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miércoles, 24 de octubre de 2018

LA QUE SE GASTA, Por Juan Escobar

Escobar se pregunta sobre el salario nominal y el salario real

John Maynard Keynes (1883/1946)
Cosas. No falta quien dice que veníamos bien y sucedieron cosas. Como el que se tira del techo y todavía no se estrelló contra el piso. El pequeño detalle es que sucedieron cosas que ya venían sucediendo. Y que habían sucedido otras veces antes. Cada vez que se tomaron las decisiones que hicieron que esas cosas sucedieran. Esas cosas que sucedieron eran, por lo tanto, previsibles. Pero no se previeron; y se tomaron, casi calcadas, las mismas medidas que otras veces habían provocado estas consecuencias. O se previeron porque ya se sabía, pero eran las cosas que se quería que pasen. ¿Será que efectivamente cambiamos futuro por pasado?

Siempre pasan cosas. Muchas cosas. Y más en nuestros días. Tantas, que toda crónica envejece al rato. Cualquier intento termina siendo apenas una pincelada sobre un tren en marcha que pasa y no termina de pasar nunca. Están pasando demasiadas cosas raras para que todo pueda seguir tan normal, diría el García que siempre viene al caso.


Por ejemplo, un día muy lejano, allá por agosto de 2018. Uno de los periodistas más importantes del diario más influyente del país relataba en una nota parte de la reunión secreta entre enviados del gobierno nacional y banqueros internacionales en Manhattan, EE.UU. Allí, frente a la desconfianza y los cuestionamientos de esos “lobos de Wall Street”, un funcionario de primerísima línea habría manifestado en defensa del programa económico llevado adelante por la gestión de la que forma parte: “Hay mejoras en el frente fiscal que no se pueden anunciar porque nos perjudicaría en lo político, como por ejemplo la caída del salario real”.

Caramba. Suena raro. Una caída percibida como mejora. Ya decía don Ramón de Campoamor que «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira. »

¿Caída del salario real? ¿Será bueno eso? Dependerá del cristal con que se mire. O del cristal de quién se mire. Para el cristal del asalariado pareciera que no es muy buena noticia. La letanía repite por todos los medios y todas las redes que estamos haciendo lo que hay que hacer (para conseguir estos resultados), ahora que vamos por el único camino que hay (y nos llevó a subirnos alegremente al Titanic) con el mejor piloto de tormentas y un equipo que no es perfecto porque la perfección no existe pero que tiene buenas intenciones.

A juzgar por lo que el periodista calificó como “sincericidio”, un prejuicioso -o ese trosko que se asoma para decirnos que se trata de un gobierno patronal o ese otro de gorrita que pasa en bicicleta y grita “...la tormenta sos vos, gato!”- podría afirmar que, lejos de ser un efecto colateral indeseado, la caída del salario real es uno de los objetivos centrales del gobierno, si consideramos la seguidilla de medidas que se tomaron para llegar a este estado de cosas. O que no se trata meramente de un gobierno que gobierna para los ricos sino también en contra de los pobres, si atendemos el balance de beneficiarios y perjudicados de un modelo económico que privatiza las ganancias y socializa las pérdidas. Pero no. Buenas intenciones. Es hermoso lo que estamos logrando juntos. Sincericidio. Técnicamente no es delito. Digamos todo. ¿Qué podría salir mal?

Este Comentarista de la Realidad hubiera esperado que se encendieran todas las luces de alarma. Pero no. Total normalidad, como titulara el gran diario en los umbrales de aquella normalidad económica de la que es subsidiaria -hasta el plagio- la actual normalidad que padecemos. La normalidad de la miseria planificada.

Antecedentes. Es allí -precisamente allí- cual si fuera El Solicitante Descolocado del gran Leónidas Lamborghini cuando: “Me detengo un momento / por averiguación de antecedentes / trato de solucionar importantísimos / problemas de estado”. O más bien, desempolvar alguna herramienta del remanido pensamiento crítico, pero no en el sentido argentino de buscar sólo y exclusivamente lo que está mal, sino en tren de fidelidad a la etimología que lo vincula con verbos como discernir, separar, decidir, juzgar, discriminar, distinguir. O algo así.

-¿Salario real? ¿Acaso hay un salario imaginario? ¿Imaginario como el peronismo del Comentarista de la Realidad? -se asoma Perogrullo en un intento de arrastrarnos nuevamente al amable terreno de la literatura mala. Un terreno que termina siendo preferible a una actualidad tan regresiva que vuelve actuales a economistas muertos hace tiempo.
Juan Escobar

-“Las ideas de los economistas -interrumpe Keynes para citarse a sí mismo y un poco también para mandarse la parte- y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. En realidad el mundo está gobernado por poco más que esto. Los hombres prácticos, que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto”.

Se impone la necesidad de una ronda de reconocimiento, inducir a la práctica -tan en boga- de la declaración indagatoria. Si es por economistas difuntos, llamemos entonces a comparecer al difunto en cuyo nombre más tropelías se han cometido. El eterno Adam (nada que ver con L'Éternel Adam de Julio Verne, salvo por el hecho de que hay que leerlos a los dos). El profeta Adam Smith.

-“En este sentido vulgar, puede decirse que el trabajo tiene como las mercancías un precio real y un precio nominal. Su precio real consiste en la cantidad de cosas necesarias y cómodas para la vida que se dan a cambio de él; su precio nominal, en la cantidad de dinero. -Hace una pausa para respirar.- El trabajador es rico o pobre, es remunerado bien o mal, no en proporción al precio nominal de su trabajo sino al precio real”.

No hace más que repetir lo que había dicho en su libro La riqueza de las Naciones. Sagradas Escrituras fundacionales de ese credo no exento de fanáticos, que adora a un Mercado de mano infalible pero que no se ve. Porque suele estar en tu bolsillo.

-Dejen tranquilo al abuelo- intercede Henry Hazlitt, precursor entusiasta en la difusión del Neoliberalismo, para aportar esclarecimiento insospechado de distribucionista. De paso, aprovecha para patear la pelota a la tribuna, acusando a Keynes, que compite históricamente con Perón en eso de tener la culpa de todo, hasta del clima.

-“¿Por qué se preocupa tanto Keynes de hacer esta distinción acerca de la actitud del trabajo frente a los tipos de salario nominales y a los tipos de salario reales, respectivamente? La palabra colectiva trabajo implica que no necesitamos pensar en términos de lo que los trabajadores individuales desearían o harían, sino solamente en términos de lo que los monopolistas sindicales desean o hacen. Se preocupa porque más adelante estará ansioso por probar que mientras es imposible persuadir a los sindicatos para que acepten una reducción de los tipos de salario nominales, será fácil engañarlos para que acepten una reducción de los tipos de salario reales por el simple proceso de la inflación monetaria -erosión del poder de compra de la unidad monetaria”.

Ya lo había dicho en The Failure of the New Economics, su minuciosa crítica de la Teoría General de Keynes. Pero hay gente a la que le gusta repetirse.

Queda picando aquello que Hazlitt dice que pensaba Keynes. Que a los sindicatos se los pueden engañar para que acepten la reducción del salario real a través de la inflación. Lo que hay que hacer. Engañar. Inflación. Erosión del poder de compra.

Salario real. En eso se convierte al final del día el salario nominal, que es lo que el trabajador gana, cobra, percibe. La que tiene. El salario real viene a ser el poder de compra del salario nominal. La que gasta. El rendimiento de lo que obtiene en el mercado laboral llevado al mercado de consumo. De allí que la vieja definición del salario real surge de la vinculación del salario nominal con el nivel general de precios.

-Si los precios suben por la inflación y el salario no, disminuye el salario real -comenta Perogrullo. -Es decir que le alcanza para comprar menos cosas. Y si este es el único camino, en lo sucesivo, es de esperar que le alcance para comprar cada vez menos.

Una caída cada vez más acentuada. Casi podría decirse, una caída libre. Para no desentonar con la sacrosanta libertad de los Mercados.


El protagonista ausente. “Cantidad de cosas necesarias y cómodas para la vida”, había dicho Adam Smith. Aunque no lo nombren como tal, sería previsible que El Consumidor, tan ineludible como involuntario y mudo sujeto del presente, despertara de la siesta y se le ocurriera darse por aludido. Que en definitiva no estamos haciendo otra cosa que hablar del Consumidor desde el comienzo. Porque si el salario nominal es lo que cobra el trabajador, el salario real es lo que gasta el consumidor.

-Ahora entiendo por qué dicen que el consumidor es el rey del mercado. Porque se gasta el Salario Real- reincide Perogrullo para dejarnos el mal chiste.

En tiempos de Adam Smith no se hablaba del consumidor sencillamente porque no existía. No era otra cosa que el trabajador cuando consumía su salario. Y para comprar lo que necesitaba no era necesario el consumidor. El consumidor pasó a ser necesario -para quienes tuvieran algo que vender-, cuando el volumen de la producción hizo imprescindible que la compra fuera una actividad continua e incesante. El “consumidor” nació para comprar, no solamente lo que necesita, sino especial y particularmente: lo que no necesita comprar, pero el vendedor necesita vender.

Le dicen Consumidor, y es el gran protagonista -ausente- de estos días. Sujeto social de pacotilla que no tiene épica ni mártires. No es que no tenga historia, pero no le importa. No la conoce. Si le preguntan por su historia: no sabe, no contesta.

Como sujeto social, no tiene la dimensión histórica del Burgués, -sea comerciante o empresario- que parió la Modernidad. O del Trabajador, que supo hacer de la reducción a la servidumbre -en el borde de la esclavitud al que lo confinaban las relaciones productivas-. un lugar de emancipación y dignidad, a fuerza de luchas y organización para la defensa de sus intereses individuales y colectivos.

El consumidor, en cambio, es un invento. Un producto más del Mercado que apareció de un día para otro en nuestras vidas como si fuera una novedad. Pero no cualquier producto. El Consumidor, esa identidad imaginaria que de la nada se descolgó con que tenía derechos. Y que por lo tanto, para más de un desprevenido, podía ser equiparable al Ciudadano. E incluso podría sustituirlo. Si no fuera porque los derechos del consumidor nunca se cumplieron del todo.

O precisamente por eso. Porque el consumidor no fue diseñado para saber qué hacer con esos derechos. Y entonces casi siempre hizo poco y nada. Dedica demasiado de su tiempo a pagar y pagar, que el consumidor no sabe vivir sin pagar. Situación derivada de un comportamiento del consumidor que viene siendo estudiado profusa e intensamente hace como cien años. Con el objeto declarado de lograr que compre y compre. Y no deje de comprar.

El Consumidor, esa nueva mentalidad que el neoliberalismo se encargó de difundir. Una nueva identidad social a medida de las necesidades del Mercado. Frente a la identidad siempre conflictiva del trabajador que lucha por sus derechos y se realiza en la defensa de sus intereses, la nueva identidad del consumidor es la de un ciudadano del placer, de la satisfacción, de esa utopía que vende por todos los medios la publicidad.

Desde que toma decisiones influido en forma determinante por la propaganda, si hay algo que caracteriza al consumidor es justamente la heteronomía, ya que esto lo convierte desde el vamos en carne de manipulación. La mentalidad del consumidor es la de un creyente del dios Mercado. Es el idiota que todos -en alguna medida- llevamos dentro. Idiota: palabra que según Wikipedia “empezó usándose para un ciudadano privado y egoísta que no se ocupaba de los asuntos públicos”. La cosa se complica en la justa medida en que lo dejamos manejar nuestra billetera.

Pero el problema no termina ahí. Y es que no solamente lo dejamos que maneje nuestra billetera, sino que además delegamos en el consumidor la responsabilidad del Ciudadano y lo dejamos que vote por nosotros. Así, después de evaluar la “oferta política”, termina comprando un presidente como si eligiera un detergente. Por lo que le dice la publicidad.

Después sucede como en la vida misma con las otras cosas que compramos, donde no es infrecuente que el producto termine siendo completamente distinto a lo que prometía la propaganda. Es que en las campañas electorales quizá debiera aclararse que ya no sólo la imagen humana, sino las ideas, los planes y la realidad misma han sido modificados digitalmente. Lo que antes de la "posverdad" se conocía con el nombre de mentira.

Llevamos años viendo el desempeño de una defensa del consumidor , que de mucho no ha servido. Será que al consumidor no hay que defenderlo como ese idiota que es, hay que avivarlo un poco. ¿Un imposible? En una de esas, el Ciudadano de hoy está llamado a rescatar al Consumidor que lleva dentro y encauzarlo en el sentido que al Trabajador lo llevó a convertirse en sujeto histórico. Es decir, hacia una organización colectiva de los individuos para la defensa de sus intereses comunes.

Pero ya volveremos sobre el asunto, que el juicio político al Consumidor, Rey del Mercado que reina pero no gobierna, siga postergado y quede pendiente por el momento. Que viene bastante golpeado últimamente.

(...)

-¿Y el peronismo?- pregunta Perogrullo, insatisfecho.

-¿Qué, cuál, cómo peronismo?

-No sé, cualquier peronismo. Qué sé yo, algún peronismo. Aunque sea el Peronismo Imaginario del Comentarista de la Realidad. Nunca tan ausente el peronismo como en todo esto que se estuvo diciendo.

-Si es por la imaginación, ese espacio donde residen los límites, posiblemente la actualización necesaria del peronismo consista en pasar de la defensa del salario nominal a la defensa del salario real. Quizás de eso se trate un peronismo potencial que afronte los desafíos que presenta la organización de la comunidad en el siglo 21.

-¿Pasar de un sindicalismo de los trabajadores a un sindicalismo de los consumidores?

-Posiblemente. Pero eso es arena de otro costado, como decía un amigo mío. Queda dicho. “Ya volveremos sobre el asunto.”

-Esperemos que no sea una de las tantas promesas incumplidas a las que nos tienen acostumbrados estos tiempos que (nos) corren.

-Esperemos y esperemos. Hasta entonces.

lunes, 18 de junio de 2018

MODERNIDAD JUSTICIALISTA, Por Juan Escobar

Hay modernidades y modernidades. Quizás suceda con el tema de la modernidad lo que decía Perón respecto del desarrollo: "No es cualquier desarrollo el que necesitamos". Que a su vez puede ser aplicable a muchas cosas. A casi todas. No es cualquier desarrollo ni cualquier modernidad, pero tampoco cualquier democracia la que necesitamos. Ni cualquier Partido, ni cualquier militancia, ni cualquier ciudadanía para construir esa democracia.

Porque el peronismo no es cualquier cosa; ni a los peronistas todo puede darnos lo mismo. No cualquier fin, pero tampoco cualquier medio para lograrlo. Porque el debate que nos debemos no puede agotarse en el qué sino que también debe avanzar -para empezar- sobre el cómo. Para superar la mera dicotomía de esto sí, esto no. Esa lógica binaria que no hace más que romper los puentes e invariablemente deriva en la negación del otro.

La discusión que nos debemos también sería una discusión sobre las formas, posiblemente el mayor déficit, -a estas alturas de la historia casi atávico-, del peronismo. Incluir en ese debate también los medios que contribuyan a generar sus condiciones de viabilidad, para no quedarnos en la mera intención, en el ilusorio -cuando no engañoso- voluntarismo de la declaración de principios. Ganemos primero y si ganamos vemos qué hacemos.

No. No alcanza con quedarse en el qué. Porque en la medida que avancemos sobre el cómo, iremos teniendo Proyecto -que si no es explícito, posiblemente no sea tan Proyecto- que sería justamente lo que estamos necesitando. Nosotros los peronistas, claro. Pero fundamentalmente el país. Un Proyecto explícito, que surja primero de un debate donde participe el conjunto del peronismo, de los acuerdos posibles que emerjan de los denominadores comunes que nos definan como conjunto partidario. También explícitamente de cara a la realidad, a los problemas que presenta y los desafíos que nos plantea.

Esa expresión de la diversidad peronista bien podría ser la base para la construcción del imprescindible frente nacional con quienes la compartan en lo esencial. Para proponer juntos al conjunto de la sociedad un Modelo actual. Que responda a las necesidades y los deseos actuales y concretos de la gran mayoría de los argentinos.

Todo esto puede parecernos obvio. Pero sin embargo esa obviedad constituye el más categórico mentís a cierto cualunquismo dominante en estas épocas de posverdad dominadas por las técnicas de la persuasión publicitaria, donde no importa lo que sea, sólo importa lo que creas. Para que compres lo que te están vendiendo. Valga la aclaración de que cuando decimos cualunquismo, no nos referimos a la corriente política emergente en Italia tras la caída del fascismo, aunque tenga mucho -quizá demasiado- que ver con el presente argentino.

Nos referimos, antes bien, al hecho de que hoy parece ser que todo es cualquier cosa. Relativismo extremo, instrumental, a la carta. Al gusto del consumidor. Al menos hasta que desate el paquete y vea que se ensartó. Porque si algo define al cualunquismo -o cualquierismo si se prefiere- es que no ofrece garantías de ningún tipo.

Pero este cualunquismo se viene aplicando desde hace ya bastante tiempo en lo que refiere a la caracterización del peronismo. Algo que ya sucedía en vida de Perón y que se desbocó luego de su muerte hasta llegar a nuestros días. Producto de una incomprensión no siempre involuntaria y que casi siempre expresa una aviesa voluntad de llevar agua para el propio molino, de usar la estampita que sirva a los fines de la autolegitimación.

La lectura cualquierista en relación al peronismo se fue consolidando en la medida que se difundió la idea de que el peronismo es una suerte de pragmatismo extremo, una ideología del poder donde cualquier cosa es válida en la medida que nos acerque al poder o nos permita la permanencia en el poder. Una visión que se aferra al carácter complejo, poliédrico, polisémico del peronismo y sus ineludiblemente múltiples manifestaciones. Pero es una caracterización que se basa en una trampa para desprevenidos. Porque si la polisemia del peronismo es inevitable, esto no quiere decir que esa multiplicidad de significados -que se derivan de una multiplicidad de interpretaciones- pueda hacerse extensible a cualquier significado. ¿Acaso esta polisemia no es aplicable a ideologías mucho más cerradas en sus campos significantes como el liberalismo o el marxismo? ¿Eso nos habilita para afirmar que son o pueden ser cualquier cosa? Posiblemente no sea el mejor ejemplo, habida cuenta de que en sus nombres se han cometido las acciones más diversas y contradictorias. Pero también es cierto que esto no suele usarse como excusa para que cualquiera se arrogue displicente la potestad significante con la misma liviandad que se utiliza en relación al peronismo.

(Carlos Gardel: Cualquier cosa
https://www.youtube.com/watch?v=wm8KKVb0bH8)


Para decirlo en menos palabras: que el peronismo pueda ser muchas cosas no implica que pueda ser cualquier cosa. Que es precisamente lo que vino a decir una de las últimas versiones de la perspectiva cualquierista del peronismo que nos vino por izquierdas. Con aire académico y prestigio europeo, fue el difunto Ernesto Laclau quien pontificó: el peronismo es un significante vacío. Una herramienta que sirve lo mismo para un barrido que para un fregado. Dependiendo sólo de los intereses circunstanciales del líder de turno. Mirá vos. Alguien con maldad podría recordar a Jiddu Krishnamurti cuando decía: "No ves al mundo como es, ves al mundo como sos". Pero no, que nosotros respetamos a los muertos. Y la alusión no es tanto por Laclau sino por sus repetidores.

Como si esto fuera poco, a Laclau se le dio por incluir al peronismo dentro de la categoría general de los populismos, contribuyendo a consolidar una noción que no ha servido mucho más que para atacar tanto al peronismo como a toda otra tendencia o movimiento o partido nacional y popular en cualquier parte del mundo.

Habiendo pasado la moda de cierta izquierda exquisita que usaba el concepto de populismo para menospreciar esos -digámoslo genéricamente-, movimientos nacionales por anti-revolucionarios de acuerdo a los manuales de uso, Laclau toma la valiente decisión de reivindicar al populismo cuando la moda instalada por las derechas sin escrúpulos es la de demonizarlo por antidemocrático. Flaco favor. Muchas gracias de nada. Con amigos así, los enemigos para qué. Pero a no ilusionarse los que miran al peronismo desde la orilla, siempre dispuestos al abordaje para aportar dogmatismos ajenos. Ni macartismos de izquierda ni macartismos de derecha son los que necesitamos. Ningún macartismo, que en el peronismo tiene que haber de todo en cuanto a ideologías se refiere. Tampoco ningún purismo con pretensiones hegemónicas. No tanto porque todo purismo es faccioso, de una parte o facción. Sino porque todo purismo es en realidad desubicado cuando se le plantea al mestizo. El tema, una vez más, no es tanto el qué sino el cómo. ¿Qué? ¿Cómo? Ya volveremos sobre el asunto. Como todos saben eso de volver es algo casi inherente al peronismo.

Modernidades. Nunca falta el entusiasta de las tendencias del día, que se le da por replantearlo todo para que se adapte a la última novedad. "El peronismo se tiene que modernizar", dicen con aires de Nostradamus. Son los que confunden sistemáticamente lo nuevo con la novedad. Ser moderno con estar a la moda. 

Con toda el agua que ha pasado bajo el puente, al día de hoy no existe nada más moderno -ni verdaderamente nuevo- que el peronismo. Es moderno por su origen, por su vocación y por el proyecto a futuro que aún hoy puede encarnar.

Ya lo hemos dicho, el peronismo surge como respuesta al asedio corporativista con que se desayunó la democracia desde los albores del siglo XX. Una respuesta democrática. Con su bagaje moderno de Estado como regulador de las relaciones sociales y una ciudadanía con derecho a tener derechos, no ya sólo individuales sino también sociales, en consonancia con el Constitucionalismo Social que venía a dar un contenido más realista a la democracia en cuestión. Sin contar con el fortalecimiento en todos los niveles de lo público, de la salud pública, de la educación pública, de las comunicaciones públicas. Y siguen las firmas.

Una propuesta de democracia expansiva. Que no se queda en el corralito de la política y se plantea avanzar en una democratización de la economía. Para relativizar la discrecionalidad de quienes abusan de la posición dominante en las relaciones de mercado. En mercados donde se constata palmariamente aquello que subyace en cada texto de Leo Strauss (ese maldito): que el poder siempre se ejerce como tiranía. Contraponiendo un poder compensador que haga menos desigual esas relaciones. Que posibilite la negociación colectiva entre organizaciones que representen efectivamente los intereses económicos en disputa. Con el Estado como árbitro responsable del bien común. Porque el modelo de la Comunidad Organizada es precisamente eso, la propuesta de una comunidad de organizaciones que representan intereses concretos para dirimir sus conflictos civilizadamente a través de la negociación colectiva.

A riesgo de ser reiterativos, el peronismo originario emerge en su época inicial como una propuesta de superación democrática a los corporativismos. Ni corporativismo de Estado, ni corporativismo de Mercado. En ese sentido hablamos de la modernidad del peronismo. Por su pasada contraposición al corporativismo pre-moderno del Estado totalitario, sea fascista o comunista. Y por su actual contraposición al corporativismo post-moderno del Mercado totalitario de la Globalización y sus Sociedades de Mercado con Estados mínimos sólo funcionales a los intereses del poder económico. En un mundo como el de hoy dominado por el cinismo que describía Oscar Wilde, ese cinismo que conoce el precio de todas las cosas y el valor de ninguna.

El peronismo es moderno porque no es ni premoderno ni posmoderno. Aunque tengamos peronistas para todos los gustos, incluso de estos. Peronismo es, además de lo que sabemos todos, en los hechos y también básicamente Democracia, Estado regulador, ciudadanía, derechos, soberanía popular, incorporación de las mujeres y los trabajadores a la vida política, representación y todos los etcéteras que forman parte del imaginario de la Modernidad.

Pero tampoco hablamos de una modernidad que pasó de moda hace rato. Esto de andar hurgando en la Historia, de hablar de La comunidad organizada, o aún del Modelo Argentino para el Proyecto Nacional parece ponernos del lado de los nostálgicos. No somos de ese club tan peronista. Será que compartimos con Joaquín Sabina -y es de las pocas cosas que compartimos con él- eso de que "no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió". No. No es con intenciones arqueológicas que emprendemos nuestros devaneos ni para regodearnos en la lagrimita, como gustaba decir Leónidas Lamborghini. No. Lo nuestro es cartonear, buscando en los desechos des-hechos de los esplendores pasados algo que pueda ser útil para paliar la ausencia de ideas del presente. Donde lo que abunda es la escasez, entre sus museos de grandes novedades.

Y no es poco lo que vamos encontrando. ¡Qué novedoso -qué moderno- sería llevar aquello de la negociación colectiva entre los que pagan y los que cobran a una cuestión tan pedestre, tan concreta y actual como las tarifas de los servicios públicos! Habría que interrogarse por el cómo del qué. Y del porqué-no.

Pero como de costumbre venimos excedidos de texto. Será para la próxima.

jueves, 31 de mayo de 2018

EL MALO DE LA PELÍCULA, Por Juan Escobar



El peronismo en discusión. Como a la cigarra de la canción, al peronismo se le vienen expidiendo infructuosamente certificados de defunción que no logran ver concretada su vocación de profecía autocumplida. Más aún, donde algunos suelen ver un nuevo final, el peronismo suele construir la antesala para un nuevo renacimiento. Algo que, de todas formas, siempre está por verse. Como sucede hoy.

No deja de sorprender, sin embargo, la persistente centralidad del peronismo en el escenario político argentino. A falta de algo mejor, propios y extraños parecen confluir en una suerte de culto sin demasiado lugar para la indiferencia. Punto de referencia aparentemente ineludible, objeto de amores y odios. Causa de todos los males para quienes lo odian. Santo Grial y fuente de toda verdad y justicia para los propios.

Pero esto no constituye novedad alguna, porque ha sido así desde sus orígenes hasta la actualidad. Esta actualidad donde una minoría intensa lucha denodadamente -militancia rentada como pocas- para situarlo día tras día en el lugar del hecho maldito del país mediático.

Siempre hay relatos de la Historia, desde que hay facciones de intereses contrapuestos fijados en la obstinación de hacer prevalecer sus respectivas versiones de los acontecimientos. En la disputa por la Historia, ese campo de batalla, se proyecta aquella pretensión de linaje cuya función no es otra que la de contribuir a la legitimación de lo que se hace en el presente.

El peronismo irrumpió en la Historia argentina y nada volvió a ser como antes. Aunque sigan pretendiendo hacer lo imposible para que eso suceda.

Hubo una insistencia desde el comienzo de ponerlo en el lugar del malo de la película. El cuco, el villano, el culpable. Una tarea asumida con apasionado entusiasmo por nuestro querido enemigo: el inefable y nunca bien ponderado Gorila. ¿Cómo no dedicarle unas palabras al Gorila al andar de estos devaneos peronistas? Vayan algunos comentarios en calidad de piadoso homenaje, aunque más no sea porque con su prédica incansable y su berrinche indiscriminado, viene haciendo más por la unidad del peronismo que cualquiera de nuestros "dirigentes".

El otro, el mismo. “Los peronistas no son buenos ni malos. Son incorregibles”. La frase atribuída incontablemente a Borges ha llegado a proliferar de tal forma que se puede dar lugar a una duda razonable respecto de su veracidad. Roberto Alifano -amigo y entrevistador múltiple del escritor argentino-, viene en auxilio de nuestra alicaída fe, para confirmarlo.
Jorge Luis Borges

En su libro "La Entrevista. Un autor en busca de sus personajes" dedica un capítulo bastante divertido a Borges. Se titula nada menos que “Todos unidos triunfaremos” y está disponible en la web. Transcribe algún diálogo sobre el peronismo y cuenta anécdotas como aquella de los tumultuosos días de 1973 en que ambos se vieron rodeados en la calle por manifestantes que al reconocer al escritor, la emprendieron al grito de “Borges y Perón, un solo corazón”. Borges, apenas recuperado del susto inicial, le dice: “Esto parece un sueño. Despiérteme, Alifano.”

Incorregibles. Borges hablando con cierta resignación del otro, de su otredad. Del recurrente otro de Borges, que en este caso venimos a ser nosotros. Borges, a su vez, el otro; el nuestro otro. A su vez, por qué no, como el nombre de su texto: el otro, el mismo. Alguien para quien la identidad y la otredad tenían su lugar de encuentro en la bisagra del espejo. Un espejo que no sólo para un ciego es ilusorio.

Incorregibles. Es decir: no susceptibles de corrección, que no pueden ser correctos, que no se pueden corregir. En una ambigüedad donde los peronistas son (somos) esencialmente siempre un error, -una anomalía, diría Ricardo Forster- y en simultáneo la personificación misma de la incorrección, con lo que tiene de disonante, incómoda, disruptiva, rebelde. A vos no se te puede sacar a ningún lado.

Una de las características insoslayables del peronismo es cierta manía autorreferencial. Estos comentarios vienen a ratificarlo, como si fuera necesario. Ese discurso centrado en sí mismo suele ser una eficaz estrategia para mantenerse en el tan mentado centro de la escena. Entonces el gorila se queda mirando, siempre en la periferia del peronismo. La ve de afuera. No se siente parte de lo que ve como una fiesta. Cuando en los hechos no es mucho más que gente comiendo todos los días.

Deben ser los gorilas, deben ser. Pero no es que seamos tan así como nos pintan. Tampoco es cuestión de quedarse de un solo lado del espejo. Porque si hay algo que efectivamente ha permanecido invariable -no susceptible de corrección- es la actitud y el pensamiento (para llamarlo de alguna manera) del antiperonismo desde sus orígenes hasta nuestros días.

Como si se tratara de una invasión extraterrestre, como si fuera “el color que cayó del cielo”. Tan ajeno y horrible como las peores pesadillas de H. P. Lovecraft. Como si de verdad fuera esa amenaza ominosa que plasmó Julio Cortázar en su cuento “Casa tomada”. Como si se tratara, en definitiva, de un elemento extraño, como si no fuera producto y emergente de las condiciones sociales, políticas, históricas, nacionales e internacionales en las que tuvo lugar su aparición, su desarrollo y permanencia. Como si tanto su aparición, como su desarrollo y permanencia, en fin, no se justificaran por la acción concurrente de quienes lo odian y de quienes lo asumen como identidad.

Se verifica en el credo básico del gorila estándar una ciega convicción respecto de que el peronismo vino a ser la causa principal de la pérdida de un paraíso imaginario, a partir del cual el país se habría arruinado definitivamente y sin remedio. O con un sólo remedio posible, la eliminación de la causa, su extirpación de cuajo, un retorno al tiempo idílico sin el perro ni la rabia.

La fantasía de una “solución final” para el peronismo como problema, se ha intentado -sin éxito aunque con macabras consecuencias- en más de una oportunidad. Porque así como hay peronismos utópicos, puede verificarse también la existencia de una persistente utopía gorila. Que subyace en el discurso del gorila, cuando no se hace brutalmente explícita.

Así como el mundo perfecto de los nazis hubiera sido un mundo sin judíos, para el sueño gorila el mundo perfecto es un mundo sin peronistas. Uno y otro, el sueño de los nazis y el sueño del gorila engendraron sus propias soluciones finales.

Desde aquella Revolución Libertadora con sus fusilamientos y prohibiciones, hasta la última dictadura que llevó a cabo su plan de desaparición del peronismo, inaugurando una etapa que se extendió un cuarto de siglo, sin importarle si destruía al país en el camino. Quisieron erradicar al peronismo a través del terrorismo de Estado y de la transformación de las condiciones de posibilidad para que se desarrolle el peronismo: el trabajador industrial. Y sus sindicatos. Una vocación persistente como pocas. Que insiste una y otra vez, siempre que tiene oportunidad.

Pero -y en más de un sentido- podríamos decir que gorilas, lo que se dice gorilas, eran los de antes. Especialmente los anteriores a 1976, ese punto de quiebre salvaje y sangriento que lo resignificó todo. Entre aquellos gorilas originarios, desde ese pasado que todavía tiene cosas para decirnos, podríamos recurrir al atendible Roberto Bobby Roth. Personaje pintoresco de militancia antiperonista desde temprana edad, hombre de confianza de Juan Carlos Onganía y entusiasta reclutador de funcionarios para su gobierno de facto. Claramente, uno de ellos. Autor de varios libros, en uno de ellos, “El país que quedó atrás” editado por Emecé en 1967, nos ofrece algunas observaciones interesantes sobre el peronismo.

"El peronismo de oposición -escribe Roth- es otra cosa nuevamente. En la oposición, lejos de deshacerse, diluirse y desaparecer según la fórmula simplista de sus detractores, el movimiento se retempla y renace. La facultad omnímoda de mimesis que le ha permitido representar papeles revolucionarios y conservadores, patronales y obreristas, católicos y ateos, nacionalistas y 'vendepatrias', renace y fecunda. Recorre espontáneamente el mismo vía crucis de sus contrarios con idéntico resultado y por la misma razón. Quienes lo reemplazan están empeñados en una tarea apenas destructiva, carecen de contenido positivo y están a la postre determinados por el peronismo de oposición antes que por sí mismos. La visión del país de unos y otros es igualmente difusa e indeterminada, vaga e indefinida, abierta a cualquier contenido que aporte votos, cerrada a todo deber que los aleje".

Y más: "El peronismo permanecerá ahí, testimonio veraz de nuestra impotencia y desafío perenne a nuestra capacidad creativa, mientras no se admita que con lo bueno y lo malo que trae es tan genuinamente argentino como el radicalismo o el socialismo al menos, y mientras no se abran puertas a las facultades creativas que también trae.

"La peor desgracia que podría ocurrirle al país sería que el peronismo arriara sus banderas, agachara la cabeza y pasara bajo las horcas caudinas mansamente al sistema. Esto nos condenaría a cuarenta años más de estancamiento". Hasta allí Roth, por ahora. Valga como referencia para buscar y leer el texto completo.

O tempora, o simia. Al peronismo le cabe, posiblemente, aquello atribuido a Jean-Paul Sartre en cuanto a que “cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Así como el peronismo modeló en gran medida la identidad de sus odiadores, tampoco permaneció del todo ajeno a los efectos tóxicos de quienes lo enfrentaron casi siempre con más pasión que los propios.

Con la vuelta de la democracia, sin embargo, ese fantasma gorila del exterminio continuó recorriendo el país, anidando en mentes enfermas de intolerancia. Hoy vivimos un resurgimiento de esa triste obsesión que tienen los que odian por aquello que odian. Se enseñorea en el gobierno y en la comunicación masiva, apestando foros y redes sociales con insultos generalmente anónimos.

No hay intelectuales casi entre los que profesan ese anacronismo -el Gorila Ilustrado es una especie que se extinguió hace tiempo-, hoy la masa crítica de sus portavoces está conformada mayormente por periodistas. O, con perdón de los profesores de gimnasia, por gente como Fernando Iglesias. Ese que no hace otra cosa que reciclar -mal- los papeles tirados al cesto por Sebreli.

Allá ellos. Ya aprenderán que, como sentenció en alguna oportunidad Aldo Pignanelli: “Se puede gobernar sin el peronismo. No hay problema. Lo que no se puede es gobernar contra el peronismo”. Mientras tanto seguirán como hasta ahora, sin darse cuenta de que son un soplo que contribuye a mantener viva la llama.

Allá ellos, acá nosotros. “Quién iba a decir, Borges, -reflexionaba Roberto Alifano en relación al simpático cantito de aquellos muchachones- que usted y Perón serían los dos sellos incuestionables de la Argentina. Nadie que hable de literatura puede soslayar a Jorge Luis Borges; tampoco quien hable de política puede obviar a Juan Domingo Perón”. Paradojas de un país donde casi ni se lee al Uno ni al Otro.

Unos y otros. Hablar de los gorilas es, dentro de todo, la parte fácil. El tema es cuando tenemos que volver a este lado del espejo.

¿Dónde está el peronismo, cómo reconocerlo o al menos cómo detectarlo? Un método sencillo en el que confío bastante. Allí donde la opinión pública señala lo políticamente indeseable, lo demonizado, la lepra, la peste, la culpa de todo, en resumen: lo maldito. Allí, también allí, está presente el principio activo del peronismo, ese que despierta la pasión enferma del gorila, esa sed insaciable que se ha vuelto su razón de ser. Pero que nunca es todo el peronismo. Ni necesariamente el mejor, dando siempre que hablar. Pero que asimismo nunca deja de ser parte del peronismo. Aunque más no sea por sus defectos, genuinamente peronistas.

Tolle, lege. Leer a Perón, tanto en un sentido literal, como en un sentido figurado. Hay una lectura en el sentido figurado que hace a su infinitamente diversa interpretación, que abarca al peronismo en su conjunto, como un fenómeno integral, muchas veces como si se tratara de un cuerpo homogéneo, negando sus contornos borrosos tanto como su complejidad inherente. Sea el peronismo en sí, o el peronismo en la historia, se encuentra sujeto a una constante evaluación y un permanente escrutinio, tanto por parte de propios como de extraños. Tanto del país como del exterior. Centralidad y protagonismo del peronismo en la escena política, sea por sus acciones o por sus omisiones. Producto temático típicamente argentino, como el mate o el tango. O como Borges.

Pero también leer al peronismo en un sentido literal. Particularmente, leer a Perón. En sus textos, en sus discursos devenidos textos, sus libros, sus entrevistas. Encontrarse con esa textualidad siempre mestiza, plagada de citas sin referencias, de entrecruzamientos, un entramado de escritura colectiva que participó activamente en la escritura mayor de nuestra historia desde su aparición. En ese diálogo constante con la Historia, pero sin dejar de ser una escritura plantada estrictamente en el presente -tanto de su tiempo como de su espacio- y con una clara conciencia de su proyección a futuro. Como tomándose al pie de la letra aquellas palabras de Baruch de Spinoza, el filósofo político: “Sentimos, experimentamos que somos eternos”.

Como de costumbre, nos hemos excedido en el tiempo y el espacio. Defecto típicamente peronista. La seguiremos luego de atender a las matriarcales empanadas que no esperan.

miércoles, 16 de mayo de 2018

PERONISMO UTÓPICO, Por Juan Escobar


A primera vista puede parecer contradictorio hablar de un peronismo utópico. Viéndolo siempre tan práctico, tan gauchito, tan predispuesto a la acción; siempre listo para arremangarse, poner manos a la obra y hacer lo que hay que hacer. Tan apegado a lo realmente existente y atento a las relaciones de poder que de allí emergen. La única verdad es la realidad. Dónde hay que firmar?


Utopía, ese lugar no existe. Sin embargo sí existe un peronismo utópico, y no está escondido en un sarcófago o entre los libros de la biblioteca de Babel. Ese peronismo utópico no es otro que el peronismo de Perón, aunque no necesariamente sea el único peronismo utópico. Porque cada peronista que se precie, tiene su propio peronismo imaginario, su peronismo como cada uno lo quiere ver. Ese peronismo imaginario que le permite seguir siendo peronista, trascendiendo las recurrentes decepciones que nos depara el peronismo realmente existente. 


Sin más vueltas, allí está entre líneas para el que lo quiera ver, en La comunidad organizada, el texto leído parcialmente en la jornada inaugural del Congreso de Filosofía de 1949. Es decir, ante un público compuesto por filósofos, profesores de filosofía y estudiantes de filosofía. De allí que se considere universalmente al texto como un discurso filosófico. Lo que ha generado más de un malentendido. Porque a partir de allí se lo ha leído precisamente así, como un texto meramente filosófico. Aunque ese meramente provenga en realidad de una interpretación política. O mejor, de una interpretación hecha desde la política. Desde ese realismo político de la realpolitik que mira con desprecio todo aquello que no le sirva para conseguir alguna ventaja en la coyuntura, un mejor posicionamiento en las listas, un efímero momento de gloria -o al menos de exposición- en la opinión pública.

Es llamativo todo lo que se puede escribir sobre aquello que no existe. Allí está la literatura de ficción, en apariencia infinita, para dar cuenta de eso. La imaginación y la interpretación hicieron prácticamente todo el trabajo.

Perón. Pocas personas hicieron tanto esfuerzo en la política para explicar y hacer comprensible su pensamiento y sin embargo dieron lugar a tantos malentendidos. En este sentido, también, la imaginación y las interpretaciones hicieron prácticamente todo el trabajo. Sumado a esto una sistemática obcecación en no entender, en desconocer y en malversar ese pensamiento tratando de adecuarlo a los propios pensamientos y fundamentalmente a la conveniencia, más de una vez meramente coyuntural y efímera, de cada intérprete.

Esta vorágine de interpretaciones, tanto convergentes como contradictorias en relación al peronismo, dio lugar incluso a que se lo caracterizara como un significante vacío, donde cada uno puede ver exclusivamente lo que quiere ver. Pero esto no necesariamente es una responsabilidad que puede achacarse a Perón o a su pensamiento o a su acción política, que han pasado por distintas etapas y variaciones a lo largo del tiempo. Porque si bien el peronismo puede ser muchas cosas, también es cierto que esto no necesariamente quiere decir que puede ser cualquier cosa.

Para este comentarista se trata de avanzar en la tarea siempre inacabada de comprender al peronismo para deducir cuál es el camino correcto a seguir en cada momento. Correcto en el sentido peronista, claro está. Para avanzar en esa dirección, resulta imprescindible distinguir entre lo esencial y lo accesorio. Lo permanente de lo circunstancial, tanto del pensamiento como de la acción política de Perón.

Distinguir lo esencial, esto es, aquellas constantes que permanecen a pesar de los devenires y los cambios. Lo esencial, es decir, lo que Perón llamaba los grandes principios. “Las doctrinas no son eternas sino en sus grandes principios, pero es necesario ir adaptándola a los tiempos, al progreso y a las necesidades” continúa repitiéndonos desde las páginas de su libro Conducción política. Esos grandes principios con los que el peronista no puede entrar en contradicción si se quiere seguir pensando como peronista.

¿Cuáles son esos grandes principios? Para el adoctrinado es sencilla una respuesta rápida: la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación. Grandes objetivos que se traducen en sus tres banderas que nos inducen a trabajar para una Argentina “socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”. En ese orden de prioridades y en orden inverso de viabilidad.

Asumiendo la Justicia social al tope de las prioridades, pero para que sea posible, antes es necesario que el país sea económicamente libre. Pero para que sea económicamente libre, es necesario previamente que la Patria sea políticamente soberana. Las noticias de hoy (cualquiera sea el día que se lean estas palabra) parecen hechas para confirmarlo: cuando se resigna la soberanía política, la libertad económica del país se evapora y la justicia social se convierte en una quimera sin condiciones de posibilidad.

Peronismos imaginarios, decíamos. Y nos arriesgamos a pensar que los peronismos imaginarios son los únicos verdaderamente existentes. Aquellos que nos impulsan individual y colectivamente al pensamiento y la acción política. Como peronistas, pero también como no-peronistas y aún como antiperonistas. Porque, insistimos y la realidad es cómplice, el peronismo no deja de ser una referencia obligada en el imaginario colectivo de la política argentina. De allí la pertinencia de estas reflexiones recurrentes sobre lo mismo de siempre.

Pero dejémonos de rodeos, que en un originario del conurbano bonaerense como el que suscribe, puede confundirse fácilmente con la sospechosa actividad del merodeo.

Lo que se intenta decir desde el comienzo es esto: hay un peronismo utópico en particular que nos interesa. El de Perón, ese peronismo imaginario del autor. Ese que nunca se materializó del todo. Porque se trataba nada menos de hacerlo en Argentina. Con argentinos. Que posiblemente no se trate del colectivo social más indicado para protagonizar un proyecto verdaderamente civilizatorio. En un lugar donde históricamente la peor barbarie se llevó a cabo en nombre de la "civilización".

Un peronismo utópico que está plasmado en ese texto: La comunidad organizada. Y cuya versión definitiva, casi un manual del usuario, es el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional. Su último intento de los infinitos intentos de hacerse entender. Casi podría decirse que al final de su vida, se trataba de La utopía de un hombre cansado, citando el título de un cuento no muy conocido de Jorge Luis Borges que forma parte de El libro de arena uno de los libros preferidos por el propio autor. Un fragmento (o más de uno) de este cuento viene al caso (para no decir “a cuento”): “En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante.” A eso vamos.

Hay evidencia suficiente para imaginar que la comunidad organizada de Perón, no era una comunidad de individuos. O mejor dicho, no meramente de individuos. Cuando Perón habla de comunidad no está hablando de una pequeña aldea menonita aislada en el tiempo y el espacio. En principio es una comunidad nacional, refiere al conjunto humano que habita el territorio del país.

No es el proyecto de una sociedad homogénea. Porque nunca se trató de una visión normalizadora, de esas que se proponen aplanar las diferencias individuales. Muy por el contrario, su punto de partida es justamente el reconocimiento de esas diferencias personales, sectoriales, culturales, de género, o lo que sea, en toda su diversidad. Y a partir de esa diversidad de intereses encontrar una manera ordenada para que de su interacción se avance en el sentido del bien común. Que no es otra cosa que el bien de la comunidad, del conjunto social. Pero esos intereses comunes de individuos muchas veces dispersos deben confluir para poder expresarse en el diálogo social y hacer efectiva la defensa de esos intereses.

Para Perón el camino a seguir era claro, casi evidente. El camino de la organización. Los individuos dispersos debían confluir en una organización que defendiera sus intereses comunes, sectoriales. Y a partir de la organización de los distintos sectores, dirimir las diferencias naturales a través de la negociación colectiva, con el Estado oficiando de árbitro. Porque la Comunidad Organizada de Perón puede entenderse como una comunidad de organizaciones. Pero asimismo como un espacio donde la negociación colectiva es la herramienta para regular y armonizar la convivencia social.

Esa dispersión de los individuos de la que hablamos era una de las características del interés sectorial de los trabajadores. Pero no porque no quisieran organizarse. Sino porque un Estado patronal había puesto el monopolio de la violencia como garantía para el ejercicio abusivo de la posición dominante en las relaciones laborales por parte de los empresarios.

Perón hizo algo tan elemental como permitir que esa necesidad organizativa de los trabajadores pudiera expresarse, constituirse, desplegarse, consolidarse. En los hechos, el Estado les reconocía a los trabajadores -no sólo en los hechos sino también a través de la legislación-, algo tan básico como su carácter de ciudadanos. Con derecho a tener derechos. Y más, generaba un cambio estructural en los mercados de trabajo, donde la organización sindical se constituyó como un poder compensador que condicionó el abuso de posición dominante del sector empresario.

Dicho así parece simple. En los hechos significó una mutación genética irreversible. Al menos hasta ahora. Y la reacción de los intereses que veían mermada la discrecionalidad de su poder, no se hizo esperar. Con un resentimiento y un odio del que en estos días casi no hace falta describir.

Y eso que se trataba apenas del comienzo. Muchas épocas pasaron, muchas cosas cambiaron en el mundo, pero seguimos entrampados en las mismas contradicciones de entonces. El devenir argentino parece volver cada vez más utópico aquel peronismo imaginado por Perón. Pero a su vez, aunque suene nuevamente paradójico, los resultados de los sucesivos intentos en el sentido contrario parecen volverlo más actual en lo que puede aportar como solución a los problemas argentinos. Llegar a constituirnos en una comunidad organizada se presenta como una necesidad particularmente en cada una de las oportunidades en que nos asalta la sensación de que todo puede volar por los aires en cualquier momento.

Los motivos de la incomprensión quedarán para la próxima, porque son los fideos con crema los que ahora ponen un límite a los devaneos de este peronismo dominguero.


martes, 12 de septiembre de 2017

DOS VAGOS, LAS PARTES Y EL TODO, Diálogos por whatsapp

Claudio Javier Castelli
Juan Escobar


[15:02, 12/9/2017] : [8/9 21:00] Claudio Castelli: Están loquitos. Me parece imprescindible esta nota de Horacio González: http://vagosperonistas.blogspot.com.ar/2017/09/violencia-y-provocacion-por-horacio.html

[8/9 22:40] Juan Escobar: ... sobre la actualidad de algunas cosas que se dijeron sobre otros tiempos...

[8/9 22:41] Juan Escobar: No están loquitos. Lo hacen para esto.

[8/9 22:55] Claudio Castelli: Sí, lo curioso que en esa época de extraordinaria libertad, nos lo decían a nosotros. Y ahora, de extraordinaria represión, nosotros se lo decimos a ellos. ¿Quién tiene razón? Para nosotros: nosotros, para ellos: ellos. El pueblo no goza de libertad, cuando ellos tienen toda. Cuando nosotros y el pueblo tienen toda la libertad, ellos temen. Pero ellos son la parte rica de la torta mayor, los que siempre tuvieron el poder. Del lado nuestro están los pobres, muchos, los que nunca o casi nunca gobiernan. Esa sola estadística da a entender que la justicia, como valor universal y consolidante de una democracia popular. Está con nosotros.

[9/9 1:29] Juan Escobar: Pero no es cualquier justicia. Ni la justicia, así, en general. Sino una justicia en particular, un tipo que deriva de un enfoque: la justicia social. Pero como todo enfoque, no deja de ser relativo, parcial. De la facción de la que formamos parte. Quizás se trate de asumirla como la posición de una parcialidad, de una parte de la comunidad que somos. Que dejemos de confundir hegemonía con homogeneidad compulsiva.

[9/9 2:39] Claudio Castelli: Esa idea de parte que representa al todo, pero no es el todo, ni lo ha de asumir, solo representar no debe nunca pensar que es homogeneizar, es hegemonía contra hegemónica. Pero somos parte que, en el poder, representamos al todo. Por ello la justicia social es la primer forma de resolución de conflictos. La justicia social en definitiva es el objetivo de la ética que corrige el egoísmo implícito en el hombre, como decía el general. Es un gobierno que debe ser guía, con un conductor. Ahora, en el gobierno actual, guía la avasallante codicia. No hay ninguna pretención de guiar al pueblo a lo más excelso. Lo excelente, que en Aristóteles era lo excelso. Es una intuición, que la justicia social es la consumación de la idea de justicia aristotélica-tomista, que se pone a medio camino del liberalismo y el socialismo. Es la vía argentina, realmente argentina al poder. He definido al derecho como el orden social justo. Definición tomada de LLambías, que  se interpreta libremente. Qué es justicia social, dicho desde otra perspectiva. Como acontecimiento fundante -17 de Octubre del 45- que crea un orden nuevo, y que aún -a pesar de la posmodernidad, de la tecnología, de la posverdad, del neoliberalismo- está muy lejos de cerrarse, de consumarse, consumación que siempre es parcial, incompleta, y la pasión siempre posterga, por el azar y la contingencias históricos. Pero el carácter de parte que representa al todo, me gusta más que decir facción, que me hace pensar en una antinomia partidista muy cerrada. La justicia, en realidad, o ¿qué es la justicia? es la pregunta fundamental, ocultada en esta época.

[9/9 11:59] Juan Escobar: A eso iba, justamente. A esa pretensión de arrogarse la representación del todo, de asumir una posición ilusoria donde nuestra voz sea la voz del conjunto. Donde el otro no hable con su propia voz sino que sea hablado por nuestro discurso. El otro (el otro verdadero, el otro real, no el que imaginamos y subsumimos en nuestro discurso, objetivándolo, subordinándolo) ese otro real es irreductible, habla por su propia voz y elige a quien lo representa. Porque toda representación parte de una delegación explícita o es meramente arrogancia.

[9/9 12:09] Juan Escobar: La idea de comunidad organizada salva ese escollo y esa tentación totalizadora. Porque parte de reconocer la insalvable heterogeneidad comunitaria, la tensión derivada de la malla de intereses contrapuestos que la constituyen. Por eso la comunidad organizada se plantea como un espacio de negociación colectiva entre las representaciones (organizacionales) de esos intereses sectoriales contradictorios. Con el Estado como árbitro en esas disputas. Dirimiendo esos conflictos de intereses con la justicia social como criterio. Es decir, a favor del sector cuantitativamente mayoritario en cada conflicto. Democráticamente. Porque beneficiar a las mayorías siempre nos acerca al bien común, que es el bien del conjunto, de la comunidad.

[9/9 12:13] Juan Escobar: Matices de disidencia, semánticos. En un marco general de acuerdo que compartimos vos y yo. Que decidimos compartir. Un detalle determinante en nuestro diálogo.

[9/9 13:24] Juan Escobar: No soy quién para confirmar tu intuición respecto de la justicia social, pero me parece correcta. No es casual que Luigi Taparelli, quien la conceptualizó, es la misma persona que instauró la concepción aristotélico tomista como eje de la formación sacerdotal.

[9/9 13:29] Juan Escobar: Por otra parte no veo al Peronismo como punto intermedio entre liberalismo y socialismo, entre individualismo y colectivismo, sino como la síntesis integradora. No niega al individuo, no niega lo colectivo, sino que los articula en la noción de comunidad. Derecho individual y derecho colectivo para una comunidad que se realiza en función de que quienes la integran se realicen, en armonía con su entorno físico, biológico y social.

[9/9 13:31] Juan Escobar: La pregunta por la justicia, creo, es la pregunta fundante de toda comunidad, desde el momento que establece la norma para la convivencia que constituye a la comunidad. 

[15:04, 12/9/2017] : Es un diálogo por whatsapp, entre los dos nombrados, teniendo como contrapunto, la nota de Horacio González, Violencia y Provocación, y el editorial de La Nación, El miedo político, de 2006.