miércoles, 11 de noviembre de 2015

¿CRÓNICA DE UNA DEVASTACIÓN ANUNCIADA?, Por Federico Bernal (Fuente: Tiempo Argentino, 11/11/15)


Mauricio Macri prometió abrir las importaciones. Y sin dudas que así lo hará. Pero el menemismo del siglo XXI se propone muchísimo más: la implementación de un tratado de libre comercio (TLC) entre EE UU y la Argentina.

Federico Bernal

Mauricio Macri prometió abrir las importaciones. Y sin dudas que así lo hará. Pero el menemismo del siglo XXI se propone muchísimo más: la implementación de un tratado de libre comercio (TLC) entre EE UU y la Argentina. Súmese a esto el acuerdo entre el ex alcalde porteño y Paul Singer (fondos buitre) por Vaca Muerta y todo listo para la devastación del país. Para tomar verdadera conciencia del significado de "abrir las importaciones" un sucinto repaso al TLC suscripto entre México y EE.UU.

"Pobreza cero" e integración al mundo.
El ex presidente Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) terminó su mandato con la firma de un TLC con EE UU. Al despedirse del gobierno, prometió que con el acuerdo "terminaría la pobreza, la migración y comenzaría 'la gran época' del campo mexicano". Se trataba, en pocas palabras y según sus propias palabras, del medio para alcanzar "el nivel de desarrollo de los países del Primer Mundo". El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se suscribió en 1994 y se puso en marcha con la administración de Ernesto Zedillo. El aparato productivo e industrial mexicano -hasta entonces portador de un importante nivel de desarrollo derivado de una política de sustitución de importaciones nada despreciable- fue arrasada por la industria maquiladora. Dicha industria, al estar desvinculada de todo encadenamiento manufacturero local y requerir una bajísima inversión tecnológica, remachó el subdesarrollo y el atraso socioeconómico del país. En paralelo y consecuencia del ingreso irrestricto de productos estadounidenses altamente subsidiados, el universo rural mexicano sería literalmente devastado. Se calcula que desde 1994, 1,87 millones de campesinos debieron abandonar la actividad (Periódico La Jornada - 2/01/14). La primarización económica disparó exponencialmente y, con ella, la pauperización de las clases populares, la emigración y el narcotráfico (analizado en nuestra columna del próximo miércoles).

Pobreza y desempleo masivo
Los autores del interesantísimo trabajo "La migración laboral México-Estados Unidos a 20 años del Tratado de Libre Comercio de América del Norte" (Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales - Mayo/Agosto 2015) analizan los resultados del TLCAN. "El crecimiento económico observado durante el período 1994/2013, apenas alcanzó un 2,4% de promedio anual, cifra inferior si se compara con el ritmo de crecimiento mostrado durante el período 1960/1981 donde la tasa promedio de crecimiento anual fue de 6,8%". El lento crecimiento económico se vio acompañado de un incremento exponencial del empleo en maquiladoras, lo cual condujo a una expansión del desempleo y del sector informal de la economía (cerca del 60% de la población ocupada trabajó en el sector informal). Pero no termina allí la cosa. Las políticas neoliberales provocarían un fortísimo deterioro en las condiciones del mercado laboral: "En 2001, un 10,3% de la población ocupada obtenía ingresos equivalentes a cinco o más salarios mínimos; para 2013, la cifra se redujo al 8,4% de la población... a la vez que para este último año el 65% de los ocupados percibió ingresos iguales o menores a tres salarios mínimos". En otros términos y según datos oficiales suministrados por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, cerca de 53,3 millones de personas (45,5% de la población) vivieron en situación de pobreza durante 2012.

Destrucción del sector agrario
El TLCAN tuvo entre sus principales objetivos la imposición de la producción agropecuaria estadounidense al pueblo mexicano. A propósito, los investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México, autores del trabajo citado, señalan que se han perdido 4,9 millones de empleos en el sector desde la firma del TLCAN, siendo que su PBI cayó del 5% antes de la firma del tratado al 1,5% en 2014. La devastación del campo mexicano sería ahondada por un ajuste masivo en materia de subsidios para la producción agrícola. De acuerdo "con las cifras de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, en 1995 se asignaba al sector agrícola el 7,3% del gasto federal. En 2013, este se redujo a sólo el 3,1%". Asimismo, la balanza comercial agrícola incrementó su déficit: "Mientras que en 1980 la dependencia del país en alimentos era del 15%, para el año 2011 fue de casi el 50 por ciento".

Destrucción de la industria
La administración salinista aseguraba que con la apertura comercial y la liberalización económica, México se integraría al mundo. Lloverían entonces las inversiones extranjeras, derramando en exportaciones, empleo y desarrollo. Pero la experiencia histórica -y el caso mexicano lo confirma- demuestra que este argumento no es más que una vil mentira. A las naciones industrializadas no sólo no les interesa el desarrollo genuino de los países receptores (de sus famosas inversiones), sino que por el contrario no les conviene. Los investigadores nos explican al respecto que en su país y desde la firma del TLCAN "la inversión extranjera se dirigió básicamente hacia la industria maquiladora, cuyas consecuencias además de ser lesivas para los trabajadores no generan el tan ansiado desarrollo. Por un lado, ofrecen trabajos temporales con menores prestaciones, bajos salarios y sistemas de contratación en extremo flexibles". Otro de los problemas de esta industria, "es que no genera un derrame de conocimientos hacia la industria nacional, un valor agregado, debido a que se centran en el ensamblaje sin incorporar prácticamente componentes locales. Se puede decir entonces, que la política industrial que ha impulsado el país no ha detonado el desarrollo esperado... Los impactos del TLCAN sobre el sector agrícola e industrial provocaron que el crecimiento del PBI per cápita mexicano del 18,6% represente la mitad del promedio de América Latina; este bajo crecimiento no permitió combatir la pobreza del país, dado que el 52,3% de la población se ha mantenido bajo esa condición desde la firma del Tratado".

Expulsión de trabajadores y fuga de cerebros
El neoliberalismo provoca un drástico incremento de la desigualdad social, la pobreza y el desempleo. Las clases populares desprovistas no ya de todo bienestar sino de la más mínima de las condiciones de subsistencia, tienden a migrar buscando mejores condiciones sociales y laborales. África es el caso más conocido, aunque lo sucedido en la Argentina entre 1976-2003 -a mucha menor escala por supuesto- es parte del mismo fenómeno: expulsión de ciudadanos, trabajadores, científicos y técnicos. Volviendo al caso mexicano, veamos las consecuencias del libre comercio y su impacto en el flujo migratorio de este país. El TLCAN convirtió a México en el primer corredor migratorio mundial hacia Estados Unidos. Un 25% de los migrantes provinieron del sector agrario seguidos por un 17% del sector de la construcción. Ahora bien, debido a la primarización económica del país (escasas oportunidades laborales para los trabajadores altamente calificados), "cerca del 36% de los mexicanos que cuentan con el grado de doctor, se encuentran ejerciendo en EE UU, mientras que el 33% de los estudiantes egresados de las carreras de ingeniería y tecnología mexicanos salen al extranjero". Estas cifras, señalan los autores, "son preocupantes, pues el número de migrantes altamente calificados nacidos en México que residen en EE UU creció 2,4 veces entre 2000 y 2012, al pasar de 411 mil a 1 millón, lo cual equivale a que uno de cada diez mexicanos con título de licenciatura reside en el país vecino o que uno de cada cuatro mexicanos con estudios de posgrado vive en EE UU".

Macri y un TLC a la mexicana
El perverso neoliberalismo mexicano se sostiene macroeconómicamente por el envío de remesas (de los mexicanos que "trabajan" en EE UU) y por la desregulación y desnacionalización progresiva del sector petrolero, otrora en manos del Estado y su empresa paraestatal PEMEX. Las exportaciones petroleras y las remesas son los principales ingresos de dólares frescos a la economía, alimentando las reservas internacionales exclusivamente destinadas a amortiguar la volatilidad de los mercados y pagar los intereses y servicios de la deuda externa. En suma, el libre comercio ha fundido a México, el país más rezagado entre las naciones que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). La desigualdad social, la desindustrialización y la pobreza no detienen su marcha. Cuando Macri propone "abrir las importaciones", propone en realidad un tratado de libre comercio a la mexicana, sostenido por una nueva desnacionalización del sector petrolero con la entrega de Vaca Muerta e YPF al terrorismo financiero y especulador occidental, el mismo que rige los destinos de nuestros hermanos mexicanos. El próximo miércoles analizaremos también desde el ejemplo de México, por qué el narcotráfico argentino apuesta por un triunfo de Macri. «

martes, 10 de noviembre de 2015

CARTA DEL MAESTRO NORBERTO GALASSO A LOS COMPAÑEROS DEL FIT

NORBERTO GALASSO, HOMBRE DE LA IZQUIERDA NACIONAL


CARTA DEL MAESTRO NORBERTO GALASSO A LOS COMPAÑEROS DEL FIT

VOTAR “CONTRA EL ENEMIGO PRINCIPAL”

A los compañeros del FIT:
Quiero hacerles llegar algunas reflexiones a los militantes de ese frente a los que supongo nutridos ideológicamente en las lecturas de León Trotsky. Hace muchos años llegué a la conclusión de que el capitalismo es un régimen injusto que tarde o temprano será remplazado por una organización social superior que es el socialismo y que se dará, en los distintos países con las peculiaridades propias de cada uno, para abrir camino al “hombre nuevo” por el cual dio su vida el “Che” y muchos otros. La circunstancia de que el socialismo deba adecuarse a los rasgos específicos del país y de que, además, se dará inicialmente en los países sometidos por el imperialismo llevó a rotularlo “socialismo nacional”. En Argentina sostuvieron esta posición Manuel Ugarte, el grupo Frente Obrero del 45, Abelardo Ramos (antes de su defección menemista), Cooke, Hernández Arregui, Spilimbergo y Tosco, entre otros. Desde esta posición, quiero recordarles que la historia se da a través de la lucha de clases: las próximas elecciones son -aunque no lo entiendan así algunos compañeros- parte de esa lucha. Por lo cual, un socialista no es aquel que formula los programas más atrevidos y avanzados sino simplemente aquel que colabora para que los trabajadores tengan cada vez más poder y presencia concreta en la vida política del país hasta colocarse en condiciones de disputar el poder para, desde allí, construir la sociedad igualitaria que deseamos. Es decir, no habiendo opción socialista corresponde optar entre lo que hay y en este sentido, votar contra aquel cuyo origen, trayectoria y economistas que lo asesoran expresan a la minoría oligárquica y su aliado imperialista, imputación que no puede hacerse al candidato del FPV aunque no signifique un avance hacia el socialismo.
León Trotsky

Con este propósito quiero recordarles algunas posiciones adoptadas por Trotsky, no demasiado conocidas. Cuando Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo en México, corrió la versión de que había sido asesorado por Trotsky, por entonces exilado en ese país. Él contestó que eso no era cierto, pero que hubiera sido un honor para él si la nacionalización de Cárdenas (gobierno capitalista) se hubiese debido a su consejo. Como algunos discípulos (que se consideran trotskistas aunque no lo leen), protestaron, Trotsky explicó que la medida era avanzada porque debilitaba al imperialismo y estimulaba la lucha de los trabajadores mexicanos. Pero, además, les pidió que recordasen que cuando Lincoln triunfó en la Guerra Civil de EE UU sobre los estados esclavistas del sur, Marx le mandó un telegrama de felicitación, a pesar de que ese triunfo impulsaría fuertemente al capitalismo, pero resultaba históricamente progresivo porque derrotaba a los gamonales esclavistas amigos del Imperio Británico. Entre los capitalistas industrialistas y los esclavistas feudales, no vaciló en apoyar a los primeros aunque los seguiría combatiendo luego en busca de concretar nuestros objetivos. Acompañaba a lo más avanzado de la sociedad yanqui y favorecía la creación de condiciones favorables para, luego, darles pelea.
Una vez les aconsejó a los comunistas chinos que se aliaran a Chian Kai Shek (líder burgués, liberal, capitalista) para dar guerra al Japón. Discípulos escandalizados le preguntaron si no sabía quién era. Les respondió: "Por supuesto que lo sé. Pero hoy lo necesitamos para no ser esclavos de los japoneses. Mañana nos traicionará. Es posible, más bien es seguro, y entonces lo combatiremos. Pero la lucha es hoy y aquí, y no podemos confundir la estrategia socialista que apunta al futuro con la táctica que debemos asumir en las luchas de hoy."
En la Argentina, la izquierda que confunde táctica con estrategia brega por el socialismo bajo distintas formas, desde hace siglo y medio, y celebra con entusiasmo cuando alcanza el 3% de los votos. En 1945, sólo el grupo Frente Obrero sostuvo con claridad el apoyo a Perón el 17 de octubre sin hacerse, por eso, peronista. Aplicando así las enseñanzas de Trotsky y también de Lenin cuando exigía no confundir quién es el enemigo principal: en una elección que parte al país en dos o poco menos, uno de los candidatos debe ser el enemigo principal y el otro el posible aliado circunstancial al que mañana habrá que combatir si se dan las condiciones, casi seguramente, para hacerlo. Lenin lo resumía: “Golpear juntos, marchar separados.” Hay gente, agregaba Trotsky, que cree que todo es blanco o negro y que no existen grises, y así no se puede hacer política porque se corre el riesgo de hacerle el juego al ex socio y amigo del ultraderechista yanqui Donald Trump, según lo confesó el mismo Macri, en “Lincoln West” de Manhattan.
El reducido porcentaje de votos del FIT -que costó tanto a su valorable militancia- puede significar, bien empleado, la derrota de las grandes corporaciones nativas y del imperialismo expresados por Macri. Votar en blanco, en cambio, es ponerse al margen de la lucha. Con toda razón, los trabajadores se lo podrán reprochar a aquellos que optan por el voto en blanco, si un gobierno de Cambiemos -podría ocurrir- nos devuelve a la dependencia, “las relaciones carnales”, contratos basura, el 18% y no el 45% como ahora en el ingreso nacional que reciben los trabajadores... Y seguiremos como desde 1875, levantando las más hermosas palabras abstractas y militando esforzadamente pero errando en las luchas concretas, al no votar contundentemente contra el enemigo expoliador interno y externo. A Trotsky le costó mucho sostener posiciones correctas, pero luchó siempre contra el capitalismo y también contra la burocracia stalinista cuando ésta deformó la revolución y hasta llegó a advertir que si el pueblo ruso no barría a la burocracia esta se reconvertiría en burguesía, como al final ocurrió. Siempre supo distinguir lo que hay que hacer hoy -aunque con disgusto- para ratificar una estrategia socialista hacia el futuro.

LA OPCIÓN DEL FRENTE PARA LA VICTORIA, POR JORGE ALEMÁN (Fuente: Página12, 10/11/15)

JORGE ALEMÁN


En los últimos años, muchos pensadores hemos realizado un esfuerzo por tratar a lo real, a lo “fuera de sentido”, intentado salir tanto del círculo escéptico-cínico como de la ingenuidad fantasmática utópica. En ese contexto, parece que no hay más remedio que saber vivir un desajuste permanente entre las elaboraciones teóricas y los modos en que el capitalismo contemporáneo se apropia de la existencia mortal, hablante y sexuada. En este aspecto, lo político ya no tiene derecho a soñar y por difícil que sea debe mantenerse en el deseo de despertar.

Sin la pantalla del Ideal, lo que resta es sostener el deseo de poner “un freno de mano”, como diría Benjamin, en la marcha ilimitada del capitalismo. Esos frenos de mano ya no son estratégicos, sino que son siempre tácticos y nunca coinciden plenamente con los presupuestos teóricos que nos animan. En el caso de Argentina, más allá de todos los debates y discusiones, el obstáculo al neoliberalismo y su expansión incesante es la fórmula Scioli-Zannini.

Con el máximo respeto hacia aquellos que critican al capitalismo y quieren una política idéntica a esa crítica, es importante señalar que en algunas coyunturas como la actual, el esfuerzo por ponerse virtualmente a la izquierda de una posibilidad como la que representa el Frente para la Victoria puede contribuir a construir una imagen ideal irresponsable. Es irresponsable porque corroe el “freno de mano”, el escaso recurso del que disponemos frente a los dispositivos neoliberales.

No se trata de ser “posibilista”, “resignado” o “reformista”. Cuando se habla así desde una supuesta opción de izquierda, no se han sacado las conclusiones que un materialista debe extraer de lo sucedido en el siglo XX. Ser materialista implica caracterizar la mutación capitalista en neoliberalismo y admitir que las figuras de desconexión del mismo, por vía violenta y revolucionaria se han revelado, más allá de su acto instituyente igualitario, como formas sacrificiales, de terror organizado y, por último, inoperantes con respecto al capitalismo. Una opción realmente materialista, “materialista de lo real”, debería apoyar la expansión de las prácticas emancipatorias y, desde las mismas, una y otra vez, intentar pensar la salida del capitalismo. Salida que aún permanece sin nombre y de la que se debe dar cuenta desde una lógica contemporánea.

Los compañeros y compañeras de esta izquierda, en este contexto, suelen recordar el repertorio revolucionario o radical, mientras se abstienen y todo sigue igual o va a peor. No se trata de menospreciar dicho repertorio, ni de dejar de pensar las contradicciones del capitalismo y los límites de la democracia liberal, sino de pensar cuáles son los instrumentos emancipatorios con los que contamos ahora mismo. Especialmente, en una situación como la actual, cuando solo quedan dos opciones, es importante tener en cuenta el candidato que tenemos enfrente y todo lo que representa. Es difícil justificar el inmovilismo y el abstencionismo de los que quieren denunciar las injusticias propias del neoliberalismo, cuando esta actitud favorece que su mayor representante llegue al poder.

* Psicoanalista y escritor.

lunes, 9 de noviembre de 2015

El IDEARIO DE MAURICO MACRI, LA “ELITE ILUSTRADA”, Y SUS “TRASNOCHADAS FANTASÍAS”, Por Claudio Javier Castelli



DANIEL SCIOLI-MAURICO MACRI

La derecha tiene historia en el país, de alguna manera gobernaron, hasta Irigoyen, Perón, y los Kirchner; solo en esos interregnos se escucharon otras voces, otras mayorías y minorías excluidas siempre de los discursos,  políticas públicas, y estrategias privadas.

En la RAE:



miedo

Del lat. metus 'temor'.

1. m. Angustia por un riesgo o daño real o imaginario.

2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.



¿Acaso no tenemos angustia? Más allá de la supuesta alternancia de un gobierno de derecha, con uno tirado a la izquierda.


¿No tenemos muy cercanos los noventa? Cuando la derecha mediática, política y financiera gobernó este país, destruyendo toda la argentina económica social peronista. ¿Me van a decir, como están repitiendo algunos, que el primer gobierno de Menem fue bueno? ¿No será que la memoria borra lo odioso, que no nos importan, los excluidos, desocupados y pobres, que están más allá de la calle Córdoba? ¿Qué importa poco entregar el país a relaciones carnales con Estados Unidos?


Macri, no es solamente Macri. Son también sus archivos imperdibles, de declaraciones homofóbicas; sus declaraciones, sobre el salario, como un costo más, y nada más; su asistencia a la embajada de Estados Unidos, a pedirle ayuda, “porque algo había que hacer con los Kirchner” (Según los Argenleaks, de Santiago O’Donnell); su consulta a los yanquis, sobre el mejor policía argentino (por supuesto que le dijeron: el “Fino Palacio”, que colaboraba con la embajada en la causa Amia, causa donde los servicios de inteligencia extranjeros manejaban jueces, fiscales, en un hinterland donde aparecían los servicios locales, como meros amanuenses de intereses extranjeros).


Su procesamiento por escuchas ilegales actual, las 200 causas que tiene, su procesamiento anterior de empresario “vivo”, que compraba autos, con exenciones para discapacitados, como si él lo fuera; aunque ahora parecería, por el blindaje mediático concentrado, por sus asesores de imagen, puramente  mediáticos efectivos, que difunde globos de colores y amor, sin conflictos.


Algo conocemos de la ilusa unión de todos los argentinos, al poder concentrado global.
 
Claudio Javier Castelli

¿Es mala fe tener angustias, tener miedo, por todo lo conquistado? No, no lo es, ya sé que gran parte de la población quiere globos y nubes de alegría “tinelesca”. No le interesan los derechos humanos, el uno a uno me permitió viajar mucho, y tener muchos dólares.


En realidad quiero un cambio de globos, que termine con las cadenas nacionales, quiero escuchar a los privados en un lobby infinito con Marcelo Longobardi y Fernando Niembro. ¿Fútbol para todos?, el fútbol estaba bien en manos de Clarín.

“La ley de medios tiene frivolidades”. Se llaman frivolidades a los pueblos originarios accediendo a frecuencias, o solo que un medio no puede descapitalizarse, para dejar de ser un monopolio.  Pero en Estados Unidos un solo grupo económico no puede tener tantas frecuencias. No importa, soy esclavo (cipayo), no copio lo bueno, solo repito las consignas de sus servicios de inteligencia, que Alonso y Bullrich, ayudan a difundir.


Mis economistas van a renovar el hastío que tengo de las cadenas nacionales de Cristina. Pero no será mucho: ¿Melconián? ¿Prat Gay?


Todos los economistas le están rindiendo pleitesía a la City, como dijo Espert, si gana Macri, “va a gobernar uno de nosotros”, no un “caudillo provincial, que cada diez años viene a gobernar el país” –lo dijo Prat Gay-.


Nosotros “la élite ilustrada”, la verdadera inteligencia, no masacramos a los caudillos del interior, aunque tenemos que aceptarlo, uno de ellos nos liberó de Rosas, y nos entregó el país en Pavón. Nosotros no exterminamos a los Indios, y fijamos definitivamente los límites del Estado, nosotros, no establecimos la ley de residencia para expulsar extranjeros socialistas, anarquistas, comunistas o revoltosos. Nosotros no derrocamos a Irigoyen ni a Perón, ni lo prohibimos. Nosotros no provocamos 30.000 desaparecidos, ni le dimos golpes de Mercado a Alfonsín. Nosotros no gobernamos con Menem y produjimos pobreza, exclusión y relaciones carnales.


Nosotros como “élite”, no lo hicimos, lo hicieron otros, que hicieron el trabajo sucio, nosotros apenas, si fuimos una corriente devastadora de opinión. Pero ahora tenemos uno de los nuestros para embarrarse las manos, para gobernar como propio dueño.


No vamos a ser incoherente con nuestro ideario,  ahora que  el presente reclama nuestra pluma y entrega, legitimados como nunca por el voto popular.


¿El 2001, no lo hicieron los Kirchner? ¿No fueron ellos los que se fueron en helicóptero? Me parece que sí. Todo cabe en el hastío de las cadenas nacionales.


La lógica amigo/enemigo, también hastía, es el capítulo que le faltaba a Laclau, y nosotros como élite escribimos, denunciando como campaña del miedo, la de Scioli, quien recordaba hechos muy antiguos, que están más allá, del presente deshistorizado, que nos toca vivir. Y viviremos más, cuando gobernemos sin máscaras.


Los hechos, que recordaba Scioli, están  más allá de la música de Gilda y los globos de un pelotero. En el pelotero está escondido Sylvester Stallone, para una pelea de Box, no con un ruso, sino con el populismo peronista, cualquiera sea la modalidad que adquiera. Aunque tenga que disfrazarme de la Dra. Carrió. ¡Eso sí que es desmesura, Hybris! Es Prometeo que sustrae el fuego a los dioses y se los dona a los dioses del mercado financiero libre. Tengo presurosa la lengua injuriante para todos los que van a resistir, por supuesto “La Cámpora”, todos armados, por ahí.


No pensé ver este final apoteótico de ópera, donde triunfan los buenos, nosotros, los que nunca nos debimos haber ido del poder político. 


De manera natural somos los gestores de las fuerzas vivas y libres del mercado financiero, que regresamos como Ulises, después de esta odisea populista de doce años. 


Pero el universo ético, no es algo, como el tejido de Penélope, que todas las noches empieza de nuevo, diría Hegel. No, no es así, dice “la élite”,  empezamos de nuevo, a hilar fino, en la reconstrucción de la argentina insertada en el mundo globalizado, sin apetencia por Latinoamérica. Nuestro destino es USA y los europeos.


Para que vengan inversiones, es necesario dar CONFIANZA, con flexibilización laboral, inserción financiera en el mundo de los préstamos internacionales, un estado mínimo, nada de estado empresario, libre mercado. Nada de intervención del Estado. Y ya está. Todos a la buena de Dios.


Raúl Alfonsín, en la oportunidad de un intento de golpe, de una minoría de derecha recalcitrante, contra su gobierno democrático, dijo en un emotivo discurso improvisado, que la chirinada regresaba con “trasnochadas fantasías”. 


El golpe eleccionario de Macri también regresa con “trasnochadas fantasías”, es decir falto de novedad, de renovación, es un golpe de timón, a la argentina del centenario, cuarta en el ranking mundial, pero exclusora, de todos los que se incorporaron después, con Yrigoyen.


Claro que tengo miedo, tengo terror, porque amo este país, no solamente mi barrio acomodado, sino sus perdidos pueblos en el interior, mis hermanos más rezagados, los empresarios que construyeron Pymes, que dan trabajo y dependen del mercado interno, amo la nación de un destino común, en una lengua viviente y trenzada en la justicia social peronista, con una bandera argentina para defender no solo con la selección de fútbol, sino en sus científicos, satélites, igualdad e identidad de género, y amor transpirado, de trabajar todos los días, pensando en mi lugar en el mundo, en la telaraña latinoamericana.


Lo amo, y no comparto el sueño con “ellos”, de restauración oligárquica, de restauración conservadora, aunque lloren al escuchar el himno, entregan la patria al capital financiero, aunque lloren con el himno, no les importa la desocupación y pobreza, si es gente que vive, más allá de la calle Córdoba.

Tengo miedo y pido disculpas por ello. Cuando la derecha mediática, empresarial y financiera se alía, la ilusa unión de todos los argentinos, bajo el ala del poder concentrado, se apodera del país. 


Entonces las masacres son “enfrentamientos”, y “la crisis se cobrará nuevas víctimas” se cobrará excluidos, pobres y el trabajo de muchos argentinos. Y las devaluaciones reales o encubiertas, serán "culpa de la pesada herencia kirchnerista", "ellos hicieron esta fiesta". Mentira, quieren beneficiar a una minoría, sojera, empresarial y financiera.


Por eso tengo miedo al neoliberalismo macrista, en su silencio mediático, augurado por asesores de imagen, está todo lo que callan que van a hacer; conviene decirlo, porque en la trama vivificante del lenguaje, no “todos los gatos son pardos”.


Noviembre de 2015

MAX SCHMELING CONTRA JOE LOUIS, POR José Pablo Feinmann (Fuente Página12, 08/11/15)

Max Schmeling-Joe Louis


Hitler lo mira y en su cara brillan el entusiasmo triunfal y ese extravío temible, arrasador, que bien le conocen quienes suelen rodearlo, trabajar con él o rendirle honores. El hombre que está frente al Führer, un excepcional deportista, una buena persona, no ha cometido ninguno de esos excesos. Es un buen alemán, pero no un nacionalsocialista. Algo raro en esa Alemania de mediados de los 30 del siglo XX.

–Usted, Herr Schmeling –dice Hitler–, lleva sobre sus hombros el honor de la Alemania nacionalsocialista. Además, jamás habremos de permitir que un negro, que un representante del mercantilismo capitalista norteamericano, cometa la ofensa de derrotar a un ario puro. Nosotros somos el centro y el espíritu del verdadero Occidente. Nada debe frenarnos.

Schmeling, aunque se ve sereno, tiembla ligera, imperceptiblemente y un sudor frío se desliza por su espina dorsal.

–Mein Führer –dice–, soy apenas un boxeador. Un hombre que le pega a otro para demostrarle que es más fuerte, o más afortunado. O que se entrenó mejor.

–Usted no parece entender este asunto, Herr Schmeling –dice el doctor Goebbels, presente en la reunión–. Por esas cuestiones del azar, por esos avatares de la historia, usted, ahora, es Alemania.

–Puedo ser Alemania. Como el señor Louis puede ser Estados Unidos. Lo que no puedo ser es nacionalsocialista. Una cosa es el deporte. Otra, la política.

–Escuche, idiota –estalla el Führer–: ¡Vaya y gane! Y si no gana, mejor demore unos cuantos años en volver por aquí.

Durante estos días, la Fundación Raoul Wallenberg, a propósito de ese pogrom al que se bautizó como La noche de los cristales rotos, evocó la figura de Max Schmeling: Schmeling también fue un gran campeón por lo que hizo fuera del cuadrilátero. “Durante el pogrom nazi contra los judíos del 9 y 10 de noviembre de 1938, erróneamente rotulado con el cándido nombre de Noche de los Cristales, salvó las vidas de los niños Henry y Werner Lewin. Schmeling escondió a los muchachos en un lugar seguro en su suite del Hotel Excelsior de Berlín y, días más tarde, cuando la furia del pogrom había amainado, ayudó a los jóvenes a escaparse de Alemania rumbo a los Estados Unidos.”

Schmeling fue un hombre atrapado entre su arte para boxear y una entrega a una causa en la que no creía. En 1936, en el Yankee Stadium de New York, derrotó a Joe Louis, a quien llamaban el bombardero de Detroit, en el round duodécimo, luego de darle varios golpes impecables, poderosos. Nadie podía creerlo. Seguramente Louis fue mal entrenado y con una confianza tan excesiva que terminaría por ser la cifra perfecta de la irresponsabilidad. Hitler lanzó en seguida una campaña racista basada en la superioridad física del ario puro. Ese mono yanqui había recibido lo que merecía por parte del vikingo germano, de la imbatible bestia rubia nazi. El Führer tenía a mano un ilustre arsenal de conceptos racistas. Hegel, en sus Lecciones de Filosofía de la Historia Universal, decía de los negros: “El negro representa al hombre natural en toda su barbarie y violencia (...) en cuyo carácter nada se encuentra que suene a humano (...) Si pues en Africa el hombre no vale nada, se explica que la esclavitud sea la relación jurídica fundamental (...) Los negros son conducidos por lo europeos a América y allí vendidos como esclavos (...) La base de la esclavitud, en general, es que el hombre no tiene aún conciencia de su libertad, y por tanto queda rebajado al rango de una cosa, de un ser sin propio valor”. Y Joe Louis era negro. Y, para peor, era norteamericano. Y Norteamérica formaba con Rusia la tenaza que buscaba destruir la herencia helénica de Alemania, el centro de Occidente. Esto lo decía Heidegger en sus clases de Introducción a la metafísica. Y Nietzsche, desde el primer tratado de La genealogía de la moral, profetizaba eso que un buen alemán habría de ser, un superhombre, un Übermensch. Herr Schmeling, usted debe subir al ring para enfrentar a esa cosa negra, a esa amenaza mercantilista contra la espiritualidad de Alemania, y aniquilarla. Usted debe ser la bestia rubia nietzscheana, el ave de rapiña que no se compadece de sus víctimas, del tendal de muertos que deja a su paso, porque sólo quiere ejercitar sus fuerzas, no le interesa la inteligencia, la detesta. Vaya y cumpla con el destino del Reich, que es el del verdadero Occidente.

A Schmeling le preocupaba la politización de la pelea. No quería ser lo que le pedían. No odiaba a Louis, lo respetaba. Era un gran boxeador y que fuera negro en nada lo disminuía. No quería ser, él, una bestia rubia ni un ave de rapiña. Su pelo era negro, su estado de ánimo era sosegado, no belicoso. Quería boxear, quería ser campeón, vencer a Louis y luego, tal vez, retirarse a una granja, vivir tranquilo. Llegó a Estados Unidos para la revancha y lo recibieron mal. Le decían nazi, sucio, inmundo nazi, esclavo de Hitler, servidor de una causa abominable.

Entre tanto, Roosevelt se veía con Louis y –más sereno– le pedía lo mismo que Hitler a Schmeling: “Joe, en tus puños está la fuerza de América. Esto es una guerra. Somos el Bien, ellos el Mal. Si gana Schmeling se llevará mucho dinero de aquí. Con ese dinero los nazis harán bombas para arrojar sobre nuestra democracia”. La “pelea del siglo” (acaso hubo otras, pero ninguna la superó en carga política, bélica, histórica) se llevó a cabo el 22 de junio de 1938. Nadie –ni Hitler ni los norteamericanos– mencionaron que el manager de Schmeling era judío, y que el campeón alemán no había aceptado que se lo cambiaran.

Esta vez Louis se presentó cuidadosamente entrenado. Nada de drogas, alcohol y mujeres, cosas a las que Joe era adicto y que ayudarían a su caída final. Aquí, hoy, junio de 1938, estaba a punto, listo. En menos de dos minutos y medio, 124 segundos, liquidó al gran Max. El rincón del alemán tiró la toalla. Hitler no quiso ver a Schmeling. Lo mandó al frente, a lo peor de la batalla, a que lo mataran y se acabara esa cuestión. Schmeling no había sido la bestia rubia, ni el ave de rapiña, ni el superhombre. Todo lo contrario. Un mono africano, una cosa sin espíritu, un hijo de ese país rapiñoso, mercantilista y judío, lo había liquidado en seguida, en dos miserables minutos. Schmeling sobrevivió a la guerra y los norteamericanos lo fueron a buscar a un terreno que cultivaba. La Guerra Fría lo necesitaba. Era un héroe. Y había que elevar el espíritu de Alemania. Le dieron un gran puesto... en la Coca-Cola. A Louis, no, nada. Lo persiguieron con los impuestos, lo hundieron en la miseria. Volvió a pelear por la corona. Envejecido, cansado, poco pudo hacer contra el gran Rocky Marciano. Pero éste, mientras le pegaba, no podía frenar las lágrimas que le corrían desde unos ojos que no toleraban ver a su ídolo, a su maestro, perdiendo esa pelea, aunque fuese contra él, y tal vez sobre todo por esto. Cierta vez, Muhamad Alí perdió por puntos una pelea. Se sienta en su banquillo, cansado, cerca de los cuarenta años y su rival se le acerca. Se acuclilla y le dice en voz baja: “Maestro, usted es un grande. Retírese. No permita que jamás un vago como yo le gane una pelea”.

Max lo fue a buscar a Joe. Sabía que no andaba bien. Lo encontró en un bar de mala muerte, en algún lugar del sur, una tarde pegajosa y caliente. Joe bebía cerveza. Max pidió una para él.

–A vos te llevó doce rounds ganarme –le dijo Joe–. Yo te liquidé en dos minutos.

Max sonrió divertido. Le gustaba estar ahí. Con ese negro al que tanto quería y admiraba.

–Yo también te podría haber noqueado en el primer round. Pero te dejé durar porque quería pegarte. Quería que te llevaras muchos golpes a tu casa. Darte una buena paliza. Eso quería, Joe.

–Si eso querías, eso hiciste. Me diste una buena paliza, Max.

Joe lo acompaña hasta el tren. Max se va. Hacen unas fintas en el andén, como si fueran a enfrentarse. Se largan a reír. Ya no están para eso. Llega el tren. Max sube y le dice a Joe:

–Cuidate.

Joe Louis murió en 1981, a los sesenta y seis años. Defendió su título muchas veces. Tantas, como ningún otro pesado lo hizo. Max Schmeling, siempre que fue necesario, siguió ayudándolo. Y hasta pagó todos los gastos de su funeral. Era así, Max. Un buen tipo. Falleció un día de febrero de 2005. Tenía 99 años.

HAY DIFERENCIA, POR Horacio González (Fuente: Página12, 08/11/15)



¿Se puede hablar de política sin hablar de personas? Sí, se puede y es necesario hacerlo. Pero la “personificación” de las fuerzas sociales o de las ideas colectivas, es un tema inagotable e imprescindible de la propia política, entendida como una discusión de su propio estatuto frente a lo humano, lo subjetivo y lo singular (lo que solemos definir como “el papel del individuo en la historia”). Es así que la decisión de no hablar de personas y sí de proyectos, que corresponde a la tradición socialista de “ideas sí, hombres no”, siempre puede considerarse una manera elegante de omitir nombrar a lo que de una manera u otra, se hace presente como la irreductibilidad de un nombre. Por eso, cuando no hay nombre, el nombre de una manera u otra está latente. Política es latencia. Y nuestra forma política, quizás la única conocida, es la de que en la políticas hay rostros; rostros en espejos, frente a los cuales nos sumimos en la contemplación de nuestra propia fragilidad, pues somos en ellos del mismo modo que ellos son nuestro “otro” infinitamente humano.
Horacio González, Director de la Biblioteca Nacional


El rostro, desde luego, no es el nombre, como lo demuestran los estudios de todo tipo sobre el semblante humano, que por un lado sigue una serie antropológica que vemos en su diferencia, y por otro puede atenerse a su propia máscara, que en vez de ser una duplicación del original, es el propio original condenado a la actuación en torno a sí mismo. El nombre es otra cosa, posee algo de misterio –de misterio racional, diríamos– donde los hechos de una persona son adoptados o seguidos por otra que aceptan ser identificados por un nombre originario. Hay muchos nombres originarios, que a su vez son fugaces, pues quizás cada época no sea otra cosa que las sustitución de un nombre originario por otro.

Los temas del rostro y del nombre propio en política –sin ser lo mismo– siempre tropezaron con signos más amplios que corresponden a la representación de las fuerzas sociales, las corrientes colectivas de pensamiento o la convicciones ideológicas implícitas o explícitas de los ciudadanos. Por eso, es habitual escuchar que los nombres y las personas que son su sustento, aparecen apenas emergentes de la vida social en su conjunto, tomados en sus requiebres y factores diferenciales. En la tradición bonapartista, se confiere un halo de exceso, una cuota mayor de “hybris” al personaje, a su decurso honorífico o a su preparación para encarnar un papel social predominante. Pero en la tradición autonomista, tampoco se rechaza el “papel de individuo”. Contrariamente, hay que recordar que Plejanov lo debilitó en su famoso opúsculo, donde resaltaba el papel de “las fuerzas productivas de la historia”. En el autonomismo, en efecto, hay individuos que en un momento dado son preponderantes como signos de un contorno que los excede, aunque todos son conscientes del significado democrático de tal excedente.

Es el individuo que encarna una circunstancia comunitaria, aun estando claro que se trataba de alguien que no estaba predestinado sino que se tornaba depositario de dones amasados por un conjunto mayor. Entonces, quizás no escape su nombre de la cualidad de denominar el conjunto de las demás conciencias que se movieron precisamente para configurarlo. Es lo ajeno en lo propio y lo propio en lo ajeno. De ese modo, esa multiplicidad de singularidades actuando en común, al nombrar al otro, se nombran ellas mismas e infunden en lo que nombran otras energías. Digo esto a pocos días de una elección crucial. Como muchos, escribí y dije cosas. No desdigo; agrego. Y lo que agrego es que cada nombre es autor inconsciente de su propia diferencia. Vemos que Scioli enfatiza un programa industrialista, soberanista y de derechos humanos. Lo escucho. Vemos que Macri dice que no va a deshacer nada de lo que haya sido bueno, y que acusarlo de lo contrario es campaña sucia. También lo escucho, pensando que el miedo que dice que se inventa en su contra, ni lo tenemos, ni deja de ser otro arbitrio de sus asesorías que confunden la objetividad de la crítica con lo excitable del recelo.

Quiérase o no, estos dos nombres son dos síntomas y ese será un componente real del gran dramatismo de esta elección. Escucho algo más, que es lo que no corresponde ni a lo que cada candidato piensa de sí mismo ni a lo que cada uno toma del otro. Es que el excedente de la situación son las diferencias objetivas entre ambos. Más allá de lo que digan, cada candidato va delegando su singularidad –que efectivamente cada uno tiene–, en ámbitos que con mayor nitidez recogen las fórmulas más agonísticas de la historia nacional. No son lo mismo; está claro, si ellos mismos lo dicen. Pero otra voz está diciendo de muchas maneras alternativas esta misma frase. “No son lo mismo”. Que si triunfa Macri se abriría un período de deshistorización, con una población sometida muy directamente a la lógica reproductiva de la globalización. El resultado serían penurias evidentes; son muchos los que pueden explicarlas mejor que yo. Y que si triunfa Scioli, con toda la complejidad que esto implica, volverían a ganar los votantes de 1916 que le entregaron una responsabilidad cierta a Yrigoyen, los votantes de 1946 que se la entregaron a Perón, los de 1983, que se la entregaron a Alfonsín, los de 2003 que se la entregaron a Kirchner, y los del 2008 que se la entregaron a Cristina Fernández. No soy dado a cristalizar líneas históricas, porque si se ponen de continuo ante nosotros, terminan obstaculizando la persistente inactualidad del presente, lo que significa el presente pensándose lúcidamente a sí mismo, abierto siempre en inesperadas direcciones. Pero en este momento, que Scioli logre aventajar a las nuevas derechas que se dirigen hacia el imán de Macri, revelará que sigue vigente una diferencia que es necesario seguir examinando e interrogando, como insignia y sello de las más significativas formas de la democracia en tanto hilo sensible de la memoria popular. Quizás esas multitudinarias sombras del pasado que votaron para formar mayorías en aquellas elecciones que rápidamente rememoro, secretamente personificadas, son los lazarillos o cicerones de las urnas de hoy.

Está claro que hay bases populares de ambos lados del tablero. Pero el voto, que es una de las formas más puntuales de la existencia en común, debe portar ahora el más viejo saber de las sociedades, aquel que las pone ante la magna disyuntiva: o cultura pública con economías populares no sacrificables a las leyes del mercado, o sociedades de mercado con políticas emanadas de gerenciadores especializados en inscribir esas “leyes” en el cuerpo general de una nación.

viernes, 6 de noviembre de 2015

A DIEZ AÑOS DEL HISTÓRICO "NO AL ALCA", POR Roberto Suárez

En el día de ayer se cumplieron diez años del histórico "NO al ALCA" ante la mirada rabiosa de Mr. President Bush, comisario y patrón del mundo capitalista occidental.
De nada sirvieron las arengas serviles de Fox y otros "peones", porque la américa "de por acá nomas" sacaba chapa de guapa.
Recordemos que El ALCA implicaba la apertura comercial de la economía argentina a la competencia con USA, con quien nuestra economía, vale decir: es competitiva y no es complementaria.
Sobre este punto debe entenderse claramente que la economía es complementaria cuando desde argentina se les vende un producto y desde el norte nos venden otros distintos.
Ahora, la competencia surge cuando ambos vendemos los mismos productos.
Decir NO al ALCA fue decir SÍ a un mercado doméstico fuerte y en crecimiento.
Decir NO al ALCA fue decir SÍ a la reindustrialización Argentina.
Este histórico "NO al ALCA" fue decir SÍ a la protección de nuestra industria y al trabajo de nuestros compatriotas. 
Pensar en un ingreso al ALCA, hubiera implicado entonces una perdida de gran número de puestos de trabajo y la quiebra de muchas empresas de distintos sectores incipientes de nuestro país.
Cuando se le dijo NO al ALCA se dijo concretamente SÍ al “compre nacional” para priorizar proveedores locales y al MERCOSUR, la UNASUR y el ALBA, en pos de una integración con China y Rusia. 
Todo esto incidió directamente en la recuperación y el crecimiento del poder adquisitivo de los salarios.
Tengamos presente que el ALCA impone un modelo económico de salarios bajos, tipo maquila y agro-exportador. Dicho en otras palabras, un neo liberalismo a nivel continental, de especulación financiera y fondos buitres.
Hace diez años Nestor y nuestro proyecto nacional, decía SÍ! a un proyecto de país donde los números tienen que cerrar con el pueblo adentro, en donde el Estado deja de ser eficiente para ser EFICAZ.
Todo esto fue posible también con la presencia a la par de una patria grande unida de pie, con hidalguía (cual "scrown" latinoamericano), de cara a las responsabilidades que este siglo XXI nos demanda para la felicidad de nuestros pueblos. 

Roberto C. Suárez

jueves, 5 de noviembre de 2015

UNIVERSIDADES, POR EUGENIO RAÚL ZAFFARONI (Fuente: Página12, 05/11/15)


EUGENIO RAÚL ZAFFARONI

Nunca fue tan claro como en este siglo XXI que saber es poder, algo que las elites siempre supieron. En la Argentina nunca tuvimos aristocracia y hoy ni siquiera tenemos oligarquía, sino sólo una aspiración elitista de alguna riqueza concentrada que sintetiza su pensamiento bajo el lema de no avivar giles.

La polarización del siglo XX está sepultada en el pasado y lo que se discute hoy en el mundo es inclusión o exclusión o, en otras palabras, progreso o regresión en la realización de los derechos humanos. Por obvia que sea la fórmula todo ser humano es persona, lo que se discute mundialmente es si avanzamos o retrocedemos en su realización.

Como en nuestro país y en los últimos doce años se están avivando demasiados giles, es verdad que eso es peligroso para el proyecto transnacional de sociedad excluyente.

Cuantos más habitantes sepan y aprendan algo, más instrumentos tendrán para obtener sus derechos, cuando ya no hay zares ni palacios de invierno para tomar, porque el único palacio de invierno de nuestro tiempo es el saber.

Las distancias entre las naciones como entre las capas sociales internas, no las determina sólo la riqueza, sino que se marcan con discriminación en el saber, en la tecnología y en el know how.

Para nuestros propulsores locales del modelo de sociedad excluyente (30 por ciento incluidos, 70 por ciento excluidos), las universidades del conurbano bonaerense y las creadas en las provincias, son peligrosas fuentes de conciencia ciudadana y de reparto del know how.

Al modelo de sociedad excluyente se le impone contener la expansión del saber, para frenar la reproducción de potenciales propulsores de la inclusión social.

Es comprensible que desde el modelo excluyente se quejen de la existencia de demasiadas universidades públicas y gratuitas y las consideren un gasto inútil, aunque si fuesen más sinceros, tendrían que considerarlas un gasto perjudicial, porque son eso para su proyecto de exclusión.

Los argentinos disfrazados de aristócratas siempre resistieron la ampliación del acceso a la universidad, que desde la Reforma Universitaria de 1918 hasta el presente avanza enfrentando sus aspiraciones elitistas.

Es natural que se pongan muy nerviosos al constatar que el 90 por ciento del estudiantado del conurbano es una primera generación de universitarios, que gran parte proviene de hogares humildes, que recorren calles de tierra, que trabajan.

Siempre les molestó la gratuidad de la enseñanza universitaria. Cabe recordar la fugaz gestión de López Murphy en 2001, aunque hoy ese discurso se oculte por poco táctico.

Pero el acceso a la universidad no se garantiza sólo con que la universidad no cobre aranceles, porque es igualmente inaccesible si el estudiante debe pagar transporte, libros y materiales, viajar dos, tres o más horas y también trabajar. Menos aún es accesible para quien en alguna provincia, directamente deba mudarse a otra ciudad.

El no pago de aranceles es necesario para el acceso a la universidad, pero en modo alguno suficiente. Las universidades del conurbano y las nuevas nacionales en provincias, están llevando la enseñanza universitaria hasta donde nunca había llegado: el barrio, la propia ciudad, el municipio.

¡Demasiadas facilidades! ¡Lo gratuito no se valora! ¡Sólo se valora lo que se obtiene con sacrificio! No lo dicen en voz alta nuestros aspirantes a elitistas, pero lo piensan y susurran en la intimidad confidencial favorecida por algunos rubios champanes.

Herbert Spencer, el ideólogo racista del liberalismo económico del imperialismo británico del siglo XIX, decía lo mismo: la enseñanza no debe ser gratuita, porque no se valora y aprenden a leer libros socialistas. Su discurso fue acogido en su tiempo por todas las oligarquías de nuestra región.

¿Sacrificio? Estudiar requiere un esfuerzo que debe exigirse, pero el sacrificio jamás puede exigirse. Los que se sacrifican son meritorios, se los considera héroes y hasta se los eleva a los altares, pero ninguna sociedad puede exigir sacrificios, y menos para capacitarse. ¿O es que los pobres deben ser héroes para aprender y los ricos no?

Lo que alarma a nuestros procónsules del modelo transnacional de sociedad excluyente es, justamente, que estudiar vaya dejando de ser un sacrificio para los sectores subordinados, y tengan el mismo acceso a la formación universitaria que los segmentos acomodados. Con las nuevas universidades sólo se tiende a exigir paridad de esfuerzo, y por eso tienen miedo, no sea que los otros se esfuercen más.

Si nuestras aspirantes a elitistas realmente quisiesen el desarrollo y la afluencia de capital productivo, si en serio pensasen en la industrialización, no considerarían inútil el gasto en universidades, porque el capital productivo requiere elemento humano técnico, bien preparado. Las universidades son una inversión para el desarrollo industrial, pero ellos prefieren abrir la importación.

Aducen nuestros vernáculos imitadores de elites lejanas que hay un despilfarro, porque hay deserción universitaria. Mienten mucho al respecto, pero además, si la hubiera, tampoco sería un gasto inútil. Quienes deserten, de alguna manera llegaron a la universidad y, aunque no egresen como profesionales, serán mañana trabajadores, o también dirigentes, sindicalistas, políticos o empresarios. ¿Será acaso un gasto inútil que hayan pasado por alguna universidad? ¿No será útil que en la actividad que emprendan sepan algo más?

Otra cosa que les preocupa es el nivel, aunque nunca hayan manifestado la misma preocupación por el de las universidades privadas.

Pero al margen de eso surgen otras dudas. ¿Acaso no saben que no hay país en el mundo, por poderoso que sea, que no tenga más que un escasísimo número de excelencias creativas en cada rama del saber, y que los otros docentes universitarios son repetidores más o menos informados? ¿No saben que las pocas cúspides científicas que cada país tiene se reparten y las universidades se especializan?

¿No será que en vez de discutir una cuestión de nivel académico, están discutiendo un modelo de universidad? Si lo que pretenden es una universidad de altísimo nivel, que concentre las excelencias, para que en ella se forme el think tank de una minoría hegemónica, tienen razón, porque ese no es el modelo de universidad pública y gratuita que requiere una democracia.

Por otra parte, parece que también ignoran que buena parte de los científicos y pensadores del mundo que revolucionaron su saber, trabajaron en universidades pequeñas y provincianas, mientras no pocas veces los catedráticos de las grandes universidades les ofrecieron resistencia, en defensa retrógrada del saber oficializado.

Pero además de todo lo dicho, es menester advertir que no estamos solos en este mundo polarizado entre modelos de sociedad incluyente y excluyente y, por ende, los modelos de universidad deben enmarcarse en esa contraposición.

En la carrera de derecho, por ejemplo, la reducción de los estudios del primer ciclo universitario a cuatro años, acordada en el famoso Plan Bolonia europeo, elimina todas las asignaturas que hacen a la formación histórica, sociológica, filosófica y cultural, para producir solamente abogados tramitadores.

Si bien los dos ciclos siguientes habrán de producir a los juristas, éstos serán los menos y, al fin, su trabajo consistirá en reproducir tramitadores. Centrados en esta tarea, es lógico pensar que sus elaboraciones serán cada vez más pobres y mucho menos críticas, limitadas a visiones parciales, tecnocráticas y funcionales a las corporaciones oligopólicas que se disputarán los servicios de los mejores tramitadores. Por ende, la subestimación de nuestras universidades públicas y gratuitas no es una creación intelectual de nuestros aspirantes a elitistas, cuya inventiva sólo les alcanza para copiar discursos ajenos, sino ecos de peligrosas tendencias transnacionales.

La Argentina debe optar en pocas semanas entre dos proyectos: progresión o regresión, inclusión o exclusión social. ¿Preferimos la aspiración elitista fomentada por nuestros medios monopólicos entramados con el capital financiero transnacional, o aspiramos a una sociedad con base total de ciudadanía real?

La crítica a la ampliación de la universidad pública y gratuita proviene de la aspiración excluyente.

Estemos atentos a los cambios: si muchas veces la consigna fue la defensa de la universidad pública y gratuita, en esta opción no basta con eso, sino que se trata de defender también la igualdad real en el derecho de acceso al saber, como reafirmación de la democracia. La universidad de una sociedad incluyente debe ser pública, realmente gratuita y, por ende, democrática. Seamos conscientes de que en nuestro tiempo la revolución se hace mediante la toma del saber.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

A DIEZ AÑOS DEL NO AL ALCA, Los debates siguen vigentes, por Jorge Taiana (Fuente: Página12, 04/11/15)

JORGE TAIANA


Hoy se cumplen diez años de aquella histórica Cumbre de Mar del Plata en la cual se decidió decirle No al ALCA. Creo que, a la luz de los importantes debates que estamos viviendo sobre el modelo que elegiremos para los próximos años, resulta más que oportuno recordar aquel hito transcendente para nuestro país, la región y el proceso de integración que se puso en marcha.

La Cumbre de Mar del Plata marcó un punto de inflexión importantísimo porque el No al ALCA trascendió el “no” a un acuerdo de apertura indiscriminada de las economías latinoamericanas y caribeñas. En esa Cumbre se rechazó un acuerdo cuyo objetivo era liberalizar los flujos de comercio entre los países del hemisferio sin contemplar ni el grado de desarrollo ni las asimetrías existentes entre los 34 países. El No al ALCA fue el “no” a un proyecto de inserción internacional que implicaba la subordinación a la gran potencia hegemónica en materia económica y militar de la región.

La IV Cumbre de la Américas, más conocida como la Cumbre del No al Alca, se produjo en el marco de un proceso excepcional en la región por el surgimiento de nuevos liderazgos que intentaban superar los déficits de la transición democrática que habíamos vivido en nuestros países, en especial, los problemas heredados del neoliberalismo o de la mal llamada “modernización económica”. Los líderes, como Néstor, Lula o Chávez, comprendieron y compartieron la necesidad de dejar atrás el modelo neoliberal basado en la apertura indiscriminada, la desregulación, la privatización y el endeudamiento y recuperar un rol activo para el Estado. Coincidían, en definitiva, en la importancia de trabajar por una democracia más participativa, más justa y equitativa, poniendo el acento en la recuperación del trabajo, como factor fundamental para el desarrollo y la estabilidad de nuestros países. Para todo ello, veían imprescindible avanzar en la integración regional.

Argentina, como país anfitrión de la Cumbre, propuso que el lema de la misma fuera “Crear trabajo para enfrentar la pobreza y fortalecer la gobernabilidad democrática”, argumentando que los países latinoamericanos percibían la necesidad de un cambio de paradigma económico y social. En la mejor tradición peronista, queríamos poner al trabajo en el centro del escenario político y social, lugar del que había “desaparecido” durante los 90, años de desempleo y precarización laboral.

También sostuvimos que el gran desafío que debíamos afrontar en la región era quebrar la tendencia que venía sometiendo a nuestras democracias: el crecimiento de la brecha entre ricos y pobres. Las recurrentes crisis institucionales en la región, como las de nuestro país, Ecuador o Bolivia, nos daban elementos de sobra para pensar que trabajo, pobreza y gobernabilidad democrática eran tres conceptos que estaban estrechamente vinculados.

Resulta paradójico que hasta ese momento, primeros años del nuevo siglo, la única propuesta de integración para el continente fuera la liderada por Estados Unidos. El proyecto del ALCA no se limitaba a un acuerdo de libre comercio, sino que implicaba una propuesta de inserción internacional basada en un mundo posguerra fría, con su pretensión de convertir el territorio que va desde Alaska hasta Tierra del Fuego en un solo mercado. Esta propuesta hubiera significado la vuelta a un modelo económico que en la Argentina se derrumbó en el año 2001, dado que una apertura indiscriminada e ingenua del comercio como la que se aplicó en la década del 90, necesariamente supone la destrucción de miles de empresas y de puestos de trabajo, un alto endeudamiento y la imposibilidad de aplicar políticas activas que nos permitan alcanzar un desarrollo sustentable como país. La propuesta de Estados Unidos buscaba un modelo de inserción política, económica, social y cultural en el mundo, donde los países de la región jugaran un rol subordinado y funcional a los intereses de la gran potencia.

Si miramos aquel proceso con diez años de perspectiva, queda claro que el ALCA hubiera frustrado la creación de la Unasur y de la Celac como proyectos de unificación de representación política y como vocación de integración latinoamericana. Asimismo, el Mercosur hubiera visto aún más dificultosa su ampliación y consolidación.

El rechazo a la propuesta del ALCA fue una decisión correcta a favor de la integración y el desarrollo entre iguales, que vislumbró los cambios que se desarrollaban en el escenario internacional, donde un mundo dominado por una sola potencia económica comenzaba a dejar paso a una multipolaridad creciente en lo económico y en lo político.

Para concluir, el No ALCA fue una decisión estratégica a favor de un proyecto de integración regional entre países en desarrollo que buscaban fortalecer la propia autonomía y la defensa de la soberanía nacional, así como apostar al fortalecimiento de los vínculos y la cooperación Sur-Sur.

Esos debates entre modelos de integración que se dieron hace más de diez años, hoy vuelven con fuerza y se reformulan con nuevos conceptos. El rol del Estado, el modelo de inserción internacional para nuestro país, el grado de autonomía que conservamos para diseñar las políticas más convenientes para nuestras sociedades y la mejora de las condiciones de vida de nuestros pueblos es parte de lo que estamos debatiendo por estos días nuevamente.

Porque hay “cambios” que se proclaman y no son otra cosa que aquellos modelos de exclusión y subordinación a intereses ajenos a nuestros pueblos. Las negociaciones que encabezamos en los meses previos a la Cumbre de Mar del Plata y en aquellas largas deliberaciones que lideraron Néstor, Lula y Chávez conservan su vigencia a la luz de lo que estamos debatiendo de cara al próximo ballottage del 22 de noviembre.

* Ex canciller y parlamentario electo del Mercosur.

martes, 3 de noviembre de 2015

REFLEXIONES ACERCA DE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES, POR NORBERTO GALASSO (Fuente: Tiempo Argentino, 03/11/15)







Estas reflexiones van dirigidas a todos aquellos que no tienen un compromiso político (es decir, una adhesión programática o emocional) a favor de uno u otro de los candidatos a presidente en la disputa electoral próxima.

Estas reflexiones van dirigidas a todos aquellos que no tienen un compromiso político (es decir, una adhesión programática o emocional) a favor de uno u otro de los candidatos a presidente en la disputa electoral próxima. No surgen de una pretendida sabiduría –que no tengo- sino de la experiencia de quien se viene ocupando de los sucesos políticos producidos en nuestro país desde hace muchos años.
A aquellos que acostumbran a decir “no me meto en política”, les digo que la política “se mete” inevitablemente con ellos. El resultado se siente después porque afecta a nuestras vidas a través de los sucesos cotidianos, ya sea el precio del pan, la tarifa de la luz, el pasaje del subte, la flexibilización laboral, la devaluación con congelamiento de salarios anulando las paritarias y mil cosas más de tu vida diaria.
Por eso, no involucrarse significa involucrarse mal, a favor de quien nos puede perjudicar. Podría ser que no te guste ninguno de los candidatos pero aún en ese caso no podés abstenerte o votar en blanco porque siempre tendrán algo diferente (por eso disputan), algo menos malo o algo peor quizás pero que te afecta, lo quieras o no. Por eso hay que pronunciarse positivamente y no dejar tu futuro en manos de los otros.
Norberto Galasso, historiador

A aquellos que proclaman el voto en blanco en nombre de un principismo que les permitirá luego criticar diciendo “yo no lo voté”, les hago notar que es una respuesta individual a un problema que es de todos. Consiste en lavarse las manos, como Pilatos, ante una contienda que por algo existe donde si los contrincantes fueran iguales no provocarían discusiones, polémicas, campañas electorales, etcétera. En el caso de las elecciones próximas podrán hacerse críticas a los dos candidatos, pero estas alcanzan diversa magnitud: no es lo mismo criticar al Frente para la Victoria porque Cristina haga uso discutible de la cadena oficial, que criticar a Macri porque se definió a favor de pagarles a los fondos buitre aceptando el fallo del juez Griesa que hubiera significado, por la cláusula Ruffo, que el resto del 93% de bonistas ya acordados elevaran sus pretensiones al nivel que reclaman los buitres, aumentando la deuda en miles de millones de dólares. Tampoco es lo mismo criticar la inflación (si bien en algunos años los aumentos de salarios la superaron) que dejar casi sin presupuesto al Hospital Garrahan atentando contra la salud de los pibes. Y por supuesto no es lo mismo concurrir a las reuniones de la Unasur predicando la unión latinoamericana que ir a la Embajada de Estados Unidos a recibir instrucciones, a hablar mal del gobierno como lo hizo Macri según ArgenLeaks o a recibir instrucciones como lo hacen dos diputadas, una de ellas -que traicionó sus ideales juveniles- hasta llegar a rebajar los haberes de los jubilados. Por otra parte, la lucha política no es simplemente cuestión de personalidades que te puedan resultar más o menos simpáticas, sino que detrás de los folletos, los viajes, los volantes, “los periodistas amigos”, etcétera, de un candidato, existen importantes aportes financieros de grandes corporaciones -del país y del extranjero- que después pasan la factura. (El grupo Macri puso más de 1000 millones de dólares en la campaña electoral de Menem a cambio de varios hombres en el Gabinete y de tres ministros de economía (Roig, Rapanelli yCavallo), experiencia que sufrió el pueblo argentino y que se coronó en la crisis de 2001, que sufrió la mayoría popular bajo el gobierno de una Alianza que es la misma que se ha reconstruido ahora para llevarnos al desastre, no a todos por supuesto, sino a los trabajadores y a la a la clase media popular por que bien se cuidaron, cuando llegó el incendio, de salvarse con la pesificación asimétrica. ¿Te acordás cuando las sucursales de la banca extranjera te invitaban a depositar porque la garantía estaba en las casas matrices y después declararon cínicamente que ellas no eran sucursales y que la banca del exterior no se responsabilizaba de los errores cometidos por los argentinos? Si se tropezó con la piedra por primera vez y fue disculpable, ahora ya no es admisible tropezar de nuevo porque si aquella “alianza” subió al helicóptero a los dos años, esta de ahora lo va a hacer antes pero dejando un país todavía más destruido que aquel del 2001. Y quien no hace nada para evitarlo, se convierte en cómplice. Pensalo bien porque aquí se juega el destino de la Argentina, que es también el tuyo y el de tus descendientes. «