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martes, 5 de diciembre de 2017

ESCENAS DE COYUNTURA, Por María Pía López

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Rafael Nahuel tenía 21 años. Fue asesinado de un tiro en la espalda por un arma de la Prefectura, el mismo día que enterraban a Santiago Maldonado, muerto durante la represión al Pu Lof Cushamen. Frente a uno y otro caso, se agitan palabras de otros tiempos: enfrentamiento, terrorismo. Palabras y balas. Actualización más brusca que el aroma de magdalena. Resuenan en nuestros cuerpos esas palabras, como amenazas, como trazos que reviven la herida. En 1979 David Viñas publica Indios, ejército y frontera. Se cumplía un centenario de la campaña de Roca a la Patagonia y en Argentina florecían los campos de concentración y exterminio. El crítico escribe: los indios fueron los primeros desaparecidos.

Martínez Estrada, en Muerte y transfiguración de Martín Fierro, considera la guerra de fronteras contra las poblaciones originarias, un crimen fundacional negado y convertido en trauma: porque no somos capaces de señalar ese oprobioso punto de partida, quedamos ciegos o mudos ante las injusticias del presente. Viñas desmenuza el modo en que se construyó la cuestión del indio, a partir de un conjunto de enunciados que traducían el telar de concepciones del positivismo a bruscas legitimaciones del exterminio. Llama indofobia a esa serie de argumentos racistas para legitimar un doble proceso: el de subordinación de los cuerpos –conversión en mano de obra, sujeto a trata y explotación laboral: los indios paraguayos son enviados a los obrajes y las indias a los prostíbulos– y el de incorporación de las tierras al mercado. Expropiación en la que resuena el más clásico proceso de acumulación originaria, con sus cercamientos de tierras y puesta en disponibilidad de los campesinos para poblar las fábricas textiles. Sólo que en América, y ahí está el modo específicamente colonial de la cuestión, se plegó sobre el asesinato racial y la legitimación étnica del proceso de desposesión. Como ocurrió en los enclaves esclavistas. El modo colonial no es lo otro del capitalismo clásico, sino su verdad última. Chorrea sangre, lodo y racismo por todos sus poros.

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Alambrado y remington, viejos aliados. De otro modo: la incorporación de tierras al mercado mundial exige protección de los negocios, respeto a la propiedad. La apuesta de fondo del ceo-gobierno es la valorización mercantil como único criterio de articulación social. Eso implica que las vidas humanas sean valoradas de acuerdo a lo que producen o pueden producir: su mérito. Mérito y equivalente general, pero no derecho. Porque el derecho supone una asignación no mercantil de las posesiones. Derecho a la vivienda, a la tierra, a la educación, a la salud. Más ampliamente: derechos humanos.

La Argentina de las últimas décadas tuvo dos pactos fundamentales. El de 1983, que decía nunca más al terrorismo de Estado, el del 2003 que sostenía que la protesta social no se combatía cosechando muertos. Dos enunciados fundamentales hoy puestos bajo sospecha o desplazados por otros. El pacto del 83 se desplaza por el de un fabricado nunca más a la corrupción. El trágico final del submarino Ara San Juan es interpretado por narrativas nada accidentales: se enlazan las muertes trágicas a una supuesta corrupción en la reparación y al desfinanciamiento a los militares. En el fondo, se dice que es más peligrosa una coima que la camilla de tortura. El desplazamiento de un pacto por otro funciona a la perfección, se imprime en las pantallas, se vuelve gozoso en la boca de furibundos voceros, se hace grito amenazante en la ministra cuando dice que nada hay que averiguar cuando las fuerzas de seguridad disparan balas de plomo.

Ahí la suspensión del segundo pacto. El gobierno habilita el asesinato durante la represión de conflictos sociales. Un salto cualitativo el que se llevó la vida de Rafael Nahuel. Que hace secuencia con distintas violaciones de derechos. Las que padecen presas y presos de la Tupac Amaru, las que acarreó la reacción de encubrimiento del gobierno ante la desaparición de Santiago Maldonado, los gases a comedores, las balas ante murgas, los desalojos violentos de calles. Todo eso pone la represión en escena pero a la vez no llega a las obscenas balas de plomo de la prefectura y las declaraciones ministeriales que las amparan. Balas de plomo porque están en juego las tierras y el derecho a las tierras, los cuerpos y sus libertades, la vida popular y sus condiciones de existencia. La conquista del desierto está en marcha. Para eso, deben producir desierto. Borrar las formas de vida que no implican una relación mercantil: perseguirlas, considerarlas criminales o corruptas o peligrosas. La cárcel de Milagro, apenas iniciado este tramo gubernamental, indicó que habría tolerancia cero para toda organización popular que dispute el poder. Las balas ante las comunidades mapuche indican que tampoco la hay para quienes rasguñen la idea de mercancía que ponen en el altar de la época.
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El 10 de diciembre se conmemora el día de los derechos humanos. Nunca fue una fecha intensa para un país que encontraba ese motivo en cada 24 de marzo. Pero este año es singular, porque la mano gubernamental tacha cada vez que lee derecho. Una asamblea de mujeres se realizará el 9 en Jujuy, para reclamar la libertad de Milagro Sala y el resto de las presas y presos políticos. Como hubo una asamblea de mujeres en El Bolsón, para compartir la demanda por la aparición de Santiago Maldonado y el reclamo de tierras de las comunidades. No es casual. Es en la experiencia de la fragilidad vital que compartimos, la que surge de saber que sólo por ser mujer se está en riesgo –como lo indica la estadística de femicidios—, la que es certeza de habitar un cuerpo expuesto y desposeído, amenazado de mil modos, es desde esa experiencia de la im-propia corporalidad como botín de conquista, que se puede pensar la transversalidad de todas las peleas. De saber qué significa la cárcel y el despojo, de saber qué significa la represión y la expoliación de las tierras. No se trata de arrogarnos un privilegio, el de las resistencias iniciales, sino de comprender por qué podemos pasar por nuestros cuerpos el dolor ajeno. Desposeídas pensamos la trama y la lógica de la desposesión. A la vez, sabemos que nuestra vulnerabilidad mengua en la fuerza que constituimos en común. El movimiento de mujeres, lesbianas, transexuales, travestis, se afirma cada vez más como interseccional. Encuentra en los cruces de desigualdades y explotaciones su sentido fundamental.

En Montevideo, el fin de semana pasado, transcurrió el Encuentro feminista de Latinoamérica y el Caribe (EFLAC). En las conclusiones de cada asamblea se recorrió el mapa de las disidencias y las diferencias, se templó la voz para decir en lenguas indígenas y en la afirmación de la negritud, pero también el derecho al género decidido y a vidas libres y deseantes. Hubo denuncias a las arquitecturas desatentas a las discapacidades motoras y reclamos a sindicatos, partidos y gobiernos. El reclamo por los territorios y el derecho a la ciudad recogió el hilo de las luchas populares que se dan en toda la región. Se escucharon enunciados distintos y a veces contradictorios, pero el entusiasmo de reunirse era fondo común. En el Encuentro montevideano resonó el deseo de un paro internacional de mujeres para el 8 de marzo de 2018. Un paro-trueno que recorra América Latina, un paro-reguero que entusiasme los cuerpos, un paro-herramienta que permita leer el mapa de los conflictos, un paro-enojo que vaya listando los nombres, las deudas, las privaciones, un paro-proceso en el que podamos inventarnos más allá de las defensas y reacciones, un paro-deseo que vaya dibujando el mundo en el que queremos vivir. Un paro también por Milagro y por Santiago, por Rafita y Shakira, y en su nombre por todxs lxs perseguidxs.

sábado, 15 de octubre de 2016

QUE LO VEAN POR TV, Por María Pía López (Las12, suplemento de Página12, 14/10/16)

María Pía López
A raíz del 31 encuentro nacional de Mujeres(vp)

Hubo fiesta y trajín, discusiones y marchas, peleas y música. Hubo Encuentro. Se lo puede pensar como el mapa de heterogeneidades. Eso le da potencia y le resta nitidez. Por eso los partidos políticos y las organizaciones sociales pujan por parir su propia hegemonía, y la muestran en las calles con sus ropas y banderas, en los talleres con la inscripción insistente de sus oradoras, en aplausos y lugares. A su alrededor, múltiples grupos, pequeños colectivos, cofradías de amigas, mujeres sueltas, pueblan el encuentro. La fiesta callejera es de todas. Que van hilando los tonos de la rebeldía, distintos y a veces contradictorios. La marcha debía terminar con la fuerza de una multitud en el monumento a la bandera, conjurando su halo fascista y su énfasis en la patriótica unanimidad, para que la nación sea hospitalidad de lo diverso.

No podía ser. Antes se hizo evidente la amenaza que pende sobre nuestras cabezas: la de ser corridas por balas de goma y gases lacrimógenos, en el mejor de los casos. Amenaza que movilizan los policías agazapados en la Catedral y la puesta en escena que los antecede, la coreografía en la que es menos visible la voluntad militante que la disposición a despertar la batalla. Nuestra actualidad es la del régimen disciplinador. El conservadurismo actual, revanchista y osado, está más concentrado en producir una escena de represión vistosa para sus propios votantes que en evitarla. Porque necesitaban reprimir para un electorado airado ante tanta pintada, mujerío, conventillo y aquelarre, mostrar su vocación de orden y la verdad de su protocolo. Si no había desorden, había que inventarlo. No nos confundamos: no quieren ocultar su faz represiva, sino volverla espectáculo. Suprimir con ese espectáculo el profundo hecho que fue el Encuentro multitudinario, controversial, polifónico, cooperativo.

Una gobernabilidad basada en el cinismo -al que llaman sinceramiento- no esconde el uso de la fuerza, lo exhibe. Escudos y cascos se convierten en ropajes de los héroes que los sectores conservadores reclaman. Que se sientan custodiados y vengados ante tanto graffiteo y tanta ocupación de (su) espacio público. Bien lo saben los muchachos de Estado Islámico cuando filman sus ejecuciones para viralizarlas y también los asesinos cuando tejen una narración sobre los cuerpos de sus víctimas. Y mucho más las fuerzas de seguridad estatales, que mezclan el mostrarse y no mostrarse de modos precisos. En este caso, frente a tanta disrupción callejera y femenina, había que hacer carne de la amenaza con la represión. Diría: por eso apuntar directo al cuerpo de fotógrafos y periodistas. Ambivalentes: quieren que las imágenes circulen y a la vez castigar a los mensajeros. En algún momento la balacera se detiene para que el muchacho del delivery entre con el pedido a la Catedral y la escena se vuelve picaresca.

La coyuntura tiene el signo de la reposición del mando social. Por eso a la fiesta plebeya se la sustituye -mediáticamente- con el espectáculo de la represión. Con la aspiración máxima: decirnos a todas que es peligroso hacer lo que hacemos. Están en eso desde hace tiempo. Desde diciembre está encarcelada una mujer bajo un cúmulo de expedientes amañados, sin garantías procesales, por una justicia venal y un gobernador que declara “la tengo presa”. Es una militante que lidera un movimiento excepcional, confrontativo y fundador. Está presa después de un operativo de deslegitimación tramado entre programas de televisión, corrillos clasistas, sentido común conservador e instituciones linchadoras. A esa mujer no se la nombró en el documento inicial del Encuentro. Lo silenciado grita. Y el grito asfixia. Milagro, la no nombrada, es el nombre de todas.

viernes, 22 de abril de 2016

LA MÁQUINA DE DISCIPLINAR, POR MARÍA PÍA LÓPEZ (Fuente: Emergente)

María Pía López

 

 


La máquina de disciplinar


Texto: María Pia López / Fotos: Emergente


Viernes 8:15


Recibo mensajes angustiados. Dicen que en la Biblioteca Nacional se interrumpió la mesa de negociación por las reincorporaciones de los trabajadores despedidos. Me escribe Marta Dillon preguntando qué sé y cuenta que en las redes acusan a los activistas que estuvieron en la Feria del libro y a quienes difunden, como Emergente, por provocar la caída de la negociación. Bueno. Así las cosas. Pregunto: ¿llamaron de Modernización a la noche a los gremios de la BN para suspender? ¿Suspendieron la mesa con los dirigentes sindicales por una acción que hizo un grupo de colectivos y activistas culturales? ¿Los trabajadores despedidos de la Biblioteca son rehenes que están a la espera de ver ejecutada la condena por cualquier cosa que ocurra, incluso en la Feria del Libro? No se entiende. No se entiende el chantaje del Ministerio. Es como si echaran a los empleados que trabajan en la organización del Bafici por los escraches contra Lopérfido.






















El revés del discurso de la felicidad es el ejercicio del miedo. Generar un estado de pánico respecto de perder el trabajo, ser excluido, dar por finalizada la espera de la reincorporación con el telegrama efectivo. El mecanismo es claro: despiden cientos, dejan sin tarea a otros tantos, los ponen bajo la amenaza de ser también despedidos, abren una mesa de negociación, obligan al silencio para mantenerla abierta. Las listas infames de los despidos se completan con la espera y la presión para ingresar a otra lista. La humillación es plena. Porque se le resta a las personas el derecho a decir sobre su propia posición. No hay felicidad ahí. Hay angustia, hay dolor, hay miedo. ¿O será eso la felicidad que nos prometen?






















El miedo disciplinador se esparce. Queremos mantener la vida antes de rebelarnos. El siglo XX fue el laboratorio de los modos de controlar poblaciones enteras. Ese saber se convierte en manual de gestión empresarial en las democracias. Los que hicieron los juicios de Nüremberg bien saben aprovechar lo que probaron los condenados. Lo siguen haciendo. Miren la Biblioteca Nacional, si no. Los trabajadores que twittean dicen: nos cagaron. Se lo dicen a quienes participaron de la acción en defensa de la Biblioteca. El miedo disciplinador logra separa los grupos de personas que resisten, viendo en los otros la barrera para una eficaz negociación con el que humilla. Es como si los trabajadores de un hospital vieran en los pacientes que hacen un reclamo público por presupuesto o una condena a un director que tiene un pasado condenable, como adversarios y no como aliados, como aquellos que rompen la normalidad que permite perseverar. El miedo disciplinador inventa una seudo normalidad, en donde todo pende de un hilo. En especial la diferencia entre hundidos y salvados. Hay que condenar, de todos los modos posibles, que las personas sean sometidas al miedo. Para eso, es necesario un conjunto de alianzas que atraviesen las instituciones, que las desborden, que piensen dentro y fuera de ellas, que las vuelvan a imaginar.



















Biblioteca

martes, 5 de abril de 2016

PARQUE Y DESIERTO, Por María Pía López para Emergente. (Fuente: Emergente)


María Pía López


Las entrevistas del presidente y las fotos de los funcionarios se hacen en espacios al aire libre, verdeantes, con ropa suelta. Algún ministro llega en bicicleta. La mascota se sienta en el sillón presidencial y la niña corretea por la Casa rosada. Todas las imágenes movilizan el aire del fin de semana, la casa con parque, la vida doméstica reconciliada. El country, la vida sana, el deporte y la familia. Agregan, se sabe, la secuencia de fotos de compras: panadería, supermercado, verdulería. Todas imágenes aptas y felices para las redes sociales. Cuando una gobernadora twittea fui a comprar la rosca de pascua se asienta sobre una sensibilidad extendida, la de la publicidad de las actividades privadas que encuentra en la alianza entre tecnología y redes la posibilidad de un salto cualitativo. El palito para la selfie es un invento de la época. Y los políticos del marketing saben generar impacto sobre la sensibilidad mayoritaria. Piensan, eso quiero decir, cada escena. Umberto Eco, en un texto clásico, contaba como salto de la intervención mediática sobre los ritos vitales, el casamiento del Príncipe Carlos y Lady Di: la TV ordenó los colores que tenían que llevar los invitados y la comida que debía darse a los caballos para que ese día cagaran con tonalidad agradable para las cámaras. La política gobernante es puesta en escena y aunque lo sepamos no deja de ser efectiva.

Se propone como la contracara de la caracterización que hacen del momento político anterior: una dictadura totalitaria, capaz de cautivar cuerpos y conciencias, densa en símbolos y repleta de discurso político, tramada en el énfasis de lo público pero sólo para encubrir, con ese relato ideologizado, el tráfico de dádivas y dineros y la acumulación privada de riquezas. El parque verde es lo contrario a la maqueta del edificio con el perfil de Eva Perón. La transparencia del aire límpido se quiere conjura de las cuevas donde se cuentan bolsas de dinero. El dinero se convierte, en esa narración, en el corazón de un régimen de tinieblas, en el verdadero motor de la idea de felicidad social y de ampliación de derechos. El parque contra la cueva: esa es la operación que condensan las imágenes que no cesan de transmitirse como cadena nacional. Contra una dictadura corrupta es legítimo usar la fuerza o suspender la ley: por eso el relato sobre el pasado inmediato es la fuente sobre la que se sostiene la exacción de riquezas y privación de derechos. La nueva derecha es inventiva. Si un plan económico de este tipo y la persecución de trabajadores se había presentado con los tanques y los campos de concentración en 1976, ahora pretenden que hay que hacerlo porque estaríamos saliendo de una dictadura y no de una experiencia democrática que, entre otras cosas, se encargó de reabrir los juicios al terrorismo de Estado.

Esto produce un efecto alucinatorio pero no deja de interpelar algo en la conciencia y en el imaginario. Hay que escuchar las palabras que se arrojan. Por ejemplo, sinceramiento para hablar de aumentos de precios y tarifas. Actuar con la verdad sería la aplicación de cálculos financieros y felices flujos de ganancias hacia el mundo empresarial. Lo falso sería la inclusión de dimensiones ajenas a la rentabilidad –como la necesidad o el derecho- para calibrar costos y precios. Sincerar es reducir la política a ratificación tautológica de los poderes existentes y las desigualdades decretadas como naturales. Parece palabra alucinada pero se dijo: despedir a la gente de sus trabajos es darles la oportunidad de ser felices. Porque, se sabe, estar horas estancado en algo inútil no es bueno para nadie. No podríamos eximirnos de acordar con esa idea que afirma que es feliz el engarce entre el esfuerzo, un quehacer vinculado al deseo y resultados visibles del trabajo. Digo, parece alucinatorio porque niega que gran parte de las personas despedidas sí vivían ese tipo de alegría. Y si no, por lo menos consideraban al trabajo como lo es para las mayorías: un gasto personal necesario para poder vivir, colaborar en el entramado familiar, ser un sujeto consumidor de pleno derecho. El despedido es borrado, a la vez, de ambos escenarios: el del trabajador que se enorgullecía de su hacer; el del asalariado que podía satisfacer sus necesidades.

Al tiempo que se convoca a la alegría de la libertad recuperada se movilizan fuerzas represivas para frenar las protestas de los despedidos: seguridad privada con listados en la mano en el Ministerio de Cultura; balazos de goma en las puertas del Ministerio de Educación; carros de asalto rodeando la Biblioteca Nacional. Los emblemas de la civilización se pintan de azul policial. La serie no habla de errores episódicos, sino de la conjugación de las promesas del día radiante con las puestas de la amenaza para los que se rebelan. La advertencia juega con el recuerdo del pasado y le contesta a la multitud democrática que marchó el 24 de marzo con otro tipo de conmemoración, la que machaca sobre el miedo inscripto en los cuerpos. Si León Rozitchner pensó el dilema de la democracia argentina por la persistencia de ese terror en los sujetos; Alejandro Rozitchner le enseña al gobierno actual a componer la amenaza con el discurso de la alegría entendida como entusiasta adhesión al orden. La Biblioteca Nacional editó las obras completas de León: quiso ser sitio en el que la civilización no era nombre del encubrimiento del crimen colonial y social sino ámbito de reflexión y transformación emancipatorias. Sobre eso, también, se estacionan los carros de la policía.

La amenaza produce un daño sobre las personas y sobre los grupos. Pone en suspenso los derechos. A todos, en la condición de ser incluidos en una lista. A todos, en la situación de estar entre los hundidos o los salvados. Lo peor, sin embargo, es que obliga a pensar con la racionalidad de la lista: si no se puede salvar a todos, ¿cómo se elige la cuota de víctimas? ¿Los que no tienen tantas responsabilidades familiares, o más posibilidades de conseguir otro trabajo, o menos entusiasmo para hacer sus tareas, o menos protección sindical? Obliga a los que están bajo amenaza a pensar con la racionalidad del victimario. Salvo que puedan enunciar que se pelea por todos y, a la vez, por cualquiera.

El ensayismo político del siglo XIX imaginó la idea de desierto. Como señaló Halperin Donghi, la política intentó crear una nación para el desierto argentino. Dos siglos después la operación es inversa. Se trata de crear desiertos. El desierto no es un momento de la naturaleza, a la espera de la acción correctiva de los hombres, sino resultado de la agencia humana. Surgen desiertos por la producción agrícola, por la destrucción de bosques, por la modificación del clima. También se desertifica cuando se pasa la topadora por la rugosidad de la vida social, por las instituciones creadas, por la heterogeneidad simbólica. Si en los tramos iniciales de la independencia se imaginaba al Estado como la herramienta para ir contra el desierto –fue el sueño de la generación del 37-, ahora la derecha gobernante intenta desertificar el Estado: vaciar sus funciones, suspender tareas, limar intervenciones, declarar superfluo a su personal, nombrarlo ñoqui, despedirlo. Desierto es vacío de gente, lisura y silencio.

Mientras se fotografía el parque, se construye el desierto.

miércoles, 23 de marzo de 2016

LA POLÍTICA DEL MIEDO, Por María Pía López (Fuente: Página12, 23/03/16)




María Pía López



Intelectuales, escritores, artistas, lectores se pronunciaron. Se dirigieron al actual gobierno pidiendo cuidado con la Biblioteca Nacional. Respetuosos de lo hecho en esta última década, en la que la institución resurgió como lugar activo culturalmente, plural políticamente, moderno en términos tecnológicos y capaz de cuidar lo que atesora, supieron señalar que todo eso fue creado y sostenido por un amplio conjunto de trabajadores cuyos derechos deben ser preservados, y cuyo esfuerzo y saberes son imprescindibles para el funcionamiento de la Biblioteca. Intelectuales, escritores, artistas, lectores, de muy variada inscripción ideológica, tendencias estéticas, posiciones públicas, intereses, le pidieron algo al Ministerio de Cultura. Ministerio que tendría a llevar adelante políticas que quedarían en meras intentonas burocráticas y escuálidas representaciones si no cuentan con las obras y el quehacer de esas personas que firman. Pero el Ministerio dio la espalda a ese pedido y respondió, provocativamente, emitiendo telegramas de despido, unos 250, y enviando prestos carteros a esparcir el miedo. El Ministerio dijo: no nos importa qué piensen y pidan los intelectuales, escritores, artistas, lectores. Ese desdén con la palabra pública y con los agentes que efectivamente constituyen la vida cultural se corresponde con el desprecio a los trabajadores que hacen día a día las instituciones culturales. En este caso, la Biblioteca Nacional.

El ministro parece experto en estas lides. Es un CEO. O sea, alguien que piensa lo que ve en términos de rentabilidad, que actúa con cálculos de costos y cuya única invención cultural es la escritura de telegramas de despido. Pero no es el único. Los telegramas que buscan a la gente para cortarle su destino laboral están firmados por una entidad: Biblioteca Nacional. Actualmente la dirige quien antes fue subdirectora y que manifestó quedarse para proteger las tareas y a los trabajadores que las hacen. Declaró quedarse con la renuncia presta para usar en una situación de ostensible arbitrariedad y de injusto cercenamiento del personal de la BN. Esto ocurrió hoy y con la firma abstracta de la institución que ella dirige: ¿es la suya la firma en tinta limón de esos telegramas o es la que se hará explícita en la renuncia en repudio a un avasallamiento sin precedentes ni lógica? Un avasallamiento que es también a su trayectoria, su peso en el mundo bibliotecario, su condición de profesora de la universidad pública. Los telegramas llegan -entre muchos otros- a egresados y estudiantes de Filosofía y Letras, de la misma facultad en la que ella es docente. ¿No avasallan esos envíos su propia posibilidad de dar clase, de mirar al rostro de los estudiantes, de hablar sin temblor al repudio? Incluso avasalla su derecho a caminar tranquila por la sala de profesores y los pasillos y congresos de Bibliotecología, donde se encontrará con colegas que firmaron el pedido al Ministerio y que fueron desdeñados. Esos telegramas de firma abstracta acorralan a la actual directora, que tendrá que decidir entre su propia trayectoria y el rostro que le pide el Ministerio: el de una gestora de arbitrariedades y exclusiones.

Pero también lo pone en aprietos al lejano Alberto Manguel. Que estuvo, como se sabe, en la Biblioteca Nacional entrevistando gente. Que organiza muestras a la distancia. Que da indicaciones: frena, ordena, suspende. Que dice que es director para todo eso y no lo es para resolver la cuestión fundamental: qué sucede con los trabajadores. ¿Por qué un escritor se privará de considerar el problema de la responsabilidad? ¿Por qué no se hace la pregunta por la ética intelectual que debe acompañar cualquier intervención en la vida pública, sea un escrito o la asunción de una gestión? El legado de una cultura humanista, ¿no exige el cuidado de los hacedores de la cultura? ¿Con qué rostro va a dar conferencias en el mundo cuando los asistentes sepan que dejó el camino libre para que centenares de trabajadores que crearon una biblioteca potente y hermosa fueran despedidos? ¿Cómo va a afrontar los públicos universitarios y la prensa extranjera? ¿Y no temerá encontrarse, en sus conferencias en Argentina, con el reclamo omnipresente de los despedidos? Hoy su nombre es usado para dejar las manos libres a un gerente reestructurador de empresas al que se nombró Ministro de cultura. También queda acorralado: debe elegir entre su condición de intelectual y ser el prestanombres del ajuste.

Manguel vuelve al país convocado por un Ministerio de cultura cuyo mayor aporte es instalar una política del miedo, listas negras y policías en las puertas de las sedes, y que es parte de un gobierno que no se privó de balear murgas infantiles y cerrar teatros y centros culturales. Vuelve a la Argentina no en el esplendor de su cultura sino en el páramo del cierre de los espacios culturales. Tenía la oportunidad de preservar la Biblioteca como lugar activo y pulmón de una cultura libre, pero los telegramas cierran la posibilidad de que ello ocurra, desguazando la Biblioteca. Y lo hacen tomando a Manguel como mascarón de proa. Si él no asume su obvia responsabilidad sobre los hechos, se convierte en cómplice de los mismos. No lo absolverá la historia en ese caso. Y si eso no le interesa a un ministro-CEO, sí le importa a un escritor respetado, que pasará a ser el blanco de una invectiva persistente. Cada trabajador despedido se lo recordará. Cada lector, cada visitante, cada escritor, cada activista cultural, le recordará que antes había una biblioteca viva, hospitalaria y creativa. Será imputado. Ética y políticamente. Como funcionario y como escritor.

* Ex directora del Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional.

martes, 27 de octubre de 2015

QUÉ LINDO QUE VINISTE, EL KIRCHNERISMO Y LOS NOMBRES DE LA POLÍTICA, POR MARÍA PÍA LÓPEZ (Fuente: Página12, 27/10/15)

MARÍA PÍA LÓPEZ


A CINCO AÑOS DE LA MUERTE DE NÉSTOR KIRCHNER

El golpe del 55 tuvo una ingenuidad nominalista. Pensó que impidiendo la pronunciación de un nombre y de unos símbolos –sobreimprimiéndose sobre los actos represivos que hacían correr sangre– barrerían con un movimiento político que había hecho surgir un nuevo sujeto, ampliado un conjunto de derechos y cambiado profundamente los vínculos entre los distintos sectores sociales. Fundaban el acto, quizás sin saberlo, en la hipótesis borgeana: lo ocurrido podía declararse una ilusión, una farsa o un simulacro. Con bajarlo de escena y retirar los carteles publicitarios, el público lo olvidaría sin problemas. Pero estaban ante un pueblo y no un público. Y no era tan sencillo borrar de la experiencia común, inscripta en los cuerpos de cada uno, lo que había pasado. Por eso, peronismo fue palabra que iba y volvía, silbada en nomeolvides, imaginado el regreso en cada avión. Fue también la memoria común de las exequias de Eva y luego del retorno, la despedida más dolorosa del fundador.

Muerto Perón no murió el peronismo, y la política argentina siguió orbitando alrededor del movimiento, de sus símbolos partidarios, sus marchitas y sus problemas impensados. Objeto de la represión más dura, bajo su nombre se dio también la peor reconversión social y económica del país. En el discurso del 25 de mayo, la Presidenta recordó con justicia que hubo torturados y torturadores del mismo signo político. Del mismo nombre, pero con distinta valencia. ¿Qué hay en común, se preguntaba Cooke en una carta que su interlocutor no respondería, entre un peronista de izquierda y uno de derecha? Imaginaba en la misiva una escena: la muerte del general –y se lo estaba narrando al mismísimo líder–, la asistencia de todos a misas conmemorativas y la confrontación posterior hasta el degüello.

Si las tensiones eran sincrónicas, también fueron sucesivas en el tiempo y por eso cada época incluye en su lenguaje otros nombres: tuvimos el tiempo del menemismo y, luego de 2003, el que nombraba el presidente que llegaba del sur. Ambos fueron fundacionales, tanto que por momentos parecía que ya no era necesario pensar en el nombre más genérico. También porque las diferencias obligan a su registro en la lengua, aunque más no sea en ese modo del atajo que es el derivado de un nombre propio. Atajo que elude el largo camino de las definiciones que surgen de analizar un proceso, sus matices y sus dilemas, para poder bautizarlo. Mucho se discutió después de 2003 respecto de cómo considerar la historia de los acontecimientos que estaban ocurriendo. Si se trataba de un pliegue más del movimiento nacido en el 45 o si era más bien hijo del cataclismo que inauguró el siglo. O de ambos: porque si sus modos, composición de clases, saberes y estrategias son las del peronismo, también es cierto que supo leer las promesas de la crisis, lo que abría en términos de experimentación y riesgo, lo que había impreso de miedo entre los sectores dominantes y una cierta parálisis de los modos más conservadores de regir la sociedad. Néstor Kirchner fue el hombre capaz de leer esa encrucijada, advertir en el rostro de la época la posibilidad de afirmar lo nuevo y no la aspiración de una vuelta atrás.

Su vida fue más breve de lo que la Argentina necesitaba. Bastó, sin embargo, para dejar un trazo indeleble. Un trazo que se preservará más allá de los nombres de los edificios públicos o calles o sitios de homenaje. Una huella que es la de sacar la política de su devenir administrativo, de convertirla en el llamado a la movilización, la acción conjunta y a vincularla con horizontes de transformación social. No parecía, en ese comienzo de siglo, que de las filas de la clase política tradicional alguien pudiera sentirse llamado por un tipo de empresa refundacional de esas características. Sin embargo, ocurrió, y anunció que sentía ese llamado por las viejas militancias que había atesorado, porque se sentía hijo de las Madres y sobreviviente en deuda con los compañeros desaparecidos. En tiempos que auguran reunificaciones, otros nombres propios, banderías recientes, retornos de alianzas que parecían fenecidas, que auguran, digo, una suerte de pan-peronismo –lo que siempre implica, también el terreno de los nombres, barajar y dar de nuevo–, llamaría kirchnerismo a esa voluntad de ser fiel a una memoria y derivar, de esa fidelidad, una apuesta a generar modos más libres de la vida en común.

Pocas veces lo crucé o lo vi de cerca o intercambiamos algunas palabras. La primera le dije algo que podría haber repetido en cada una de las otras ocasiones y que dice más que la referencia a una situación particular. Había una asamblea de Carta Abierta en la Biblioteca Nacional, y estábamos saliendo. Cuando se abre la puerta del ascensor, estaba el ex presidente esperando para subir. Sin custodia. Sorprendidos, lo saludamos. Y sólo pude decirle: qué lindo que viniste. Como si fuera un amigo que te alegra el día con su visita. O, como ocurre en el fondo, al que le agradecés su presencia en tu vida. Al que luego extrañás, aún agradecida.

* Socióloga, docente, directora del Museo del Libro y la Lengua.

martes, 2 de junio de 2015

NI UNA MENOS: AQUELARRE Y ALGARABÍA, POR MARÍA PÍA LÓPEZ, (PÁGINA12 2/06/15)

(Excelente nota de María Pía López, sobre los diferentes sentidos y significados, de la marcha del 3 de Junio, con la consigna del título. La forma en que se gestó y su polisémico grito. Como la mayoría de las notas que reprodujimos o publicamos en este blogs, se recomiendan varias lecturas)

¿De qué modo los rumores se constituyen en grito? ¿Cuándo cuaja, como una alquimia precisa, una preocupación dispersa en un acto común? Fue la preocupación de la sociología en todos sus tiempos pero especialmente en el más rotundo de sus comienzos: el análisis que Emile Durkheim emprendió de los hechos sociales. ¿Cuándo algo excede las voluntades individuales o su suma, para tener una objetividad distinta, adquirir una realidad propia? Si la sociología se desveló por esto, la historia procuró sus explicaciones y para cualquier político es el horizonte último de sus estrategias: que las corrientes profundas de los ánimos sociales se encuentren con aquellos valores que él sostiene o con su propia persona como representante. Como espectadora tenaz de esos hechos –a veces recorriendo las calles para husmear qué afectos las recorren; otras, abismada en los periódicos o en las redes–, pero más como escritora, es decir, como insistente productora de discursos que son arrojados, de distintos modos, a la esfera pública, me pregunto por esa alquimia sin llegar a comprenderla. O sabiendo que, aunque nos volvamos expertas en explicarla, a la hora de producirla siempre seremos brujas medio atolondradas.

O brujos que dan manotazos en el aire a la hora de atrapar al colibrí de la movilización popular. Basta recordar que mientras decenas de miles acompañaron un 18 de febrero el acto de memoria por el suicidado fiscal Nisman, un mes más tarde –y habiendo mediado una serie de descubrimientos sobre el modo en que el occiso dispendiaba recursos públicos y entorpecía su propia investigación– dejaron solos a los organizadores y a los medios que irradian su insistente apología. Ni siquiera los gabinetes de marketing más osados logran inventar un acontecimiento. En todo caso, producen una expresión o una imagen que condensa algo que flota en el aire, que se dispersa en lo múltiple. Mucho dijo sobre esto Ernesto Laclau, perseguidor de sofisticadas explicaciones teóricas para llegar al corazón intenso de la política.

Si Ni una menos fue grito de un puñado de lectoras hace un par de meses, hoy se convirtió en un territorio profuso, en el que coexisten retóricas de distinto tipo, inteligencias diversas, apuestas políticas no sólo heterogéneas sino contradictorias, tenacidades militantes y organizativas, novedades tecnológicas, compromisos feministas y pericia en medios de comunicación. Cuando esto ocurre es porque la frase vino a nombrar una preocupación dispersa que tiene un hilo común, pero que se va tramando con otros bien diferentes. Diría: Ni una menos, como slogan y llamado nombró un estado de ánimo colectivo, el rumor social de la preocupación ante cada mujer desaparecida o asesinada.

Circuló el llamado por las redes: en Twitter se le puso fecha a la convocatoria con la frase que ya estaba instalada en facebook. Así como hace décadas alguien como Eliseo Verón pensaba que la puesta en escena televisiva construía el acontecimiento mismo, hoy los entusiastas de las redes las nombran como origen y fundación. Pero estamos más bien ante algo desviado: es muchísimo lo que se dice, anuncia, solicita y despliega en las redes; si esto cuajó es porque había algo que lo preexistía, una conjunción entre ánimo social y trabajo minucioso de los grupos de activistas que venían, con empecinamiento necesario aunque tantas veces desoído, tratando de llamar la atención sobre la cuestión. Que exista la categoría de femicidio, que permite diferenciar estos crímenes de otros, y su registro necesario para realizar efectivas políticas públicas– es parte de esa tenacidad que no vive solo en las redes.

Ni una menos condensó, pero una vez lanzada la consigna a la escucha pública volvió a dispersarse, a adquirir nuevos sentidos, a conjugarse de otros modos. En el momento de la condensación todo parece un aquelarre, grupo de brujas ante un caldero hecho de teléfonos móviles y dispositivos varios para comunicarse al instante; en el de la diseminación sucede algo del orden de la algarabía: la alegría de lo polifónico pero también su confusión. Echada a rodar, la frasecita tiene distinta suerte: desde ser cartel que engalana una fuerza policial o un conductor de televisión experto en alimentar con cuerpos femeninos las fauces del espectáculo televisivo, desde eso a ser caja de resonancia para que familiares y deudos de víctimas puedan gritar su desdicha y su combate o grupos feministas aliar la consigna con persistentes demandas, como la del derecho al aborto. Basta recorrer las redes para ver esta diseminada diferencia y percibir que la circulación de la consigna funciona para generar un campo de circulación de los temas que hacen a la autonomía femenina. Ni una menos tiene un tono, entonces, según quién la pronuncie. La voz común que se conjuga como grito es el Basta a la violencia que se ejerce contra la autonomía y el cuerpo de la mujer. Al mismo tiempo, es diferencia que se expande, porque hay quienes creemos que la violencia tiene muchos rostros y grados y hay un conjunto de libertades por las cuales pelear y no sólo el derecho a la vida, y hay quienes piensan al femicidio casi como una cuestión de inseguridad. Hay política, creo, cuando lo común aparece aún como rasgo interno de la dispersión, como práctica de síntesis en lo heterogéneo. Ni una menos está corriendo esa suerte y mañana habrá actos en setenta ciudades argentinas, y habrá en esos actos imágenes y asociaciones que serán dispares y en esa disparidad encuentro un modo de la felicidad: cuando la frasecilla no se pronuncia en una sola cadencia sino que nombra un pacto o un umbral, el instante de condensación en el que reunimos lo diferente. Imagino una plaza con muchas banderas y muchas consignas y también con muchas personas que no acostumbran ir a movilizaciones pero que esta vez sienten la urgencia de pensar, con otras y con otros, modos de preservar la vida y de hacer justicia.

✱ Socióloga, docente de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).