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lunes, 7 de junio de 2021

EL SISTEMA ENFERMA Y MATA por León Pomer (*) para Vagos y Vagas Peronistas

 




Implacable devoradora de vidas, la pandemia “expone el salvajismo de la estructura del poder mundial. Un capitalismo que maximiza ganancias en todos los órdenes de la vida social, devora todo lo que encuentra y destroza el andamiaje democrático que durante mucho tiempo ha ocultado su angurria insaciable. En la penumbra de este derrumbe se vislumbra a la bestia que agoniza mientras mata a sangre y fuego”. (Monica Peralta Ramos. El Cohete a la Luna, 23-5-2021)

La bestia, sacudida por tenebrosos espasmos, hoy excreta agónicos aullidos e imprime su signo mortuorio al entero planeta. Cuando joven y vigorosa, y rebosante de infatuación y enferma de áureas ambiciones, se lanzó a conquistar el mundo, pretextando “civilizar”, el capitalismo comenzó por esclavizar y destruir a los que, sin conocer reputó de sub humanos, sin importarle las catástrofes humanas que producía. Su historia puede ser leída desde diferentes ángulos. El extraordinario desarrollo de las fuerzas productivas es uno de ellos; los mares de sangre que derramó y continúa derramando es otro costado de su desempeño histórico: el salvajismo es la sombra tenebrosa que siempre lo acompañó. Quiso ocultarlo, justificarlo, disimularlo; utilizó el “andamiaje democrático” que hoy ya no soporta más, ni le sirve. Su etapa neoliberal, en plena descomposición, arrasó con orgullos e ilusiones y sembró frustraciones y angustias.

Un grande y singular pensador, Walter Benjamin, reflejó la gigantesca tragedia vivida por la humanidad modelada por el capitalismo: se valió de una pintura del suizo germanizado Paul Klee. Las palabras que entonces escribió W.B. se hicieron célebres. Dicen lo siguiente: “ hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. Allí, donde vemos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas (…) Tal tempestad es lo que llamamos progreso” (W.B., Ensayos Escogidos. Tesis de filosofía de la historia. Edit. El Cuenco de Plata, Buenos Aires,20010. Tesis IX) La palabra “progreso”, engañadora y falaz, fue asociada al capitalismo: sirvió para ocultar los escombros humanos que éste acumuló detrás de sus pasos. A propósito, Alemania acaba de pedir perdón a Namibia por el genocidio, hasta ahora no mentado, que cometió entre 1904 y 1908, cuando ese país era colonia suya. Como reparación, le donará mil cien millones de euros, a pagar en cómodas cuotas anuales… durante 30 años.

Escuchemos ahora a un personaje más que relevante durante un período de la historia relativamente reciente de los Estados Unidos. Resumo un texto publicado por el filósofo italiano Franco Berardi ( La Segunda Venida ,Caja Negra Editora, pág.32,Buenos Aires,2020). Es una lista de horrores, limitada pero expresiva, sobre todo por quien es el autor que Berardi reproduce y yo a Berardi. Veamos:

Imperio Azteca, la conquista española redujo la población de 25 millones a 1 millón;

En Norteamérica, el 90% de la población indígena murió en los primeros 5 años de haber entrado en contacto con los invasores europeos. A esta mortandad hay que agregar los cientos de miles muertos en el siglo XIX;

En la India, entre 1857 y 1867. “se sospecha” que los británicos mataron cerca de un millón de civiles, en la rebelión que se produjo a partir de 1857;

La introducción forzada del opio en China, a cargo de los británicos, ocasionó millones de víctimas, sin contar las bajas chinas durante la Primera y Segunda Guerra del opio;

En el Congo, propiedad personal del rey de Bélgica, Leopoldo II, fueron asesinadas entre 10 y 15 millones de personas entre 1890 y 1910;

En Viet Nam fueron muertos entre 1 y 3 millones de personas entre 1955 y 1975;

Agréguense millones de asesinados en el mundo musulmán; y en Indonesia, entre 1835 y 1840, los holandeses mataron cerca de 300.000 civiles;

En Argelia, entre 1830 y 1845, los franceses liquidaron casi la mitad de la población;

Los italianos, para no ser menos, entre 1927 y 1934, exterminaron entre 80.000 y 500.000 internados en campos de concentración;

Sumemos, en los días actuales, las víctimas de Libia, Irak, Afganistan, Yemen, Palestina y varios etcéteras, en Africa, en Asia y en nuestra mal llamada América Latina.

Los números que el lector acaba de leer fueron originariamente publicados en una obra cuyo título en inglés es Toward a Global Realignment, en American Interest, junio de 2016, cuyo autor es Zbigniew Brzesinski, fuente seguramente insólita, pero insospechable. No son números exhaustivos, ni mucho menos. La conquista española mató millones de nativos que no figuran en la lista. Entre ellos, los sacrificados en la minería de la plata, en el célebre Potosi. Y por qué no agregar las víctimas de las dos guerras mundiales. A los millones asesinados por el nazismo, deben sumarse 26 millones de vidas sacrificadas solo en Rusia durante la invasión alemana.

Vayamos ahora a nuestro presente, al capitalismo que enferma, arruina vidas y las abrevia. Los mitos de la felicidad y del crecimiento económico ilimitado crearon las condiciones para la multiplicación de ciertos males: encubrieron los efectos perversos del fundamentalismo de mercado, responsable de la soledad, la tristeza, la angustia, la ansiedad, la depresión y una vida sin sentido, que el individualismo hedonista agrava en lugar de paliar. El llamado trastorno bipolar es un cuadro antes conocido como psicosis maníaco depresiva, que se ha expandido enormemente en los últimos 20 años. El “ataque de pánico” se difundió en tiempos más recientes; el marketing de los laboratorios farmacéuticos lo hizo popular. En 1895, Freud lo llamó neurosis de angustia, caracterizada por la hipertensión arterial súbita, la taquicardia y la dificultad respiratoria, la disnea, los mareos, la sudoración y los vómitos o náuseas.

En los niños, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), está a la orden del día. El déficit de atención, la hiperactividad e impulsividad son características de la infancia: fueron elevadas a la categoría de trastorno neurobiológico, un desorden del cerebro. Los neurólogos afirman que es fundamental realizar un diagnóstico temprano para evaluar, si tales síntomas se presentan con una intensidad y frecuencia superior a la normal, y si interfieren en los ámbitos de la vida escolar, familiar y social. Aquí la pregunta: ¿cuál es la medida de la normalidad y quién la establece? El prestigioso neurólogo Fred Baughman denunció ante el Congreso de los Estados Unidos y presentó una demanda de fraude al consumidor en el Estado de California por el falso diagnóstico de TDAH. Niños completamente normales fueron diagnosticados con ficticios desequilibrios químicos cerebrales, y la subsecuente orden médica de tomar drogas. El diagnóstico induce a medicalizar comportamientos que simplemente se separan de la norma, sin ser propiamente trastornos psíquicos. La neurona está de moda: es tema de mención cotidiana.

La sociedad gravemente enferma contagia a las personas. La crisis de opiáceos y de fármacos legales que padecen los Estados Unidos mató a 400 000 personas entre 1990 y el 2019; hay un consumo masivo de ansiolíticos, analgésicos, antidepresivos, alcohol y oxicodona. El dolor humano hace la fortuna de una industria orientada a su gestión, y a la evasión efímera del individuo desolado que naufraga en una vida sin sentido. El universo capitalista vive epidemias silenciosas, fabuloso negocio, medicalizado a medida de las necesidades de los grandes laboratorios. Somos seres presumiblemente normales, cuando ingerimos medicamentos a granel. La industria farmacológica provee de novedades que son recetadas por médicos desaprensivos, ignorantes o cómplices de la conjura.

El sufrimiento no se refleja en imágenes de resonancias magnéticas, lo humano no se reduce a los términos de un cerebro ni a las conexiones neuronales. Hay detrás del padecer una sociedad, caldo de cultivo de males y de negocios de enorme envergadura. Oliver James, en su "The Selfish Capitalist", sugiere que hay razones convincentes para suponer que las economías del mercado son unas de las principales causas de los altos niveles de enfermedades mentales. Usando datos de un estudio confiable, realizado en el 2004 por la Organización Mundial de la Salud, el nivel promedio de enfermedades mentales en los países de habla inglesa, afectan a un 23% de la población en general, contra el 11,5% de los países europeos continentales. Notando además que enfermedades mentales se han incrementado en el Reino Unido desde la introducción del neoliberalismo de la señora Thatcher. James concluye: "Esto no puede tener relación alguna con los genes".

Como consecuencia del mal llamado subdesarrollo sufrimos un genocidio por goteo, con muertos por deficiencias sanitarias y atención selectiva de la salud, por suicidios, por inseguridad laboral, por comer mal y salteado. Si sumásemos todos los cadáveres anuales que produce el subdesarrollo, veríamos que no es para nada exagerado hablar de un genocidio silencioso.

El dolor social y el dolor individual/emocional son consustanciales al proceso (des)civilizatorio del capitalismo, que recrudece conforme los individuos sienten frustración y resentimiento ante la insatisfacción que les genera esta forma de organización de la sociedad. A su vez, estas modalidades de dolor se erigen en dispositivos de control social sobre los cuerpos, las conciencias, la mente y la intimidad.


La vulnerabilidad de los individuos se ahonda con la crisis pandémica a medida que se amplían las posibilidades de caer en las garras del desempleo, la pobreza extrema, las hambrunas y la fatiga ante el encierro. Esta vulnerabilidad se acrecienta en sociedades tenidas por subdesarrolladas que, con la violencia criminal y la inseguridad pública, hunden a los individuos en el miedo perpetuo, en la inmovilidad física, mental y emocional, en la dolencia crónica. La depresión se erige como la verdadera pandemia de las sociedades contemporáneas. El individuo se exige a sí mismo y se siente impotente al advertir que no es capaz de cumplir con las expectativas autoimpuestas. Conservadoramente, se calcula que la depresión enferma a 300 millones de seres humanos en el mundo. El sufrimiento que conlleva, frustra la vida familiar, escolar y laboral: es la gran causa de los 800 000 suicidios que ocurren mundialmente cada año, y que afectan, particularmente, a la población joven de entre 15 y 29 años.


Quienes manejan el capitalismo digital saben que el gran campo de batalla y de apropiación de los individuos está en la mente y en las emociones. La orfandad ideológica de los ciudadanos amplía los márgenes para esa apropiación, al tiempo que contribuye a encubrir las causas últimas del dolor y de la soledad. El social-conformismo se apropia de la vida cotidiana de los individuos, y la crueldad social continúa haciendo víctimas, que tienden a “normalizar” su dolor y sufrimiento. En cuanto al ángel de Paul Klee, le han cortado las alas. Yace inerme, abandonado en un galpón semi derruido.


(*) Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.


domingo, 9 de mayo de 2021

TOXICIDAD SOCIAL por León Pomer (*) para Vagos y Vagas Peronistas

 


                       

La irracionalidad está instalada en cerebros argentinos. Tal vez en demasiados. En medio de una pandemia devastadora, señoras de aspecto clase media insisten en ignorarla y protestan, con ollas y consignas aberrantes, porque el gobierno se empeñaría en cerrar las escuelas, perjudicando gravemente el futuro de los niños y del país. Coincidentemente, un señor gordo que dice ser dirigente radical, enseñaba por televisión que sin educación no tenemos futuro: el presidente y quienes comparten sus medidas “restrictivas”, serían los bárbaros de nuestro tiempo. El señor gordo, y muchos otros de su linaje político, repiten el mismo discurso, aunque jamás les importó la educación popular. A diferencia de las señoras que arriesgan las vidas de sus hijos y hacen de la bolsonárica Patricia su gurú cultural y político, el citado señor y su caterva de cómplices, opera a plena conciencia: quieren que de una vez por todas el pueblo argentino se miserabilice, sin retorno posible a tiempos mejores; que se deje de joder reclamando bifes en la mesa familiar; que abrevie sus años de vida y se muera prematuramente de las dolencias que provoca el hambre; que lleguemos a la mayor brevedad a los cien mil muertos por la epidemia, como lo quiere y expresó la Patricia, para que en medio del caos que se supone surgiría, ellos, los monstruos, volverían a detentar el poder absoluto. Entre tanto, pagar jubilaciones, repartir bolsones de comida y otras ayudas en efectivo distraen sumas considerables de dinero, que podrían ingresar en los amplios bolsillos de los que navegan en dólares y acumulan en oro. Al mismo tiempo, los estigmatizados por obsoletos, por vejez o padecimientos físicos, que se apresuren a ocupar un espacio en los cementerios, o mejor, que se vayan de este mundo transformados en cenizas. Se ahorraría el gasto en lápidas. Entre tanto, el señor gordo y dirigente del partido radical y el coro de sus cómplices, ejercen sus funciones de sicarios políticos y mensajeros de la muerte, con una impavidez que sobrecoge, y revela lo que han perdido: humanidad y decencia.


Jóvenes, y algunos no tanto, aportan su cuota de irracionalidad comportamental desafiando las restricciones que el gobierno impone para salvaguardar la salud de la gente. Multiplicar las fiestas a que concurren centenares de personas, exhibirse públicamente sin barbijo y amontonados, ¿constituye una bravata, un mensaje de desprecio a la autoridad nacional, la afirmación de un yo que se pretende libre y autónomo, una horrible inconsciencia, o qué? De lo que no cabe duda, es que contribuyen a los contagios y las muertes, a comenzar por lo promotores de esa irracional desobediencia que, dicho sea de paso, encuentra en el consumo de drogas malignas un motivo más para acortar vidas juveniles. Se me hace que esas conductas son la expresión de una grave crisis humana que atañe a la entera Argentina; que es una crisis provocada por las mil y una adversidades provocadas por las restauraciones antipopulares, que periódicamente se repiten, y ahondan las heridas provocadas por las crisis precedentes, Significativamente, nuestro país recibe el desprecio, no oculto, gritado incluso, de muchos de sus nativos. La sociedad está gravemente herida. La esperanza de recuperación reside en sectores populares que aguantan heroicamente. ¿Por qué no convocarlos?

Mientras los insultos, las agresiones y provocaciones de la llamada derecha, ultra o no ultra, detentan el monopolio de los medios de comunicación y hacen de la difamación su tarea cotidiana, Longobardi inicia la preparación del golpe blando a que aspiran los aún “mansos” ( según palabras de un secretario de cultura del macrismo). Y como anticipo de lo que están tramando, en las rejas que protegen la Casa Rosada cuelgan bolsas para cadáveres, con nombre y apellido del destinatario. Por añadidura, los muy ricos se le ríen en la cara al gobierno y deciden no pagar el aporte “solidario” sancionado por el Congreso, y el gobernante de la ciudad que aún es capital de la república, desafía un decreto presidencial y decisiones de la justicia.

Frente a un panorama tan poco cordial, cunde la sensación que en la sociedad no pasa lo que debiera pasar, o sea, que no hay reacciones políticas a la altura de los peligros y amenazas que pueden ser el huevo de la serpiente. Los movimientos sociales, que claman heroica y cotidianamente por trabajo y por pan, no han unido a sus reivindicaciones la condena categórica de la barbarie que amenaza acabar con ellos y con el país como entidad soberana y vivible. No se advierte un movimiento sindical activo en la lucha por la sobrevivencia de una patria (palabra fuera de uso) amenazada con ser reducida a una miserable factoría, o a una despreciable nada. Y la dirigencia política oficialista, ¿dónde está? Donde están los gobernadores y los intendentes (fuera de honrosas excepciones) ,al parecer más preocupados por asegurarse la reelección; y los centenares o miles de organismos populares como clubes de barrio, sociedades de fomento y etcéteras, ¿dónde están?. En otras palabras, y observando el panorama general, no hay reacciones que se correspondan con la situación gravísima a que el país ha sido conducido, reacciones de reafirmación de la democracia ( que vacila sobre sus pies) y una libertad vista con recelo y desconfianza por los que representa el señor gordo y radical y el periodista Longobardi, a quien, dicho sea de paso, la CNN presenta en su pantalla.

Me pregunto: ¿la sociedad argentina, o parte considerable, está a tal extremo intoxicada, que ha perdido la capacidad de pensamiento racional y en particular el ejercicio de la lógica? Hay una enorme desinformación, malversaciones, deformaciones y mentiras a granel. Pero eso no es todo. Lo que está sucediendo es el resultado de una larga historia, que comienza hace más de doscientos años. Que también ocurre en Bolivia y Ecuador. Y en Brasil, ni que hablar. En Bolivia, donde los que ascendieron socialmente durante el gobierno de Evo hoy se han conservarizado: ahora tienen algún bien, un algo que perder y quieren distanciarse cada vez más de los que aún están debajo de ellos, en el suelo o el subsuelo social. En Ecuador, los indios votan por un banquero. Lo que no es un mero error, es el efecto de lo que la dominación viene haciendo con sus cerebros desde hace 500 años.

Lo que se debe entender de una vez por todas, es que aquellos que controlan los pensamientos y los actos comportamentales de las grandes mayorías, suelen salirse con la suya. Nada más asombroso que los millones de brasileños, que con Lula lograron comer dos o tres veces cada día, y sus hijos accedieron a las universidades, votaran al asombroso personaje que hoy está hundiendo ese gran país en la mierda. La dominación siempre ejerció su nefasta y deformante influencia sobre los sectores dominados, y sobre los propios dominadores, a muchos de los cuales convirtió en artífices de la crueldad. Los desvalores que necesariamente guían los actos del dominador lo transforman en la encarnación misma del mal. (Quienes identifican el mal como una suerte de fantasmal entidad metafísica, o un necesario componente de una supuesta, inamovible condición humana, convendría que busquen su origen en la sociedad, y el papel que en ella juegan los que la conducen como dominadores). Es necesario comprender que la entera sociedad de la dominación es en sí misma un gigantesco desvalor. El papel desnaturalizador de la condición humana de millones de criaturas son la mejor prueba. Imagino que a la dominación no le hubiera ido tan bien si los candidatos a dominados no hubieran sido reprimidos, no solo en sus cuerpos, sino fundamentalmente en sus cerebros. La sola violencia física (que en nuestro país comenzó con Pedro de Mendoza en 1536), me atrevo a decir que no hubiera conseguido lo que consiguió con la hegemonía cultural, instalada primero de prepotencia y después de manera más blanda, hasta naturalizarla; una hegemonía que enseñó a pensar torcido, al revés, contra la lógica, más el condimento de la desinformación, la mentira, la amenaza, el racismo, la inoculación del odio y el egoísmo enfermizo, indiferente al sufrimiento ajeno, y cien otras bellezas semejantes.

La situación es grave. El gobierno no apela a las masas, su única defensa, su único poder. La actitud conciliadora y conversadora no funciona con el enemigo. Solo distrae. Las palabras sirven para quienes les atribuyen un significado. Agréguese que el gobierno tiene dentro de sí gente que no comulga con el interés del país; tiene al burócrata que solo piensa en su carrera y no se mueve del escritorio, que le es indiferente que el río Paraná, maravilloso camino de agua, sea humillado por la gran delincuencia internacional. Y por añadidura, no parece interesar que la Argentina pierda ingentes recursos, y sobre todo, pierda soberanía.

Quienes durante muchos años de nuestra vida anduvimos husmeando en nuestra historia y en historias ajenas, pensamos en Weimar, ese prólogo alemán del nazismo, con un pueblo viviendo la frustración de una guerra perdida y una economía nacional en bancarrota. En una realidad poblada de paradojas, mientras la república de Weimar vivía un impresionante período de creación cultural, el pueblo alemán asistía atontado al surgimiento del nazismo. Pero no solo el pueblo. Un brillantísimo joven sociólogo húngaro, profesor en Heidelberg y expulsado de su país natal por el fascismo en el poder, creía que Hitler duraría unas pocas semanas. Karl Mannheim debió lamentar su error de apreciación: tuvo que huir a Inglaterra para salvar su vida,

Ya se que la historia no se repite. Y menos repite lo que sucedió en otra realidad, y en otras latitudes físicas, sociales y temporales. Gran parte del pueblo argentino paso en un corto espacio de tiempo histórico por una feroz dictadura, la vil entrega menemista y delaruista y el devastador cuadrienio macrista. Hay mucho cansancio, mucha decepción, mucha incertidumbre, mucha no comprensión cabal de lo que sucedió y sucede. Al fin de cuentas, sufrir no es el equivalente de comprender. El pueblo que se manifestó masivamente contra el desastre macrista parece estar excesivamente pasivo. Habrá que ver hasta donde la pandemia actúa como paralizante. Weimar danza en mi cerebro.

Entre tanto, en el norte del continente, la fiera herida ha acrecido su peligrosidad. El imperio ya no hace lo que quiere, y ve derretirse su hegemonía única y absoluta frente a potencias que osan obrar en función de sus propios y estrictos intereses. Los Estados Unidos de Norteamérica están cada vez más desunidos. Sus clases dominantes se odian recíprocamente y las palabras “guerra civil” se escuchan con frecuencia. Hay incipientes movimientos separatistas en California y en Texas. Alguien ya diseñó los estados que surgirían de un eventual secesionismo de los aun unidos. La economía cojea. La pobreza aumenta. Los USA están en grave crisis. La dirigencia estatal solo atina a tensar las relaciones con Rusia y China. Juega con fuego. Cree que sus amenazantes portaviones pueden ocultar la crisis interna. La fiera herida sabe que una guerra atómica sería la destrucción de gran parte de la humanidad. Pero la sigue enarbolando como amenaza y sondeando las reacciones de sus declarados enemigos. Si estos mostraran el menor signo de debilidad no vacilaría en incinerarlos. Pero Rusia y China responden a la altura del desafío. Y el imperio no lo puede soportar.

En el clima maligno que reina en el entero planeta, el país argentino se debate para subsistir. Desde el norte miran con recelo al gobierno de los Fernández, a su atrevimiento de hacer de la vacuna rusa el paliativo fundamental de la pandemia, a lo que se agrega la llegada de millones de vacunas chinas. Insoportable. El imperio sabe que eso levanta el prestigio de quienes quisiera ver quemándose en el infierno. El imperio aboga por la privatización del río Paraná. La embajada está detrás de muchas de las argucias que la oposición mafiosa emplea contra el gobierno. El señor Biden es implacable. El imperio siempre lo fue. Las heridas que le infieren quienes se niegan a ser sus vasallos acrecientan su ferocidad. Ya quedó dicho y se repite: la fiera herida es la más peligrosa.

La conjunción de adversidades que enfrenta el pueblo y el gobierno argentino superan lo que una desbocada ficción literaria pudiera imaginar. Si no se apela a las masas, víctimas fundamentales, si no se hace un diario trabajo de esclarecimiento a cargo de ministros, funcionarios de todos los niveles, más dirigentes políticos y militantes de base, corremos el riesgo de quedar definitivamente encerrados en el horrendo pozo de la miseria. El proyecto del imperio es destruir los estados para dejar la cancha libre a las gigantescas multinacionales. Libia es la expresión acabada. Irak no le anda lejos. En el Yemen no les va muy bien, pero instalaron el horror en su pueblo. En Siria no lo lograron, simplemente demolieron gran parte del país. No aceptan que Rusia los haya frenado; esa Rusia que desde tiempos antiguos consideraron barbarie asiática. Al mismo tiempo que las provocaciones diarias a China y Rusia se suceden, el imperio tiene un ojo puesto en el continente del que Argentina es país importante. La embajada está activa. Los traidores nativos siguen sus directivas. La defensa de la vacuna norteamericana, que expresa cabalmente la naturaleza extorsiva del poder imperial, corre a cargo de una archiconocida propiciadora de la muerte.

Una incógnita se cierne sobre el futuro de la nación. ¿Conseguiremos superarla? ¿Acabará prevaleciendo en el pueblo argentino una clara conciencia del peligro que nos acecha? ¿Será posible sacudir una pasividad impropia de este tiempo?

(*) Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.


sábado, 24 de abril de 2021

Nuevas notas sobre: DE LA DOMINACIÓN CONSENTIDA (Libro inédito) por León Pomer para Vagos y Vagas Peronistas

 



Dos gigantes del pensamiento político


Nos pareció una buena manera de comenzar este libro, evocar brevemente a dos gigantes del pensamiento político. El primero, cronológicamente, el florentino Nicolás Maquiavelo, es considerado el fundador de la política como disciplina expurgada de excrecencias ajenas a su índole. El otro es un francés nacido en 1530, llamado Étienne de la Boétie. Ambos personajes tienen de común un pensamiento osado, audaz, innovador, que desde la distancia temporal sigue brindando lecciones.

La dominación y el Poder deben a Nicolás Maquiavelo (1469-1527) el haber fundado la ciencia política moderna. Fue el primero en hacer del Poder el objeto exclusivo de su pensamiento; produjo una revolución intelectual, al autonomizar la reflexión política en relación a la ética, la religión, la economía, etc. De ahí su modernidad.

Maquiavelo escribió frases (cuyo sentido actual es más que evidente), que no son productos accidentales de su pensamiento, sino constituyentes de una concepción orgánica del Poder y la política; leemos: el temor de perder (quinto capítulo de El Príncipe), excita las mismas violencias que el deseo de conquistar, y más adelante: el pretendido deseo de conservar no es más que una ficción. No existe la saturación del deseo, la sed de poseer es insaciable. Para estar seguros de lo que tenemos, queremos siempre más. La especificidad del deseo del pueblo, agregaba, es no querer ser oprimido. La lucha de clases, transformada por los conservadores recalcitrantes(y sus ignorantes repetidores) en una suerte de diabólico procedimiento disociador de sociedades, reconocida por Marx como uno de los motores de la historia, era conocida por historiadores franceses y antes, mucho antes, por Maquiavelo. Las buenas leyes, se atrevía a decir (las que favorecen al pueblo) nacen de los tumultos: creía en el conflicto, lo sabía inherente a las sociedades hendidas por las desigualdades y la explotación; creía en la necesidad del tumulto para sacudir a la clase dominante y opresora. (En boca del florentino, opresión era el equivalente de explotación). Ponía como ejemplo la República romana. Relacionaba la formación de las clases a la disputa por la apropiación de los bienes. Su consciencia sobre el conflicto entre los detentores de la riqueza y los pobres era particularmente aguda. Léase estas extraordinarias palabras:” Todos los que llegan a la riqueza y al Poder, consiguieron todo eso gracias al fraude y la fuerza. Y en seguida agregaba: una vez usurpado todo gracias al dolo y la violencia, lo decoran con el nombre de una justa obtención”.

De Étienne de la Boétie comenzaré citando la siguiente ´definición, tomada de su obra: Discurso de la Servidumbre Voluntaria:”La servidumbre voluntaria, es decir, el escándalo de una servidumbre que no proviene de una constricción exterior, sino del consentimiento interior de la víctima, devenida ella misma cómplice de su tirano” ( De la Boétie, Colihue, Buenos Aires, 2014).

Ser el vástago de una aristocrática familia francesa, le permitió a Étienne adquirir una refinada educación clásica, que utilizará en diversas obras, a comenzar por la citada, la más famosa. Fue conocido como poeta y autor de sesudos textos jurídicos.

Quien fue su amigo y apreció su talento fue Michel de Montaigne, el celebrado autor de los Ensayos, que originariamente debían incluir el texto sobre La Servidumbre Voluntaria, finalmente no incluido: ¿por prudencia? El encuentro de Michel y Etiénne ocurre entre 1557-1559, este con 28 años y aquel con 25. En 1563, a los 32 años, Etiénne fallece de resultas de una peste contraída durante un viaje. Su vida había sido breve, pero intensa, invertida en diferentes funciones oficiales y variadas escrituras, entre las cuales la poesía ocupa un lugar importante. Una obsesión suya fue entender por qué multitudes humanas subordinaban su existencia, a tiranos y déspotas. No tuvo una respuesta plausible; aún hoy muchos no la tienen. No imaginó que la voluntad de esa masa humana podía ser físicamente violentada, y sobre todo, modelada desde la primera infancia por factores, religiosos, tradicionales, normativos, ambientales. Curiosamente, no mencionó los disidentes, (siempre los hubo), que se inmolaron para subvertir tamañas ignominias. Pero el haber formulado la pregunta, representa para su tiempo (y aún para el nuestro) un mérito inmenso.

El interrogante de Etiénne sembró en el espíritu del autor de este texto lo que serían las primeras inquietudes de que resultaría este imperfecto trabajo. Largas horas de reflexión nos convencieron que no se trataba de hacer un compendio de los males provocados por el sistema, ciertamente harto conocidos, sino en indagar en los procedimientos y recursos, que resultaron exitosos desde el momento que comenzaron a consumirlos quienes serían sus víctimas. El resultado (el autor lo cree provisorio) son las páginas que siguen. Las verdades definitivas están ausentes. Aquí, todo es discutible y debiera ser discutido.


Nota: el título advierte que lo que sigue son NOTAS que pretenden ahondar en el libro que las precedió, que el autor considera apenas un primer intento. El título fue sugerido por el de la obra de De La Boétié.


Rasgos, aspectos, semblantes


En todas las variantes de la sociedad capitalista la palabra DOMINACIÓN es poco o nada utilizada en el lenguaje cotidiano, pese a que caracteriza sin eufemismos un aspecto esencial del sistema, o tal vez por eso mismo, o porque su impacto psicológico es mayor que CAPITALISMO, la habitual manera de nombrarlo. La palabra DOMINACIÓN nos desafía desde remotas edades y diferentes latitudes; sus significados se resisten a las contaminaciones paliativas: nos hablan de sociedades estructuralmente diversas con mayorías humanas sometidas a ominosas explotaciones, a lóbregas maneras de atravesar el mundo de los vivos.

El poder degradante de los recursos que desde remotos milenios utiliza la dominación para domesticar cuerpos y cerebros logró, y hoy más que nunca, confiscar ingentes energías y manejar la vida de sus detentores: pudo hacer de estos obligados receptores de las palabras, los significados y las adulteraciones semánticas inherentes al sistema, una entera toxicidad imbuida en el tenso vivir de un quehacer obstinadamente infausto y recurrente.

La dominación, no es un gigantesco agregado de individuos, es un sistema civilizatorio de inter relaciones personales que se configuran como una sociedad; en ese carácter, produce una dinámica que escapa a la voluntad de los individuos que la constituyen y la producen con las prácticas cotidianas que les son impuestas, revestidas de una naturalidad que oculta su origen histórico.. En la obligada convivencia que se establece entre estratos, clases, fracciones, culturas etc., surge una identidad entre el Yo y el Nos, que subyace a todas las diferencias y antagonismos. Cada sujeto es un Yo individual impregnado de un nos colectivo. Eso supone vivir en una suerte de prisión invisible por no percibida, que constituye el marco de las prácticas y pensamientos admisibles por el sistema y por este fundados y fecundados. En ese marco, interiormente cruzado por inter relaciones, se conforma una red a que concurren las infinitas actividades de quienes sin necesariamente conocerse, son recíprocamente indispensables para que el todo social viva su dinámica cotidiana; su dinámica y su clima, en que la amargura, el descreimiento, la desilusión y otras lindezas por el estilo conviven con la notoria satisfacción de algunos, o si se quiere, con la satisfacción de estar bien encima y muy distantes de los problemas que afligen a ingentes mayorías. Y así es como en materia de climas (y podríamos agregar: de semblantes) las diferencias, indiferencias y oposiciones se sienten en la calle y en el ámbito doméstico. Y cada grupo humano, según le van las cosas en la sociedad, de alguna manera está preso de un mundillo que nada tiene de común con el de aquellos que viven en el polo opuesto. Quienes hablan de grieta, aquí tienen un ejemplo

Las maneras de ingresar en el flujo social, a partir del nacimiento, equivalen a emerger a la vida en un nicho específico, de una clase y una sociedad concreta en un momento de la historia de esta; una sociedad poblada de pluralidades y crueldades, de divisiones, fracciones, contradicciones, delirios y halagüeñas promesas. Todo lo cual supone una variedad plural y diferenciada de estilos de vida, enmarcados por un mismo sistema civilizatorio. En esos múltiples ámbitos de socialización, al decir de Norbert Elías (1994:8), el ser adquiere los patrones de autorregulación que harán de él un individuo adaptado a la sociedad, al espacio y a la función que le ha tocado en suerte .Sociedad alude aquí, conviene subrayarlo, a un vasto conjunto humano que no luce por su armonía y entendimiento, pero posee un sostén básico que subyace a las diferencias ; un sostén o fundamento constituido por un moldeamiento a que los sujetos son sometidos desde el primer día de su ingreso a la vida social, y vivirán con la naturalidad de lo que constituye la única e irredimible manera de estar en el mundo. Y en esa suerte de orden invisible, advierte Elías (Id,22), el sujeto introduce los objetivos personales, que inevitablemente quedarán presos del mismo.

Se supone que inconscientes de los servicios que prestan al amo como pilares de su Poder, insertos en condiciones que semejan esencialmente inmodificables, los dominados engullen los axiomas, las convenciones conductuales y las estructuras de pensamiento identificadas como normales, hasta que todo ello deviene un mecanismo mental que opera maquinalmente. Logrado ese grado de automaticidad, los actos, los gestos, las respuestas irrumpen espontáneamente, con prescindencia de valorizaciones y reflexiones, como un riguroso protocolo de obligado cumplimiento inscripto en el cerebro.


Todo es modelado: lo son los modos de sentir (de amar, de odiar y los mil otros sentires que admite la persona): todo recibe la impronta de las relaciones inter individuales, dominante-dominado. La dominación no es un Poder destinado a persistir hasta el final de los tiempos. Las contradicciones y catástrofes humanas y naturales que hoy provoca, sacuden letargos y adormecen, producen la rebeldía y el embrutecimiento, mellan el poder liberador de las masas y al mismo tiempo lo incentivan. La negatividad se fortalece en los estratos medios: tienen lo que perder, mucho o poco, pero tienen lo que el populacho no tiene, lo que los diferencia y los distancia de un vivir miserable que a sus ojos, quienes lo soportan, lo tienen merecido. En ese ámbito de estratos medios se destaca el color del egoísmo vestido de fatuidad, enancado en la persuasión de ser los miembros de una humanidad ganada con el esfuerzo, la inteligencia, y otras virtudes que los de abajo no tienen ni tendrán. Esa convicción les permite ejercer una contumaz indiferencia frente al prójimo que padece hambre, de reducir su vida a una frialdad egoísta que reduce la existencia a lo único que importa, que es lo propio y lo exclusivamente propio, con un corazón que late por algunos y se niega a latir por otros. La dominación busca conquistar el alma, como condición de conquistar el cuerpo del dominado.

Mentado el egoísmo, digamos que no es natural en el ser humano, es adquirido. Según recopila Richard D. Precht en su libro El arte de no ser egoísta. “Las recompensas materiales vician el carácter. Quien es condicionado a hacer cosas con contraprestación material lo tiene muy difícil después para arreglárselas sin ella. Es evidente que la conexión entre disposición a ayudar y recompensa material no está por naturaleza asentada en nuestro cerebro. Lo que sucede es que en nuestra niñez somos condicionados a ello y nuestro cerebro crea esa nueva conexión. Y una vez que está ahí constituye ya un reflejo casi automático”. En otras palabras: no nacemos egoístas, nos hacen egoístas. Nos hacen egoístas, en la familia, en la escuela, en el medio social. Nos programan para recibir recompensas por nuestro quehacer, recompensas miserables dirigidas a satisfacer pequeñas vanidades.

La dominación controla la estricta vigencia de la estructura de clases y jerarquías. Deben mantenerse todas las desigualdades propias y heredadas (de género, de raza y color, de creencias etc.), consagración material de las asimetrías, no pocas heredadas de sociedades anteriores. Las modificaciones aceptables son las que produce la sociedad en su permanente movimiento, con sus guerras, crisis y pandemias, y particularmente con las tecnologías que genera, productoras de nuevas fracciones sociales que secundarizan o eliminan formas de vida anteriores. La esencia perversa de la sociedad permanece en sus cambios, las mudanzas de semblante son puro engaño.

Para que los cuerpos insumisos no encuentren ecos a sus prédicas, a sus críticas y protestas, no necesariamente se las prohíbe: los adormecedores sociales sistemáticamente volcados sobre las masas distraen, insensibilizan y niegan entendimiento. Los intoxicados no deben reconocerse cómplices inconscientes de lo que lo que hace de ellos marionetas parlantes.

En los días actuales, grupos de dominados practican conductas que simulan desafiar el orden social, aparentando un despojo de toda norma reguladora. Crean la ilusión de un autogobierno liberado de imposiciones normativas. Teatralizan la rebelión, pero mirando bien, no afectan el sistema que, eso sí, inundan de ruido. En contraposición, millones de criaturas forman una enorme mancha oscura en una sociedad que las precisa anónimas, confundidas y aletargadas. La dominación no es un Poder destinado a persistir hasta el final de los tiempos. .Las contradicciones y catástrofes humanas y naturales que hoy provoca, sacuden, producen simultáneamente la rebeldía y el embrutecimiento, mellan el poder liberador de las masas y al mismo tiempo lo incentivan. El después, lo que vendrá es una incógnita.

Las vidas de las grandes mayorías tienen una función en la sociedad capitalista: son cosas para ser usadas. Cuando gastadas pierden toda utilidad, son un peso muerto que debe ser excretado del mundo de los vivos. Como también lo deben ser los que en el pleno vigor de su vida no son absorbidos por el sistema productivo, no encuentran un lugar en la sociedad. Esas gentes molestan con sus exigencias. Y molestan los niños, los adolescentes y los jóvenes pobres, a quienes se les niega el pan y un hogar, la escuela y el club de barrio. Para esa gente una vida breve es suficiente, una vida atribulada, impregnada de muerte.

En el lenguaje de la dominación, el llamado “orden social” es tenido como expresión de lo normal, de una suerte de antianomia representada por normas, hábitos, comportamientos y transgresiones aceptables, creadoras de ilusiones de una libertad encuadrada por el sistema. El orden social se presenta como el rostro sensato, falso antifaz de la violencia que lo inspira; una violencia con muchas caras que tiene su fundamento en la propiedad privada, y en la mayoría humana destituida de toda propiedad.

El orden social predica un sentido común, en su mayor parte ejercido en el habitualmente sórdido universo de la vida diaria, espacio de la reiteración implacable, de la inmersión corrosiva y exclusiva en los problemas de la subsistencia, ámbito de la letargia cultural alimentada por el ruido aturdidor de la publicidad, los escandaletes televisivos, la multiplicación obsesiva y crudamente detallada de asesinatos, violaciones, robos y otras lindezas por el estilo. El sentido común es un poderoso gobernante de toda acción social.

La vida cotidiana del pueblo con sus previsibles rutinas y desagrados, sabe de los temores que acechan, de la inquietud que corroe el suelo diariamente transitado, de una inseguridad que mantiene los músculos en una alerta propiciador de empedernidos insomnios. La sociedad manifiesta su verdad esencial cuando sus miembros funcionan normalmente, siendo lo normal cuando los atributos comportamentales e inter relacionales, físicos y verbales, se muestran fieles a los dictados del sistema, impresos desde la más tierna infancia, hasta adquirir el aspecto de una condición única y posible.


Sistema global, la dominación supone una específica configuración de las relaciones interpersonales que no deja indemne ningún aspecto de la conducta y el pensar; porción mayúscula de su éxito reside en la peculiar manera de modelar seres humanos. La dominación cabalga sobre una trágica paradoja: su ejército de servidores está constituido por sus víctimas, cuya maculada intimidad desconoce el papel que les ha sido confiado, amén de quienes lo ejecutan a consciencia como única alternativa.

La dominación es un estilo de vida que limita severamente o desecha por entero el recurso de la demostración lógica, del argumento razonado, de la reflexión argumentada. Su hablar, nutrido de frases hechas, estereotipos verbales y conceptuales, trafica conformismo y se vale de las emociones con pedagógica destreza. Acciones y reacciones humanas, específicas de cada clase, edad o grupo diferenciado, en última instancia se ajustan a una suerte de protocolo que subyace a las apariencias del libre juego y las decisiones autónomas.

De extrema relevancia son las percepciones, filtradas y coloreadas por los significados que la cultura dominante les imbuye. El modo de acceder a lo real y de entenderlo es capital en la cultura de la dominación; su objetivo es el control de lo humano en su entera totalidad. Despojado el yo de la que pudo ser su auténtica mismidad, cosificado al extremo, se le ofrece una alegre y balsámica alienación que lo modela para una vida inerte, oscura y vegetativa. En tan rudo panorama se abren espacios para los que optan por devenir, con cabal consciencia, cómplices militantes del sistema que los utiliza para faenas que oscilan entre miserables y poco edificantes. La sumisión, rayana a veces en la humillación, elegida como práctica conductual, seduce y enceguece a cerebros previamente quebrantados; o es la manera aberrante de desahogar frustraciones y ser “alguien”, incluso mano de obra de la extorsión y la tortura contra los insumisos.

Dominar pide una violencia física o una amenaza constante, velada o explícita, corroborada por una sinuosa y taimada coerción sobre las mentes. El llamado Poder Simbólico, exteriormente no denunciador de su función porque cultivador del rostro amable que disimula su mendacidad, juega un papel esencial en la modelación del sujeto dominado, en su sentir el mundo, pensarlo y entenderlo, o sea, en la reproducción del sistema. Introducido por machacante e hipnótica reiteración, ese Poder atosiga sin provocar dolores corporales: cumple su misión en el silencio, o la inadvertencia que subyace al ruido distractor en que el sujeto es sumergido. Axiomas, (normas incuestionables), se constituyen en modelos culturales: se construyen sobre lo que la sociedad da por cierto, por innegable, lo que no precisa ser demostrado por razón alguna porque posee el carácter de un saber normativo natural, implícito en la naturaleza humana. Así se forman valores y modelos cognitivos, que a su vez devienen estructuras asimiladoras de nuevos valores y cogniciones: la marca de origen se perpetúa. Metafóricamente hablando, hay “alimentos” que las estructuras asimiladoras aceptan con placer o rechazan por indigestos: los axiomas son incuestionables, inamovibles. Los modelos cognitivos, cuyos poseedores no son conscientes de poseerlos, se presentan como honorables convicciones que sustentan el entendimiento, reduciéndolo a una simulación. Las formas fundamentales a través de las cuales la cultura aprendió a conceptuar y representar el “orden” del mundo pasan a constituir elementos básicos de un pensar, que solo sabe pensar a través de ellas.

Conviene recordar que la mente se organiza con lo que encuentra en su estar en el mundo; encuentra, por ejemplo, lo que conocemos como prejuicios, el tipo de “conocimiento” y convicción basados en una creencia que no corresponde a un conocimiento directo del objeto, persona o cosa. El perjuicio adjudica, sin demostración previa, atributos ignominiosos, temores, repugnancias, pero también excelencias y virtudes. Una consciencia racional huye del prejuicio, se sostiene por sí misma, sin necesidad de la clase de tutores, creencias ni modelos cognitivos no sujetos a la crítica. La consciencia racional sostiene que la calidad de humano (se supone que altísima jerarquía en la escala de los seres vivos), distingue del animal en la capacidad de discurrir, discutir, convencer y dejarse persuadir: en ver en el Otro más que un semejante, un igual con el que comparte el hogar común llamado Tierra. Cuando un sistema de vida retacea la adquisición de esos dones, o veda su construcción, produce en el sujeto un retroceso, un retorno a la animalización propia de los remotos sapiens que se mataban disputando carroña. Caído el sistema en el pérfido tóxico a que lo condujo su esencial dinámica, lo que está implantado es el reino universal de lo irracional; y quienes tuvieron el potencial para ser admirables sujetos, han sido convertidos en seres baldados, que inocentemente se tragan la corrosión a que el sistema los somete mientras ellos destruyen el planeta con prácticas que les son impuestas.

Los perversos consejos de la codicia auguran hecatombes, que ya muestran anticipos alarmantes. Los enceguecidos amos del sistema tienen una única, obsesiva visión: el lucro. Son victimarios, pero también serán víctimas. No se salvarán de un patético final. Allá ellos. El crepúsculo de los dioses terminará en la más absoluta oscuridad si los pueblos no reaccionan ya mismo.


Persistencia y Reproducción


Un fundamento decisivo del sistema es el poder sobre el ser humano. Su coacción modeladora (propia de todo agregado persistente de relaciones humanas sometido a un modo específico de interacciones organizadas) penetra hasta la más íntima interioridad del sujeto: controla su voluntad, su entero modo de ser. Agréguese las presiones físicas, psíquicas, emocionales y culturales que lo asedian desde fuera de su cuerpo. El individuo es convertido en una pieza que pierde la capacidad total o parcial de decisión autonómica, hasta decaer en un esencial pero ignorante aquiescente, que paradójicamente puede vivir la vida entera rabiando contra la sociedad sin comprender que la lleva dentro suyo. El dominado ignora el fantasma que lo posee y le impide evadirse de la supuesta naturalidad que lo victima. La entera organización social es vivida como única alternativa de vida, como un fenómeno natural.

El teólogo y filósofo Ruben Dri (Ensamble, :20-1-2021) cita estas palabras de Marx, de la sexta tesis sobre Feuerbach: “En su realidad la esencia humana es el ensamble de relaciones sociales” . Marx habla de lo constitutivo del ser humano y no dice que éste “tiene” –hat- sino que “es” –ist- el ensamble de relaciones sociales. Somos un entramado de infinitas relaciones en que mezclan el amor y el odio, la complacencia y la furia, la pasión y la indiferencia. Dri esclarece: en este contexto, la palabra “relaciones” es una de las categorías más difíciles de captar. El ser humano capta objetos y cosas, no capta relaciones, pero siente sus efectos. Lo que puede traducirse así: en la relación que entabla durante su convivencia en específicos nichos de vida de lo que llamamos sociedad, la criatura humana está sujeta a los influjos, advertibles o desapercibidos, de relaciones de toda naturaleza. En tanto producto de un sistema relacional, la persona recibe y asimila influencias que la construyen, relaciones que la modelan, atributos que aquellas le generan. Las relaciones reales, habituales, reiterativas y cambiantes, según su potencial de influencia, jugarán con los estados de ánimo, y de alguna manera tendrán responsabilidades en las prácticas comportamentales de los sujetos.

Aqui interesa detenerse en una célebre afirmación de Marx: el hombre se hace a si mismo y al hacerse hace su consciencia. Pero los materiales con que construye ese hacer le son exteriores, ambientales, sociales, culturales, emocionales. El hombre se hace a sí mismo con lo que la suerte (el lugar que ocupa en la sociedad y el carácter de esta) le proporcionan. Y convengamos: con la capacidad que trajo al nacer de usar, aprovechar, valerse de, usufructuar etc. El proceso de hacerse a sí mismo se produce en plena vida social, y aquí es donde esta toma la palabra. La vida social no es una uniformidad abstracta, es una infinidad de nichos, situaciones, omisiones, dificultades, antagonismos, ruindades, frustraciones, celos, envidias, odios, y paremos de contar. Cada ser humano que ingresa en este mundo desde la paz y la comodidad del útero materno, se encuentra con algo de todo esto, con alguna mezcla que se sintetiza en su persona, en las condiciones concretas que la vida le depara. El hombre se hace a sí mismo en un entorno que no ha elegido. Y lo que sale, el resultado humano, puede ser excelente u horrible, un Favaloro o un implacable torturador y asesino serial. Y esto, lo monstruoso, no es una mera fatalidad: el monstruo está en la sociedad, es por ella engendrado y cumple un papel: defender la estructura de iniquidades y desigualdades que la sustentan. Finalmente, la citada frase de Marx, podría completarse de la siguiente manera: al hacerse a sí mismo, guiado, supervisado y modelado por la sociedad, el hombre la produce de la manera como esta le enseñó a hacerla, porque al hacerse, la hace. De ahí que es atinado juzgar una realidad social por el producto humano promedio que genera. Cuando prevalece la alienación, sabemos que la causa fundamental es la realidad social que transforma seres en cosas, que despersonaliza y hace de la persona un algo puramente cuantitativo. Sabemos que a la razón la han batido en retirada: la sentimos ausente de los discursos que la han suplantado con sinrazones caprichosas y pérfidas elucubraciones lanzadas como verdades con la imperturbabilidad de lo definitivamente demostrado. En el ensamble (en palabras de Dri) de relaciones en que nos involucramos, somos invariablemente aplanados por la aplanadora cultural que la dominación excreta.

Son varios los factores que intervienen en la modelación-adaptación de las personas. El genial Lev Vigotski (2007: 80) enseñó que toda adaptación a la realidad está regida por las necesidades del organismo o del individuo. “Las necesidades son las fuerzas que movilizan, dirigen y determinan todo el proceso de adaptación a la realidad”. Pero cuando las necesidades son “satisfechas” por los tóxicos que la sociedad inocula, los resultados son seres humanos sentenciados a una vida de rutina imbecilizante. Cuando un sistema (ese pluralísimo complejo de condiciones, relaciones, interacciones, emociones, etc.) domina de manera abrumadora, hasta penetrar en los más recónditos entresijos de la vida, al decir de Eagleton (2011: 107), ya “no parece ser un sistema”, sino una forma de vida que semeja ser propia de la naturaleza humana. Por eso, imaginemos que pasaría, si cada quien fuera capaz de entender (Harris,2013:116) que: “en el momento de nacer cada bebe sano, independientemente de su raza o etnicidad, tiene la capacidad de adquirir las tradiciones, prácticas, valores y lenguas de cualquiera de las aproximadamente cinco mil culturas diferentes de nuestro planeta”. Luego, esta vida que me atormenta no es la única posible. Al entrar en este mundo traigo conmigo un potencial que en el curso de mi socialización “me persuade que debo ser” tal como la sociedad me está haciendo, porque otra alternativa me ha sido vedada. No hay una única y definitiva manera de ser humano.

La reproducción del sistema, particularmente de la estructura relacional que lo sostiene, no tiene misterios. Hablar de reproducción es hablar de la manera como el sistema modela a las personas inoculando una especificidad inter relacional, conductual y psico emocional que lo reproduce. Y aclaremos: una inoculación propia del momento histórico que atraviesa el sistema y la función que el sujeto habrá de desempeñar.

Digamos una obviedad: tanto la sociedad como la cultura existen antes que los individuos; cuando estos emergen a la vida, lo hacen en una realidad estructurada que aparece como el lugar natural y normal de insertarse, de construirse como persona según los modelos humanos vigentes: no hay opciones. El socializarse en el marco de una estructura social, y agreguemos, de una clase, supone hacerlo en medio de condicionamientos irrecusables, hasta consolidar los rasgos más generales que identifiquen al sujeto como miembro de la sociedad, más allá y por encima de la individualidad que desarrolle.

Los factores sociales que operan como modeladores en términos generales, actúan sobre la estructura biológica que iguala a los humanos como especie; sobre esa estructura se vuelcan los múltiples factores de vida cotidiana que inciden en su particularización- individualización .

Las estructuras de la dominación le son incorporadas a las personas en el estrato jerarquizado del nicho social en que realizan su vida. Todo espacio social delimitable como nicho recibe los influjos que emanan del sistema global (el núcleo duro de la dominación), y los asimila con arreglo a sus peculiaridades asimilatorias. A su vez contribuye con su propio aporte. El todo resultante es la heterogeneidad de rostros, de conductas, de saberes y objetivos personales. Pero la entera sociedad responde (excepciones aparte) a la acción modeladora que ejerce el sistema, y en la asimilación no están ausentes eventuales resistencias emocionales, culturales, psicológicas, emergentes de culturas y previas modalidades de vida que aún conservan un fuerte arraigo, y del grado de capacidad del sistema de hacer valer sus influjos en un ámbito preciso. Clifford Geertz (1989:56) advierte que a la cultura se la “visualiza mejor” como “a un conjunto de mecanismos de control”, que hacen las veces de “planos, recetas, reglas e instrucciones: productos extra genéticos que los ingenieros de computación llaman programas, cuyo propósito es controlar y gobernar comportamientos”. La descripción de Geertz parece dar una buena idea de lo que la dominación (palabra que él no menciona) produce o intenta producir.

Los humanos compartimos un determinado fenotipo (genes semejantes), pero uno de los secretos de nuestros parecidos y diferencias está en nuestra ontogénesis, en las modelaciones gobernadas por la especificidad social que atraviesa nuestra historia personal desde la fecundación del huevo. Dicho con otras palabras: el aspecto que asume la modelación de cada individuo se sigue de un único e irrepetible campo de experiencias, vivencias y convivencias, que ocurren dentro y no fuera del sistema. A partir del común fenotipo humano, la sociedad (los singulares nichos de existencia que la constituyen)trabaja decisivamente en nuestra formación y desarrollo, en nuestra ontogenia. Las reacciones humanas más elementales son producto del aprendizaje: durante el período del desvalimiento y el más extenso de la infancia, se establecen todas las pautas de conducta esenciales a consecuencia de los cambios de adaptación efectuados en el plástico sistema nervioso central (Barnett (1977:149).

Corroborando, y completando, la citada fórmula de Harris, Elías(1994:28) advierte que al nacer, cada individuo podría llegar a ser muy diferente de lo que el futuro le depara. “La constitución de una criatura recién nacida da margen a una gran profusión de individualidades, sea en la sociedad que la vió nacer o cualquier otra en que pudo haber nacido. La constitución natural marca diferencias más o menos sensibles, pero la individualidad depende de lo social.”

Las fuerzas mentales, relativamente maleables e indiferenciadas que el recién nacido trae consigo, se transforman en un ser más complejo: devienen la persona desarrollada hasta hacerse humana, perdiendo así su inicial condición puramente animal. La lengua que aprende, “el patrón de control instintivo y la composición adulta que en él se desarrolla dependen de la estructura del grupo en que crece y por fin de su posición en este grupo y del proceso formador que este determina” (Elias,1994:27)

Un factor decisivo en los procesos reproductivos del todo sistémico, reside en lo que Morin (1990:169-170) llama de “organización recursiva” de relaciones interpersonales. ¿Qué clase de organización es esa? Responde nuestro autor: “Es aquella cuyos productos y efectos son necesarios a su propia causación y su propia producción”. Las interacciones de los individuos producen un todo organizador que retorna en bucle sobre ellos. En el proceso social, “los productos son necesarios para la producción de aquello que los produce”: el efecto retorna de manera causal sobre los productores. En suma: las interacciones no pueden ser reducidas al clásico binomio causas individualizadas y efectos claramente identificados.

Eagleton habló de naturalización. Veamos. En el mundo del sentido común y del orden social reina lo convencional, lo correcto y lo aprobado, lo que debe ser, lo que aparentemente no puede ser de otra manera; ese mundillo del que nadie escapa, es el lugar y es el tiempo en que los humanos entretejen fuertemente una relación entre su biología y lo que la sociedad descarga sobre ellos hasta formar una amalgama en que todo se mezcla y se confunde, y el todo así formado se naturaliza en su integridad. La dominación trata de probar, de convencer que la masa constituye, por naturaleza, un proyecto humano fracasado, de que solo cabe esperar brutalidad, caos y una robusta incapacidad de pensar lógicamente. Y así el sistema se lava las manos y descarga en la supuestamente entera constitución biológica de sus víctimas la total responsabilidad de ser inaptos para una vida civilizada, tal como la practican los dominantes, que se tienen como la excepción a la tara original de los otros. El decisivo papel de lo social es ignorado. La dominación se armaría de un blindaje poderoso si demasiada gente dominada creyera pertenecer a la condición sub humana que le atribuyen. La estupidez, tan masivamente cultivada e inoculada, no ha logrado aun un triunfo tan definitivo: sus éxitos parciales son innegables, sobre todo, son cada vez más estrepitosos. Cada vez que el pueblo vota y acompaña a sus enemigos, son la prueba de cómo la dominación trastorna los cerebros. Por eso, la naturalización se inscribe entre los elementos que reproducen el sistema global sin que los reproductores tengan consciencia del papel que juegan. No es poca cosa saberse un ser normal y no un deleznable malparido. Se supone que un ser normal posee la facultad de interrogar la realidad, de meterse donde no necesariamente le está franqueada la entrada. Que tiene curiosidades y no acepta vivir con ellas. Alguien dijo que el pensamiento se detiene cuando deja de hacer preguntas. Los dominados no deben hacerlas: su anormalidad lo requiere. La modelación en una suerte de sub normalidad es la estrategia del sistema. En la vida cotidiana equivale al “no te metas, no es problema tuyo”.


El antropólogo Marvin Harris (Crítica, 2013:23 y ss) nos introduce en una discusión de larga data, sobre la precedencia de la idea sobre la acción: cada accionar sería el resultado de un pensamiento que lo antecede. Harris discute: no siempre es así. Sostiene que en muchos casos es al revés: actuamos reaccionando a un peligro o agresión, a un repentino impacto emocional en que el tiempo y la velocidad pueden ser decisivos y la emoción nos dejar sin palabras y sin pensamientos. Consumado el hecho y enfriada la emoción, surge el pensamiento: la acción precede a la idea. Las acciones y sus posteriores reflexiones, que responden a situaciones inesperadas, insólitas, imprevisibles, para las cuales el cuerpo no tiene respuestas preparadas, no pasan sin dejar huellas, hacen a futuros comportamientos, nos modifican favoreciendo o desfavoreciendo la generación de ciertas características personales: la desconfianza, el descreimiento, el pesimismo, o sus opuestos positivos, y mil otros posibles estados que la criatura humana genera. Son experiencias que no se disuelven en la nada, que entran en nosotros como mucho más que pasajeros en tránsito, que se suman o se mezclan con las experiencias cotidianas, previsibles, reiteradas, automatizadas. Cuando las situaciones críticas se multiplican, se hacen frecuentes, lo que se afianza en el sujeto y lo modelan ,le proporcionan una particular y muy desagradable imagen de la vida, que no contribuyen, precisamente, a granjearle felicidad y sosiego: sus opiniones sobre la vida y la sociedad se ennegrecen, influyen sobre su “modo de ser” y estar en el mundo. Su humanidad es individualizada por experiencias de toda índole, pero cuando predominan las negativas, montadas en la amargura, su entera persona acusa la influencia. Matar al ladrón es un ejemplo extremo de quien se ve obligado a hacer lo que nunca imaginó posible de su parte. O el jubilado que tuvo el repentino impulso de robar una botella de aceite en un supermercado, motivado por la angustia que la sociedad ha instalado en su vida. El hombre hizo lo que jamás imaginó hacer. Los guardias lo sorprendieron y le propinaron un castigo feroz: fue muerto. No pocos tejerían reflexiones sobre el país, la gente, la crueldad de las desigualdades, la indiferencia. Conclusión: después de la tragedia del jubilado, una multitud de personas dejó de ser exactamente igual a como era antes, o se acentuaron en ellas ciertos rasgos, o nacieron o se disolvieron otros. Un implacable y gigantesco escultor social no para de esculpir consciencias. y acaso a extraer conclusiones y reforzar persuasiones, o cancelarlas.


Pensemos en la vida diaria, con su acumulo de disgustos, rivalidades, ofensas, destratos, pequeños disgustos que ocasionan daños, pérdidas de tiempo, gastos no previstos, incumplimientos que perjudican, paros de transporte y cien otros incidentes que enojan, provocan malos humores, y hacen un infiernillo de la cotidianeidad. En una sociedad tan accidentada como la que vivimos, tan inhóspita para la mayoría de las personas, tan adversa para el sosiego, los obstáculos que opone la convivencia y las respuestas que provoca, son asimiladas al arsenal de las llamadas experiencias sobre las cuales se erigen ideas generales (que incluyen grotescas y caprichosas conclusiones) sobre la sociedad, el país y la calidad de sus habitantes. Obviamente, cada sujeto hace su propia síntesis, pero todos acusan las influencias que se siguen de la accidentada cotidianeidad. Todos son modelados en la negatividad: la satisfacción es lo excepcional. Nadie se salva. Nuestros cuerpos viven en tensión, el miedo nos observa con su cara torva. Ese vivir es un durar selvático. El espacio para el amor se achica. Algunos no lo conocerán jamás. Greenspan (1999:519 advierte: nuestro sistema emocional acaba funcionando como un “sensor”. Nuestras percepciones respecto de otras personas no son producto de una deducción lógica, de un proceso deductivo, lo que las guía es una singular lógica emocional. Hay ciertos rostros que nos disgustan, que nos inspiran aprehensión, que abren el espacio inconmensurable de la arbitrariedad. El auténtico pensamiento lógico está cancelado. Cuando este fenómeno está generalizado, la sociedad está brutalizada.


Mentemos ahora del “habitus”, poderoso modelador, concepto teorizado por Bourdieu. Para este sociólogo, el agente social actúa sin saber que es actuado por un conjunto sistémico de disposiciones a actuar, percibir, sentir y pensar, adquiridas e interiorizadas en el devenir de su historia personal. Podríamos decir: en el devenir de lo que se repite, de lo que se aprende como lo normal, como el comportamiento adecuado a cada situación. El hábito se gesta fuera de toda reflexión consciente y por lo tanto deviene maquinal. Momentos decisivos en que las adquisiciones se interiorizan son los años de escolaridad sometida a métodos que estimulan la absorción pasiva de contenidos disciplinadores, que ignoran o desestimulan toda comprensión razonada y crítica. Momentos decisivos son el sentimiento de no ser diferentes que el común, aún conservando lo que nos distingue como individuos. No queremos que nos señalen como un tipo raro, queremos ser, esencialmente, un igual, sin perder nuestras peculiaridades.

El sistema admite nuestras “locuras” y desafueros, en tanto no escapen de los marcos por él dictados.En tanto estructura estructurada, el hábito produce en el sujeto efectos estructurantes en los actos, los pensamientos, los sentimientos y las percepciones. La estructura de que es producto gobierna las prácticas sin constituir un determinismo absoluto, ni exigir una rigurosa obediencia a reglas sociales. La vida se configura como una sucesión de hábitos asimilados en la naturalidad del vivir con semejantes, también ellos signados por la conformidad al sistema no mediada por la razón consciente. (También Weber creía que, en la mayoría de los casos, las acciones que ejecuta el sujeto no pasan por un significado previo: son puramente maquinales). El hábito acaba componiendo el conjunto de patrones de obediencia social y psicológica que incluyen distintos grados de no reflexividad: es dominación consentida de que no se tiene consciencia, que no excluye un pensar que se ignora gobernado por los lugres comunes configurados por el hábito.

Cuando los problemas no pueden ser abordados con los modos y recursos adquiridos, el inflexible hábito deja sin soportes intelectuales al sujeto, que conocerá la sensación de impotencia y concluirá que sus humanas limitaciones hacen inútiles los esfuerzos para develar lo abstruso, que deberá acompañarlo durante el resto de su vida. El hábito tiene un efecto bloqueador: es un impedimento. Al no poder franquear los límites de una realidad que se opone a los escasos recursos intelectuales a que ha accedido, el razonar se esteriliza en la recurrencia de solo aquello que permite lidiar con los problemas de la vida cotidiana.

Toda forma específica de organización humana exige de hábitos que regulen los comportamientos. Pero la que estimula los hábitos críticos es lo exactamente opuesto de la que estimula la sumisión, ciega los canales de la curiosidad y adormece las inquietudes. La uniformidad y los automatismos, conspicuos componentes del sentido común y de la opinión pública en la sociedad de la dominación, hieren las posibilidades reflexivas y autónomas; son la adaptación a conductas rigurosamente prescriptivas, a despecho de la libertad que el sujeto cree poseer. Quien se despoja de su propio yo (o es despojado por la dominación) se transforma en un autómata, anota Eric Fromm (1947:169), idéntico a millones de autómatas que lo circundan. No se siente solo y angustiado. Y agrega Fromm: el sujeto ignora que sus pensamientos y deseos le han sido impuestos: los siente como originales de sí mismo (Id.:169). La organización mental de los individuos, “determina cuales, entre todos los imputs disponibles en el entorno, cuáles serán tratados, cómo lo serán y que informaciones guiarán los comportamientos” (Sperber, 1996: 156).


No llama la atención que en sectores de la población más castigada y sectores medios se perciba una suerte de clima, o ánimo colectivo nada animador, desconfiado, escéptico, pesimista: no faltan motivos, particularmente por la multiplicación de la violencia, una violencia cruel y artera, adquisición de seres acorralados por una sociedad ausente de todo prurito moral, de toda fuerza interior que prohíba matar ciegamente; una forma patológica y aberrante que parece funcionar como un desahogo. Todo está como organizado para dar la razón a los dominadores y sus secuaces: la masa nace fallada, no merece el aprecio que deben recibir las personas normales; la masa es potencialmente asesina. La vida cotidiana del pueblo con sus angustias, incluyendo los imprevisibles que acechan a la vuelta de la esquina, modelan las mentes, las esculpen para terminar apoyando aquello que condena a la vida, en que es difícil reconocer lo plenamente humano.










martes, 12 de enero de 2021

Nuevas notas sobre: "DE LA DOMINACIÓN CONSENTIDA" (primer fragmento) por León Pomer(") para Vagos y Vagas Peronistas

 


En todas las variantes de la sociedad capitalista, en todos sus rostros, la palabra DOMINACIÓN es poco o nada utilizada en el lenguaje cotidiano, pese a que caracteriza sin eufemismos un aspecto esencial del sistema, o tal vez por eso mismo, o porque su impacto psicológico es mayor que el harto utilizado CAPITALISMO. La palabra tiene un significado imposible de ocultar. Dicho de otro modo: la dominación capitalista es como el actor que interpreta diferentes papeles sin dejar de ser él, sea cual fuere el rostro que asuma. En su condición de totalidad dinámica, un sistema puede cambiar su fachada y continuar en una inmutable y esencial mismidad: lo prueba el capitalismo en las múltiples variantes que presenta en su devenir histórico. La exterioridad y sus transfiguraciones siempre están inexorablemente atravesadas por la explotación y la guerra, por la desigualdad y las coacciones físicas y culturales. Hoy por una degradada decadencia.


Mencionamos reiteradamente la palabra sistema. ¿Que entendemos por tal? A diferencia de un agregado transitorio e inorgánico de seres humanos, llamamos sistema a una unidad histórica global, organizada y persistente, constituida por partes que conviven en una específica organización. Morin (1980:239; 1990:169 a 238; 1991:102 a 129) describe la complejidad sistémica como siendo simultáneamente unidad, multiplicidad, totalidad, diversidad y organización. Uno de los rasgos fundamentales de la organización sistémica es la aptitud de transformar la diversidad en unidad, sin eliminar la diversidad. Considerado como un Todo, el sistema capitalista se presenta como una homogeneidad de constituyentes heterogéneos que no han perdido totalmente sus características originales; pero al ingresar al Todo, o ser ingresados por las buenas o por las malas, adquieren propiedades que anulan total o parcialmente su autonomía. Ningún componente del sistema se sustrae de lo que este le interioriza. Pero las partes no son entes pasivos: también influyen sobre el Todo. El Todo es menos que la suma de las partes, explica Morin, cuando las propiedades de estas, consideradas en su condición original, desaparecen en el seno del sistema. Lo que pierden las partes “se compensa” con las propiedades que el sistema les atribuye como manera de adecuarlas a la función subordinada a que son sometidas. El sistema es una Totalidad que se constituye formando y transformando. 

Los sistemas se diferencian por sus constituyentes, por la peculiaridad de su organización y por la producción de emergencias específicas. El sistema capitalista es una totalidad, producto de los opuestos antagónicos que lo integran. De ahí la pertinencia de la siguiente propuesta metodológica (Henri Atlan, 1976): “El simple hecho de analizar un organismo a partir de sus constituyentes entraña una pérdida de información sobre ese organismo: las cualidades del todo son irreductibles”. Al descomponer el sistema en sus elementos se pierde la unidad compleja y con ella los “secretos” de su funcionamiento. La “verdad” del sistema se sigue de su análisis como totalidad. El principio de antagonismo sistémico sostiene que la unidad compleja crea y rechaza a la vez el antagonismo. 

La crisis (el desorden que se expande por el sistema) representa un debilitamiento de la regulación sistémica, del control de los antagonismos; la crisis se manifiesta eventualmente por la transformación de las diferencias en oposición antagónica, de las complementariedades en antagonismos. Tanto más rica la complejidad organizacional, mayor es el peligro de crisis, pero mayor, se supone, la capacidad del sistema de remontarla. El crecimiento de la entropía, bajo el ángulo organizacional, es el resultado del pasaje de la virtualidad a la actualización de las potencialidades anti organizacionales, pasaje que más allá de ciertos grados de tolerancia, de control y de utilización arriesga devenir irreversible. 

La pandemia del virus mutante llamado dominación aún no encontró su vacuna. La pregunta que asoma es la siguiente: ¿empezamos a ser conscientes del tamaño y naturaleza de la enfermedad que ataca a la humanidad desde milenios? La civilización actual, clasista, patriarcal, colonial, capitalista, racista y esclavista, es la concreción de esa enfermedad. Estamos enfermos desde los lejanos días que abandonamos la ancestral Comunidad. La aparición de las clases y castas sociales y del Patriarcado, dividieron a la sociedad humana. Pervirtieron las relaciones. Cultivaron egoísmos patológicos. Las dominaciones se impusieron sobre las relaciones de colaboración y reciprocidad, simultáneamente se multiplicaron imágenes utópicas: la esperanza nunca abandonó a los oprimidos.

La dominación es una realidad total y es una cultura, concepto este que definimos con palabras de Harris(2013: 17):”es el modo socialmente aprendido de vida que se encuentra en las sociedades humanas y que abarca todos los aspectos de la vida social, incluidos el pensamiento y el comportamiento”. Con nuestras palabras: cultura es lo que la sociedad hace de nosotros. Nada de lo que nos sucede y lo que somos es natural.

Cuando un sistema (ese increíble complejo de condiciones, relaciones, interacciones etc.) domina de manera abrumadora, hasta penetrar en los más recónditos entresijos de la vida, al decir de Eagleton (2011: 107), ya “no parece ser un sistema”, sino una forma de vida que semeja ser propia de la naturaleza humana, que no es única y definitiva. Por eso advierte Harris,(2013:116):“en el momento de nacer cada bebe sano, independientemente de su raza o etnicidad, tiene la capacidad de adquirir las tradiciones, prácticas, valores y lenguas de cualquiera de los aproximadamente cinco mil culturas diferentes de nuestro planeta” 

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La DOMINACIÓN nos mira desafiante. Desde remotas edades y diferentes latitudes, sociedades estructuralmente diversas padecieron versiones de un mismo mal: pueblos sujetos a una ominosa explotación fueron condenados a un lóbrego perdurar. Milenios de dominación se encarnizaron con enteras y múltiples generaciones humanas que desconocieron algo diferente que la sujeción al capricho de poderes despóticos. Multitudes fueron descendidas a objetos deleznables; reducidas a un estatuto de animales de labor, exigidas a la ciega sumisión: cuando irrumpieron en protestas, rebeldías o insurrecciones, recibieron como respuesta las más inclementes crueldades: los días de hoy lo reiteran.

Al estudiar los avatares de un pueblo, sus reacciones, tolerancias y rebeldías, también sus errores garrafales, no parece inteligente olvidar el peso de esa historia, el peso de los recursos que utilizaron las clases o grupos dominantes para domesticar a los dominados y transformar sus cerebros en pasivos e inconscientes receptores de las palabras, los significados, los relatos, las adulteraciones semánticas que componen la cultura de la dominación: trabajo cotidiano, silencioso y por lo tanto engañador como si fuera un proceso natural, operando hoy en las mentes como mucho más que desflecado residuo de diversos tiempos anteriores, fundamento de la gigantesca operación de engaño y confusión que viene ejecutando el sistema. 

Dentro del escasamente consolador imaginario que el sistema instala en el dominado y pretende que este asuma, hay distinciones - diferenciaciones que se materializan en las prácticas relacionales. La especie que con excesivo optimismo fue llamada de sapiens, estaría integrada por un “club” minoritario de miembros dotados para mandar la multitud ignara que bordea lo sub humano, cuyas ilusiones de una existencia menos azarosa revelarían su definitiva mediocridad. Los desavisados de este mundo (una de las más selectas y vastas producciones del sistema de dominación) deberán persuadirse que las maldades que los victiman son propias de su menguada humanidad, de la impotencia que los habita y los condena a una índole incapaz de cruzar airosamente por los espinosos matorrales de la vida. Los pobres serán irremediablemente pobres: para eso han nacido. La pobreza sería una suerte de condición biológica o el designio de un Poder inescrutable: acaso el castigo de una inferioridad. De ahí se sigue que para la dominación, los cuadros sociales deberían estar imbuidos de una definitiva rigidez: contrariar ese estado de cosas (o ley natural) sería tan imposible como disolver de un plumazo el sistema de castas que impera en la India, soñado y ambicionado modelo que en estas latitudes quedaría sintetizado en las siguientes palabras: quien nace pobre (o intocable en el país asiático), debe morir pobre y la prole heredar la pobreza. 

La dominación ve en las masas un rebaño de sombras tristes, que debieran permanecer en el silencio de la resignación a la vida abyecta, porque no merecerían otra. El silencio de las bocas populares, la aceptación fatalista de su destino evitaría gastar pólvora en represiones, que acabaron siendo recursos constitutivos de la dominación. En habiendo reclamos populares, entre pacíficos y airados, que osen demandar lo que no les corresponde, la respuesta es una sola: violencia contra los temerarios. El Poder dominador argumenta a palos a los dominados, particularmente a los más castigados, que siendo ellos la resultante deplorable de una ley que reduce y limita su humanidad, están constreñidos a la obediencia, a un vacío en que no caben las insolencias, como meter la nariz en los asuntos que huyen de su entendimiento, cuya administración cabe a los que han sido dotados de una plena y completa humanidad. 

Dominar pide una inocultable violencia sobre los cuerpos, corroborada por una sinuosa y taimada coerción sobre las mentes: el llamado Poder Simbólico. Exteriormente no denunciador de su función, cultivador del rostro amable que disimula su verdad, juega un papel esencial en la modelación del sujeto dominado, en su manera de sentir el mundo, de pensarlo y entenderlo. Introducido por machacante e hipnótica reiteración, el aludido Poder no provoca dolores corporales: cumple su misión en el silencio que subyace al ruido distractor. 

Sabiéndose vigilado, reglado y policiado por un notorio sistema de normas, costumbres y convenciones, puede que el dominado llegue a intuir que su intimidad ya no es enteramente suya, que lo posee un algo extraño que no atina a explicitar con palabras. Abrumado por la incertidumbre, por los estallidos de un mundo que no entiende pero lo aturde, la maltrecha reflexión para la que fue entrenado, no le alcanza para arribar a una claridad de conciencia que le advierta de una verdad anonadante: ha sido modelado para ser cómplice de aquello que desvirtúa su humanidad, haciendo de él un secuaz inconsciente de la dominación.

Altísimo precio pagó el cerebro, forzado, durante milenios, a vivir en el suelo estéril de la miseria. Catequizado por la dominación, le fueron imbuidas ideas, formas de clasificar, de percibir el mundo y de juzgarlo, de verlo con la resignación de lo inmodificable, de lo inherentemente injusto. Los dominados debieron escuchar, una y mil veces, que las ruindades, bajezas e indiferentes crueldades que tapizan los senderos de la vida, son el producto de sus fallas e imperfecciones de origen; en tanto anómala criatura, debía saber que él es como un desecho fallado del auténtico homo sapiens, llamado este a dirigir la sociedad y tutelar las conductas de quienes librados a sí mismos cometerían horrores. 

La dominación como sistema global de saberes sociales devino un gigantesco y muy singular universo epistemológico negativo, un conocimiento al revés porque empeñado en la no verdad durante las 24 horas de cada día humano, predicando infundios sobre la vida en sociedad. El cultivo de la neblina mental es un recurso, entre otros, de la dominación: los dominadores no escaparon a la misma.

A la violencia física, el poder dominante necesita adicionar un condimento indispensable: la violencia del engaño y la mentira, la falsificación y el ocultamiento, a comenzar por ocultar el de su propia entraña. El saber que imparte tiene una tarea primaria: confundir la reflexión de quienes pretenden ejercerla más allá de lo permisible. En la dominación, las formas de obrar y comunicarse están mediatizadas por el fundamental condicionante que es el obrar verbal, valiéndose de la singular semántica propia de un vocabulario que viola y malversa significados, abusa de frases hechas y estereotipos verbales y conceptuales que se han instalado en el sujeto para manifestarse no como razones, sino como aplastante maquinalidad. La dominación, para ser más explícitos, es una forma de pensar ilusoria y un núcleo de aspiraciones y deseos; es un manejo selectivo de las emociones personales y colectivas: un entero estilo de vida signado por la irracionalidad, las supersticiones, la desigualdad y la explotación. Las visiones que propone disuaden, de hecho, de la crítica audaz, de la voluntad de meterse en lo profundo; para eso adultera, confunde, oculta, minimiza. El propósito es obtener de los dominados una aceptación o conformidad, siquiera mínima, o una cansada resignación, y si posible y ciertamente lo más deseable: una definitiva desesperanza. En ominosa vigencia, hoy funciona el gigantesco aparato catequizador, potenciado con la más avanzada tecnología del engaño y la mentira, cuyos estragos son cuantiosos en las masas subalternas, bajas y medias. 

Al sistema le son de extrema relevancia las percepciones, el modo de percibir el mundo, necesariamente filtrado y coloreado por su cultura y por los significados que esta impone. El modo de acceder a lo real y de entenderlo es capital en la cultura de la dominación; lo son las reacciones que provoca. Su objetivo es el control absoluto (que no necesariamente logra) de inmensas mayorías que trata de modelar para una vida inerte, oscura y vegetativa, escoltadas por las gentes que optan por someterse con cabal consciencia de lo que hacen, algunos por vocación sádica que busca compensar frustraciones, satisfacer turbiedades mentales, ambiciones de romper el cerco y ganar un patológico e insignificante fragmento de Poder, a costa de hipotecar la dignidad y el alma. La sumisión seduce y enceguece a cerebros previamente quebrados por el sistema, convencidos por este a prosternarse y servirlo conscientemente a cambio de una soldada.

Aun viviéndola como propia de la naturaleza humana, la dominación suscita reacciones violentas, disidencias radicales, transgresiones irreconciliables con su presunto e inmodificable origen. Siempre hubo una vanguardia que enfrentó los desafueros y desenfrenos del Poder; siempre los hay que no aceptan el sistema y conocen su entraña. Los más débiles y timoratos, los que se entregan bajo la presión alienante, se refugian con frecuencia en el consuelo de un resarcimiento en un más allá de la para ellos miserable vida, o en un conformismo fatalista, La dominación produce un arco de respuestas: a las “de rendición” y entrega, a las de conformidad y concesiones se oponen las de insubordinación-rechazo-radical inconformismo activo.

Sistema global, la dominación supone una específica configuración de las relaciones interpersonales, que no deja indemne ningún aspecto de la conducta y el pensar; su éxito reside en la peculiar estructura humana que crea, moldeada para servir una sociedad que no concede al sujeto una real libertad de elección. La dominación precisa disponer de cuerpos para todas las tareas que su poder exige; para eso confunde hábilmente el interés de clase con el interés de la entera sociedad. Las guerras, absolutamente ajenas a los intereses populares, son el mejor ejemplo, lo son la multitud que para sobrevivir debe trabajar y aguantar agravios. El solo obrar cotidiano es someterse a las laceraciones que el sistema infiere. Pero este está sujeto a los avatares que ejercen los pueblos del mundo, que lejos de ser una masa inerte, con su accionar colectivo producen dinámicas que el sistema teme, que lo estremecen y trata de ahogar. Para persistir en su índole fundamental, y mantener su vigencia, al sistema le es indispensable sostener una organización social en que humanos y el planeta comparten las mismas ofensas. Toda infracción a esta suerte de ley es castigada. El sistema está construido con seres humanos, y como es notorio, estos no son de piedra. Ni son almas muertas (como las que coleccionaba el personaje de Gogol), aunque sin duda ya las hay por enteramente quebradas. 

En el lenguaje de la dominación

(") Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.