domingo, 10 de mayo de 2015
FILOSOFÍA Y PODER MEDIÁTICO, POR JOSE PABLO FEINMANN (Página12, 10 de Mayo de 2015)
(Nota de Feinmann, antes de iniciar la octava temporada del programa "Filosofía aquí y ahora", por Canal Encuentro, y antes de que empiece Tinelli y sus boberías, decimos nosotros)
Nunca se llevaron bien. Los filósofos, los profesores que dejan caer su sabiduría, a menudo ajada por el tedio, sobre un alumnado perplejo y ávido, y confunden ese tedio con un estilo, el de la seriedad, el del rigor, el del academicismo, el de la cátedra, desdeñan los medios porque consideran que son el espacio de lo leve, lo fácil, lo entretenido. Los medios detestan la filosofía. Es lo que aburre, lo que no tiene swing, lo que nadie entiende. Veneno para el rating. El encuentro creativo pareciera ser difícil, acaso imposible. Sin embargo, es sencillo observar que a la filosofía le falta algo que al entretenimiento le sobra, swing. Y al entretenimiento –a su vez– le falta algo que la filosofía podría entregarle sin renunciar a su nivel de rigor: reflexividad, conciencia crítica, incluso un sesgo ético capaz de morigerar los desbocamientos de un instrumento tramado para lo ligero, lo leve, lo obsceno (la infinita visibilidad), el lenguaje áspero, la carcajada fácil, el sexismo aleve, la infame búsqueda del éxito (que se refleja en el rating) a cualquier precio, un precio que ya derrapa hacia lo soez, lo pornográfico.
Así, la filosofía, si logra aceitar sus aristas enmohecidas, ese óxido que ha penetrado en el mismísimo ser de sus profesores, de los docentes que dicen representarla, si le pierde el miedo al riesgo de la visibilidad, a esa frase paralizante y prejuiciosa: “El medio es el mensaje”, podría insertarse (dificultosamente) en ese terreno que la detesta y plantar, injertar en él algo de su rigor, de su valoración del pensamiento, de su desdén por lo fácil, lo inmediato, de su respeto al otro, ante todo al receptor, y buscar, en la selva del entretenimiento burdo e idiotizante, un espacio para el otro entretenimiento, el del humor crítico, o el del análisis claro pero no liviano, el del análisis que no divulga el conocimiento vulgarizándolo, bajándole su nivel, haciendo –utilizando aquí la jerga del género mediático– “filosofía para Doña Rosa”, sino filosofía de la lúcida exigencia, que le entrega al receptor el tesoro de lo cristalino, el esfuerzo de largos años dedicados al saber, no para humillar a los otros, no para hacerles sentir que el saber hermético del filósofo es así, hermético, porque el filósofo es superior al receptor y entiende cosas que éste jamás alcanzará. Si hay lago que erosiona toda pedagogía es la vanidad del maestro que se alimenta de la humillación del discípulo. Nadie se pone al frente de una cátedra o de una cámara o de un micrófono para hacerles sentir a los otros que su saber es inalcanzable, que él lo es, que si está al frente de la cátedra o de la cámara es por su sabiduría, que los otros jamás tendrán, porque él sólo les entregará algo, una persistente insuficiencia, algo que, en lugar de enriquecer al alumnado, a los receptores, sólo servirá para que, por medio de una didáctica hermética, pedante y tediosa, el receptor descubra la imposibilidad que el pedagogo egoísta le ha hecho descubrir: jamás alcanzarán el saber del maestro, lo saben justamente ahora, cuando luego de unas clases (no importa cuántas) el maestro les ha enseñado (y, tristemente, en esto consistió su enseñanza) que su saber es arduo y hermético, sólo accesible para los dotados para esa hermeticidad. Esto lleva al alumno o al receptor al abandono, al desamparo y, por fin, a la deserción. Por el contrario, el verdadero maestro debe atraer al alumno hacia sí, cobijarlo, acompañarlo en la aventura del saber crítico, encontrar su mayor felicidad cuando el otro se adueña de la comprensión, del conocimiento. Todo profesor que mira a sus alumnos cuando da una clase descubre la comprensión en sus caras, en la mirada, en cierto tono púrpura que, en algunos felices, privilegiados momentos, se adueña de sus mejillas, en una que otra sonrisa tenue, apenas esbozada, pero que es hija del esfuerzo y la felicidad de la intelección.
Se me dirá: si el saber se trasmite por algún mass-media, el que lo emite no ve la cara del que lo recibe. No es así: uno nunca está solo cuando graba un programa de tevé o de radio. Apenas tiene que mirar, que saber leer la cara de quienes lo acompañan para descubrir si sus palabras encontraron eco en la conciencia de los otros. Cierta vez, grabando para Filosofía, aquí y ahora un segmento dedicado al ser-para-la-muerte en Heidegger, descubrí, al concluir, a una chica acurrucada en un rincón del estudio, llorando. Me le acerqué y –no sin algo de humor– le dije que honraba mi exposición con sus lágrimas. Que si los otros que me habían, como ella, escuchado, no lloraban era porque no se habían abierto auténticamente al análisis de Heidegger. Que llorar era una de las más adecuadas respuestas. Saber que uno muere y que, uno de sus existenciarios primordiales, es el de ser-para-la-muerte puede y hasta tal vez deba despertar algunas lágrimas de dolor en una joven asistente de dirección que escucha eso por primera vez.
Además, y éste es el beneficio de la pedagogía mediática, la tevé o la radio son medios masivos. El que emite el saber suele ser reconocido por sus receptores. Si ellos son generosos, si han encontrado en las palabras del emisor un contenido o varios que desconocían, o que no comprendían y ahora atesoran como propios pues los han hecho suyos a través de la intelección creativa, esa que los torna más lúcidos, más exigentes, menos manipulables por la cultura del entretenimiento idiotizante, estupidizante, le dirán abiertamente al emisor mediático, cuánto lo quieren, cuánto le agradecen que los ayude a pensar, que les entregue las herramientas para hacerlo, que descorra el velo de esa realidad profundamente injusta, oprobiosa, que el poder mediático les vende como única. Si el emisor del saber necesita transmitir los contenidos de un nuevo libro, de uno que jamás leyó, deberá leerlo dos veces. Una para sí. Para comprenderlo él. Porque nadie enseña bien algo que no ha apresado en totalidad. Y luego habrá de trabajar duramente sobre el modo en que ese saber deberá comunicarse. Deberá decirse: “Yo ya entendí este texto. Pero, ¿cuál es el camino para enseñarlo a los demás?” Y aquí viene la segunda lectura, quizá la más importante.
El poder mediático (a través de uno de sus mayores servidores: Bernardo Neustadt) inventó una figura nefasta: Doña Rosa, un ama de casa, mujer de barrio, con hijos, acaso con nietos, que vive consagrada a su familia, a su hogar y –si es así: mejor– a su Dios. No busquemos eufemismos: Doña Rosa es una desneuronada, el dibujo de un personaje inexistente. Está diseñada para justificar la medianía del poder mediático. No hay que levantar el nivel de nada porque Doña Rosa “no va a entender”. En música pasa lo mismo. Prohibido pasar “música clásica”. Hay que pasar rock. Lo que los chicos escuchan. Lo que les gusta. Si no, se van. No hay ninguna prueba de esto. Ni de la medianía o el agudo descerebramiento de Doña Rosa. Ni de la infinita bobería “de los chicos”, que parecen llegar al mundo ya impedidos para gozar de algo distinto, más complejo o más exigente que la chatarra que los espera. Uno llega a un mundo caído, ya interpretado. Uno es hecho, construido por ese mundo. Que, en la primera etapa, se le impone por medio de los padres y la educación. Para la derecha, así deben ser las cosas. Pues la “realidad” expresa su poder. Los planes de educación, su visión, su interpretación de la historia. Las calles, los nombres de sus héroes (salvo una que otra concesión). De aquí que no se quiera cambiar nada. La perversión del entretenimiento idiotizante es que jamás intenta cambiar nada. ¿Usted se preguntó qué educación le han dado sus padres? ¿La suya o la que ellos recibieron? ¿Usted sabe por qué hay una calle que se llama 11 de Septiembre, otra 3 de Febrero, otra Caseros, otra Roosevelt, otra Rivadavia, por qué hay tantas estatuas de tipos que ni conoce? En suma, la peligrosidad de la filosofía para el poder mediático es que su tarea es despertar las conciencias a través del saber. Decirle a usted que no acepte vivir en un mundo ya interpretado, que alguna vez tendrá que interpretarlo usted. Que no acepte ser como lo hicieron y como quieren hacerlo todos los días. Que busque ser como usted quiere ser. Tarea que requiere un paso previo: que usted sepa qué quiere ser. Que piense en eso. ¿Qué quiero ser y que han hecho de mí? Estas preguntas son elementales en filosofía. Pero son transgresoras, subversivas para el poder mediático. Que busca que usted sea el perfecto marido de Doña Rosa. De aquí la exaltación del entretenimiento estupidizante. Que usted no piense, eso buscan. Si no piensa será siempre el mismo. El perfecto zombie. ¿Vio el éxito de las películas de zombies? Eso quieren: un mundo de zombies, de muertos vivos que piensen lo que les dicen, que hagan lo que hay que hacer, que hablen lo que les hacen hablar a través del bombardeo mediático, que pasen por la vida mansamente, ovejunamente, obedientes hasta la náusea.
El motivo de estas líneas es el inicio, por Canal Encuentro, de la octava temporada del programa Filosofía, aquí y ahora. Es un hecho insólito. Siempre quise –desde el regreso de la democracia– hacer un programa de filosofía por televisión. Nunca pude. Cierto día, a raíz de la derrota electoral de Daniel Filmus ante Mauricio Macri, escribí, en Página/12, una nota crítica contra el candidato del kirchnerismo: “La construcción de la derrota”. Filmus, con gran sentido del humor, contestó como si fuera el osito Winnie Pooh, pues yo lo acusaba de salir con cara de manso en los afiches, entre otras cosas ya olvidadas. Después nos reunimos y le dije que quería hacer –desde varios años atrás– un programa de filosofía por tevé, que le juraba que andaría bien. Me reuní con Tristán Bauer. Le dije que tenía un productor, que era, además, un amigo: Ricardo Cohen. Poco tiempo después iniciábamos el programa. Recuerdo lo primero que dije: “Aunque usted no lo crea éste es un programa de filosofía por televisión”. Los primeros programas los hicimos bajo la gestión de Ignacio Hernáiz. Luego vino la talentosa, entusiasta María Rosenfeldt. Todos hicieron lo necesario y preciso para que las cosas salieran bien. Todos sabemos que Doña Rosa no existe. Que tenemos que hacer una tevé para receptores inteligentes. Que los hay. Y si aún hay pocos, tendremos que ayudar a crearlos. Con humildad, sin soberbia, con transparencia. Porque es triste que tantos ciudadanos capaces de apropiarse de su conciencia crítica se vean condenados a repetir las boberías de ese “sentido común” que impone el poder mediático.
sábado, 9 de mayo de 2015
“ENTRE LOS CEIBOS ESTORBA UN QUEBRACHO”: DE OREJANOS, PEONES Y PEONCITOS por Claudio Javier Castelli
“Tal vez otro habrá rodao
Tanto como he rodao yo,
Y le juro, creameló,
Que he visto tanta pobreza,
Que yo pensé con tristeza:
Dios por aquí no pasó”.
Son versos de las “Coplas del payador perseguido”, de Atahualpa Yupanqui, gaucho del siglo XX. Gauchos que vivían en la pobreza en campos riquísimos, gauchos dignos y sin dobleces: yo también conocí, los tengo como memorias del pago.
En 1973, una profesora de francés muy aficionada al folclore me prestó muchos discos de vinilo, uno de ellos era de Jorge Cafrune, donde éste cantaba un tema memorable del poeta uruguayo Serafín J. García, “El orejano”, lo había popularizado el dúo “Los Olimareños”, entre los 60 y 70, y fue uno de los temas que interpretaron en el Estadio Centenario, en Montevideo, el 18 de Mayo de 1984, cuando regresaron del exilio y realizaron allí un recordado concierto .
Pero la interpretación de Cafrune, quien él mismo era un cantor orejano, chúcaro, sin marca, como las que en las yerras les ponen a los animales para identificarlos con la estancia a la cual pertenecen, es decir al propietario de la misma, al estanciero, tenía precisamente un sello diferente se plenificaba y el vals recuperaba todas las sutilezas del sentido claro y aceptado en su propia letra, y más opaco y sugerido por las indescifrables muecas perdidas de las palabras.
Aquí, la letra, “El orejano”:
“Yo se que en el pago me tienen idea
porque a los que mandan no les cabresteo,
porque dispreciando las huellas ajenas
se abrirme camino pa' dir donde quiera.
Porque no me han visto lamber la coyunta
ni andar hociqueando pa' hacerme de un peso
y saben de sobra que soy duro e' boca
y no me asujeta ni un freno mulero.
Porque cuando tengo que cantar verdades
las canto derecho nomás, a lo macho,
aunque esas verdades amuestren bicheras
donde naides creiba que hubiera gusanos.
Porque el copetudo de riñón cubierto
pa' quien no usa leyes ningún comesario
lo trato lo mesmo que al que solo tiene
chiripá d' bolsa pa' taparse el rabo.
Porque no me enyenan con cuatro mentiras
los maracanaces que vienen del pueblo
a elogiar divisas ya desmerecidas
y hacernos promesas que nunca cumplieron.
Porque cuando truje mi china pal' rancho
me he olvidao que hay jueces pa' hacer casamiento,
y que nada vale la mujer mas guena
si su hombre por ella no ha pagao derechos.
Porque a mis gurises los he criado infieles
aunque el cura chille que iran al infierno,
pues de nada valen los que solo saben
estar todo el dia pirichando el cielo.
Porque aunque no tengo donde caerme muerto
soy mas rico que esos que ensanchan sus campos
pagando en sancocho de tumbas resecas
al pobre peon que deja los bofes cinchando
Por eso en el pago me tienen idea,
porque entre los ceibos estorba un quebracho,
porque a tuitos eyos le han puesto la marca
y tienen envidia al verme orejano.
Y a mi que me importa, soy chucaro y libre!
no sigo a caudillos ni en leyes me atraco
y voy por los rumbos clareaos de mi antojo
y a naides preciso pa' hacerme baqueano.”
En aquella provinciana adolescencia cuando uno buscaba modelos en que identificarse yo también quería ser un orejano, y no cabrestear a los poderosos, andar mi propia huella y no seguir necesariamente las ajenas. Era la forma en que uno se abre a la vida de los adultos y vierte sobre el mundo su propia forma de mirar. En el 73, hacía muy poco que se habían ido los militares, Onganía mandaba cortar el pelo en un “coiffeurs de seccional”, como cantaba también por aquella época, Miguel Cantilo.
También quería como muchos de mi generación no adular a los que nos sujetan con yugos como se les ponen a los bueyes, ni hocicar como los perros cuando quieren nuestro cariño, o quieren comida. Ni hocicar para “hacerme de un peso” cosa que nos hiciera callar por todo lo que teníamos para decir. Toda la juventud de esa generación tenía mucho para decir en voz baja y a los gritos. Causas había. Y ganas de cantar verdades sin miramientos.
El orejano es un arquetipo universal del hombre rebelde a quien también escribió Albert Camus, y entre nosotros José Ingenieros. Pero también es el gaucho Martín Fierro, y el cantautor de protesta que por aquella época pululaba.
Había también un afán de igualdad que rebalsaba de las voces aunque quisieran decir otra cosa, o utilizaran otras palabras. Igualdad de trato para el que no usa leyes ningún comisario, y el peón puestero de las antípodas.
Los doctores habían mentido mucho, los doctores y sabios que acompañaban o insuflaban a los militares, y eran el verdadero leitmotiv de sus golpes y asonadas porque para las minorías gobernaban.
Además había algo más allá de las miradas de las mujeres y los hombres jóvenes: un afán de amor libre sin leyes para los casamientos. Pero no es cierto hoy lo que dice Serafín J. García, de que nada vale la mujer más buena si el hombre por ella no ha pagado derecho. Entonces se hablaba con el ceño fruncido de “concubinato”.
Tenían los militares la bendición de la iglesia católica por eso a los hijos muchos los criaban infieles porque rondar el cielo sin cambios ni escatologías posibles en la tierra era adular a los poderosos. En la extraordinaria película de Luis Buñuel, “El discreto encanto de la burguesía”, se ve a un obispo trabajar de jardinero de una pareja rica. Metáfora de España y América Latina.
No tener donde caerse muerto hacía a los orejanos libres y ricos más ricos de los que explotaban a los peones o los trabajadores en las fábricas sin huelgas.
Como no relacionar el orejano, con la “Milonga del peón de campo”, de don Atahualpa Yupanqui:
“Yo nunca tuve tropilla,
siempre en montao en ajeno.
Tuve un zaino que, de bueno,
ni pisaba la gramilla.
Vivo una vida sencilla,
como es la del pobre pión:
madrugón tras madrugón,
con lluvia, escarcha o pampero,
a veces, me duelen fiero,
los hígados y el riñón.
Soy peón de La Estancia Vieja,
Partido de Magdalena,
y aunque no valga la pena,
anoten, que no son quejas:
un portón lleno de rejas,
y allá, en el fondo, un chalé.
Lo recibirá un valet,
que anda siempre disfrazao,
más no se asuste, cuñao,
y por mí pregúntele.
Ni se le ocurra decir
que viene pa´ visitarme:
diga que viene a cobrarme,
y lo han de dejar pasar.
Allá le van a indicar,
que siga los ucalitos.
Al final, está un ranchito,
que han levantao estas manos.
Esa es su casa, paisano,
¡ ahí puede pegar el grito ¡.
Allá le voy a mostrar,
mi mancarrón, mis dos perros,
unas espuelas de fierro,
y un montón de cosas más.
Si es entendido, verá:
un poncho de fina trama,
y el retrato de mi Mama,
que es ande rezo pensando,
mientras lo voy adornando,
con florcitas de retama.
¿ Qué puede ofertarle un pión,
que no sean sus pobrezas...?.
A veces me entra tristeza,
y otras veces, rebelión.
En más de alguna ocasión,
quisiera hacerme perdiz,
para ver de ser feliz,
en algún pago lejano.
Pero a la verdad, paisano,
¡ me gusta el aire de aquí... ¡.”
Qué puede ofrecer un peón que no sean sus pobrezas y si lo van a visitar digan que viene a cobrarle y lo dejaran pasar.
Esos gauchos, esos orejanos, esos rebeldes no eran ceibos que tiene madera fácil y liviana sino quebracho puro y duro como la tierra de que están hechas las mañanas y los atardeceres.
Y desde chicos como lo inmortalizó Linares Cardozo, en “Peoncito de estancia”:
“En un tobiano pasuco
con caronita pelada,
ahí va el peoncito de estancia
cruzando por la picada
Gauchito varón, maduro el rigor,
sin saber por qué,
tierno corazón,
falto de calor le tocó crecer
Cumple su deber, chingolito fiel
de aquí para allá,
cogollo de amor;
cielo de ilusión, anda, viene y va
Recién florece su vida,
dura y áspera será,
anda jugando al trabajo
y rinde como el que más
Los pajaritos del monte
le saludan al pasar
y el peoncito va soñando,
soñando con su silbar
Pero se endulza el camino
con la frutita del tala
y algún chañar florecido
le va perfumando el alma
Jugo 'el macachín, miel de camachuí,
fruto 'el ubajay, pisingallo, tas
baquiano demás,
sabe bien dónde hay
Agreste vivir, si tiene un sufrir,
no se escapa un ay, con que despertó,
la tierra lo crió
como el ñandubay
Cachorro de viaje largo,
¡qué duro es tu trajinar!
destino sin una queja
de silencio y soledad
Los pajaritos del monte
le saludan al pasar
y el peoncito va soñando,
soñando con su silbar”
Eran cachorros de viajes largos. El estatuto del peón de campo de 1943, del Coronel Perón es un punto nodal en la historia laboral del país, reformados y actualizados en las nuevas leyes del trabajo agrario y estatuto del peón rural; rechazados por la célebre y egoísta "mesa de enlace".
Un político entrerriano del Pro, de destacada actuación a favor de los propietarios de los campos en la disputa por las retenciones llamó hace poco a naturalizar el trabajo infantil en las estancias.
En los últimos tiempos se publicitaron mucho en los medios de comunicación el trabajo esclavo en grandes estancias, y en talleres clandestinos de elaboración de ropa, incluso el incendio y la muerte de niños que tienen que estar disfrutando su infancia y la escuela.
Del sueño del gaucho perseguido Martín Fierro, del agreste que sin tranqueras recorrían toda la pampa a los esclavos de ideólogos neoliberales que llevan en la sangre el sueño de Carlos Menem, que en prisión domiciliaria se hacía servir, por un mozo vestido como tal, en una bandeja, platitos para picar, y alguna copa decente.
Los contadores de macanas que vienen del pueblo para hacer promesas que nunca cumplieron encontraron en Juan Perón, Evita, Néstor y Cristina un escollo, que le devolvieron a los trabajadores: “el argentino que trajo un médico a mi casa”, al cual cantó Horacio Guarany, en otro tema famoso de aquella época: “Perdón Doctor”.
En tanto los orejanos y rebeldes de todos los pagos de América Latina se descubrieron a sí mismo siguiendo a caudillos que les recuperaban un sentido perdido a la palabra libertad.
https://www.youtube.com/watch?v=110RtBDzwvY
https://www.youtube.com/watch?v=m-ZdQvT94Zg
https://www.youtube.com/watch?v=hOhahCRNpLc
viernes, 8 de mayo de 2015
La democracia argentina amenazada por el Poder Judicial por José Massoni
El Poder Judicial argentino creció por completo apartado de los intereses populares. Así conformó una corporación aristocrática acompañante, sirviente y beneficiaria del poder real, ejerciendo el rol que le imprimieron origen, estructura y normas procesales.
Salvar la democracia del Poder Judicial.
Merced al capitalismo transnacional y sus socios nacionales, los argentinos son “habitantes” de su país. La Argentina está globalizada y pertenece, en sus resortes básicos, a las grandes corporaciones internacionales y a sus socios nacionales de gran capital concentrado, entre otros la oligarquía agrícola-ganadera y grandes medios de difusión.
No contamos con un Tribunal Constitucional: la Corte no lo es.
Desde 2003 el gobierno nacional concretó avances en cambiar la ruta marcada por ese poder real. Pero estamos lejos de la independencia económica –y por ende política– que se entregó al capitalismo internacional entre 1976 y 2003.
Cambiar disfuncionalidades como la brutal diferencia de ingresos entre la ínfima capa privilegiada y el resto de la sociedad requiere una conciencia social potente, inserta en una política regional similar en el Mercosur. El frente político gobernante no alcanza: es la única fuerza de peso que pugna por escapar a las reglas del capitalismo neoliberal mundial. Las demás, con sus posturas contrarias a los derechos nacionales o sociales sólo aspiran a actuar como casi todos los gobiernos: administradores locales del imperio global, aceptando mansamente las órdenes imperiales.
Pero urge ahora ocuparse de un punto clave en la lucha entre los sectores democráticos y la coaligada oposición conservadora: la administración de justicia y el control de legalidad facultad del Poder Judicial.
La República paradigmática es la constitucional estadounidense, contemporánea con su independencia. En ella, el Poder Judicial es “contramayoritario”: supervisor de la constitucionalidad de los actos de los poderes elegidos por voluntad popular. Desde siempre, su debilidad fue la carencia de origen democrático. Thomas Jefferson, un fundador de ese primer sistema republicano nítido, señaló que aquella facultad del Poder Judicial resultaba una concentración de poder injusta. Los jueces no garantizarían el proceso democrático porque, no siendo representantes del pueblo y siendo inamovibles en sus cargos, dudosamente resolverían a favor de sus intereses. Mucho se ha debatido sobre las facultades de los tribunales para enfrentar las decisiones de los órganos democráticos. Carlos Nino sostuvo que es plausible el control en un sentido restringido –como constatación del cumplimiento de las condiciones del proceso de decisión democrático– y en sentido amplio que maximiza el valor epistemológico del sistema con la premisa de “ausencia de condiciones que presionen, de condiciones que amenacen, etc.” (el destacado es mío). En cuanto a los límites de la facultad de contralor, concluye que son una cuestión de razonabilidad, pues no existen límites fijos que puedan ser señalados a priori.
Enjaezada por edificios monumentales, amplias salas de rico maderamen, jueces y fiscales de alcurnia personal y catedrática, formalidades procesales inescrutables para no iniciados y una jerga incomprensible para el vulgo, el Poder Judicial argentino creció por completo apartado de los intereses populares, más aún que su ejemplo estadounidense. Así conformó una corporación aristocrática acompañante, sirviente y beneficiaria del poder real, ejerciendo el rol que le imprimieron origen, estructura y normas procesales. La reforma constitucional de 1994 fue útil en mínima expresión, creando un Consejo de la Magistratura e imponiendo concursos para ternas entre las que debe elegir el PEN al juez que examinará el Senado. Las relaciones y complicidades creadas por la corporación y las prebendas logradas en siglo y medio, engendraron una cápsula elitista que –salvo excepciones– coopta a forasteros. Es posible observar a éstos (llegados desde concursos) procurando ingresar rápidamente en el campo del privilegio y fallar evidenciando “pertenecer”.
El Poder Judicial justificó todas las asonadas que pisotearon la Constitución (1930, 1943, 1955 y 1976) y les permitió exhibir una pátina de republicanismo, con un “Poder Judicial independiente”. Desde 1983 los cambios se redujeron a la integración de la Corte. De excelente nivel la primera –1983/1989– la segunda fue resultado de una sesión ilegal de la Cámara de Diputados, con quórum falso. El ardid permitió llevar a nueve los ministros de la Corte y de inmediato el presidente Menem designó seis, que formaron la llamada “mayoría automática” que convalidó la política del neoliberalismo oficialista. Las tropelías perpetradas por la Corte “sícarlista” y la decisión política del gobierno permitieron, en 2003, Constitución en mano, expulsar la mayoría. Se redujeron los ministros primero a siete y luego a cinco y el Presidente autolimitó su potestad de designación: los nominados debían superar objeciones que cualquier ciudadano o institución formulara, y una audiencia pública. Así surgió la actual Suprema Corte.
La primera comprobación grave es que, a más de diez años de funciones, no ha tomado resolución alguna para cambiar el funcionamiento corporativo y conservador del conjunto, siendo éste quien resuelve los asuntos cotidianos. Peor, lo preservó al declarar inconstitucionales, velozmente, leyes democratizadoras sancionadas en 2014, y la única que dejó en pie no la cumple (ingreso por concurso de los empleados).
Los poderes fácticos son enemigos de un gobierno que les obstaculiza la libre rapiña de bienes y trabajo humano en busca de la ganancia máxima. La oposición no sólo es conservadora sino también reaccionaria: su programa de gobierno es volver al régimen de capitalismo neoliberal cipayo, con sumisión financiera, fuerte endeudamiento, baja del gasto público y costos laborales y sociales. Inviable, por ahora, la vía violenta, utiliza otras armas. Una es bombardear todas las horas del día con sus medios, con noticias sesgadas, denuncias mentirosas y generación de angustia, miedo, desesperanza y depresión, culpando al gobierno populista y corrupto, que sólo miente y roba. Los derechos y beneficios en favor de los sectores populares son ocultados, tergiversados, o producto populista. Otra es el actual Poder Judicial. Durante centuria y media ha sido sostén del clasismo, del derecho de propiedad privada y las prerrogativas de la autoridad, con ignorancia pertinaz de peticionarios carecientes y contra el Estado cuando pretendió atenderlos. Ahora los poderes reales le piden más. Debe utilizar su poder “contramayoritario” respecto de cualquier reglamento, decisión, decreto o ley que roce la libertad absoluta de expoliación del capital. Facilita la misión que no contamos con un Tribunal Constitucional: la Corte no lo es. Los fallos “contramayoritarios” pueden ser vertidos por cualquier juez –de cualquier instancia o fuero, en todo el país–. Aun cuando la Corte Suprema haya decidido la constitucionalidad en un caso idéntico, la decisión tomada por los órganos políticos habrá sido inaplicable por tiempo impredecible, con seguridad prolongado. Ejemplo: la ley de medios. Más de cuatro años transcurrieron hasta que el pueblo lograra la declaración de constitucionalidad de la Corte, pero casi dos años después (pasaron ya seis) el Grupo Clarín continúa incumpliéndola por decisiones de tribunales inferiores sobre puntos de aplicación.
Postulamos –para debatir– que en el siglo XXI mejorar la democracia igualitaria y participativa es imposible con el diseño de las instituciones de la República decimonónica.
En síntesis, postulamos –para debatir– que en el siglo XXI mejorar la democracia igualitaria y participativa es imposible con el diseño de las instituciones de la República decimonónica. Las bases sociales materiales y espirituales cambiaron de modo que algunas formas son disfuncionales al progreso. El sistema capitalista mundial devino en extrema concentración con el objetivo inamovible de lograr la máxima renta para el capital a como dé lugar, sin freno admisible de ningún tenor. En lo económico, ha generado la enorme acumulación de capital financiero que está dominando al mundo político, y en lo social una brecha en irrefrenable aumento entre una ínfima cantidad de supermillonarios y el resto de la humanidad, la mayoría pobre o indigente. Contra esas políticas la Argentina ha luchado los últimos doce años, con resultados encomiables. Pero no ha conmovido la estructura del poder que, sin incisiva intervención popular mediante un gobierno con gran apoyo social –que no existe en la subjetividad actual en la dimensión necesaria– no tomará rumbo de independencia económica y mantendrá al país colgado de la exportación de commodities, disponibilidad de la oligarquía o de capitales concentrados.
Apoya ese rumbo un poder del Estado sin origen popular, intangible y sin límite temporal. El que permite, o no, que se produzcan cambios trascendentes en el camino de mejor cumplir los principios constitucionales y los tratados internacionales de derechos humanos y de preservación vital. Con tal esquema institucional concretar postulados esenciales de la Constitución mediante la profundización de los objetivos nacionales, populares, es impensable. Deben establecerse las reformas que den posibilidad de aplicación a las decisiones requeridas por la actualidad nacional, latinoamericana y mundial.
Es igual de necesario establecer un Tribunal Constitucional, con exclusividad para dirimir el acomodo o no de las normas a la carta magna, en fallos vinculantes para todos los tribunales: terminaría la grave inseguridad jurídica provocada por las decisiones contradictorias sobre un mismo punto y una facilidad para la tergiversación del poder popular.
Es crucial formar opinión social que construya la masa crítica que precipite en una reforma constitucional, que incluya habilitar un criterio conceptual del derecho abarcativo de toda la sociedad y no sólo del sector poderoso. Cuando menos, debería instaurar un Consejo de la Magistratura facultado para producir un cambio radical en el perfil del juez. Ello exige candidatos de todas las concepciones, en el marco de compromiso con la democracia participativa, la igualdad de derechos para todos, conocimiento de nuestra historia y de la realidad económica y social del presente, dando cimiento al imprescindible alto nivel jurídico que también deberán demostrar. Es posible con un Consejo reflejo de la heterogeneidad social, en los antípodas del vigente, que plasma solamente la representación de un pequeño sector de profesión universitaria. La calidad representativa de ese sector, ínfima dentro del resto de los ciudadanos y la multiplicidad de sus quehaceres, necesidades, idiosincrasias, clases, capacidades económicas, niveles sociales, etnias, etc., no deja dudas sobre que la gestión de elegir a quienes “dirán el derecho” es ajena al pueblo. Aun estimando la formación universalista que suelen tener algunos abogados, la simbología de la gestión judicial denota un reducto culturalmente pobre, un coto, que refuerza la histórica índole conservadora corporativa de la judicatura. Sería inteligente acudir al novedoso ejemplo boliviano. Allí los miembros del Consejo de la Magistratura –que integra el Poder Judicial con sus atributos de independencia– son elegidos por sufragio popular entre candidatos con notoria experiencia y moralidad, que propone la Asamblea Legislativa, para mandatos de seis años, sin reelección.
Es igual de necesario establecer un Tribunal Constitucional, con exclusividad para dirimir el acomodo o no de las normas a la carta magna, en fallos vinculantes para todos los tribunales: terminaría la grave inseguridad jurídica provocada por las decisiones contradictorias sobre un mismo punto y una facilidad para la tergiversación del poder popular. Bolivia elige sus integrantes por voto popular entre la selección realizada por la Asamblea Legislativa, por mayoría de dos tercios. Creo que deberíamos examinar desde esta perspectiva un método de elección de candidatos por parte de los poderes políticos, para luego ser llevados a la compulsa popular de sufragios.
Sin reformas en el Poder Judicial del orden propiciado, o las que surjan de la discusión, el desarrollo democrático, en las condiciones del siglo XXI, corre alto riesgo que encontrar obstáculos insalvables.
José Massoni: Ex fiscal, juez, camarista y primer titular de la Oficina Anticorrupción designado por Raúl Alfonsín.
Fuente: Página12
Salvar la democracia del Poder Judicial.
Merced al capitalismo transnacional y sus socios nacionales, los argentinos son “habitantes” de su país. La Argentina está globalizada y pertenece, en sus resortes básicos, a las grandes corporaciones internacionales y a sus socios nacionales de gran capital concentrado, entre otros la oligarquía agrícola-ganadera y grandes medios de difusión.
No contamos con un Tribunal Constitucional: la Corte no lo es.
Desde 2003 el gobierno nacional concretó avances en cambiar la ruta marcada por ese poder real. Pero estamos lejos de la independencia económica –y por ende política– que se entregó al capitalismo internacional entre 1976 y 2003.
Cambiar disfuncionalidades como la brutal diferencia de ingresos entre la ínfima capa privilegiada y el resto de la sociedad requiere una conciencia social potente, inserta en una política regional similar en el Mercosur. El frente político gobernante no alcanza: es la única fuerza de peso que pugna por escapar a las reglas del capitalismo neoliberal mundial. Las demás, con sus posturas contrarias a los derechos nacionales o sociales sólo aspiran a actuar como casi todos los gobiernos: administradores locales del imperio global, aceptando mansamente las órdenes imperiales.
Pero urge ahora ocuparse de un punto clave en la lucha entre los sectores democráticos y la coaligada oposición conservadora: la administración de justicia y el control de legalidad facultad del Poder Judicial.
La República paradigmática es la constitucional estadounidense, contemporánea con su independencia. En ella, el Poder Judicial es “contramayoritario”: supervisor de la constitucionalidad de los actos de los poderes elegidos por voluntad popular. Desde siempre, su debilidad fue la carencia de origen democrático. Thomas Jefferson, un fundador de ese primer sistema republicano nítido, señaló que aquella facultad del Poder Judicial resultaba una concentración de poder injusta. Los jueces no garantizarían el proceso democrático porque, no siendo representantes del pueblo y siendo inamovibles en sus cargos, dudosamente resolverían a favor de sus intereses. Mucho se ha debatido sobre las facultades de los tribunales para enfrentar las decisiones de los órganos democráticos. Carlos Nino sostuvo que es plausible el control en un sentido restringido –como constatación del cumplimiento de las condiciones del proceso de decisión democrático– y en sentido amplio que maximiza el valor epistemológico del sistema con la premisa de “ausencia de condiciones que presionen, de condiciones que amenacen, etc.” (el destacado es mío). En cuanto a los límites de la facultad de contralor, concluye que son una cuestión de razonabilidad, pues no existen límites fijos que puedan ser señalados a priori.
Enjaezada por edificios monumentales, amplias salas de rico maderamen, jueces y fiscales de alcurnia personal y catedrática, formalidades procesales inescrutables para no iniciados y una jerga incomprensible para el vulgo, el Poder Judicial argentino creció por completo apartado de los intereses populares, más aún que su ejemplo estadounidense. Así conformó una corporación aristocrática acompañante, sirviente y beneficiaria del poder real, ejerciendo el rol que le imprimieron origen, estructura y normas procesales. La reforma constitucional de 1994 fue útil en mínima expresión, creando un Consejo de la Magistratura e imponiendo concursos para ternas entre las que debe elegir el PEN al juez que examinará el Senado. Las relaciones y complicidades creadas por la corporación y las prebendas logradas en siglo y medio, engendraron una cápsula elitista que –salvo excepciones– coopta a forasteros. Es posible observar a éstos (llegados desde concursos) procurando ingresar rápidamente en el campo del privilegio y fallar evidenciando “pertenecer”.
El Poder Judicial justificó todas las asonadas que pisotearon la Constitución (1930, 1943, 1955 y 1976) y les permitió exhibir una pátina de republicanismo, con un “Poder Judicial independiente”. Desde 1983 los cambios se redujeron a la integración de la Corte. De excelente nivel la primera –1983/1989– la segunda fue resultado de una sesión ilegal de la Cámara de Diputados, con quórum falso. El ardid permitió llevar a nueve los ministros de la Corte y de inmediato el presidente Menem designó seis, que formaron la llamada “mayoría automática” que convalidó la política del neoliberalismo oficialista. Las tropelías perpetradas por la Corte “sícarlista” y la decisión política del gobierno permitieron, en 2003, Constitución en mano, expulsar la mayoría. Se redujeron los ministros primero a siete y luego a cinco y el Presidente autolimitó su potestad de designación: los nominados debían superar objeciones que cualquier ciudadano o institución formulara, y una audiencia pública. Así surgió la actual Suprema Corte.
La primera comprobación grave es que, a más de diez años de funciones, no ha tomado resolución alguna para cambiar el funcionamiento corporativo y conservador del conjunto, siendo éste quien resuelve los asuntos cotidianos. Peor, lo preservó al declarar inconstitucionales, velozmente, leyes democratizadoras sancionadas en 2014, y la única que dejó en pie no la cumple (ingreso por concurso de los empleados).
Los poderes fácticos son enemigos de un gobierno que les obstaculiza la libre rapiña de bienes y trabajo humano en busca de la ganancia máxima. La oposición no sólo es conservadora sino también reaccionaria: su programa de gobierno es volver al régimen de capitalismo neoliberal cipayo, con sumisión financiera, fuerte endeudamiento, baja del gasto público y costos laborales y sociales. Inviable, por ahora, la vía violenta, utiliza otras armas. Una es bombardear todas las horas del día con sus medios, con noticias sesgadas, denuncias mentirosas y generación de angustia, miedo, desesperanza y depresión, culpando al gobierno populista y corrupto, que sólo miente y roba. Los derechos y beneficios en favor de los sectores populares son ocultados, tergiversados, o producto populista. Otra es el actual Poder Judicial. Durante centuria y media ha sido sostén del clasismo, del derecho de propiedad privada y las prerrogativas de la autoridad, con ignorancia pertinaz de peticionarios carecientes y contra el Estado cuando pretendió atenderlos. Ahora los poderes reales le piden más. Debe utilizar su poder “contramayoritario” respecto de cualquier reglamento, decisión, decreto o ley que roce la libertad absoluta de expoliación del capital. Facilita la misión que no contamos con un Tribunal Constitucional: la Corte no lo es. Los fallos “contramayoritarios” pueden ser vertidos por cualquier juez –de cualquier instancia o fuero, en todo el país–. Aun cuando la Corte Suprema haya decidido la constitucionalidad en un caso idéntico, la decisión tomada por los órganos políticos habrá sido inaplicable por tiempo impredecible, con seguridad prolongado. Ejemplo: la ley de medios. Más de cuatro años transcurrieron hasta que el pueblo lograra la declaración de constitucionalidad de la Corte, pero casi dos años después (pasaron ya seis) el Grupo Clarín continúa incumpliéndola por decisiones de tribunales inferiores sobre puntos de aplicación.
Postulamos –para debatir– que en el siglo XXI mejorar la democracia igualitaria y participativa es imposible con el diseño de las instituciones de la República decimonónica.
En síntesis, postulamos –para debatir– que en el siglo XXI mejorar la democracia igualitaria y participativa es imposible con el diseño de las instituciones de la República decimonónica. Las bases sociales materiales y espirituales cambiaron de modo que algunas formas son disfuncionales al progreso. El sistema capitalista mundial devino en extrema concentración con el objetivo inamovible de lograr la máxima renta para el capital a como dé lugar, sin freno admisible de ningún tenor. En lo económico, ha generado la enorme acumulación de capital financiero que está dominando al mundo político, y en lo social una brecha en irrefrenable aumento entre una ínfima cantidad de supermillonarios y el resto de la humanidad, la mayoría pobre o indigente. Contra esas políticas la Argentina ha luchado los últimos doce años, con resultados encomiables. Pero no ha conmovido la estructura del poder que, sin incisiva intervención popular mediante un gobierno con gran apoyo social –que no existe en la subjetividad actual en la dimensión necesaria– no tomará rumbo de independencia económica y mantendrá al país colgado de la exportación de commodities, disponibilidad de la oligarquía o de capitales concentrados.
Apoya ese rumbo un poder del Estado sin origen popular, intangible y sin límite temporal. El que permite, o no, que se produzcan cambios trascendentes en el camino de mejor cumplir los principios constitucionales y los tratados internacionales de derechos humanos y de preservación vital. Con tal esquema institucional concretar postulados esenciales de la Constitución mediante la profundización de los objetivos nacionales, populares, es impensable. Deben establecerse las reformas que den posibilidad de aplicación a las decisiones requeridas por la actualidad nacional, latinoamericana y mundial.
Es igual de necesario establecer un Tribunal Constitucional, con exclusividad para dirimir el acomodo o no de las normas a la carta magna, en fallos vinculantes para todos los tribunales: terminaría la grave inseguridad jurídica provocada por las decisiones contradictorias sobre un mismo punto y una facilidad para la tergiversación del poder popular.
Es crucial formar opinión social que construya la masa crítica que precipite en una reforma constitucional, que incluya habilitar un criterio conceptual del derecho abarcativo de toda la sociedad y no sólo del sector poderoso. Cuando menos, debería instaurar un Consejo de la Magistratura facultado para producir un cambio radical en el perfil del juez. Ello exige candidatos de todas las concepciones, en el marco de compromiso con la democracia participativa, la igualdad de derechos para todos, conocimiento de nuestra historia y de la realidad económica y social del presente, dando cimiento al imprescindible alto nivel jurídico que también deberán demostrar. Es posible con un Consejo reflejo de la heterogeneidad social, en los antípodas del vigente, que plasma solamente la representación de un pequeño sector de profesión universitaria. La calidad representativa de ese sector, ínfima dentro del resto de los ciudadanos y la multiplicidad de sus quehaceres, necesidades, idiosincrasias, clases, capacidades económicas, niveles sociales, etnias, etc., no deja dudas sobre que la gestión de elegir a quienes “dirán el derecho” es ajena al pueblo. Aun estimando la formación universalista que suelen tener algunos abogados, la simbología de la gestión judicial denota un reducto culturalmente pobre, un coto, que refuerza la histórica índole conservadora corporativa de la judicatura. Sería inteligente acudir al novedoso ejemplo boliviano. Allí los miembros del Consejo de la Magistratura –que integra el Poder Judicial con sus atributos de independencia– son elegidos por sufragio popular entre candidatos con notoria experiencia y moralidad, que propone la Asamblea Legislativa, para mandatos de seis años, sin reelección.
Es igual de necesario establecer un Tribunal Constitucional, con exclusividad para dirimir el acomodo o no de las normas a la carta magna, en fallos vinculantes para todos los tribunales: terminaría la grave inseguridad jurídica provocada por las decisiones contradictorias sobre un mismo punto y una facilidad para la tergiversación del poder popular. Bolivia elige sus integrantes por voto popular entre la selección realizada por la Asamblea Legislativa, por mayoría de dos tercios. Creo que deberíamos examinar desde esta perspectiva un método de elección de candidatos por parte de los poderes políticos, para luego ser llevados a la compulsa popular de sufragios.
Sin reformas en el Poder Judicial del orden propiciado, o las que surjan de la discusión, el desarrollo democrático, en las condiciones del siglo XXI, corre alto riesgo que encontrar obstáculos insalvables.
José Massoni: Ex fiscal, juez, camarista y primer titular de la Oficina Anticorrupción designado por Raúl Alfonsín.
Fuente: Página12
jueves, 7 de mayo de 2015
Sobre los Martires de Chicago de cara al presente por Roberto C. Suárez
Casi unos cien años después de dictada la Constitución de los EEUU[1], la Enmienda XIII, del 6 de diciembre de 1865, trajo consigo aires frescos y renovados a la letra Constitucional de Filadelfia, al establecer que: “1. Ni en los Estados Unidos ni en ningún lugar sujeto a su jurisdicción habrá esclavitud ni trabajo forzado, excepto como castigo de un delito del que el responsable haya quedado debidamente convicto.” Y que: “2. El Congreso estará facultado para hacer cumplir este artículo por medio de leyes apropiadas.”.
Pero conocido es que a la par de un gran avance normativo, en el gran país de norte imperaba aún un sistema laboral capitalista de semiesclavitud, caldo de cultivo que gestaría un movimiento de resistencia y lucha de trabajadores, el mismo que años más tarde, gracias a la organización, daría muchos de los frutos esperados por los desposeídos.
Para 1880 se conformó la federación de organizaciones de sindicatos y trade unions[2] (Federation of Organized Trades and Labor Unions), y para 1884 se aprobó una resolución para establecer a partir del primero de mayo de 1886, las ocho horas de trabajo, en reemplazo de las diez, doce o catorce horas usuales, respecto de las cuales no estaban exentos: los niños, las mujeres en cinta o los ancianos, esta norma fue la Ley Ingersoll[3], la cual no tuvo acatamiento de parte de los empresarios.
Así fue que los trabajadores se movilizaron a fin de exigir el cumplimiento de la norma, paralizando el país el 1° de mayo de 1886[4].
La respuesta del capitalismo descarnado, fue la represión y la cárcel para los trabajadores: la cacería de brujas contra inmigrantes y anarquistas y la clausura de periódicos, el allanamiento de casas y locales obreros y la prohibición de los mítines políticos.
El episodio más famoso de esta lucha fue el funesto incidente de mayo de 1886 en la Haymarket Square de Chicago: durante una manifestación contra la brutal represión de una reciente huelga una bomba provocó la muerte de varios policías.
Los medios de comunicación se abalanzaron también contra los trabajadores, lanzando proclamas de horca y al patíbulo para los “revolucionarios” y “subversivos”.
En Chicago se llenaron las cárceles de miles de revolucionarios y huelguistas, y muchos encontraron la muerte por pelear por el cumplimiento de los derechos reconocidos.
Y si bien nunca se pudo descubrir quién había sido el responsable del atentado de Chicago, cuatro líderes anarquistas fueron acusados, juzgados sumariamente y ejecutados[5].
Por ello, todos los 1° de mayo recordamos a estos luchadores de Chicago, como símbolo de dignidad de la clase trabajadora.
Por estos lugares el primer gran hito lo encontramos con el Estatuto del Peón sancionado por el peronismo mediante el Decreto N° 28.169, del 8 de octubre de 1944, en virtud del cual se otorgó protección legal del trabajador rural[6]. (en relación a la situación de los trabajadores para principios de siglo en nuestro país nos permitimos remitir a la nota de Telam publicada también en el blog de escalada peronista: ver nota).
Asimismo, también se estableció el Estatuto del Tambero-Mediero, y se apoyó públicamente y se comprometió a mantener la rebaja obligatoria del precio de los arrendamientos y la suspensión de los desalojos, así como el trasladó al Consejo Agrario Nacional al ámbito de la Secretaría de Trabajo y Previsión, desde donde se llevaron adelante algunas expropiaciones.
El peronismo introduce un cambio paradigmático para el campo y sobre la inagotable fuente de riquezas de la oligarquía, ello, en la inteligencia que “la tierra no debe ser un bien de renta, sino un bien de trabajo”.
Con la sanción de la Ley N° 12.921 (B.O. 27.06.1947), se ratificaron los Decretos Leyes dictados del 04.06.43 al 03.06.46, entre ellos el referente al Estatuto del Peón y mediante el dictado de la Ley N° 13.020[7] (B.O. 13.10.1947) se establecieron los salarios mínimos a regir en la recolección, trille, y manipulación de cosechas y también se crea la Comisión Nacional de Trabajo Rural. Lamentablemente, la última dictadura cívico-militar argentina (1976-1983), derogará las leyes rurales del peronismo.
Seguramente el pináculo en materia de derechos sociales se vio plasmado con la Constitución de 1949, puesto que en ella se incorporaron los derechos sociales conquistados por el movimiento obrero y la legalización de los cambios económicos, especialmente la política de nacionalizaciones del comercio exterior, de los combustibles y del transporte, la cual tuvo vigencia hasta la caída del General Perón en 1955 y la derogación de dicha constitución y la redacción del artículo 14 bis. (pero sobre ello nos referiremos en otro artículo).
Para terminar, me permito traer a colación el recientemente trágico suceso[8] que tuvo como saldo la muerte de dos niños de 7 y 10 años, durante el incendio de una casa tomada en el barrio de Flores en la que funcionaba un taller textil clandestino desde hace varios años, vuelve a poner en foco la problemática actual del trabajo esclavo en nuestro país, y nuevamente la paupérrima situación de los inmigrantes en la Argentina.
Parece mentira que tanta agua haya pasado bajo el puente, para que hoy, en pleno siglo XXI, dejemos constancia al futuro de la existencia de trabajo esclavo, como si nada hubiera pasado en materia de avances legales en la materia.
Y por ello, tanto como sociedad, como movimiento que la integra, deberíamos plantearnos los peronistas, cuál es nuestro rol en tamaña problemática, para no correr el riesgo de ser testigos impávidos de la iniquidad.
Pero conocido es que a la par de un gran avance normativo, en el gran país de norte imperaba aún un sistema laboral capitalista de semiesclavitud, caldo de cultivo que gestaría un movimiento de resistencia y lucha de trabajadores, el mismo que años más tarde, gracias a la organización, daría muchos de los frutos esperados por los desposeídos.
Para 1880 se conformó la federación de organizaciones de sindicatos y trade unions[2] (Federation of Organized Trades and Labor Unions), y para 1884 se aprobó una resolución para establecer a partir del primero de mayo de 1886, las ocho horas de trabajo, en reemplazo de las diez, doce o catorce horas usuales, respecto de las cuales no estaban exentos: los niños, las mujeres en cinta o los ancianos, esta norma fue la Ley Ingersoll[3], la cual no tuvo acatamiento de parte de los empresarios.
Así fue que los trabajadores se movilizaron a fin de exigir el cumplimiento de la norma, paralizando el país el 1° de mayo de 1886[4].
La respuesta del capitalismo descarnado, fue la represión y la cárcel para los trabajadores: la cacería de brujas contra inmigrantes y anarquistas y la clausura de periódicos, el allanamiento de casas y locales obreros y la prohibición de los mítines políticos.
El episodio más famoso de esta lucha fue el funesto incidente de mayo de 1886 en la Haymarket Square de Chicago: durante una manifestación contra la brutal represión de una reciente huelga una bomba provocó la muerte de varios policías.
Los medios de comunicación se abalanzaron también contra los trabajadores, lanzando proclamas de horca y al patíbulo para los “revolucionarios” y “subversivos”.
En Chicago se llenaron las cárceles de miles de revolucionarios y huelguistas, y muchos encontraron la muerte por pelear por el cumplimiento de los derechos reconocidos.
Y si bien nunca se pudo descubrir quién había sido el responsable del atentado de Chicago, cuatro líderes anarquistas fueron acusados, juzgados sumariamente y ejecutados[5].
Por ello, todos los 1° de mayo recordamos a estos luchadores de Chicago, como símbolo de dignidad de la clase trabajadora.
Por estos lugares el primer gran hito lo encontramos con el Estatuto del Peón sancionado por el peronismo mediante el Decreto N° 28.169, del 8 de octubre de 1944, en virtud del cual se otorgó protección legal del trabajador rural[6]. (en relación a la situación de los trabajadores para principios de siglo en nuestro país nos permitimos remitir a la nota de Telam publicada también en el blog de escalada peronista: ver nota).
Asimismo, también se estableció el Estatuto del Tambero-Mediero, y se apoyó públicamente y se comprometió a mantener la rebaja obligatoria del precio de los arrendamientos y la suspensión de los desalojos, así como el trasladó al Consejo Agrario Nacional al ámbito de la Secretaría de Trabajo y Previsión, desde donde se llevaron adelante algunas expropiaciones.
El peronismo introduce un cambio paradigmático para el campo y sobre la inagotable fuente de riquezas de la oligarquía, ello, en la inteligencia que “la tierra no debe ser un bien de renta, sino un bien de trabajo”.
Con la sanción de la Ley N° 12.921 (B.O. 27.06.1947), se ratificaron los Decretos Leyes dictados del 04.06.43 al 03.06.46, entre ellos el referente al Estatuto del Peón y mediante el dictado de la Ley N° 13.020[7] (B.O. 13.10.1947) se establecieron los salarios mínimos a regir en la recolección, trille, y manipulación de cosechas y también se crea la Comisión Nacional de Trabajo Rural. Lamentablemente, la última dictadura cívico-militar argentina (1976-1983), derogará las leyes rurales del peronismo.
Seguramente el pináculo en materia de derechos sociales se vio plasmado con la Constitución de 1949, puesto que en ella se incorporaron los derechos sociales conquistados por el movimiento obrero y la legalización de los cambios económicos, especialmente la política de nacionalizaciones del comercio exterior, de los combustibles y del transporte, la cual tuvo vigencia hasta la caída del General Perón en 1955 y la derogación de dicha constitución y la redacción del artículo 14 bis. (pero sobre ello nos referiremos en otro artículo).
Para terminar, me permito traer a colación el recientemente trágico suceso[8] que tuvo como saldo la muerte de dos niños de 7 y 10 años, durante el incendio de una casa tomada en el barrio de Flores en la que funcionaba un taller textil clandestino desde hace varios años, vuelve a poner en foco la problemática actual del trabajo esclavo en nuestro país, y nuevamente la paupérrima situación de los inmigrantes en la Argentina.
Parece mentira que tanta agua haya pasado bajo el puente, para que hoy, en pleno siglo XXI, dejemos constancia al futuro de la existencia de trabajo esclavo, como si nada hubiera pasado en materia de avances legales en la materia.
Y por ello, tanto como sociedad, como movimiento que la integra, deberíamos plantearnos los peronistas, cuál es nuestro rol en tamaña problemática, para no correr el riesgo de ser testigos impávidos de la iniquidad.
[1] La
Constitución de los Estados Unidos fue adoptada en su forma original el 17 de
septiembre de 1787 por la Convención Constitucional de Filadelfia, Pensilvania
y luego ratificada por el pueblo en convenciones en cada estado en el nombre de
«Nosotros el Pueblo» (We the People).
[2]
Para la época, en todo los EEUU, los sindicatos y las trades unions aumentaron geométricamente. A modo de ejemplo, el
número de miembros de los Caballeros del Trabajo subió de 100.000 en el verano
de 1885 a 700.000 al año siguiente.
[3]
En 1886, el presidente Andrew Johnson promulgó la llamada Ley Ingersoll, que
estableció la jornada de ocho horas, aunque con cláusulas que permitían
aumentarla a 14 y 18 horas. Aun así, debido a la falta de cumplimiento de la
Ley Ingersoll, las organizaciones laborales y sindicales se movilizaron para
hacerla cumplir.
[4]
El 1º de Mayo de 1886 la paralización de los centros de trabajo se generalizó.
La huelga paralizó cerca de 12.000 fábricas a través de los EEUU. En Detroit,
11.000 trabajadores marcharon en un desfile de ocho horas. En Nueva York, una
marcha con antorchas de 25.000 obreros pasó como torrente de Broadway a Union
Square; 40.000 hicieron huelga. En Cincinnati un batallón obrero con 400 rifles
Springfield encabezó el desfile. En Louisville, Kentucky, más de 6000
trabajadores, negros y blancos, marcharon por el Parque Nacional violando
deliberadamente el edicto que prohibía la entrada de gente de color. En Chicago
que era el baluarte de la huelga, paró casi completamente la ciudad. 30.000
obreros hicieron huelga, aunque empresas como en la fábrica de materiales de Mc
Cormick y alguna otra se dieron a la tarea de contratar esquiroles.
[5]
El 11 de noviembre de 1887 se consumó la ejecución de Albert Parsons
(estadounidense, 39 años, periodista), August Spies (alemán, 31 años,
periodista), Adolph Fischer (alemán, 30 años, periodista) y Georg Engel
(alemán, 50 años, tipógrafo). Louis Linng (alemán, 22 años, carpintero) se
había suicidado antes en su propia celda. A Michael Swabb (alemán, 33 años,
tipógrafo) y Samuel Fielden (inglés, 39 años, pastor metodista y obrero textil)
les fue conmutada la pena por cadena perpetua y Oscar Neebe (estadounidense, 36
años, vendedor) fue condenado a 15 años de trabajos forzados.
[6]
Con la sanción del Estatuto del Peón, el gobierno militar buscaba establecer
medidas en defensa del salario del peón y la estabilidad del trabajador,
disponiendo además la inembargabilidad de los salarios, el pago en moneda
nacional, la ilegalidad de deducciones o retenciones, salarios mínimos,
descansos obligatorios; alojamiento en mínimas condiciones de higiene, buena
alimentación, provisión de ropa de trabajo, asistencia médico-farmacéutica y
hasta vacaciones pagas.
[7] Ley
hoy abrogada por el artículo 4° de la Ley N° 22.248 - B.O. 18.07.1980.
viernes, 1 de mayo de 2015
"LA JUSTIFICACIÓN DEL CASTIGO", REMEMBRANZAS SOBRE ISRAEL, por Claudio Javier Castelli
(Esta nota la publiqué en facebook, en Agosto de 2014, la reproduzco aquí)
Era una foto vívida, sobre una familia judía enfrentando un pelotón de fusilamiento, durante la Alemania nazi, puse la atención en la mirada de los jóvenes, porque entonces rondaba mi primer año en Buenos Aires -1976-, en una Residencia Universitaria, dirigida por un cura católico. La foto estaba en la pared, contigua al comedor, en una lámina de corcho, junto con otras referidas a distintas situaciones injustas, para provocar la discusión. En aquella época, junto a la carrera de derecho, había iniciado periodismo. Recuerdo que comenté con mi hermano mayor, impresionado sobre la mansedumbre cruel de la foto, que iba a escribir una nota alegato sobre el tema; éste con buen sentido me inquirió: "¿qué vas a decir? Mirá que ya se ha dicho mucho sobre el tema”. La pregunta de mi hermano difuminó las intenciones provincianas y al cotejar comprendí, que no era tan fácil el problema.
Venía de Entre Ríos y no había conocido el antisemitismo, salvo el sobrenombre del “Ruso”, pero se perdía en la vorágine de apodos pueblerinos.
Propiamente en Buenos Aires, y en la Facultad de Derecho de la UBA conocí, por aquel momento, el significado real, de odio extremo del antisemitismo, con algunos profesores de Economía Política tristemente célebres, y por murmuraciones de algunos estudiantes acomodados.
En aquella época de terrorismo de Estado, con los únicos alumnos que sentía verdadera complicidad, era con algunos provincianos, y porteños judíos. Tal vez la lejanía, con que miraba el mundo en aquel tiempo, me distanciaba de mucha gente que aparecía como torpe, y, a veces, violenta.
La democracia naturalizó las relaciones sociales, y criminalizó el antisemitismo; sin embargo, Buenos Aires en general, y los sectores acomodados de zona norte en particular, siguen siendo antijudíos hipócritamente sociales.
En el catolicismo de los sectores medios está muy difundida esa visión, aunque la jerarquía católica hable “de nuestros hermanos mayores”. En el sector evangélico al que pertenezco, no hay un ápice de antisemitismo, al contrario pareciera ser que se glorifica al Estado de Israel en su lucha contra los palestinos. Es que con “el pueblo elegido” nacieron todas las creencias y culturas sociales del Occidente, al que sanamente pertenecemos.
Es obvio que la admiración es en realidad a Estados Unidos y la alianza estratégica, ilimitada con el Estado de Israel.
Los europeos persiguieron judíos durante siglos, y de ahí la culpa para sancionar o hacer declaraciones contundentes, con la masacre del pueblo palestino, el holocausto se yergue, como justificación de la extrema derecha israelí, para acusar de antisemitas a todos los que critiquen el genocidio. Basta ver un mapa de Palestina, desde 1948, hasta la fecha, con los asentamientos judíos y palestinos, para concientizar del exterminio al que está abocado el sionismo extremo.
Un crimen no puede justificar otro crimen. Es que el derecho internacional, es “algo” en la comunidad internacional. Todo el origen del derecho penal y de la pena, es larga lucha por racionalizar la venganza privada. La ley del Talión del “ojo por ojo” del judaísmo, fue un límite para las venganzas ilimitadas. Pues Israel contraviene sus propias escrituras, si por un atentado –llamémoslo así- donde mueren tres judíos, yo bombardeó la población civil, matando miles de mujeres y niños, el origen de nuestras propias creencias vuelve a su propio final “donde la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo” (Génesis 1:1).
Por supuesto que no hubiéramos justificado ni siquiera la matanza de tres jóvenes Palestinos, como represalia. No es la muerte lo que justifica la muerte. Ni mucho menos una matanza.
Pero nadie puede detener a Israel en su práctica genocida, porque EE.UU y Europa lo consienten. Hace mucho que los Estados Unidos -1967- comprendieron la fortaleza militar de Israel, y un “fuerte”, tiene “amigos fuertes”, a quién le vendo las armas, de paso las “pruebo”. Los europeos cerraron su ciclo lúcido con la “Revolución Francesa”, y después de la segunda guerra mundial, siguen a pie juntillas a su amo americano. El último intento renovador fue Mayo del 68.
Existen presentimientos de estar viviendo un mundo en demolición, de que “algo otro se avecina”, cuando la injusticia es tan grande hasta el diablo desconfía, pues socava el origen de todas las creencias religiosas, puede ser porque un mundo nuevo se deja entrever. No lo decimos como los marxistas escatológicos del Siglo XX, sino como quien asiste a un evidente embarazo de hechos continuos y relacionados, y espera el parto, que de luz al nuevo mundo.
“El búho de Minerva levanta su vuelo a la caída del crepúsculo”, famosa frase de Hegel, para aludir a que la filosofía llega siempre demasiado tarde, cuando los hechos han transcurrido. Pero podemos simular esbozos, esquemas, y todos caminan a una síntesis: la torpeza brutal de la política exterior de los Estados Unidos, y la codicia usurera del capitalismo financiero.
El sociólogo francés Jean Baudrillard había interpretado la posmodernidad como “La transparencia del mal”, que no era asequible en ningún lado, sino que estaba en todos, a plena luz.
La realidad efectiva es mucho más maniquea, hoy el mal es: el capital financiero especulativo, las brutalidades de la política exterior norteamericana, y el seguidismo títere de Europa, que justifica, como la extrema derecha israelí, un estado de fronteras móviles, el exterminio palestino, por haber sufrido el horroroso holocausto, que nadie ha de minimizar.
Tampoco la necesidad histórica de un Estado Israelí, pero no de fronteras móviles y expansión constante.
No puede permitirse esa ley, que la da, sin otro fundamento el sionismo, el propio verdugo. Los verdugos no dan leyes: las ejecutan. En esa practicidad de la ejecución, está el origen de volver al principio, a reconocer “la astucia de la razón”.
De la mano de los BRICS, de Latinoamérica en rebeldía, de la bestialidad de los verdugos, de la codicia usurera del capital financiero especulativo y de la implosión del neoliberalismo, aparece en el plano internacional: UN NUEVO MUNDO GEOPOLÍTICO EN EL SIGLO XXI. Saludamos ese alumbramiento. He aquí, en este presente, los dolores de parto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



