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lunes, 8 de enero de 2018

EL HOMBRE LIBRE Y LAS GRANDES ALAMEDAS, Por José Pablo Feinmann

Cuando Farrell le dice a Perón mándelos a sus casas pidiéndole, con tal frase, la desmovilización de la jornada popular del 17 de octubre, está pidiendo lo que toda derecha quiere: el pueblo debe estar en su casa, toda movilización es peligrosa, pues nadie puede prever su resultado. Perón habrá de encontrar la formulación perfecta de ese deseo. Siempre, aun en los días aciagos de su caída, les dirá a sus seguidores que permanezcan en sus casas: de casa al trabajo y del trabajo a casa.

Los días fueron aciagos porque el que caía, en 1955, era un gobierno popular. Y los obreros lo sabían: todo lo que viniera sería peor. Incluso intelectuales de izquierda como Milcíades Peña, acérrimo crítico del peronismo, fueron a la CGT a pedir armas. Pero el líder se había ido. Salvador Allende fue la imagen diferenciada. Se quedó a pelear y hasta dijo que surgirían las grandes alamedas por las que pase el hombre libre.

¿Volverán a crecer las grandes alamedas? ¿Volverán a verse los hombres libres que pasen bajo las hojas de la libertad? Nada es para siempre. A veces parece que se cerraran los espacios y horizontes de la esperanza. El grupo siempre está en crecimiento. Y aunque se atraviese una etapa en que todo se obstina en estar mal, siempre hay que sostener la mirada crítica, esa que ve el desajuste en que se nos quiere hacer vivir. El desajuste es lo que se produce entre las políticas del poder y los intereses de las clases no poseedoras. El neoliberalismo vive en el desajuste que constantemente reproduce. Porque hace política para lo macro. Si cierran los números en exterioridad, todo está bien. No le importa lo micro. Incluso lo despoja para sostener los números de la balanza de pagos. De aquí que se le quite dinero hasta los más débiles, los jubilados, los niños.

Así, el desajuste con cualquier posibilidad de apoyo popular y las políticas de estado se presenta una y otra vez. Crece la deuda externa y no hay sensibilidad interna. Todo esto se defiende desde las armas. Un neoliberalismo que se precie de tal requiere un fuerte aparato represivo. O se busca el consenso o se lo impone por la fuerza. El miedo a asistir a manifestaciones de rechazo crece cada vez más. Es más seguro manifestar desde la derecha protegida por el poder que desde la izquierda, eterna sospechosa y víctima de todo ultraje. Durante la dictadura de Videla se pudo ganar las calles para festejar el Mundial. La policía militarizada instaba a los grupos que se formaron para festejar. Vamos, es el triunfo de todos, hoy salgan a la calle, sean bulliciosos, nosotros estamos para cuidarlos y acompañarlos. Hoy se puede, porque el fútbol es nuestro aliado y juega a favor de nosotros. Al goleador de la selección nacional de 1978 le decían el matador. Una notable simetría entre el poderío militar y sus gladiadores. El pueblo puede salir a la calle cuando está permitido. Y durante esos días de festejo multitudinario y custodiado, la alegría era obligatoria.

El fútbol y los celulares cumplen hoy una estrategia de poder mundial. La globalización del poder. No hay sonoridad en la palabra del otro porque no hay sonido. Y aunque lo haya la comunicación está devaluada porque no tiene expresiones ni cercanías. Se trata del aplanamiento del todo. Lo uno suplanta a la diversidad. Todos nos hablamos con todos. Todos escuchamos lo mismo o vemos el mismo partido, ya que todos se parecen. 

De casa al trabajo y del trabajo a casa. Es el mismo trayecto. Ya que tanto en casa como en el trabajo escucho y veo lo mismo. Un proyecto sólido, algo que nos acerque a la posibilidad de ese hombre libre y sus alamedas es construir espacios de libertad. Un espacio de libertad es uno en el que se hable de lo que no se habla. Por el momento habrá que reunirse y verse las caras, escucharse y plantear la agenda que pueda alejarse del discurso agobiante del poder unificador.

La cacerola tiene un aspecto sospechoso: le sirvió a la clase media y alta en Chile para derrocar a Allende. Durante los días del 2001 en Buenos Aires la clase media y sectores populares la usaron contra De la Rúa. Durante el kirchnerismo y el problema del campo sirvió los intereses del campo: el kirchnerismo no usó la cacerola. En Venezuela fue utilizada contra Chávez. Ahora se usa contra Macri. La cacerola, en sí, perdió identidad al tener tantas. Más importante que su uso es saber para qué causa sirve. La cacerola, al no tenerla, mal puede dar identidad. La identidad es más ardua que eso. Saber quiénes somos y a qué nos oponemos y por qué son los pilares fundantes de toda posible identidad. Y eso se conquista desde el individuo al grupo y el espacio de libertad. Cuando se consigue esta lúcida y crítica trinidad (individuo, grupo, espacio) puede hablarse de una verdadera hegemonía. Las grandes alamedas pueden ser pequeñas, pero deberán siempre cobijar al hombre libre. Por ahora, entonces, construir las alamedas es la consigna.

lunes, 17 de abril de 2017

DOS ARTÍCULOS: "POLÍTICA Y VIOLENCIA, Por Horacio González, y "PALOS Y PIZARRONES", Por José Pablo Feinmann


Horacio González

La represión no es una esencia de la política, por el contrario, podríamos decir que donde hay política –política con su carga de verdad– nunca hay violencia. Proposición clásica que el gobierno de Macri desconoce o no tendría por qué conocer. Pero da la casualidad que una de sus aliadas, la doctora Carrió, es presidente de un Instituto llamado Hannah Arendt, pensadora que si se destaca por una posición específica al respecto es precisamente por esta drástica distinción entre política y violencia. O una o la otra. Pero no será la única enunciación que los nuevos autoritarios desconocen, en camino hacia un despotismo irresponsable. ¿Hasta dónde alcanzan las pseudo leyes que inventan para su público más desprevenido o silvestre, mostrando que la represión está amparada por reglamentos, leyes, memorándums, ritos, ceremonias? Ya el protocolo represivo –su mera mención– es una punta del pañuelo que asoma por el bolsillo superior del saco antidemocrático.

El macrismo ya contenía la amenaza coactiva en el pliegue más interno de sus actuaciones. Amenazadores eran sus discursos de campaña, amenazadores son sus políticas económicas, sus viajes al exterior, su charlas difusas y vacías para llamar a la paciencia o la esperanza. ¿Puede ser violento un llamado de esa índole? Lo es, pues sin que sea obligatorio que en una promesa haya violencia interna –otra vez Hannah Arendt, la promesa es una categoría de un contrato cívico sin resabios brutales–, el macrismo es la fusión revelada de la promesa sostenida por un hilo recóndito de violencia. El macrismo se caracteriza por el carácter violento potencial que tienen todas sus acciones. En la Plaza del Congreso, ante los docentes sindicalizados, salió a luz. A cara tapada –cascos policiales, funcionarios invisibles–, esas órdenes sigilosas salían del cenáculo de Balcarce 50, clavando sus cincuenta caninos en la yugular de la sociedad. Del otro lado, caras descubiertas, símbolos de la conducción democrática del conflicto social. ¿Quién no conoce el rostro público, valiente y argumentativo de los dirigentes educativos argentinos?

Y del otro lado, las caras aviesas, bajo sombras de virulencia contenida… ¿no se lo ve en las ironías coléricas de un rostro tenso, crispado y contagioso, el de Macri, a punto de derrumbar los mohínes aniñados de una gobernadora que en una imperceptible guiñada deja leer en sus labios tres sílabas rápidas, re-pre-sión, como escritas en una pizarra escolar para instrucción de su gendarmería? El macrismo hizo su juego permanente con una violencia latentemente implícita, que comienza en el timbre inocente y calculado y termina en el gas pimienta con dosis también recetadas, protocolizadas. Protocolo represivo, eso es, frase que contiene cierto hálito contradictorio. ¿Pues puede quedar bajo un reglamento específico la represión?

Todo puede tener un protocolo, una reglamentación, desde comprar uvas en el supermercado hasta la guerra misma, aunque resulte absurdo e incumplible. Pero la ambición reglamentarista de lo que de por si entraña la furia de los andamiajes del Estado –represivos, bélicos–, no es garantía de racionalización o sensatez. ¿Es posible pensar una razón en la furia desatada, una forma de justicia en la “racionalización” entendida como latigazos a cuenta?

¡No presentaron el pedido de permiso! No es verdad, pero para ellos el único documento firmable es de la rendición del movimiento social. El protocolo no es garantía de cordura y prudencia. La humanidad y nuestro país tienen el recuerdo grave, testimonial, de que las máximas ferocidades, los soportes más duros de la represión siempre tuvieron protocolos, reglas, escrituras. Públicas o secretas. Por lo tanto, la represión a los docentes entraña un momento de peligro, como si un oscuro destino, señalado por la frase maldita –un plan económico restrictivo basado en la flexibilidad laboral y en un escarmiento salarial, “cierra con represión”–, fuese cumplido por el macrismo, con su máscara fatídica en el lugar de su cara angelical de timbreadores suburbanos.

Se recubrieron de bocetos ideológicos basados en actitudes que llamaron sinceramiento o normalización, y se suponía que esos pilares conceptuales tan deficientes se sostenían con su crítica al excedente social sostenido por el Estado. Esta es una gran discusión. Ese excedente supone una forma del gasto social, de la inversión pública, del crecimiento por demanda. Una plusvalía social y pública positiva. El macrismo la hizo chocar con la plusvalía privada como punto de vista para pagar la deuda, entregarse sin discusión a los poderes mundiales, regodearse con los elogios del Fondo Monetario, y llevar la mano a las pistolas Taser cada vez que escuchan la palabra “paritaria docente”.

Hace meses que están pensando en las hipótesis represivas preparadas en programas televisivos, radiales, artículos de diarios. Escuchan a los augures que llaman a la mano dura, que total, si los pensamientos son duros, porque no lo van a ser en la calle, en los viaductos, en los pajonales. El diario La Nación, para dar un ejemplo fácil, muestra una forma efectiva en que reprime la policía alemana. Coreografía prusiana, la envidia del macrismo. Recorren la búsqueda del camino de las especias, desde la pimienta, al “me importa un comino de la democracia”. Todas materias de iniciación de las dictaduras. Cuidado.

Es lo que ha sentido como dura lección el sindicalismo docente, que han dado una extraordinaria clase pública de democracia viva contra la reprimenda mecanizada. Cuando Macri llamó a resolver este cuadro deprimente en las elecciones de octubre, quería reafirmar su concepción de gobierno restrictivo, con la magia del voto electrónico en una mano y el gas lacrimógeno en otra. Hasta el momento pedían que el movimiento social firme documentos de no movilización, de no acción callejera, a cambio de cascajos o mendrugos salariales, que tienen el tufo provocador de la extorsión y el miedo.

Por cierto, las fuerzas populares frentistas se encontrarán en octubre con esta derecha gaseosa con hálitos tumefactos de castigo social. Pero no se retirarán de las luchas y movilizaciones, evitando ellas con sus movimientos sabios pero enérgicos, resistentes porque a la vez democráticos, la encerrona en la que quiere atenazarnos el gobierno. Represión en el silencio disciplinario o represión a la vista, nuevo guión de los escenógrafos macristas. Lo que vimos en Congreso hizo salir a luz la violencia encriptada que estaba a la espera en el secreto corazón del macrismo, bajo la lluvia, en el solar histórico de la carpa blanca, encegueciendo los ojos con un pacífico condimento culinario.

Pero ellos no; no quieren pacífica a la pimienta, no quieren domesticar los gases, los expelen con el desagradable hedor de quienes no sabían siquiera cuál era el maloliente complemento de su política económica, social y educativa. Las imágenes que los muestran anónimos, con su rostro, ellos sí recubiertos de engañifas, son imágenes que despacifican, emponzoñan, extravían.
 
 
 
"Palos y Pizarrones", Por José Pablo Feinmann

José Pablo Feinmann


Comencemos por la frase de Clausewitz: la que propone la guerra como la continuación de la política por otros medios. Aquí guerra y política se identifican. Solo cambian los medios, la política es pacífica, excluye la violencia y privilegia el diálogo. La guerra es la guerra. Cuanta menor humanidad tenga un ejército mayor será su éxito. Todo sentimiento de humanidad es una confesión de flaqueza. Hannah Arendt (citada por Horacio González) propone una distinción entre política y guerra. No inventó nada pero lo dijo. Una cosa es la política y otra es la guerra. En Arendt se le resta a la política toda posible violencia. La política es diálogo y no guerra. Esto no es así. Según podemos ver durante estos días en este país, la violencia es parte de la política. Los maestros representan el diálogo, la educación. La policía expresa la dureza del poder. El poder se sabe antipopular. Pero no le importa. Para asustar trae armas al país. Están destinadas a los que protestan. ¿Hay una política de las armas? Toda política es a la vez violencia y diálogo. Una noticia que dice que un gobierno ha comprado muchas armas de sofisticada efectividad es un disparo. Se dispara contra el corazón temeroso de los que proponen el diálogo aun cuando protestan. La protesta es diálogo. Protestan los que piden ser escuchados. Protestan porque el poder aparece sordo, cerrado sobre sí mismo o muy seguro en su soberbia. La protesta es la petición del diálogo. Pero el poder no responde, importa armas. Esa es su respuesta.

Desde Menem no se castigaba a un maestro. Fue una de las cosas que Menem no hizo, hizo muchas pero esa no. Menem vio la carpa docente con sorpresa, no supo qué hacer, no hizo nada, no reprimió. Solo bastará con mirar la foto de un policía especializado en reprimir motines. Parece un cyborg dispuesto a lanzar su furia, sus peores rayos. Quino decía que el bastón de un represor de motines sirve para abollar ideologías. ¿Hay una ideología detrás del paro docente? Sí, la ideología de comer para enseñar. La de defender el derecho a la enseñanza. Que sea reconocido y remunerado positivamente.

La inteligencia es siempre peligrosa. En este mundo que propone zombis se desea que nadie piense. El palo del policía no piensa, pega, pero sabe donde pega. Le han dicho donde pegar. Se ha decidido que pegue porque se ha decidido que la política es guerra. Si uno decide no dialogar tiene que reprimir.

¿Qué es el Estado? El Estado es la represión de los instintos naturales de los hombres. Si se vive en estado de naturaleza, se vive en estado de guerra permanente. Los hombres deben reprimir los instintos y cederlos al Estado en su último acto de libertad. El Estado ordenará la sociedad y gobernará para todos. Nietzsche abominará de esta teoría hobbesiana y verá en ella la muerte del individuo libre que ama la vida y no quiere reprimirse ni ser reprimido. Lenin (no el que ganó las elecciones en Ecuador) proponía en “El Estado y la revolución”, al Estado en función de clase. Era la dictadura del proletariado. El Estado neoliberal se parece bastante a esto. Es una dictadura de clase. No es la del proletariado, si no la de las corporaciones. Los ricos nacen con poder y dedican su vida a conservarlo. Para conservarlo recurren al Estado represor. El Estado represor, la compra de armas y el castigo a los maestros son eslabones de una misma cadena. Los ricos se autorizan a sí mismos. No tienen que dar cuentas a nadie, no quieren y al que se las pida no le dará explicaciones, le dará palos. En este sentido la represión es inherente a la dictadura de clase. Esta similitud entre Lenin y el gobierno de Macri será sugerente. Eso esperamos. La dictadura del proletariado es la dictadura de los CEOs, la “Corpolitik”.

¿La política es violencia? Es sin duda la propuesta del diálogo pero no todos quieren dialogar. Donde muere el diálogo aparece el palo del policía. Este gobierno tiene una soberbia asombrosa. Actúa como si fueran representantes de lo divino. Se burlan de quienes los cuestionan, arrojan epítetos insultantes. Así, la política es transformada en represión. La represión es violencia, la política es violencia. Las fotos de los gendarmes agrediendo a los manifestantes y la noticia de la compra abusiva de armas son represión. Pero ¿solo la violencia es represión? También el goce lo es. Como bien lo dijo Foucault. El poder, esa bestia magnifica somete con el goce y el entretenimiento. Cautiva con las series televisivas, engaña con sus sonrisas livianas y mediáticas. A los palos les dice alegría. Como si fueran globos. Los palos no son globos. Duelen más. Por eso se los utiliza. Llegamos a un punto esencial, el dolor. El que se opone al Estado sufrirá. El dolor es el costo de la protesta. Si toda posible ética deberá partir de una lucha contra el sufrimiento, toda ética entonces deberá condenar la represión violenta. El poder castiga, busca el orden. El orden se consigue a costa del dolor de los desordenados. Los desordenados son los que protestan. Los ordenados castigarán. Lo que preocupa del actual gobierno argentino es hasta dónde se propone llegar. Tiene una coyuntura internacional favorable. Pero tiene un frente interno muy unido contra las políticas neoliberales. Esa es una herencia de derechos conquistados. Pero ¿les importa? ¿Tienen derechos los que se oponen al poder? Sí, los tienen.

Todo enceguecimiento ante la protesta postulará a la represión como única respuesta. La vanidad, el desdén clasista y las compras fabulosas de elementos represivos son las características del actual poder en la Argentina. Albert Camus decía: uno se propone liberar a los hombres y termina organizando una policía. ¿Qué policía organizará un poder que ni siquiera se propuso liberar a los hombres?
 
Fuente: https://www.pagina12.com.ar/32134-palos-y-pizarrones

sábado, 27 de febrero de 2016

El otro demoníaco, Por José Pablo Feinmann ( Fuente:Pagina 12 28/02/16)



Por José Pablo Feinmann

Las decenas y centenas de despidos fueron calificados como necesarios. El neoliberalismo siempre busca achicar el Estado. Uno puede argumentar: se comprende, el Estado, por ejemplo, de la Alemania de Bismarck y el kaiser Guillermo I, fue en sus inicios liberal pero de inmediato proteccionista. Porque el proteccionismo le sirvió para desarrollar la gran industria. El canciller de hierro –Bismarck– derrota a Francia en la guerra –precisamente llamada– “franco-prusiana” y logra, en 1871, la unidad de Alemania. En Francia estalla la Comuna de París. Y Alemania les devuelve a Thiers y Napoleón III todos los prisioneros que les ha tomado para que ahoguen esa revolución obrera, de la que Nietzsche (que esto no oblitere la necesaria lectura que se le debe al loco de Turín) y Marx dirán cosas muy diferenciadas. El primero, en carta al barón Carl von Gersdorff del 21/06/1871, dirá: “Sobresaliendo por encima de la lucha de las naciones, nos asustó la espantable cabeza de la hidra internacional” (Friedrich Nietzshe, Epistolario, Biblioteca Nueva, Madrid, 1999, p. 95). Marx, en La Guerra Civil en Francia, escribe: “Este ejército (el de Thiers) habría sido ridículamente ineficaz sin la incorporación de los prisioneros de guerra imperiales que Bismarck fue entregando de a plazos (...) para tener al gobierno de Versalles en abyecta dependencia con respecto a Prusia”. A plazos o no, Francia pudo aplastar a los revolucionarios de la Comuna por los prisioneros que Bismarck le devolvió para esa tarea esencial que lo involucraba a él mismo, pues lo nacional unía a la burguesía de los dos países enfrentados y lo internacional (la lucha del proletariado) les producía un escozor intolerable: la visión de un mal que amenazaba a las clases dominantes de todos los países. Así, anota Marx, se produce, ante la Comuna, un hecho sin precedentes: “El ejército vencedor y el vencido confraternizan en la matanza común del proletariado (...) La dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional: todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado” (Marx escribe este texto entre abril y mayo de 1871). La represión de Thiers, al frente de 45.000 soldados franceses y también alemanes, fue de tal brutalidad, de tal ensañamiento, como jamás la ciudad de París había presenciado. Se calculan treinta mil muertos, cuarenta y cinco mil detenidos que continuaron siendo masacrados en las mazmorras y decenas de miles condenados al destierro o a trabajos forzados. (Vos, Lopérfido, musa: son cifras de Eric Hobsbawm y otros historiadores serios. Además, estas cifras se consolidan con un valor simbólico. Expresan el sadismo de los matarifes. Decir que fueron más o menos, desmerece el valor de cada vida. Por ejemplo: si los nazis mataron cuatro en lugar de seis millones de judíos, ¿qué se busca demostrar? ¿Qué, al fin y al cabo, no eran tan malos?)

Aquí, en nuestro país, se presenta un problema. Si se achica el Estado, si se despide a la gente, se crea la desocupación. La desocupación lleva a la protesta social. Si se la criminaliza hay que reprimir. Y cuidado: la policía “tiene hambre”. Tiene bronca. Le han impedido actuar durante doce años y –para colmo– durante las manifestaciones se la injuriaba con insultos y escupitajos. Ahora quiere tener las manos libres para cobrarse esas (no tan) viejas deudas. Lo mismo sucede con el neoliberalismo en el resto del mundo. En Francia, muy especialmente. Ahora son los sumergidos, los inmigrantes indeseados los que salen a pedir comida, cobijo, un país. Ya no son los jóvenes rebeldes de la pequeña o la alta pequeña. Ya no son los que creaban magníficas consignas. Los que escribían: “Debajo de los adoquines está la playa”. Estos, los de hoy, no creen ser la poesía. Para ellos debajo de los adoquines están los adoquines. No quieren tomar el poder. Quieren afirmar su presencia en una sociedad que los niega. Francia es el espejo en que el occidente capitalista debe mirarse. Es su inevitable futuro. Los monstruosos, los negados, los escondidos salen a la luz. Sus modales no son buenos porque nadie les enseñó modales. Nadie les enseñó nada.
José Pablo Feinmann

¿Cómo se atreven? ¿Acaso es posible que salgan de sus madrigueras y escupan en el centro o en los arrabales de la ciudad destellante? Los bárbaros se han despertado y actúan como bárbaros. No saben hacerlo de otro modo, y cualquier otro modo, hoy, les parecería sospechoso. Los buenos modales son los de los imperios que los han explotado. Las buenas costumbres. Las buenas vestimentas. La cultura del hombre occidental. Africa y Oriente han vivido humillados por esa cultura. Hoy, en el actualísimo 2016, los matutinos publican en letras catástrofe: “Alarma en Europa por el caos en Francia”. Europa no sólo hace agua, tiene miedo. Los monstruos salieron de las catacumbas.

Caída la bipolaridad, el capitalismo se ha desbocado. Nada lo frena. Entregado a su codicia infinita (y a su infinita torpeza y a, insistamos, su no menos infinita falta de sensibilidad, de humanitas), el capitalismo nuevo milenio concentra la riqueza en manos cada vez más escasas y hunde en la miseria a la mayor parte del planeta. Esto lo saben todos. Lo que hoy ocurre en Francia no es fruto de las malas políticas de asimilación. La asimilación es imposible. Los hambreados, antes de morir, invaden la casa de los amos. Los amos no saben recibirlos, no saben qué hacer con ellos. Europa acabará por encerrarse como los ricos de la Argentina se encierran en sus countries, con custodios armados y armados ellos mismos.

El capitalismo crea exclusión y no puede sino crearla. Si no la creara no sería el capitalismo de mercado. El mundo de las corporaciones es de las corporaciones. Y las corporaciones se devoran todo. Devastan la tierra y abandonan a los hombres al hambre y la exclusión. Europa no puede asimilar porque el capitalismo nuevo milenio impide toda asimilación. Saquea la periferia. ¿Qué hace la periferia, qué hacen sus sobrevivientes? Emigran al Centro para sobrevivir. Aceptan cualquier cosa. La humillación. El racismo. Sólo se trata de subsistir. Hasta que un día (estos días) todo estalla. Se hartan. Dicen: no. Un no que no tiene ideología. No saben cómo superar lo que hay. No sueñan con un mundo mejor. Querrían vivir y trabajar en éste. Pero este mundo (el del capital, el del mercado) no da trabajo, impide vivir. Entonces sólo resta destruirlo. Salen como locos a quemar autos y destruir propiedades. Si un europeo con buenas intenciones saliera a hablar con ellos no lo escucharían. Si yo (que escribo estas líneas en las que intento abrir una hendija de comprensión) me apareciera entre ellos me escupirían. Soy, como todos nosotros, un blanquito de mierda, con trabajo, casa, derechos. La sociedad nos da un lugar. A ellos no. Para ellos, los márgenes. Todo incluido es un enemigo porque ocupa un lugar que podría ser de ellos.

“Alarma en Europa”, se lee. ¿Y no- sotros, y los argentinos de la culta Buenos Aires? Lo que hoy pasa en París sea acaso el espejo del peor de nuestros rostros futuros. Cuando los “zurdos” o los tontos progres como nosotros pedimos equidad social, democratización de la riqueza, distribución del ingreso, no sólo lo hacemos porque somos incurablemente idiotas y amigos de las buenas causas. Francia ha descubierto la cara del Otro demonizado. Siempre se niega lo Otro. Siempre se tapa la alteridad. El lenguaje del lacanismo tiene una expresión para esto. Cuando habla de “forclusión” quiere decir eso. La forclusión es la negación de la alteridad. No queremos ver lo Otro, lo negamos. De ahí, en los sujetos, estalla la psicosis. Bien, el capitalismo es psicótico. Niega lo Otro. Primero lo saqueó, lo explotó. Ahora lo niega. No sabe cómo asimilarlo. No sabe y no puede. Entonces lo demoniza.

La alarma que vive Europa debe hundir sus raíces entre nosotros. ¿Acaso no es Buenos Aires la París de América latina? ¿No fue ese título el que orgullosamente asumió esa oligarquía nuestra que, en lugar de un país, sólo construyó una ciudad? Una ciudad hermosa, como hermosa es París. ¿Cuántos excluidos esperan a las puertas de Buenos Aires? No son los piqueteros. Los piqueteros queman neumáticos y tienen una previsibilidad fatigosa. Son los que habitan el subsuelo de los piqueteros. Los que están en silencio, esperando o no. Los que se mueren de hambre. Los que miran las luces de la gran metrópoli desde las sombras de la alteridad, de la lejanía. No habrá Protocolo que los frene. ¿Cómo habrían de expresar en cinco minutos la interminable tragedia de sus vidas?

viernes, 12 de febrero de 2016

ESCLAVOS NEGROS, ESCLAVOS BLANCOS, Por José Pablo Feinmann (Fuente: Página12, 31/01/16)

 Por José Pablo Feinmann

No hay nada peor que una guerra civil. Los coterráneos son los seres que más se odian cuando se entremeten en un conflicto armado. Estados Unidos puede dar testimonio de la veracidad de tal afirmación. El Norte y el Sur llevaron a cabo, entre 1860 y 1865, una guerra feroz, sanguinaria. La excusa fue la esclavitud. El Norte quería abolirla. El Sur conservarla. El Norte quería obreros libres para sus industrias. El Sur, esclavos para sus plantaciones de algodón y tabaco. El Norte sabía, siguiendo el ejemplo de Inglaterra, que sólo el valor agregado que la industria añadía a los productos del suelo establecía un valor superior. El monocultivo sureño conducía al atraso. El industrialismo del Norte era el ariete que abría las puertas del progreso. Así, todo indicaba que el Sur quería esclavos para cosechar la tierra. Y el Norte obreros para sus industrias. Esto entusiasmaría a los socialistas europeos, todos partidarios del Norte. De esta forma, Marx y Engels envían cartas alentadoras a Lincoln. Si el Norte triunfa será un país autónomo, industrial. Si lo hace el Sur hundirá a la nueva nación surgente en el atraso, en la sumisión a Inglaterra, de donde continuará importando sus productos manufacturados a cambio de algodón y tabaco extraído por manos esclavas.

En Washington, los senadores del Sur atacan a los del Norte, todos abolicionistas, diciéndoles que el supuesto “obrero libre” de la industria norteña lleva una vida más desdichada que el esclavo del Sur. Con burla, con cruel ironía, les piden a los industrialistas del Norte que liberen antes a sus Esclavos Blancos y luego se ocupen de los esclavos negros del Sur. ¿Qué es un Esclavo Blanco? Ni más ni menos que el “obrero libre” que Marx describe en el primer tomo de El Capital. El que vende al capitalista lo único que tiene, su único valor de cambio: si fuerza de trabajo. Una vez en la fábrica, el valor de cambio del obrero se transforma en valor de uso en beneficio del patrón. Ahí, si el obrero produce por valor de 100, el patrón le paga 30. La diferencia entre 30 y 70 es la plusvalía y se la queda el patrón. Ese es el esclavo blanco. La expresión de su esclavitud es el salario. El salario sólo reconoce el 30% de lo que produce la fuerza de trabajo. El resto, el 70%, no. En ese 70% el obrero del Norte o el inglés de Manchester y Liverpool son iguales al esclavo del Sur. Su trabajo, lo que ese trabajo produce como valor, no es recompensado. Sin embargo, siguen argumentando los senadores sureños, el obrero del Norte, cuando es despedido, queda abandonado a su suerte, siempre amarga, solitaria. Se lo deja morir de frío o de hambre. Al no tener salario no puede comprar ni lo que antes compraba: ropas, un techo (por exiguo que fuere) y alimentos. Porque los seres humanos, con empleo o sin él, necesitan comer. Al llegar a viejos, los espera el desamparo absoluto. ¿Cómo podrían alimentarse o alimentar a su familia si no pueden trabajar, si han perdido lo único que podían ofrecer: su fuerza de trabajo? Notemos que, con gran habilidad, son aquí los sureños los que se presentan como almas buenas, sensibles ante el dolor de los otros. Nosotros, seguirán, no tratamos así a nuestros negros. Ellos, que sí, que son nuestros esclavos, viven mejor que los esclavos de ustedes. Cuando se enferman, se los atiende. Cuidamos que nunca pasen hambre o frío. Siempre se los alimenta (y bien: queremos que sean fuertes). Y cuando llegan a la ancianidad los cuidamos como si fueran semejantes a nosotros, cosa que no son. Pero no los dejamos morir en la indigencia, solos. El fruto literario de esta concepción de la esclavitud fue La Cabaña del Tío Tom (Uncle Tom’s Cabin) de Harriet Beecher Stowe, publicada antes de Guerra Civil, en 1851. Aunque el texto desborda sentimientos humanitarios hacia los esclavos, aunque hace de su protagonista, Uncle Tom, una especie de sabio patriarca, y hasta de profeta tramado por una honda fe y una religiosidad profundas, ha permanecido como sinónimo del “esclavo bueno”, del esclavo fiel al patrón. Podría establecerse un paralelo con el Martín Fierro de la Vuelta o el Don Segundo Sombra de Güiraldes. Ser un “negro Tío Tom” es ser un traidor a la lucha de los negros por su liberación definitiva. Más aún después de los Panteras Negras, de Malcolm X o de Muhammad Alí. Se cuentan dos anécdotas sobre Lincoln y la autora de La Cabaña del Tío Tom, Beecher Stowe. En una, Lincoln, al conocerla, le dice: “Así que usted es la pequeña señora que desató esta guerra”. En la otra, que beneficia, creo, algo más a Stowe, Lincoln le dice: “Así que usted es la pequeña señora que ganó esta guerra”. Colocado en su momento, dentro de sus creencias religiosas, el esfuerzo de Beecher Stowe no es desdeñable.

En este intento por indagar las complejidades del pensamiento político norteamericano nos acercamos a la pieza oratoria de la que habremos de partir: el discurso que pronunció Lincoln meses después de la batalla de Gettysburg. Pocos antes de morir, George Gersh- win, respondiendo a la pregunta sobre qué pensaba componer en el cercano futuro, dijo: “Quiero ponerle música al Discurso de Gettysburg”. Esta batalla, terriblemente sangrienta, fue el punto de no retorno de la guerra. El triunfo quedó en manos del Norte. Las tropas de la Unión estaban al mando de George A. Mead. Las del Sur, al mando del General Robert E. Lee. Duró, la batalla, tres días: Desde el primer día del mes de julio de 1863 hasta el tercero. Las tropas de Lee, entre muertos y heridos, tuvieron 30.000 bajas. Las del Norte, 23.000. El discurso de Lincoln es del 19 de noviembre de ese mismo año, y concluye así: “Más bien es a nosotros a quienes toca dedicarnos a la gran tarea que tenemos por delante (...) resolver aquí, por encima de todo, que estos muertos no murieron en vano; que esta nación, bajo la mirada de Dios, tendrá un nuevo nacimiento de la libertad y que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparecerá de la tierra”. Lincoln fue asesinado el 15 de abril de 1865. En un teatro y por un actor, John Wilkes Booth. Que le disparó un tiro a quemarropa en la cabeza. Hay un chiste macabro sobre esto. Se sabe que Lincoln era un hombre reservado, envuelto siempre en sus pensamientos. Incluso el Discurso de Gettysburg no tiene más de 300 palabras, seguramente menos. Nadie sabía, nunca, qué pensaba. El chiste dice: “El único que entró en el cerebro de Lincoln fue Booth”.

Si bien el General Lee se rinde ante el General Ulysses S. Grant en Appomattox Court House, Virginia, el día 9 del mes de abril de 1865, el racismo sigue. El 24 de diciembre de ese mismo año aparece el Ku Klux Klan. La película inaugural del cine norteamerico, El Nacimiento de una Nación, empieza con la imagen de un negro llegando a Estados Unidos y una leyenda que dice: “Cuando llegó el primer negro empezó la división”. La otra película “clásica” sobre la Guerra Civil se narra desde la óptica sureña, Lo que el viento se llevó. Walt Disney, a comienzos de los 40, quiere homenajear al “viejo Sur” y lleva a cabo un film que se llama Canción del Sur - Los Cuentos del Tío Remus. El día del estreno, al actor que personifica al Tío Remus, que era, desde luego, negro, no lo dejan entrar al cine. A comienzos de los sesenta, un boxeador negro que se ha consagrado como campeón olímpico y le han dado, coherentemente, una enorme medalla, entra orgulloso en un bar, con su medalla en medio del pecho, se sienta y llama a la camarera: “Un café y un hot dog”, pide. “Aquí no servimos negros”, le dice la camarera. El boxeador dice: “Yo no le pedí un negro. No quiero comerme a un negro. Quiero solamente un café y un hot dog”. Era, en ese entonces aún, Cassius Clay. Después fue Muhammad Alí. Negro, fue siempre. Y estaba orgulloso de serlo.

sábado, 14 de noviembre de 2015

EL LEVIATÁN, POR JOSÉ PABLO FEINMANN (Fuente: Página12, 15/11/15)

José Pablo Feinmann


Es posible que las guerras civiles inglesas estén en los orígenes del Leviatán, determinándolo, dándole un contexto fuerte, insoslayable, pero no lo explican por completo. Arriesgo esta hipótesis: esas guerras (porque no hubo una sola guerra civil, sino, al menos tres, aunque ahora se prefiera nombrarlas juntas) se llevaron a término entre monárquicos y parlamentaristas. Como todas las guerras (y acaso sobre todo las civiles, bastará mencionar la norteamericana) reclamaron sangre y crueldad, por decir lo mínimo. Fueron malos tiempos. Fueron tiempos que expresaron esa maldición china que sugiere desearle tiempos interesantes a todo aquel que uno odie. A esos tiempos, sin embargo, a los interesantes, los vivimos todos, ya que la historia que hacen y sufren los sujetos humanos es siempre dolorosamente interesante. Recordemos esa frase de Borges sobre Pascal: Le tocaron, como a todos nosotros, malos tiempos en que vivir. Esos tiempos hirieron el espíritu de Thomas Hobbes, que vivió condicionado, atemorizado por ellos. Durante los feroces combates de sus coterráneos, no vivió en Inglaterra.

En 1642, Hobbes publica su primer gran intento de filosofía política. Lo titula De Cive (Del Ciudadano). Aquí anticipa (en el Prefacio del autor al lector) la teoría que subyace a todas las otras, que las posibilita. Primero: El estado de naturaleza. Segundo: La lucha de todos contra todos. En ese estado, en ese temible campo de batalla donde reinan el estruendo y el furor, previo a toda organización racional, se lleva a cabo la guerra de todos contra todos (Bellum omnium contra omnes) que exige que cada hombre sea para el otro lo único que puede llevarlo a sobrevivir, un lobo. Así, el hombre es el lobo el hombre (Homo, homini lupus). Y Hobbes resume algo que llamaremos su ardid esencial, su estratagema, su falacia fundante. Que es la siguiente: si uno quiere legitimar el surgimiento de un estado absolutista tiene que introducir el miedo en la conciencia libre de los hombres. El miedo es el arma predilecta del poder. Está en los orígenes del Estado burgués. Está en Hobbes, que asusta a quienes lo leen para que acepten la protección del Leviatán, el Estado. Dice en De Cive: “El estado de los hombres sin sociedad civil, estado que con propiedad podemos llamar estado de naturaleza, no es otra cosa que una guerra de todos contra todos; y en esa guerra todos los hombres tienen derecho a todas las cosas”. Es decir, el estado de naturaleza carece por definición del concepto de la propiedad privada. Sin respeto por la propiedad de los otros, sin la certeza que me lleva a respetar lo ajeno, lo que no es mío, no hay racionalidad social posible. La filosofía política del Estado burgués surge con la santificación conceptual de la propiedad privada. Contrariamente, “Rousseau (escriben Hardt y Negri) decía que la primera persona que quiso obtener una porción de la naturaleza que fuera de su exclusiva posesión y la transformó en la forma trascendente de la propiedad privada fue quien inventó el mal” (Imperio, cap. XIII). Hegel, que no era contractualista, dirá que la propiedad privada es la objetivación de la libertad individual. Para cualquier buen burgués del Occidente capitalista –el de nuestros días y el de siempre– esta definición es, sin más, la verdad. Es decir, si seguimos a Rousseau, el mal. Que (según el Cándido de Voltaire) se ha enseñoreado de la tierra.

Esta amenaza (que describe la horrible situación de vivir sin controles) le permite a Hobbes legalizar la propuesta de un solo ente todopoderoso que introduzca el control, el poder-orden-controlador entre los hombres. Foucault, desde luego, ha sido un aplicado lector del Leviatán. Todo análisis del poder debe partir de esa lectura. En el formidable capítulo XIII de su magnum opus, Hobbes parte del concepto de igualdad. No sirve, es pernicioso. Si los hombres son iguales en naturaleza y razón siempre van a colisionar entre ellos. Todo apunta a introducir la necesariedad de un ente superior. La igualdad, lo común, no trae la paz sino la disputa por la posesión. Escribe Hobbes: “De esta igualdad (...) surge una igualdad en la esperanza de conseguir nuestros fines. Y, por tanto, si dos hombres desean una misma cosa (...) se convierten en enemigos; y, para lograr su fin (...) se empeñan en destruirse y someterse mutuamente”. Y más adelante: “De todo ello queda de manifiesto que, mientras los hombres viven sin ser controlados por un poder común que los mantenga atemorizados a todos, están en esa condición llamada guerra, guerra de cada hombre contra cada hombre”. Sumidos en esta situación todos viven con miedo, ya que temen morir, en cualquier momento, de muerte violenta. Hay, por consiguiente, que instaurar un miedo que supere a todos y se imponga a todos como lo único a que hay que temer. Esto será mejor para todos y cada uno de los hombres. Y también será un acto piadoso, porque “la vida del hombre es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Nadie puede negarle a Hobbes su pesimismo profundo, metafísico. Ignoro si Woody Allen se lo propuso, ignoro si conoció el Leviatán (no le hace falta), pero en uno de sus films (Annie Hall), dice: “Para mí la vida se divide en dos partes: lo horrible y lo espantoso”. También hay un chiste elegante sobre un burgués siglo XIX que sale de un opulento restaurante y el maître le pregunta si le agradó la comida. El burgués opulento contesta: “Era mala, pero al menos era poca”. Como la vida para Hobbes: “es solitaria, pobre, desagradable, brutal”, pero, al menos, es corta.

En suma, según Hobbes la pasión de los hombres que más ayuda a instaurar un orden para todos es el miedo. El miedo a morir. El estado de naturaleza pone en riesgo la vida de todos porque es un estado de guerra incesante en el que todos creen tener los mismos derechos. Al creerlo, todos se creen libres. Ser libre es agradable pero riesgoso. Ser libre es estar expuesto a ser víctima de la libertad del otro. Este brillante juego conceptual entre ser libre o vivir seguro lleva a la postulación de eso que Hobbes llama el Leviatán. Es decir, el Estado, un ente en que todos depositan su libertad. Se la entregan al Estado para que éste –en tanto poder superior a todos los poderes individuales– garantice la seguridad del todo social. La seguridad tiene un costo: el costo es la libertad que permanece ahora bajo la omnipotencia del Estado. ¿Por qué Hobbes le adosa al Estado ese nombre? ¿Por qué lo llama Leviatán? Casi todos, o muchos, saben que el Leviatán es un monstruo bíblico, acaso una enorme serpiente del mar. Pero pocos (o son, al menos, pocos los que yo encontré a través de los años y las frecuentes recurrencias al indispensable texto de Hobbes) han recurrido a la fuente. ¿En qué tumultuoso pasaje de la Biblia aparece el Leviatán? En el brillante Libro de Job, uno de los Libros Sapienciales (libros sabios) del Antiguo Testamento. Se ignora quién escribió ese libro, pero me atreveré a decir que es el más profundo de todo el Antiguo Testamento y, en cuanto al Nuevo, habrá que decir que las palabras de Job, en sabiduría, están a la altura de las de Jesús. Job, al creer tan hondamente en Dios, en ese Dios terrible y vengativo del Antiguo Testamento, le ha entregado su libertad, pero vive seguro y disfruta de su familia y sus riquezas. A pedido de Satán (tal como ocurre en el Fausto de Goethe, el Fausto de la modernidad en que Satán se llama Mefistófeles), Dios pone a prueba a su siervo, su mejor siervo, Job. Le mata a su familia, a sus ganados, le arroja plagas pestilentes y Job, recuperando su libertad, le dice palabras terribles. Por fin, Dios, en su último y extremo esfuerzo por dominarlo, le habla del Leviatán, la bestia omnipotente, invencible, a la que sólo resta temer y someterse. Dios le dice: “Pescarás con anzuelo a Leviatán,/ sujetarás su lengua con cordeles? (...) Tu esperanza sería ilusoria,/ pues sólo su vista aterra/ No hay audaz capaz de provocarlo/ ¡Nadie bajo los cielos!/ ¡El terror reina en torno a sus dientes!/ Su estornudo provoca destellos/ sus ojos parpadean como el alba./ Antorchas brotan de sus fauces/ se escapan chispas de fuego;/ de sus narices sale una humareda/ su aliento enciende carbones,/ expulsa llamas por su boca/ ante él danza el espanto./ El hierro es para él como paja/ madera podrida el bronce./ Deja detrás estela luminosa,/ melena blanca diríase el abismo./ Nada se le iguala en la tierra,/ pues es creatura sin miedo./ Mira a la cara de los más altivos,/ es el rey de los hijos del orgullo”. Aunque Dios, en sus palabras poderosas, nombra al Leviatán como creatura (ser creado), es claro para Job y para nosotros que no se trata de un ens creatum, sino del mismísimo rey de la creación, Dios. El Estado hobbesiano es, entonces, Dios. Y lo primero que pide a los hombres para otorgarles la dicha de vivir seguros es su libertad. De esta forma, en este primer majestuoso diseño del Estado burgués capitalista, sólo habrá seguridad si los hombres, sometiéndose, entregan al Leviatán su condición de seres libres.

Bruce Ackerman, un brillante constitucionalista norteamericano, publicó un libro con un título explícito: Antes de que nos ataquen de nuevo. Es una obra maestra del miedo y la paranoia. Les dice a sus lectores: Si ustedes no quieren que nos ataquen de nuevo (si no quieren otro nine-eleven) necesitamos vigilarlos, si quieren vivir seguros el costo es la libertad, que nos la entreguen a nosotros, al Estado anti-terrorista. Al Leviatán del siglo XXI. De esta forma, y refiriéndonos a las malas, muy malas noticias de estos días, los ataques terroristas favorecen a los halcones de Occidente, y a los ciudadanos que entre su libertad y la furia monstruosa del Leviatán, o sea: entre estas dos posibilidades, eligen, por miedo, un miedo exacerbado por libros como el de Ackerman y por el poder mediático asociado al Complejo Militar Industrial, la segunda. Danzan, entonces, sometidos pero seguros, la danza del espanto bajo la mirada del Leviatán.

lunes, 9 de noviembre de 2015

MAX SCHMELING CONTRA JOE LOUIS, POR José Pablo Feinmann (Fuente Página12, 08/11/15)

Max Schmeling-Joe Louis


Hitler lo mira y en su cara brillan el entusiasmo triunfal y ese extravío temible, arrasador, que bien le conocen quienes suelen rodearlo, trabajar con él o rendirle honores. El hombre que está frente al Führer, un excepcional deportista, una buena persona, no ha cometido ninguno de esos excesos. Es un buen alemán, pero no un nacionalsocialista. Algo raro en esa Alemania de mediados de los 30 del siglo XX.

–Usted, Herr Schmeling –dice Hitler–, lleva sobre sus hombros el honor de la Alemania nacionalsocialista. Además, jamás habremos de permitir que un negro, que un representante del mercantilismo capitalista norteamericano, cometa la ofensa de derrotar a un ario puro. Nosotros somos el centro y el espíritu del verdadero Occidente. Nada debe frenarnos.

Schmeling, aunque se ve sereno, tiembla ligera, imperceptiblemente y un sudor frío se desliza por su espina dorsal.

–Mein Führer –dice–, soy apenas un boxeador. Un hombre que le pega a otro para demostrarle que es más fuerte, o más afortunado. O que se entrenó mejor.

–Usted no parece entender este asunto, Herr Schmeling –dice el doctor Goebbels, presente en la reunión–. Por esas cuestiones del azar, por esos avatares de la historia, usted, ahora, es Alemania.

–Puedo ser Alemania. Como el señor Louis puede ser Estados Unidos. Lo que no puedo ser es nacionalsocialista. Una cosa es el deporte. Otra, la política.

–Escuche, idiota –estalla el Führer–: ¡Vaya y gane! Y si no gana, mejor demore unos cuantos años en volver por aquí.

Durante estos días, la Fundación Raoul Wallenberg, a propósito de ese pogrom al que se bautizó como La noche de los cristales rotos, evocó la figura de Max Schmeling: Schmeling también fue un gran campeón por lo que hizo fuera del cuadrilátero. “Durante el pogrom nazi contra los judíos del 9 y 10 de noviembre de 1938, erróneamente rotulado con el cándido nombre de Noche de los Cristales, salvó las vidas de los niños Henry y Werner Lewin. Schmeling escondió a los muchachos en un lugar seguro en su suite del Hotel Excelsior de Berlín y, días más tarde, cuando la furia del pogrom había amainado, ayudó a los jóvenes a escaparse de Alemania rumbo a los Estados Unidos.”

Schmeling fue un hombre atrapado entre su arte para boxear y una entrega a una causa en la que no creía. En 1936, en el Yankee Stadium de New York, derrotó a Joe Louis, a quien llamaban el bombardero de Detroit, en el round duodécimo, luego de darle varios golpes impecables, poderosos. Nadie podía creerlo. Seguramente Louis fue mal entrenado y con una confianza tan excesiva que terminaría por ser la cifra perfecta de la irresponsabilidad. Hitler lanzó en seguida una campaña racista basada en la superioridad física del ario puro. Ese mono yanqui había recibido lo que merecía por parte del vikingo germano, de la imbatible bestia rubia nazi. El Führer tenía a mano un ilustre arsenal de conceptos racistas. Hegel, en sus Lecciones de Filosofía de la Historia Universal, decía de los negros: “El negro representa al hombre natural en toda su barbarie y violencia (...) en cuyo carácter nada se encuentra que suene a humano (...) Si pues en Africa el hombre no vale nada, se explica que la esclavitud sea la relación jurídica fundamental (...) Los negros son conducidos por lo europeos a América y allí vendidos como esclavos (...) La base de la esclavitud, en general, es que el hombre no tiene aún conciencia de su libertad, y por tanto queda rebajado al rango de una cosa, de un ser sin propio valor”. Y Joe Louis era negro. Y, para peor, era norteamericano. Y Norteamérica formaba con Rusia la tenaza que buscaba destruir la herencia helénica de Alemania, el centro de Occidente. Esto lo decía Heidegger en sus clases de Introducción a la metafísica. Y Nietzsche, desde el primer tratado de La genealogía de la moral, profetizaba eso que un buen alemán habría de ser, un superhombre, un Übermensch. Herr Schmeling, usted debe subir al ring para enfrentar a esa cosa negra, a esa amenaza mercantilista contra la espiritualidad de Alemania, y aniquilarla. Usted debe ser la bestia rubia nietzscheana, el ave de rapiña que no se compadece de sus víctimas, del tendal de muertos que deja a su paso, porque sólo quiere ejercitar sus fuerzas, no le interesa la inteligencia, la detesta. Vaya y cumpla con el destino del Reich, que es el del verdadero Occidente.

A Schmeling le preocupaba la politización de la pelea. No quería ser lo que le pedían. No odiaba a Louis, lo respetaba. Era un gran boxeador y que fuera negro en nada lo disminuía. No quería ser, él, una bestia rubia ni un ave de rapiña. Su pelo era negro, su estado de ánimo era sosegado, no belicoso. Quería boxear, quería ser campeón, vencer a Louis y luego, tal vez, retirarse a una granja, vivir tranquilo. Llegó a Estados Unidos para la revancha y lo recibieron mal. Le decían nazi, sucio, inmundo nazi, esclavo de Hitler, servidor de una causa abominable.

Entre tanto, Roosevelt se veía con Louis y –más sereno– le pedía lo mismo que Hitler a Schmeling: “Joe, en tus puños está la fuerza de América. Esto es una guerra. Somos el Bien, ellos el Mal. Si gana Schmeling se llevará mucho dinero de aquí. Con ese dinero los nazis harán bombas para arrojar sobre nuestra democracia”. La “pelea del siglo” (acaso hubo otras, pero ninguna la superó en carga política, bélica, histórica) se llevó a cabo el 22 de junio de 1938. Nadie –ni Hitler ni los norteamericanos– mencionaron que el manager de Schmeling era judío, y que el campeón alemán no había aceptado que se lo cambiaran.

Esta vez Louis se presentó cuidadosamente entrenado. Nada de drogas, alcohol y mujeres, cosas a las que Joe era adicto y que ayudarían a su caída final. Aquí, hoy, junio de 1938, estaba a punto, listo. En menos de dos minutos y medio, 124 segundos, liquidó al gran Max. El rincón del alemán tiró la toalla. Hitler no quiso ver a Schmeling. Lo mandó al frente, a lo peor de la batalla, a que lo mataran y se acabara esa cuestión. Schmeling no había sido la bestia rubia, ni el ave de rapiña, ni el superhombre. Todo lo contrario. Un mono africano, una cosa sin espíritu, un hijo de ese país rapiñoso, mercantilista y judío, lo había liquidado en seguida, en dos miserables minutos. Schmeling sobrevivió a la guerra y los norteamericanos lo fueron a buscar a un terreno que cultivaba. La Guerra Fría lo necesitaba. Era un héroe. Y había que elevar el espíritu de Alemania. Le dieron un gran puesto... en la Coca-Cola. A Louis, no, nada. Lo persiguieron con los impuestos, lo hundieron en la miseria. Volvió a pelear por la corona. Envejecido, cansado, poco pudo hacer contra el gran Rocky Marciano. Pero éste, mientras le pegaba, no podía frenar las lágrimas que le corrían desde unos ojos que no toleraban ver a su ídolo, a su maestro, perdiendo esa pelea, aunque fuese contra él, y tal vez sobre todo por esto. Cierta vez, Muhamad Alí perdió por puntos una pelea. Se sienta en su banquillo, cansado, cerca de los cuarenta años y su rival se le acerca. Se acuclilla y le dice en voz baja: “Maestro, usted es un grande. Retírese. No permita que jamás un vago como yo le gane una pelea”.

Max lo fue a buscar a Joe. Sabía que no andaba bien. Lo encontró en un bar de mala muerte, en algún lugar del sur, una tarde pegajosa y caliente. Joe bebía cerveza. Max pidió una para él.

–A vos te llevó doce rounds ganarme –le dijo Joe–. Yo te liquidé en dos minutos.

Max sonrió divertido. Le gustaba estar ahí. Con ese negro al que tanto quería y admiraba.

–Yo también te podría haber noqueado en el primer round. Pero te dejé durar porque quería pegarte. Quería que te llevaras muchos golpes a tu casa. Darte una buena paliza. Eso quería, Joe.

–Si eso querías, eso hiciste. Me diste una buena paliza, Max.

Joe lo acompaña hasta el tren. Max se va. Hacen unas fintas en el andén, como si fueran a enfrentarse. Se largan a reír. Ya no están para eso. Llega el tren. Max sube y le dice a Joe:

–Cuidate.

Joe Louis murió en 1981, a los sesenta y seis años. Defendió su título muchas veces. Tantas, como ningún otro pesado lo hizo. Max Schmeling, siempre que fue necesario, siguió ayudándolo. Y hasta pagó todos los gastos de su funeral. Era así, Max. Un buen tipo. Falleció un día de febrero de 2005. Tenía 99 años.

lunes, 19 de octubre de 2015

LA CONSTRUCCIÓN DEL ENEMIGO, POR JOSÉ PABLO FEINMANN (Fuente: Página12, 18/10/15)

JOSÉ PABLO FEINMANN



Nadie, ningún politólogo serio, negaría hoy que las dos bombas atómicas arrojadas por los norteamericanos en Japón fueron, no sólo para terminar la guerra, sino para evitar que los soviéticos se adueñaran del imperio de Hirohito. Y para exhibirles, como modo de amedrentamiento, el devastador poderío nuclear de los Estados Unidos. El miedo a la “ola roja”, a su expansión, a sus conquistas, funcionó una vez más. Había que tirar esas bombas: para liquidar a los japos, desde luego, pero –proyectando las cosas hacia el futuro– porque todos sabían que la nueva guerra ya había estallado. La nueva, la verdadera, la que enfrentaba a los auténticos adversarios: occidente y el oriente soviético.

Entonces, ¿qué clase de guerra había sido la llamada “segunda”? Muchos, todavía hoy, no saben responder esa pregunta. La nebulosa del enfrentamiento entre las democracias de Occidente y el totalitarismo nacional-socialista lo cubre todo, cree y dice ofrecer las respuestas, pero no, miente. Hitler fue, desde un principio, un aliado del occidente capitalista. Pese a su elocuencia, a su oratoria frenética contra la mediocridad burguesa, el Führer, y quienes lo rodeaban, eran enemigos de los bolcheviques. Una cosa eran los delirios de Hitler, sus extravagancias, sus ataques a los judíos, a los minusválidos, a los gitanos y a sus opositores, y otra era una verdad de peso genuino, que encajaba con la lógica de los tiempos: ese Führer tempestuoso era el único, en Alemania, decidido a luchar contra los soviéticos. Sólo él podría detener la amenaza de la ola roja. Las SA (SturmAbteilung) de Ernst Röhm se enfrentaban en las calles de Berlín con los grupos organizados de los sindicatos socialistas. Eso favorecía a Hitler y al Occidente “democrático”. Nadie decía nada. “Déjenlo al loco. Por ahora lo necesitamos. Cuando haga bien su trabajo, cuando lo complete, nos libraremos de él.” Esto se ve muy bien en una escena de la película Cabaret de Bob Fosse. Es la escena campestre. Un joven empieza a cantar una dulce canción, el sol brilla, los buenos alemanes toman cerveza y acompañan la canción del joven que viste una camisa parda. De a poco, casi imperceptiblemente, la canción se encrespa hasta transformarse en un himno de guerra que proclama: El mañana nos pertenece. Un aristócrata de la industria alemana, junto a un amigo que está de paso en Alemania, observa, sonriendo con aire despectivo, irónico pero aprobatorio, al joven y a todos los que lo han acompañado, elevando sus vasos de cerveza como lanzas de la vieja y gloriosa Alemania de los Nibelungos, del Sacrum Imperium, del Primer Reich. Su amigo pregunta: “¿Por qué no los frenan? ¿No son peligrosos?” “Sí”, contesta el aristócrata, “pero, por ahora, los necesitamos. Van a limpiar Alemania de bolcheviques y judíos. Después, nosotros tomaremos el control”. “¿Ustedes?” “Claro, nosotros: Alemania”. Alemania no tomó el control, Hitler se adueñó de Alemania. En otro film, un film majestuoso que dirigió Stanley Kramer y se estrenó en 1961, Juicio en Nuremberg, se juzga a los jueces nacionalsocialistas, a los que impartieron justicia durante en Tercer Reich. El fiscal los acusa de ser culpables de las crueldades, de los desenfrenos nazis. La defensa, a cargo de Hans Rolfe, un hombre brillante y apasionado, que viste una toga negra y tiene las convicciones de un pelotón entero de las SS, es impecable e implacable: “¿Qué hay del resto del mundo? ¿No conocía las intenciones del Tercer Reich? ¿No había oído las palabras de Hitler transmitidas a todo el mundo? ¿No había leído su intención en Mein Kampf, que se publicó en todo el planeta? ¿Dónde quedó la responsabilidad de la Unión Soviética, que en 1939 le ofreció a Hitler el pacto que le permitió hacer la guerra? ¿Dónde quedó la responsabilidad del Vaticano, que en 1933 firmó con Hitler el concordato que le dio su tremendo prestigio por primera vez? ¿Vamos a declarar culpable al Vaticano? ¿Dónde quedó la responsabilidad del líder mundial Winston Churchill, que en 1938, ¡en 1938!, dijo en una carta abierta al periódico Times: ‘Si Inglaterra sufriera un desastre internacional, le rogaría a Dios que nos enviara a un hombre con la inteligencia y la voluntad de Hitler’. ¿Vamos a declarar culpable a Winston Churchill? ¿Dónde quedó la responsabilidad de los industriales estadounidenses que, para ganar dinero, ayudaron a Hitler a reconstruir su armamento? ¿Vamos a declarar culpables a esos industriales? No, su Señoría. Alemania no es la única responsable. Todo el mundo es tan responsable por Hitler como Alemania”.

El defensor Hans Rolfe sabe lo que dice. El fiscal Lawson lo comprueba durante el juicio. Un superior lo convoca a una reunión privada y ahí, duramente, le dice: “Usted está loco. Deje de maltratar a estos jueces. Los necesitamos para la nueva guerra, la que se inicia ahora. No podemos pisotear el honor de los alemanes”. El fiscal argumenta: “Estos hombres mandaron a decenas de miles a los campos de concentración”. El superior insiste: “Eso ya pasó. Ahora hay que mirar hacia el futuro”. El fiscal Lawson, un liberal, un demócrata de esos que cada vez menos se encuentran en EE.UU., llega hasta la puerta y se detiene. Mira a su superior. Dice: “Le voy a hacer una pregunta divertida: ¿para qué fue la guerra?” Abre la puerta y sale.

¿Para qué fue la guerra? Tratemos de ser breves. O sea, resumiendo: el terror a la “ola roja” se fijó en Alemania, la derrotada del Tratado de Versalles, humillante, torpe. El colmo de la diplomacia de la venganza. La República de Weimar no supo crear poder, una alegre negación de la realidad le permitía jugar a la democracia, tomar cerveza, y cantar y bailar como Sally Bowles en el Kit Kat Club. (Ver mi novela La sombra de Heidegger. También La caída de los dioses en Siempre nos quedará París: el cine y la condición humana. Y, desde luego, el film de Bob Fosse Cabaret y el de Bergman El huevo de la serpiente.) La República de Weimar empezó a agrietarse. Los sindicatos bolcheviques, los activistas del socialismo, lucharon en las calles, en las fábricas y buscaron salir del desastre por medio del comunismo y el apoyo de la URSS. El mundo occidental entró en pánico. ¿Quién era el mejor, en esa Alemania derruida, para frenar eso? “Hay uno muy bueno. Adolf Hitler. Pero no es confiable. Creemos que está loco.” “Eso no importa. Mientras frene a los comunistas es nuestro hombre. Después nos ocuparemos de él.” Este fue el diálogo secreto que –no lo dudemos– se habrá sostenido en las principales alturas del poder político y bélico de Occidente. Entonces armaron al “loco”. Así crearon a su más feroz enemigo. El “loco” derrotó a los comunistas, ganó legalmente las elecciones (luego de haber matado a muchos de sus opositores y con las cárceles llenas de obreros, abogados, escritores, políticos disidentes) y se dispuso, sin más, a conquistar el mundo. El “loco” estaba loco y su locura fascinaba a Alemania. “¿Ha visto usted la belleza de sus manos?”, le pregunta Heidegger a Jaspers. Hitler pacta con Molotov y luego invade Polonia. Empieza la guerra. Esta guerra es visualizada, torpe o deliberadamente, como fruto de la locura del Führer y su entorno de fanáticos. Falso: la guerra tiene lugar porque Occidente armó a Hitler para que frenara a los comunistas. Que nadie se asombre si Henry Ford lo visitó. Si Charles Lindberg se declaró su entusiasta partidario y además antisemita. Si la Ford le vendió autos y aviones. Si la Inglaterra de Churchill le regaló o vendió a bajo precio aviones de la RAF (Royal Air Force), con los que luego Hitler llevaría a cabo sus bombardeos sobre Londres. ¡Qué paradoja siniestra! El León de Inglaterra, el gran Sir Winston, había entregado aviones al Monstruo que ahora destruia Londres, ciudad que él, también ahora, con gloriosa tenacidad defendía, defensa que le habría de permitir frases que la Historia recogería como ejemplo de coraje ante la adversidad (Sólo puedo prometerles sangre, sudor y lágrimas), una adversidad posibilitada por él mismo, por el héroe que ahora protegía a su pueblo de la furia de los aviones alemanes... y de los ingleses.

En suma, el guerrero anticomunista al que armaron, al que crearon para que impidiera que Alemania, el centro del mundo, el centro de Europa, la maltratada por las negociaciones posteriores a la “Primera Guerra Mundial”, cayera en manos de los comunistas, se les dio vuelta y les mostró la peor de sus caras: él derrotaría a los comunistas y también a los mercaderes norteamericanos, socios del pérfida Albión. Que nadie se asombre si ahora pasa lo mismo. A Osama bin Laden lo entrenó la CIA, a él y a los talibanes también la CIA los llenó sofisticadas armas, para que lucharan contra los comunistas. Luego, los norteamericanos preguntarían a los ex soviéticos “cómo se pelea contra los afganos”, sin obtener respuestas satisfactorias de militares que habían sido derrotados. Es la misma dialéctica boomerang de la que EE.UU. había sufrido las terribles consecuencias con Hitler. Arman hasta los dientes a un enemigo de su gran enemigo, y luego su aliado –que sigue armado hasta los dientes– se les vuelve en contra. Occidente creó a Hitler y luego creó a Osama bin Laden. Pareciera existir para crear, una y otra vez, sus peores pesadillas. Ahora, en esas tierras calientes, la CIA está más desorientada que nunca. Sus enemigos, como antes los vietnamitas, son evanescentes, acaso metafísicos, como decía Westmoreland de las guerrillas del Vietcong. Siempre que entro en este tema recuerdo el final de un gran film de John Milius: “El viento y el león” (The Wind and the Lion, 1975). En la orilla del mar, montados en sus hermosos caballos, dialogan el sheik (Sean Connery, acaso en su mejor papel) y su fiel seguidor, que le pregunta si aún están en peligro, pues los ha perseguido Teddy Roosevelt, nada menos. El sheik arroja una carcajada: “Nunca estuvimos ni estaremos en peligro. Ellos son el león, pero nosotros... somos el viento”.

lunes, 5 de octubre de 2015

METAFÍSICA DE LA CONQUISTA DEL DESIERTO, POR JOSÉ PABLO FEINMANN (Fuente: Página12, 04/10/15)

JOSÉ PABLO FEINMANN


Raro este título. Más raro todavía el nombre –supuestamente poético, pero, lo veremos con despojada minuciosidad, racista y sanguinario– que los ideólogos del Gral. Roca (Conquistador del Desierto, ¿se puede conquistar el desierto, surgirá alguna heroicidad de la apropiación de la nada?) le entregaron a la empresa del epónimo jefe que buscaba ahí, en el desierto, en la nada, la organización nacional y la presidencia de la República. A ese sangriento pero sencillo paseo por la pampa hasta la recóndita Tierra del Fuego, le llamaron conquista. Partiremos del título que los protagonistas de la hazaña eligieron para exaltarla: La Conquista del Desierto. Por un lado, tenemos a los conquistadores. Por el otro, a eso que los conquistadores se proponen conquistar: el desierto.

Conocemos el sistema de pensamiento de los conquistadores. Lo habían heredado de sus maestros. Cuando el mariscal Bugeaud le dijo a Sarmiento, en Argelia, que los métodos bárbaros son los mejores para vencer a la barbarie, le estaba dando una clase magistral de civilización burguesa. Así, tanto Sarmiento, en su guerra contra las montoneras federales desde la Gobernación de San Juan, como la Guerra del Paraguay y la fiebre amarilla con los negros y Roca con los indios, son irreprochables actos de guerra que el Progreso arroja sobre la barbarie, el atraso, lo Otro irrecuperable. Así, como señala Viñas, la Plaza de Olta con la cabeza de Chacho clavada en una pica, la tragedia final de Cerro-Corá y la misa de triunfo de los conquistadores de la Patagonia en Choele-Choel señalan los tres momentos de una tarea cumplida en nombre de la Civilización. Sobre esos tres puntos se edificó este país. Luego vendrán los inmigrantes.

Todos los territorios conquistados pasan a formar parte de la Historia y de la Civilización. Hemos visto sobradamente esto. No debemos asombrarnos porque haya ocurrido en nuestro país y con tanto ensañamiento. Digamos claramente: es lo que tenía que ocurrir. El colonialismo había hecho esa tarea en todas partes. No hubo un solo lugar que la Civilización eligiera para entrar con su “progreso histórico” que pudiera resistirse. En algunos casos –como el de Estados Unidos y Argentina– se trató de una guerra de colonialismo interno. En otros, en la mayoría, de colonialismo externo. En Estados Unidos la guerra fue terrible, cruel y anegada de cadáveres. Los comanches, los sioux, los dakotas, los apaches, los cheyennes, los pawnes estaban bien armados. Unos piratas de la guerra (igual que hoy) proveían de armas a los dos bandos, sobre todo a los indios. (Entre los nobles guerreros cobrizos de EE.UU. y los fundamentalistas del Estado Islámico actuales hay una gran diferencia. Los gloriosos guerreros sioux o los comanches peleaban a cielo abierto, cuerpo a cuerpo, contra hombres de uniformes formados en academias militares. Fue así como lograron uno de los más grandes triunfos de los pueblos que el colonialismo occidental buscó aniquilar y, finalmente, aniquiló.)

Las figuras del mariscal Bugeaud, del general Amstrong Custer y del Gral. Roca son las del general civilizador. Son los que hicieron la tarea. (Notable frase que Mariano Grondona aplicó a López Rega y al brigadier Lacabanne y que no hay que olvidar. Aclarando, porque es justo hacerlo, que los “militares civilizadores” citados, pese a su crueldad, tenían un espesor histórico superior al del mero matón López Rega.) Hay que tener claro lo siguiente: siempre estaremos del lado de las víctimas, de los que son despojados de sus territorios, de sus casas, de sus vidas. Pero la Historia no tiene corazón. Se hace por medio de la fuerza y ésta se acrecienta con la técnica. Siempre que se llega a la cuestión de la técnica hay que hablar de Heidegger. No aquí. El maestro de Friburgo trató bien esas cuestiones, pero, como agro-filósofo que era, le importaba más la devastación de la agricultura que las matanzas de los “pueblos sin historia”, de esos desdichados negros, cobrizos o hispánicos de América del Sur que pertenecían a la noción de “pueblos sin historia”. Seguimos: el colonialismo, por medio de su superioridad técnica (sobre todo: lo técnico expresado por el poderío bélico, a cuyo servicio y crecimiento estuvo), siempre ganó las batallas que se propuso ganar. Y entregó otros “regalos” que ayudaron a consolidar esas batallas. La evangelización, el progreso, la civilización, la ciudad, la vestimenta, el idioma, los poemas homéricos, las tragedias griegas, el remington, la artillería, el frac, todo esto era lo que el bourgeois conquérant entregaba a las chusmas. Estas, siempre en los márgenes, siempre resistiendo a la generosidad que el hombre blanco desplegaba obedeciendo a ese mandato que cantará Kipling y cuya ingrata devolución preverá, se empecinarán en ser “indios sin caballo”, “chusmas desgreñadas y perplejas”, “tolderías mugrientas”, “chinerío sumiso y degradado”.

Volvemos al nombre que Roca le ha dado a su campaña. La ha llamado: la Conquista del Desierto. La primera pregunta que surge es: ¿por qué se llama desierto a un territorio poblado? Si buscáramos alguna semejanza entre lo que Sarmiento llamó “campaña” y Roca “desierto”, no la encontraríamos. Para Sarmiento, la campaña era lo Otro, era la barbarie, pero estaba poblada, por bárbaros, sí, pero poblada, y esos bárbaros eran belicosos y debían ser aniquilados. Nunca se habló de la “conquista de la campaña”. La definición de Mitre, después de Pavón, fue “quiero hacer en La Rioja una guerra de policía”. Que no semeja una frase poética ni metafísica. En cambio “conquista del desierto” no se refiere a nada. Mitre quiere hacer una guerra de policía porque quiere luchar contra adversarios concretos poderosamente existentes por medio de métodos no convencionales. (Bugeaud se lo había dicho a Sarmiento. Sarmiento, en Facundo, escribe que “una y la misma” es la lucha de los ejércitos argentinos en las campañas y la de los franceses en Argel. De modo, insisto, que es adecuado detestar a quienes hicieron aquí la tarea sucia, pero sin olvidar que tienen muchos compadres sanguinarios en otras latitudes del planeta: la guerra de la expansión colonialista, en todas sus expresiones, “fue una”.) Llamaba “bárbaros” a esos adversarios por motivos que ya sabemos. Ante todo, para no ampararlos bajo el derecho de gentes. Los “bárbaros” estaban “fuera de la ley” y no regían para ellos las consideraciones de humanidad. (Lo mismo hizo Videla. Esta anotación la pongo para señalar que en la Historia hay simetrías y persistencias, aunque no un decurso necesario que la impulse hacia un fin necesario. Pero ahí donde sea necesario marcar una simetría que enriquezca la tarea del conocimiento, lo haremos.) Preguntemos: ¿eran bárbaros los indios? Sí y no. Para todos los “civilizados” sí. ¿Dónde vivían esos bárbaros? En el desierto. ¿Qué desierto? ¿Era la Patagonia un desierto? No. Era un territorio poblado. ¿Por qué llamar desierto a un territorio poblado?

La palabra “desierto” se abre a muchos significados. Pero, si queremos ser rigurosos, debemos apresarla desde el lado de la filosofía. Aquí, su prestigio e importancia son enormes. Para no perder tiempo: el que pensó más hondamente el sentido de esa palabra fue Nietzsche, autor de una frase conocida y fundamental en los laberintos del sujeto humano para pensar(se). “El desierto crece”, esta es la frase. ¿Qué significa? Mala pregunta porque, si algo significa esa frase es que los significantes han muerto y nada significa nada. Es la más alta expresión del nihilismo. (Ver: Franco Volpi, El nihilismo, Biblos, 2005). Además, Nietzsche la plantea, no como algo ya realizado, sino como algo en camino de ardua o inexorable realización. Uno, hoy, puede abrir dos o tres diarios a la mañana, y luego exhalar, agotado, indefenso: “El desierto crece”. Pero el desierto ya no necesita crecer en la pampa. De aquí que –en ese páramo– no haya nadie. O lo que hay no importa. Nada significa. Es la pura nada. El desierto. Hay que conquistarlo para que haya algo. La civilización de Buenos Aires.

Esta es la “metafísica” de la Conquista del Desierto. Nihilismo y nada son dos conceptos centrales de la filosofía. Aquí, no voy a seguir los caminos de Heidegger sobre la “nada” en Qué es metafísica o en Introducción a la metafísica ni los de Sartre en El Ser y la Nada. Busco explicitar eso que el concepto tenía como potencia de negación antropológica en el lenguaje colonialista. Para este lenguaje, el desierto es una nada infecunda. Donde entra el desierto ya no hay significantes. El desierto es la no-significación. El indio, en tanto “nada”, en tanto no-significante, en tanto pura y total ajenidad a la condición humana, justifica el genocidio. En la frase “Conquista del Desierto” está explícito el genocidio perpetrado.

El mecanismo conceptual que justificó la masacre patagónica es similar al de conquista española. Así, como hace Viñas, podemos hablar de la Conquista del Desierto como etapa superior de la Conquista de América. Los indios de los “nuevos” territorios son “descubiertos” porque, antes de su “descubrimiento”, no existían, por los codiciosos (principal virtud del hombre capitalista) Colón, Cortés, Pizarro. Para existir tienen que aceptar la cultura española. Si no aceptan la evangelización deben ser aniquilados. Es siempre el problema del Otro. El Otro no es. El Otro es “el desierto”, la nada. El Otro es lo que el Conquistador hará de él. Si no lo acepta, el Conquistador debe matarlo. El Otro es “lo Otro” de lo humano. Todo genocidio plantea esa estructura. De aquí que sea insuficiente definir al genocidio desde la cuestión étnica. El genocidio no sólo existe cuando se plantea el aniquilamiento de una etnia. El genocidio es –esencialmente– la masacre de aquello que se considera “lo Otro de la condición humana”.

La Junta Militar de 1976 festeja, en 1979, la “conquista” del desierto. Roca habría prefigurado a Videla. La “Conquista” del Desierto y la derrota de la “subversión” son hechos simétricos, paralelos. Si la “Conquista” del Desierto implica la organización nacional de 1880, el Proceso de Reorganización Nacional culmina una causa semejante al derrotar a la “subversión apátrida”. Ser “apátrida” es ser lo Otro de la patria. Si la patria es Todo, lo Otro es Nada. La “subversión apátrida” no pertenece a la condición humana. La consecuencia de esta convicción es la ESMA. Donde no había sujetos humanos, sólo subversivos.

lunes, 21 de septiembre de 2015

CONQUISTA, PIRATAS Y ACUMULACIÓN ORIGINARIA, POR JOSE PABLO FEINMANN (PÁGINA12, 20/09/15)


JOSE PABLO FEINMANN
(Feinmann aborda la codicia y la criminalidad en los orígenes del Capitalismo, encarnado en los piratas, un detalle, para agregar a la mano invisible del mercado, de Adam Smith. La codicia es buena, dice uno de los personajes, del film "El lobo de walls street", puntualiza el filósofo, en otro artículo; codicia esoberbecida hasta el hartazgo, en el mundo del capital financiero sin límites, de hoy, personificados en los fondos buitres, como mascarón de proa, pero que lleva en sus almacenes a todo el capitalismo actual -VagosPeronistas-)

Con sus velas desplegadas, con sus cañones, con esa bandera negra que ostentaba dos tibias cruzadas bajo un cráneo, como si quisiera expresar (y expresaba) una exaltación de la muerte y un desdén por la vida, por la de los otros y por la de ellos, tan dispuestos a jugársela por su hambre de riquezas, los piratas son una de las encarnaciones más fascinantes de la mano invisible de Adam Smith. Los españoles se llevaban el oro de las Indias Occidentales y tenían el derecho de hacerlo pues para eso las habían invadido, conquistado y masacrado. Aún los españoles –no todos, desde luego– llaman a ese acontecimiento de la historia leyenda negra. Una leyenda que habría sido inventada por Inglaterra, el gran rival odiado y temido contra el que Felipe II se aprestaba a arrojar una Armada que –algunos españoles seriamente y todos los ingleses con sorna aleve– cargó sobre sí el nombre de Invencible. No importa mucho aquí el infausto destino de esta Armada, a la que derrotaron más los vientos huracanados que los navíos ingleses al mando de Francis Drake, el pirata más glorificado por Inglaterra. Para nosotros, suramericanos, fue una lucha entre los matarifes de los pueblos originarios, los comandantes y los desalmados protagonistas de la leyenda negra y la piratería de la pérfida Albión, término que popularizó Napoleón Bonaparte, probablemente al retirarse del campo de batalla en Waterloo humillado por el duque de Wellington, que ya era una de las más ilustres figuras británicas pero acaso porque había nacido en Dublín y por sus venas corría la sangre fragorosa de los irlandeses.

El mercado mundial, aun cuando no haya ningún mecanismo histórico que lleve a la Historia por sus caminos más eficaces, reclamaba, para asegurar el desarrollo veloz y vigoroso del capitalismo, que el oro de las Indias no quedara en manos de los españoles, sino de los ingleses. Por decirlo todo (o casi todo): las condiciones para la revolución industrial no estaban dadas en España. Y no porque pensemos que eran perezosos, holgazanes irredimibles. Eso pensaban los británicos. Y eso –según quién escriba la historia– se sigue diciendo. Los españoles se irritan con estas cuestiones. No es casual que hayan celebrado el “descubrimiento” con tanta pompa y circunstancia, como si hubieran sido ingleses. No pensaron que ofendían a los descendientes de los pueblos originarios con tanta algazara. Era el año 1992. Estaban en un momento brillante de su economía y orgullosamente formaban parte del Primer Mundo. Festejaron los 500 años del “Descubrimiento” como desbocados nuevos ricos. Aquí estábamos en los amargos tiempos de nuestro indigente, devaluado Felipe II. Tan indignos éramos que muchos amigos (sobre todo actores sin trabajo) me pedían guiones de cine sobre Cristóbal Colón para venderlos en España. Se hizo una película (la que más sonó, al menos) con Gérard Depardieu como Colón, con Sigourney Weaver como Isabel la Católica (que, católica o no, le habían enjaretado un lujoso vestido con un escote que permitía verle media teta a tan piadosa reina o, al menos, a Sigourney, que era lo mismo, pues hacía de ella) y con ¡Marlon Brando! como Torquemada. (¿También fue una leyenda negra la Inquisición?)

Los historiadores –sobre todo los de origen inglés o norteamericano– estudiaron la leyenda negra y no encontraron una leyenda sino una historia demoníaca apoyada por la Cruz, ejecutada por la Espada y narrada por un fraile sensible y honesto, Bartolomé de las Casas. Lo único que se le reprocha es que “exageró” y fue “impreciso”. Pero no se lo refuta. También nuestro faenador Jorge R. Videla dijo que hubo “excesos en la represión”. Son frases y son mezquinas, infames, ya que con la “imprecisión” del fraile De las Casas se pretende disminuir en veinte millones las matanzas de la conquista, y Videla, con sus excesos, hablaba de diez mil vidas, diez mil torturados, diez mil cuerpos al Río de la Plata, vivos, o diez mil empalados en los campos de concentración.

Los historiadores españoles se quejan de la visión que los ingleses, por medio de la leyenda negra, han forjado de ellos. Que sería la siguiente: 1 Los españoles son excepcionalmente crueles; como demostrarían Las Casas y la Guerra de Cuba. 2 Los españoles son excepcionalmente traicioneros; y señalan a Felipe II y el hundimiento del Maine como demostración. 3 Los españoles son excepcionalmente intolerantes; como dejaría claro su fuerte catolicismo y la Inquisición. 4 La Divina providencia habría castigado a los españoles con su decadencia, su pérdida de poder y de su rico imperio. 5 Los hispanos de América, a pesar de ser sospechosamente católicos y españoles, debían ser ayudados (a la fuerza si fuera necesario) para alcanzar la civilización que representaba, sobre todo, Inglaterra, pequeño país que encarnaba la pesada carga del hombre blanco, que Kipling cantaría. 6 Los indios de América serían “buenos salvajes” que habían sido maltratados y asesinados por los españoles. Los historiadores españoles no aceptan nada de esto. Y responden airados: ¿acaso los norteamericanos no terminaron con todos los indios de su país? ¿Con qué derecho hablan?

Aclaremos esto: Las matanzas de los fogosos y guerreros pueblos originarios de Estados Unidos fueron terribles. Pero sobre esa masacre –por medio de una colonización destinada a crear un mercado interno consumidor de las industrias del Norte– se fundó un país que, en poco tiempo, competiría con las grandes naciones imperialistas europeas. España no creó nada en Suramérica. Sólo se llevó el oro para el goce de sus clases altas y sus reyes. Estados Unidos nunca fue una monarquía y la derrota del Sur lo salvó de la peste del monocultivo. Del modo que fuere, todo este fresco histórico expresa la trama interna de la condición humana. La codicia y el crimen están en los orígenes del capitalismo y aún hoy (con un poder destructivo apocalíptico) lo expresan. La codicia –que sus propios teóricos admiten como su núcleo más dinámico– se expresa como voluntad de poder. Heidegger, interpretando a Nietzsche para dar peso filosófico a la teoría hitleriana del “espacio vital”, explicita que los dos elementos de la voluntad de poder son los de conservación y crecimiento. Si se quiere conservar lo que se tiene hay que crecer. Hay que expandirse, hay que reclamar espacios que no son de uno, pero son vitales. El capitalismo es un sistema esencialmente expansivo, esencialmente imperialista. Y hoy acaso lo es tanto como siempre lo fue o más.

Pero si aceptamos (con el Marx del Capítulo XXIV del primer tomo de El Capital) que la clase propietaria no siempre tuvo capitales, sino que tuvo que acumularlos, y que a los inicios de esa acumulación se le llama acumulación originaria, advertiremos que el capital fue acumulado por los piratas que desviaron el oro de los galeones hacia la que terminaría por ser la revolución industrial británica. En suma, hubo revolución industrial porque hubo piratas. Sir Francis Drake no sólo le llevó a Isabel I el oro de los galeones sino que también, se dice, se metió en su cama. Sir Henry Morgan fue nombrado gobernador de Jamaica. Y John Locke le escribió el correspondiente Código de Gobierno, en un gesto que constituye el acto más abierto, más descarado de colaboración entre piratería y filosofía

Esta unión de Locke y Morgan (aunque incomodará a algunos) no debe interpretarse como ese viejo vicio de los escritores anticapitalistas por demoler honras ajenas o, por decirlo más claramente, honras burguesas. Marx admiraba hondamente a la burguesía y todo el que haya leído el Manifiesto Comunista (1848) sabrá que el Gran Cabezón admiraba el espíritu fáustico del capitalismo que no se detenía ante nada y todo lo destruía. Parte de ese espíritu fáustico fueron los piratas, los bucaneros, los corsarios. Le quitaron el dinero al goce y se lo dieron a la producción. Al lado de un galeón, un bergantín pirata era el progreso histórico. Un galeón era –por decirlo así– reaccionario: sólo llevaba oro para los ociosos de las cortes españolas. Los bergantines piratas derivaban ese oro a la Bolsa de Londres. A la Revolución Industrial. Generaban trabajo. Creaban proletarios. Sindicatos. Ideologías. Huelgas. La Comuna de París. Que, luego, la historia se haya fosilizado y los piratas de hoy sean unos miserables que acabarán por destruir el planeta, no desde los bergantines, sino desde las finanzas, es otra cuestión. historia. La nuestra –la que aquí quisimos contar– es diferente. Es la del espíritu de aventura contra la rapiña soñolienta. Es la de un sistema económico que está surgiendo y desborda imaginación, rapiña, pragmatismo, indecencia y criminalidad. El capital, decía Marx, viene al mundo chorreando sangre y lodo. Por supuesto: si lo trajeron los piratas.

No es casual que Hollywood (esa cumbre del capitalismo) los haya amado. Pero no sólo por sus contribuciones al desarrollo del capital comercial e industrial, sino porque hicieron lo que hicieron entre el coraje, la osadia, la metralla, el riesgo y el desdén por la muerte. No siempre un sistema económico se combina con la aventura, el azar, el viento, las borrascas y las islas desiertas con tesoros recónditos. ¡Tantas cosas nos dieron los piratas! Nos dieron a Salgari y a Stevenson. Y la isla de Tortuga, los tesoros enterrados, los mapas trazados con sangre sobre una camisa desgarrada y en ella una cruz que indicaba dónde estaba el cofre con piedras preciosas, doblones y joyas que se habían quitado a algún bergantín español. Y nos dieron palabras, muchas y nuevas y sorprendentes palabras: barlovento, palo mayor, proa, popa, trinquete, latitud norte, latitud sur. Y esa tabla tendida sobre las aguas infestadas de tiburones y el infeliz, con la espada en la espalda, empujado hacia su muerte inapelable. Y las islas, y las penínsulas: las Molucas, Sumatra, Java (Rumbo a Java con Fred Mac Murray), Macao (con Robert Mitchum y Jane Russell), Borneo, Ceylán, Bengala, el Cabo. Y todas esas mercaderías exóticas, esos nombres que uno leía o escuchaba en las películas: nuez moscada, madera de sándalo de Timor y las Célebes, la pimienta y el jengibre, el alcanfor, el ébano, el estaño, oro en polvo, diamantes de Borneo y de Sumatra, el índigo, el azúcar, el ron, el tabaco de Java, la canela de Ceylán, el opio, la seda, el algodón de Bengala. Cuánto.

“Lo que no nos contaban esas novelas (escribe Enrique Silberstein en su pequeño-gran libro sobre los orígenes del capitalismo) era que los corsarios y los filibusteros que peleaban en el mar de la China, que desembarcaban en Java, que se emborrachaban en Borneo, que amaban en Ceilán, eran empleados de las Compañías Holandesas o de las Compañías Inglesas. Que cada disparo de cañón que hacían había sido pagado por una sociedad anónima, que cada miembro que perdían era convenientemente indemnizado, que cada herida que recibían tenía el pago correspondiente”. Es posible. De niños no lo sabíamos. Crecer es –entre otras cosas– el trabajoso arte del desengaño. Pero seguir vivos es no olvidar ni renegar de nuestros asombros tempranos. Si les parece.