miércoles, 26 de junio de 2019

INCENDIO EN LA CATEDRAL, Por Horacio González

Obertura del Editor: El periodismo no existe, no alcanza a configurarse nunca. Nadie puede escribir al calor de los hechos. Los que escriben deben ser leídos tiempo después, pasado el episodio o el estrépito. En derecho procesal penal de la dictadura era motivo para denegar la excarcelación de un preso común: "la repercusión social del hecho". Vivímos al calor de los cinco minutos de fama para todo el mundo inclusive para el "carnicero" de Zarate, hoy candidato a Consejal. La "Duranbarbarización" del clima político-económico-cultural del país implica que las notas reflexivas fuera del tiempo sean un hallazgo. Ese hallazgo se bebe, como los buenos vinos, al atardecer de días agitados. Acaso la única forma de vivir desalienado sea transitar el infinito del pensamiento al calor de la eternidad metafísica lindante con la religiosidad cristiana (judía o musulmana), en una selva cuya manigua está repleta de exquisiteces pero, como en el mito de Tántalo -que siempre recordaba el poeta Enrique Molina-, está todo a nuestra disposición, y cuando vamos a tomar algo de lo ofrecido se aleja y así incansablemente por todo los tiempos de los tiempos. ¿Es ese el destino de los poetas? ¿Es Horacio González un poeta?

¡Basta de alharacas y vamos a la nota!.



Página 12

El incendio de la Catedral, que pone un signo extraño en el luto universal, permite diversos comentarios. No es demasiado absurdo imaginar que recién bajo el fuego, los monumentos revelan sus secretos; si el fuego puede ser sacrílego, ellos recién entonces pueden oponer lo sagrado. Vimos la caída de la famosa aguja gótica diseñada por el arquitecto Viollet-Le-Duc en el siglo XIX. Si hay un inconsciente de la humanidad –no lo creeríamos, apenas escrita esta frase se muestra ineficaz–, el testimonio de una torre o una cúpula gótica que se desploma ante la televisión mundial permite que nos asalten muchos recuerdos. Los grandes medios adoran los fuegos. Sobresalen acaso aquellos que la más importante industria de imágenes del mundo denomina “infierno en la torre”. Pero permítasenos ver qué hay de literario o pictórico en esas piras u hogueras sobre Notre Dame de París. Cualquiera podría estar comprando pan en la esquina o un chocolatín en un kiosco, y la televisión del lugar transmitía la misma imagen en todo el mundo, la caída de la gran aguja.


Es imposible que eso no agitara nuestra memoria un tanto indescifrable, mientras una persona rebusca en sus bolsillos para pagar la compra en la panadería, que también sin saberlo vende imágenes televisadas. Viollet-Le-Duc había sido a finales del siglo XIX uno de los grandes arquitectos que había remozado Notre Dame, y que había construido precisamente esa delicada agujeta que contrastaba con sus dos impresionantes torres, más o menos milenarias. Mejor dicho, había reemplazado a la anterior aguja, que se había desplomado pocos años antes de la Revolución Francesa. Como en el terremoto de Lisboa de 1755, era necesario pensar si era una advertencia, si daba pábulo a las premoniciones o indicaba un anuncio prometedor de mayores males. A todo esto, Voltaire, contemporáneo de ese terremoto, niega esas posibilidades. Dice: “Del Ser todo perfecto, el mal no podía nacer”. Sin mayores esfuerzos, hoy queda reemplazada por la expresión falla técnica el conflicto entre el desastre que abarca a toda existencia y la consiguiente existencia de una fuerza divina que todo lo ocasiona. Y así, vemos la miseria real del mundo y la comparamos con el sufrimiento de los símbolos. ¿Quién sufre más? ¿El náufrago real o la caída del símbolo que nos toca el corazón?


No pensaba en este tema Viollet-le-Duc, quizás el verdadero constructor de Notre Dame en el siglo XIX, por cierto ayudado por los efectos de la novela de Víctor Hugo. De lo que eran casi ruinas, débiles artefactos edilicios que habían conocido tiempos mejores en los tantos siglos pasados, en un sitio donde ninguna religión precristiana dejó de enclavar sus símbolos, Le-Duc reinventó lo que ya existía castigado por el tiempo y la ceniza. Expresó sus grandes teorías sobre la arquitectura antigua, en vísperas de sus necesarias renovaciones. Había que situarse primero en el lugar donde se colocó la piedra arcaica, para desatar la imaginación del presente y hacer de lo vetusto una inspiración ya sucumbida, pero capaz de proyectarse al presente. Algo semejante al tiempo ido, pero respetuosamente mutado a través de una evocación moderna. Todo el gótico de Le-Duc es una sombría y fantasmal evocación de aquellas piedras tantas veces derruidas. A Marcel Proust, muy atento a las restauraciones de Viollet-Le-Duc, le parecían lo contario de lo que él, como escritor, hacía con la búsqueda del tiempo perdido. Recuperarlo con una memoria involuntaria.

Proust lo menciona a Le-Duc muchas veces en A la busca del tiempo perdido. Piensa que las restauraciones del gran arquitecto bonapartista (aunque a Bonaparte III esas restauraciones no le caían muy bien) dejan entrever una falsa idea del tiempo arruinado, donde nunca la intromisión del presente resultaría oportuna. A su gran personaje, el señor Swann, le hace proclamar sus disgustos por Le-Duc, y en otros tramos, dice que esas restauraciones permiten el módico placer de los pequeños propietarios y empleados de las mercerías de París, que salen los domingos a ver “antigüedades”.

Al parecer, a Freud no le pareció lo mismo, pues –quizás es una leyenda–, no dejaba de visitar Notre Dame para ver las gárgolas, esos animales diabólicos que sirven de canaletas a la Catedral, y fueron diseñados por el propio Le Duc, que según algunos estudiosos, tan fantasiosos como esos animales mitológicos, eran los diablos zoomórficos con los que el arquitecto quería exorcizar a los movimientos insurreccionales del siglo XIX. Hay un clásico debate en la historia del arte, el de Viollet-Le-Duc con el crítico inglés John Ruskin. Este prefería las ruinas del gótico o las ruinas en general. Esto no tendría mayores consecuencias, sería la viga maestra del pensamiento romántico –un Simmel lo ejemplificaría–, pero sus tesis tienen corolarios sobre las restauraciones edilicias. No debía hacérselas. Las restauraciones son sus enemigas, como quizás lo fueron para Proust, y también para Borges, lector de Ruskin.


Lo que vimos en los televisores de nuestras casas o de algún comercio –cervecerías, carnicerías, cafés Martínez–, no parecía destacarse especialmente de otros incendios. La pantalla nos une con su falsa magia y no nos permite creer en el funesto esplendor de nada. Las muy buenas notas sobre el tema, en cambio, nos permitieron recordar a Víctor Hugo, al pintor David –que con su célebre cuadro de la coronación de Napoleón I, en Notre Dame, revitalizó a la Catedral–, y a Viollet-Le-Duc, con lo que ahora no podemos hacernos los distraídos. En realidad, lo que vimos es una burbuja del tiempo de nuestra propia vida, que emigra sin que lo percibamos. Lo que se destruye no es tanto el pasado, sino nuestra imaginación. Tanto la indiferencia, como el llanto frente al fuego, que devora una antigüedad de la que solo sobran despojos o que ha sido decenas de veces reconstruida, nos obliga a pensar en lo que tantas veces queremos descartar, la oscura sacralidad de las cosas. 

Y también la dificultad con que el presente coloca murallas imaginarias para impedirnos pensar lo que vendrá. Cuando el fuego come las maderas de un viejo símbolo, las corporaciones lo reconstruyen. Y deciden inventar nuevamente un pasado. Estemos atentos a esta disyuntiva. En nuestro caso no será por la vía del fuego, la desidia o la ira. Sino de los votos populares. Gracias a ellos, una quimérica construcción política muy pronto se derrumbará ante nuestros propios ojos, y a diferencia del gótico de París, no podrá ser reestablecida.


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