jueves, 4 de agosto de 2016

EL TRIUNFO DE MACRI ES HAMBRE Y MISERIA PARA LAS MAYORÍAS, Por Norberto Galasso (Fuente: Señales Populares -Junio/Julio de 2016-)

Norberto Galasso, hombre de la izquierda nacional


Galasso, al editorializar en el periódico “Señales Populares”, brinda su aporte a la resistencia, reinvindicando la “Cuestión Nacional”, poniendo como eje opositor al gobierno “de los privilegiados y del imperio –inclusive cargado de odio de clase”-, a los trabajadores, que se manifestaron el 29 de Abril, y deben organizarse, pues si al gobierno de Macri “le va bien”, “los trabajadores sufrirán las consecuencias porque ese plan es uno sólo: Crear condiciones de desocupación para que se debilite la fuerza de los trabajadores e imponer así, una baja del salario real. Sus economistas lo han dicho muchas veces: el salario real en la Argentina era años atrás el más alto de América Latina. Su reducción es el objetivo de las minorías locales y del interés externo para hacer negocios en el mercado mundial con artículos a bajo costo, como asimismo negocios financieros. Si eso les saliera bien, sería el triunfo del gobierno de Macri y el hundimiento en la miseria y el hambre de las mayorías argentinas.”(vp)

El triunfo de Macri es hambre y miseria para las mayorías


Quienes publicamos el perió- dico “Señales Populares” provenimos de la Izquierda Nacional, del peronismo y de agrupaciones y/o militantes independientes que han entendido la cuestión nacional. No pretendemos ser vanguardia, ni conductores ideológicos de las amplias bases populares de la Argentina, sino modestamente aportadores de algunas convicciones que han nacido como resultados de lecturas, debates y compromisos activos en las distintas batallas que ellas han mantenido por su liberación. Por eso no queremos acallar nuestra voz ante los graves acontecimientos que vivimos. Por eso queremos señalar con absoluta claridad y contundencia aquello que se susurra en algunos corrillos del peronismo y flota como duda que se va arraigando cada vez con más fuerza en lo íntimo de los trabajadores. Posición que nos lleva a condenar conciliaciones espurias y declaraciones como: “Queremos que al gobierno le vaya bien porque así le irá bien al país”, “queremos que el gobierno rectifique sus errores”, “esperamos que, en el segundo semestre, las cosas cambien para bien de los trabajadores”, “no estamos contra el gobierno de Macri, sino contra su política”. Preferimos, en cambio, definir al gobierno de Macri como el gobierno de los privilegiados y el imperio –inclusive cargado de odio de clase– por lo cual si cumple sus objetivos, serán muy graves las consecuencias para los trabajadores y el resto del pueblo argentino. Continuamos así una larga trayectoria de acompañamiento a la clase trabajadora y a los sectores populares en general, que nos ha llevado a reivindicar al yrigoyenismo, al peronismo y al kirchnerismo como los movimientos más importantes en la lucha por una Argentina mejor, más allá de sus defecciones, q u e fueron muchas y que los mejores militantes reconocen en las conversaciones íntimas (esta es la posición por la cual la izquierda abstracta -que reduce todo al enfrentamiento burgueses-proletarios- nos ha criticado y nos critica aún hoy). Desde esa posición decimos que el enemigo principal es la asociación entre las clases poderosas de la Argentina (la vieja oligarquía terrateniente en declinación y la nueva burguesía trasnacionalizada) con el imperialismo norteamericano y las multinacionales europeas que lo acompañan. Contra ese establishment, resguardado por los monopolios mediá- ticos, han sido y son nuestras definiciones. Decimos también que esa oligarquía ha recibido y recibe el apoyo de los sectores de clase media alta (abogados, economistas, contadores, intelectuales, periodistas, etc.) que usufructúan las migajas del festín semicolonial. Asimismo, señalamos que el resto importante de la clase media –generalmente apolíticos, indiferentes, ingenuos, egoístas, en fin, “colonizados mentalmente”, como diría Jauretche- no son los enemigos principales sino que debemos entenderlos y convencerlos, ayudarlos en los análisis para que comprendan de una buena vez que no pueden ser masa de maniobra de los mismos que día a día los esquilman en los supermercados y los engañan por la red televisiva y el resto de los medios de difusión. Años atrás, con la mejor intención, Fito Páez dijo en una carta abierta que le provocaban “asco”. Nosotros le contestamos que nos provocaban “pena” y ganas de ayudarlos a salir de la opresión intelectual en que están sumidos. Por todas estas razones, decimos que la clase trabajadora –que se hizo presente el 29 de abril último en las calles- es la única que está en condiciones de impedir el nuevo coloniaje que se está implantando, que una vez más -como el 17 de octubre- es allí donde no puede haber cómplices respecto a los explotadores, aunque puedan existir algunos dirigentes gremiales vacilantes que están lejos de cumplir su verdadero rol. De allí la necesidad que ella se organice, arrase con algunos conciliadores y se ponga a la cabeza del resto de la sociedad expoliada. Desde nuestra posición, reivindicamos la política del peronismo histórico –¿qué otra organización fue capaz de controlar las divisas, monopolizando el comercio exterior y estatizando los depósitos bancarios y concretando, al mismo tiempo, avances sociales notables?-. La izquierda abstracta nos ha imputado haber apoyado al capitalismo… ¿Qué duda cabe si Néstor apenas llegó al gobierno preguntando dónde estaba la burguesía nacional y Cristina, en uno de sus últimos discursos, señaló “queremos impulsar un capitalismo nacional”? Pero parece que aún no está claro que si la opción que se presentaba era entre la burguesía trasnacionalizada (Macri, Techint, Aluar, Bulgheroni, etc.), por un lado, y grupos empresarios interesados en el mercado interno, por otro, había que apoyar a estos últimos porque ello aseguraba empleo e ingresos a los trabajadores y desde allí, partir hacia avances más profundos. La burguesía trasnacionalizada concilia con el imperialismo porque su punto clave son los salarios bajos para explotar a los trabajadores más allá todavía que la explotación normal que opera el capitalismo. La otra -a veces, algo nacional, otras veces representada por el Estado en manos bonapartistas o de la pequeña burguesía- sabiendo que la venta de sus productos sólo se asegura en el mercado interno, acepta mayores salarios, traba el ingreso de productos extranjeros favoreciendo así el empleo y pudo conformar la llamada ‘comunidad organizada’, es decir, se coloca en un frente nacional no conducido por los trabajadores, pero que resulta históricamente progresivo. Recuerdo que en una de las últimas conversaciones con Germán Abdala, me decía: “¿Con quién podremos hacer ahora la ‘comunidad organizada’? ¿Con Pérez Companc acaso?” No abandonaba por eso su sentimiento peronista, pero lo hacía avanzar en función de la nueva situación. ¿No lo habían dicho acaso Cooke, Hernández Arregui, Amado Olmos y el mismo Jauretche, quien sostenía que estaba en los jóvenes el camino de los setenta, advirtiendo que ese “Socialismo Nacional” debía ser necesariamente nacional y no reflejo o copia del de otros paí- ses, reiterando lo sostenido por Perón en 1968. Hoy los dirigentes polí- ticos o gremiales no deben confundir a los trabajadores con que si Macri cumple sus objetivos, mejor será para el país y para todos. Hay que decirlo en voz alta: si Macri logra completar su proyecto -“si le va bien”- los trabajadores sufrirán las consecuencias porque ese plan es uno sólo: Crear condiciones de desocupación para que se debilite la fuerza de los trabajadores e imponer así, una baja del salario real. Sus economistas lo han dicho muchas veces: el salario real en la Argentina era años atrás el más alto de América Latina. Su reducción es el objetivo de las minorías locales y del interés externo para hacer negocios en el mercado mundial con artículos a bajo costo, como asimismo negocios financieros. Si eso les saliera bien, sería el triunfo del gobierno de Macri y el hundimiento en la miseria y el hambre de las mayorías argentinas. Por eso, decimos, sin vacilación: hay que oponerse totalmente a este proyecto colonizador que nos llevó a la explosión del 2001 cuando los servidores del imperialismo quisieron llevarlo hasta sus últimas consecuencias de endeudamiento externo y hambreamiento interno. Este modesto periódico –que tiene el honor de de cubrir sus gastos con avisos de sindicatos y de dos PYMES del área cultural– acompañó y acompañará a la clase trabajadora en esa lucha contra el nuevo coloniaje y conjuntamente desde nuestra Corriente Política “Enrique S. Discépolo”, nos juntaremos con todos aquellos que persigan el mismo propó- sito. Estuvimos y estamos en el frente antiimperialista y revolucionario (llámese Frente ciudadano, Frente nacional o como se quiera), con perfil propio, sin los “panqueques” y traidores de siempre, sin sectarismos subalternos, sin ortodoxias anacrónicas, respetando, por supuesto, los sentimientos que provengan de otras experiencias de lucha popular, en el camino del triunfo popular que es la liberación nacional y social, la Patria Grande liberada e igualitaria y “el hombre Nuevo”. Desde nuestra posición, reivindicamos la política del peronismo histórico, ¿qué otra organización fue capaz de controlar las divisas, monopolizando el comercio exterior y estatizando los depósitos bancarios y concretando, al mismo tiempo, avances sociales notables? 

Norberto galasso 
 Señales Populares

martes, 2 de agosto de 2016

EL COEFICIENTE BARAÑAO, Por Horacio González (Fuente: La Tecl@ Eñe, Revista Digital de Cultura y Política)




González sacude los casilleros firmes de la objetividad científica, y de los científicos, al proponer ironicamente un “coeficiente Barañao”, patrón que sirve para calcular la propia complejidad del problema de la objetividad de las ciencias duras y sociales, pues aquellas siempre rinden pleitesía a su propio simulacro metodológico, y escapan, o quieren escapar,  inútilmente a la eticidad y el compromiso, como valores ajenos a su cometido causal, y siempre, o casi siempre, terminan reguladas “por las formas más vacuas de la racionalidad empresarial, formal y compulsiva, hoy imperantes” –dice-. El derecho, y los abogados, conocen mucho del tema, y es fuente de división entre “los profesionales”, y “justicia legítima”, en los ámbitos judiciales, y de positivistas e iusnaturalistas, o iusfilósofos en el campo de la filosofía del derecho. Desde los vagos peronistas elegimos ese matiz, para puntualizar, el rico texto “gonzaleano”, porque sigue siendo pieza de debate, en cuanto encuentro filosófico, jurídico, científico social, o científico duro, se realice aquí, o acullá. Quienes pasan por alto esta problemática e intentan discursos monolíticos puros: caen siempre de rodillas ante la racionalidad de la eficiencia y el rendimiento, deudora permanente del orden constituido.


Horacio González



El coeficiente Barañao



Por Horacio González*

(para La Tecl@ Eñe)



No, no poseo ninguna teoría científica con ese nombre, ni voy a exponer una peripecia singular para fundar una nueva norma del saber. El coeficiente Barañao parece un concepto, un factor posible para elaborar ciertas hipótesis académicas, pero es el nombre de un ministro, que nos sirve apenas para tratar un caso, un simple caso que atañe a las biografías políticas. Se trata de la persona que puede ser ministro en dos gobiernos notoriamente diferentes, e introduce con ello un elemento extraño en el nuevo cuerpo que integra y retrospectivamente, introduce similar extrañeza en el cuerpo político que notoriamente integró. El problema parece simple, pero encierra gran complejidad, como suele ocurrir con las cosas simples. Según se supo, Barañao le anunció a la Presidenta Cristina Kirchner que el Presidente entrante, Mauricio Macri, le había ofrecido continuar en la cartera de Ciencia. Barañao mismo, al parecer, formuló el tema en términos de si podía considerarse avalado para aceptar dicho convite. La respuesta de la Presidenta habría sido afirmativa. Por lo tanto, Barañao asistió tranquilo como antiguo-nuevo ministro –el único en esa condición- a los primeros actos del nuevo gobierno donde se criticaba la etapa anterior con la extorsiva noción de pesada herencia. ¿Él formaba parte de ella? Lo enfocaban cámaras de televisión cuando Macri discurseaba sobre este asunto, y su rostro era impasible. No, no formaba parte, pero era incómodo que fuera sospechado de ello, pues aún estaba vigente el “aval” de la gobernante saliente. Inexistente aval, por otra parte. ¿No le veía los ojos en llamas a la Presidenta mientras con su habitual sonrisa asentía con la cabeza? Cero en política. Pero en materia de ciencia él debería hacerse, de seguro, estas preguntas, ¿No es acaso la ciencia el bien más neutral de las sociedades, sus artificio menos vulnerable a los sesgos interpretativos que se forjan al calor de las pasiones políticas? ¿No estamos aquí ante el ámbito más protegido por el progreso de la objetividad del conocimiento, especialidad que los arrebatos políticos suelen desconocer? Hasta que poco a poco, Barañao comenzó a prescindir de la idea de una ciencia siempre encima de las facciones que agrietan una sociedad, suprema mater et magistra de las conciencias por encima de los gobiernos que pueden diferir entre sí pero dejan bajo celofanes incontaminados al gestor científico. Entonces, inició no sin cautela, la larga marcha donde emergían declaraciones sobre las comodidades del actual trabajo en el gobierno, el mayor respeto imperante hacia sus tareas, la falta de orden en el período anterior y el trabajo en equipo, obviamente característico de la nueva etapa. Todo es muy comprensible. Era fácilmente conjeturable que el sector científico, tradicionalmente, solía postular una necesaria e inobjetable despreocupación por las coyunturas políticas. ¿La Campana de Gauss no tiene el mismo valor durante el reinado de los Luises que con la Revolución de la Bastilla? ¿La ley de gravedad no tenía la misma vigencia durante el Yrigoyenismo que en el golpe de Uriburu? ¿El binomio de Newton no significaba lo mismo antes de 1955 que después de ese año?



Naturalmente estas preguntas son falaciosas, pues aunque es verdad que las verdades matemáticas son ininterpretables por la historia, también es cierto que tienen varias formas de historicidad. Dicho bruscamente, no es lo mismo la ciencia que el ministro de ciencia, y no es lo mismo la clase de ciencia bio-tecnológica de cuño economicista que él practica, que una ciencia con intereses emancipatorios, que él ignora, al punto de cometer el tremendo y doble error inicial de llamarlas “formas de la teología”, despreciando al mismo tiempo al sentido profundo de la ciencia y a la compleja relación de éstas con la teología a lo largo de toda la historia humana, hasta hoy. Ahora bien, como el “coeficiente Barañao” es muy alto en Barañao, -esa es una lógica comprobación de nuestra repentina ciencia nominalista-, se demostró que hay en la persona llamada Barañao, como bajo ciertas condiciones podría haber en la ciencia, un núcleo de procedimientos y convicciones tan volátiles que lejos de demostrar la continuidad entre gobiernos demuestra la discontinuidad de una biografía. Pero no abandonemos tan rápidamente este primer tema. Las así llamadas políticas científicas del kirchnerismo lindaron muchas veces con el cientificismo, con el divulgacionismo popular y con el soberanismo de las altas tecnologías comunicacionales, en medio de un entusiasmo generalizado por un resurgimiento de intereses científicos de alta calidad teórico-práctica. El nuevo gobierno ha desfinanciado, en primer lugar, al sector científico tecnológico, pero si tiene alguna opción al respecto, es aún un cientificismo mucho más exaltado (pues el propio ministro se encuentra ahora más cómodo en esta posición) y ha convertido a Tecnópolis en una sede “sponsoreada” por grandes empresas privadas totalmente alejadas de la idea inicial de rememorar el itinerario histórico de las tecnologías nacionales y la memoria social de la ciencia en el país, y en el interior de esos temas, aunque vagamente, rondaban los nombres de Varsavsky, Jorge Sábato y Amílcar Herrera. Hoy, en consonancia con la disolución del interés histórico por parte de las instituciones públicas, no hay reflexión sobre la relación de la ciencia con la política (es decir, con las éticas públicas) y peligran los proyectos autonomistas frente a una ciencia enlatada, reprimida en sus laboratorios creativos e impulsada a resguardarse en actos tributarios de estructuras científicas cerradas en el mundo de la globalización. Peligra también Tecnópolis, que a pesar de su nombre de fantasía, elevaba cada vez más sus apuestas a la fusión entre el interés científico masivo, la feria cultural y el parque de atracciones, siempre ligado, en tanto juego, a su remota compañera, la investigación científica libre.



Trotsky - Jean-Luc Almond


Con todo, no se agota aquí la cuestión del “coeficiente Barañao” y el grado con que es admitido en su conciencia por diversas personas. El actual gobierno exhibe una palabra con estatuto de talismán en su lenguaje: pluralismo. Primero la convirtió en sinónimo de república, democracia y tolerancia. Ahora ya es un instrumento primorosamente discriminador, que busca personas que manifiesten su disidencia en el mismo acto en que están dispuestas a ser adoptadas por sus valederos conocimientos y –como suele decirse ahora- expertises. Este es un drama conocido, que tiene rebordes laborales, sentimentales y algunas veces trágicos. Por lo menos, en la historia intelectual del siglo XX, puede recordarse el caso de Lukács, que tiene que retractarse de sus posiciones teóricas de los años 20 cuando sobrevienen fuertes virajes políticos en la Unión Soviética, y 40 años después dice que lo había hecho para adquirir el billete de entrada a la nueva época, resignando valores superiores en nombre de valores posibles, pero a un fuerte costo personal, por lo cual sus explícitas autocríticas merced a las cuales le permiten republicar sus primeras obras, parecen mucho más indirectas reafirmaciones que sinceras revocaciones. No es lo mismo en el caso de Barañao (no sólo por razones de estilo intelectual abismalmente diferentes) pues el ministro pone en juego un ideal científico que imagina ver en una perfecta continuidad a pesar del hiato político, e incluso ver mejorado el horizonte profesional-científico bajo la actual economía de exaltación oligárquico-corporativo-privatista. ¿Le conviene pues a esta ciencia el administrativismo de una razón vasalla, con salvajes maniobras desculturizantes y represión que atemoriza con ficciones jurídicas propia de instituciones correccionales y sádicas?



Barañao dio varios pasos sucesivos en su tragicomedia. El aval, el perdón, el arrepentimiento, la sumisión. No quería teología. Y ahí está protagonizando la suya, en el más inferior de los niveles que teología alguna haya imaginado. Pero el tema del “coeficiente Barañao es el “H2O” de una sector importante de nuestra actualidad. Todos los que tenemos distintos grados de compromisos políticos, intelectuales o artísticos, debimos elegir. Más aun los que tuvimos distintos horizontes de responsabilidad en el período anterior, con el agregado que muchos expresamos no pocas veces variados sentimientos críticos hacia el gobierno que nos incluía. Y esa elección, abarca, en primer lugar comprender razones laborales de muchas personas, con sus diversas actitudes ante las fuentes de donde emanan políticas culturales cognoscitivas o científicas, a su vez asociadas a posibilidades profesionales. Es totalmente comprensible la aceptación de heterogéneas formas de continuidad o incluso de reemplazo, siempre que no encubran medidas odiosas de prescindencia brusca y cruel del personal anterior. Se practiquen en ese ámbito o no se practiquen formas de resistencia hacia los nuevos estilos de dominio –vinculados a la racionalidad con estilo de celadurías (molinetes de entrada en los trabajos, amenazas judiciales generalmente estrambóticas, aun algunas que tienen bases admisibles, pero que a cada paso dejan una señal de arbitrariedad en el modo en que las arropan multi-imágenes tremendistas). La resistencia no es una política orgánica, ni es adecuado afirmar que hay intelectuales así llamados. Hay sí situaciones intelectuales y gritos de desacople que ayudan a denunciar la falaz sandwichera de cristal del pluralismo, hipóstasis de un republicanismo que ya ha pasado a mejor vida. Pluralismo es el nombre de una técnica de tentaciones para comprar el “billete de pasaje”, que se refuerza cuando el pase incluye la presumida libertad de mostrarse en desacuerdo con el precinto al que se lo invita. Pero como los casos son muchos y se acrecentarán en el futuro, también es posible decir que ninguno de esos desacuerdos “in partibus infidelium” deben ser desvalorizados, teniendo en cuenta también que las tajantes negativas a participar en los actos de la Biblioteca Nacional –ejemplo que me es caro- son libres decisiones de dignidad última –como la negativa del filósofo y poeta Oscar del Barco-, que no obstante, no es ni debe ser el sitial de juzgamiento de nadie que no asuma esa misma actitud por considerar que todo espacio público es de por sí un llamado igualitario a la participación, con las artes y oficios de cada uno. No obstante, tampoco esta discusión se cierra aquí, pues recién empieza. ¿Qué es un espacio público en relación al gobierno que lo gestiona? ¿Qué políticas y valores culturales pone en juego ese gobierno en tal lugar? ¿Hay que ir al Centro Cutural Kirchner? ¿De ir, debe decirse algo sobre la historia del lugar o sobre la situación política general? ¿O, con otra pregunta no menos crucial, hay que sostener en todo lugar la forma eximia de un arte, en la medida en que hoy sabemos de Goethe sin importarnos qué hizo en la Corte Prusiana alemán, o nos importa Ameghino, sin importarnos el presidente argentino que le financiaba sus libros o a qué figura política, notoria entonces, y olvidada hoy, se los dedicaba?



La pregunta final es qué grado de objetividad, forma de la conciencia pública flotante pero real, admite cada momento de la historia para practicar sobre ella sus divergencias. El “coeficiente Barañao”, ecuación hoy bastante abundante, ve la continuidad de lo que era antes y de lo que surge hoy, y por lo bajo declara su arrepentimiento por lo primero y su incondicionalidad por lo segundo. Complejidad de una conciencia científica, cuya confusa dualidad debería no hacerlo reír de las teologías. Pero es porque es complejo el asunto. Al macrismo, aunque le molesten los nombres, toma vastos y enteros, los aparatos y experiencias del gobierno anterior, renegando ante su pila bautismal y expropiando sus materiales, aplastando su memoria, pero teniendo para sí una sigilosa actitud de “desherencia”, como llegó a decir Macedonio, aunque al revés del macrismo, para festejar el hecho. Esto no es sólo astucia del que llegó pateando la orfebrería del bazar, sino porque el bazar anterior contenía algunos indicios de lo que luego, desplegados, fue adquiriendo su nombre verdadero, el nombre que ya sabemos. Problema conocido, incluso meditado por grandes figuras como Trotsky, que como en general pensaban los hombres de su estatura política, hablaba no sólo que proseguir bajo un nuevo régimen los desarrollos técnicos de los capitalistas, sin duda con cambio de relaciones sociales, pero no sin apelar a los especialistas del pasado para suplir lo que aún no surgía de destreza técnica en los “hombres nuevos”. En escala de la historia de la humanidad, éste fue y sigue siendo un problema. Nosotros podemos estudiarlo, en nuestros mundos laterales, pensado en qué medida se eleva o se restringe el mentado “coeficiente Barañao”, teniendo en cuenta la especificidad de cada caso. Un bajo coeficiente Barañao nos alegraría para la “ciencia argentina”. Pero es un tema que nos proyecta lejos, hacia las éticas intimistas y las necesidades laborales. Un alto coeficiente Barañao seguiría significando que reina una clase especial de miedo, como “grado cero” de un estado coercitivo con su máscara carnavalesca de pluralidad. Y una falsa idea de lo que es la objetividad. No es, como se quiso en la época anterior, tan solo una construcción de tipo decisionista, rastreando como quería Carl Schmitt el concepto de “comisión”. Pero por las mismas razones, no puede haber una objetividad cuyo coeficiente esté regulado por las formas más vacuas de la racionalidad empresarial, formal y compulsiva, hoy imperantes.



Buenos Aires, 1 de agosto de 2016



*Sociólogo, ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional

lunes, 1 de agosto de 2016

REVOLUCIONES SILENCIOSAS: LA CONVIVIALIDAD, por Leonardo Boff (Fuente: http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=782, 29/07/16)

Leonardo Boff, teólogo de la liberación




Revoluciones silenciosas: la convivialidad, por Leonardo Boff
2016-07-29

A partir de "
La convivialidad como concepto" que  "fue puesta en circulación por Ivan Illich (1926-2002) con su libro La convivialidad (1975)", Boff nos recuerda: "Illich fue uno de los grandes pensadores proféticos del siglo XX. Austriaco, vivió gran parte de su vida en las dos Américas. Para él la convivialidad consiste en la capacidad de hacer convivir las dimensiones de producción y de cuidado; de efectividad y de compasión; de modelado de los productos y de creatividad; de libertad y de fantasía; de equilibrio multidimensional y de complejidad social: todo para reforzar el sentido de pertenencia universal".
 
Con la caída del muro de Berlín en 1989 y el socialismo que hacía el contrapunto (independientemente de sus graves errores internos), el capitalismo terminó ocupando todos los espacios en la economía y en la política. Con la llegada al poder de Margaret Thatcher en Inglaterra y de Ronald Reagan en Estados Unidos, la lógica capitalista adquirió libre curso: liberalización completa de los mercados con ruptura de todos los controles, introducción del estado mínimo, de las privatizaciones y de la competencia sin fronteras.

La llamada “mundialización feliz” no fue tan feliz.

El premio Nobel de economía, Joseph Stigliz, pudo escribir en 2011: «solamente el 1% de los más ricos hacen funcionar la economía y todo el planeta en función de sus intereses» (“Of the 1% by 1%” en Vanity Fair, mayo 2011). En razón de esto, uno de los mayores multimillonarios, el especulador Warren Buffet se vanagloriaba: «sí, la lucha de clases existe, pero mi clase, la de los ricos, es la que dirige la lucha y la estamos ganando» (Entrevista en la CNN de 2005).

Sólo que todos esos adinerados nunca incluyeron en sus cálculos el factor ecológico, considerando los límites de los bienes y servicios naturales como externalidades despreciables. Esto ocurre también en los debates económicos en nuestro país, retrasado en esta cuestión, con excepción de algunos pocos como L. Dowbor.

Al lado de la hegemonía mundial del sistema del capital, crecen por todas partes revoluciones silenciosas. Son grupos de base, científicos y otros con sentido ecológico que están ensayando alternativas a este tipo de habitar el planeta Tierra. De continuar estresando sin piedad a la Tierra, esta podría cambiar y provocar un desequilibrio capaz de destruir gran parte de nuestra civilización.

En un contexto así de dramático surgió un movimiento llamado “Los convivialistas” que reúne por ahora a más de 3200 personas de todo el mundo (véase www.lesconvivialistes.org). Buscan vivir juntos (de ahí convivialidad), cuidando unos de otros y de la naturaleza, no negando los conflictos, sino haciendo de ellos factores de dinamismo y de creatividad. Es la política del gana-gana.

Cuatro principios sustentan el proyecto: el principio de la común humanidad. Con todas nuestras diferencias, formamos una única humanidad, a mantener unida.

El principio de la común socialidad: el ser humano es social y vive en varios tipos de sociedades, que deben ser respetadas en sus diferencias.

El principio de individuación: aunque siendo social, cada cual tiene derecho a afirmar su individualidad y singularidad, sin perjudicar a los demás.

El principio de la oposición ordenada y creadora: los diferentes pueden oponerse legítimamente, pero teniendo siempre cuidado de no hacer de la diferencia una desigualdad.

Estos principios implican consecuencias éticas, políticas, económicas y ecológicas que no cabe detallar aquí.

Lo importante es empezar: a partir de abajo, con el bio-regionalismo, con las pequeñas unidades de producción orgánica, con la generación de energía a partir de los desperdicios, con sentido de autolimitación y de justa medida, viviendo un consumo frugal y compartido entre todos. Las revoluciones silenciosas están acumulando energía para, en un momento determinado de la historia, poder hacer la gran transformación.

Hoy es importante acentuar la convivialidad porque actualmente hay muchos que ya no quieren vivir juntos.

La convivialidad como concepto fue puesta en circulación por Ivan Illich (1926-2002) con su libro La convivialidad (1975). Illich fue uno de los grandes pensadores proféticos del siglo XX. Austriaco, vivió gran parte de su vida en las dos Américas. Para él la convivialidad consiste en la capacidad de hacer convivir las dimensiones de producción y de cuidado; de efectividad y de compasión; de modelado de los productos y de creatividad; de libertad y de fantasía; de equilibrio multidimensional y de complejidad social: todo para reforzar el sentido de pertenencia universal.

La convivialidad pretende ser también una respuesta adecuada a la crisis ecológica. Ella puede evitar un real crush planetario.

Habrá un nuevo pacto natural con la Tierra y social entre los pueblos. El primer párrafo del nuevo pacto será el sagrado principio de la autolimitación y de la justa medida; después, el cuidado esencial de todo lo que existe y vive, la gentileza con los humanos y el respeto a la Madre Tierra.

Es posible organizar una sociedad buena, una Tierra de la buena-esperanza (Sachs y Dowbor) en la cual las personas prefieren cooperar y compartir en vez de competir y acumular ilimitadamente.





Leonardo Boff