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domingo, 21 de febrero de 2021

MULTINACIONALES FRENTE AL ESTADO por Antonio Lorca Siero

 



La crisis de poder que acusaba el Estado-nación desde el asentamiento del proceso de globalización económica ahora es evidente a todos los niveles.

El instrumental político del que se sirve el capitalismo para someter a sus intereses a las políticas nacionales, es decir, los Estados-hegemónicos de zona y los organismos internacionales, capaces de controlar no solo la economía, la sanidad, la cultura e incluso toda actividad existencial significativa conforme a la doctrina capitalista, les han dejado escaso recorrido en su autonomía. Hasta hace poco tiempo, al primero se le permitía jugar a hacer leyes, estableciendo olas de derechos y libertades de papel para ilusionar a los súbditos, que le servían para promocionar su papel benefactor y con ello reforzar la imagen de cara al auditorio local. Por otro lado, la consigna a seguir era que al capitalismo ni tocarlo en lo que se refería a sus intereses comerciales y, ya dentro de ese neoliberalismo —en realidad la nueva fórmula para el intervencionismo inverso— el capitalismo, auxiliado en términos de mercado por las políticas estatales, imponía privilegios crecientes para sus intereses a los Estados. Aunque se venía debatiendo en el marco de la doctrina política sobre la existencia de una crisis de soberanía estatal, la situación no se decía que estaba totalmente clara, aunque lo estaba.

Dada la situación de dependencia de la organización política internacional y el dominio capitalista, durante los últimos años, los Estados menores, a las órdenes del respectivo Estado-hegemónico que manda en su zona, se han mostrado tolerantes con el empresariado, siguiendo órdenes políticas superiores. De esta manera, las grandes multinacionales han venido operando con total libertad, siendo ellas las que han venido marcando las reglas del juego económico, al amparo de la globalización, con las que todos estaban contentos y las principales beneficiadas mucho más. En cuanto a los Estados mayores se les dejaba de cuando en cuando que dieran muestras de su poder político y sancionaran más o menos simbólicamente a quienes jugaban y juegan saltándose las normas del mercado, pero sin pasarse, para no llamar demasiado la atención.

De forma sorprendente, incluso los grandes Estados, se han encontrado ante la realidad de que las multinacionales resulta que en la práctica mandan más que ellos mismos, porque el hecho es que son totalmente independientes en su funcionamiento, pese a las apariencias, y los Estados totalmente dependientes del mercado global por ellas dirigido. A lo que hay que añadir que el poder económico de las grandes multinacionales y no solo de las conocidas big tech es demasiado evidente como para tratar de ponerles no solo barreras, sino de formularlas exigencias. Al Estado como aparato del orden nacional se le va de las manos el control de la situación y solo puede mostrar impotencia, puesto que el patrón capitalista controla todo el sistema del que depende la existencia colectiva. En este duelo, más real que simbólico, entre ficciones de dimensiones monstruosas, el Leviatán económico está devorando al que un día se llamó Leviatán político.

Por el momento, resulta una simple utopía cualquier ocurrencia dirigida a combatir la doctrina capitalista y menos aún con discursos, pero no estaría de más que el poder político fuera fijando posiciones y poniendo orden ante el desaguisado económico que sale a la luz en los momentos de crisis. Los grandes y poderosos Estados —no hablemos de los otros— se encuentran con que apenas puede hacer algo ante la indisciplina mercantil de las multinacionales, con las que en el plano de sus respectivos negocios han venido marchando en pleno entendimiento, tanto por la cuestión del dinero impositivo oficial como de ese otro que camina a la sombra y se agradece en el plano de las individualidades que ejercen el poder. Acudir de vez en cuando a las sanciones ejemplarizantes o a los nuevos impuestos no resulta problemático para el negocio empresarial, basta con trasladar sus efectos a los sufridos consumidores o simplemente cambiar de Estado protector; en todo caso la empresa siempre a flote.

Esta crisis sanitaria —cuestión básica de la pandemia— puede servir de ejemplo teórico de ese espíritu de supervivencia propio del capitalismo, en el que se hunden unas empresas mientras aumenta el negocio de otras, va desplegando perfiles de que el capitalismo sale reforzado de cualquier crisis, simplemente porque tiene capacidad para adaptarse a las nuevas situaciones del entorno. En tanto que los Estados se desangran económicamente y el dinero se va en la otra dirección, pero fortaleciendo a las empresas capitalistas, las masas, como en cualquier contienda bélica —en este caso vírica—, sufren las consecuencias directas. Por otra parte, se habla de vacunas, en realidad un mercado regido por la oferta y la demanda, y como exige la doctrina capitalista es natural que se inclinen por el mejor postor o emerja esa otra cara que es la simple especulación Parece ser que en este punto no sirve el ritual de los derechos, la solidaridad y la cantinela habitual, simplemente se impone la economía. Y lo significativo a efectos del mercado es que el negocio que se ha abierto a la sazón parece prometedor para el gran empresariado, porque con mutaciones y previsibles nuevas cepas de este virus o de otros incluso más agresivos, el negocio tiene visos de ser inagotable.

Parece evidente, aunque solo sea con ocasión de la crisis de las vacunas, la necesidad de poner orden en el espectáculo, no solo en este punto sustancial sino en un plano general, y el argumento para ello no es otro que, si los mandatarios no imponen la ley a todos por igual, sus disciplinados ciudadanos se les van a alborotar. Por otra parte, está claro que, si no responden con energía al desafío capitalista, al final va resultar que los poderosos Estados no serán más que tigres de papel, que solo sirven para asustar a sus nacionales y para que se rían en sus narices las grandes multinacionales.

domingo, 7 de febrero de 2021

LA ACTUAL DICTADURA CULTURAL: EL PROGRESO HACIA LA NADA por Carlos Daniel Lasa*

 OBERTURA DEL EDITOR: El intelectual anárquico es común que desvíe su mirada a las propias bases de sus lectores, a veces con virulencia como en el caso de Onfray. Este libelo está más dirigido al progresismo europeo, en especial el Francés; pero hay algunos aspectos aplicables por estos lares. De ninguna manera queremos contribuir al duro ataque al progesismo vernáculo proveniente de cierta derecha intelectual conservadora, ni mucho menos a la proveniente de sectores peronistas excluídos de la convocatoria albertista. Tampoco al que pueda tener el autor de la nota, Doctor en Filosofía por la Universidad Católica de Córdoba. Tampoco podría fundamentar los motivos claros por la que publico esta nota. La cosa sería así: "al que le quepa el sayo que se lo ponga".




El filósofo francés Michel Onfray es bastante conocido dentro del mundo de habla hispana. Muchas de sus obras han sido traducidas. Incluso ha sido referenciado frecuentemente por el progresismo vernáculo. Como siempre, sus obras despiertan admiración y repudio a la vez. Quizás, esta última a la que me voy a referir, se trate del segundo caso.


En efecto, Onfray publicó, el pasado año, su `Théorie de la dictature précédé de Orwell et l`Empire maastrichien' (París, Editions Robert Laffont). En este escrito afirma que hoy, en los países democráticos, se ha establecido una nueva dictadura.

Esta dictadura a la que hace referencia se caracteriza por los aspectos que siguen. Ellos son: destruir la libertad, empobrecer la lengua, abolir la verdad, suprimir la historia para poder reescribirla a voluntad, negar la naturaleza y propagar el odio.

El común denominador de este nuevo mundo progresista es su fuerte componente nihilista. Refiere el autor, conocido por su confesado ateísmo: "El progresismo se ha transformado en la religión de una época privada de experiencias de lo sacro, se ha convertido en la esperanza de estos tiempos desesperados, de una civilización sin fe".

¿Cómo se ha llegado a esta situación de barbarie cultural?

El pensador francés expresa que, luego de 1969 (cuando De Gaulle deja la presidencia), el poder político francés se parte en dos. Por un lado, los seguidores de De Gaulle; por el otro, los simpatizantes de los comunistas. Los primeros se quedan con la economía y las competencias estatales; los segundos (obviamente) con la cultura.

Estos últimos conquistan el monopolio cultural a la par que empiezan a crear un relato. Poniendo en sordina su colaboración con el régimen nazi durante la ocupación, inventan que fueron fusilados 75.000 hombres del partido. Estos serían, de acuerdo a la nueva historia, los verdaderos héroes antinazis.

Como nota pintoresca, Onfray refiere que este mismo partido comunista era contrario al aborto y a la contra-concepción en virtud de no querer que la mujer comunista fuera conducida a transitar la vida disoluta de los burgueses.

Sin embargo, este poder político-cultural durará poco tiempo. Después de 1968, las filosofías estructuralista y deconstructivista comienzan a hacerse hegemónicas.


IDEA VS. REALIDAD


Para el estructuralismo, refiere Onfray, la idea es más verdadera que la realidad. Esta desnaturalización opera en el lenguaje con Barthes, en la antropología con Levi-Strauss, en psicología con Lacan, en la historia con Althusser, en la sexualidad con Foucault, en la racionalidad con Deleuze, en el ámbito de la verdad con Derrida. El nihilismo deconstructivista, pues, reemplaza al materialismo dialéctico.


Ahora bien: el principal enemigo de esta dictadura cultural es el pensamiento. El que pretenda pensar de modo diferente se convierte en un sospechado. ¿Cuándo sucede esto? Cuando alguien pretende pensar por sí mismo y comienza a ver la realidad de las cosas. Cuando se decide a dar el nombre justo a esas cosas. Cuando afirma que las verdades serán siempre verdades.


Como podrá advertirse, solo el poder dictatorial progresista puede determinar qué es y qué no es verdad.

La nueva dictadura reprime a través del aparato jurídico, dictando leyes favorables al nuevo absolutismo. Al propio tiempo, lleva a cabo una revolución cultural. Esta última se hace efectiva instrumentalizando a los medios de comunicación, empobreciendo la lengua y reescribiendo la historia. Será necesario, a tal efecto, crear una nueva lengua con el objetivo de reducir la gama de pensamientos.


`MODERNIZACION'

De este modo, el pensar peligroso morirá porque carecerá de palabras para expresarse. Esta nueva lengua, bajo el imperativo de la "modernización", hará imposible que el hombre pueda acceder al pensamiento clásico. Al destruir la posibilidad de la memoria se podrá inventar un nuevo sistema simbólico acorde a la dictadura progresista.


Este ataque a la lengua, nos dice Onfray, comienza en la escuela. La propia escuela procedió a destruir un método de lectura que había probado su eficacia a través de muchas generaciones. Luego, lo reemplazó por sistemas sacados de las ciencias de la educación: métodos dañinos para los alumnos puesto que rompen los mecanismos de leer, escribir, contar y pensar.

A su vez, se desalentó completamente la memoria. El objetivo, para el filósofo francés es claro: "construir seres adultos vacíos y chatos, estériles y privados de profundidad, totalmente compatibles con el proyecto post-humano".

Onfray califica a este régimen progresista de "descerebrado". Crece el analfabetismo, incluso en aquellos que han superado la enseñanza superior. Los profesores leen menos y se encuentran incapacitados para entender textos de cierta complejidad. Por esta razón refiere: "Esta aversión en relación al libro y a lo escrito, en relación al autor, a la ortografía, al estilo, a la gramática, a la sintaxis, a la literatura, a las obras maestras, a los clásicos, pero también el vocabulario, ha permitido formar una cadena de gente ignorante y sin instrucción, gente analfabeta y atrasada. Es bueno buscar entre esos militantes de la ignorancia a los pedagogos de los niños de hoy y de los adultos del mañana. ¿Qué cosa hay de mejor en la carrera de un solo imbécil en la instrucción pública para construir una, dos, directamente tres generaciones de imbéciles?".

La historia no queda indemne. Esta ya no se construye gracias a las obras de estudiosos que trabajan sobre archivos, documentos y testimonios. Los nuevos "historiadores" creen que la verdad ya ha sido pre-confeccionada por algunas personas avaladas por la dictadura progresista.

Las cuestiones de género o del sexo no se ponen más en términos de naturaleza sino de cultura. Y afirma sin ambages: "Que la naturaleza se oponga a la cultura es la primera estupidez que impide pensar".

Finalmente, esta ideología opresiva y progresista cultiva y alienta el odio. "Nuestra época es la época del odio", dice. Es contraria a la tolerancia. La tolerancia solo debe tenerse en cuenta para con los progresistas, o sea, para con aquellos que piensan del mismo modo. El alma de estos progresistas ha convertido al vicio en virtud.

MONEDA DE INTERCAMBIO

Gracias a la desaparición de la moral tradicional, el odio pasa a ser la moneda de intercambio. Usando el descrédito de las personas, se cancelan discusiones, se oblitera el intercambio de ideas, se tapona toda posibilidad de diálogo. Refiere Onfray: "En el ámbito de la cultura postmoderna, el odio es reservado a quien no se arrodilla delante de las verdades reveladas de la religión que se autoproclama progresista".

Como cierre de este lúcido y valiente escrito, concluye: "No estoy tan seguro de querer ser progresista. Y creo que ni siquiera el burro Benjamín de `Rebelión en la granja' lo hubiese querido ser".


* Doctor en Filosofía de la Universidad Católica de Córdoba


sábado, 21 de noviembre de 2020

¿QUIÉN LE COMPRÓ LA TIERRA A DIOS? Reforma agraria, necesidad de los pueblos por Adolfo Perez Esquivel



El sistema liberal se fue apoderando de las tierras, antes y ahora, excluyendo a las dos terceras partes de la población, concentrando el poder económico y político. La tierra fue y es eje de disputa, luchas y rebeliones, no es mi intención profundizar éste problema que duele en la vida de los pueblos. Quiero hacer referencia a hechos vividos donde la tierra es el centro de la vida o muerte de sectores campesinos, indígenas o pobladores que buscan donde vivir, son “los desheredados de la tierra”. Ciro Alegría escritor peruano en una de sus obras dice “El mundo es ancho y ajeno”· Hace años en el Nordeste de Brasil, acompañé a Dom Helder Cámara Arzobispo de Olinda y Recife a una favela en disputa por las tierras en las que estaban asentados desde hacía varios años; una empresa multinacional quería expulsarlos pidiendo su desalojo y llevaron el problema a los tribunales. En la gran sala del juzgado los micrófonos no funcionaban y el pueblo no escuchaba el debate entre los abogados y los jueces. Los pobladores prepararon dos grandes carteles preguntando a los jueces “¿Quién le compró la tierra a Dios?- La tierra es de quien la trabaja- Podría seguir señalando la situación de la tierra en todo el continente y en nuestro país, como el despojo a los pueblos originarios, los Mapuches, los Qom, Los Guaraníes, entre otras víctimas por el poder de turno. 

Los pueblos buscan alternativas para encontrar nuevos caminos como el MST- Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, la producción de semillas orgánicas y no transgénicas, experiencia en muchos productores rurales, las Comunidades campesinas en Paraguay, Guatemala, Las Ligas Agrarias en Argentina y organizaciones como el MOCASE, MOCAFOR y el MAN, entre otros movimientos campesinos. Las desigualdades sociales e injusticias se profundizan y ponen en riesgo los DDHH y la democracia. El 29- 10-20 fue un día triste se manifestó en la toma de tierras en Guernica, los pobres buscaron un lugar donde poder levantar sus viviendas, siendo desalojados por la fuerza policial con 4 mil efectivos en forma violenta, cortando la luz, lanzaron gases lacrimógenos, balas de goma, incendiando las casillas precarias de los pobladores, algunos se quedaron y resistieron con gomeras, piedras y palos. La orden judicial fue desalojarlos sin tener en cuenta los niños/as, ancianos, mujeres, víctimas de la violencia policial y judicial. Es cierto que el gobierno de la provincia buscó el diálogo para resolver la situación con apoyo económico y la promesa de encontrar otro lugar dónde levantar sus viviendas, el enfrentamiento con la policía dejó como saldo 40 detenidos. 

Varios organismos de DDHH enviaron veedores para evitar la violencia policial entre ellos la CPM, el CELS, el SERPAJ, la APDH de la Matanza. Buscando dialogar con las autoridades y que no utilicen la violencia contra los pobladores considerando la cantidad de niños/as, mujeres y ancianos Los pobres son excluidos del sistema y víctimas de la represión, hubo sectores del periodismo canalla, señalando que eran delincuentes troskistas, no victimas de una situación injusta del sistema, levantando en los programas periodísticos la defensa de la propiedad privada y guardan silencio sobre el uso y abuso de los terratenientes que compran lo que no les pertenece, podemos comprobarlo en el ayer y el hoy. La pregunta es ¿Cómo puede ser que en el país empresas extranjeras compren grandes extensiones de territorio expulsando a los pueblos originarios y campesinos en la Patagonia?, ¿ Cómo puede ser que la empresa Benetton sea dueña de un millón de hectáreas?- otras empresas como Lewis, Turner poseen otras tantas. Las empresas mineras, los monocultivos de los terratenientes; de que propiedad privada hablan?- los medios de comunicación guardan silencio cómplice . 

Vuelvo a la pregunta de los pueblos ¿Quién le compro la tierra a Dios? Los pobres, los campesinos, los pueblos originarios son expulsados y violentados sin defensa alguna. La CPM- Comisión Provincial por la Memoria es un ente autárquico oficial que aporta su trabajo en defensa de los DDHH, sus integrantes son ad honoren. Otro hecho que sacudió la vida y conciencia del pueblo fue en la Provincia de Entre Ríos donde la señora Dolores Etchevehere generosamente ofreció al Proyecto Artigas tierras para desarrollar proyectos productivos orgánicos actitud que desató la furia de sus hermanos, un problema familiar que llegó a los tribunales, los jueces decidieron que el derecho de las tierras correspondía a los hermanos de Dolores. Los integrantes del Proyecto Artigas con Juan Grabois se retiraron de la estancia. Es un capitulo no cerrado que tiene que aclararse ante la justicia y rendir cuentas de la discriminación de género a Dolores quien denuncia el vaciamiento de las empresas familiares. 

Las tensiones vividas esos días en distintos contextos llevó a la superficie el debate muchas veces silenciado sobre la reforma agraria y la propiedad privada. La propiedad debe estar en función social, lo que significa que toda persona tiene derecho a la propiedad individual y que el Estado debe asegurar. Estoy de acuerdo con Juan Grabois que el país necesita de una reforma agraria, la distribución justa y el derecho a las 3 TTT- tierra- techo y trabajo. Debe ser política de Estado proveer la distribución justa y protección de los recursos naturales deben cumplir una función social y no confundir desarrollo con explotación.

Es necesario lograr el equilibrio entre las necesidades del ser humano y el respeto a la Madre Tierra, lamentablemente violentada por la especulación financiera, los desmontes, quema y destrucción del medio ambiente con agro-tóxicos provocando graves daños y contaminación del agua y la tierra, por la megaminería, los monocultivos y la quema de la floresta como en la Amazonía, Australia, Argentina y diversos países.

La pandemia del Covid 19 que afecta al mundo ews la consecuencia del daño que el ser humano provoca a la Madre Tierra; si no se restablece el equilibrio y continúa la explotación y devastación actual el mundo se dirige a un suicidio colectivo. Los indicadores están a la vista, calentamiento global, contaminación, los agro-tóxicos y destrucción de la biodiversidad. 

La otra pandemia que avanza peligrosamente es el “hambre”. El mundo produce alimentos suficientes para superar el hambre pero hay más hambrientos. Josuè de Castro decía que el hambre es la manifestación biológica de una enfermedad sociológica. La forma de enfrentar el hambre antes que sea tarde es la soberanía y seguridad alimentaria que está en el pequeño y mediano productor rural, no en las grandes empresas agrícolas, ni en los transgénicos. Es urgente avanzar con políticas públicas en la solución alimentaria y restablecer el equilibrio con la Madre Tierra y la producción orgánica, el desafío es volver a las fuentes. 

La Argentina es un país productor de alimentos, con territorio suficiente y de gran biodiversidad, pero hay grandes sectores del pueblo con hambre, imposibilitados de tener los recursos básicos para sus vidas. La desigualdad social se profundiza y hay que buscar caminos superadores de la profunda crisis que viven los pueblos.

sábado, 31 de octubre de 2020

EL ROSTRO SIN ALMA DE LA SOCIEDAD, Miguel Delibes y los santos inocentes por Luis Carlos Muñoz Sarmiento



La Fábrica de Sueños

He buscado en el campo y en los hombres que lo pueblan la esencia de lo humano. MIGUEL DELIBES


En 1984 se estrenó en España una de las películas más sorprendentes, cautivantes y reveladoras de cuantas se hayan proyectado posteriormente en Colombia, país en el cual fue conocida dos años después. Con motivo del centenario del natalicio de Miguel Delibes (1920-2010), autor de la magna novela que dio origen al filme y de un aniversario más de dicho acontecimiento audiovisual, en esta columna se intentará desentrañar parte del espíritu de dicha obra, dirigida por el español Mario Camus, cuya lucidez, humanismo y tratamiento de la parábola política, referida a un grupo de desheredados de la tierra, difícilmente encuentra un equivalente dentro del panorama cinematográfico contemporáneo; así como tampoco es fácil hallarlo dentro de la relación literatura/cine específicamente en cuanto tiene que ver con la libertad de adaptación, que llega hasta la transgresión, la capacidad para modificar personajes, hechos y situaciones y la destreza en el manejo del lenguaje: hecho que sorprendió positivamente al autor de la novela.

A través del lenguaje, Camus logró transformar el original literario en una pieza fílmica de alto vuelo poético, sin traicionar en ningún momento la idea central del argumento, objetivo de toda buena adaptación. De un denso contenido realista, inmerso en aguas o, peor, en el lodo de la política, sin caer, eso sí, en el manido recurso al mamertismo (el recurso al dogma y al sectarismo, sin atender a razones del interlocutor, v. gr., el uribismo), calamidad de frecuente uso en ciertas latitudes. En las que aún se piensa que toda expresión artística debe retribuir los favores políticos y el cine llevar una fuerte carga ideologizante como en los casos del realismo socialista, con su culto a la personalidad, del tendencioso parnellismo, no maccarthysmo, con su negación del ser, y, en el plano nacional, del yugo fascista, con sus inocultables señales: 1. Nacionalismo exacerbado; 2. Desprecio por los DDHH; 3. Supremacismo militar/blanco; 4. Machismo/patriarcado sin freno; 5. Medios masivos parcializados/sesgados; 6. Mezcla de Gobierno y religión; 7. Ataque continuo a los derechos laborales; 8. Protección de los bancos/sistema financiero y Corporaciones; 9. Desprecio por artes, artistas e intelectuales que disienten de la dudosa alianza Universidad/Statu quo; 10. Obsesión por crímenes de y penas para los opositores, no de ni para los propios fascistas: para que la intolerancia no sea minada; para que haya una ideología que, más bien, sea una carga; una con tintes de proselitismo cercana a las relativas verdades del arte y muy próxima a las absolutistas mentiras del poder: poder que encarnan hombres y mujeres informes y faltos de vida, en las distintas latitudes del globo.


La obra del cineasta y guionista español Mario Camus, quien abandonó el derecho para ingresar en la Escuela Oficial de Cine,al diplomarse con la práctica El borracho (1963) se movió en adelante por un evidente e irrefrenable deseo de comunicación popular, bien sea dentro de obras de temática social, sencillas aunque bien contextualizadas (Los farsantes,1963, su ópera-prima; del mismo año, Young Sánchez), comerciales mas no indignas ni que dejen de cuestionar, así se trate de un spaghetti western (La cólera del viento, 1970), relacionadas con piezas de clásicos como Calderón de la Barca y Lope de Vega (La leyenda del alcalde de Zalamea, 1972) o con la tragedia o el drama (Con el viento solano, 1965, Los pájaros de Baden-Baden, 1975, Los santos inocentes, 1984). Esta última, con base en la novela homónima de Miguel Delibes y con la cual Mario Camus (Santander, 20.IV.1935) se dio a conocer en América Latina de forma más amplia y de paso se mostró en la plenitud de sus conocimientos teóricos, técnicos y de realización, con una mayor dosis de riesgo, valor e imaginación. Sin conceder nada.

Entretanto realizó Muere una mujer (1964) y filmes de encargo, como los musicales Cuando tú no estás (1966), Al ponerse el sol (1967) y Digan lo que digan (1968), para el cantante Raphael, y Esa mujer (1969), para Sara Montiel. Su estilo se definió con Fortunata y Jacinta (1979), sobre la obra de Pérez Galdós, serie para TV que supuso su consagración como adaptador de textos literarios. Campo dentro del que realizó con gran éxito La colmena (1982), Oso de Oro en Berlín; Los santos inocentes (1984), por la que los actores Alfredo Landa y Paco Rabal recibieron el premio a la Mejor Interpretación ex aequo en Cannes y el filme fue Premio Especial del Jurado ecuménico; y La casa de Bernarda Alba (1987), adaptación del drama de García Lorca. En otras obras su enfoque social tiene un tono más intimista, como en Sombras en una batalla (1993), con Carmen Maura, una veterinaria, y Joaquim de Almeida, su compañero, sobre el terrorismo de ETA, promocionada bajo el lema “el olvido es la única venganza y el único perdón” o Amor propio (1994), que con cada vez mayor certeza y complejidad describen la historia de un regreso. Otros filmes suyos: La vieja música (1985), La rusa (1987), sobre la obra de J. L. Cebrián, Después del sueño (1991), Adosados (1996), El color de las nubes (1997), La ciudad de los prodigios (1999), que participó en Mar del Plata ese año, y La playa de los galgos (2002), de nuevo la temática etarra, esta vez con un panadero que busca a su hermano. En 2011, obtuvo el Goya de Honor por la Academia de Cine Español.

Los santos inocentes es muestra de cine depurado, libre de manierismos, carga ideologizante y lastres literarios, entendidos estos como yugos retóricos que hubieran podido incidir en la calidad plástica del filme. Partiendo de una novela de “166 páginas de letra grande y abierta”, según Delibes, el cineasta Mario Camus escribió un guión fiel y aun así libre, junto a Antonio Larreta y a Manuel Matji, en el que se obviaron personajes/escenas que restaban fluidez al relato y cuya asunción hubiera representado un enriquecimiento vital, quizás, pero también, lo que hubiera sido grave, un desequilibrio de la puesta en escena, tanto como un peligroso incremento en la duración del filme: preciso hasta en extensión, lo mismo que en intensidad, intimidad y atmósfera, como lo evidencian primeros planos, travellings, paneos, en las distintas escenas y secuencias.

Así, Rogelio, el otro hermano de Nieves y de Quirce, no encuentra sitio en el filme, como tampoco lo va a tener Ireneo, el hermano muerto de Azarías y de Régula. Otro episodio que suprime la adaptación y que en el texto tiene su valor, dada la tradición católica y ante todo el prurito cristiano del generalFranco (1936/75), periodo dentro del que se ubica la historia, fue el del deseo de Nieves por hacer su Primera Comunión: su inclusión, si no inoportuna, pues iría en contravía del nuevo carácter que el cineasta le imprimió al personaje, al menos hubiera forzado a agregar una secuencia con su implícita extensión. A estos hechos hay que sumar la capacidad de Camus para aportar sus propias ideas, con el fin de hacer una auténtica recreación de la obra primigenia: enriquecer el discurso fílmico y no, como podría pensarse, traicionar el sentido del referente literario, aunque de hecho, se reitera, llegue a la transgresión; aquí, sin carga peyorativa, toda vez que habla de la habilidad del cineasta para obviar, con inteligencia y sin temor, situaciones que hubieran podido resultar bochornosas para el espectador contemporáneo, entrado ya en un avanzado estadio de laicismo, dadas las lastimosas evidencias y resultados de un credo impuesto, durante más de 40 años, a sangre y fuego, y sin más derecho a la tierra que la que miles de españoles llevaron en las uñas mientras huían de España durante la Guerra Civil (1936-75, no 39) hacia distintos puntos de la geografía europea. Situación aberrante, sellada luego con un inaudito e inexplicable Pacto de Silencio entre España y Francia.

En oct/2013, los responsables de la asociación Jueces para la democracia criticó al Ejecutivo español, por incumplir la Ley de Memoria Histórica y recordaron que España, con más de 114.000 desaparecidos durante la Guerra Civil es “el segundo país del mundo, tras Camboya, con mayor número de personas víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido recuperados ni identificados” […] “No podemos compartir de ningún el modo el discurso de que la recuperación de la memoria democrática suponga reabrir heridas. Resulta inadmisible que un Estado democrático siga negando a toda la sociedad el derecho a conocer el pasado y la necesidad de establecer un plan de administración programado, sistemático y financiado públicamente que permita con agilidad la localización y la sepultura digna de todas aquellas personas que fueron asesinadas con ocasión del golpe militar de 1936 y la posterior represión franquista”, dice el comunicado. (Natalia Junquera, El País, 9/oct/2013). Ver a propósito el documental El silencio de otros (2018), de Almudena Carracedo y Robert Bahar, producido por Pedro Almodóvar. (1) 

Entonces, a la historia primitiva de Los santos inocentes, tal vez por una interior e imperiosa necesidad de equilibrio, Camus le insertó otra historia de su propia invención: la de Quirce y Nieves redimidos, una réplica a la manifiesta sumisión de Paco El Bajo y de Régula: el primero, con su inocultable comportamiento perruno y la segunda con su recurrencia al vicio verbal-actuante a mandar que pa’eso estamos. Con aquella historia de redención que simboliza la urgencia de justicia y ecuanimidad que tiene el ser humano, el director de La colmena, basada en la obra homónima de Camilo José Cela, el Nobel que nunca debió ser, demostró que, operando sobre una obra literaria de regular extensión, el tema no obliga en exceso al cineasta; al contrario, lo deja en libertad y le permite quitar o añadir de acuerdo con su capacidad de creación e incluso de transgresión: no existen obras sagradas dentro de la literatura que no se puedan adaptar… pues eso no habla de la dificultad del referente sino de la incapacidad del adaptador. Hecho que, por contraste, demuestran adaptaciones como la de La muerte en Venecia, por Visconti, sobre la obra original de Mann; la de El lugar sin límites, por Ripstein, basado en la obra homónima de Donoso; la de El tambor de hojalata, por Schlöndorff, según la novela de Günter Grass.

Los santos inocentes, la novela, está ambientada en terrenos de un cortijo de Extremadura, en la década de 1960. La familia campesina conformada por Paco y Régula y sus hijos Nieves, Quirce, Rogelio y Charito, La Niña Chica, viven en una humilde casa de barro al servicio de los señores del cortijo trabajando, obedeciendo y recibiendo humillaciones sin rechistar, a riesgo de ser echados sin atenuantes. Su única esperanza es que sus hijos estudien para que puedan abandonar la triste vida que llevan. Charito padece parálisis cerebral y permanece recluida en una cuna. Un día, tras ser expulsado de un cortijo vecino, a la familia se suma el hermano de Régula, Azarías, alegórico nombre que en hebreo significa “fuerza de Dios”. Pero, él solo usa la suya. Tiene cierto retraso mental y a la vez una conducta instintiva y mecánica. Sus únicas preocupaciones son atender a La Niña Chica y cuidar de su Milana bonita, una grajilla que, a través de la historia, deviene fundamental en la construcción del clímax ulterior. Sin embargo, lo más importante, es que mantiene una vital relación con la Naturaleza, es un marginado involuntario, siente una bondad natural hacia los seres que lo rodean. Aquí se palpa la intensidad del filme. 

Los santos inocentes, el filme, narra la historia de una familia campesina que, como ocurre aún, vive subordinada a la clase que domina la tierra, usufructua los recursos y maneja a su antojo el destino de sus integrantes Paco El Bajo, Régula, el hermano de ésta, Azarías, Quirce y Nieves, hijos de los dos primeros: sin contar el de su tullida hermanita, la citada Charito, especie de alegoría de la tragedia que a dicha familia le toca soportar, suerte de metáfora del estatismo existencial que rodea sus vidas, de la incomunicación imperante entre sus miembros y que, a manera de grito sordo, solo se ve alterada por los esporádicos lamentos de aquella chiquilla, de aquel santo inocente, que no obedecen a un caprichoso llamado de atención sino a la imperiosa necesidad de restablecer el equilibrio vital por medio de la justicia poética: una metáfora para contrarrestar los efectos nocivos de la ignominia humana. Para que, por fin, haya una sociedad más justa, menos desigual. 

De ahí la atmósfera del filme, en bruma, frío y silencio, que se percibe especialmente cuando la familia se encuentra en la raya, otro símbolo utilizado para determinar las diferencias de clase entre súbditos y patrones: la sempiterna lucha de clases. Pleito que los segundos le seguirán haciendo notar a los primeros cuando en un gesto de engañosa nobleza (más bien, insoportable complejo de culpa y urgente necesidad de expiación), don Pedro le diga a Paco El Bajo que ya es hora de que junto a su familia pase a vivir en El Cortijo, lo que en realidad significa fuera de él y así lo señala un portón. En ese espacio de opresión, apenas Quirce y Nieves abrigan el sueño de liberación (el que no puede excluir a Azarías y su coprológica rebeldía pues él encarna la esencia liberadora, actitud que parece desprenderse naturalmente de su nombre), aprendiendo a leer y a escribir y buscándose su propio empleo, lejos de un espacio patronal en el que apenas caben la renuncia y la obediencia, la resignación y el silencio, características de la servidumbre.

A dicha servidumbre Camus contrapone una aristocrática familia española de tendencia franquista compuesta por la señora Marquesa, Myriam (la hija sensible), el mayordomo don Pedro (el cornudo), su casta esposa Purita y el señorito Iván (emblema de la ignominia), quien a hurtadillas o de frente corteja a la anterior. La historia de tal familia campesina que se debate entre la opresión, la crueldad y la perversión de estos no halla fácilmente, en la historia del cine, un equivalente ni en la ternura mostrada por la primera, ni en la violencia ejercida por los segundos, si se exceptúan filmes sobre el esclavismo como Mandinga; el racismo, Mississippi en llamas; o la explotación del hombre, De ratones o de hombres, retitulada La fuerza bruta. Campesinos y neo-feudalistas representados por personajes penetrantes tanto en su lealtad y solidaridad (véase el rechazo de Régula a que Azarías sea llevado a un centro benéfico), como en su infidelidad e indiferencia: aquí cabe citar el triángulo (no precisamente) amoroso, de don Pedro-Purita-señorito Iván, así como la actitud de este ante los accidentes de Paco El Bajo. De ahí sale la dudosa, aunque potente, intimidad que, sin temor al qué dirán, refleja el filme. 

Hay que advertir que aunque la idea básica de Los santos inocentes sea la explotación del hombre, dicho tema no determina el valor ético del filme pues este es efecto lógico de la honesta mirada que Camus lanzó sobre la humanidad de los protagonistas sin hacer juicios de valor, igual que de la soberbia actuación de ellos como de la verosímil recreación de hechos y situaciones, como hasta ahora solo se había hecho, entre otros pocos filmes, en ese otro fresco bucólico en movimiento llamado El árbol de los zuecos y, más recientemente, en El poblado de cartón, ambos del italiano Ermanno Olmi,o en aquella parábola sobre a quién pertenece la tierra, titulada El campo, del irlandés Jim Sheridan o en aquella síntesis sobre la metáfora de las estrellas-hombres titulada La historia sencilla, del gringo David Lynch, hasta ese momento un retorcido cineasta: una prueba más y no cualquiera sobre cómo el arte no obedece a intenciones o que entre más escondidas estén mejor será el resultado, y cómo el tema manda sobre el artista o lo escoge y no al revés.

Gracias a tales aspectos, el filme permitió corroborar que los terratenientes o explotadores no son fantasmas del pasado, que el feudalismo no acabó en la Edad Media y que, por el contrario, aún es posible asistir a execrables faenas de crueldad humana. Nietzsche: “La crueldad es uno de los placeres más antiguos de la humanidad”. También, uno de los más recientes. Una de esas execrables faenas en la que, si no fuera por el tacto, la mesura y la compasión con que Camus narra, aquella atmósfera dominada por melancolía, sordidez y privaciones, resultaría insoportable para el espectador: aunque para no pocos sigue siéndolo, quizás por la verdad que habita el filme, más de la que uno es capaz de aguantar. Atmósfera que, dicho sea, no es lenta sino grave y ya se sabe que a vuelo de pájaro solo puede ser abordado lo superfluo; al respecto, decía Schiller, pionero del romanticismo: “Hay que detenerse en las cosas con amor”. Y eso hacen Camus y Burmann, el hombre de la cámara, a lo largo del metraje. Descrito desde la perspectiva de cada uno de los miembros de aquel núcleo (con excepción de Régula, personaje estático y no dinámico como los otros y a la que le está dado estar en el centro del hogar, el fogón de la cocina, una mirada endógena, no exógena como la del resto de narradores… y, obvio, de la niña tullida: un grito sordo de protesta contra la iniquidad del mundo) sobre el que se cierne la injusticia del señorito Iván y de su cíclica ascendencia, Los santos inocentes tiene la forma de la parábola política exenta de vicios panfletarios, el aspecto de la denuncia sin velos maniqueístas y el rostro de la verdad desnudaal margen de posibles manipulaciones.

En ella, a veces parece recibirse los planos en forma de sensaciones, producidas por luz y sombras, imagen y sonido que parecen, a su vez, desprenderse de cada intérprete, en especial cuando mediante flashbacks, se cuentan las peripecias de Paco El Bajo y Azarías, encarnados indeleblemente por Alfredo Landa (1933-2013) y Francisco Rabal (1926-2001). Rabal, fallecido poco después de filmar ese prodigio de filme sobre luz y sombras, privilegio, en este caso, del pintor Goya, Goya en Burdeos (1999)dirigido por Saura. Paco El Bajo, las proyecta a través de una al parecer hereditaria debilidad, de una sumisión que pareciera esconder una posible vocación por el maltrato: su olfato canino lo convierte casi en un perro que habla y le permite saber cuándo se acerca Azarías, dónde cayó una paloma, cuándo viene el señorito o hará buen o mal tiempo. Azarías, en sí un símbolo, las envía en forma de metáforas de defensa, burla y, ante todo, rebeldía (actitud relacionada con la de Quirce y la de Nieves): entonces, orina en sus manos para que “no sangrienten [sic] durante el día” y con ellas mismas despluma a las pitorras, cuenta (mal) las mazorcas y las habichuelas (“1, 2, 3… 8, 12, 43, 44…”) y arrastra a la señorita Myriam hacia los objetos de su amor, a la vez de su desgracia; adicionalmente, defeca en cualquier parte, de la casa señorial, como el animalito que con tanto esmero cuida y del que con tanto dolor tiene que desprenderse, por la deshumanización y el egoísmo del señorito Iván, aquél defensor a ultranza del conservadurismo y de la reacción, de las jerarquías y de las estructuras de poder y de joder. Aunque, en realidad, Paco y Azarías se encuentran en las antípodas respecto a la arrogancia inexcusable que debe enfrentar el primero y a la insumisión liberadora que decide encarnar el segundo en su trato hacia el señorito y hacia el resto de la camada conservadora y clerófila que representa su (aparentadora) familia.


Una neofeudal que oprime, a sus “súbditos”, con una naturalidad que aterraría hasta al más bellaco, en la que durante 40 años fue la nación más atrasada de Europa occidental: donde campearon a sus anchas caciquismo, miseria, analfabetismo, pero no como lastres sino como sucedáneo de lo deseable, las buenas costumbres, lo aceptable: lo que jamás debe cuestionarse o si no en el acto caen los falsificadores de las evidencias para aplicar Justicia, la que vive donde la Ley no llega, porque mientras tanto ha quedado exhausta de contar cadáveres. Familia conservadora/monarquista/ultracatólica que, para ciertos ultraderechistas decididos siempre a mutar en virtudes las evidencias de la corrupción, no refleja otra cosa que el patético sentir de una mayoría alienada por las recias/castrenses voces de quienes siempre vieron en el país una hacienda: según el documental Morir en Madrid, de Rossif, a comienzos de la Guerra Civil, que para la historia oficial solo va hasta 1939, en España “20 mil personas eran dueñas de la tierra y había provincias enteras en manos de un solo hombre”. En nada más que 501.000 km2, “casi como Francia”, donde quedaron más de 200 mil cuerpos españoles, catalanes, vascos, africanos; entre ellos no pocos musulmanes de los 40 mil que pelearon una guerra ajena italianos, alemanes, rusos, ingleses e irlandeses, como los de las Brigadas Internacionales a los que Ibárruri, La Pasionaria, agradeció su participación, como lo hará Orwell en Homenaje a Catalunya y Loach en Tierra y Libertad: ahí se ve que el enemigo de un grupo político, anarquista, está por dentro: el trotskista Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), cuyo más enconado rival era el leninista Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC).

Una familia, en últimas, anclada en la abyección, el vicio, la aberración, que sus aberrados, viciosos y abyectos dirigentes, encabezados por el generalísimo Franco y por el falangista Primo de Rivera, les ayudaron a cimentar sin mucho alarde, pero, también, sin el menor cargo de conciencia ni de responsabilidad con la historia. Contra ese lastre fascista/secular basta asumir la actitud de un admirado por el gran poeta turco Nâzim Hikmet, el escritor sufí Yunus Emre (1240-1321), en quien confluyen igualdad de los humanos, condena de vanidad/soberbia y ambición de poder y riqueza, crítica al fanatismo religioso y control sobre pasiones, modestia, estudio y ciencia, implícito en un dardo que da en la llaga del caos actual: “El odio es nuestro único enemigo. Para nosotros el mundo entero es Uno. No estoy en la Tierra para sembrar la guerra ni la enemistad. El amor es la misión y la vocación de toda la vida. Que una única frase pare la guerra: ‘Ama y sé amado’. Hacia nadie sentimos odio. Todo el mundo es igual para nosotros”. 

En conclusión, de no mediar la lucidez, el gusto y la estética de Camus, Los santos inocentes hubiera podido caer en la red de lo que algunos señoritos de la crítica actual llaman “cine desalmado”, sin detenerse a pensar que desalmado no es el cine ni quienes lo hacen sino el universo a partir del cual se han recreado filmes como Cabo de miedo, Petróleo sangriento, No es país para viejos, El faro y, claro, Los santos inocentes, uno de los episodios de la historia del cine más tiernos y a la vez descarnados y hasta, ¡por qué no!, desalmados: adjetivo que apunta a quienes ejercen la violencia, no a quienes solo les queda padecerla. Desalmados como el señorito Iván, tirano que al final encuentra lo que con tanto ahínco inconsciente había buscado, a manos de otro presunto desalmado, Azarías, quien, pese a ser “corto de entendederas” para cierto tipo de cacería, representa el paradigma de la lucidez en medio de tanto odio ciego injustificado e indiferenciado, pero que pasa por una simple y natural conducta ancestral, y quien es tan inocente como Paco El Bajo y su familia de toda la violencia física y moral que sus amos les imponen con los guantes de seda de la hipocresía, para tranquilidad de la conforme sociedad restante. Como inocentes son muchos de los lectores de aquellos críticos que escriben desde cómodas poltronas, ajenos a la crueldad, la ignominia y la deshumanización de una sociedad tan próxima como la descrita por Camus en su filme. Sociedad de la que dichos críticos no se han percatado quizás porque la espuma en la que se hunden, para estar cómodos, les viene ocultando desde hace tiempo su desalmado rostro: el mismo rostro sin alma de la sociedad, que Miguel Delibes reflejó en su obra literaria publicada en 1981.


A Valentina in memoriam, santo inocente de quien nunca lograré desprenderme.

Y a Santiago, de quien tampoco quiero…

FICHA TÉCNICA: Título original: Los santos inocentes. País: España. Año: 1984; Color; 107 min. G: Mario Camus, Antonio Larreta, Manuel Matji. D: Mario Camus. F: Hans Burmann. Mús.: Antón García Abril. I: Paco El Bajo (Alfredo Landa); Régula (Terele Pávez); Azarías (Francisco Paco Rabal); señorito Iván (Juan Diego); Purita (Ágata Lys); don Pedro (Agustín González). P: Julián Mateos, en colaboración con TVE. Distribución en Fosa Común: Cine Colombia.


Nota:


(1) https://www.infobae.com/america/cultura-america/2019/09/12/el-silencio-de-los-otros-un-documental-que-pone-bajo-la-lupa-los-crimenes-del-franquismo/#:~:text=El%20documental%20El%20silencio%20de,buscando%20justicia%20hasta%20nuestros%20d%C3%ADas.


Notas consultadas luego de escrito el ensayo:


https://www.diagonalperiodico.net/saberes/28387-gran-negocio-llamado-franquismo.html

http://www.ecorepublicano.es/2016/11/franco-solo-fusilo-23000-asegura-un.html?m=1

http://elpais.com/diario/2002/10/21/cultura/1035151203_850215.html

* (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín, desde 2012, y columnista de EE, desde el 23/mar/2018. Corresponsal de revista Matérika, Costa Rica. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao, 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Invitado por UFES, Vitória, Brasil, al III Congreso Int. Literatura y Revolución – El estatuto (contra)colonial de la Humanidad (29-30/oct/2019). Autor, traductor y coautor, con Luis E. Soares, en el portal Rebelión. E-mail: lucasmusar@yahoo.com





domingo, 18 de octubre de 2020

Monsanto pagó a Google para censurar resultados de búsqueda y desacreditar a los periodistas Por Cassie B.

 


Traducido por Marwan Pérez

Si alguna vez se ha preguntado por qué no hay más indignación por los peligros de los pesticidas y herbicidas, incluso cuando la conciencia ambiental parece estar aumentando, la respuesta es simple: fabricantes como Monsanto tienen departamentos enteros dedicados a desacreditar a los periodistas que exponen sus formas corruptas y pagan a Google para que censure determinados resultados de búsqueda.

Un informe de The Guardian expuso cómo Monsanto, ahora propiedad de Bayer, operaba como un «centro de fusión», que recopilaba información inteligente sobre los periodistas que se atrevían a decir la verdad sobre sus productos. Uno de sus mayores objetivos fue la periodista de Reuters Carey Gillam, quien ha realizado excelentes informes sobre los vínculos entre Monsanto y el herbicida Roundup de Bayer a lo largo de los años. Ahora trabaja como directora de investigación de EE. UU.Right to Know(el derecho a saber), otro objetivo de las investigaciones de Monsanto.

Según los informes, la empresa le pagó a Google para promover resultados de búsqueda que criticasen su trabajo cuando la gente buscaba términos como «Monsanto glyphosate Carey Gillam». La compañía también ideó una estrategia para presionar a Reuters, diciendo que necesitaban «seguir presionando fuertementea los editores [de Gillam] cada vez que se tenga la oportunidad».

También lanzaron un ataque concertado contra un libro que Gillam justo antes de su lanzamiento, “Whitewash: The Story of a Weed Killer, Cancer, and the Corruption of Science,” (lavado de cara: la historia del herbicida asesino, el cáncer y la corrupción de la ciencia) redactando temas de conversación para terceros, y que podrían usar para criticar su trabajo e instruir a los agricultores y otros clientes de la industria sobre cómo pueden publicar críticas negativas sobre el libro.

“Siempre supe que a Monsanto no le gustaba mi trabajo … y trabajaron para presionar a los editores y silenciarme, pero nunca imaginé que una empresa de miles de millones de dólares gastaría tanto tiempo, energía y personal en mí. Es asombroso «. Gillam le dijo a The Guardian. Dijo que su libro recibió una gran cantidad de críticas negativas en Amazon justo después de su publicación oficial y muchas de ellas repetían idénticos argumentos.

Monsanto se guardó un archivo con los nombres de alrededor de 200 periodistas y legisladores cuya influencia espera ganar. También iniciaron una investigación sobre el cantante Neil Young y escribieron un memorando sobre sus actividades contra Monsantoy su música. Estaban tan preocupados por su influencia en el público que hicieron que su equipo legal lo vigilara.

Aunque algunas empresas tienen centros de inteligencia que buscan amenazas criminales legítimas como ataques cibernéticos, «se vuelve preocupante cuando ves que las corporaciones aprovechan su dinero para investigar a las personas que están participando en sus derechos contemplados en la primera enmienda», señaló el investigador principal de Electronic Frontier Foundation, Dave Maass.

Los casos judiciales están exponiendo la corrupción de Monsanto / Bayer

Estos actos de Monsanto fueron revelados por documentos que salieron a la luz pública durante los juicios sobre el mortífero herbicida Roundup. Ya han sido declarados responsables en tres casos relacionados con el cáncer; y más de 11,000 demandas contra Roundup de paisajistas, jardineros y agricultores están actualmente pendientes.

El glifosato, que está catalogado como cancerígeno por el estado de California y considerado un carcinógeno probable por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer de la Organización Mundial de la Salud, se usa en al menos 70 cultivos alimentarios en los EE. UU., incluidos vegetales, frutos secos y frutas, en además de ser rociado sobre cultivos convencionales como avena, trigo y cebada antes de la cosecha. Su alcance es tremendo y se pueden encontrar residuos de la sustancia química en gran parte de los alimentos que se venden y consumen en los EE. UU.

Monsanto también pagó a investigadores para escribir y publicar estudios fantasmas que dejan a estos productos con una percepción favorable. También han interferido con las agencias reguladoras y se han negado a realizar estudios de seguridad a largo plazo en sus productos. Quizás si hubieran dedicado menos tiempo y energía a atacar a sus críticos y más tiempo a hacer que sus productos fueran más seguros, no estarían en esta posición en este momento.


jueves, 9 de julio de 2020

EL LADO BUENO DE LA PANDEMIA, por Luis Lea Place y Pedro Cazes Camarero para Vagos y Vagas Peronistas

Comienza el invierno en Buenos Aires. Afuera, en la calle helada y vacía, campea la sorpresa, el emergente, como un viento amarillo y viscoso. El imaginario futuro retrocede, se desvanece como la ilusión de una historia con sentido. La teleología deja paso a la única producción de sentido posible: la que trata de resolver el emergente. El resto es religión. 

Algo bueno tiene la peste, y es que es democrática, y en más de un sentido. Ante todo, visita preferentemente a los viajeros prósperos, que frecuentan China, Milán o París. En el fordismo, el poder era la certeza. Ahora, el poder de la Elite Financiera Global (EFG) acampa cerca de la incertidumbre, el nuevo “lugar” del poder, cerca de la creciente volatilidad de un “Swap”. 

Desesperadamente, la EFG intenta retroceder, pero detrás ya no hay nada. La neo- burguesía no vacila en aplicar el rigor del Estado para yugular la epidemia. Como observa Miguel Benasayag, los mismos que consideran las jubilaciones dignas y el control ecológico como dispendios insensatos, en esta ocasión no trepidan ante el gasto. 

Pero la angustia de los dominantes deriva de la incertidumbre de no saber cuándo y qué emergente llegará. La fuerza de la EFG deriva de su ubicuidad, frente a la debilidad granítica de las grandes mayorías, que funcionan aún en lentas secuencias de conciencia y de acción. Sin embargo, los emergentes también sorprenden a los neo- burgueses, arrastrando a la humanidad de una meseta precariamente estable a otra, cuyo fugaz equilibrio nadie sabe cuánto durará, al decir de Deleuze y Guattari. Entre una meseta y otra, el torbellino de un agujero de gusano, un no- lugar donde no funcionan los teléfonos celulares ni se acumulan las finanzas electrónicas. 

La especulación virtual maneja veinte veces la cantidad de dinero equivalente al producto bruto mundial, así que era cuestión de tiempo para que cualquier disparador hiciera saltar por el aire el festival fantasmático de las finanzas. Travesuras del virus. Pero las transacciones especulativas en tiempo real se realizan con humo, y poseen una escala enorme, similar a las sombras proyectadas en el atardecer. Ya se sabe que luego del atardecer viene la noche. 

Así que la pandemia se le presenta a la EFG como un peligroso emergente. Las deudas corporativas y soberanas del mundo no se podrán pagar, no por decisión de nadie, sino por el emergente sanitario. 

La fortaleza de la EFG ante las viejas generaciones humanas consiste en el abandono de la pirámide (lugar del sistema) y funcionar como una red plana, un contra-lugar, una heterotopía diría Foucault. Pero no puede codificar a las nuevas generaciones, que son cada vez más rizomáticas. La potencia inmediata está en disputa, ya que los jóvenes funcionan en tiempo real, en términos instantáneos y con memoria corta en los emergentes; a diferencia de la humanidad todavía fordista, que lo hace en volúmenes de tiempo, con secuencias y memoria larga institucionalizada. 

La emergencia sanitaria, a pesar de la desgracia causada, obligó a la humanidad a un ejercicio de pensar en red y tiempo real, quizás una de los emergentes más peligrosos para la EFG. La “red distribuida” es el verdadero lugar de la humanidad, y ya no las estructuras piramidales. 

Cuando vuelvan a brillar las estrellas y la marea de la peste se retire, mientras lamemos nuestras heridas y contamos nuestras bajas, pasado el pánico, ellos nos interpelarán acerca de la eficacia demostrada por el régimen de excepción y la conveniencia de mantenerlo para domeñar la lucha política de clases. 

Allí nos tocará recordarles que los coronavirus se forjan entre el pus y la mugre de los criaderos de cerdos y de aves de corral, y en los laboratorios bioquímicos secretos de las potencias. Pero que no hay estado de excepción que pueda disciplinar al General Intellect que pulula y borbotea en el común. 

(") Pedro Cazes Camarero, argentino, farmacéutico, 1945. Magister Scientiae en Metodología de la Investigación Científica y Epistemología. Ex director de "Estrella Roja" (órgano del Ejército Revolucionario del Pueblo- ERP-), "El Combatiente" (órgano del Partido Revolucionario de los Trabajadores - PRT-) y "Crisis". Autor de numerosos artículos y libros, entre ellos "Las Estrategias de la Aurora", de próxima aparición (Ed. Prometeo, Buenos Aires, 2019). Premio "Ramón Carrillo" (2010). Miembro del Encuentro de Profesionales contra la Tortura. Columnista de "Cuadernos de Crisis/Purochamuyo".


(") Luis Lea Place (Tucumán, 1951) Economista. Ex militante del PRT-ERP. Autor de "Riqueza sin Valor" (2017).




jueves, 10 de octubre de 2019

¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO? EL FENÓMENO GRETA THUNBERG COMO UN MANUAL DE DIRECCIÓN DE LAS PASIONES POLÍTICA, Por Daniel Bernabé (Madrid)



En 1976, el gran Chicho Ibáñez Serrador estrenó ¿Quién puede matar a un niño?, una película de terror donde una joven pareja viaja a una isla mediterránea que ha sucumbido a un terrible mal: los niños han asesinado a los adultos. Mientras que en historias similares como El pueblo de los malditos (1960) los pequeños homicidas tienen un origen paranormal, en la producción española la furia infantil se achaca a los males del mundo y a la inacción de las personas mayores: los críos han llegado para poner orden, al precio que sea.

Viendo el airado discurso de Greta Thunberg en la Cumbre de Acción Climática de la ONU se me hizo muy difícil no pensar en la película de Ibáñez Serrador. La joven protagonista de toda esta historia ha acaparado titulares, conversaciones en red y ha eclipsado al resto de intervinientes, desde los jefes de Estado hasta otros activistas, reafirmando la narrativa de que los niños han venido a poner las cosas claras a los malvados adultos: dicotomías de cuento de los Hermanos Grimm para un momento de audiencias hambrientas de emociones fuertes.

Pero la intervención de Thunberg me ha recordado no sólo a la película por esta división, otra más, sino por un hecho que a pesar de obvio pasamos por alto. ¿Quién puede matar a un niño? toma su título de la frase que uno de los supervivientes de la isla emplea para explicar por qué los pequeños han cometido sus crímenes sin apenas oposición: ¿quién puede enfrentarse a un niño a pesar de que este venga con intenciones hostiles? Quien sea aficionado al cine de zombies sabrá de qué hablamos.


"El fenómeno de los niños prodigio del activismo no es nuevo, por lo que sorprende que los medios lo pasen por alto, como si Thunberg fuera única y primera en su especie. Thunberg es, sin duda, un gran producto político, uno especialmente adaptado a la infantilización sentimental de la sociedad".

Si hoy decimos "la adolescente más famosa del mundo" gran parte del planeta pensará en Thunberg, pero no hace demasiado tiempo, en 2013, este título le fue otorgado a Malala Yousafzai por el periódico alemán Deutsche Welle. Un poco después vino Muzoon Almellehan, a la que se llamó con demasiado descaro "la Malala siria", suponemos que por ponerle las cosas fáciles al público. Niñas, adolescentes, con vidas muy duras y una historia de superación tras de sí, con mensajes sencillos y directos que apelaban a causas nobles como la educación o los derechos humanos. Niñas que fueron utilizadas desde los centros de poder mundial para sustentar intereses geoestratégicos. Pero, ya saben, ¿quién puede criticar a una niña?


En 1992, Severns Cullis-Suzuki recibió la condecoración de "la niña que silenció al mundo" por un discurso que llevó a cabo en, adivinen, la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro. Cullis-Suzuki, con trece años, pronunció un alegato ecologista tan conmovedor como vacío políticamente. Ese mismo año y en esa misma cumbre, Fidel Castro Ruz, el presidente de Cuba, pronunció otro discurso con mucha menos trascendencia mediática que señalaba con pelos y señales el culpable del desaguisado ecológico: un sistema económico que había hecho de la rapiña, el crecimiento descontrolado y el extractivismo a los países más pobres su principal motor de desarrollo. Eran tiempos en los que, después de la caída del muro, nadie quería escuchar a un comunista: hoy las palabras de Castro parecen premonitorias.


El fenómeno de los niños prodigio del activismo no es nuevo, por lo que sorprende que los medios lo pasen por alto, como si Thunberg fuera única y primera en su especie. Thunberg es, sin duda, un gran producto político, uno especialmente adaptado a la infantilización sentimental de la sociedad, pero uno que también cuenta con la connivencia de un periodismo que necesita obtener visitas a toda costa y que ya no se atreve a adoptar una postura crítica, simplemente plantear una serie de dudas razonables, frente al último fenómeno extraído de una probeta.


Lo realmente desconcertante es cómo un adulto de inteligencia media puede creer que una niña decide por su cuenta iniciar una huelga escolar climática hace un año y que doce meses después sea un icono mundial recibido por Obama y Lagarde, que viaja en un velero acompañada de un príncipe monegasco y cuenta con voz en las tribunas de los organismos más importantes del mundo. Perdonen que levante una ceja en señal de desconfianza, pero rara vez quien posee los resortes de poder decide pegarse un tiro en el pie dando facilidades a quien les confronta.


"¿Estamos por aquí afirmando que el cambio climático o en general los problemas ecológicos son un cuento? Ni mucho menos. Probablemente nos enfrentemos como especie a un reto global de dimensiones catastróficas. Lo que decimos es que Thunberg, al margen de sus deseos, es el enésimo fenómeno que va a permitir que los trabajadores acaben pagando los platos rotos de la transición productiva".

Si descartamos que Thunberg tenga capacidades de control mental –cosas más raras se han visto–, hemos de deducir que, evidentemente, hay una serie de patrocinadores detrás de la niña. Y no hablamos de ninguna extraña conspiración, sino simplemente de la forma habitual en la que funcionan la cosas en nuestra época. Alguien tiene una serie de intereses y, mejor que hacer lobby, recurre a una protagonista amable para que el público acepte con entusiasmo el cuento que se les ha propuesto, eso que ahora se llaman narrativas.


¿Estamos por aquí afirmando que el cambio climático o en general los problemas ecológicos son un cuento? Ni mucho menos. Probablemente nos enfrentemos como especie a un reto global de dimensiones catastróficas. Lo que decimos es que Thunberg, al margen de sus deseos, es el enésimo fenómeno que va a permitir que los trabajadores acaben pagando los platos rotos de la transición productiva y además lo acepten de buen grado. La pretensión real puede ser una impostergable adaptación económica para paliar el cambio climático, pero exonerando al capitalismo y manteniendo las tasas de beneficio, cargando sobre los hombros de la clase trabajadora y los países empobrecidos la factura. Ya pasó en la crisis del 2008.


El fenómeno Thunberg cuenta, en primer lugar, con un discurso emocional pero desestructurado políticamente, que no señala ni los cómos ni los porqués, que evita poner el acento en corporaciones empresariales concretas y que pasa de puntillas por el gigantesco complejo industrial-militar norteamericano, pero que además fomenta una peligrosa idea de que "la clase política" es la única responsable del calentamiento global, sin asumir que la mayoría de esos políticos son el consejo de administración, en los organismos públicos, del gran capital. La diferencia de añadir apellido a la culpabilidad es que mientras que en el segundo caso protegemos la democracia, en el primero podríamos estar tentados de verla como un impedimento. De la eco-tecnocracia al eco-fascismo hay tan sólo unos ligeros matices.


De hecho, muchos líderes políticos, de forma similar a los propios medios de comunicación, intentan subirse como pueden al carro de la niña sueca, temerosos de enfrentarse a alguien obligatoriamente popular. Además, estos políticos obvian que desde hace treinta años se han aprobado protocolos para atajar la crisis climática. Que parezca que antes de Thunberg sólo existe el vacío les libra de responder por qué esos protocolos no se han aplicado con efectividad.

La respuesta no es que no se sepa lo qué hacer, ni siquiera que en último término no haya voluntad política para hacerlo, el problema es que en un entorno capitalista de una producción cada vez más desordenada esos protocolos son inasumibles: chocan frontalmente con los modelos de los mismos entes supranacionales, como el FMI, que reciben y agasajan a Thunberg. Y eso no se puede asumir delante de los focos.


Sorprende –sinceramente ya más bien poco– que el progresismo no se esté dando cuenta de la dinámica que genera la propuesta Thunberg. Se diría, escuchando a muchos activistas y líderes, sinceramente fascinados con la joven nórdica, que lo único que importa es la concienciación y el movimientismo, cuando la población sabe perfectamente que tenemos un problema climático, es más, cuando la mayoría hace lo que puede por paliarlo. Por otro lado que alguien se sume a una movilización hoy apenas garantiza nada más que la expresión de la preocupación de un sumatorio de individualidades respecto a un tema. Si el progresismo detesta la movilización al estilo del siglo XX no puede luego esperar resultados parejos a los del pasado.


"El greenwashing, la coartada de tal producto o empresa mediante lo ecológico, no es el asunto de fondo, sino simplemente un síntoma de una política vaciada que se adquiere como un bien identitario de consumo".


Este progresismo happening parece conformarse con que sucedan cosas, sin preguntarse muy bien por qué suceden o cuál es el poso que van a dejar. Se desea movilizar a una gran cantidad de personas, sin saber muy bien hacia dónde conduce ese movimiento. Conceptos como organización, poder, ideología o estrategia se han vuelto pecaminosos y ya, a lo único que se aspira es a ser meros acompañantes por si, con suerte, se pega algo del charme y las simpatías se traducen en votos. ¿Que ha quedado de la indignación española del 15M? Esa es la pregunta que este progresismo happening debería responder y no seguir con su desesperada escapada hacia adelante, en muchos casos como resultado de la enésima venganza interna para acabar con tradiciones políticas realmente útiles durante décadas.


De hecho, el greenwashing, la coartada de tal producto o empresa mediante lo ecológico, no es el asunto de fondo, sino simplemente un síntoma de una política vaciada que se adquiere como un bien identitario de consumo. Estas semanas la gente se define como pro-Greta o anti-Greta, intentando situarse histéricos en un mercado donde mostrar unas paradójicas diferencias uniformizantes. En el punto más demente las discusiones giran en torno a si el producto Thunberg posee privilegios por ser blanca y europea o sufre opresiones por ser mujer, joven y padecer síndrome de Asperger, como el célebre Sheldon Cooper. ¿Cuál es el personaje de ficción y cuál el real? La misma pregunta vale para la política progresista. A Trump, cómodo, le vale con bromear sardónicamente: su electorado es lo que espera.


"En Latinoamérica, pero también en la India y África, hay una tupida red de militantes ecologistas que además suelen hacer coincidir sus acciones con lo sindical, lo comunitario y lo étnico, dando a esa palabra llamada interseccionalidad un valor real. Son asesinados a centeranares cada año".

En el colmo de la mezquindad y la estrechez de miras, el progresismo happening acusa a cualquiera que critique al producto Thunberg de celebrar la inacción, planteando el "qué hacer" como pregunta irrebatible que apela a la moralidad individual, de una forma muy parecida a los sacerdotes señalando desde el púlpito a los malos creyentes que se plantean dudas teológicas. La respuesta a esa pregunta es bien sencilla: lo que ya se está haciendo y de hecho se lleva haciendo décadas.


En Latinoamérica, pero también en la India y África, hay una tupida red de militantes ecologistas que además suelen hacer coincidir sus acciones con lo sindical, lo comunitario y lo étnico, dando a esa palabra llamada interseccionalidad un valor real, y no el maltrato identitario al que ha sido sometida por los departamentos universitarios de Europa y Estados Unidos. La diferencia es que estos militantes no tienen espacio en los medios, no son recibidos por el FMI, los príncipes no les prestan los yates y, lo peor, son asesinados a centenares cada año. Su problema es que plantean aún un tipo de política en el que los protagonismos brillan por su ausencia, que ataca los problemas sistémicamente y que organiza a las personas de modo estable elevando su nivel de conciencia. Un muy mal producto, al parecer, para un siglo donde importan más las narrativas que las acciones.


Greta Thunberg, en el mejor de los casos, acabará como Cullis-Suzuki o Malala, escribiendo ese tipo de ensayos que se venden en los aeropuertos. Mientras países como Alemania ya anuncian dinero para la transición industrial ecológica, otros hablan de Green New Deal, maneras eufemísticas de nombrar la gigantesca reestructuración productiva que se va a llevar a cabo para intentar evitar la nueva crisis que se nos avecina y que, con la excusa ecológica, destruirá miles de puestos de trabajo estables transformándolos en empleos precarios pero con la etiqueta verde.


O esta transición se lleva a cabo de forma democráticamente ordenada, planificando la economía para el beneficio de la mayoría de la población, o nos quedaremos sin derechos y sin planeta. 


No digan luego que no les avisamos.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.