jueves, 24 de mayo de 2018

¿PATRIA GRANDE O FACTORÍA FINANCIERA?, Por Javier Azzali

¿Patria Grande o factoría financiera[i]?
El alejamiento de la UNASUR, anunciado por Argentina, Brasil, Colombia, Perú, Chile y Paraguay es un capítulo más del proceso reaccionario que padece nuestra región. La excusa es insensata. Acusaron falta de liderazgo de parte del presidente pro tempore, el primer mandatario de Bolivia Evo Morales, cuando la UNASUR cuenta con un procedimiento de toma de decisiones por consenso entre sus integrantes. Más bien lo que les molesta es la posición declaradamente antiimperialista del líder boliviano y la propia existencia del organismo, lo cual es un estorbo para sus propósitos de abandono del proceso de unificación regional promovido en el último ciclo político.
La Unión de Naciones Suramericanas fue fundada el 23 de mayo de 2008 con el objetivo de avanzar en la soberanía de la región en materia política y de defensa, a la vez que se declaraba a Sudamérica una zona de paz, libre de guerras y bases extranjeras con la excepción de Colombia. La UNASUR fue el instrumento de constitución de una voluntad común regional, para asistir a Bolivia cuando sufrió el intento de secesión por parte de los sectores de la Medialuna, a Ecuador cuando ayudó a frustrar el golpe policíaco contra Rafael Correa, medió entre Venezuela y Colombia en 2010 y, antes –en la reunión del Tratado de Río de Janeiro- entre Ecuador y Colombia. Y también el importante antecedente de haber denunciado fuertemente los golpes en Honduras, contra Manuel Zelaya, y Paraguay, contra Fernando Lugo. Su abandono tiene el significado de una expresa renuncia a los objetivos mencionados, a la soberanía nacional y a la constitución de una confederación de países sudamericanos, en un gesto de obsecuencia mendicante de los gobiernos de turno hacia el poder imperial de los Estados Unidos.
La unidad sudamericana tuvo el rol de sostener el despliegue de políticas de autonomía de los países, con la relativa, pero importante e inédita, autonomía del sistema financiero internacional, el perfil productivo con tendencia industrialista del desarrollo de sus economías, con preeminencia del mercado interno y la redistribución social de la riqueza generada, así como la defensa de las instituciones democráticas. Podemos contar, entre varios hechos destacados de ese ejercicio concreto de la autonomía económica, el pago en forma coordinada de la deuda total al FMI por parte de Kirchner y Lula, el crecimiento del comercio intrarregional y la proyección no concretada de una estructura financiera propia, a través del Banco del Sur, que le permitiera a la región responder a los problemas estructurales de fuga de capitales, la debilidad externa, necesidad de financiamiento para proyectos de infraestructura como los de transporte.
El vaciamiento de los organismos regionales se viene practicando junto con una serie de actos igual de humillantes y contrarios al interés regional. La hostilidad hacia Venezuela manifestada en la aplicación de la cláusula democrática para su exclusión del MERCOSUR, quebrando el principio de adopción de decisiones por unanimidad, lo que es un retroceso incluso a tiempos anteriores al acuerdo entre Alfonsín y Sarney. En peor situación se encuentra la casi inexistente CELAC, desde donde se había consolidado el reclamo regional sobre las Islas Malvinas y el Atlántico Sur, y cuya finalidad era, justamente, sustituir a la OEA, respecto de la cual Fidel Castro se preguntaba si tenía “derecho a existir” por su posición proimperialista[ii]. La CELAC venía cumpliendo la tarea de desplegar su autonomía geopolítica, a partir de acercar en bloque a la región a los BRICS.

Ahora, estamos ante una nueva ofensiva del imperialismo financiero en la región -grandes bancos, fondos de inversión, grupos económicos y su operador predilecto, el FMI-, por medio de los regímenes oligárquicos que funcionan como correa de transmisión de la crisis financiera internacional, del centro a la periferia. Esa alianza entre las oligarquías terratenientes, bancarias, mineras y petroleras, y el poder financiero occidental con centro en los Estados Unidos, despliega su proyecto de recolonización continental, después de más de una década de ciclo nacional democrático, mediante un proceso veloz de demolición de la Patria Grande y de imposición de políticas económica procíclicas, en el lugar de las anticíclicas que, en líneas generales, se ensayaban.
Sirve para ilustrar la opinión del FMI, difundida en recientemente en un documento, en el que expresó sobre Latinoamérica que “los niveles de apertura comercial son bajos si se los compara con los de otras regiones, y el problema es más pronunciado en Argentina y Brasil” y alertó, de paso para diluir dudas, sobre el riesgo del populismo para la ejecución de reformas muy necesarias”[iii].

En esa dirección contraria al interés de los pueblos latinoamericanos, las oligarquías locales confluyen en una voluntad común regional para la subordinación general, que se expresa, en la medida y fuerza de sus avances políticos, en agrupamientos propios. La Alianza del Pacífico, con su objetivo de recrear acuerdos regionales de libre comercio, tras el fracaso del TTP por decisión de política interna proteccionista del propio mercado industrial de los EEUU por parte de Donald Trump, y la insistencia del acuerdo de libre comercio entre Mercosur y la Unión Europea. Y el más reciente invento del Grupo de Lima, con el fin de atacar políticamente a Venezuela, con su postura de no reconocer un futuro y eventual triunfo electoral de Nicolás Maduro, lo que constituye una injustificada injerencia externa y anuncia una nueva ofensiva golpista. El fracaso de la última Cumbre de las Américas en Lima, con el desplante de Trump, la prohibición del acceso a la delegación venezolana –cuyo país, junto al golpismo y la agresión externa, sufre una guerra económica-, tuvo como temas principales los preferidos de Washington para la región: gobernabilidad y corrupción. Dos temas propios de una nueva agenda injerencista.
Claro que destacan las excepciones dignas de Bolivia, Venezuela y Nicaragua -que vive jornadas de drama, alta tensión y cuyo desenlace es incierto-, y por supuesto, la nota extraordinaria de Cuba. Este último con la significativa renovación de su máxima autoridad, mediante procedimientos democráticos, mientras los dos primeros sufren, de diferente manera, de la presión imperialista para hacerlos recorrer el camino transitado por Honduras y Paraguay. Ni qué decir de Ecuador, en donde se ha anunciado un giro hacia el poder financiero, dejando atrás la revolución ciudadana. Solo Evo Morales resiste, con base en la fortaleza de una alianza social y una visión antiimperialista que le permite caracterizar el juego perjudicial de intereses de los diferentes actores regionales.
La crisis económica de Argentina, que la empuja hacia la debacle social, se despliega en el contexto de esta regresión generalizada en el continente. Los casos de México y de Grecia deberían de servirnos como testimonio del futuro inmediato. Con una mezcla de revanchismo, odio de clase, oportunismo y vocación tradicional de servidumbre, los regímenes oligárquicos gobernantes nos conducen a la deriva y a la intemperie, en medio de una tormenta geopolítica donde, por otro lado, el imperialismo occidental choca, económica y militarmente, con las potencias emergentes, China y Rusia.

Globalización, democracia y crisis.
La globalización financiera impuso en Latinoamérica la hegemonía del capital financiero occidental y un modelo de acumulación basado en la especulación y la caída del ingreso de la clase trabajadora, la crisis del mercado interno y la desindustrialización de nuestros países, y, especialmente, una debilidad externa y una dependencia de los centros financieros por medio de la deuda externa o, como en el caso de Brasil, de la inversión extranjera directa del sector financiero. Esto impacta en los regímenes institucionales, sin que aún se pueda precisar sus contornos definitivos, aunque no serán los mismos que en los años 1980 y 1990.
Este modelo económico fue impuesto por las dictaduras del cono sur en los años 1970, a partir de una estrategia de represión brutal y planificada, por medio del Plan Cóndor y con apoyo de los Estados Unidos. Pionera fue la de Brasil, la más larga dictadura, desde 1964. Todas ellas, quebraron las iniciativas de soberanía y unidad regional de los diferentes movimientos nacionales -hoy, algunos, los denominan populismo- y las expresiones de organización de la clase trabajadora, como el caso del poderoso movimiento obrero en Argentina,
El regreso de los regímenes democráticos en los años 1980 no fue suficiente para revertir el proceso de entrega, y se rindió impotente ante la presión del FMI y el Banco Mundial. El Consenso de Washington imperó hasta la llegada al poder político de una nueva serie de movimientos nacionales. En 1999, llegó Hugo Chávez con su política de unidad regional para aunarse y confrontar, en la medida que las relaciones de fuerza lo permitían, con el poder imperial.

Pero el imperialismo norteamericano y financiero debió haber extraído sus propias conclusiones sobre el ciclo latinoamericanista, lo cual posiblemente impacte sobre la conveniencia de mantener regímenes democráticos. Las reglas de la democracia han sido fuertemente modificadas en sentido regresivo, por medio de la instauración de regímenes oligárquicos, con instituciones representativas fuertemente desprestigiadas con sustento esencial en los poderes económicos concentrados, las multinacionales, y una alianza de los grandes medios de comunicación y de los sectores judiciales. Sus orígenes están en los denominados “golpes blandos”, que son en rigor, quiebres de los órdenes democráticos mediante la utilización artera y desnaturalizada de las propias instituciones, en particular la connivencia espuria de los poderes legislativo y judicial. Se trata de una transformación profunda de las reglas del juego democrático, al menos tal y cómo se las conocía desde los 1980. Esto instala el interrogante acerca del procedimiento viable y eficaz para desplazar a las fuerzas reaccionarias del poder político, así como de la garantía de contar, de aquí en más, con elecciones libres y sin interferencias.
Las elecciones próximas en Venezuela, Colombia y México serán una prueba del rumbo inmediato de la región. A tono, recientemente ha alertado públicamente que EEUU y la OEA, implementan un plan para derrotar a Venezuela, por medio de acciones violentas apoyados por los medios de comunicación y que después de las elecciones intentarán una invasión militar con FFAA de países vecinos[iv]. En definitiva, así como el regreso a la dependencia económica y política de nuestros países es la causa principal de la crisis en la que están sumergidos, la renuncia a formar una voluntad en un bloque común es el camino de la profundización de la crisis regional.

¿Se cerró definitivamente el ciclo histórico de los movimientos nacionales y populares en Latinoamérica?


Nuestros países tejen y destejen la historia de la Patria Grande sin lograr alcanzar la realización de la obra completa de un destino nacional común, mientras nos batimos entre un destino de patria grande o la frustración de ser una gris factoría financiera. La autodeterminación de los pueblos sudamericanos y latinoamericanos, se liga fuertemente a la construcción de una entidad comunitaria superadora que los integre en una única voluntad geopolítica y económica en el concierto mundial.
La cuestión nacional en Latinoamérica -cuya realización está pendiente desde las luchas por la emancipación política en el siglo XIX-, entró en retroceso. Los ciclos kirchneristas y del PT en Brasil, encontraron límites que no pudieron superar, pese a todo lo progresivo y defensa del interés nacional sudamericano que tuvieron.
La experiencia histórica concreta muestra incluso un panorama similar en otros tiempos, como la caída del peronismo en nuestro país y el varguismo brasilero -solo para citar los dos países más fuertes de sudamérica-, donde ambos procesos de liberación nacional, latinoamericanistas y de reivindicaciones sociales, se vieron interrumpidos por la ofensiva de las fuerzas reaccionarias locales aliadas al imperialismo. Los movimientos nacionales encontraron, de una manera o de otra, rasgos de agotamiento, principalmente a partir de las dificultades para modificar la estructura social y económica, en la integración regional en áreas estratégicas de la economía, y el debilitamiento de las alianzas sociales policlasistas, a partir de la erosión de la base. En el caso de Brasil, las disidencias razonables del MST y de la CUT derivaron en confrontación contra Dilma Rousseff, mientras que el final se precipitó por un acto de traición del partido aliado principal, en el contexto de un sistema político profundamente corrupto. Y tanto en Argentina como en Brasil, buena parte de los sectores medios se mostraron vacilantes o directamente brindaron su apoyo fervoroso a las propuestas conservadoras, debilitando así la alianza social nacional popular. La prisión política de Lula, además de mostrar la urgencia de los sectores dominantes por despejar cualquier posible regreso nacional democrático, a la vez revela la impotencia del movimiento popular por dar respuesta eficaz.
La esperanza está en mantener vigente en el seno de nuestros pueblos el ideario de la unidad latinoamericana, para desarrollarnos con independencia económica y soberanía política, a partir del cual los movimientos nacionales puedan relanzarse, tanto en lo organizativo como en la búsqueda de programas de país a partir de las enseñanzas que este retroceso generalizado nos arroja. Después de todo, como explicaba Perón en ese documento notable que es La hora de los pueblos: “la historia de los pueblos hasta nuestros días ha sido su lucha contra los imperialismos, pero el destino de éstos ha sido siempre el mismo: sucumbir”. Hay que bregar e insistir para que, pese a la actual crisis provocada por la presión imperialista en la región, vuelva a sonar en nuestra América, la hora antiimperialista de los pueblos, la única capaz de señalar correctamente un rumbo de paz, realización y liberación.

Mayo de 2018.



i) En portugués “feitoría”. La palabra factoría designaba, en la época del imperio portugués, a sitios establecidos en las colonias, generalmente cerca del puerto, donde la metrópoli comerciaba con los lugareños, por medio de una red de mercaderes que proseguían exclusivamente los intereses foráneos. Hubo factorías en la costa africana, con el fin de comerciar esclavos, oro, marfil, y otros productos.
ii) En una nota publicada en www.cubadebate.cu, el 14 de abril de 2009, en ocasión dela V Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago.
iii) https://www.pagina12.com.ar/114213-un-anticipo-de-las-exigencias-que-se-vienen
iv) https://www.elespectador.com/noticias/el-mundo/estados-unidos-y-oea-intentaran-invadir-venezuela-despues-de-elecciones-segun-evo-morales-articulo-755635


Fuente:https://cuestionesdelapatria.blogspot.com.ar/2018/05/patria-grande-o-factoria-financiera.html?spref=fb








lunes, 21 de mayo de 2018

SOBRE LA REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA Y LAS CLASES SOCIALES, Por Jorge Luis Cerletti para Vagos y Vagas Peronistas

** La revolución tecnológica que potencia al capital, ¿promete un porvenir próspero o puede llevar a la asfixia del sistema? 

** ¿Cuáles son los alcances de las clases sociales y en particular, los de la clase obrera? 

Esas dos preguntas que figuran en mi artículo “La Posverdad y los Golpes Blandos” (http://vagosperonistas.blogspot.com.ar/2018/05/la-posverdad-y-los-golpes-blandos-por.html), forman parte de los siete interrogantes tentativos allí formulados. Y aunque aquéllos dos parecieran vinculados a problemáticas distantes entre sí, a poco que se encare la cuestión surge una relación que hace pensar. 

La Revolución Tecnológica en marcha, ¿cómo se proyecta al futuro? 

Como es sabido, existen distintas etapas en el desarrollo histórico del capitalismo. Aquí partiré del poder relevante del gran capital en la industria y en la economía real enfocando el rol que cumple la generación de la maquinaria productora de máquinas. El sector I que la produce, resulta clave en la expansión de la riqueza en el mundo. Es el que brinda la principal base material impulsora del desarrollo industrial, ya sea el referido al equipamiento correspondiente al propio sector I y también al destinado a la producción de los bienes de consumo (el sector II). 

Claro está que el desarrollo industrial presupone el sustantivo aporte de la ciencia en general y la aplicada en particular, indispensables para el avance y expansión de la producción. Asimismo, entre los distintos factores que intervienen en el proceso productivo, otro de importancia decisiva es la magnitud del capital invertido. Aquí emerge la cuestión de la concentración del capital cuyos mayores exponentes son las grandes Corporaciones. Éstas resultan esenciales para el poder de las naciones que las representan. Mientras que su gravitación sobre el Estado se manifiesta en la política interna e internacional de las naciones hegemónicas. 

Este mínimo esbozo intenta incursionar en la problemática en torno a los cambios del modelo de explotación y dominación del capitalismo que se insinúa en la actualidad. Porque justamente estamos ante una notable e incipiente recomposición de la producción industrial cuya evolución en marcha todavía es poco evaluable lo mismo que la magnitud de sus alcances a futuro. 

De la primera revolución industrial, pasando por el Fordismo y la llamada tercer Revolución Industrial, (1) hoy nos hallamos frente a lo que se anuncia como la Cuarta Revolución Industrial dado el crecimiento y la gravitación que están alcanzando el desarrollo de la robótica, internet de las cosas y la inteligencia artificial. 

La significación común de las revoluciones industriales consiste en las transformaciones de la producción que multiplican su potencial a la vez que generan cambios socio-culturales y políticos importantes. En este caso, su incidencia estructural trascendería el salto productivo debido a su profundidad innovadora y provocaría una alteración inédita en la vida de la sociedad. La industria sería operada con “obreros por control remoto”, una suerte de “robotización humana” que distorsionaría sus relaciones. 

Si ahondamos en lo sistémico, surgen interrogantes vinculados a sus leyes internas. La explotación del trabajo aplicada a la robotización de la industria, ¿cómo funcionaría en base a una mano de obra incorpórea, vía internet? Y análogamente, ¿cómo operaría en la generación de valor y la plusvalía? Además, la realización de esas mercancías con menos consumidores ¿podría sustentar la producción? Este conjunto de preguntas confluyen a una síntesis con vistas al futuro: la 4ª Revolución Industrial que multiplicará la potencialidad del sistema, ¿alimentará la tendencia a su colapso? 

A la concreción de este serio interrogante, todavía especulativo, se puede sumar a la dinámica de cambios que se viene produciendo alrededor de las clases sociales. Por ejemplo, el deterioro del papel del proletariado en las luchas político-ideológicas contra la explotación y la dominación del gran capital en el mundo. También un sensible aumento de la desocupación robustecería el marginamiento económico social de amplios sectores de las poblaciones. Vale decir, incidirían en el fenómeno de las oleadas migratorias de contingentes humanos producto de la miseria, amén de los que son expulsados por las devastadoras guerras imperiales… 

Las clases sociales y el movimiento obrero. 

El modo de producción capitalista presenta, esencialmente, dos clases sociales que lo distinguen. Los dueños de los medios de producción, la burguesía, y los que venden su fuerza de trabajo, la clase obrera. Ésta es quien los opera materialmente y es explotada por aquélla. Aunque remitirse sólo a ambas resulta insuficiente para determinar la complejidad que presenta la realidad social. No obstante, en el capitalismo donde la economía es fundamental, las clases antagónicas que definen la naturaleza de este sistema explotador, la conforman la burguesía y la clase obrera. 

Ya desde el Manifiesto Comunista de 1848 comienza a visibilizarse el proletariado como la clase revolucionaria antagónica a la de los dueños del capital. Asumida la lucha de clases como el motor de la historia, se desarrolla el socialismo y el pensamiento de Marx que disecará al capitalismo. Justamente, este cinco de mayo se cumplieron 200 años de su natalicio, lapso en el que se multiplicaron las luchas coronadas con el triunfo de la Revolución Rusa (1917) y luego con la de China (1949). Lo opuesto fue la caída del muro de Berlín (1989) que simbólicamente preanunció el derrumbe del comunismo. Y en todo ese período los movimientos revolucionarios y la izquierda en general, reivindicaron a la clase obrera como la clase revolucionaria por excelencia. 

Mucho se ha dicho de la historia transcurrida en estos 200 años pero lo que nos interesa ahora, es reflexionar acerca de los cambios en los últimos tiempos a los que alude el segundo interrogante al inicio de este artículo. Qué cambios significativos se aprecian hoy sobre las clases sociales respecto del pasado y en particular los correspondientes al proletariado. A continuación los abordaré sintéticamente. 

Los movimientos obreros en las naciones dominantes de Europa, sufrieron las profundas heridas de las dos guerras mundiales. Sus principales referentes políticos, la Social Democracia y los Partidos Comunistas, en tiempos y situaciones diferentes, se fueron integrando al sistema. Ese giro abarcó al sindicalismo en general que notoriamente declinó en su combatividad. En EE.UU. las luchas obreras de 1886 en Chicago que dieron origen al histórico 1º de mayo, después desarrollaron un crudo reformismo. Lógicamente, los organismos internacionales auspiciaron tales políticas (OIT. & cia.). Así la clase obrera, en lo fundamental, se limitó a reivindicaciones laborales. En tanto que la gran burguesía hegemonizó la esfera mundial y según los distintos momentos y circunstancias, controló política y económicamente a las naciones. 

Los países periféricos colonizados primero, siguieron dominados económicamente después. No obstante, existen entre ellos claras diferencias y mucho más acusadas con los del “1er. Mundo”. En las naciones dependientes se dieron múltiples procesos de lucha por la liberación nacional en los que el movimiento obrero participó. Luego, fueron derrotados por las dictaduras que allanaron el camino al poder económico concentrado. Contradictorio proceso que en los primeros quince años de este siglo, exhibió el imprevisto resurgimiento de los movimientos populares en Sudamérica a contracorriente de dicho poder económico. Sin embargo y a pesar de esa fisura, éste siempre mantuvo sus privilegios y fortaleza explotadora. Tanto es así que en estos años recuperó el control del Estado a excepción de Bolivia y Venezuela. 

Resumiendo la situación política de las clases sociales, la hegemonía en el mundo del gran capital le ha conferido a la gran burguesía, más que nunca, el rol protagónico. Trasladado al ámbito de las naciones, se refleja en la subordinación que padecen las demás clases y subclases. Lo cual no significa que desaparezcan las diferencias ni las s contradicciones entre éstas. Sólo que las mismas se mantienen dentro del sistema sin que aparezcan signos de ruptura. Y acá se aprecia el deterioro del viejo rol de la clase obrera como actor socio-político anti capitalista. O sea, cuando se planteaba la lucha de clases como motor de la historia y los polos de la contradicción eran burguesía-proletariado. Hoy, semejante antinomia brilla por su ausencia, fenómeno que va aparejado a la carencia de alternativas a este Orden Social. 

Encaremos una somera revisión sobre nuestras experiencias nacionales. El peronismo surge como representante de la clase obrera que política e ideológicamente fue valorizada y que mayoritariamente se identificó con el ideario peronista. La conducción política fue encabezada por su líder, secundado por el aparato partidario y sindical. Derrocado Perón por la “Libertadora” se generaron 18 años de resistencia que culminaron con su tercer mandato (1973-74) con la influencia de López Rega. Después, la sucesión de Isabelita abrió las puertas al triunfo de la dictadura genocida. 

En ese período de la Resistencia la clase obrera cumplió un rol protagónico. También durante ese lapso brotaron con fuerza los enfrentamientos y contradicciones internas que siempre existieron al interior del movimiento. Aquí sólo damos algunos ejemplos que marcan la distancia respecto de esa época. La CGT de los Argentinos (2) creada en 1968 para enfrentar a la Dictadura de Onganía (cayó en 1970) y también a la burocracia retrógrada del vandorismo. El “Cordobazo” y el protagonismo de Agustín Tosco, la FOTIA en Tucumán… En fin, significativas experiencias radicalizadas del movimiento obrero en las luchas por la liberación nacional. Hoy, en contraste, se da la legítima lucha contra la desocupación pero omitiendo su soporte fundamental, la explotación. 

Como es obvio, la situación actual es muy diferente, pero el sindicalismo se ha transformado en una suerte de laborismo completamente distante de su pasado político y eso sin mencionar a sus amplios sectores regresivos. También corresponde señalar que, minoritariamente, existen gremios combativos que defienden dignamente los derechos de sus representados. En síntesis, tanto en lo interno como en lo internacional, el proletariado dejó de ser el motor del enfrentamiento al capitalismo como fue pensado y puesto en práctica en el pasado. Y aún seguimos bajo la égida del gran capital por más que se le arranquen algunas concesiones. 

Conclusión inconclusa…. 

Evidentemente es mucho lo que debemos caminar para construir alternativas al imperio del capital. Este difícil trayecto presenta un escenario plagado de dificultades que fuerzan a agudizar la imaginación y la creatividad. Dicho trayecto incluye múltiples situaciones que no debemos ignorar y fuerzan respuestas cual si fueran las estaciones de un largo viaje. No podemos ser indiferentes al asalto generado por el poder dominante a través del gobierno actual. Y para los “ingenuos” y también para quienes desmerecen el presente en aras del mañana, no hay más que ponderar el regreso a los brazos “fraternales” del FMI. y sus consecuencias. Para evaluarlo, alcanza con releer algunas páginas recientes de nuestra historia. 

A la inversa, los que anclan su política a la pobreza del presente y transforman la sucesión de coyunturas como si fueran una estrategia transformadora, basta con apreciar el sainete mutante de buena parte de los que se auto titulan populares, y en particular, muchos que se llaman peronistas. Está claro que lo que abunda hoy es la oscuridad, valga el oxímoron. La principal respuesta es no bajar los brazos, ni ahora ni nunca. Enfrentar los desafíos actuales y en perspectiva constituye una tarea colectiva irrenunciable. Debemos empeñarnos en esa construcción de lo colectivo. Abrir los brazos y la mente a todos aquéllos que impulsan la justicia social y la igualdad y luchan para desterrar la explotación y la dominación.------- 

Jorge Luis Cerletti (20 de mayo de 2018) 



NOTAS: 

(1) La primer Revolución Industrial a fines del sigo XVIII introduce sistemas de producción mecánica con tracción hidráulica y vapor. La segunda, hacia fines s.XIX - comienzos s.XX, producción en serie, división del trabajo de producción, usos de sistemas eléctricos. Industria química, eléctrica y automovilística. La tercera, Inicios mediados siglo XX, incorporación microelectrónica y tecnología de la información para automatizar toda la producción. 

(2) Para tener un panorama de ese período ver en la revista ”Caras y Caretas” de Mayo de 2018 el artículo de Pablo Galand “Una historia del sindicalismo combativo”.

sábado, 19 de mayo de 2018

#BASHTAG, Por Horacio González

Las sociedades de control no son una novedad. Sea esta denominación más leve que convincente, sin embargo da una idea de la mutación radical que ha sufrido la idea de ciudadanía, de trabajo, de vida en común, de arte y de técnica. Acostumbrados a pensar en todas estas esferas como si fueran autónomas pero con libertad de relacionarse entre sí, finalmente las vemos deglutidas por algo superior a ellas. ¿Un nuevo tipo de Estado, una nueva forma de crear comunidades productivas? No parece que esto, aunque se invoque, sea la clave de las transformaciones. Si los ámbitos antes vinculados a sus ordenamientos inherentes –por burocratizados que estuvieran–, podían entrelazarse, es porque pertenecían a la vieja herencia de los estados nacionales, de las fábricas dentro de la ciudad o al costado de los ríos, del paisaje industrial y de los barrios que desafiaban al ciudadano con el trabajador y al trabajador con el ciudadano. Una sociedad no solo era una disputa de sectores sociales sino de esferas públicas con tabiques provisorios pero activos. Justicia y medios de comunicación, policía y empresas, entidades deportivas y sindicatos, ministerios y confederaciones laborales, educación y tecnologías, eran entes interdisciplinarios. Hoy los rige una agencia de control sigilosa, etérea y omnipresente. Es montaña de acero de los datos infinitos que todos somos, en nuestras vida, preferencias y pensamientos.

El memorial de las policías secretas –que heredan la milenaria idea de “archivo” como gobierno de los guardianes del memorial público–, era todavía el sector que acotado pero amplio, recogía informaciones y desplegaba actos que el público en general no debía conocer. Eran los expertos en los grandes temas que trató literariamente un tal Jorge Luis Borges hacia los años 40 del siglo anterior. La conversión, la infamia, la traición, el doble juego de las identidades. Todo ello, por más literario que fuera –Borges toma estas cuestiones de Chesterton y Conrad– no dejaba de producir grandes organizaciones conspirativas a favor del Orden Estatal, que absorbía personajes de todo tipo. Auscultaban el vasto mundo político para detectar sus eslabones flojos, sus vidas fracturadas, sus exaltaciones que luego podían imitarse y verse por su doblez. La palabra “quebrado” para dirigirse a las conciencias ha sido ya ampliamente superada por la “invención de los humanos”, pero no como Shakespeare, sino como la así llamada Big Data.

Pero sin que nada de esto haya dejado de crecer ante nuestros ojos, nociones como “sociedad del conocimiento”, “teoría de la información” o “trendings topics”, que usan personas serias –y no tiene porque no ser así– también se han convertido en apoyatura de vastas nociones de control sobre la población, al punto de que todo individuo ya es un ente previsible, y más allá de eso, inteligible antes de que actúe, consuma, ame o reniegue. Y desde ya, cuando actúa, es como si en él operaran fuerzas que le dirigen el habla, según la gran fábula del muñeco inerte que jugaba ajedrez asombrosamente, pero dentro de él habitaba el genio maligno cartesiano que ordenaba sus sabios movimientos. ¿Por qué sociedad del conocimiento? ¿Antes, cuando vivían Marx, Hegel o Spinoza, o más cerca Freud, Einstein o Wittgenstein, en las sociedades no había conocimiento?

Vaya si los había, de una manera cuya calificación no puede repetirse ahora. Lo que no había era esta forma de señalarlo –llamándolos sociedad del conocimiento–, pues era obvio que los dos conceptos se superponían, se apretujaban, se combatían mutuamente, se negaban uno al otro, y se reconocían como parte de un laborioso juego entre el sentido común, las pedagogías y el afán filosófico y moral. No se trataba, como hoy, de la ideología de las grandes corporaciones. De modo que estamos ante una tautología incomprensible, que se declara a sí misma inmune para inaugurar otra era, pasando a limpio los conocimientos anteriores datados en miles de años, a través de redes, formas de escritura y denominación de vastas operaciones técnicas, con nuevos nombres propiciatorios.

Entonces, con nuevos procedimientos llamados “viralización” –tomado de la biología–, entendemos la manera en que circula un conocimiento. Entonces, con un procedimiento llamado “visibilización”, entendemos al modo de presentarse públicamente de la persona, según sea reconstruida por escenas, imágenes y diseños de gestualidad en los grandes medios, que consagran y desechan. Son “actores sociales”, sí, pero no como los de la vieja teoría política, sino involuntarias conciencias fundadas en operaciones técnicas que las preceden y las fundamentan. Nunca como hoy rige la idea de alienación. Pero nunca como hoy ha sido borrada de los catálogos de discusión en nombre de su reemplazo por una tesis de la felicidad comunicativa. Habermas la llamó razón comunicativa y la quiso hacer parte de una democratización general del mundo de vida, regido por lo que llamó intersubjetividades. No fue lo que pasó.

Vivimos bajo el reinado omnipotente de la circulación financiera en tiempo futuro. La temporalidad dialéctica ha sido reemplazada por pensamientos como los de Sturzenegger o Peña, por decir poco. Asomamos al abismo de una descaracterización del mundo del conocimiento articulado por argumentaciones, fervores discursivos y creencias a las que el mito arcaico, no ajeno a ellas, antes las reconforta que las engaña. Todo eso parece estar acabándose. Las esferas estatales se convierten en prisiones horarias y la persona laboral rige sus pausas según los pasajes que haga por los molinetes de control para que los compute el gran hermano “modernizador”. En las fábricas, todo trabajador tiene sobre sí la sombra robotizadora. El trabajo inmaterial, saludado por Toni Negri como una forma de la “inteligencia general” que nos acercaba a la emancipación, se torna un intente utópico de derecha para fabricar objetos reales a partir de computadoras tridimensionales.

Los peritajes reemplazan a la razón crítica, los juzgados son agencias de espionaje y destrucción de reputaciones y vidas personales, las redes sociales –con la importancia que les reconocemos–, no logran ser rescatadas del paraíso siniestro de la injuria serial, tomada como práctica cotidiana de gobiernos denominados, para abotagar a la población, de “derecha moderna”. Son las más las oficinas gubernamentales que lanzan su vitriolo anónimo para “tendenciar la opinión”, que los hospitales, escuelas y dispensarios. Un comedor escolar hoy puede ser una experiencia 3D, y una pileta de natación impostada un juego que hubiera añorado Lewis Carrol. Nunca como hoy tener una biografía es peligroso. En realidad no hay más biografías. Hay una suma de actos que tienen siempre y para siempre un reverso inconveniente, que un gobierno de las tinieblas decide cuándo sacar a luz. Grandes emporios comunicacionales viven de este procedimiento que vuelca vidas hacia el precipicio, y se convierten en sustitutos de Juzgados y Cortes Supremas, con la complicidad de éstas.

La vieja noción de Ley, que viene de antiquísimos “nomos” que las civilizaciones descubrieron como falla necesaria de sí mismas, ya no importa más, reemplazada por ilegalidades constantes de los gobiernos, que no tienen otro humus donde desarrollarse. Pero no abandonan la aplicación de la ley para demoler existencias, regular la producción o el flujo de información (réplica del flujo financiero), pero de una ley que supone controles poblacionales, desnudamiento de toda privacidad, o uso de la privacidad como súbita condena pública, mientras se reservan para los gobiernos la excepción permanente. No se gobierna hoy sin el predominio de lo ilegal para decidir a quienes se aplica la ley. Esta pasa a ser entonces una ficción o una noticia carcelaria para miles de personas. El “dar protección” es un teorema de la “sociedad del conocimiento”. “Soltar la mano” un corolario de ese teorema de las teorías de la información. Las Oficinas Inquisitoriales Secretas se colocan en la situación de redes sociales, y en estas crece el comercio electrónico como una pastoral que compite con los bancos, mientras estos mantienen un poder cada vez mayor sobre los límites que definen quiénes caen para siempre en la servidumbre o el hambre –según el concepto de “rareza” de Sartre–, o quiénes son beneficiarios de la “bancarización”. De nada sirven los inquisidores y defensores de un republicanismo de utilería, pues usan esta palabra al servicio del desdoblamiento de un conjunto de empresas en una forma de gobierno. El arquetipo humano pasa a ser el ejecutivo en bicicleta, que la ata al poste de la esquina con una cadenita frágil para subir luego a su despacho a tomar las medidas contundentes. “Despídase”, “cáigase”, “abrúmese”, “jódase”. Luego se toma un agua mineral five o clock y consulta a ver si no hubo “conflicto de intereses”.

No hay un gobierno, hay un hashtag gobernado por la idea de “Corrupción K”, que traza una línea teológico-psiquiátrica en la sociedad, que habilita fervores de linchamiento y corrosión de la lengua general hablada en un país. No puede haber justicia si la domina un concepto que hace del uso público del idioma una constante composición de enunciados pétreos, imanes candentes que lanzan fuego hacia cualquier interlocutor, un rezo de sentina que se pone en el lugar de las viejas religiones, que aún creen que hay conciencias libres. También el accionar político dice creer en la existencia de tales conciencias. Suponen dirigirse a hombres y mujeres libres. Pero antes sacan de su cámara gesell, o de sus arquetipos estadísticos, a qué cosa llamar libertad. No es fácil definir que por ese grandioso ente histórico, entienden nuevas formas de sometimiento, y mucho más fácil es imaginar que este tipo de gobierno que hoy cunden en el mundo, son menos los inventores de estos dispositivos que rehacen la libertad humana, que el resultado de haberse casi completado el ciclo de la extinción de las ciudadanías –no las llamaré “empoderadas”–, sino conscientes de que hay poderes con los que disputar y otros poderes de la restitución más de lo humano, que habrá que reinventar.

miércoles, 16 de mayo de 2018

PERONISMO UTÓPICO, Por Juan Escobar


A primera vista puede parecer contradictorio hablar de un peronismo utópico. Viéndolo siempre tan práctico, tan gauchito, tan predispuesto a la acción; siempre listo para arremangarse, poner manos a la obra y hacer lo que hay que hacer. Tan apegado a lo realmente existente y atento a las relaciones de poder que de allí emergen. La única verdad es la realidad. Dónde hay que firmar?


Utopía, ese lugar no existe. Sin embargo sí existe un peronismo utópico, y no está escondido en un sarcófago o entre los libros de la biblioteca de Babel. Ese peronismo utópico no es otro que el peronismo de Perón, aunque no necesariamente sea el único peronismo utópico. Porque cada peronista que se precie, tiene su propio peronismo imaginario, su peronismo como cada uno lo quiere ver. Ese peronismo imaginario que le permite seguir siendo peronista, trascendiendo las recurrentes decepciones que nos depara el peronismo realmente existente. 


Sin más vueltas, allí está entre líneas para el que lo quiera ver, en La comunidad organizada, el texto leído parcialmente en la jornada inaugural del Congreso de Filosofía de 1949. Es decir, ante un público compuesto por filósofos, profesores de filosofía y estudiantes de filosofía. De allí que se considere universalmente al texto como un discurso filosófico. Lo que ha generado más de un malentendido. Porque a partir de allí se lo ha leído precisamente así, como un texto meramente filosófico. Aunque ese meramente provenga en realidad de una interpretación política. O mejor, de una interpretación hecha desde la política. Desde ese realismo político de la realpolitik que mira con desprecio todo aquello que no le sirva para conseguir alguna ventaja en la coyuntura, un mejor posicionamiento en las listas, un efímero momento de gloria -o al menos de exposición- en la opinión pública.

Es llamativo todo lo que se puede escribir sobre aquello que no existe. Allí está la literatura de ficción, en apariencia infinita, para dar cuenta de eso. La imaginación y la interpretación hicieron prácticamente todo el trabajo.

Perón. Pocas personas hicieron tanto esfuerzo en la política para explicar y hacer comprensible su pensamiento y sin embargo dieron lugar a tantos malentendidos. En este sentido, también, la imaginación y las interpretaciones hicieron prácticamente todo el trabajo. Sumado a esto una sistemática obcecación en no entender, en desconocer y en malversar ese pensamiento tratando de adecuarlo a los propios pensamientos y fundamentalmente a la conveniencia, más de una vez meramente coyuntural y efímera, de cada intérprete.

Esta vorágine de interpretaciones, tanto convergentes como contradictorias en relación al peronismo, dio lugar incluso a que se lo caracterizara como un significante vacío, donde cada uno puede ver exclusivamente lo que quiere ver. Pero esto no necesariamente es una responsabilidad que puede achacarse a Perón o a su pensamiento o a su acción política, que han pasado por distintas etapas y variaciones a lo largo del tiempo. Porque si bien el peronismo puede ser muchas cosas, también es cierto que esto no necesariamente quiere decir que puede ser cualquier cosa.

Para este comentarista se trata de avanzar en la tarea siempre inacabada de comprender al peronismo para deducir cuál es el camino correcto a seguir en cada momento. Correcto en el sentido peronista, claro está. Para avanzar en esa dirección, resulta imprescindible distinguir entre lo esencial y lo accesorio. Lo permanente de lo circunstancial, tanto del pensamiento como de la acción política de Perón.

Distinguir lo esencial, esto es, aquellas constantes que permanecen a pesar de los devenires y los cambios. Lo esencial, es decir, lo que Perón llamaba los grandes principios. “Las doctrinas no son eternas sino en sus grandes principios, pero es necesario ir adaptándola a los tiempos, al progreso y a las necesidades” continúa repitiéndonos desde las páginas de su libro Conducción política. Esos grandes principios con los que el peronista no puede entrar en contradicción si se quiere seguir pensando como peronista.

¿Cuáles son esos grandes principios? Para el adoctrinado es sencilla una respuesta rápida: la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación. Grandes objetivos que se traducen en sus tres banderas que nos inducen a trabajar para una Argentina “socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”. En ese orden de prioridades y en orden inverso de viabilidad.

Asumiendo la Justicia social al tope de las prioridades, pero para que sea posible, antes es necesario que el país sea económicamente libre. Pero para que sea económicamente libre, es necesario previamente que la Patria sea políticamente soberana. Las noticias de hoy (cualquiera sea el día que se lean estas palabra) parecen hechas para confirmarlo: cuando se resigna la soberanía política, la libertad económica del país se evapora y la justicia social se convierte en una quimera sin condiciones de posibilidad.

Peronismos imaginarios, decíamos. Y nos arriesgamos a pensar que los peronismos imaginarios son los únicos verdaderamente existentes. Aquellos que nos impulsan individual y colectivamente al pensamiento y la acción política. Como peronistas, pero también como no-peronistas y aún como antiperonistas. Porque, insistimos y la realidad es cómplice, el peronismo no deja de ser una referencia obligada en el imaginario colectivo de la política argentina. De allí la pertinencia de estas reflexiones recurrentes sobre lo mismo de siempre.

Pero dejémonos de rodeos, que en un originario del conurbano bonaerense como el que suscribe, puede confundirse fácilmente con la sospechosa actividad del merodeo.

Lo que se intenta decir desde el comienzo es esto: hay un peronismo utópico en particular que nos interesa. El de Perón, ese peronismo imaginario del autor. Ese que nunca se materializó del todo. Porque se trataba nada menos de hacerlo en Argentina. Con argentinos. Que posiblemente no se trate del colectivo social más indicado para protagonizar un proyecto verdaderamente civilizatorio. En un lugar donde históricamente la peor barbarie se llevó a cabo en nombre de la "civilización".

Un peronismo utópico que está plasmado en ese texto: La comunidad organizada. Y cuya versión definitiva, casi un manual del usuario, es el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional. Su último intento de los infinitos intentos de hacerse entender. Casi podría decirse que al final de su vida, se trataba de La utopía de un hombre cansado, citando el título de un cuento no muy conocido de Jorge Luis Borges que forma parte de El libro de arena uno de los libros preferidos por el propio autor. Un fragmento (o más de uno) de este cuento viene al caso (para no decir “a cuento”): “En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante.” A eso vamos.

Hay evidencia suficiente para imaginar que la comunidad organizada de Perón, no era una comunidad de individuos. O mejor dicho, no meramente de individuos. Cuando Perón habla de comunidad no está hablando de una pequeña aldea menonita aislada en el tiempo y el espacio. En principio es una comunidad nacional, refiere al conjunto humano que habita el territorio del país.

No es el proyecto de una sociedad homogénea. Porque nunca se trató de una visión normalizadora, de esas que se proponen aplanar las diferencias individuales. Muy por el contrario, su punto de partida es justamente el reconocimiento de esas diferencias personales, sectoriales, culturales, de género, o lo que sea, en toda su diversidad. Y a partir de esa diversidad de intereses encontrar una manera ordenada para que de su interacción se avance en el sentido del bien común. Que no es otra cosa que el bien de la comunidad, del conjunto social. Pero esos intereses comunes de individuos muchas veces dispersos deben confluir para poder expresarse en el diálogo social y hacer efectiva la defensa de esos intereses.

Para Perón el camino a seguir era claro, casi evidente. El camino de la organización. Los individuos dispersos debían confluir en una organización que defendiera sus intereses comunes, sectoriales. Y a partir de la organización de los distintos sectores, dirimir las diferencias naturales a través de la negociación colectiva, con el Estado oficiando de árbitro. Porque la Comunidad Organizada de Perón puede entenderse como una comunidad de organizaciones. Pero asimismo como un espacio donde la negociación colectiva es la herramienta para regular y armonizar la convivencia social.

Esa dispersión de los individuos de la que hablamos era una de las características del interés sectorial de los trabajadores. Pero no porque no quisieran organizarse. Sino porque un Estado patronal había puesto el monopolio de la violencia como garantía para el ejercicio abusivo de la posición dominante en las relaciones laborales por parte de los empresarios.

Perón hizo algo tan elemental como permitir que esa necesidad organizativa de los trabajadores pudiera expresarse, constituirse, desplegarse, consolidarse. En los hechos, el Estado les reconocía a los trabajadores -no sólo en los hechos sino también a través de la legislación-, algo tan básico como su carácter de ciudadanos. Con derecho a tener derechos. Y más, generaba un cambio estructural en los mercados de trabajo, donde la organización sindical se constituyó como un poder compensador que condicionó el abuso de posición dominante del sector empresario.

Dicho así parece simple. En los hechos significó una mutación genética irreversible. Al menos hasta ahora. Y la reacción de los intereses que veían mermada la discrecionalidad de su poder, no se hizo esperar. Con un resentimiento y un odio del que en estos días casi no hace falta describir.

Y eso que se trataba apenas del comienzo. Muchas épocas pasaron, muchas cosas cambiaron en el mundo, pero seguimos entrampados en las mismas contradicciones de entonces. El devenir argentino parece volver cada vez más utópico aquel peronismo imaginado por Perón. Pero a su vez, aunque suene nuevamente paradójico, los resultados de los sucesivos intentos en el sentido contrario parecen volverlo más actual en lo que puede aportar como solución a los problemas argentinos. Llegar a constituirnos en una comunidad organizada se presenta como una necesidad particularmente en cada una de las oportunidades en que nos asalta la sensación de que todo puede volar por los aires en cualquier momento.

Los motivos de la incomprensión quedarán para la próxima, porque son los fideos con crema los que ahora ponen un límite a los devaneos de este peronismo dominguero.


viernes, 11 de mayo de 2018

ESTUPIDIZAR A LAS MASAS, Por León Pomer ("), para Vagos y Vagas Peronistas


         
             
Considerables grupos humanos que tienen negado su alimento, cancelado su empleo y reducido su hogar a escombros, aún confían que los autores de tamañas iniquidades puedan remediarlas. 

¿Por qué lo hacen? ¿ Acaso no es una burla soez la versión edulcorada de la realidad que recita impávido el jefe de la banda? Por qué aún confían (mucho o poco, por desesperación, por un extraño sentido de la esperanza o por lo que fuere) en quién miente sin inmutarse, no tiene oídos para las desdichas que el y su gobierno provocan, no tiene ojos para verlas, no tiene piel para conmoverse. Por qué no sobreviene el hartazgo, la desilusión y la bronca, cuando en la puerta de la fábrica los esbirros armados hasta los dientes anuncian el despido, con rostro amenazante y con palabras crueles: ustedes están sobrando, no se quejen, no levanten la voz, no protesten. Defendemos el derecho de los patrones a deshacer vuestras vidas. 

¿Ese brutal destrato, no dice nada? ¿O acaso estás pensando, vos que todavía tenés laburo, que no es problema tuyo, que tenés tus propios problemas? ¿El egoísmo y la indiferencia se han apoderado de tu alma? 

La clase dominante desprecia al pueblo; lo considera una cosa que se usa y se tira. Cuando lo necesita, lo utiliza; cuando quiere deshacerse de él, lo hace sin miramientos. La fracción que gobierna, con la aprobación de quienes la sostienen desde su opulencia, su ideología y su fortuna bien guardada en algún “paraíso”, ejerce la crueldad con el desparpajo de quien no se anda con disimulos. Y por añadidura, recibe el aplauso de sectores medios admiradores de los de arriba, a los que imitan en el cerrar de ojos y el obturar de oídos a los clamores que incendian la sociedad. Lo que importa ( lo piensan y no lo callan), es que los “negros” están siendo puestos en vereda, en el lugar del que nunca debieron haber salido, que nunca debieron haber recibido los beneficios que alimentaron sus desmedidas pretensiones. 

Una vez más: por qué hay tanta gente blindada al dolor ajeno, indiferente, imperturbable frente a mil agravios y escarnecimientos inferidos a los más vulnerables. Suele explicarse por la ofensiva mediática provocadora de lo que algunos llaman anestesiamiento. 

Sin desestimar un solo milímetro el papel de la lóbrega catequización cotidiana, tósigo insidioso, parece necesario formularse preguntas, talvez menos habituales, que podrían señalarnos algunas pistas seguras y podrían formularse así: ¿los cerebros no son preparados por la cultura profunda del sistema de dominación, que tanto en sus momentos de benevolencia como de extrema crueldad no deja de ser eso que se acaba de mentar: dominación? Y esta, flor y nata del capitalismo, ¿podría ejercer su decisiva función sistémica sin el consentimiento voluntario e involuntario de los dominados? Si la claridad, la razón, la lógica y la plena información imperaran en los cerebros; si los saberes críticos y el hábito de la crítica sabiamente guiada funcionaran habitualmente en todos los vericuetos de eso que llevamos sobre los hombros, la dominación estaría en serios problemas. Por eso, de manera sutil, como algo propio y normal de la naturaleza humana, sin alardes pedagógicos, sin hacer ruido ni ostentación, la dominación instila en el pobre sapiens que somos las “disposiciones” (palabra que tomo de Bourdieu) para que el pensar de las masas subalternas y los sectores medios adquieran la suficiente torpeza, desconcierto y limitaciones lógicas, capaces de provocar una suerte de anemia mental. El sistema puede soportar huelgas, gemidos de desesperanza y aullidos de dolor, pero no que se ande hurgando en sus vísceras más íntimas, y que lo pueda hacer cualquier ciudadano o ciudadana de a pie. Para no perder aire y desinflarse, la dominación necesita que los dominados carguen inconscientemente con la coaccionante cadena inmaterial que les ha sido impuesta, que ha hecho de ellos idiotas útiles e inocentes. La dominación, que es violencia, no sólo requiere de la fuerza física: con ella y hasta más que ella, precisa de cerebros brumosos, perplejos y desorientados, encerrados en sus propias tribulaciones; necesita que se persuadan que el “destino” que rige sus vidas (no las vidas de los ungidos para mandar) es inherente a la “condición” humana minusválida que le ha tocado al hombre y a la mujer masa. De hecho, la plena satisfacción de las necesidades personales, el bienestar que le dicen, no son un tesoro destinado a irradiarse ampliamente. Los remisos en aceptarlo por insuficientemente estupidizados, tendrán que ser sometidos a la lección del gendarme. Ninguna dominación escupe en su propio plato, dotando a los dominados de los recursos intelectuales que permitan desnudarla de falsos atavíos. 

La vida bajo la dominación se ha naturalizado: demasiadas personas que tienen feroces reparos a la sociedad creen(o la dominación les ha hecho creer), que eso que no los deja respirar es la manera de vivir que el animal parlante que somos ha creado, porque nuestra índole no da para nada mejor. Desde hace siglos, al humano de a pie le vienen diciendo que la convivencia es una interminable colección de pesares que el sapiens se propina a sí mismo y no aprende. Seríamos un producto defectuoso, una criatura inacabada y definitivamente incurable, un homo demens, en el decir de Morin. 

Siglos de someter a los cerebros a todo tipo de mitos, creencias y los hoy llamados relatos; siglos de difundir el conformismo y la confusión, la apatía, el consentimiento y el egoísmo indiferente, de familiarizar a los pueblos con la crueldad, no impidieron que las rebeldías se alzaran en épicas protestas, con éxitos estruendosos y derrotas catastróficas; pero sea cual haya sido el resultado de esas luchas, la dominación no fue extirpada, y demasiados cerebros continuaron parcial o totalmente anestesiados. 

Pero vengamos ahora a lo que no está oculto y es parte de lo que llamamos de insidiosa catequización cotidiana; vengamos a los recursos que embrutecen el pensamiento, que encuentran una excelente recepción en las “disposiciones” sutilmente inculcadas en los cerebros desde la primera infancia y respiradas como el aire. Veamos. 

El chivo emisario. Un viejo recurso distractivo. Una manera de encaminar la mirada popular hacia una dirección falsa y evitar que mire la verdad de los problemas. El “maestro” supremo en esta materia, Adolfo Hitler, le decía a Rauschning (1):”Es importante tener siempre delante un enemigo visible, corpóreo y no simplemente abstracto”. Hoy y aquí, decimos, son los Mapuche y su escarnecido Ram (¿existe o es un invento de los servicios?). Y si la etnia indígena no alcanzara, ya aparecerá otro enemigo: ¿el terrorismo islámico? ¿Iran? ¿El kirchnerismo…? El sistema necesita descargar sus culpas sobre espaldas ajenas, a comenzar sobre las víctimas que ha provocado. 

Las emociones colectivas. Nuevamente es Hitler (tan estimado por Duran Barba) quien imparte la lección: ”El modo de pensar y actuar del pueblo se gobierna por las reacciones sentimentales, no por la fría reflexión”(2). Y el recién mentado consultor ecuatoriano, discípulo (por lo menos en este aspecto) del cruel carnicero de pueblos, escribe en su libro El Arte de Ganar, que se debe invocar a los “sentimientos, no a la razón. Los humanos somos simios con pretensiones cartesianas (…) Más que perseguir que el ciudadano entienda los problemas, debemos lograr que sienta indignación, pena, alegría, vergüenza, o cualquier otra emoción”. 

Agregaba Hitler estas deliciosas palabras: se trata de sustituir el convencimiento por la sugestión, crear una atmósfera de fe ciega y de histerismo, aturdir y seducir a las masas. La meta confesada en Mein Kampf (Mi Lucha), era quebrantar el libre albedrío y la capacidad de los hombres de pensar por su propia cuenta. ”En todos los casos, se trata de menoscabar la libre voluntad del hombre”. 

Miedo. “El pueblo necesita ser mantenido en un saludable(sic) temor. Desea temer a algo…”(3). Lo que no agregó Hitler, pero lo sabía, es que el temor paraliza, cambia los hábitos, dificulta la vida social, estimula recelos y sospechas, alimenta la delación. 

Reflejos condicionados. El sabio ruso Ivan Pavlov (1849-1936) descubrió lo que se conoce con el nombre del título. En el Congreso Internacional de Medicina, realizado en Madrid en 1903, Pavlov presentó su concepto sobre el reflejo condicionado. Mostró que hay reflejos que no son heredados, sino aprendidos, y que estos desencadenan reacciones del cuerpo a partir del condicionamiento del organismo, o sea, a partir de una experiencia pautada. La experiencia originariamente hecha con perros, demostró funcionar con total eficiencia en seres humanos, que imbuidos de un machaconamente reiterado calificativo, acaban reaccionando maquinalmente y siempre de la misma manera. Ejemplo vernáculo: al oir la palabra Cristina, el cerebro condicionado responde: chorra, yegua, se robaron todo. Una notable propiedad del cerebro animal (el ser humano es un animal) es utilizada para cancelar definitivamente su razón autónoma. 

Razonamiento inductivo. A partir de una observación puntual, derivar una generalización no fundada en prueba alguna, es una pésima si que difundida costumbre que cae muy bien a los que buscan denigrar. Porque hubo ladrones en el gobierno anterior (López, Jaime etc.),todos los que fueron parte del mismo fueron chorros y “se robaron todo”. Este falaz razonamiento, absolutamente degradante del pensar humano, sirve a las mil maravillas a los detractores políticos. 

Razonamiento deductivo. Ese está sometido al ostracismo; lo está la lógica que lo entraña. Cuando las promesas electorales del oficialismo resultaron mentiras implacables, debió deducirse que estamos frente a una gigantesca estafa que retuerce a tal punto la lógica (pobre Aristóteles), que en boca del señor Tonelli declara que ganando menos, los jubilados estarán mejor. 

La política: una abyección. Que hay corrupción en las prácticas de la política, las hay. Que sujetos trepadores la transformen en una carrera que lleva como único norte ascender en la riqueza, los privilegios y la vida fácil, nadie lo discute. Pero de ahí a transformar la entera práctica política en una abominación es incurrir en el perverso razonamiento inductivo. Conclusión: el pueblo no debe meterse en política. Mejor que cada quien se ocupe de lo suyo y dejar que al país lo gobiernen los que consideran al pueblo una masa de idiotizada fácil de engañar. 

Otros recursos. Para no dar largas al asunto, porque queda bastante tela para cortar, agreguemos que, valiéndose de las propiedades del cerebro humano (como es el caso de los reflejos condicionados) es posible bloquear todo pensamiento que difiera del que le ha sido embutido por la propaganda unánime y ferozmente reiterativa. Es posible, agreguemos inmunizar el cerebro contra todo hecho o argumento que hiera las convicciones que lo han colonizado, sin que atine a verificar, siquiera superficialmente, si el argumento o el hecho mentados tienen alguna veracidad y merecen ser reflexionados. Ignorar los dichos del prójimo que no confirman las propias convicciones, productos de un pensar no autónomo, y repetir maquinalmente el relato del poder, es a lo que este aspira y logra. 

Cabe advertir que si la situación de clase propicia o favorece determinadas conclusiones, producto de específicos ámbitos culturales y experiencias de vida, no siempre es así: grupos considerables de clases subalternas equivocan su voto. La cultura de la dominación, sus técnicas y procedimientos, logran saltar lo que en abstracto semejan ser limitaciones insalvables. 

Finalmente, el racismo y su pretendido fundamento biológico, debe incluirse entre la batería de recursos que introducen en el cerebro humano otro compuesto indigesto. Todo sea para falsear, aún más, la ya instalada falsa consciencia. 

Y paremos por aquí. La dominación no descansa produciendo recursos que la sostienen. El consumismo es uno de los más poderosos. Queda para otra oportunidad. 







1)The Voice of Destruction, de H. Rauschning, Nueva York, 1940,pág.227, citado por George Lukacs en El Asalto a la Razon, Grijalbo, Madrid, 1976, pág 587 

2)Mein Kampf, Munich, 1934, t.1, pág. 201, en G.Lukacs, obra citada. 

3)The Voice…, pág 281, en Lukacs, pág.609

(") Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.


miércoles, 9 de mayo de 2018

QUÉ ES LA POLÍTICA, Por Horacio González


Reacia a ser definida, en primer lugar la política fascina porque jamás concluye su intercambio de piezas y estas nunca se equivalen entre sí. Si todo ocurre en un espacio plano, el conjunto de los actuantes siempre estará obligado a rezar la oración de “lo que falta”, “lo que no alcanza”. Parece una forma arcaica de la economía, un trueque siempre inestable, un desequilibrio que no se remedia. Aquí las promesas solo se combinan con olvidos y construcciones fugaces. La atracción principal de la política consiste en que condiciona todo lo que todos decimos querer. Precisamente porque todos actuamos al mismo tiempo una divergencia. 

Es cuando se siente el deber de llamar a la “generosidad” –es decir, que alguien cese de actuar–, pero eso nunca se logra. Cada uno, en el ruedo político, no puede dejar de ser lo que es. Visto desde un plano único, lo político obstaculiza cada conjunto de hechos con otro conjunto fáctico, semejante y contrapuesto. Pero con múltiples segmentos que saltan constantemente de un lugar a otro. Visto por el absurdo, lo más importante entonces es ese salto. El secreto riesgo de deserción. Ahí se ve que en política solo hay tiempos entrecruzados, repletos de cortes, oscuros y profundos. El ser político no es euclidiano, sino que transcurre en múltiples espacios que no encajan entre sí. No se quiere confesar el deseo de dar ese salto, parece mejor cultivar una identidad persistente. En esa estabilidad ficticia, el político adquiere la máscara añorada del tecnócrata, cuando ya no tiene que decir quién es.


La política es enemiga de la satisfacción total y simultánea en sus partes tan diversas. Debido a eso también crea, pero para combatirlo, su “espacio público basado en la totalidad de la comprensión social”. Con esto, ninguna totalidad puede sentirse cómoda o desagraviada, pues si se generara una absoluta seducción, ella se desplomaría de inmediato al quedar saciada en un instante. El imposible destino de la política sería entonces el ascetismo. Pero que algo quede firme, que las cosas tengan una dádiva de inmovilidad, es lo que subyace en cualquier política, ya se diga conservadora, reformista o revolucionaria. El movilizador más entusiasta, el juglar del cambio más convencido, construye siempre un ritual, una base firme para tanto movimiento. A fin de convocarlo y al mismo tiempo refutarlo. No es fácil quedar sin instituciones, pero es fácil hablar en camisa y que solo se escuche el viento entre las arboledas y, entre las sombras, asome una torre perforadora de gas.

Pero en el neoliberalismo estas difíciles características se convierten en una exuberante impostura, siempre disimulada en la construcción de personas enumeradas, computadas, remarcadas y repuestas permanentemente en la góndola del Mall. Por eso, decir “cambiemos” no es ilógico. Un ser vacío pero situado en un lugar fuerte, se reviste de una voz colectiva para escucharse decir, y escuchar que le dicen, en un susurro insoportable: cambiemos, cambiemos. Consigue entonces moldear por el reverso a los individuos para adecuarlos a velocidades, fluidos y ondulaciones sin acto de cierre, pues eso ya se produjo al principio. Cuando se constató que individuo es igual a repetición. Cambiar, así, es postular un Amo que te susurra “¿viste que ahora auténticamente sos vos?”.

Con eso, la política (del neoliberalismo) ilusiona con una libertad en singular, que no altera las bases más firmes de una arcaica dominación. Dicta una orden pero finge recibirla de los que ya la aceptaron y proclaman: cambiemos, cambiemos, que deseamos ser átomos liberados. Pero todo ello, gracias a la sospecha y al odio. El neoliberalismo elimina la forma representacional, tan deficiente, que se conoció por siglos. Por eso, esta política se concibe como una progresiva absorción del sujeto, hasta el punto de que ya expropiado cree que habla por sí mismo. Pero ahora es ventrílocuo. Antes, en que estaba relativamente libre, le parecía que ocurría un tiempo dónde lo amenazaban los garantistas, que impedían el experimento de que otros le injertaran voces.

Parte de la contradicción en el corazón de los neoliberales es que destruyen viejas instituciones, que, aún burocráticas, son parte de un mínimo cimiento de la vida pública. La reemplazan con procedimientos, colores, aplicaciones digitales, espectáculos del Estado y de personas vivientes, pero como en Shakespeare, disfrazados de árboles. Nada que obstruya el flujo del capital, nada de prisiones, sino fuga. Para las personas, ciudad uniformada, existencia dentro de un logotipo.

Los sujetos reales del neoliberalismo surgen de plasmas previos, embriones que esperaban encontrar póstumamente su vida, aunque atenazada. Lo que se plasma allí es la obligación de portar y vivir como individuo su propia condición de dato, de emisor de pulsaciones. Para poder, así, encajarse en normas horarias, de transporte, de consumo, de vigilancia, de pensamiento, de inteligibilidad. Y viceversa, acoplar las categorías generales de gasto vital, en tal o cual serie de sujetos. Al ítem “fervorosos” le asignamos tantos millones de individuos, al ítem “abúlicos” otros tantos, quizás menos. ¡Medidas de gobierno! Este aglomerado mecánico sirve para adosar individuos a la máquina reproductora del lenguaje de servicios: catalogados anticipadamente todos los deseos, cada uno entra libremente en alguna cuadrícula para declararse deseante, pero su deseo ya fue empaquetado. Se lo encapsuló creyendo que hay deseos que gozan de una transparencia absoluta, la que él ahora vive sin saberse sujeto, adentro de los estuches previstos de conexiones; serán muchas, todas prefiguradas; no es el sujeto el que aplica, sino que las aplicaciones tienen sujetos. 

Solo se habla ahora de dejar sueltos los deseos singulares, que una fea realidad condiciona siempre. “Qué más quisiera yo que todos los argentinos la tuvieran más fácil; si hubiera otro camino, créanme, ya lo hubiera propuesto.” He aquí un caso de singularización del sujeto neoliberal, con la pegadiza plegaria del inverosímil impostor. No puede examinar la falencia de su ideal máximo. Yo = yo. Por eso todo en él es una clase maestra de indigencia humana. Si pensó tanto para buscar otro camino y no lo encontró, hay una falla muy honda en el significado del pensamiento. El peso fatal del “a priori” es tan grande en el neoliberalismo, que horas enteras de cavilación, que hasta pueden llamarse retiro espiritual, solo llevarán al punto de partida, la igualdad supina del que habló con lo que fue hablado. El nace ya conversado, ya enmarcado. 

Fuera del neoliberalismo, lo más escuchado en términos de lo que se habla –cuando se habla de política– es sobre algo que no alcanza, algo que falta, lo que no se sabe qué, lo que está aún disponible. Evidentemente este es otro elemento de fascinación. El político profesional no ignora las raíces profundas de la atracción que siente por verse anunciando “lo que falta”, acaso permitiéndose relativizar “lo que hay” y al mismo tiempo arrojando una visión lineal de los eventos colectivos. Para el cual no imagina desvíos, no hay momentos previos que desplazados súbitamente interfieran en las retículas ya implantadas dónde se mueve el ajedrez político, jurídico, comunicacional. Pero solo ese enraizamiento en lo inesperado será ley en nosotros, bajo la forma del otro. Esto permitiría hablar de novedades, modificaciones, nuevas instancias desviadas de la norma burocrática. Nada de esto puede detectarse en el lenguaje de la “acumulación política”. Cuando parece ya estar todo “acumulado”, la mínima sospecha de que hay una fisura, lleva al “créanme”. Juego peligroso; cada “créanme” crea un abismo más profundo. 

Es que el modo en que el neoliberalismo configuró la política del “no había otra” surgió de una suma cero donde nada se crea, sino que el que pensó tanto para concluir que no había más solución que un quebranto gradual –más perverso aún– solo puede sacar algo del fondo de la olla rascando con furia contenida. Allí donde aún preexiste la población. Todo esto no puede ser combatido solamente con un pensamiento que sigue el rosario lineal de “lo que falta”. Por lo menos, no con el presupuesto de que lo que “hay” es un “piso” de una arquitectura prefijada que debe convertirse a la “unidad general”. 

Esto no se obtiene sin que se reconozca el grumo recóndito que parece etéreo, pero es el material fortuito a la espera. Estará fuera de todo plan, conciliábulo o contabilidad, pero repentinamente emerge. Entonces aviva todo, hace arder lo congelado, y mucho más lo ultracongelado, que se apodera de lo anteriormente ya congelado, elevando la frialdad del dominio varios grados bajo cero. Como siempre hay algo peor, se nos invita así a la antiquísima leyenda del mal menor, donde el mundo son graduaciones y no cortes decididos por una historia soberana. Llamaríamos lo político, en sentido estricto, a la resistencia al “mal menor”. 

La política heredada –la que fundó sociedades y naciones aún con sus conocidas falencias– se basó en sujetos, acciones y discursos que podían cerrase sobre sí pero conservando una ambigüedad constitutiva, considerando la ley y sus poros como aquello por donde circula lo tácito de la ley. Lo aun no configurado como ley. Solo el neoliberalismo postula, en la base, la rigidez de la ley –uno por uno conectados por su exterior–, mientras permite arriba la norma de la ilegalidad, que hace continuas excepciones para sí misma. Entonces la ilegalidad domina sobre la ley o pasa a ser la ley. Pero esos simulacros les costarán caro. En cambio, un conjunto humano por el que ronda un sentido de emancipación, mantiene la ley en su conciencia con intensidades diversas, no como un latigazo reglamentario manejado por la mano del Gran Ilegal con casco de gasista que profesa el “no había otra”, matriculado un día antes de la explosión.

Por eso, conectarse no es un acto técnico sino una difusa acción inherente a lo humano. Conectarse no surge de una voluntad regulada o de un cableado, sino de superposiciones casuales, de excepciones que la laxitud le propone legítimamente a la norma rígida. O que la distensión le propone al reglamento del déspota serial y oficinesco. El neoliberalismo necesita la norma para computar sujeto por sujeto, inmunizar a cada uno del otro y decir “pensé todas las alternativas, pero no hay otro remedio, créanme”.

La teoría clásica postuló que un sujeto se sostiene en tres personas: yo, mis adversarios y mis jueces. Es lo que designa a lo político como una elección cada vez más compleja de sus propias decisiones, consecuencias, juzgamientos. Un sujeto político nunca termina en él mismo, sino en sus sortijas vaporosas que lo trasiegan en variados círculos. En algún momento debemos decir en la asamblea interna de nuestros otros cuál es la voz que moldeará nuestra figura pública. Nunca será la del yo más artificial –sea la del “créanme” o de la más aceptable sumatoria de “lo que falta”–, sino la de un yo social que busca su palabra cifrada, que incluye muchos otros yo entrelazados y contradictorios. No se los debe apilar, sino hacerlos participar de una unión política más fresca y efectiva. Adicionar sería fácil. Lo difícil pero necesario es descubrir que lo que falta no es un segmento alejado atraído por un astuto imán. Sino que lo que había que descubrir lo conocíamos, porque ya habitaba entre nosotros.