miércoles, 3 de febrero de 2016

Venezuela: La Batalla Final, por Heinz Dieterich






Heinz Dieterich


Venezuela: La Batalla Final

Por: Heinz Dieterich |

1. Los Decisores de la Transición

El choque entre el jacobinismo verbal del gobierno y el proyecto de dominación encriptado de la oposición, induce a pensar que existe un caos político en Venezuela. El "pacto de Estado" y los parámetros sistémicos demuestran que esa idea es falsa: Maduro y Cabello han logrado exitosamente suicidar a la V República. El nuevo bipartidismo monopolizador de la renta petrólera está en ciernes. La Patria fue violada o, en palabras del Gran Alí Primera, "manoseada" 259.000 millones de veces por los corruptos de ambos lados. El pueblo --desinformado, desorganizado y desarmado-- no tendrá mayor influencia en el "pacto de Estado", que es un proceso de transición cupular y restaurador. El resultado final del proceso de transición será determinado por los militares y la geoeconomía mundial. Ante ambos atractores, la MUD y la Troyka son operadores de segunda clase en un polígono de transición definido por fuerzas superiores. Esto no quiere decir, que en su torpeza y desmesura irracional (hybris) no puedan transgredir los límites de lo politico ---el arte de lo posible--- desatando los jinetes apocalípticos de Maidan.

2. Padrino López, Raúl Baduel y Mao-Tse Dong

Cuando el General Raúl Baduel rechazó el golpe de Estado de la oligarquía en el 2002, definió las reglas institucionales de transición de la corrupta y bipartidista IV. República a la V. República del Bolivarianismo. Todo dentro de la Constitución, nada por fuera, fue el mensaje del General y de los militares patrióticos que lo secundaron, así como de la mayoría del pueblo. Fue el jaque mate al dominio de la Vieja Clase Política, que abrió las puertas hacia una transición socialdemócrata progresista. Trece años después de esta acción normativa, el General Vladimir Padrino López determinó con la mísma máxima las reglas institucionales de transición de la corrupta e ineficiente V. República "bolivariana" a la VI. Abrió las puertas a la transición restauradora, pero evitó, por ahora, una guerra civil que sólo beneficiaría a Washington y la oligarquía. Confirmó, una vez más, el inmortal dictum de Mao Tse Dong, que el poder político nace de los cañones de los fusiles.

3. Padrino López y Capriles: el Centro Político

Con la decisión del jefe de la FANB (Padrino López) y su endosamiento público --"pacto de Estado"-- por parte de la oposición (H. Escarrá), el polígono de planeación de la transición quedó definido en su normatividad política. Nuevamente, la decisión cuenta con el apoyo de la mayoría del pueblo. Pero, esta vez sella el destino de la Nueva Clase Política ("bolivariana"). Ante el estupor del gobierno Maduro-Cabello, que entra ahora en su cuarto año, la fracción militar dominante decidió marginar a los yihadistas venezolanos de ambos lados del espectro político: Maduro/Cabello del lado gubernamental, los "salidistas" del lado oligárquico. La decisión resulta del eterno horror de los militares: la pérdida del "orden". Si elstatus quo puede evitar la explosición social que convierte el orden en caos, queda por verse.

4. "En puertas de una catástrofe"

Los parámetros económico-sociales de la transición son determinados por la situación mundial del petróleo. Eulogio del Pino, Ministro de Minería y Petróleo, lo expresó con claridad: Por los bajos precios del petróleo, se ha ocupado el 90 por ciento de la capacidad del almacenamiento mundial. De continuar esta tendencia, se llegará al 100 por ciento durante el primer trimestre del 2016. "Cuando eso pase, pudiéramos estar en puertas de una catástrofe" (18.12.15). Efectivamente: con la caída del PIB del 10%, la inflación de 180%, el déficit fiscal de dos dígitos, las reservas internacionales "derritiéndose" y los preceptos deVoodoo-Economics imperando en la troika, el término exacto para describir la situación es "catástrofe".

5. Jacobinismo jurásico

En esta situación estructural, la salvación del país no es posible con los anacrónicos sueños jacobinos de "más revolución" y el fetiche propagandístico de la "guerra económica". Ambos solo muestran la incultura histórica y las limitaciones de la propaganda rasputinesca de los que conducen en lo nacional e internacional al PSUV. Aplicar el jacobinismo después del Termidor ---es decir, querer ejecutar la revolución cuando la contrarrevolución ya ha triunfado--- es una ridiculez histórica. Cuando existía el poder para ser jacobino, ni Hugo Chávez ni los actuales líderes lo emplearon. Congelaron al único jacobino de la revolución, al General Muller, y huyeron --como el diablo del agua bendita-- del único paradigma estratégico científico-político disponible para convertirse en referente mundial del Siglo 21: la simbiosis del desarrollismo criollo con el Socialismo del Siglo 21.

6. Economía justa del Siglo 21

Teniendo a los arquitectos del desarrollismo criollo posible en la vecindad (Correa, Evo, Lula), prefirieron traer asesores trasnochados de la economía de mercado de España y del obsoleto Socialismo del Siglo 20. Y ni siquiera despertaron, cuando los grandes economistas socialdemócratas contemporáneos como Krugman, Reich, Stiglitz, volvieron la mirada a la lucha de clases, con la conclusión de que el sistema plutocrático de Estados Unidos es oligárquico ---una tiranía de clase--- y que una sociedad justa, democrática y estable, solo es posible, si la economía descansa sobre el principio de equivalencia. En palabras de Krugman: En una economía de mercado idealizada, se le pagaría a todo trabajador "exactamente lo que él o ella contribuirían a la economía…, ni más ni menos" ("After all, in an idealized market economy each worker would be paid exactly what he or she contributes to the economy by choosing to work, no more and no less. And this would be equally true for workers making $30,000 a year and executives making $30 million a year").

Krugman reconoció esa esencia de la economía de equivalencia del Socialismo del Siglo 21 y de su contrat social perdurable (Rousseau), hace varios años. Pero, los aficionados de Voodoo-Economics en Miraflores, alucinando con su "moneda comunitaria", el precio justo y el Vice-Ministerio para la Suprema Felicidad social del Pueblo, no tuvieron tiempo para informarse. Hoy están con las manos vacías, sin programa de transición, ofreciendo la fraseología de siempre: "La primera decisión: declararnos en sesión permanente de ejecución nacional del plan estratégico de contraofensiva revolucionaria política, humana, popular, espiritual, territorial, económica, militar" (N. Maduro).

7. Es contrarrevolucionario el Centro?

No es la hora de la hybris, la transgresión arrogante de los límites. Lo que el pueblo venezolano necesita es la concordia oppositorum (Dante Alighieri), la concordia dialéctica entre los extremos. Pero, el Centro no es, per se, contrarrevolucionario? No para un pensamiento dialéctico. Los procesos de transición solo pueden ser estables, cuando dominen las cadenas de equilibrios fluctuantes, internos y exógenos. Mao dilucidó este problema con gran claridad y Putin y Xi Jinping dan cátedras magistrales cotidianas sobre este arte de la política. Pero, el sectarismo de la Nueva Clase Política y la hibris de los yihadistas "salidies" les impide entender verdades objetivas.

8. La ecuación salvadora

Establecido el nuevo Centro de Gravedad de la política venezolana y definidos los parámetros del polígono de planeación político-económico de la transición, a las fuerzas políticas del país les queda la tarea de operacionalizar los parámetros y optimizar los resultados posibles. Ante la incapacidad de adaptación Darwiniana de la Troika y el revanchismo atávico de los "salidistas", no será fácil construir un programa de salvación nacional; máxime cuando a la ecuación salvadora le falta una variable fundamental. Hay fusiles y masas disponibles para la transición, pero falta el sujeto conductor del proceso.

9. 2016: la Batalla final

La ofensiva final de la oposición se inicia en enero 2016, desde el sector institucional. El objetivo estratégico consiste en izar la bandera de la oligarquía sobre el Palacio de Miraflores dentro de seis meses (Ramos Allup). El gobierno ha respondido a esta amenaza, tratando de perpetuar su control de la estructura estatal (nombramientos TSJ, leyes habilitantes, etc) mediante un Blitzkrieg (guerra relámpaga) institucional preventivo. Reclamando ambas partes el mismo derecho a gobernar, sucederá lo que Karl Marx formuló con su habitual brillantez: "Entre derechos iguales decide la fuerza (Gewalt)".

10. Tres fases de la Batalla final

La batalla final tendrá, por consiguiente, tres fases. Se inicia en el campo institucional (Parlamento, Tribunal Supremo de Justicia y Presidencia). Cuando ambas partes movilizan su base social, pasará a la calle. Ante la creciente ingobernabilidad y amenaza de "caos", los militares tomarán el poder. La VI República nacerá, por lo tanto, y muy probablemente, en un parto violento, comparable al de la V República --- excepto que un sujeto razonable y poderoso tome en serio la sabiduría del gran Florentino: es la hora de la concordia oppositorum. Pero ¿cuándo, en la historia de la lucha de clases, le ha importado el bien del pueblo a los protagonistas?


Venezuela: entre la derecha cretina y la izquierda idiota, por Henz Dieterich


Heinz Dieterich


Venezuela: entre la derecha cretina y la izquierda idiota


Por: Heinz Dieterich 

1. Profundización de la crisis nacional


Pobre de Venezuela. Dios la ha castigado con una clase política, cuya derecha es cretina (tonta) y cuya izquierda es idiota (absorbida por asuntos propios triviales). La evidencia empírica respectiva es abundante. Con tres actos aberrantes y en menos de una semana, la derecha derrochó gran parte del capital político que había ganado electoralmente, a saber: 1. la juramentación de tres diputados imputados legalmente; 2. el mezquino retiro de los retratos de la Asamblea Nacional; 3. las provocadoras ofensas a las Fuerzas Armadas. La izquierda, sin embargo, no se quedó atrás. En lugar de aprovechar esa derrota estratégica auto-infligida de la derecha y arrebatarle el papel de hegemón de la salvación nacional, Maduro desperdició la trascendental oportunidad de "Memoria y Cuenta" para noquearla. Presentó un discurso patéticamente carente de la gran narrativa de salvación que la nación pide ---y por la cual votó el 6D--- y la sustituyó con el bluff (ardid) político del decreto de "emergencia económica". De esta manera, en esta primera semana postelectoral, ambos actores políticos actuaron como catalizadores de una crisis nacional, que el mismo Maduro ha calificado (en lo económico) como "catastrófica". Pese a que el precio de venta del crudo venezolano se acerca preocupantemente a sus costos de producción, y el sistema decisorio nacional paralizado , esta clase política bicéfala ---con ambas cabezas vacías, al parecer--- se dio el lujo de jugar al "reality show" de las altas investiduras del poder. Para ser más preciso, jugó de manera frívola con la crisis de la nación.


2. Parálisis del sistema estatal operativo


La estructura operativa misma del Estado burgués venezolano se encuentra inmovilizada, porque su sistema de equilibrio de poderes (checks and balances) se ha quebrado. Toda macroorganización humana requiere de una cadena de mando unificada, para ser operativa. Hoy día, el Estado venezolano ha perdido la propiedad de la "autosimilariedad a toda escala" (de las estructuras fractales), que garantiza el flujo y la implementación de la información y las decisiones, en todos los niveles del sistema. El poder legislativo, "autónomo" según Henry Ramos Allup, confronta al bloque de poder ejecutivo-judicial (TSJ) y la sociedad política (Estado) termina en un estado de estupor.


3. Parálisis del sistema partidista


Tal parálisis operativa de la estructura del Estado se agrava por la parálisis y fragmentación en los bloques partidistas. El ruidoso choque de los dos bloques parlamentarios, MUD y Oficialismo (PSUV), no debe distraer del hecho, de que ambos están profundamente fragmentados. El partidismo de la MUD se divide por el centrismo, caracterizado por líderes como Henrique Capriles y el ex-chavista Henry Falcón, y los "salidistas": los enamorados de "la salida", como Ramos Allup y algunos encarcelados. En el bloque del oficialismo coexisten los Maduristas o "Chavistas" ineficientes (Salas, Arreaza), los "Chavistas" eficientes (Isturíz, Castro Soteldo), el capital privado (Miguel Pérez Abad) y los aficionados del apparatchik Cabello. La lucha por la hegemonía en ambos bloques partidistas influye fuertemente la evolución de la contradicción principal partidista entre MUD y PSUV. Y es seguro afirmar, que toda solución pacífica posible de la crisis "catastrófica" pasa inevitablemente por una gran alianza entre el Centro opositor y el Chavismo eficiente; máxime, cuando ambos bloques partidistas cuentan, a grosso modo, con el mismo poder social, es decir, el apoyo de alrededor del 40 por ciento de la sociedad civil.


4. La Fuerza Armada


El fiel de la balanza en esta situación lo constituyen las Fuerzas Armadas y las masas, en este orden. La fracción dominante de las FANB ha actuado con sabiduría bíblica coyuntural, hasta ahora. Dio al César y a Dios lo que es de cada quién. A la oposición le concedió el triunfo electoral y al oficialismo la autonomía del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). Esa estratagema de "una de cal y una de arena", le dio a la clase política una breve moratoria frente a la violencia; moratoria que fue reforzada por la precisa instrucción de la necesaria "prudencia". Aunque la advertencia enfrió momentáneamente a los "salidistas" y su hiperactivo líder parlamentario, no resolvió, como es obvio, el problema de fondo: el empate de poder entre las dos fracciones de la inepta clase política.


5. Las masas y las amnistías


Es ahí, donde entran las masas en la ecuación del poder nacional. Toda persona pensante entiende, que el decreto de "emergencia económica" no pretende resolver la crisis económica. Es un ardid de mercadotécnia política para liberarse de la responsabilidad gubernamental de la "catástrofe" económica. Es decir, es el intento de una auto-amnistía política del pasado económico para recuperar la imagen de "gobernabilidad" para el futuro. De hecho, es el equivalente funcional gubernamental a la amnistía política-judicial pretendida por la oposición. Si la clase política bicéfala venezolana fuera un zoon politicon ---un ente político colectivo pensante--- con sentido de responsabilidad nacional, encontraría ahí el campo de negociación para la concordia oppositorum, en beneficio del país. Lamentablemente, las dos cabezas no parecen tener la madurez ni los planes de gobernanza que la superación de esta crisis extrema exige. Ante sus (infructuosos) intentos de acumulación de fuerzas para derrotar al otro, la entropía del sistema aumentará rápidamente y su determinismo caótico lo llevará hacia la crisis final. La MUD y el oficialismo abren, en su ceguera, el camino a la intervención directa de los dos actores que más temen: las masas y las Fuerzas Armadas.

viernes, 15 de enero de 2016

CULTURA Y NEUTRALIDAD POLÍTICA, por Horacio González (Fuente: Página12, 15/01/16)

Horacio González


El tema de la neutralidad del Estado es siempre un debate inconcluso y necesario. Abundan los razonamientos clásicos sobre qué cosa sería el máximo de esa neutralidad (por ejemplo, el Estado como realización absoluta de todo el componente moral de la sociedad) tal como lo formuló la filosofía alemana anterior a Marx. La contraparte es conocida: las ideas de extinción progresiva del Estado a medida que la sociedad se reconocería en la propiedad colectiva, al tiempo que recobrase su autonomía productiva. Esta última utopía correspondía a la particular mixtura que se produjo a comienzos del siglo XX entre los legados anarquistas y la conocida intervención leninista en la teoría del Estado.

Paradójicamente, el macrismo (que tiene la peculiaridad de no poseer teoría alguna, sino un desnutrido “mejorismo”, “estar cada día un poco mejor”) posee un alto grado de acatamiento a uno de los resultados más ostensibles de la globalización, que a su vez es la máxima abstracción lograda por el capitalismo financiero como forma extrema del control social a través de un tipo específico de consumo de imágenes. Siendo una especie de Kropotkin al revés, su proclamado liberalismo republicano muy pronto se ha convertido en una máquina de poderes imprecisos que los ha succionado, sin texto ni oratoria, adosándolos exclusivamente a un mecanismo de control crudo y puro.

Son los pictogrifos salidos de un laboratorio que degusta modos de vaciamiento ideológico ante viejos conceptos que no se privan de usar (“república”), pero ya sorbidos por el falaz concepto de “equipo”, deshabitados ambos de cualquier otro sentido que no sea el decisionismo tecnocrático-empresarial, como bien lo ha expresado Alejandro Kaufman. No manejan ellos esas máquinas ni son los dueños de esos laboratorios, aunque creen tener una clase especial de dominio que para los arribistas exitosos consiste en echar gente del empleo público y justificar este “lavado del Estado” con los alcances genéricos de un “esencialismo general” aplicado a las instituciones, donde todo funcionario público es un “ñoqui” y los reprimidos se explican porque pertenecen a “la vieja política”. (No se recuerda que nadie antes haya ensayado una justificación tan necia.)

La abstracción gubernamental se extiende a la generalización punitiva y a la inversión del signo de las acciones (a la institución antilavado de dinero van los especialistas en dinero lavado de los grandes bancos, y la acción genérica de lavar se transforma en un modo de pensar, en una “epistemología”). Estamos ante la adoración de una idea perteneciente al gracejo popular, “ñoqui”, proveniente de los años 80 y del habitual desdén que surge de los monopolios comunicacionales hacia las deficiencias históricas del Estado real, pero al que no le admiten ninguna de sus acciones necesarias. Por eso, el macrismo es el Estado en grado de pureza, un Estado mimético con la entera razón instrumental que emana del engranaje financiero global.

Un Estado decisionista, pero sin capacidad de pensar. Este decisionismo es casi una fisiología transferencial, pues grabado en su inconsciente tiene la formidable cesión de ingresos al de todas maneras insaciable sector sojero, una cancillería al servicio de los tenedores de deuda externa, el servilismo tecnológico a la fusión de las grandes tecnologías mediáticas fuera de toda ley, y la innecesaria conversión en problemas de folletín televisivo o de índole escabrosa de temas como el narcotráfico, que primero es una relación social atravesada por las mismas formas de reproducción financiera que les da vida a ellos, con fuerte capacidad de cooptación del complejo policial-penitenciario, “gerenciando” desde hace décadas las cuotas tradicionales de ilegalidad que subyacen en toda vida colectiva. Todo acatamiento al tráfico de soja sin cortapisas no está en condiciones de atacar la grave cuestión del narcotráfico. El macrismo sale del cuño interno de los sectores más insaciables de la acumulación rentística, sea la mercancía que sea. Abiertas las esclusas, los insaciables siempre harán saber que cada vez son más insaciables.

Desconociendo esto, lanzan conceptos acuñados sobre moralinas imprecisas sin reconocer los intrincados fenómenos de mercado, entre ellos el del referido narcotráfico, que posee las mismas lógicas que ellos fomentan y exaltan. En tal sentido, tienen la misma ignorancia sobre los oscuros alcances del narcotráfico que sobre las implicancias de haber cedido de manera inconsulta partes sustanciales de la ley de medios o derogado la Afsca. Intuyen, apenas, que su existencia está limitada en ser una patronal que a su vez tributa a otra patronal más elevada.

Van de querer impedir la construcción de una represa a la micropolítica del “ñoqui”. El macrismo, carente de cualquier noción sobre la historia y las fuerzas sociales, aumenta la dosis espectral que permite demonizar al “ñoqui” como entelequia general y lo convierte en un arquetipo platónico que señala condenatoriamente al conjunto del Estado al que hacen objeto de una sustracción de su complejidad social. Originario del precario pensamiento del alto ejecutivo de empresas (“CEO”: otro “arquetipo platónico”), el concepto de “ñoqui” se contrapone al de “equipo”, forjando una dicotomía tan ingenua como devastadora del pensamiento político.

Fantasmagóricamente, reproducen el pensamiento alojado en muletillas que aun destellan radioactividad desde la vida eterna: civilización y barbarie, esto es, equipo contra ñoquis. Cualquier falla en el esquema provendría de “pistas deliberadamente falsas”, seguramente originadas en la “pesada herencia”.

Equipo es una palabra que pierde su inocencia, cotidianidad e indefinido uso diario. Ahora es un concepto de alcurnia: evoca la idea de civilización, racionalidad, organigrama, gente sonriente alrededor de una mesa tomando decisiones exactas, nada lejanas de la represión, pero también “gente” en una calle cualquiera alrededor de una figura política que mira hacia el costado y que encubre sus privilegios actuando como un descamisado más que pregunta distraídamente donde está la parada del colectivo: es el jefe. Disimulación que es una forma vil del Estado. El jefe está implícitamente diseñado como “uno más” en la marcha compulsiva hacia la racionalización del Estado. Equipo versus ñoquis es la arquitectura utópica del macrismo, el arte justificatorio máximo con el cual quieren lanzar miles de empleados a la calle, escribir decretos de urgencia (la “urgencia” es otras de las formas virtuosas que sabe entender el “equipo”), reprimir con balas de goma a los manifestantes, y escudar en “secretos de investigación” los absurdos percances de una persecución a tres presos, uno de los cuales fue un factor principal en el triunfo electoral de quienes ahora se quejan de los que siembran indicios imaginarios.

Si la palabra “ñoqui” logró ser imantada de una desdichada serie de estigmas, ¿por qué no dirigir contra ella la fervorosa racionalidad de una bala que deja tatuados los imprescindibles códices de la Razón en esas espaldas infames? Sería la justicia del Focus Group contra las formas humanas culpables, grabando en los cuerpos la nueva Ley, como en la colonia penitenciaria de Kafka. Nada mejor que usar pistolas lanzagases bajo “protocolos de procedimiento normativo”. Algunos de nuestros republicanos especializados en articulación de derechos están preocupados. Ruegan que el protocolo no se propase. Parecen comprender ya el peligro de que en nombre del derecho a la circulación urbana se obture el derecho al conflicto, el mismo que los presbíteros del republicanismo de compás y tiralíneas solían incluir entre sus dispensas y tolerancias. El Metrobús no es solo una comodidad, es también una ideología.

Lo cierto es que este republicanismo quiso ser etéreo pero deja huellas a veces sórdidas. Sus artefactos de agresión callejera producen disparos letárgicos que inmovilizan el cuerpo, municiones que hieren y no matan (suprema condescendencia “humanista republicana” de los represores) pues la represión a la goma es una elástica necesidad interna y tautológica de la Modernización a balín. Entendemos por racionalización varias dimensiones de la nunca declarada ideología macrista. La neutralidad de las instituciones, la “normalidad” de los tratos entre países, la posibilidad de diluir la decisión política en explicaciones y credenciales de tipo “técnico”. Fuera de cualquier orden valorativo y de interés particularista, el “equipo” es lo que se reúne científicamente alrededor de un mapa buscando prófugos que fueron utilizados en operaciones de alto nivel por los mismos que ahora ridiculizan la impericia persecutoria del “equipo”.

La idea de neutralidad del Estado, en primer lugar, lo imagina limpio de adherencias del pasado, sin importar que esas novedades vengan con los apellidos que han corcoveado ya largamente en la historia nacional, y en segundo lugar obedece a uno de los grandes equívocos de la hora, pues se eleva a la condición de universalidad un segmento culturalmente específico de la sociedad que por escasa diferencia electoral resultó triunfante. Su fuerza real fue el éxito de una parcialidad que construyeron mágicamente para su rápida transformación en razón general trans-ideológica. El pluralismo que invocan tiene dos grandes deficiencias. Una, teórica. Pues el que lo enuncia siempre queda afuera de él, pues es un dictaminador exterior a la proliferación que él mismo ordena. Es el jefe decisionista arropado en la quimérica figura del ciudadano cuyo único interés es prepararles el chocolate a sus niños. Y lo plural suele terminar construyendo esa parcialidad que se arroga la universalidad de un neutralismo que los reviste a ellos mismos para encubrir su particularidad extremista y sectaria. Y la otra deficiencia es práctica. Hay un “derecho republicano” que puede excluir del pluralismo a los bárbaros ñoquizados, pues, por el solo hecho de serlo, no tendrían lugar dentro de aquello que “no comprenden”.

Esto les permite ejercer un dictamen gnoseológico drástico sobre supuestas ideologías facciosas, aquella anterior “politización” del Estado, y el conocido singularismo militante que caracterizó el período que transcurrió, no en todos los casos pero en una medida muy reconocible, en el interior de instituciones sociales de gobierno.

Mucho habrá que seguir conversando sobre esto, pues es un tema de debate el modo en que se encararon en el kirchnerismo las formas politizantes sobre la institucionalidad pública. Pero, ante esta visión militante de ciertas porciones del Estado, no es preferible ahora el nuevo estilo de (falsa) marcha sonámbula de la neutralización política, ese Estado como pseudo máquina productora de transparencia. Por eso, esta singularidad triunfante, lejana a cualquier interpretación más o menos flexible del pluralismo, no hace más que invocarlo con una pobre fruición de facciosos conquistadores, a la busca de conversos. En vez de pluralismo, lo que hay es –como ha señalado ya Jorge Alemán– un fanático reverdecimiento del estado de excepción, recubierto fingidamente de preocupación por la cultura plural y la “multiplicidad de voces”. Se verá la imposibilidad de que cumplan con esta utopía, reverso onírico de las enclenques pesadillas del jefe que en su pensamiento sumario solo percibe que “antes estaba todo podrido”.

Lógicamente, no es poco lo que hay para decir respecto a cómo juzgó el gobierno kirchnerista esta misma cuestión, en cierto modo con inesperada ingenuidad, pues cultivó una extrema exigencia para colocar sobre escenas institucionales variadas banderas con su nombre, aun en los casos donde era notoriamente preferible que los grandes símbolos quedaran en reposo. Pero, nuevamente, es preferible esta ansiedad nominativa al ilusorio estadio en que un grupo político, financiero y empresarial de la globalización, concluye que no necesita nombrarse a sí mismo, porque ya se siente mimetizado en la naturaleza (en la floresta de los jardines del Capital) y su presunta asepsia quiere darle “racionalización tecnológica de nueva derecha” a lo que en el fondo es producto de una derecha sustancialmente anacrónica y abusiva.

El macrismo tiene una aparente ausencia de nombre, desearía ser previsible como un autómata y expulsar el azar de la historia. Su actitud neutralizadora, más allá del daño social que provoca, es una pretensión cercana al totalitarismo. Estar en todo, estar en la lengua y las imágenes supuestamente neutras, es propio de la dictatorial transparencia de la vida globalizada. Esto es servido por el ejercicio de un vasto simulacro. Interpretan como una fusión natural en la “neutralidad” a sus específicas torsiones particularistas y a sus manifiestos intereses económicos.

Provienen de viejas y nuevas castas económicas, que subsumen toda idea política en un protocolo bancario y financiero. Es un “management” con el que querrían, como reducidores de reliquias, avasallar con insípidas palabras a los viejos blasones de una historia. Los funcionarios del actual gobierno encargados de justificar el desmantelamiento de la institución pública alegan que había una confusión entre partido, medios públicos de comunicación y Estado. El tema, dijimos, está abierto a la discusión. Pero, aunque hubiera sido así de fácil, suena candoroso al lado de los actuales poderes totalistas que solicitan y sostienen al gobierno, donde siquiera existe esa confusión, pues la fusión completa de los poderes de excepción (comunicacionales, políticos, financieros y tecnológicos) es su único y engañoso programa conocido, que, aunque no declarado, es inherente a lo que no pueden dejar de hacer. La época los ha tragado. ¿No señala todo esto la visible inmanencia de los intereses crasos que representan, esa neutralidad estallada bajo un brutal inmediatismo que hace décadas no veíamos?

* Sociólogo, ensayista.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

IRRUPCIÓN, Por Noé Jitrik (Fuente: Página12, 30/12/15)

Noé Jitrik


No cabe duda de que la famosa consigna que Sarmiento acuñó tempranamente, “Civilización y barbarie”, tuvo una gran fortuna. De dos tipos.

Uno, sirvió para condenarlo para la eternidad, puesto que de ella emanaban otras expresiones, tremendas, que se han convertido en lugares comunes indefendibles, “no ahorre sangre de gauchos”, “el mejor paraguayo es un paraguayo muerto” y, seguramente hay otras más, los numerosos antisarmientinos que no faltan –deliberados y razonantes algunos, espontáneos y balbuceantes los más– las deben tener registradas en esa “historia local de la infamia” que no cesa de enriquecer sus páginas.

El otro es que la fórmula apareció, providencialmente, como un interpretante de conflictos políticos que tampoco cesan aunque no tengan las mismas características de las que se valió Sarmiento para encarnar su ocurrencia. Y como prueba de ese éxito podemos afirmar que, de hecho, en casi todos los enfrentamientos registrados por la turbulenta historia de América Latina esta oposición parece estar violentamente presente, unos arrogándose la civilización y calificando a sus contendientes de bárbaros y éstos, cuando son vencidos, acusando a los civilizados de pretender serlo más que de serlo realmente.

Pero tal vez Sarmiento desdeñó el origen de uno de los dos términos, el de bárbaro: omitió que en la tragedia griega son bárbaros los que vienen de afuera, los extranjeros, los que hablando en un idioma ininteligible irrumpen en un lugar y en un momento en el que había valores y reglas y conflictos pero no la voluntad de que los vinieran a borrar desde el exterior. Uno puede imaginar la llegada de los hunos a Roma y lo que eso significó pero, como los modales de esos visitantes eran más bien violentos, se produjo un desplazamiento semántico y la palabra indicó este carácter más que el originario; se consagró esta acepción y a ella se plegó Sarmiento que, por otra parte, poseía un dominio sin igual de la lengua. Eso lo llevó a cometer una suerte de inversión en la que reside, justamente, el éxito de esa expresión y lo equívoco de su interpretación porque los que venían de afuera eran los que él consideraba civilizados y a los que estaban ahí los llamaba bárbaros aunque no hablaran un “idioma ininteligible”.

Parece difícil prescindir de la fórmula que ha sido utilizada y aplicada como si estuviera, y lo estaba, incorporada a la lengua natural. Hay ejemplos célebres: con ella el sagaz León Trotski califica de bárbaro a su implacable antagonista, ese durísimo Stalin que no sólo terminó por hacerlo asesinar, sino que se echó a millones de rusos e impuso métodos de represión que cualquier espíritu esclarecido, o sea civilizado, repudiaba además de padecerlo.

Claro que no es lo mismo si se evoca la llegada de españoles, portugueses, franceses e ingleses a América, a Africa y a Oriente, sin dejar de lado la Polinesia, que, portadores, según ellos, de la civilización, y redentora fe cristina, sometieron, esclavizaron, enfermaron, masacraron a poblaciones, bárbaras según ellos, que no los habían invitado: esos civilizados, retomando la distinción semántica inicial, porque irrumpían, pero también la segunda, la violencia, eran los verdaderos y clásicos bárbaros aunque supieran, no siempre, leer y escribir, y esgrimieran, casi siempre, esa legitimante cruz que les garantizaba la muerte de los demás, o sea de esos inermes bárbaros que no creían en esa civilización ni en la anhelada recompensa del acceso al cielo.

¿Remedaba o reproducía Sarmiento esa misma actitud, o sea que entendía la civilización como una imposición en un lugar que no lo esperaba ni lo merecía? Tal vez de lo concreto de su texto brota una contradicción pues no sólo reconoce sino que exalta expresiones y tipos que no vienen de la mano civilizatoria sino que son productos de ese vacío en el que había situado la barbarie que la civilización debía combatir. No es de extrañar, Sarmiento no vacilaba en contradecir y contradecirse y ésa, con ser tan densa, fue sólo una y de grandes frutos pues de la descripción de esos tipos humanos, tan primarios y primitivos, el rastreador, el baqueano, el gaucho cantor, el gaucho malo, brota con una fuerza sin igual el proyecto de una literatura. Lo que no es poca cosa.

La expresión no se clausura en estas pocas recuperaciones. Por suerte, algunos espíritus clarividentes emplearon la palabra “bárbaros” en su sentido primero y original. Por ejemplo, Rubén Darío, a quien no se le puede negar clarividencia, además de manejo perfecto de la lengua. En 1893 escribió en un poema titulado “A Francia” estos perdurables versos: ¡Los bárbaros, Francia! ¡Los bárbaros, cara Lutecia!”, con los que se abre el poema y, como si quisiera aclarar de qué se trata, un poco más adelante proclama: “... el viento que arrecia del lado del férreo Berlín”, para rematar “Hay algo que viene como una invasión aquilina/ que aguarda temblando la curva del Arco triunfal. Tannhäuser!” Y si para muchos Wagner no encarnaba precisamente la barbarie para Nietzsche lo hizo, tremendamente inquieto por los pujos que observaba en una Alemania que no era todavía la del nazismo para calificar cuyas prácticas la palabra “barbarie” fue tímida; Sarmiento habría considerado, frente a las atrocidades en las que se entretuvieran los nazis, que sus gauchos eran unos ángeles, ni remotamente acusables de genocidios y esas locuras que destruyeron la moral de un país que, sin haber sido Grecia, había logrado niveles de civilización imponentes, desde Bach a Kant y Hegel, Schubert y Novalis, Heine y Schumann, Einstein y Marx, Freud y Kandinski, Murnau y Bauhaus, la lista es interminable y los nazis, que irrumpieron en esa fantástica escena, destruyeron todo. De modo que decir barbarie, en la síntesis entre irrupción e ininteligibilidad y destrucción, en ese caso, es pertinente en sus dos acepciones. A esto atendió, creo, Borges, cuando escribió “Deutsches réquiem”, tal vez un lamento por el lamentable lugar al que había sido arrojada la cultura alemana y, de paso, la civilización a la que había aportado.

Preocupación constante, seguramente la oposición y el dilema asediaron el imaginario de muchos escritores. Y, puesto que menciono a Borges, a él en particular de la particular manera en que lo abordó en varios textos: “El General Quiroga va en coche al muere”, el “Poema conjetural” (Laprida y el íntimo cuchillo en la garganta) y, aunque parezca raro decirlo, en “Tlön, Uqbar y Orbis Tertius”. Un mundo virtual, perfecto, brotado de una enciclopedia, es descripto minuciosamente pero de él emana una sustancia perniciosa; sobre el final, hay una muestra de una posible y atroz irrupción. El narrador escribe: “Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días del hotel de Adrogué una indecisa traducción quevediana (que no pienso dar a la imprenta) del Urn Burial, de Browne”.

“Yo no hago caso”, ante la amenaza de una barbarie racional.

Pudo decirse eso el personaje central de 1984, esa figuración aterradora de George Orwell en la que el mundo ya ha sido irrumpido y la violencia ha normalizado todas las relaciones humanas, menos la de un solitario resistente, que termina por ceder, o el de Un mundo feliz, de Huxley, solitario poseedor de un único ejemplar de las obras de Shakespeare, pobre instrumento para enfrentar todo eso que ya pasó.

¿Actualizan a la manera de las utopías negativas lo que ocurrió cuando llegaron los normandos a Inglaterra desde otra y lejana parte, con otros dioses y mucha más fuerza y al imponerse a los lánguidos residentes se fundieron con ellos creando un nuevo pueblo, una nueva lengua y una nueva cultura? Los árabes en España no lo lograron del todo: eran los civilizados y los bárbaros eran los astures y los galos y los godos, que tenían otros planes de presente y de futuro; después de un intento de varios siglos terminaron por retirarse humillados dejando algunas palabras, el magnífico Generalife y unos cuantos bellos y tristes romances.

Es interminable esta historia, con momentos más feroces que los pretendidos encuentros, tal como con esta palabra se trata de tapar el tremendo encontronazo que significó la llegada de los civilizados españoles y otros a lo que serían posteriormente las Américas. ¿Cómo encontrar, a nuestro turno, la salida a la cárcel semántica que implica esta frase, tan llena de contradicciones y de viajes de un término al otro, reversibles en sus alcances? Lejos queda Sarmiento y su ocurrencia y, en cambio, lo que queda son esas palabras cuyos alcances no sólo han inspirado obras literarias y cinematográficas a raudales sino que están instaladas en vivencias y experiencias que sólo ellas ayudan a entender. Porque está la actualidad que nos brinda episodios que reponen en escena estos términos y no tenemos más que exclamaciones para interpretarlos: ¿no nos parece algo propio del circuito de la barbarie el aditamento de la crueldad en delincuentes menores? ¿Y qué respuesta nos genera la destrucción de la ciudad de Palmira, restos de una orgullosa civilización? ¿Otro calificativo que barbarie? Y algo aún más perturbador: la oleada de gente bien vestida, que habla como nosotros pero no como nosotros, que ostenta títulos seudo universitarios, pero que, como exterminadores que vienen de un afuera depredador, se precipita –irrumpe– sobre la existencia de los demás en un envión de rapiña sobre la riqueza de un país y el futuro de gran parte de su población. ¿Civilizados porque visten ropas caras?

¿Podremos tener la actitud del pasivo narrador de Tlön? ¿Podremos “no hacer caso” cuando, es evidente, las irrupciones que sacuden al mundo son constantes e indetenibles? Los que irrumpen son hordas, físicamente reales o figuradas, de todo tipo, tradicionales como las presuntamente religiosas, económicas como las especulativas, culturales como las tartamudas que ocupan lugares en la educación y la cultura. Hordas que no necesitan invocar al clemente Mahoma, al feroz Thor ni al lúgubre Wotan pero que tienen armados los altares en el que se exalta la gloria inmarcesible del vengativo dios dinero.