martes, 17 de marzo de 2020

DOMINGO VIRALIZADO, Por Horacio González



Domingo. Tocan la puerta de casa. Atiendo “¿Está enterado que hay una peste mundial de coronavirus?” “Sí”. “Por eso mismo, no sé si sabe que aquí en la Biblia --es una mujer de vestimentas austeras, frugales, imperativas--, ya estaba todo previsto”. “Ah”. “Venimos entonces a ofrecérsela como bálsamo y explicación”. No sé si repito con exactitud la expresión de la predicadora, que ya había sacado una reproducción del Apocalipsis de su repleto bolso. Estábamos ante un tema donde la Biblia perdía todo su interés pues se convierte en predictiva, clausurando sus paradojas y metáforas. Pasaba a dictaminar sin eslabones intermedios, sobre las complejas maquinarias que producen el pánico mundial. Sin embargo, a condición de respetar la necesaria distancia con las alegorías y la lógica internas de los lenguajes --sea el de la infectología o el de la teología--, todo puede conducirnos a interpretar creativamente hechos aún no sucedidos. La fuerza de esos lenguajes --de todo lenguaje--, es precisamente el respeto de lo imprevisible. No obstante, no se lo dije a la catequista. Los criterios de interpretación surgidos de pensamientos mesiánicos, milenaristas o escatológicos son atractivos, porque ahorran los pasos desconocidos inherentes a todo pensamiento. Apoyándose en un uso meramente literal de la Biblia, ella pierde el encanto inmemorial de no predecir nada. La retiran entonces de lo más valioso que tiene, hacer que toda lengua esté en estado de disquisición permanente. A la lectura rígidamente profética de la Biblia puede desde siempre oponérsele la lectura que indaga en los múltiples senderos en que se bifurcan sus magníficas metáforas y relatos.


A la vuelta de casa hay un lavadero atendido por una pareja de nacionalidad china, que viajaron a su país y aun no retornaron. Un pesado tejido de sospechas, hablados en voz baja, rodea esta circunstancia que podría tener múltiples significaciones. Pero sabemos que ahora hay solo una. Como con la interpretación de la Biblia bajo un pavor determinista, tomada por un providencialismo sin gracia, un virus anunciaría a toda la humanidad que habría un camino unívoco de salvación, que de tan estrecho y claustrofóbico, necesitaría de la proliferación de actitudes de sospecha, de prejuicios que serían imprescindibles para la expulsión del mal. Por cierto, hay un problema médico, los virus son misteriosos, pequeñas partículas que para algunos encierran el secreto del origen de la vida, y que alojadas en bondadosos huéspedes --un mosquito, una rata, un murciélago--, pueden dispersarse o diseminarse afectando los cuadros celulares establecidos, en principio del cuerpo humano. Que se contaminan entre sí. He aquí un dilema, que afecta las bases universales de convivencia. Si el calentamiento global se presenta como el peligro del productivismo voraz, la dispersión fatal de un virus puede verse como la absurda inmovilización de la vida productiva ¿No son necesarios, entonces, mejores acercamientos a lo que ahora expondría a nuevos riesgos las bases generales de la civilización humana? Algo ocurre cuando el dengue es solo una amenaza social, y el coronavirus se gradúa según la metafísica de la peste. Y cuando un virus es noticia, pero toda noticia tiene forma de “viralización”.


Deberíamos percibir entonces la necesidad de una nueva visita a las doctrinas de la culpa. No la podemos suponer en el que involuntariamente transmite un bacilo, en la infracción de un impensado portador que tos en un avión o del que escupe en el ascensor ignorando que está “prohibido escupir en el suelo desde 1903”. Ascendida a la categoría de pecado, la capacidad que tiene el virus de desmadejar o desmantelar un cuadro humano asociativo es pavorosa. Interesa como profecía, no como evento de la salud pública. En el primer caso interesa por ser un equivalente de la contaminación mística, en el segundo por la posible diferencia con el dengue, al ser un virus de los “tirifilos”. Mientras escribo esto recrudecen en mi computadora los avisos, irrumpiendo sistemáticamente, como asaltantes descuidistas de la pantalla, advirtiendo que “usted puede tener un virus” ¿Yo? Millones en el mundo deben estar recibiendo el mismo sermón. Aprendimos que la red informática contiene como concepto central el de virus --como la infectología y quizás toda la medicina--, dándole otra dimensión al peso que tiene el contagio y la infección en el modo masivo de existencialidad contemporánea.

Ya, nos conduce al hecho de que hay infecciones en una doble bifurcación, biológica e informática. Si el tono general de los medios de comunicación es la magnificación de catástrofes, el de la medicina o del poder médico en general, no debe ser el de manejo de poblaciones a través de normas y protocolos inmunizadores que parecen siempre aceptables. Sin duda lo son, taparse la boca ante un acceso de tos, cuidarse al dar las manos, medidas que parecen minúsculas, pero tienen profundo calado disociativo en las relaciones diarias. La cuarentena, ancestral método que aísla totalmente a poblaciones o conjuntos humanos, puede ser aceptable, pero no podemos pasar por alto que la inevitabilidad de estas medidas, amparadas en la costumbre y en la ciencia popular ya establecida, no pueden pasar por alto que no solo la venta de medicamentos, sino la venta de noticias, exige demasiado la invocación de una calamidad cercana. El esquema de la calamidad con su salida utópica, difícil pero “para usted posible”, es un encuadre que gobierna noticias, conversaciones e ideologías mediáticas. Un ejemplo es la noticia de que “en un planeta lejano a cien mil años luz las condiciones de vida son iguales a las de la tierra”. Perfecto, hay peligro de calentamiento o de virus, pero hay solución. Lógicamente demorada por esa ingente cantidad de luz que habría que recorrer. Con paciencia usted lo logra.

Creo que es lo que quiso decir Albert Camus con La Peste, donde deseó palpar un humanismo moral con forma de una rebeldía contra el poder anónimo de la desesperanza. Eligió, según recuerdo, el sacrificio de un puñado de médicos que no se rendía ante la evidencia de ese apocalipsis, de esa “revelación de la peste” en la ciudad argelina de Orán. Que ocurriera en una ciudad localizable, daba cierto realismo a esta fábula moral, inspirada en el Diario de la Peste de Daniel Defoe, este sí un escrito alcanzado por una increíble actualidad. Va recogiendo los datos de los afectados puntuales y de cómo los rodea el rumor y la fábula. No había diarios cuando ocurre esa peste en Londres en el silgo XVII. En Milán, la peste del 1600 la describe Manzoni en el clásico Los novios, como trasfondo del episodio amoroso central. La peste bubónica de Buenos Aires en 1871 debido al mosquito Aedes Aegypti -el del dengue, entonces no identificado-, es un dramático espacio histórico para reflexionar sobre lo que hoy ocurre. La fiebre amarilla modificó Buenos Aires, se consideró la peste como resultado de la guerra contra Paraguay y flotaba en el ambiente la culpabilidad presunta de los inmigrantes italianos. Se incluía la demonización de los conventillos de San Telmo. Queda el gran cuadro mitológico de Blanes, con el doctor Argerich inclinándose con su fúnebre galera ritual, ante la muerte de una inmigrante italiana, amamantando todavía a su hijo.


En la novela de Camus, el sacerdote Paneloux pontifica diciendo que la peste, transmitida por las ratas, no afectará a los creyentes. Fulminará solo a los ateos. Los médicos laicos, en tanto, debaten con su propio sacerdocio. Las incógnitas éticas ante el peligro de la vida humana colectiva, y sobre los dilemas científicos cuando no alcanzan para definir lo que exige, en verdad, el concurso de un sentido de resistencia y solidaridad. Todo ocurre en Orán inspirado en una peste real ocurrida a mediados del siglo XIX.


Fabulísticamente, la historia de la humanidad es la historia de sus pestes, catástrofes y también de los miedos ante el Cordero abriendo los Siete Sellos para revelar el destino humano. La ciencia médica podrá decir, esperemos la próxima vacuna y la consecuente mutación del virus. Todos esperamos. Pero falta analizar el modo paralelo de la aparición de la lengua de los virus, esa suerte de anticristo de las computadoras y redes, planificado en las fábricas de Antivirus. El lenguaje de los grandes medios comunicacionales se presenta con una aparente inmediatez. Al suprimir ilusoriamente las mediaciones, las lejanías y el tiempo real, que es amorfo y brumosamente cotidiano, todo virus puede asumir el modo de una diseminación total. Por eso le digo, señora catequista, que usted tiene razón, no desprecio el arte escéptico de las profecías, pero no del modo panfletario en que las presenta. Ningún problema de la biología humana es solo biológico, pero si evitamos tratarlo apocalípticamente, es también muy fácil encontrarlo en los vocabularios de la diferencia social, la dominación financiera y el control de las naciones.

jueves, 27 de febrero de 2020

EL SOPLO VITAL, Por Horacio González


El ex Presidente "representaba el llamado, el soplo o el susurro que recorría, con su traje cruzado descuidadamente abrochado, la convocatoria a no temer, a despojarse del miedo para poder pensar sin coacciones", analiza el sociólogo. 


Suele decirse que la política es un acto colectivo que debe resolver los síntomas más terribles del horror al vacío. El famoso “horror vacui”. Siempre me pareció que con Kirchner ocurría algo diferente. Le gustaba el vacío, la falta de sostenes inmediatos para una decisión, la ausencia de un tejido o red previa que contuvieran los riesgos de una intuición apenas esbozada. El vacío no era motivo de susto sino la razón intensa para hacer un llamado. Un político que tira una botella al mar en un tiempo inestable. 

Si tuviera que buscar un gesto corporal que fuera equivalente de estas prácticas inspiradas en un gusto por lo inestable, sin duda es el que vimos cuando se arroja sobre un puñado de entusiastas que se acercan a saludarlo. Son los primeros días de gobierno. Esas actitudes suelen ser cuestionadas por pensarse que tienen una raíz demagógica. Si quiero popularizarme, producir simpatía con una rareza, me tiro entre la multitud que me ataja como si fuera un retozón neumático hecho persona. 


Palabra aquella que viene del griego pneuma, el soplo vital. Sí, un pneumático, que parecía escapar de alguna carrocería desgajada. Encima, me corto una ceja con el filo de la lente de un fotógrafo, la pequeña herida como muestra de una sutil dialéctica con los medios de comunicación. Pero no. Ese acto correspondía a un estilo, un modo, una ecuación de gobierno. El aliento, la respiración que da vida. En un momento impensado, todo mi cuerpo es pura exhalación. El cuerpo se acuna en aquel vacío y se fusiona gozosamente con los que en cada momento hacen del vacío una presencia necesaria. Se lo podrá llar entonces gobierno social o política de masas.


Si se nos diera a elegir para pensar cuál es el modo en que emerge un político, diríamos que por una correlación favorable de fuerzas o bien por una exhalación apenas prefigurada. Sin negar lo primero, lo justo es decir que lo que importa es lo que viene después que se manifiestan la fuerza. Es lo que viene de la escuela del vacío. Ahí la fuerza es lo que se espera, el vacío es lo que tienta. Que no es llenar huecos o flotar de manera etérea, sino arrojarse sobre los problemas, actuar con lo impensado en la mano y la apuesta popular igualitaria en el corazón. 

Es lógico que no hay política sin representación, sin tejido social, sin intereses difusos, orgánicos o invisibles. No obstante, el atractivo perdurable de Kirchner, por el que hoy lo seguimos recordando, es cómo se movía irónicamente sobre el pesado escenario de la política nacional. Se estaba formando la voluminosa coalición sostenida en nuevos entrecruces, las finanzas que se hacían comunicacionales, la comunicación corporativa que se hacía mercancía, la soja que se hacía “sociedad del conocimiento”, la justicia que se transformaba en “economía condensada”. 

Toda esa nueva catarsis de una sociedad convulsionada, no sé si Kirchner, nuestro recordado compañero, la llegó a convertir definitivamente en un concepto operativo y apto para la discusión pública. Pero todos sus movimientos nerviosos indicaban que tenía bien en claro que la convulsión argentina provenía de la nueva coalición entre estos intereses que se iluminaban con el haz oscuro de los vigilantes reflectores de un neocapitalismo voraz. Que se metía seductor en los poros de la lengua social. Nadie dejaba de ser alcanzado por ese bizcochuelo neoliberal. Por lo tanto, ser presidente es ser muchas cosas, pero principalmente es ser el agente bullicioso de la gran convocatoria para recomponer la autonomía social.

Alguna vez dijo “no les tengo miedo”. Aunque fue el día en que descolgó el famoso cuadro, quizás esa frase pueda revelar quién era Kirchner, que representaba algo más que a una fuerza social. Representaba el llamado, el soplo o el susurro que recorría, con su traje cruzado descuidadamente abrochado, la convocatoria a no temer, a despojarse del miedo para poder pensar sin coacciones. 

Y podríamos decir ahora que no tener temor por los desafíos que hay que enfrentar, equivale a una suerte de nuevo proletariado anímico. Un libertarismo del espíritu colectivo. Si alguien se propone o planifica representar el Llamado, quizás no lo consigue. El del saco desabotonado, el nervioso Kirchner se acercaba a conseguirlo sin preparación previa. Los demás podían ponerse o no nerviosos, como él los desafiaba. Pero el inquieto, el irónico Kirchner, era el verdaderamente excitado, el angustiado sentado en el sillón más desvelado que hay en la república, el asiento más intranquilo que hay en toda la nación.

Kirchner era hijo de uno de esos momentos en que la sociedad extenúa sus fuerzas creativas y palpa algo nuevo, pero no encuentra formas adecuadas de expresión. Y en ese corte, en esa herida, se abren varias posibilidades. Las bifurcaciones de los senderos suelen ser muchas. Estaban las asambleas populares. Como ahora en Chile, con todas las diferencias que puedan auscultarse. Pero ese surgir desde abajo es la gran utopía que recorre los últimos siglos de la modernidad. Hombres y mujeres cogobernando desde las plazas, creando entre arbustos, araucarias y toboganes donde se deslizan los niños, las nuevas instituciones de base que repondrían lo justo y lo bello en una sociedad. 


Creo que Kirchner nunca estuvo en desacuerdo con eso, pero una parte de su “pneuma”, de su espíritu vital, lo llevaba a no dar por perdidas las anteriores instituciones representativas, para llevar a sus pliegues internos algo o mucho de aquel soplo asambleario. El presidente pneumático


No me explico de otra manera ese balance permanente entre el Estado, a ser reconstituido, y las nuevas fisuras por donde debían correr los nuevos aires, el soplido fresco y esencial que retira la cara pétrea de un dictador de las paredes del propio colegio militar, que abre la Esma como cápsula blindada que aún contenía el secreto de cómo dentro de esas tinieblas se había horadado del sentido de lo humano. 

Las frases que salían de su boca eran dramáticas, pero extraídas del diccionario más directo y popular. Estamos en el infierno, los muertos no pagan. Los caricaturistas apreciaron su desaliño, su rostro que poseía una extraña gracia, una comicidad interna, que él mismo también cultivó, y acompañó con ella las medidas más atrevidas, los hechos más estridentes, cuando palabras como glifosato y corporaciones se derramaban asfixiantes y hubo que ganar la calle. 

Aún resuenan sus dichos y discursos, pronunciados como al descuido, pero sabía que estaba en el gran juego, aquel cuyas reglas había que reinventar en una nueva democracia. Y mientras hablando parecía un distraído, era posible entender que era así y no de otra manera que se fundaba la posibilidad de remover tanto moho, desasosiego e injusticia en el país que esperaba y recogía las fibras de su llamado, que todavía vibran. Eran la cita con el pneuma.

lunes, 10 de febrero de 2020

¿NACIÓN?, Por León Pomer (") para Vagos y Vagas Peronistas






En marzo de 1882, el entonces celebrado intelectual francés, Ernesto Renan, pronunció una conferencia sobre un tema que agitaba multitudes en toda Europa, y provocaba una considerable producción teórica: ¿Que es una Nación? En los días actuales, esta pregunta adquiere un renovado interés, pero por un motivo diferente: la acción de las grandes empresas multinacionales y del imperio norte americano por debilitarlas al máximo, e incluso despojarlas de sus Estados.

Renan veía en la nación una suerte de alma o principio espiritual, o una gran comunidad, “en que todos sus individuos deben tener muchas cosas en común, pero también haber olvidado muchas cosas”. La nación sería “un plebiscito cotidiano”, una voluntad diariamente reiterada de ser parte de una identidad colectiva y de compartir una herencia y un destino. Posteriormente, Otto Bauer (2), destacado teórico y dirigente de la social democracia austríaca, en un estudio voluminoso sobre la problemática nacional en el imperio austro – húngaro, concebía la nación como un agregado de personas relacionadas por un destino histórico común, determinante de una comunidad de carácter. 

Las opiniones de Renan y de Bauer nos sirven como referencias para una reflexión sobre qué significa nación para sectores importantes del pueblo argentino (significado tal vez no tan novedoso como pareciera serlo); a la luz de la experiencia vivida en los últimos cuatro años, bajo la impronta de ese emisario del poder financiero y especulativo mundial que nos gobernó, es posible advertir sus esfuerzos por desnacionalizar el país, o borrar en considerables sectores del pueblo todo sentimiento de absoluta identificación con la tierra natal y su realidad humana y natural, y la adscripción indiscutible a una precisa identidad que llamamos nacional argentina. Así, no parecen compatibilizarse con afianzada identidad y sólido sentido de pertenencia, la sorprendente inmutabilidad aprobatoria de estratos medios y altos de la sociedad, frente a la miseriabilización inferida a vastos sectores de la población social y económicamente más endeble; el no importarse del provocado deterioro físico y psíquico de adultos de todas las edades y la brutal desnutrición de millones de niños; el no conmoverse porque una enorme masa de jubilados fueron privados de atender sus más elementales necesidades de salud y de alimentación, y por lo tanto sancionados con la muerte prematura. Indiferencia, desinterés, egoísmo aparentemente rayano en lo patológico, muestran desoladoras estructuras comportamentales en nada compatibles con una elemental solidaridad intranacional, o simplemente humana. El interés personal, familiar o grupal ha cerrado deliberadamente los ojos y tapado los oídos, de los que evidentemente no quieren saber ni les importa un rábano la suerte terriblemente adversa de compatriotas, de hecho despreciados, sin que reproches de consciencia parecieran inquietar demasiado. Al final de cuentas, esa tenida como descartable basura sub - humana, como la piensan los más extremistas, envenena el aire con el hálito mefítico producido por el hambre. En esta percepción de la realidad, suponer que ricos y pobres comparten un destino nacional es una idea que nadie “bien pensante” podría suscribir. ¿Cómo puede haber algo en común entre las clases subalternas y los “educados y civilizados” estratos medios y clases altas y dominantes? Los aleccionamientos orales y escritos sobre ciudadanía y otras lindezas semejantes, aparecen como ridículas expresiones de una gigantesca hipocresía. A despecho de las fórmulas de Renan y de Bauer, lo que se observa es el no reconocimiento de una totalidad nacional inclusiva de todos los grupos sociales, aceptándolos, por lo menos, como iguales en ciudadanía. Obviamente, ese reconocimiento es imposible, cuando la parte más conspicua, la única porción que se tiene como enteramente humana y educada de la nación, se siente a distancia sideral de los más destituidos, que para colmo de males están habituados a mostrarse malhumorados en las avenidas y plazas de la gran ciudad, exhibiendo una estética reñida con la elegancia y la tranquilidad que aprecian y valoran los de más arriba. Reina entre los que se asumen como privilegiados la convicción que los pobres son pobres por prescripción genética, merecedores de su suerte por el hado misterioso e irresistible que llaman destino. 

De lo anterior se desprende que hablar de una auténtica herencia común a todos los grupos sociales, es hablar tonterías: no la hay, ni jamás la hubo, pese a los intentos de la clase dominante, en tiempos pasados, por instaurar algo que funcione como tal, o como imaginario nacional, una manera de crear y fortalecer lealtades al Estado fundado por una oligarquía.Compartir un unificador patrimonio hereditario, otro de los rasgos señalados por los autores arriba citados, es una ilusión porque la herencia que pueden admitir como propia las masas subalternas (por lo menos las que no han sido despojadas de la memoria histórica)no tiene nada en común con la que hacen suya sectores que jamás se dolerían de la matanza masiva de peones en la Patagonia, la Semana Trágica, el ametrallamiento de manifestaciones proletarias por la policía brava de Ramón Falcón, el hambreamiento masivo provocado por el macrismo, y si se quiere ir más atrás, la vida de los gauchos enviados por la fuerza a los fortines miserables por carencia de papeleta de conchabo. 

Si pretendemos encontrar un carácter nacional, es fácil comprobar que es un algo apenas imaginado por alegres e improvisados sociólogos en descomprometidas charlas de café. Los rasgos de lo nacional, en las definiciones de Renan y de Bauer, son inencontrables, como patrimonio compartido por todas las clases sociales. Desde los puntos de vista de ambos autores, que me parecen razonables, no parece desatinado afirmar que la Argentina nunca fue una nación plenamente constituida. Nuestra historia, en la visión más optimista, fue y sigue siendo la de dos fracciones, desiguales en número de personas, asimétricas, antagónicas e incompatibles, en que la más poderosa y dominante no se ha cansado de agredir a la otra, de explotarla y de exprimirla sin asco. Es más: en la realidad pasada y presente, los grupos sociales dominantes actuaron y continúan actuando como inmisericordes colonizadores extranjeros del país, en alianza simultáneamente con los poderes mundiales de turno. Para ellos, solo imaginar gobiernos capaces de distribuir con alguna equidad las riquezas producidas les provoca una furiosa erupción de intolerancia y de odio. Hoy se han disgustado con Macri, pero no con el modelo de país que este logró instrumentar. 

Jamás en nuestra historia, desde los tiempos coloniales, más allá de imaginarios falaces elaborados por los grupos dominantes, estos compartieron cosa alguna, ni les pasó por la cabeza la idea de un destino común con indios, mestizos, negros esclavos, y hoy, con pobres en general, calificados de negros de mierda, particularmente aquellos con rostro denunciador de antepasados pertenecientes a los llamados pueblos originarios. Jamás existió en el país un destino histórico común y una comunidad de carácter. La clase dominante y sectores de las clases medias siempre se preocuparon por marcar las diferencias y mantener las distancias de los de abajo, sin interesarse por la suerte inhumana de que ellos, los poderosos y sus serviles clientelas, fueron y son los responsables. En su momento lo destacaron informes oficiales, como el realizado por el catalán Juan Bialet Masse, en 1904, sobre las clases trabajadoras, por encargo del ministro González. Hoy, el plebiscito cotidiano de que habla Renan nos dice que no son pocos los nativos de esta tierra que reniegan de la misma, que exaltan los productos extranjeros como irremediablemente mejores que los similares locales, y que suena elegante y distinguido informar a los amigos que la ropa que los viste no es de fabricación nacional, que de serlo los desmerecería a los ojos de quienes quieren el país(y tratan de usarlo) como espacio social y natural colonizado, fuente de cuantiosos lucros que serán gastados en un consumo de lujo, viajes de placer por el mundo y la remisión del resto (nada insignificante) a refugios en el exterior donde se supone que están a buen recaudo y no pagan impuestos ni deben dar explicaciones sobre el origen de esos fondos. Algo nada diferente de lo que hacía la familia Anchorena, dígase de paso, y hablando de ciertas tradiciones de origen antañon pero persistentes y florecientes. La mentada, en tiempos anteriores a mayo del 10, remitía al exterior las onzas de oro producto de sus ganancias: lo hacía graciosamente embutidas en hormas de queso. A esta tierra se venía a ganar dinero, no a amarla. Y ya que estamos hablando de escasos amores, conviene recordar que en los tiempos inaugurales de la conquista, y posteriores, la llegada de españoles y otros extranjeros a estas latitudes prometedoras de misteriosos y suntuosos Eldorados, no era para salvar el alma de los nativos, o crear una sociedad justa e igualitaria: era para explotar hasta el hartazgo todo lo explotable, ya fueran seres que parecían ser humanos, y recursos mitológicamente magnificados. Hoy, gentes de aquel linaje exterminador, nativos y multinacionales, envenenan los ríos y siembran muerte desde aviones fumigadores de perversos elixires. Aquellos aventureros venían a “hacer la América”, no a honrar tradiciones ni estudiar pueblos, ni siquiera arelacionarse humanamente con los habitantes originarios, calificados de bárbaros y por lo tanto exterminables. (Advierto que no estoy hablando de los millones de pobres españoles, italianos, sirio-libaneses y otras nacionalidades cuyos descendientes son la mayoría de los argentinos actuales). 

Continuando con una brevísima apreciación de una historia, ahora más cercana en el tiempo, hablemos de la creación del Estado, organización jurídica – política instauradora de una hegemonía de clase sobre el entero país. Advertimos que sus hacedores y orientadores fueron los grupos sociales dominantes en Buenos Aires, ciudad y provincia, y sus escuetos aliados de la Gran Bretaña. Esa minoritaria(numéricamente) oligarquía, construyó el edificio jurídico - político que debía asegurar su dominación (y, agreguemos, las de sus sucesores) sobre el entero espacio territorial y humano que lo poblaba. Con este propósito como guía, procedió a crear una nación que no preexistía a la constitución del Estado; es decir, creó una nación, hasta donde le fue posible, a su gusto y paladar. De las manos de ese creador emergió la Argentina de historia torturada que conocemos, muy diferente de las falsas versiones vehiculadas en textos, manuales, conferencias y celebraciones maliciosamente patrioteras. El llamado Estado Nacional imprimió la marca de sus creadores a la nación que fundó, cuya acta fundacional fue la atroz guerra del Paraguay, el gran negocio que urdieron los proveedores del Estado, los financistas y un montón de logreros devenidos políticos. Recordaré además que en aquellos tiempos, en simultáneo con la guerra contra el país guaraní, hubo aquí, durante más de cinco años, una insurrección popular intermitente y generalizada contra la guerra, que mató más gente que en el frente de batalla. El Estado Nacional fundado por una oligarquía tuvo como misión estructurar una nación que sirviera a los intereses de la clase dominante y sus aliados y amos exteriores. La función del Estado debía ser la imposición de la hegemonía absoluta de la clase dominante y sus diversas fracciones en lo político, lo económico, lo social y en lo cultural (cultura de la dominación), y el ejercicio del monopolio de una violencia que ahora adquiría el carácter legal por ser la del Estado, instrumento de sus creadores y conductores. 

Desde tiempos remotos, en todas las latitudes del planeta, hubo imaginarios históricos – mítico - legendarios, o legendarios y míticos o puramente históricos, que contribuyeron y aun contribuyen a que heterogéneos agregados de personas los acepten como un patrimonio común y una identidad a que todos se subordinan. Tal la idea de nación como equivalente a una identificación y pertenencia que obliga a dar la vida por ella. El homogeneizar en un nivel ideal diferencias tan abismales como son las de sociedades donde las desigualdades impregnan las relaciones humanas, habla con elocuencia del poder de lo simbólico, no obstante, menos sólido de lo que parece. La función y propósito del imaginario histórico, mítico, legendario, consagra como hechos de la naturaleza las jerarquías y la verticalidad social; atribuye, no necesariamente de una manera claramente explícita y vociferada, una minoridad humana, cultural y étnica, a grupos sociales subalternos, indios, negros, mestizos, pobres de toda laya. El imaginario histórico exalta la lealtad a la patria, que solía ser y sigue siendo, generalmente, una disfrazada lealtad a la clase dominante. 

Paralelamente a la violencia sobre las masas populares, la dominación recurrió a la creación del imaginario nacional, pretendidamente unificador, en que debían coincidir los que en la vida concreta estaban en franca disidencia, instrumento que hoy parece haber abandonado, o suplantado por otros recursos menos épicos pero más efectivos (léase consumismo y manipulación de los cerebros). El macrismo y los animales que reemplazaron a los próceres en los billetes de banco son una de las manifestaciones de un repudio de la historia, un olvido deliberado, una tentativa de hacer vivir a la gente en un hoy sin ayer ni mañana, sin San Martín, ni Belgrano y con la angustia de habernos separado de la “madre patria”, como pronunció conmovido el enterrador mayor de la Argentina. 

Pero el imaginario existe. Enaltecimientos, denigraciones y olvidos, clasificaciones laudatorias y estigmatizantes son elementos de uno que opera como poder simbólico; un poder con su Olimpo de héroes mayores y menores, con sus malditos e ignorados, legitimados uso y otros por academias, nombres de calles y ciudades, bustos y estatuas ecuestres y tediosas solemnidades. En nuestra América, el imaginario histórico del Poder comenzó a gestarse antes que los estados nacionales consumaran su existencia. Versiones de la historia, con una cuidada distribución de papeles, fueron el primer instrumento en la construcción de la hegemonía cultural de grupos sociales precisados de afirmar su dominación en algo más atractivo y duradero que la violencia pura y dura; la imposición a los pueblos de un imaginario, con el aura de suprema representación de la nacionalidad, debía constituirse en un factor de cohesión. Para lograrlo, era necesario adulterar u ocultar la verdadera naturaleza de los antagonismos, reducidos en la historia oficial a enfrentamientos de la civilización con la barbarie; y necesario para edulcorar las violencias ejercidas por la clase dominante a través del Estado, presentándolas como celosas preocupaciones por el interés general. Personajes militares y civiles fueron propuestos por el Poder como próceres ejemplares, algunos convenientemente falsificados como tales, y otros, como San Martín, mostrados en versiones hagiográficas que le atribuyeron santidad. Lo que el Poder eligió para proponer al entero conjunto nacional (o de una nación en ciernes, que el imaginario debía consolidar) fueron colecciones de reales, inventados o magnificados heroísmos, atribuciones sin fundamento de desinterés personal y supuesta total entrega a la causa nacional. En esa construcción, las figuras populares quedaron reducidas a la insignificancia o limitadas al negro Falucho, el tambor de Tacuarí y Cabral “soldado heroico”. Los pueblos fueron destratados como áridos conglomerados humanos, nunca hacedores de la historia, exclusiva tarea de las figuras elevadas a la grandeza: los pueblos eran turbas de ignorantes siempre al borde del desatino: lo siguen siendo para los poderosos de hoy. En torno del imaginario de héroes, patriotas, figuras soberbias y batallas heroicamente ganadas o deplorablemente perdidas, debían unirse en unánime admiración y respeto reverencial los que en la vida cotidiana distaban de coincidir en algo. El imaginario histórico nacional quiso mostrar que en el plano ideal las contradicciones sociales quedaban anuladas, que por encima de ellas hay un valor a que se subordinan los intereses y las diferencias, y hay bárbaros que acechan. 

¿Qué valor tiene el sentimiento nacional en condiciones estructurales que eliminan la posibilidad de una solidaridad orgánica entre grupos sociales antagónicos, en que el beneficio de unos es el perjuicio de los más? Una tradición sostiene que el Estado Nación se fundamenta en la idea del ciudadano abstracto identificado con el orden jurídico constitucional. Pero cuando el ciudadano abstracto no se corresponde con el sujeto concreto de la sociedad verticalmente estratificada, separada y dividida, ¿puede un imaginario ignorar los antagonismos reales? ¿Qué valor tiene la identidad nacional en grupos y estratos para los cuales la nación tiene significados antagónicos? ¿La identidad nacional inscripta en los documentos de identidad significa lo mismo para los polos opuestos de la desigualdad, particularmente para aquellos que obran como una clase desterritorializada y supranacional? ¿Significa lo mismo para quienes de hecho están comprometidos con el destino global o aquellos cuyo compromiso exclusivo es con el interés personal o de clase? En el mundo del “individualismo egoísta y posesivo”, ¿es posible la unánime lealtad a la nación como valor por encima del interés personal? ¿La nación no fue (y sigue siendo) una gigantesca ficción, un pretexto para grupos dominantes y sus clientelas más serviles? Y en los días que corren, las grandes empresas multinacionales y el imperio norteamericano no las quieren más, o en el mejor de los casos, las quieren raquíticas e incapaces de cometer el exceso de defender el interés de las grandes masas. 

En la nación hoy fracturada, el viejo imaginario nacional y el enorme poder simbólico que traía consigo están en franca decadencia. Las gigantescas empresas multinacionales que no gustan de las naciones prefieren moverse a su comodidad sin prestar cuentas a burócratas locales ni gastar dinero en coimearlos. Un proyecto liberador debe construir su propio imaginario: su fundamento sólo puede ser el conjunto de luchas que en 200 y más años de historia los habitantes de este país libraron contra las fuerzas de la dominación. El imaginario popular y liberador tiene sus grandes figuras y sus magnos acontecimientos. También sus derrotas y sus pavores. Nada debe ser ocultado; todo debe ser situado en el marco de la lucha de clases, o si se quiere, de intereses definitivamente irreconciliables y antagónicos. 

Esto significa, en suma, soñar con la utopía de una nación que sea realmente democrática, igualitaria, sin poderes dominantes. 

(") Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.











viernes, 24 de enero de 2020

AÑO NUEVO, SITUACIÓN NUEVA Por Jorge Luis Cerletti(") para Vagos y Vagas Peronistas



Problemática general. 

El planteo de la unidad del campo popular es un eje político importante, máxime en circunstancias como las actuales. La reciente derrota electoral de la derecha, expresión del poder del capital concentrado, es un fiel testimonio. Las calamidades que produjo el gobierno de Macri sobre la mayoría de la población, en particular la de menores recursos, así como el enorme endeudamiento y fuga de capitales que generó es tan evidente que resulta superfluo reiterar la multiplicidad agobiante de datos que presenta la situación vivida. 

No obstante, una vez producido el triunfo electoral como presagiaba el resultado de las PASO, la problemática se traslada a la naturaleza de la unidad gestada. Y aquí entran a jugar los alcances de lo instrumental, el carácter definitorio de la política a desarrollar frente a las postración económica y social gestada por el poder del enemigo que trasciende a Macri & cia. Semejante situación incluye fortalezas y debilidades de la unidad desarrollada. 

La vieja consigna del P.C., “el pueblo unido jamás será vencido” es una optimista expresión de deseos desmentida en más de una oportunidad. Baste recordar el giro conservador de los gobiernos de Carlos Saúl Menem, producto de elecciones legítimas. Ni qué decir del golpe que recientemente derrocó a Evo Morales, uno de los más populares y queridos de América Latina. Obviamente, construir una unidad sólida donde se articulen los principios con la construcción política constituye un logro sustantivo. El problema es que el triunfo electoral no excluye las contradicciones inherentes a la unidad que propició el cambio de gobierno. 

Está claro que la unidad buscada resultó un recurso clave en el 2019 para derrotar a la derecha que se había hecho fuerte al controlar el Estado gracias a su anterior triunfo electoral. Pero las dudas a futuro son un emergente insoslayable. Empezando por esta real “pesada herencia” vinculada al ahogo económico-financiero que sufrimos y la agudización de la desigual distribución del ingreso que afecta a los trabajadores y a la sociedad argentina en general y que ha dejado un tendal de desocupación y pobreza. 

Semejante situación abre serios interrogantes acerca de la política a desarrollar y la construcción de las organizaciones destinadas a llevarla a cabo. Se plantea así la problemática de la construcción política y la participación popular imprescindible para impulsar y generar un cambio significativo en la situación actual. 

La unidad F-F, el peronismo y el giro latinoamericano. 

La jugada de Cristina de postularse como vicepresidenta y proponer a Alberto Fernández como candidato a la Presidencia fue una muestra efectiva de su habilidad política y de la importancia que le atribuye a la unidad. Su mayoritario caudal electoral es un polo de atracción para fuerzas menores. El acuerdo con Massa es un elocuente testimonio de los efectos de tal unidad pues, fundamentalmente, posibilitó ganar las elecciones. A la vez, Alberto Fernández pudo potenciar su trabajo previo por la unidad erigiéndose en el presidente de la República Argentina. 

Y aquí se abren dos instancias, la nacional y la internacional. En la primera emerge el peronismo como factor de unidad que enhebra varias provincias influyendo en el escenario interno. Si bien se trata de un campo que porta distintas contradicciones de mayor o menor envergadura según los casos. La tarea de A.F., abierto a conversar con distintos sectores de la nación y en particular del peronismo, fue armando una red que tuvo su premio en las elecciones. 

En el campo internacional, en particular el latinoamericano, aporta a la reconstrucción del frente progresista que había tenido vigencia en la primera década y media de este siglo. Se inscribe así el rechazo al golpe que derrocó al gobierno de Evo en Bolivia, su asilo en nuestro país junto al apoyo a su campaña política y el rechazo a la intervención en Venezuela. Además, el muy significativo viaje de A.F. a México a principios de noviembre, con coincidencias fundamentales con el presidente López Obrador sobre integración en nuestro subcontinente respalda a los diversos sectores populares. Algo que está en sintonía con las notables movilizaciones y luchas del pueblo chileno, las resistencias en Ecuador contra la traición del presidente Lenin Moreno (ex vice de Correa), que son claras manifestaciones de las luchas de los movimientos populares. 

La excepción de Brasil con el triunfo del archi reaccionario Bolsonaro, tras el golpe blando que derribó a Dilma Rouseff y encarceló injustamente a Lula, más el golpe sin tapujos a Evo, son un contrapeso que evidencian las duras condiciones existentes en nuestra patria grande. En contradicción con dicho proceso se dio, sorprendentemente, el dictamen del Supremo Tribunal de Justicia de Brasil que por seis votos a cinco modificó la situación carcelaria de Lula hasta tanto hayan sentencias firmes. Lo cual posibilitó su liberación recibida con una manifestación espectacular que anticipó su reingreso a la actividad política. 

Como se desprende de este esquemático e incompleto resumen, surgen una multiplicidad de conflictos que remiten, en primer lugar, a la importancia de la construcción política de alternativas. 

Ejes de construcción política. 

La operatoria tradicional a través de los partidos, implica destacar a sus líderes y dotarles del apoyo de los resortes del Estado que puede lograr su partido y así potenciar las movilizaciones populares adictas cuyo peso suele ser gravitante. 

Esa práctica tradicional de la política reinante se apoya en la representación y en construcciones de corte piramidal donde los líderes se destacan en las cúpulas partidarias por su carisma y poder de convocatoria. Esto no descarta las trenzas ni los manejos turbios de la pléyade de políticos inescrupulosos que componen buena parte del espectro. 

Aquí cabe distinguir entre la práctica dominante, ampliamente mayoritaria, y la necesidad de cambiarla. Esta necesidad cuenta con el deseo como alimento notoriamente insuficiente en la sociedad. 

Dado que prácticamente en el mundo impera la representación y la estructura piramidal del poder, cuando emerge una variante más positiva dentro de ese ámbito, vale considerarla. Tal es el caso de la campaña electoral de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires. Sus características portan gérmenes nuevos en torno a la participación. Recorrió toda la provincia y el conurbano en su ya famoso y modesto auto Clio. Visitó numerosas Intendencias, dialogó con la gente y cuanta agrupación popular estuviera en su itinerario. Y le ganó la Provincia a “carita de ángel” Vidal por quince puntos…. En suma, su campaña política estuvo signada por un nivel de participación poco común y la originalidad de la misma podría decirse que es inédita. 

Obviamente, lo anterior no significa eliminar la representación e instaurar la horizontalización del poder. Fenómenos que significarían una verdadera mutación política y el nacimiento de una alternativa al capitalismo y el neoliberalismo imperantes. Lo que estamos comentando está muy lejos de tan ambiciosa y revolucionaria propuesta. Es un caso de participación popular operado desde arriba si bien con algunas características originales e inéditas que no debemos ignorar. No es casual entonces su triunfo que exaltó la participación popular que al sentirse convocada en términos reales, le brindó su apoyo. 

Esa apertura generada en el campo de la política realmente existente, no debe ser antagonizada desde las tendencias emancipatorias que impulsamos. En la actualidad se ha producido una situación que posibilita transitar un momento favorable a la articulación de esfuerzos. Toda construcción a largo plazo que tienda a la emancipación debe prestar atención a las fuerzas positivas de carácter popular emergentes del seno de la sociedad y resolver la problemática del aislamiento. Construir algo nuevo requiere ideas, imaginación creativa y romper con el sectarismo cuando éste conspira con la propia construcción.----------------------------- 

(")Síntesis biográfica:



Jorge Luis Cerletti nació en Buenos Aires en 1937, arquitecto. Fue profesor de Economía Política en la Universidad del Salvador y de Historia Social en la Facultad de Derecho de la UBA. Fue uno de los fundadores e integrante del grupo de reflexión La Mesa de los Sueños, también del grupo Repro (Reflexión y producción) y colaborador del CEPPAS, (Centro de políticas públicas para el socialismo). Producto de su dilatada militancia realizó numerosos ensayos políticos. Como coordinador de la colección Cuadernos de la realidad, dirigida por Raúl Sciarretta y editada por Granica, publico en ella tres ensayos: “Desarrollo industrial y concentración monopólica”, “La oligarquía terrateniente” e “Imperialismo y dependencia” (1974) y los siguientes libros: Retazos para una historia” (ficción 1983, Peña Lillo Editor); “El nuevo orden mundial, el socialismo y el capitalismo depredador” (1 991, Centro Editor de América Latina); sigue: “El poder y el eclipse del socialismo” (1993, Centro Editor de A.L.); “El Poder y la necesidad de un nuevo proyecto” (1994, Ediciones Mesa de los Sueños); “El poder bajo sospecha” (1997, edit. De la Campana) y “Las relaciones de dominio como lazo social (1999, edición del autor); “Políticas emancipatorias - crítica al Estado las vanguardias y la representación” (2003, edit. Biblos) y “Estado democracia y socialismo” (2014, edic. El jinete insomne, publicado por el ceppas, centro de políticas públicas para el socialismo).







lunes, 20 de enero de 2020

EEUU activa un dron para asesinar vilmente al General Soleimani, líder militar iraní. ¿Adónde desembocará ésto? Por Lido Iacomini (") para Vagos y Vagas Peronistas



Conviene comenzar por intentar comprender las causas e intenciones de semejante asesinato formalmente asumido por un gobierno miembro de la ONU. En las últimas décadas, los únicos antecedentes de asesinatos no encubiertos por el paraguas de una guerra declarada, han sido los de Gaddafi y el de Saddam Hussein. Pero hace ya muchos, muchos años, que no se estila una declaración formal de guerra. Hoy alguien ataca y si el agredido responde se inicia la “escalada”. Teledirigir un drón y matar un general “enemigo” es una provocación que sin dudas es semejante, pero no igual, a una declaración formal de guerra. Equivale a una apertura en el ajedrez, a la que le corresponde una defensa. Pero no hay libro de guerra que diga: Defensa India del Rey. Para la brutal agresión norteamericana impulsada por Trump no hay “defensa” previsible. Y de allí el crecimiento de nuestras angustias y las de la humanidad ante un peligro de imprevisibles consecuencias. 

Pero vayamos hacia lo que algunos analistas consideran la causa más probable e inmediata. Donald Trump enfrenta una fuerte embestida conducida por lo más granado del establishment norteamericano que lo ha acorralado con un impeachment en el Senado. Los números cantan que, hasta el momento, el Presidente unirá al partido Republicano abortando su destitución en el Senado. Pero al interior de los republicanos bulle una probable división y no sería de extrañar que algunos pudiesen unirse a los demócratas para su destitución. Algo de esto debe haberse olido Trump antes de tomar su determinación. Quienes han conducido esta ofensiva han sido los demócratas voceros de la más absoluta globalización y de la mano del clintonismo, Pero aún así el desgaste de este proceso implicaría un serio riesgo para que su candidatura logre un segundo mandato en las próximas elecciones. A la tradicional y formidable maquinaria política y mediática que el poder financiero globalizado construyó en torno a Hillary se le suma, en alianza y disputa, el progresismo que no tolera el racismo, la misoginia y la brutalidad del líder “productivista” construido por la crisis del modelo neoliberal norteamericano de la globalización. Trump busca con desesperación aliados y encontró al peor: el Pentágono. Ya había intentado contener esas presiones manteniendo a Bolton y Pompeo entre la elite de sus funcionarios privilegiados. Despedido Bolton y funcionando a pleno la campaña en su contra D. Trump recurre a la espectacularidad trágica de un semi magnicidio para retomar la iniciativa política y erigir un nuevo y peligroso escenario. Una de las grandes dificultades de Trump reside en que en realidad no tiene Partido. Es claramente un outsider, misterio que le permitió llegar a ser presidente pero que constituye una gran limitación institucional. 

Está claro que ni China ni tampoco Rusia comprarán la provocación. Pero sin dudas que la polarización buscada con fórceps por los EEUU en decadencia, es un nuevo mandoble contra la multipolaridad, ya que todo escenario bélico del mundo globalizado entraña una gravedad tal que empuja hacia la recreación del mundo bipolar. La Argentina y Latinoamérica sienten con fuerza esa presión asfixiante, potenciada porque nos consideran el patio trasero del imperio. Trump tiene una dificultad adicional: el desarrollo del capitalismo en su etapa de superfinanciarización no ofrece modelos alternativos. La súper tecnificación actual y el abismo ambiental que sufrimos nos encamina a una crisis civilizatoria, entrelazada a la crisis terminal del neoliberalismo para la cual no hay modelo de salida. No hay marcha atrás sostenible hacia un neofordismo industrialista. Los índices de reactivación industrial y económica norteamericanos fuerzan un proteccionismo sin destino a corto y mediano plazo porque chocan contra la esencia del desarrollo capitalista de la historia y la globalización, que no es sólo un modelo específico de la civilización capitalista sino una realidad que lo trasciende. A tal punto que hoy el principal defensor del libre comercio es una potencia comunista: China. 

De todas maneras no está claro cuál es el camino de salida de ésta situación. No habrá guerra mañana pero ni siquiera Trump puede confiar que esta “derechización” verdadera que es su giro bélico le otorgue una recomposición hacia una nueva mayoría. La izquierda de su partido levantará nuevamente las banderas de la paz y la no agresión y es posible que lo que gane por derecha lo pierda por izquierda. Mejor dicho: que esa izquierda que en general es sólo una nota de color que engalana a los demócratas pueda cobrar una dimensión que sólo las grandes crisis otorgan. Y los EEUU hoy están no sólo en una enorme burbuja que disimula la endeblez de su modelo económico sino que aún subrepticia asoma una encubierta crisis política. Es la historia, entre los marasmos que siempre provoca, la que terminará cobrándose la venganza del asesinato del líder iraní Qasem Soleimani.

(")Miembro  de Participación Popular (E. Jozami) y de Carta Abierta donde coordina la Comisión de Asuntos Internacionales

jueves, 12 de diciembre de 2019

SE ACABÓ LA CUESTA ABAJO. VOLVER A EMPEZAR, Por Javier Azzali para Vagos y Vagas Peronistas






1) Crisis y dependencia podría ser el título del legado de Cambiemos. Una política de destrucción masiva de los todos los aspectos constitutivos de una nación: el trabajo, el mercado interno, la producción, el estado, la cultura, la ciencia y tecnología, las finanzas, la política exterior, entre muchas variables. Pero además de tierra arrasada y despojada, deja un régimen de la dependencia. Otra vez, como la mayoría del tiempo argentino, vivimos en un orden dependiente, La cuestión nacional vuelve a estar en el centro de la escena de la vida social y nacional, con su drama de crisis generalizada. Una economía dominada aún más que antes, por el capital concentrado y extranjerizado, disminución del poder público, y una gran recesión como manifestación de la retracción general del desarrollo productivo y de la clase trabajadora.

2) La vieja dependencia pero con un régimen actual. No fue el modelo agroexportador propio del país del centenario, cuya dependencia quebró el peronismo en 1945; ni tampoco el modelo desarrollista de los sesenta. Tampoco podía ser idéntica al modelo de especulación financiera de la dictadura de 1976 y su profundización con el régimen menemista de los años 1990, ya que la convertibilidad se sostuvo con el desguace del patrimonio público. Ahora, no hay Consenso de Washington ni ALCA ni TTP, sino decadencia de la globalización financiera. No hay dominio absoluto de EUA sino crisis de hegemonía imperialista. La dependencia de Cambiemos se basó en la depredación del espacio nacional y toda renuncia a un proyecto de nación, con el dominio de una rosca financiera tan reducida, poderosa y cruel, que hacía recordar a la rosca elitista que alguna vez dominó Bolivia. No logró estabilidad ni continuidad, pero está vigente.

3) La verdad oligárquica. Una serie de frases hechas se repitieron desde el inicio del ciclo oligárquico, pero no fueron solo un slogan, sino expresaban verdades dentro de los objetivos propios. Podemos creerles. La pesada herencia eran las instituciones del país soberano: los sindicatos, el alto índice de trabajadores ocupados, las paritarias, el estado fuerte y amplio. La lluvia de inversiones, posiblemente, la esperaban como el flujo de capitales que, en forma de inversión extranjera directa o crédito externo tal vez, prometía ser incesante si se imponía el TTP. La frase “sentamos las bases de un nuevo país” es cierta, en tanto que el legado, justamente, es el regreso de la vieja dependencia que hay que superar. La pesada herencia, en fin, fue un gran factor de resistencia estos años.

4) El gobierno de Frente de Todos inaugura un nuevo ciclo nacional democrático en nuestro país, cuya tarea urgente e inmediata es la de desmontar ese régimen de la dependencia. En la medida en que avance en sus medidas progresivas, se consolidará y crecerá la esperanza de las mayorías populares y contará con su apoyo, como les ocurrió a Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Pero también, en la misma medida, y antes también, en tanto eso necesariamente implica afectar los intereses de los sectores más poderosos del país, contará con su oposición militante y desestabilizadora, con la conspiración de los medios de comunicación concentrada. El legado de la flamante gestión será valorado en la medida de los grados de autonomía nacional que pueda conquistar y recuperar, y por la reconstrucción del trabajo digno.

5) La falta de divisas para financiar la producción y la tecnología, es un problema propio de los países dependientes, que el gobierno saliente agravó mucho, con la deuda externa y el libre giro de capitales. El peronismo de 1945 lo afrontó con la nacionalización del comercio exterior, el sistema financiero, la estatización del Banco Central, y la promoción del industrialismo argentino. Ahora las condiciones son otras muy diferentes, pero el destino de la política nacional se vincula directamente con la manera en que se afronta esta cuestión. Por otro lado, la deuda externa es una deuda odiosa al no contar con una contraprestación de bienes y servicios al servicio del crecimiento real de la economía del país. Su toma no fue a favor del interés del pueblo, sino de una rosca financiera, por lo que, solo se trata de una investigación simple, por ser empréstitos tomados desde 2015. Pero una posición así requiere de una fortaleza que no parece posible en el actual contexto sudamericano e internacional. De todas maneras, el perfil ideológico de la actual gestión tiene la idea de pagar para liberarse, una fórmula eficaz con el kirchnerismo.

6) El sistema judicial federal. El poder judicial, junto a la prensa y los militares, ha sido históricamente correa de difusión del interés oligárquico. El Lawfare existe pero, como hemos señalado en otras ocasiones, la nota característica principal del poder judicial federal es su tradición histórica oligárquica. El rol del poder judicial es el de custodio del orden establecido, por lo que el problema judicial no es otro que el del orden social que defienden, sea del de un país dependiente y elitista o soberano e igualitario. Por supuesto, al igual que en la sociedad, hay magistrados -como también hay periodistas, políticos- partidarios de uno y otro país que le dan su propia impronta al ejercicio judicial, pero en el poder judicial, si no media una reforma importante de su organización política, volverá a su origen oligárquico.

7) La oposición está formada por la tradición de los profetas del odio. Nada democrático ni pacífico hay que esperar. Una tarea fundamental es la de erosionar y fragmentar su representación política. El alejamiento de la UCR del PRO es clave para que este último quede aislado sólo en la Capital Federal.
Javier Azzali

8) En Latinoamérica no hubo restauración conservadora. Los regímenes conservadores de la región forman parte de una ofensiva de sus clases dominantes ligadas a la política imperialista de Estados Unidos y su socio menor, la Unión Europea, que quebraron las instituciones de la unidad (CELAC, UNASUR y hasta el Mercosur). Pero éstos no logran estabilizarse con un nuevo orden social de dependencia, por el nivel de resistencia popular creciente y por las consecuencias autodestructivas de sus propias políticas. En nuestro país no hubo una propuesta de estado oligárquico sino una de anti estado. Además, la crisis de la hegemonía de los Estados Unidos y la consolidación del rumbo tripolar en el orden mundial, pone en evidencia la necesidad de la unidad regional con autonomía. El giro argentino alienta al giro sudamericanista. Brasil es el aliado estratégico para la unidad, por lo que urge su recuperación política.

9) Este retroceso fenomenal y cruel intencionalmente provocado por cuatro años de política oligárquica, debería servir de enseñanza para comprender que no hay democracia sin soberanía popular ni independencia económica. Un legado a asumir por parte de los diferentes sectores políticos, sindicales y sociales del país. Una mayoría popular, expresada en las últimas elecciones, está dispuesta a hacerlo.

10) Alberto Fernández se autodenomina como el Presidente de la unidad de los argentinos, pero también dice que representamos a los que sufren y a los que se quedaron sin trabajo, que cuando nos dividimos, ellos se hacen fuerte. CFK, en ese escenario de liderazgos compartidos, le dijo: confíe en su pueblo, convóquelo para causas justas. Hará falta. Por lo pronto, este 10 de diciembre recuperamos la identidad colectiva, como pueblo, lo que alentará al presidente a las reformas más profundas.

jueves, 5 de diciembre de 2019

EL PAÑUELO, Por Horacio González


Un famoso escritor del siglo XIX francés declaró el temor ante la página en blanco. Se trataba de una forma festejable del miedo ante lo incógnito de lo que allí se podría escribir. Los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo significan lo opuesto y lo complementario de esa blancura. En los pañuelos de las Madres ya ha sido escrito todo. Si hay que sentir angustia, es por todo lo que allí está escrito, y que sin embargo no ofrece signos visibles de escritura que faciliten la interpretación. Como sabemos, pueden permitirnos leer un nombre, bordado con delicadeza. En letras azules que forman una insignia que nos es familiar por sus colores. Que finalmente, como se dice en el más famoso poema nacional, son los colores de una pena extraordinaria. Por eso el pañuelo desciende de una bandera que conocemos bien. Y cuando leemos un nombre, es un nombre embanderado, que sobre la cabeza maternal hace flamear su ausencia. Quizás una ráfaga inquieta de viento permite imaginar que esos nombres de muchachas y muchachos nos visitan para preguntarnos por ellos en nosotros. Es así que el color blanco, potencialidad de todos los demás colores, ha exigido en la Argentina la forma del pañuelo maternal, la señal propiciatoria de la imaginación política y el sentimiento de búsqueda inagotable del hijo que no está. ¿Qué se sabe de ese hijo? Se sabe todo y no se sabe nada, pues cuando se sabe todo aparece la imagen más sufriente, que se desearía apartar, y cuando no se sabe nada, aparece la figura de un dolor inconsolable, que también se intenta alejar. Por eso, el pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo es el nácar más brillante de la congoja argentina. Está dentro de la historia nacional y también la excede. Nos habla de las militancias juveniles más enfáticas, en singular y plural. Es el extenso palimpsesto donde leemos ahora las insignias de un pasado próximo y de lo que ocurre en las calles de Chile o de Bolivia. Y en toda Latinoamérica. Son imágenes fugaces, inscriptas en un tiempo dramático, que hoy nos siguen mirando. Imágenes movedizas, corriendo entre plomizos nubarrones. Muchas de ellas para decir que sabían demasiado de sus propias esperanzas y poco de los horrores que abrigaba silenciosamente el mundo que querían transformar. Todas esas esperanzas y todas esas incógnitas están escritas ahora fuera de cualquier alfabeto, en la superficie depurada del pañuelo. Incluso Hebe propuso en su momento que el pañuelo no contuviera los nombres desaparecidos, pues en el propio pañuelo ya estaba escrito el destino de esas vidas. En signos imborrables pero invisibles. En lo abstracto, como en las mejores filosofías de la historia, estaba lo más concreto. Por eso, como cada nombre es todos los nombres, Hebe propuso el gesto de des-individualizarlos. Todos estaban en cada uno y cada uno recibía en forma indivisible el todo. Cada nombre silencioso es un signo que aún espera ser descifrado. Si la hoja en blanco estremecía al escritor, el pañuelo en planco estremecía a las crueldades de la historia ya acontecida. El pañuelo blanco de las Madres no es una tela belicosa sino un lienzo cuya vecindad con rituales sacros nos dirige hacia el corazón de una resistencia activa contra todas las injusticias del mundo. Antes cité a un escritor como Mallarmé, tomando la página en blanco como un combate entre el silencio y la letra, el escollo y el nombre, la tipografía y la música. Todo esto lo podemos asociar al infinito vigor que conserva el pañuelo blanco de las madres. Pero ahora quisiera terminar invocando a otro autor, un argentino para el que parecería que su época ya ha pasado, y sin embargo, al releerlo siempre lo encontramos de pie. Se trata de Julio Cortázar. Hablaba de cuando del viento arrecia sobre las velas de una embarcación. Se podría considerar entonces que se genera allí un nudo vélico, pero vélico de velas, no de ofensa o agresividad. Un nudo vélico con v corta, esto es, el punto máximo de resistencia que en un punto específico oponían las velas al poderoso soplido entrecruzado de los vientos. El pañuelo de las Madres es ese punto de resistencia ante las inclemencias del viento de la historia. Donde todo parece desmoronarse. Pero esa vela sigue encendida. Es este pañuelo que sigue diciéndonos que un viento que puede ser destructivo, sin embargo, encuentra la intransigencia del propio pañuelo. Que así puede seguir navegando. Querida Hebe y Madres de Plaza de Mayo, este pañuelo de los ausentes obliga a redoblar nuestra presencia. Si navegar es preciso, vivir también es preciso y seguimos viviendo, resistiendo y navegando gracias a los torbellinos que le siguen dando vida a estas velas desveladas, a estos insomnes pañuelos.

Texto leído al recibir el Pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo.

martes, 26 de noviembre de 2019

PUDRIR LA SOCIEDAD, Por León Pomer(") para Vagos y Vagas Peronistas

                         

En famosa declaración, Thatcher afirmó que no había «eso que se llama sociedad, sino únicamente hombres y mujeres individuales»; seguidamente añadió: "y sus familias". Todas las formas de solidaridad social debían ceder frente a un feroz individualismo egoísta, del que se desprende un inevitable: “arreglá por ti mismo tus problemas, que son solo tuyos y nadie tiene por qué hacerse cargo de ellos. Lo que no podés arreglar, solucionar, siquiera mejorar, será tu exclusivo fracaso. A raíz de esta incapacidad, probablemente vivirás en la privación, te corroerán, a ti y a los tuyos, dolencias que no podrás curar, y por añadidura, tus hijos se “educarán” como animalitos de la calle, ya que carecerás de recursos para mandarlos a la escuela paga que no podrás pagar”.


La ideología representada por esa concepción-visión de mundo, un tanto pavorosa, convengamos, fue poderosamente vehiculada, y es entusiastamente llevada a la práctica allí donde el capitalismo encuentra, o logra crear las condiciones para instalarla. Es el neoliberalismo, que para la entonces primera ministra de la Gran Bretaña, «tenía por objetivo cambiar el alma», cambiar debilitando todos los lazos de solidaridad social que estorbaran a la flexibilidad competitiva, que implicaba aceptar un horrible destino preconcebido, resignarse y hocicar en el barro, la miseria y una casi segura marginación de la sociedad.


De modo que “cambiar el alma” era asumir mansamente el proyecto de Thatcher, aceptarlo como una ley de la vida y renunciar a ilusorios devaneos, deseos y ambiciones que alguna vez calentaron excesivamente la imaginación. Bajar la cabeza, trabajar en silencio, no pensar sandeces: cambiar el alma”, un programa de vida.

De este modelo, y los intereses que lo suscriben con entusiasmo, (expresivo del ideal capitalista de sociedad en su etapa actual), surge el macrismo en la Argentina. Lo estamos viviendo. Es hambrear, dividir, fragmentar, despreciar, subestimar, odiar, agrietar. Sobre todo, odiar. Para dominar hasta lo exhaustivo y exprimir hasta el tuétano, nada mejor que destruir la sociedad, pudrirla y pudrir su gente. La manera de lograrlo es multiplicar los individuos desesperados, y constreñirlos, por medio de adversidades deliberadamente creadas por el Poder a robar, matar, olvidar los lazos de solidaridad, de convivencia pacífica, y sobre todo olvidar exotismos tales como el respeto recíproco y el amor.

La violencia en las calles y el sentimiento de inseguridad constituyen una muestra de la desesperación y la carencia de alternativas que se ha apoderado de miles de argentinos, particularmente de aquellos que tienen por delante, se supone, o se suponía, una vida por construir. El odio, deliberada y sistemáticamente predicado y practicado por una derecha que encuentra en él un gran instrumento de fragmentación social, de amedrentamiento y de temor, ha sido embutido en el cuerpo de sectores sociales medios, cancelando en ellos las posibilidades de un pensamiento racional, sereno y reflexivo. El hambre y las angustias, la incertidumbre que corroe el alma de los más vulnerables, la indiferencia del poder hacia ellos, la acusación infamante: negarse al trabajo como modalidad de vida, provocar el caos en las calles, vivir de planes sociales, armar el espectáculo de las ollas populares, la calle como morada en lugar de la modesta vivienda alquilada que hubo que abandonar, son ejemplos del “bienestar” que el macrismo le está brindando a gran parte del pueblo argentino. El gran poder económico y la masa de clase media son intransigentes. No ceder. Cada grupo social en el lugar que le corresponde. Los miserables, en la miseria. Lo que comienza por ser políticas económicas se transfigura en terribles frustraciones que invaden los cuerpos, dictan conductas, sumen en la irreflexión o dictan conclusiones caprichosas, equivocadas, ridículas o signadas por el más extremo pesimismo. La desesperanza es una pésima consejera. Comienza por sugerir la absoluta inutilidad de las normas sociales que en la práctica dejan impunes los desafueros de los más poderosos y castigan inclementes a los más débiles.

El sistema propone (y trata de construir) un mundo guiado por la desesperación: una nada que perder y caso un algo que “ganar” ejerciendo la violencia se ofrece a jóvenes en quienes el sistema se ha particularmente ensañado; jóvenes que fueron niños hambrientos, desnutridos, hijos de padres desesperados que lidiaron toda su vida con la escasez y el desempleo, con la vivienda infecta y la policía brava que mata por mera portación de cara. 

Las políticas que alegremente destruyen los lazos sociales, que inducen al total descreimiento y al escepticismo mayúsculo, características de los días actuales, son las adoptadas por las clases dominantes para dominar a su gusto y paladar. Tienen como antecedente y fundamento el feroz individualismo egoísta inherente a la relación básica del capitalismo, acompañada por la impresionante indiferencia frente al sufrimiento de enormes mayorías de seres reducidos a una suerte de subhumanidad.

Las clases dominantes locales nunca fueron benignas con el pueblo. No vacilaron en masacrarlo toda vez que creyeron necesario darle una lección. Pero ahora creyeron llegada la ocasión definitiva para exterminar en el toda veleidad tan desatinada y caprichosa como comer convenientemente, acceder a un buen centro de salud acogedor y gratuito, tener franqueadas las puertas de todos los niveles de la enseñanza, hacer del vivir una elemental dignidad. Las clases dominantes y gran parte de sus clientelas medias apoyaron la dictadura y apoyan a Macri, pese a que el desastre económico por este provocado afecta a no pocos de sus integrantes, incluso algunos de los más conspicuos. El odio hacia los de abajo es más fuerte que su interés material. No soporta que los de abajo suban un par de escalones, que se den algunos gustos. Temen que les hablen de igual a igual. Que lo enfrenten con la frente alta. Su sueño dorado sigue siendo la “reforma” laboral, si posible, la esclavitud. La sola idea de un futuro gobierno capaz de retornar a un capitalismo “bueno” los enardece. Eso es populismo, o sea dar alas a los pobres, repartir riqueza de manera más equitativa, evitar el hambre, cercenar el desempleo. Usaron la palabra, la usan pervirtiendo su significado: populismo igual a abominable, tenebroso. No se resignan a no seguir siendo poder dominante. Quieren ser la única voluntad que cuenta. El capitalismo “bueno” de Cristina es un denigrante populismo, o algo como un izquierdismo rabioso: le da a los miserables lo necesario para dejar de serlo. Insoportable. La gigantesca brecha existente debe ser mantenida, acrecentada, profundizada. Los miserables no deben hacerse ilusiones. Inadmisible que las tengan. Deben continuar en el mundo de la miseria, en las villas infectas, en la ausencia de educación y salud. Curiosamente, evocan el Caliban de La Tempestad. 

Signado el país por el macrismo, este, su sistema y su cohorte mafiosa le han inferido graves heridas. No solo hablo de las económicas, de las instituciones destruidas, del desamor por la patria; hablo de cerebros, de sentimientos, de sensibilidades, de moral quebrantada, de descreimiento, de creernos un país sin arreglo. Suele hablarse de batalla cultural. Me permito creer que la batalla es no solo por la cultura, sino por el entero ser humano argentino. La prédica de la derecha ha creado una complaciente estructura humana inaccesible a las razones y los sentimientos que creíamos inherentes a lo humano. Puede que exgere. Puede que no sean todos. Pero el 40% de votantes corroboraron a Macri. Impresionante. No vieron la catástrofe. Y si la vieron no los molestó demasiado. Fueron indiferentes al hambre. Lo siguen siendo. No parecen haber cambiado. No pocos creen que el hambre es el invento de una oposición artera y mentirosa. La prédica miserable del Poder ha sido parcialmente efectiva. Haber derrotado al pensamiento lógico es un gran triunfo. Haber instalado la indiferencia frente a los que sufren, lo es. Este es el desafío. ¿Estaremos a la altura del mismo?

(") Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.