martes, 26 de septiembre de 2017

DOS NOTAS SOBRE EL GOLPISMO MILITAR EN BRASIL, POR LEONARDO BOFF, Y DARÍO PIGNOTTI

¿Estamos ya en plena dictadura civil?, Por Leonardo Boff
2017-09-24
Leonardo Boff
Lo que vivimos actualmente en Brasil no puede ni siquiera ser llamado democracia de bajísima intensidad. Si tomamos como referencia mínima de una democracia su relación con el pueblo, el portador originario del poder, ella se niega a sí misma y se muestra como una farsa.

Para las decisiones que afectan profundamente a todos, no se discutió con la sociedad civil, ni siquiera se escuchó a los movimientos sociales ni a los cuerpos de saber especializado: el salario mínimo, la legislación laboral, la previsión social, las nuevas reglas para la salud y la educación, las privatizaciones de bienes públicos fundamentales como es, por ejemplo, Electrobrás y campos importantes de petróleo del pre-sal, así como las leyes que definen la demarcación de las tierras indígenas y, lo que es un verdadero atentado a la soberanía nacional, el permiso de vender tierras amazónicas a extranjeros así como la entrega de una vasta región de la Amazonia para la explotación de variados minerales a empresas extranjeras.

Todo está siendo hecho por PEC, por decretos o por medidas provisionales propuestas por un presidente, acusado de dirigir una organización criminal y con un apoyo popular bajísimo, que no alcanza al 5%. Las propuestas han sido enviadas a un parlamento con el 40% de sus miembros acusados o sospechosos de corrupción.

¿Qué significa tal situación sino la vigencia de un Estado de excepción, o incluso más, de una verdadera dictadura civil? Un gobierno que gobierna sin el pueblo y contra el pueblo, ha abandonado el estatuto de la democracia y ha instado claramente a una dictadura civil. Es lo que estamos viviendo en este momento en Brasil. Bajo la perspectiva de quien ve la realidad política desde abajo, desde las víctimas de este nuevo tipo de violencia, el país se asemeja a un avión sin piloto en vuelo ciego. ¿Hacia dónde vamos? Nosotros no lo sabemos. Pero los golpistas lo saben: a crear las condiciones políticas para traspasar gran parte de la riqueza nacional a un pequeño grupo de empresas que, según el IPEA, no pasan del 0,05 de la población brasileña (un poco más de 70 mil multimillonarios), que constituyen las élites adineradas, insaciables y representantes de la Casa Grande, asociadas a otros grupos de poder antipueblo, especialmente a unos medios de comunicación que siempre apoyaron los golpes y no aprecian la democracia.

Transcribo un artículo de un atento observador de la realidad brasileña, que vive en el semiárido y participa de la pasión de las víctimas de una de las mayores sequías de nuestra historia: Roberto Malvezzi. Su artículo es una denuncia y una alarma: De la dictadura civil a la militar.

«Antes del golpe de 2016 sobre la mayoría del pueblo brasileño trabajador o excluido, ya comentábamos en Brasilia, en un grupo de asesores, sobre la posibilidad de una nueva dictadura en Brasil. Y nos quedaba claro que podría ser simplemente una “dictadura civil”, sin ser necesariamente militar. Sin embargo, igual que en 1964, ella podría evolucionar hacia una dictadura militar. En aquel momento muy pocos creían que el gobierno podría ser derribado.

Para mí no hay duda alguna de que estamos en plena dictadura civil. Son un grupo de 350 diputados, 60 senadores, 11 ministros del Supremo, algunas entidades empresariales y las familias dueñas de los medios de comunicación tradicionales los que han impuesto una dictadura sobre el pueblo. Las instituciones funcionan, como dicen ellos, pero contra el pueblo y sólo a favor de una reducidísima clase de privilegiados brasileños. Claro que conectados siempre con las transnacionales y los poderes económicos que dominan el mundo.

Por lo tanto, nosotros, el pueblo, hemos sido dejados fuera, excluidos). Todo es decidido por un grupo de personas que, contadas con los dedos, no deben llegar a mil en el mando, con un grupo un poco mayor participando indirectamente.

Sucede que el golpe no se cierra, no se concluye, porque la corrupción, vieja fórmula para aplicar golpes en este país, es visible hoy gracias a los medios de comunicación alternativos presentes y cada vez más poderosos. La corrupción está en todos los niveles de la sociedad brasileña, sobre todo en los hipócritas que levantan esa bandera para imponer sus intereses.

Pero la corrupción es sólo el pretexto. Según la visión de Leonardo Boff, el objetivo del golpe es reducir Brasil, que funcione sólo para 120 millones de brasileños. Los 100 millones restantes tendrán que buscar cómo sobrevivir con apaños, limosnas, participando en pandillas, y en tráfico de armas y drogas.

En este momento comienzan a aparecer señales del verdadero pensamiento de quien está en el mando: una reunión de la Masonería, un general contando lo que anda entre bastidores, los viejos medios con la opinión de “especialistas”, los nostálgicos de la antigua dictadura diciendo en los medios sociales que “quien no es corrupto no debe tener miedo de los militares”.

En fin, están planteando la posibilidad de la dictadura militar. Para el pequeño grupo que ha dado el golpe es excelente, la mejor de las salidas. Nunca fueron demócratas. No les gusta el pueblo. Incluso en esta Cámara y en este Senado pocos van a perder sus cargos o ir a la cárcel.

Lo peor de una dictadura civil o militar es siempre para el pueblo. Las nuevas generaciones no conocen la crueldad de una dictadura total. Hiela el alma el silencio de la sociedad ante las declaraciones del mencionado general».

Que Dios y el pueblo organizado nos salven.


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Un general llamó a un golpe y el jefe del ejército de Brasil no lo sancionó

Militares en las favelas y al acecho

Temer utiliza las fuerzas de Defensa para la represión social en Río de Janeiro, el estado más castigado por el programa de shock neoliberal, como consecuencia del cual tiende a aumentar la población en las favelas.

Por Darío Pignotti

El gobierno envió el ejército a la favela Rocinha para “restablecer la ley y el orden”. Imagen: AFP


Desde Brasilia

La guerra urbana se agravó desde la semana pasada en la favela Rocinha, la más famosa de Río, donde ayer continuaba apostada una decena de blindados del Ejército con sus ametralladoras apuntando hacia los transeúntes. Desde la mirilla de una tanqueta los más de 80 mil vecinos de esa comunidad son vistos como narcos o amigos de los narcos: o sea como potenciales objetivos. “La guerra de las drogas es la guerra del siglo XXI” según la definición del general Antonio Mourão para quien al ingresar en un zona de “marginales” o se mata o se muere.

Esa contienda de militares y policías contra civiles causa inevitables efectos colaterales. Como los cerca de 3.000 chicos, de varias favelas, que ayer faltaron a clases debido a la inminencia de nuevas balaceras, o la señora que colocó una heladera en el ingreso a su casa de donde fue arrancada la puerta al ser alcanzada por proyectiles de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas.

Este fin de semana el espectáculo de la guerra en los morros cariocas rivalizó, en audiencia, con los partidos de fútbol y recitales de Rock in Río donde miles de personas corearon “Fuera Temer”.

El presidente de facto había demostrado su avance hacia el autoritarismo al ordenar la movilización del Ejército para la represión política a fines de de mayo en respuesta a la multitudinaria movilización realizada en Brasilia en demanda de elecciones directas y contra el ajuste. El despliegue de tropas de la capital federal fue criticado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Las críticas no impidieron que el mandatario emita otro decreto, en agosto, por el cual fueron enviados 8 mil militares para restablecer la “ley y el orden” en Río de Janeiro.

De ese modo el régimen de facto utilizaba a las fuerzas de Defensa para la represión social en el estado más castigado por el programa de shock neoliberal como consecuencia del cual tiende a aumentar la población en las favelas.

El impacto de los choques armados en Rocinha relegó a un segundo plano el hecho político más importante del mes protagonizado por el general citado arriba, Antonio Mourao, y el jefe del Ejército Eduaro Villas Boas.

Ante sus “hermanos” de la Masonería, que previamente le habían demandado el uso de la “espada” para restaurar las “buenas costumbres”, Mourão justificó una “intervención” militar. La eventual asonada propuesta por Mourão permitiría refundar el sistema político con líderes “nuevos”. El golpe deseado no tiene plazo de ejecución ni es una certeza. Se trata de un “proceso” que seguirá madurando gradualmente, explicó vistiendo su uniforme de general cuatro estrellas en actividad. Aseguró que sus palabras reflejaban el pensamiento de sus colegas de alto mando del Ejército.

La apología del golpe de segunda generación, para quitar del Planalto a Michel Temer y erradicar la corrupción, fue un acto de insubordinación explícito.

En lugar de sancionar al militar levantisco el jefe del del Ejército Eduardo Villas Boas lo elogió.

Con borceguíes y uniforme camuflado Villas Boas participó en un programa de la cadena Globo cuyo conductor ensalzó su carrera y pidió un aplauso del público, el cual respondió de pie y algunas vivas. La entrevista condescendiente puso de relieve la simpatía, o por lo menos la tolerancia, de la empresa de noticias y entretenimientos Globo con alguna forma de injerencia castrense.

Si los golpes de nuevo tipo, como el perpetrado hace un año en Brasil y el de 2012 en Paraguay, prescindieron de la actuación directa de las Fuerzas Armadas, esto no significa que éstas fueron ajenas a tales movimientos sediciosos. En Brasil los generales, almirantes y brigadieres hicieron nada para garantizar la estabilidad institucional que hubiera permitido la continuidad de Dilma Rousseff, quien era tildada de “subversiva” en los actos del Club Militar que cada 31 de marzo celebra el aniversario del golpe de 1964.

En su tertulia televisada el jefe del Ejército Villas Boas realizó un repaso amable del “período” comprendido entre 1964 y 1985, al que le encomió el crecimiento económico que permitió a Brasil ubicarse entra las primeras potencias económicas del mundo. 

En suma, el jefe del Ejército brasileño convalidó la proclama golpista de su subalterno Mourão y tras cartón aseguró que la Constitución contempla la irrupción de los militares si el país estuviera hundido en un “caos”. Algo que por cierto no está escrito en la Carta Magna.

Ninguno de los partidos participantes de la asonada que derrocó a Rousseff se manifestó sobre las declaraciones de los generales.

En cambio Luiz Inácio Lula da Silva dijo, ante dirigentes del PT, estar “preocupado” además de considerar que “la sociedad tiene que tomar las riendas de este proceso (crisis política) y garantizar la democracia”.

El teólogo Leonardo Boff, uno de los principales interlocutores del papa Francisco en Brasil, sostuvo que la degradación del régimen ha dado lugar a una “democracia de bajísima intensidad”.

Que Mourão haya defendido un golpe sin plazo y Villas Boas se sume a sus argumentos y al mismo tiempo asegure que defiende la estabilidad institucional es parte de una acción sicológica preñada de significado político: no existe la certeza de un golpe dentro del golpe, pero sí de que los militares pretenden tutelar al régimen de excepción. 

Más: durante su conferencia Mourão expresó duras críticas al PT, a Dilma y a Lula, y remarcó la necesidad de que los jueces quiten de la vida pública a todos los envueltos en casos de corrupción. Lo cual puede ser interpretado como la venia a la proscripción, por vía judicial, del líder del PT de cara a las elecciones de 2018.

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