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jueves, 26 de mayo de 2016

EL NUEVO ESPÍRITU DEL CAPITALISMO, Por Ricardo Forster (Fuente: Página12, 25/05/16)

Ricardo Forster

El nuevo espíritu del capitalismo

Por Ricardo Forster

“En el régimen neoliberal de la autoexplotación uno dirige la agresión hacia sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo.
Hoy el poder adquiere cada vez más una forma permisiva. En su permisividad, incluso en su amabilidad, depone su negatividad y se ofrece como libertad.
La psicopolítica neoliberal está dominada por la positividad. En lugar de operar con amenazas, opera con estímulos positivos. No emplea la ‘medicina amarga’, sino el me gusta. Lisonjea el alma en lugar de sacudirla y paralizarla mediante shocks. La seduce en lugar de oponerse a ella. Le toma la delantera. Con mucha atención toma nota de los anhelos, las necesidades y los deseos (…). La psicopolítica neoliberal es una política inteligente que busca agradar en lugar de someter.”
Byung-Chul Han, Psicopolítica
Hace unos años, cuando todavía no se había desatado la crisis de las hipotecas, la signada por la estrepitosa caída de Lehmann Brothers y que, desde el año 2008, sigue marcando duramente la travesía del capitalismo ultraliberal, en un notable libro de dos sociólogos franceses, Luc Boltanski y Ève Chiapello (El nuevo espíritu del capitalismo), podíamos leer, entre incrédulos y fascinados, las profundas transformaciones que se habían operado en el funcionamiento de la sociedad y de sus entramados económicos a partir de los años 80 y, sobre todo, desde la última década del siglo pasado. Boltanski y Chiapello se detenían, principalmente, a analizar y desmenuzar los cambios en el interior del mundo de las empresas, aguzaban su indagación para descifrar los procesos cultural-simbólicos que llevaron a dejar atrás los paradigmas fordistas en los que habían sido formados y formateados los cuadros gerenciales para poner en evidencia la profunda metamorfosis que viene signando la realidad empresarial desde las últimas tres décadas y que ha irradiado sobre los otros estratos de la sociedad. Lejos de los paradigmas contra los que se rebelaron los jóvenes de las décadas de 1960 y 1970, paradigmas sostenidos en el interior de la etapa productivista del capitalismo, allí incluso donde, en especial en los años que se abrieron a partir de la segunda posguerra, se expandió el Estado de Bienestar, lo que domina la escena de los últimos casi 40 años es la emergencia de un capitalismo de lo flexible asociado al impacto de la financiarización extrema de las relaciones económicas.

Combinando una rigurosa investigación de esta etapa hegemonizada por la financiarización del capital y hundiendo su bisturí crítico en los fundamentos ideológicos del neoliberalismo, los autores van mostrando de qué modo el discurso y la práctica del “nuevo espíritu” del capitalismo se fue apropiando de las experiencias y las propuestas contraculturales desplegadas en los años sesentas cuando la busca de un nuevo paradigma de libertad individual y de una violenta crítica a las formas autoritarias y jerárquicas de la sociedad burguesa dominaron la sensibilidad y las acciones de la generación de Mayo del 68. En todo caso, se afanan por comprender el paso de un capitalismo centrado en la producción y organizado a partir de estructuras verticales y jerárquicas a un capitalismo “de seducción” orientado hacia los placeres y el llamado al goce permanente capaz de introducir en la vida cotidiana la ficción de la diversidad, la libertad sin límites y la transgresión normativizada. Sus inquietudes están dirigidas a interrogar por la construcción de nuevas alternativas que logren sustraerse a esas formas de seducción que le ha permitido a la economía global de mercado imponer en casi todas las latitudes sus estructuras de dominación. Desafío de quienes siguen reivindicando ideales emancipatorios en la época en la que la lógica represiva y autoritaria del capitalismo ha mutado hacia prácticas capaces de enmascarar la actualidad de la desigualdad y la injusticia que, lejos de disminuir, se han multiplicado y acelerado a nivel planetario. “El capitalismo artístico –escribieron Gilles Lipovetsky y Jean Serroy– no hace pasar del mundo del horror al de la belleza radiante y poética”. En nuestra geografía sureña eso lo podemos comprobar al experimentar la diferencia que existe entre la publicidad de una “revolución de la alegría” propuesta por Cambiemos y la despiadada implementación de un programa de transferencia de recursos desde los sectores populares y asalariados a las grandes corporaciones financieras, a los dueños de la soja y a las empresas multinacionales. En todo caso, entre la ficción propagandística y la realidad de un aceleramiento de la desigualdad se ha colado una nueva y pujante maquinaria de producción intensiva de subjetividades sujetadas al engranaje del consumo infinito que encuentra su otro rostro en las nuevas formas de exclusión.

Veamos lo que destacan Boltanski y Chiapello: “No es difícil reconocer aquí (los autores están reflexionando sobre los cambios en la formación de los cuadros empresariales en los años 90) el eco de las denuncias antijerárquicas y de las aspiraciones de autonomía que se expresaron con fuerza a finales de la década de 1960 y durante la de 1970. De hecho, esta filiación es reivindicada por algunos de los consultores que, en la década de 1980, han contribuido a la puesta en marcha de los dispositivos de la nueva gestión empresarial y que, provenientes del izquierdismo y, sobre todo, del movimiento autogestionario, subrayan la continuidad, tras el giro político de 1983, entre su compromiso de juventud y las actividades que han llevado a cabo en las empresas, donde han tratado de hacer las condiciones de trabajo más atractivas, mejorar la productividad, desarrollar la calidad y aumentar los beneficios. Así, por ejemplo, las cualidades que en este nuevo espíritu son garantes del éxito –la autonomía, la espontaneidad, la movilidad, la capacidad rizomática, la pluricompetencia (en oposición a la rígida especialización de la antigua división del trabajo), la convivencialidad, la apertura a los otros y a las novedades, la disponibilidad, la creatividad, la intuición visionaria, la sensibilidad ante las diferencias, la capacidad de escucha con respecto a lo vivido y la aceptación de experiencias múltiples, la atracción por lo informal y la búsqueda de contactos interpersonales– están sacadas directamente del repertorio de Mayo de 1968. Sin embargo, estos temas, que en los textos del movimiento de mayo de 1968 iban acompañados de una crítica del capitalismo (y, en particular, de una crítica de la explotación) y de su anuncio de un fin inminente, en la literatura de la nueva gestión empresarial se encuentran de algún modo autonomizados, constituidos como objetivos que valen por sí mismos y puestos al servicio de las fuerzas que antes trataban de destruir. La crítica de la división del trabajo, de la jerarquía y de la vigilancia, es decir, de la forma en la que el capitalismo industrial aliena la libertad es, de este modo, separada de la crítica de la alienación mercantil, de la opresión de las fuerzas impersonales del mercado que, sin embargo, era algo que la acompañaba casi siempre en los escritos contestatarios de la década de 1970”.

Lo interesante de este análisis es, precisamente, que nos muestra de qué modo el sistema logró apropiarse de las críticas más radicales, en especial de aquellas que hacían hincapié en las formas autoritarias y jerárquicas que dominaban la esfera de la producción y del mundo económico, para, generando una metamorfosis sorprendente, ponerlas al servicio de la reconfiguración del propio capitalismo. Resulta imposible explicar la expansión cultural (y ya no sólo estructural-financiera) del neoliberalismo sin establecer estas genealogías y estos vínculos que, a simple vista, parecerían ser visceralmente contradictorios. ¿Cómo es posible que los movimientos contestatarios y anticapitalistas de los 60 y los 70 se hayan convertido en la materia prima para la refundación todavía más salvaje de la dominación burguesa sobre el conjunto de la sociedad? Seguramente es posible encontrar la respuesta en el meticuloso estudio que los autores realizan de la erosión que el nuevo individualismo libertario y hedónico generó en el interior de la vida de la sociedad de finales del siglo pasado y, sobre todo, de la “genial” apropiación que la nueva cultura empresarial fue capaz de hacer de las energías contestatarias que marcaron a una generación e hicieron inviable la persistencia de un modelo autoritario de organización de la sociedad (aunque también se llevó puesta, esta labor erosionante, el entramado comunitario para potenciar el híper individualismo). Pero, lo fundamental, fue la sagacidad con la que rápidamente comprendieron la fluidez que surgía entre las nuevas necesidades del capitalismo neoliberal y la ruptura de los límites, de las jerarquías y de las tradicionales y anquilosadas formas de organización del trabajo que estaban en la base de la crítica de los jóvenes rebeldes de los 60 y 70. Del mismo modo que, utilizando los cuantiosos recursos de los medios de comunicación y de la industria de la cultura, se desplegó un proceso de producción de subjetividad asociada a los valores emergentes de la nueva praxis individualista.

Del espíritu anticapitalista extrajeron aquellas características que se correspondían con las exigencias de la época de la fluidificación económica, de la imprescindible apertura de las fronteras mercantiles y de la radical financiarización del sistema económico que apostaba a lo flexible frente a lo sólido, a lo fugaz frente a lo permanente, a lo descentrado frente a lo orgánico, a lo horizontal frente a lo jerárquico. Bajo la impronta de un nuevo concepto de “libertad” (en gran medida extraído de la crítica de la generación del 68, lo que otros autores han llamado la “crítica artística del capitalismo”), el neoliberalismo fue modificando de cuajo las formas cultural-simbólicas y se preparó para producir una profunda mutación en la subjetividad. Difícil, por no decir imposible, desentrañar la emergencia de la “nueva derecha” (entre nosotros del macrismo) sin dilucidar las características centrales de esta etapa del capitalismo global.

martes, 27 de octubre de 2015

VOLUNTAD, AUDACIA Y CORAJE PARA CAMBIAR LA HISTORIA, EL RETORNO DE LO POLÍTICO Y EL LITIGIO POR LA IGUALDAD, POR RICARDO FORSTER (Fuente: Página12, 27/10/15)


RICARDO FORSTER
 A CINCO AÑOS DE LA MUERTE DE NÉSTOR KIRCHNER 

Desplegando una política audaz y a contrapelo de las hegemonías mundiales, subvirtiendo las “formas” institucionales aprovechando el profundo descrédito en el que habían caído esas mismas instituciones en el giro del siglo y en medio del estallido de 2001, rescatando lenguajes y tradiciones sobre las que el paso del tiempo y las garras de los vencedores habían dejado sus marcas envenenadas, ejerciendo, con fuerza anticipatoria, una decisiva reparación del pasado que habilitó, en un doble sentido, un camino de justicia y una intensa querella interpretativa de ese mismo pasado que tan hondamente había marcado un tiempo histórico rescatado del ostracismo, Néstor Kirchner rediseñó, hacia atrás y hacia adelante, la travesía del país. Conmoción e interpelación. Dos palabras para dar cuenta del impacto que en muchos de nosotros provocó esa inesperada fisura de una historia que parecía destinada a la reproducción eterna de nuestra inagotable barbarie. Ruptura, entonces, de lo pensado y de lo conocido hasta ese discurso insólito que necesitaba encontrarse con una materialidad histórica que, eso pensábamos, huía de retóricas del engaño o la autoconmiseración. El kirchnerismo, ese nombre que se fue pronunciando de a poco y no sin inquietudes, desequilibró lo que permanecía equilibrado, removió lo que hacia resistencia, cuestionó lo que permanecía incuestionable, aireó lo asfixiante de una realidad miasmática y, por sobre todas las cosas, puso en marcha de nuevo la flecha de la historia.

Con pasiones que parecían provenir de otros tiempos, los últimos años, en especial los abiertos a partir de la disputa por la renta agraria en el 2008, han sido testigos de querellas intelectuales y políticas que obligaron a cada uno de sus participantes a tener que tomar partido. Fue imposible sustraerse a la agitación de la época y a la vigorosa interpelación que el kirchnerismo le formuló a la sociedad. La política, con sus intensidades y sus desafíos, con sus formas muchas veces opacas y otras luminosas, se instaló en el centro de la escena nacional para, como hacía mucho que no sucedía, convocar a aquello que siempre estuvo en su interior aunque pudiera, en ocasiones, quedar escondido por las hegemonías del poder real: “el litigio por la igualdad”.

El kirchnerismo salió al rescate de tradiciones y experiencias extraviadas corriendo la pesada lápida que había caído sobre épocas en las que no resultaba nada sorprendente el encuentro, siempre arduo y complejo, de la lengua política y los ideales emancipadores, y al hacerlo desafió a una sociedad todavía incrédula que sospechaba, otra vez, que le querían vender gato por liebre. En todo caso, hizo imposible el reclamo de neutralidad o de distanciada perspectiva académica, hizo saltar en mil pedazos la supuesta objetividad interpretativa o la reclamada independencia periodística mostrando, una vez más, que cuando retorna lo político como lenguaje de la reinvención democrática se acaban los consensualismos vacíos y los llamados a la reconciliación fundados en el olvido histórico. Lo que emerge, con fuerza desequilibrante, es la disputa por el sentido y la irrevocable evidencia de las fuerzas en pugna. El kirchnerismo, lo decía en otro lugar, vino a sacudir y a enloquecer la historia. El impacto enorme de su impronta, de esa invención a contracorriente formulada en mayo de 2003, sigue irradiando alrededor nuestro y continúa definiendo el horizonte de nuestros conflictos y posibilidades.

Pocos, muy escasos, acontecimientos políticos han despertado tantas polémicas, tantas querellas y tantas pasiones como lo abierto por la irrupción de esta extraña figura proveniente del sur patagónico. En Kirchner y, con una potencia duplicada por el propio dramatismo de una muerte inesperada, en Cristina Fernández se ha desplegado lo que pocos creían que podía volver a suceder en el interior de la realidad argentina: la alquimia de voluntad, deseo y audacia para torcer una historia que parecía sellada. El retorno, bajo las condiciones de una particular y difícil época del país y del mundo, de la política como ideal transformador y como eje del litigio por la igualdad. Ese es el punto de inflexión, lo verdaderamente insoportable, para el poder real y tradicional, que trajo el kirchnerismo: el corrimiento de los velos, el fin de las impunidades materiales y simbólicas, la recuperación de palabras y conceptos arrojados al tacho de los desperdicios por los triunfadores implacables del capitalismo neoliberal y revitalizados por quienes, saliendo de un lugar inverosímil, vinieron a interrumpir la marcha de los dueños de lo que parecía ser el relato definitivo de la historia.

2Kirchner como el nombre de una reparación, como el santo y seña de un giro que habilitó la restitución de derechos y de memoria, pero también como el nombre de una refundación de la política sacándola del vaciamiento y la desolación de los noventa. Y haciéndolo de manera transgresora, pero no al modo de la farandulesca, banal y prostibularia “transgresión” del menemismo, sino quebrando el pacto ominoso de la clase política con las corporaciones, tocando los resortes del poder y haciendo saltar los goznes de instituciones carcomidas por la deslegitimación. Kirchner como el nombre de una insólita demanda de justicia en un país atravesado por la lógica del olvido y la impunidad.

Ese nombre tantas veces gritado y llorado en esos días de octubre de 2010 guardaba dentro suyo, y como un mentís histórico al fraude mediático, la verdad de lo negado, la verdad de aquello que quiso ser ocultado, el gesto desenfadado de quien había creado las condiciones, tal vez inimaginables años atrás, de una esencial reconstrucción no sólo de la economía sino, fundamentalmente, de la vida social, cultural y política envilecida por décadas de degradación y asoladas por algunas marcas indelebles como lo fueron la dictadura, la desilusión de Semana Santa y de las leyes de la impunidad, la caída en abismo de la hiperinflación, la frivolidad destructiva del menemismo y la desesperación posterior a las jornadas de diciembre de 2001.

Cabalgando contra esa desolación y viniendo de una tierra lejana, cuyo nombre no deja de tener resonancias míticas y fabulosas, un viejo militante de los setenta, aggiornado a los cambios de una época poco dispuesta a recobrar espectros dormidos, derramó sobre una sociedad, primero azorada y luego sacudida por un lenguaje que parecía definitivamente olvidado, un huracán de transformaciones que no dejaron nada intocado y sin perturbar. Un giro loco de la historia que emocionó a muchos y preocupó, como hacía demasiado que no ocurría, a los poderes de siempre. Sin esperarlo, con la impronta de la excepcionalidad, Néstor Kirchner apareció en una escena nacional quebrada y sin horizontes para reinventar la lengua política, para sacudirla de su decadencia reinstalándola como aquello imprescindible a la hora de habilitar lo nuevo de un tiempo ausente de novedades.

Kirchner, entonces y a contrapelo de los vientos regresivos de la historia, como un giro de los tiempos, como la trama de lo excepcional que vino a romper la lógica de la continuidad. Es ahí, en esa encrucijada de la historia, en eso insólito que no podía suceder, donde se inscribe el nombre de Kirchner, un nombre de la dislocación, del enloquecimiento y de lo a deshora. De ahí su extrañeza y hasta su insoportabilidad para los dueños de las tierras y del capital que creían clausurado de una vez y para siempre el tiempo de la reparación social y de la disputa por la renta. Kirchner, de una manera inopinada y rompiendo la inercia consensualista, esa misma que había servido para reproducir y sostener los intereses corporativos, reintrodujo la política entendida desde el paradigma, también olvidado, del litigio por la igualdad.

En el nombre de Kirchner se encierra el enigma de la historia, esa loca emergencia de lo que parecía clausurado, de aquello que remitía a otros momentos que ya nada tenían que ver, eso nos decían incansablemente, con nuestra contemporaneidad; un enigma que nos ofrece la posibilidad de comprobar que nada está escrito de una vez y para siempre y que, en ocasiones que suelen ser inesperadas, surge lo que viene a inaugurar otro tiempo de la historia. Kirchner, su nombre, constituye esa reparación y esa inauguración de lo que parecía saldado en nuestro país al ofrecernos la oportunidad de rehacer viejas tradiciones bajo las demandas de lo nuevo de la época. Con él regresaron debates que permanecían ausentes o que habían sido vaciados de contenido.

Casi sin darnos cuenta, y después de escuchar azorados el discurso del 25 de mayo de 2003, nos lanzamos de lleno a algo que ya no se detuvo y que atraviesa los grandes debates nacionales. El nombre de Kirchner, su impronta informal y desacartonadora de discursos y prácticas, nos habilitó para volver a soñar con un país que habíamos perdido en medio del desierto de una época caracterizada por las proclamas del fin de la historia y la muerte de las ideologías e incluso de la política. Apertura de un tiempo capaz de sacudir la inercia de la repetición maldita, de esa suerte de inexorabilidad sellada por el discurso de los dominadores. Pero también un nombre para nombrar de nuevo a los invisibles, a los marginados, a los humillados, a los ninguneados que, bajo sus banderas multicolores y sus rostros y cuerpos diversos, se hicieron presentes, hace cinco años, para despedir a quien abrió lo que parecía cerrado y clausurado. Los otros del sistema, los pobres y excluidos pero también los pueblos originarios, los habitantes de la noche y los jóvenes de los suburbios, los migrantes latinoamericanos que se encontraron con sus derechos y las minorías sexuales que se adentraron en un territorio de la reparación. Todos, absolutamente todos, estuvieron para nombrarlo, para llorarlo, para agradecerle y para juramentarse. Nadie utilizaba, en la plaza multitudinaria, retóricas políticamente correctas y todos se sintieron identificados con la irreverencia de “los putos peronistas”, como si en ellos, en su delirio agradecido, estuviera, una vez más, el nombre de quien dislocó el curso de una historia de la infamia, el olvido, la desigualdad y la represión.

Hoy, cuando tantas cosas se vuelven a poner sobre la escena de un país en disputa, la memoria de Néstor Kirchner constituye una referencia política ineludible: su nombre como una brújula para orientarnos en esta nueva etapa que se inicia y para recordarnos el origen, el sentido y el hacia dónde de nuestras fidelidades.

* Doctor en Filosofía, secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional.

miércoles, 19 de agosto de 2015

LA NUEVA DERECHA, UNA MIRADA RETROSPECTIVA, POR RICARDO FORSTER (Página 12, 18/08/15)


Nicolás Casullo, recordado por Ricardo Forster


En la Argentina de estos días electorales se discuten muchas cosas. Algunas tienen que ver con la dramaticidad de una escena en la que, probablemente, se jueguen los próximos años en términos de continuidad o no del proyecto kirchnerista; otras, más solapadas y subterráneas, tienen que ver con las estrategias de la derecha que busca recuperar el terreno perdido eligiendo, como centro de su despliegue, capturar sentido común y opinión pública aprovechando la máquina comunicacional que está funcionando a todo vapor desparramando denuncismo serial y lenguaje del odio y la descalificación. Siguiendo las huellas de este dispositivo de poder que nunca dejó de reconstruir sus aspiraciones desde una constante guerra de posiciones con el gobierno nacional, me encontré con uno de los últimos artículos que publicó Nicolás Casullo cuando, en el 2008, estábamos en pleno conflicto con las patronales agromediáticas; un conflicto que, como ya he destacado muchas veces, marcó a fuego esta etapa del país. Cito, porque me parecen ejemplares y anticipatorios para pensar la actualidad, algunos tramos de su reflexión alrededor de lo que, ya en esos años, llamábamos “la nueva derecha”.

“Derecha. Herencia de los asambleístas de 1789 en París. Palabra que muy pocos asumen cabalmente hoy. Definición que ha perdido lares ideológicos. ¿Dónde empezar a buscar la derecha? ¿En la oposición al Gobierno? Por cierto. ¿En la interna del justicialismo? Sin duda (cuando ni siquiera asomaba el candidato del algoritmo publicitario, le quedaba claro a Casullo que desde el interior del PJ vendría una parte central de la ofensiva de la derecha. No se equivocó). ¿Cómo repensarla en sus formas actuales? A partir del lockout del agro se vuelve a discutir ahora el tema de la derecha política e ideológica, frente a la nueva nación agraria como ‘reserva moral de la nación’, según ciertos medios golpistas, evocantes de añejas ‘reservas morales de la patria’.”

“Dilema enredado y a examinar, cuando la derecha no pretende ser, hoy en la Argentina y en otros países, un partido desde sus antiguas prosapias, o que busque un nuevo traje que la delate. Tampoco una programática que ‘aparezca contra alguien en especial’. Más bien una adopción para todos, que se yergue y aduce la desintegración de ‘anacronismos’ basados en las vetustas ideas de ‘conflicto’ político, de ‘intereses opuestos enfrentados’, de ‘lucha social’. La derecha es, desde hace años, activa: de avanzada. Es una permanente operatoria cultural de alto despliegue sobre la ciudadanía, como comienza a evidenciarse en nuestro caso con el apoyo de importantes sectores ‘al campo’.”

Casullo comprendió, en medio del fuego mediático, que los recursos que se estaban poniendo en movimiento ya no respondían a las viejas trincheras ideológicas de la derecha, que en gran medida habían quedado anticuadas, sino a esos nuevos recursos nacidos del interior de los lenguajes audiovisuales y de los laboratorios del marketing y la publicidad. Lejos de identificarse como exponente de una contrarrevolución social y cultural, la derecha, ausentada de esas tradiciones por simple estrategia política, prefirió apropiarse de modalidades y lenguajes que no le pertenecían. El giro espectacular de Macri después de las elecciones de Buenos Aires es fiel reflejo de este oportunismo desideologizado que le permite, a la derecha, pasar de un enunciado ultraliberal a una defensa del rol activo del Estado. Nada es sustancial, todo puede comprarse en el mercado persa de ideas desnutridas de toda verosimilitud. Es el reino de los encuestólogos y los asesores a lo Durán Barba. La “nueva derecha” habla el lenguaje evanescente y liviano de la jerga publicitaria que transforma a la política y a los candidatos en una mercancía más, pero también ha abandonado la retórica puramente reaccionaria para mimetizarse con los nuevos lenguajes políticamente correctos y ofrecerse como garante de una sociedad más descontracturada.
Ricardo Forster y su mirada retrospectiva de un texto de Casullo


“La derecha en Occidente –proseguía Casullo dándole espesura conceptual a su intento de desentrañar lo nuevo de una vieja ideología– constituye un armado modernizante desde una opinión pública mediática expandida diariamente. Configura el reacomodamiento de un tardo capitalismo, camino hacia otro estado de masas, incluidos amplios segmentos progresistas conservadurizados (punto central para comprender la pregunta que se suele formular con insistencia: ¿Qué les pasó a esos antiguos progresistas que hoy se han convertido en funcionales a la nueva derecha?). Operatoria que busca plantear el fin de las ideologías, el fin de las disputas de clase, el fin de las derechas y las izquierdas, precisamente como premisas disolventes de todo sentido de conciencia sobre lo que realmente sucede con la historia que se pisa. No azarosamente crece desde que el dominio económico tuvo que endurecer y dividir el planeta, desde los ‘80, entre perdedores y ganadores netos. Lo mediático es hoy su gran operador: el espíritu de época encarnado, diría Hegel. Derecha como Sociedad Cultural que nos cuenta el itinerario de los procesos. Que coloca los referentes y las figuras, y decide cómo encuadrar lo que se tiene que ver y lo que no se tiene que ver. La derecha, desde esta operatividad cultural, es la disolvencia de lugares y memorias. Es un relato estrábico, como política despolitizadora a golpes de primeros planos y títulos sobreimpresos.”

Un buen ejemplo de esto, sigue afinando su análisis crítico Casullo, “podría ser Eduardo Buzzi, representante de la Federación Agraria, que concita en su discurso todos los signos de la desintegración de lo ideológico”. Del agrietamiento de lo que antecede a una historia, y también de lo que la proyectaría hacia adelante. “Se sitúa en una zona propicia de un discurso pospolítico, magmático. En un no lugar, que en realidad es ‘el lugar’ propicio. Todo se vuelve equivalente, decible, posicionante. Ex militante del PC, miembro de la CTA, ha aportado, sin embargo, con su voz la argamasa política clave en su alianza con Miguens y Llambías, para situar a la oligarquía agraria en el pico de sus aspiraciones como nunca en los últimos 50 años, en tanto histórico conglomerado de poder.” A su vez –paralelo a las cacerolas antipopulares de Barrio Norte pidiendo la caída del gobierno–, “Buzzi llegó a solicitar nada menos que la reestatización de YPF, se arrodilló devoto frente a la virgen campestre de la nueva ‘patria agraria’, y demandó, junto a las rutas, imitar lo que hacía Evo Morales en Bolivia, el líder indígena jaqueado por la sojera Santa Cruz de la Sierra, socia ideológica de nuestro agro alzado repartiendo escarapelas ‘por otro ordenamiento’ que respete dividendos”.

Viniendo desde orígenes ideológicos liberales, también se podría construir la ruta de la desideologización de candidatos como Macri y Massa que vuelven a apelar, como antaño, a los slogans forjados en la patria publicitaria, cáscaras vacías heredadas de una democracia transformada en escenografía sin contenidos. Peligroso ha sido cuando, desde el propio kirchnerismo, se buscó “espejar” a los candidatos de la derecha restauradora. Uno de los rasgos de la actual disputa electoral es que desde el FpV se busca diferenciar con contundencia su proyecto, hoy encabezado por la fórmula Scioli-Zannini, del que postulan tanto el macrismo como el massismo. Una disputa entre la lengua de la política y el habla del marketing y la despolitización. Daniel Scioli, que en algún momento de su trayectoria pareció estar más cerca de lo segundo, hoy se encuentra ante el desafío de expandir los grandes logros de estos 12 años. Así está planteada la diferencia en la Argentina: continuar, bajo nuevas condiciones y dificultades, un proyecto inclusivo y democratizador marcado a fuego por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, o, por el contrario, retroceder, bajo las formas ilusorias de una derecha que no se nombra como tal, a la hegemonía de las grandes corporaciones económico-mediáticas que hoy se encuentran representadas, fundamentalmente, por Mauricio Macri.

Hace tres décadas, y a raíz del rotundo empuje con que se expandió la estrategia de la revolución conservadora, el francés Pierre Dommergues planteó con una comprensión anticipatoria lo que terminaría por realizarse a escala mundial y sólo cuestionado por las experiencias democrático-populares sudamericanas: “Los neoconservadores se proponen una revolución cultural que destrone el actual régimen de partidos y deje atrás a los referentes sociales de la izquierda democrática. La lucha se dará en el campo cultural y de mass-media para un tiempo de reordenamiento de mercado donde desaparezcan las variables de izquierda y derecha como paradigmas de orientación social, en pos de limitar a las demandas democráticas y a los Estados de corte social. Se ofrece, como sustitución, un liberal conservadurismo y un liberal modernismo, que más allá de sus divergencias coincidan en la voluntad de imponer una nueva repartición de la riqueza, disciplinar a la mano de obra, descalificar toda política que se resista a este disciplinamiento y establecer una nueva forma de consenso. Es una amplia operación de reestructuración cultural de gobernabilidad para correr a la sociedad en su conjunto hacia la derecha, a través de un Partido del Orden Democrático. Es una nueva sociedad de la información para un nuevo tiempo moral”. Sin duda estamos discutiendo el abrumador éxito de esta profunda estrategia cultural, que tres décadas atrás fue estudiada para entender no sólo qué sería la sociedad conservadora, sino, sobre todo, cómo esa batalla en el plano de las interpretaciones –desde la derecha política en EE.UU. y hacia el orbe– significaba invisibilizar este propio proceso resimbolizador para una nueva edad del capitalismo.

La revolución conservadora –afirmada en un decisivo proceso de transformación cultural– significó la permanente constitución de un nuevo sentido común, a partir de una inédita capacidad tecnoinformativa para generar estados de masas. “No se está, por lo tanto –señalaba con aire provocador Casullo–, frente a una conspiración imperialista. Ni frente a una entelequia de la CIA. Asistimos sí a una edad civilizatoria de éxito tecno-cultural de los poderes –de las derechas– sobre los desechos de una histórica izquierda que había predominado como conciencia mayoritaria de masas para la edad ‘del progreso social y de los pueblos’ entre 1945 y 1980. Discutir la derecha en nuestro país es entonces debatir, en principio, no un partido ni una figura. Es desollar una cultura que se fue desplegando, supuestamente ‘fuera de la política’: en lo indiscernible de las posiciones. En cómo me compro una remera o miro al otro. Cultura común y silvestre, que recién se activa políticamente cuando las circunstancias de los dominios societales lo creen necesario. Puede ser con una nueva ley contra inmigrantes de la Unión Europea. O con la calidad de presunto terrorista a ser desaparecido en cualquier parte de USA. O con los millones de sin trabajo, sin papeles, sin escolaridad, que registran como abstractos ‘ciudadanos votantes’ y se resisten a las falsas mesas ‘del consenso’. Sujetos que precisarían de una ‘salvación moral’ a cargo de las clases pudientes que los rescate de ser acarreados como ganado. Cultura de derecha, que hospeda a las políticas de derecha.”

Hincando el diente en el corazón argumentativo de una derecha que no suele definirse como tal, Casullo avanza en su impecable y sutil descripción ideológica de quienes también hoy se ofrecen a la sociedad como “el cambio” para sacar al país de su decadencia: “La historia –siguiendo el hilo de su desconstrucción del neoliberalismo de época–: será siempre, por sobre todo, el hallazgo individual. El caso. Las antípodas de las masas como historia. La pobreza: una latente amenaza delictiva, un paisaje de miseria inalterable como tipología geográfica de ‘lo malo’ en la ciudad. La cultura ajena al espectador. El hambre: algo que ya no tendría ideología ni biografía social, un icono suelto en la vidriera para cualquier retórica del espinel político. Lo policial: lo que debería incorporarse idealmente, como ortopedia, al núcleo familiar protegido”. (Ahí está Massa vociferando su demanda de más represión y arremetiendo contra el nuevo Código Penal acusándolo de “permisivo y a favor de los delincuentes”). “Un policía al lado mío. El Estado regulador, interventor, recaudador: un espacio ineficiente (ilegitimado), que ‘gasta mi dinero’ y corrupto (por político). La política: un descrédito en manos de zánganos que podría existir como no existir para lo que hace falta. La nota policial: en tanto amedrentación y reclamo de seguridad, pasa a ser el verdadero estado social de la vieja política a cancelar. Lo que escapa a la ‘Ley y concordia’ del mercado. Lo comunitario: una utopía solitaria entre yo, el negocio y ‘mi bolsillo’ (tenga 100 pesos o mil hectáreas adentro).”

Lo nacional: un espacio a-histórico, siempre al borde del caos que sólo victimiza. Con habitantes nunca representados por nadie, sólo por el foco de la cámara, y donde la única noticia es que la política ya ha fallado, siempre, antes de empezar. “La nueva comunidad pos-solidaria –concluye Casullo– es ahora una sociedad en tanto arquitectura de servicios que ‘me debe servir’ con la eficiencia modélica de lo privado selecto. Ya no soy parte de la memoria de lo público, de los hospitales sociales y universidades, políticas hoy en crisis, sino que me trasvestí en un cliente exigente del otro lado del mostrador. La libertad: el simple pasaje desde el ‘libre consumidor’ al ‘libre sufragista’ sin identidad, alabado por sin partido, por vaciado en cada elección, a punto de comprar algo ‘genuinamente’ entrando al escaparate del cuarto oscuro. La gente: un ‘yo’ sublimado, absuelto en tanto construcción narrativa. Una unidad personal ‘auténtica’, que representa un muchos en tanto estos muchos no se constituyan en otro tipo de ‘yo’ (como sujeto político identificado), y permanezca como infinita clase media de ‘empleados’ por el capitalismo, en una competitiva y ansiada igualdad de explotados. Lo sindical, lo popular, los desocupados: una realidad indiscernible de hombres de a ‘grupos’. Algo que debe vivir a distancia de mi vida y que ‘el Estado no atiende’. Seres organizados para algo que nunca se sabe. Imagen mítica en pantalla con palos y pasamontañas. No blancos, peligrosos en conjunto, dirigidos por vagos, punteros, jefes de barriadas y líderes pagados. Un otro cultural y existencial que como nunca, en la Argentina de la plenitud informativa y formativa, ha alcanzado casi el apogeo de una lucha cultural de clases de lo gorila sobre lo peronista, como un racismo no disimulado sobre lo popular, gremial y piquetero: universo de la negatividad política, del voto subnormal y de politizados a propinas.”

Sobre este tablero mediático hegemónico, “la nueva derecha, hoy como semilla de república agroconservadora, juega siempre de local. El trabajo del sentido común, de ver el mundo, le viene ya dado. Y desde ahí aspira ahora a convertirse en bloque social histórico, desde sus núcleos de neorrentistas, nuevos arrendatarios y bisoños inversionistas especuladores que le amplían sin duda el campo cultural de ciudadanía”. Poco se puede agregar a este cuadro magníficamente trazado, hace unos pocos años cuando algo fundamental comenzó a cambiar en nuestro país, por Nicolás Casullo. El cuadro de una nueva derecha que ha encontrado, o eso cree al menos, nuevos recursos y un nuevo candidato para insistir con su regreso al poder.