctores y sabios que acompañaban o insuflaban a los militares, y eran el verdadero leitmotiv de sus golpes y asonadas porque para las minorías gobernaban.

Además había algo más allá de las miradas de las mujeres y los hombres jóvenes: un afán de amor libre sin leyes para los casamientos. Pero no es cierto hoy lo que dice Serafín J. García, de que nada vale la mujer más buena si el hombre por ella no ha pagado derecho. Entonces se hablaba con el ceño fruncido de “concubinato”.

Tenían los militares la bendición de la iglesia católica por eso a los hijos muchos los criaban infieles porque rondar el cielo sin cambios ni escatologías posibles en la tierra era adular a los poderosos. En la extraordinaria película de Luis Buñuel, “El discreto encanto de la burguesía”, se ve a un obispo trabajar de jardinero de una pareja rica. Metáfora de España y América Latina.

No tener donde caerse muerto hacía a los orejanos libres y ricos más ricos de los que explotaban a los peones o los trabajadores en las fábricas sin huelgas.

Como no relacionar el orejano, con la “Milonga del peón de campo”, de don Atahualpa Yupanqui:



“Yo nunca tuve tropilla,
siempre en montao en ajeno.
Tuve un zaino que, de bueno,
ni pisaba la gramilla.
Vivo una vida sencilla,
como es la del pobre pión:
madrugón tras madrugón,
con lluvia, escarcha o pampero,
a veces, me duelen fiero,
los hígados y el riñón.
Soy peón de La Estancia Vieja,
Partido de Magdalena,
y aunque no valga la pena,
anoten, que no son quejas:
un portón lleno de rejas,
y allá, en el fondo, un chalé.
Lo recibirá un valet,
que anda siempre disfrazao,
más no se asuste, cuñao,
y por mí pregúntele.
Ni se le ocurra decir
que viene pa´ visitarme:
diga que viene a cobrarme,
y lo han de dejar pasar.
Allá le van a indicar,
que siga los ucalitos.
Al final, está un ranchito,
que han levantao estas manos.
Esa es su casa, paisano,
¡ ahí puede pegar el grito ¡.
Allá le voy a mostrar,
mi mancarrón, mis dos perros,
unas espuelas de fierro,
y un montón de cosas más.
Si es entendido, verá:
un poncho de fina trama,
y el retrato de mi Mama,
que es ande rezo pensando,
mientras lo voy adornando,
con florcitas de retama.
¿ Qué puede ofertarle un pión,
que no sean sus pobrezas...?.
A veces me entra tristeza,
y otras veces, rebelión.
En más de alguna ocasión,
quisiera hacerme perdiz,
para ver de ser feliz,
en algún pago lejano.
Pero a la verdad, paisano,
¡ me gusta el aire de aquí... ¡.”



Qué puede ofrecer un peón que no sean sus pobrezas y si lo van a visitar digan que viene a cobrarle y lo dejaran pasar.

Esos gauchos, esos orejanos, esos rebeldes no eran ceibos que tiene madera fácil y liviana sino quebracho puro y duro como la tierra de que están hechas las mañanas y los atardeceres.

Y desde chicos como lo inmortalizó Linares Cardozo, en “Peoncito de estancia”:


“En un tobiano pasuco
con caronita pelada,
ahí va el peoncito de estancia
cruzando por la picada

Gauchito varón, maduro el rigor,
sin saber por qué,
tierno corazón,
falto de calor le tocó crecer

Cumple su deber, chingolito fiel
de aquí para allá,
cogollo de amor;
cielo de ilusión, anda, viene y va

Recién florece su vida,
dura y áspera será,
anda jugando al trabajo
y rinde como el que más

Los pajaritos del monte
le saludan al pasar
y el peoncito va soñando,
soñando con su silbar

Pero se endulza el camino
con la frutita del tala
y algún chañar florecido
le va perfumando el alma

Jugo 'el macachín, miel de camachuí,
fruto 'el ubajay, pisingallo, tas
baquiano demás,
sabe bien dónde hay

Agreste vivir, si tiene un sufrir,
no se escapa un ay, con que despertó,
la tierra lo crió
como el ñandubay

Cachorro de viaje largo,
¡qué duro es tu trajinar!
destino sin una queja
de silencio y soledad

Los pajaritos del monte
le saludan al pasar
y el peoncito va soñando,
soñando con su silbar”



Eran cachorros de viajes largos. El estatuto del peón de campo de 1943, del Coronel Perón es un punto nodal en la historia laboral del país, reformados y actualizados en las nuevas leyes del trabajo agrario y estatuto del peón rural; rechazados por la célebre y egoísta "mesa de enlace".

Un político entrerriano del Pro, de destacada actuación a favor de los propietarios de los campos en la disputa por las retenciones llamó hace poco a naturalizar el trabajo infantil en las estancias.

En los últimos tiempos se publicitaron mucho en los medios de comunicación el trabajo esclavo en grandes estancias, y en talleres clandestinos de elaboración de ropa, incluso el incendio y la muerte de niños que tienen que estar disfrutando su infancia y la escuela.

Del sueño del gaucho perseguido Martín Fierro, del agreste que sin tranqueras recorrían toda la pampa a los esclavos de ideólogos neoliberales que llevan en la sangre el sueño de Carlos Menem, que en prisión domiciliaria se hacía servir, por un mozo vestido como tal, en una bandeja, platitos para picar, y alguna copa decente.

Los contadores de macanas que vienen del pueblo para hacer promesas que nunca cumplieron encontraron en Juan Perón, Evita, Néstor y Cristina un escollo, que le devolvieron a los trabajadores: “el argentino que trajo un médico a mi casa”, al cual cantó Horacio Guarany, en otro tema famoso de aquella época: “Perdón Doctor”.

En tanto los orejanos y rebeldes de todos los pagos de América Latina se descubrieron a sí mismo siguiendo a caudillos que les recuperaban un sentido perdido a la palabra libertad.

https://www.youtube.com/watch?v=110RtBDzwvY



https://www.youtube.com/watch?v=m-ZdQvT94Zg



https://www.youtube.com/watch?v=hOhahCRNpLc

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