jueves, 16 de abril de 2020

Los presos políticos del poder judicial oligárquico. Por Javier Azzali (") para Vagos y Vagas Peronistas



1. La persistencia de los presos políticos y su persecución, a pesar del cambio de gobierno, es un asunto que debe merecer nuestra especial atención, tanto por la injusticia que es urgente corregir, como por lo que ello nos puede revelar sobre nuestra condición presente como país. ¿Por qué continúan en prisión? ¿Quiénes son los responsables? ¿Qué hacer? ¿Qué significa aún que haya presos políticos? Aquí hay un reto de importancia: es evidente que su respuesta determina el contenido real de la democracia. Y que en la reparación de los dolores causados va la reparación de todo el pueblo. 

2. ¿Quiénes son los presos políticos? ¿Por qué lo son? Para unos, lo serían sólo si estuvieran a disposición del Poder Ejecutivo. Para otros, si fueran acusados de delitos políticos, tales como sedición o rebelión, como el caso de los políticos catalanes presos por los tribunales de Madrid, en España. En cualquier caso, se tratan de privaciones de libertad innecesarias o injustificadas, como explica muy bien E. Raúl Zaffaroni en una nota reciente[i]. No deberían estar presos: sus detenciones son una arbitrariedad, una injusticia, no están correctamente justificadas según una interpretación racional del derecho procesal penal, de acuerdo a las pruebas de cada una de las causas. 

El Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre Detenciones Arbitrarias considera arbitraria la privación de libertad en los supuestos de ausencia de fundamento legal, cuando la privación de libertad resulta del ejercicio de los derechos o libertades (vg. de conciencia, de expresión, opinión,reunión, o a participar de los asuntos públicos). O cuando la privación de la libertad es por motivos, entre otros, de discriminación política, social, étnica, etc.[ii]. En mi opinión, lo importante es considerar que en cada país, según las circunstancias de la época y el lugar, las modalidades de persecución varían, aunque es claro que se trata de una manera de debilitar o destruir políticamente al adversario, con invocación de razones de derecho y uso de la administración de justicia. 

3. La opinión de cada uno de ellos es muy significativa y debe ser escuchada. Luis D’Elía es un dirigente político y social de reconocida y vasta trayectoria, actualmente de Miles por Tierra, Techo y Trabajo, y se encuentra en una situación muy grave de salud, por la cual merecería recuperar su libertad sin dilaciones, como parece ahora estar ocurriendo. D’Elía está preso desde febrero de 2019, por la condena a tres años y nueve meses por la toma de la comisaria 24 en La Boca, en 2004. El hecho es bien conocido: la toma de la comisaría fue una manera de ejercer la protesta social, junto con decenas de personas, en forma urgente e inmediata, para exigir justicia ante el homicidio del ciudadano Martín Cisneros, a manos de un narcotraficante. Dijo, también: “Acá persiguen a los que somos opositores a este régimen oligárquico, pro norteamericano, esta Argentina que nos duele tanto y nos toca vivir en el régimen macrista”[iii]

4. Milagro Sala es una dirigente social y política de la Organización Barrial Tupac Amaru y del Partido por la Soberanía Popular. Ella lleva más de 1500 días privada de libertad, según el contador de la muy buena red virtual de noticias InfoSiberia, desde su primera detención mientras realizaba una protesta en la plaza central de San Salvador de Jujuy el 16 de enero de 2016. Dice el Centro de Estudios Legales y Sociales, “a partir de su detención hubo un entramado de “acusaciones consecutivas”, un despliegue de causas judiciales y un contexto de vulneración de la independencia judicial destinados a sostener la privación de libertad de Sala de manera indefinida”[iv]. La opinión de Milagro Sala es nítida: “Soy una presa política. No soportaron que una mujer, además negra y también india, haya conseguido construir miles de hogares"[v]

El Grupo de Naciones Unidas sostuvo que, por haber sido electa parlamentaria del Parlasur (Parlamento del Mercosur), Milagro Sala goza de inmunidades, beneficio otorgado a los Diputados en la República de Argentina, entre ellas la inmunidad de arresto y de expresión. Pero también, destacó que las autoridades locales implementaron una estrategia de persecución penal de los 

referentes de la organización Tupac Amaru y la Red de Organizaciones Sociales con el fin de impedir el desarrollo de una protesta social en la provincia de Jujuy”. Como antecedente, recordó que “en el año 2009, la organización Tupac Amaru fue estigmatizada ante el Congreso Nacional como una organización que “impone terror” en Jujuy. En el año 2012, la organización fue acusada, sin pruebas, de poseer 500 armas registradas en el Registro Nacional”[vi]

“¿Quién se creía que era esa india?” es la fórmula desquiciada de la condena a Milagro Sala por su doble identidad de género y de raza, y su postura reivindicatoria de derechos, explica con lucidez, Dora Barrancos[vii]. Además, el federalismo en acción, la organización que lideraba Milagro Sala, es la que más obras públicas ha realizado en Jujuy, con planificación del estado nacional. 

5. Amado Boudou dijo, en su alegato: “Acá también hay una cuestión de revancha de clase, de aleccionar, de que nadie se tiene que animar a cambiar las cosas. Los políticos que deciden cambiar la realidad son perseguidos. Primero desde el punto de vista mediático, luego desde el sistema de justicia”[viii]. Boudau, se sabe, es el emblema de la nacionalización del sistema previsional y la liquidación de las AFJP, instrumentos de drenaje de recursos públicos a favor de la especulación financiera internacional. Su persecución -y humillación pública- puede ser leída, sin mayor sofisticación explicativa, como una represalia del poder económico concentrado, para desalentar futuras estatizaciones o regulaciones normativas. Dice el periodista Raúl Kollman: “Es el establishment usando a la justicia para que no vuelva lo que ellos llaman “el populismo”[ix]

6. Lo mismo puede decirse de Julio De Vido, quien es el responsable de la política de planificación federal y desarrollo de infraestructura más importantes desde los gobiernos de Juan Domingo Perón, como explica Federico Bernal, “en función de una Argentina efectiva y verdaderamente democrática, autosuficiente, soberana y federal. Es que en las mentes estrechas, retorcidas y cargadas de visceral odio a todo lo popular como son las de la oligarquía argentina"[x]

7. Fernando Esteche, por su lado, dijo: “soy un preso fácil, soy un preso necesario porque es evidente que más allá de la inconsistencia probatoria, los estigmas, anatemas, el perfil público de alguien como yo asociado a determinados repertorios y, como producto de esto, recluido en cierta marginalidad política, resulta una presa fácil para alimentar a ese sector de nuestro país sumergido en la fascinación revanchista”. 

8. Las prisiones preventivas incluyeron también a Carlos Zannini, Héctor Timerman, quien falleció por una grave enfermedad contraída mientras era cruelmente perseguido, y la misma dos veces ex Presidenta electa del país, Cristina Fernández La condena reciente a Martín Sabatella, titular de la AFSCA cuando se intentó adecuar la realidad empresarial concentrada a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, una de las más democráticas leyes que hemos tenido. Si se observa detenidamente, fue una persecución destinada a quebrar la democracia, porque todo esta ponía en jaque todo el sistema democrático. La trascendencia y gravedad del asunto es evidente. En algunos casos se justificó su prisión con el único argumento que, al tratarse de ex funcionarios estatales, podrían utilizar sus influencias a su favor, como un “poder residual”. Lo que me pregunto es que, de ser así, cualquier imputación a cualquier funcionario le valdría la inmediata privación de la libertad. Esto funcionaría como un aliento a quienes pretendan destruir al adversario político, por el solo hecho de ejercer la función pública. Además, esa interpretación de la ley contradice la que mayoritariamente vienen haciendo los jueces penal, que exigen las pruebas concretas en el caso de la posibilidad de eludir la justicia o entorpecer la investigación. 

9. Entonces, todas estas descripciones conforman situaciones que encuadran en la definición dada por el Grupo de Trabajo de Naciones Unidas, violatorias de los más elementales derechos políticos en democracia. Se tratan de persecuciones penales y detenciones, de diferentes maneras según los casos, en razones de respuestas del sistema político y económico a ejercicios de derecho 

En resumen, se han utilizado los procesos judiciales desarrollados en los diferentes tribunales, para resolver disputas políticas, en confluencia con los medios de comunicación hegemónicos: unos persiguen mientras que los otros destruyen la imagen pública de la persona para justificar su encierro. 

10. A todas estas situaciones se las he explicado como parte del Lawfare en el continente, una táctica de guerra no convencional, cuyo origen se detecta en documentos de la estrategia militar no convencional de los Estados Unidos[xi]. Esto seguro es así, los datos y hechos que lo indican son muchos y no los vamos a detallar aquí. Su significado geopolítico e imperial es innegable, más cuando en nuestro país, la justicia federal desde los años 1990 ha sido fuertemente objeto de la política exterior de los Estados Unidos (vg. DEA, la embajada)[xii]. Sin embargo, podría ser una insuficiente explicación para entender la realidad de nuestro país, y llevarnos a diagnósticos no precisos, como el de creer que un simple cambio de gobierno o decisión política la resuelve. 

11. ¿Qué significado tiene su persistencia en la actualidad, qué nos revela? Veamos, brevemente, algunos apuntes para pensarlo. La criminalización de la protesta social ha sido, desde su origen, una constante del poder judicial. En los años 1990, tenemos numerosos casos, como, por mencionar sólo uno, el de la maestra de Bariloche, Marina Schifrin, quien fue condenada por participar de un corte de calle junto a sus compañeros docentes, para pedir por sus derechos laborales y sociales[xiii]. Muchos jueces también, han sostenido que la protesta social no debe ser objeto de reproche penal, de acuerdo a una interpretación democrática de las leyes. Lo contrario viola el derecho constitucional a peticionar a las autoridades, o a tener una opinión diferente. Visto así, dos tendencias al interior del judicialismo argentino se desarrollan en todas sus áreas intervención. Una más democrática que la otra. Si nos referimos a las tendencias, hay un poder judicial oligárquico y otro democrático. 

12. Este accionar es un rasgo que se ha reiterado desde el origen mismo del poder judicial en nuestro país. El poder judicial tiene su propia configuración histórica que hizo lo que ahora es, y no otra cosa, como apéndice del orden dependiente, elitista y de atraso económico[xiv]. Por eso, esta utilización política de los tribunales es una característica presente en la deriva autoritaria de la instauración de regímenes oligárquicos. El modelo agroexportador con dependencia económica creó un país a su medida, a partir de las instituciones mínimas necesarias para su supervivencia: los bancos, el comercio, la policía, una mínima burocracia estatal y los tribunales. A éstas las dotó de una ideología o visión de país, acorde a esa mitología necesaria tanto para la subordinación servil como para la represión a cualquier política desarrolladora del interés nacional y la justicia social. El orden oligárquico creó un poder judicial a su medida que sobrevivió en el tiempo. Después de todo, este es el rol político del poder judicial en cualquier sociedad: asegurar a eficacia de las leyes creadas por los otros poderes. 

13. En 1862, el mitrismo sometió a los pueblos del noroeste argentino resistentes, por medio de una guerra con envió de tropas criminales justificada por imputaciones sobre delitos comunes. Los jueces la denominaron de persecución policial contra delitos comunes, para eludir la prohibición que establecía la Constitución de 1853 de la pena de muerte por razones políticas. Ya en el siglo XX, la persecución contra Hipólito Yrigoyen y Juan Perón, en 1930 y 1955 respectivamente, también tuvo base en procesos judiciales de diferente tenor, igual que la desplegada contra sindicalistas, militantes políticos y ciudadanos comunes. 

Desde los inicios de la Argentina moderna quedó fijado el rol conservador del Poder Judicial, en particular a través de la Corte Suprema, en su carácter de conductora política de la institución. 

En 1945, las fuerzas conservadoras que disputaban la dirección del país y confrontaban a la modernización representada en la posición de Perón y sus aliados políticos -sindicalistas, empresarios nacionales, militares nacionalistas- que implicaba una apertura democrática, ampliación de la base popular de participación, y autonomía nacional frente a Gran Bretaña y los Estados Unidos. En el momento más arduo de esa disputa, esos sectores le demandaron a Farrell, el presidente de facto, la entrega del poder a la Corte Suprema, lo cual se expresó en la Marcha por la Constitución y la Libertad, el 19 de septiembre de 1945 en las calles de Buenos Aires. La propia Corte se negó a convalidar el nuevo fuero Laboral, creado por Perón para la defensa de los derechos de los trabajadores que, hasta entonces mantenía la regla de la libre acuerdo entre las partes individuales para regular las relaciones de trabajo. Al poco tiempo, declararía incluso la inconstitucionalidad de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, con el apoyo de la corporación patronal, terrateniente y la prensa conservadora. Así, al Poder Judicial se le asignaba el rol de garante en última instancia del orden conservador y elitista del país dependiente. Sólo la transformación de ese orden derivó en la modificación de ese rol, al menos en su contenido. La gran movilización popular del 17 de octubre y las elecciones del 24 de febrero de 1946 inclinaron la balanza a favor del interés nacional y popular, y la proyección de un modelo promotor del desarrollo de las fuerzas productivas nacionales, la soberanía y la modernización democrática de las relaciones sociales. 

Uno de los fundamentos para la reforma constitucional de 1949, fue, justamente, la necesidad de evitar que alguno de estos jueces, tributarios del viejo orden oligárquico, declarara la inconstitucionalidad de las transformaciones económicas y sociales operadas en la realidad. 

O el caso del denominado Camarón -la Cámara Federal Penal de la Nación-, que funcionó entre 1971 y 1973 durante la dictadura del general Alejandro Lanusse, creada bajo la ley 19053, con la excusa de perseguir delitos federales que violen los principios de la organización constitucional, que la propia existencia de la dictadura violaba, y que encarceló a centenares de militantes, políticos, sindicalistas, jóvenes en general. Su creación formó parte de la estrategia de los sectores dominantes, que ensayaron el Gran Acuerdo Nacional y el llamado a elecciones con la proscripción de Perón, para dar continuidad al régimen conservador. Pasada la dictadura de 1976, donde el rol judicial se repartió entre actitudes serviciales, temerosas y cómplices, la ex Jueza Garrigós de Rébori, una exponente de la judicatura democrática, opina que “desde la recuperación democrática, los servicios de inteligencia han intervenido en las designaciones del Poder Judicial”, el cual, destaca, tiene rasgos monárquicos, las facultades como "fábricas de jueces" y el tutelaje servicial[xv]. Lo cual, claro, está plenamente vigente, sin que haga mucha mella un cambio de gobierno, 

14. También, la insistencia en el traspaso de las funciones públicas nacionales, como la administración de justicia nacional, al ámbito de la ciudad de Buenos Aires, es manifestación de la vitalidad que aún tiene en nuestro país, la política regresiva que fortalece al poder oligárquico porteñista financiero. 

15. Decíamos en una nota anterior donde desarrollamos un poco más este asunto, que, así expuesto, el partido judicial en verdad se trata de una rama extendida del frente oligárquico y conservador[xvi]. Ha sido, históricamente, el reaseguro del orden conservador y elitista, contrario a un proyecto de nación soberana, justa y libre. Tuvo y tiene excepciones, al igual que en toda la sociedad existen tendencias democráticas y de defensa de un proyecto nacional. Muchos son los ejemplos, que ahora no desarrollamos. Pero, en esta configuración histórica, la persistencia de los presos políticos es manifestación de la vitalidad de un poder judicial oligárquico, cuyo rol no es otro que el de la defensa de los intereses del orden dependiente, elitista y de atraso, el cual es el punto en el que nos encontramos como país. Se trata, entonces, de avanzar en la formación de un proyecto nacional de soberanía y desarrollo productivo autónomo, para construir, en forma correlativa, un poder judicial adecuado al interés nacional y los derechos humanos. 

16. ¿Y las Soluciones? No estoy en condiciones de brindarlas, sin caer en un juego de fantasías. Aunque no se soluciona por decreto ni por ley, está claro que siempre cada uno de los tres poderes puede hacer algo, empezando por los propios jueces que les toque intervenir, Lo único que sé es que si no se corrige esta situación, además de una enorme y flagrante injusticia, habrá una política oligárquica vigorosa de un sector judicial, en contradicción abierta con cualquier modelo de democracia. ¿No pesará como una carga en la conciencia de quien tenga intención de llevar a cabo una política nacional y democrática, la amenaza de una futura, incluso presente, revancha de clase por parte de operadores que ni siquiera han visto mermadas sus capacidades? Esta es una cuestión política lo suficientemente seria como para que los tres poderes organizados por nuestra Constitución Nacional, de acuerdo a sus competencias, deliberen y tomen las medidas y hagan las reformas necesarias para su democratización. 

 Abril de 2020. 







[iii] Nota del 23/02/2019 de Adriana Meyer, en sitio: https://www.pagina12.com.ar/176645-fallo-en-contra-para-d-elia






[ix] Nota del periodista Raúl Kollman, en sitio: https://www.pagina12.com.ar/133653-los-metodos-no-importan.



[xi] “Lawfare. La judicialización de la política en América Latina”, de Camila Vollenweider y Silvina Romano, en sitio: www.celag.org.

[xii]El embajador de Estados Unidos en Argentina a partir de 2018, Edward Prado, al dar su testimonio ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, presidida por el senador cubano estadounidense Marco Rubio, expuso que sabía "cuán importante es el Estado de Derecho y cuán importante puede ser una rama judicial fuerte e independiente para un país que va a ser una democracia sólida". Y dijo que, su "intención es continuar trabajando con los abogados y jueces de la Argentina para mejorar el sistema judicial y fortalecer la confianza de la gente en el sistema judicial". Prado, designado por Donald Trump, fue juez de Texas, del Tribunal de Apelaciones regional y nominado por George Bush candidato a la Suprema Corte del país. En sitios, https://www.lanacion.com.ar/politica/el-embajador-de-trump-interesado-en-mejorar-la-confianza-en-la-justicia-nid2114981 y https://www.foreign.senate.gov/imo/media/doc/030718_Prado_Testimony.pdf.


[xiii]El fallo completo, en sitio: http://catedradeluca.com.ar/.

[xiv]Recomiendo la muy buena obra: “Lawfare” / Rafael Bielsa ; Pedro Peretti. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Ariel, 2019, 




[xvi]En sitio: https://revistazoom.com.ar/garrigos-desde-recuperamos-la-recuperacion-democratica-los-servicios-de-inteligencia-han-intervenido-en-las-designaciones-del-poder-judicial/.

(") El autor es Abogado (UBA), profesor universitario, publicó “Constitución de 1949. Claves para una interpretación latinoamericana y popular del constitucionalismo argentino”, 2019, Ed. Punto de Encuentro. Tiene estudios en derechos humanos y antropología jurídica. Escritor de notas, artículos y publicaciones sobre pensamiento nacional, latinoamericano y derechos humanos. Contacto en javierazzali@hotmail.com

martes, 7 de abril de 2020

EL CORONAVIRUS Y LA ECONOMÍA: LAS CRISIS "ENTRELAZADAS", Por Lido Iacomini para Vagos y Vagas Peronistas



Apenas pasados los 100 días de tregua, que de manual, se le otorgan a un gobierno recién asumido, el gran empresariado argentino por vía de Techint, su nave insignia, rompió el fuego despidiendo a 1450 trabajadores. Antes, la artillería de La Nación y Clarín trataba de ablandar posiciones entre sectores sociales que habían apoyado al macrismo pero que ahora vacilaban frente a un gobierno que con un “relato” conciliador y de unidad sin fronteras, seducía con amplitud social tratando de cerrar la famosa “grieta”. Incluso en el equipo de emergencia para enfrentar la epidemia A. Fernández logró sumar a un referente opositor que juega en primera.

La derecha ya no podía esperar. Su objetivo: impedir que el gobierno de Alberto Fernández logre obturar la “grieta” y rescatar de esa manera masa de maniobra en la opinión pública. En medio de la crisis pandémica y las viejas y nuevas turbulencias económicas que inexorablemente caerán sobre la vida de los argentinos, la clase dominante en la Argentina prevé que parte importante de ese costo saldrá de las ganancias exorbitantes y “ non sanctas” que supieron acumular. Para impedirlo necesitan desgastar al nuevo gobierno. Sus temores se ven agudizados porque la tormenta arrasadora de la compleja crisis internacional se está llevando puesto al modelo neoliberal y ataca con dureza pilares del mismísimo capitalismo que parecían inconmovibles.

El discurso y gran parte de las acciones llevadas adelante en cumplimiento de las promesas y expectativas preelectorales le permitieron a Alberto Fernández, en el poco tiempo que lleva, consolidar su liderazgo. Pero la magnitud inesperada del cataclismo del Coronavirus constituye un desafío para el cual nadie en el mundo está preparado y nada es inconmovible, pero que sin dudas en la Argentina cae en las mejores manos. 

La oposición, dividida y con su antiguo liderazgo aún aturdido por la derrota electoral , juega ahora con audacia e irresponsabilidad poniendo en riesgo la salud, el trabajo y la vida misma de los argentinos. La cuarentena, como en otros lugares del mundo, comienza a ser cuestionada anteponiendo la economía a la salud. Militan en el mismo bando y con la misma estrategia de la más rancia derecha internacional. Prefieren experimentar con el darwinismo social. Proponen privilegiar la actividad económica y su argumento es que, eludiendo la cuarentena, y dejando que se infecte alrededor del 60 ó 70% de la población con el elevado número de muertos que ésto conlleva, se generará la inmunidad suficiente como para que el número de muertos al final del ciclo sea equivalente a los que la caída desastrosa de la economía también provocará.. Claro que como no hay experiencia previa que permita aseverar ésto, recurren a un “modelo matemático¨. Sus artífices son una suerte de “Mengele” siglo XXI contrapuestos a un humanismo que privilegiando la vida como objetivo, pone en primer lugar la lucha contra la pandemia del Covid 19. Trump, Bolsonaro, Boris Jhonson personifican sus modelos y de ese perfil buscan un liderazgo. Algunos socialdemócratas nórdicos se les suman aunque vacilando ante las críticas de sus pueblos.

En Argentina atender a los más afectados, es nuestro norte y bandera, pero para cumplirlo habrá que desmontar el entramado de intereses, reglas y obstáculos que ligan la economía nacional con la financiarización globalizada y ahogan las perspectivas del desarrollo productivo, cerrando los grifos al drenaje de divisas. Pero sobre todo en la coyuntura empujan por cambiar las prioridades y flexibilizar o incluso terminar con la cuarentena.

Para cumplir con ese objetivo humanista en un país devastado por el neoliberalismo, quizás debamos sumarnos a todos los que en este mundo que estalla dejarán, por imposibilidad, de pagar sus deudas. De momento el gobierno corre en auxilio de esa franja de trabajadores informales afectados por el paro forzoso, de los jubilados, de la inmensa franja de los que deben cubrir sus necesidades más elementales. Pero como dice el dicho grosero… de algún culo saldrá sangre y ellos lo saben. Un caceroleo intentó montarse sobre la antipolítica y fracasó a poco andar. Ahora tratan de aprovechar cierta desorganización que llevó a aglomeraciones peligrosamente insalubres en las colas de los bancos de jubilados y beneficiarios de la AUH. Sin descontar las sospechas de que hayan contribuido a provocar esos hechos.

Más allá de que es necesario actuar con mayor previsión para no cometer estos errores sobre los que se abalanzarán a falta de motivos legítimos, lo cierto es que probablemente en el curso de estos meses la situación se agravará. Aún no llegamos al pico máximo de la pandemia y el aplanamiento de su curva es de graduación incierta. Pero colateralmente los daños económicos de la cuarentena necesaria se harán sentir sobre franjas importantes de la población y la conciencia y la organización colisionarán con la desesperación de la parálisis económica y la recesión. Las tendencias individualistas y egoístas aumentarán los intentos de quebrar las medidas colectivas resueltas con la cuarentena creando fuertes tensiones. El gobierno tendrá que torcerle el brazo a los bancos si quiere que las Pymes accedan al salvataje previsto. Y quizás, esperemos que no, a torcerles el cuello. Y la salida de la cuarentena debiera imponerse por una solución superadora de la encrucijada que privilegie la vida de los ciudadanos y la humanidad. Nunca por los de intereses de grupos o individuos, aunque lógicamente incluya a la economía.

Decíamos que Argentina cayó en buenas manos si bien en el mundo nadie está preparado para esto. Esperemos acertar porque la tormenta ya está en desarrollo. Los sucesos nada claros en Brasil hoy son demostrativos del aceleramiento de los acontecimientos políticos. El aislamiento de Bolsonaro y las dificultades para vislumbrar para donde caen las fichas muestran que no es un simple problema de información sino de la labilidad de la situación. La inestabilidad de las bolsas en cambio hace difícil prever que en el plano económico la situación se puede estabilizar. No se ven las perspectivas de un ajuste “global” del sistema capaz de reponer el equilibrio que les permita a los más fuertes y sobrevivientes reconquistar la tasa de ganancias reanudando la marcha del capitalismo. Hay más bien previsiones de destrucciones fantásticas de capital y de millones de empleos perdidos. Ni el Coronavirus podría matar todos los habitantes que “sobran” para semejante ajuste. La crisis del ´29 sería una perspectiva rosa colocada como horizonte probable. 

La crisis “entrelazada” abarca la crisis climática con el calentamiento global liquidador de la vida y el hábitat humano y la preexistente del modelo neoliberal (expresión de la globalización de cuño norteamericano, caracterizada por la financiarización desbocada), hoy acelerada por la crisis sanitaria de la pandemia del Covid 19. A su vez el gigantesco desarrollo científico técnico, particularmente el de la computarización informática y la robotización replantean el papel del trabajo en la vida humana y abren las puertas a una transición hacia una nueva globalización que prefigura una suerte de crisis civilizatoria. Si bien la pregunta del millón es en qué condiciones y con un sistema de qué características saldremos de esta crisis y ofrece muchas hipótesis y ninguna respuesta certeza, algo es casi seguro. El largo ciclo que se abrió con la post segunda guerra mundial y sus principales características ha llegado a su agotamiento. Quizás recién al final de la pandemia ingresemos de verdad al siglo XXI.

Como siempre ha sucedido en las etapas precedentes la humanidad no arroja por la borda lo mejor de las etapas anteriores. Las reconfigura en una nueva mezcla. Los mejores frutos del capitalismo, el replanteo inexorable del papel del Estado y las nuevas características exigibles al mismo, el destilado de la rica experiencia de las sociedades socialistas depuradas de sus errores y excesos, todo, todo, está puesto sobre la mesa. Y sobre todo el protagonismo de los pueblos en esta larga marcha hacia la justicia, la democracia y la igualdad.

martes, 17 de marzo de 2020

DOMINGO VIRALIZADO, Por Horacio González



Domingo. Tocan la puerta de casa. Atiendo “¿Está enterado que hay una peste mundial de coronavirus?” “Sí”. “Por eso mismo, no sé si sabe que aquí en la Biblia --es una mujer de vestimentas austeras, frugales, imperativas--, ya estaba todo previsto”. “Ah”. “Venimos entonces a ofrecérsela como bálsamo y explicación”. No sé si repito con exactitud la expresión de la predicadora, que ya había sacado una reproducción del Apocalipsis de su repleto bolso. Estábamos ante un tema donde la Biblia perdía todo su interés pues se convierte en predictiva, clausurando sus paradojas y metáforas. Pasaba a dictaminar sin eslabones intermedios, sobre las complejas maquinarias que producen el pánico mundial. Sin embargo, a condición de respetar la necesaria distancia con las alegorías y la lógica internas de los lenguajes --sea el de la infectología o el de la teología--, todo puede conducirnos a interpretar creativamente hechos aún no sucedidos. La fuerza de esos lenguajes --de todo lenguaje--, es precisamente el respeto de lo imprevisible. No obstante, no se lo dije a la catequista. Los criterios de interpretación surgidos de pensamientos mesiánicos, milenaristas o escatológicos son atractivos, porque ahorran los pasos desconocidos inherentes a todo pensamiento. Apoyándose en un uso meramente literal de la Biblia, ella pierde el encanto inmemorial de no predecir nada. La retiran entonces de lo más valioso que tiene, hacer que toda lengua esté en estado de disquisición permanente. A la lectura rígidamente profética de la Biblia puede desde siempre oponérsele la lectura que indaga en los múltiples senderos en que se bifurcan sus magníficas metáforas y relatos.


A la vuelta de casa hay un lavadero atendido por una pareja de nacionalidad china, que viajaron a su país y aun no retornaron. Un pesado tejido de sospechas, hablados en voz baja, rodea esta circunstancia que podría tener múltiples significaciones. Pero sabemos que ahora hay solo una. Como con la interpretación de la Biblia bajo un pavor determinista, tomada por un providencialismo sin gracia, un virus anunciaría a toda la humanidad que habría un camino unívoco de salvación, que de tan estrecho y claustrofóbico, necesitaría de la proliferación de actitudes de sospecha, de prejuicios que serían imprescindibles para la expulsión del mal. Por cierto, hay un problema médico, los virus son misteriosos, pequeñas partículas que para algunos encierran el secreto del origen de la vida, y que alojadas en bondadosos huéspedes --un mosquito, una rata, un murciélago--, pueden dispersarse o diseminarse afectando los cuadros celulares establecidos, en principio del cuerpo humano. Que se contaminan entre sí. He aquí un dilema, que afecta las bases universales de convivencia. Si el calentamiento global se presenta como el peligro del productivismo voraz, la dispersión fatal de un virus puede verse como la absurda inmovilización de la vida productiva ¿No son necesarios, entonces, mejores acercamientos a lo que ahora expondría a nuevos riesgos las bases generales de la civilización humana? Algo ocurre cuando el dengue es solo una amenaza social, y el coronavirus se gradúa según la metafísica de la peste. Y cuando un virus es noticia, pero toda noticia tiene forma de “viralización”.


Deberíamos percibir entonces la necesidad de una nueva visita a las doctrinas de la culpa. No la podemos suponer en el que involuntariamente transmite un bacilo, en la infracción de un impensado portador que tos en un avión o del que escupe en el ascensor ignorando que está “prohibido escupir en el suelo desde 1903”. Ascendida a la categoría de pecado, la capacidad que tiene el virus de desmadejar o desmantelar un cuadro humano asociativo es pavorosa. Interesa como profecía, no como evento de la salud pública. En el primer caso interesa por ser un equivalente de la contaminación mística, en el segundo por la posible diferencia con el dengue, al ser un virus de los “tirifilos”. Mientras escribo esto recrudecen en mi computadora los avisos, irrumpiendo sistemáticamente, como asaltantes descuidistas de la pantalla, advirtiendo que “usted puede tener un virus” ¿Yo? Millones en el mundo deben estar recibiendo el mismo sermón. Aprendimos que la red informática contiene como concepto central el de virus --como la infectología y quizás toda la medicina--, dándole otra dimensión al peso que tiene el contagio y la infección en el modo masivo de existencialidad contemporánea.

Ya, nos conduce al hecho de que hay infecciones en una doble bifurcación, biológica e informática. Si el tono general de los medios de comunicación es la magnificación de catástrofes, el de la medicina o del poder médico en general, no debe ser el de manejo de poblaciones a través de normas y protocolos inmunizadores que parecen siempre aceptables. Sin duda lo son, taparse la boca ante un acceso de tos, cuidarse al dar las manos, medidas que parecen minúsculas, pero tienen profundo calado disociativo en las relaciones diarias. La cuarentena, ancestral método que aísla totalmente a poblaciones o conjuntos humanos, puede ser aceptable, pero no podemos pasar por alto que la inevitabilidad de estas medidas, amparadas en la costumbre y en la ciencia popular ya establecida, no pueden pasar por alto que no solo la venta de medicamentos, sino la venta de noticias, exige demasiado la invocación de una calamidad cercana. El esquema de la calamidad con su salida utópica, difícil pero “para usted posible”, es un encuadre que gobierna noticias, conversaciones e ideologías mediáticas. Un ejemplo es la noticia de que “en un planeta lejano a cien mil años luz las condiciones de vida son iguales a las de la tierra”. Perfecto, hay peligro de calentamiento o de virus, pero hay solución. Lógicamente demorada por esa ingente cantidad de luz que habría que recorrer. Con paciencia usted lo logra.

Creo que es lo que quiso decir Albert Camus con La Peste, donde deseó palpar un humanismo moral con forma de una rebeldía contra el poder anónimo de la desesperanza. Eligió, según recuerdo, el sacrificio de un puñado de médicos que no se rendía ante la evidencia de ese apocalipsis, de esa “revelación de la peste” en la ciudad argelina de Orán. Que ocurriera en una ciudad localizable, daba cierto realismo a esta fábula moral, inspirada en el Diario de la Peste de Daniel Defoe, este sí un escrito alcanzado por una increíble actualidad. Va recogiendo los datos de los afectados puntuales y de cómo los rodea el rumor y la fábula. No había diarios cuando ocurre esa peste en Londres en el silgo XVII. En Milán, la peste del 1600 la describe Manzoni en el clásico Los novios, como trasfondo del episodio amoroso central. La peste bubónica de Buenos Aires en 1871 debido al mosquito Aedes Aegypti -el del dengue, entonces no identificado-, es un dramático espacio histórico para reflexionar sobre lo que hoy ocurre. La fiebre amarilla modificó Buenos Aires, se consideró la peste como resultado de la guerra contra Paraguay y flotaba en el ambiente la culpabilidad presunta de los inmigrantes italianos. Se incluía la demonización de los conventillos de San Telmo. Queda el gran cuadro mitológico de Blanes, con el doctor Argerich inclinándose con su fúnebre galera ritual, ante la muerte de una inmigrante italiana, amamantando todavía a su hijo.


En la novela de Camus, el sacerdote Paneloux pontifica diciendo que la peste, transmitida por las ratas, no afectará a los creyentes. Fulminará solo a los ateos. Los médicos laicos, en tanto, debaten con su propio sacerdocio. Las incógnitas éticas ante el peligro de la vida humana colectiva, y sobre los dilemas científicos cuando no alcanzan para definir lo que exige, en verdad, el concurso de un sentido de resistencia y solidaridad. Todo ocurre en Orán inspirado en una peste real ocurrida a mediados del siglo XIX.


Fabulísticamente, la historia de la humanidad es la historia de sus pestes, catástrofes y también de los miedos ante el Cordero abriendo los Siete Sellos para revelar el destino humano. La ciencia médica podrá decir, esperemos la próxima vacuna y la consecuente mutación del virus. Todos esperamos. Pero falta analizar el modo paralelo de la aparición de la lengua de los virus, esa suerte de anticristo de las computadoras y redes, planificado en las fábricas de Antivirus. El lenguaje de los grandes medios comunicacionales se presenta con una aparente inmediatez. Al suprimir ilusoriamente las mediaciones, las lejanías y el tiempo real, que es amorfo y brumosamente cotidiano, todo virus puede asumir el modo de una diseminación total. Por eso le digo, señora catequista, que usted tiene razón, no desprecio el arte escéptico de las profecías, pero no del modo panfletario en que las presenta. Ningún problema de la biología humana es solo biológico, pero si evitamos tratarlo apocalípticamente, es también muy fácil encontrarlo en los vocabularios de la diferencia social, la dominación financiera y el control de las naciones.

jueves, 27 de febrero de 2020

EL SOPLO VITAL, Por Horacio González


El ex Presidente "representaba el llamado, el soplo o el susurro que recorría, con su traje cruzado descuidadamente abrochado, la convocatoria a no temer, a despojarse del miedo para poder pensar sin coacciones", analiza el sociólogo. 


Suele decirse que la política es un acto colectivo que debe resolver los síntomas más terribles del horror al vacío. El famoso “horror vacui”. Siempre me pareció que con Kirchner ocurría algo diferente. Le gustaba el vacío, la falta de sostenes inmediatos para una decisión, la ausencia de un tejido o red previa que contuvieran los riesgos de una intuición apenas esbozada. El vacío no era motivo de susto sino la razón intensa para hacer un llamado. Un político que tira una botella al mar en un tiempo inestable. 

Si tuviera que buscar un gesto corporal que fuera equivalente de estas prácticas inspiradas en un gusto por lo inestable, sin duda es el que vimos cuando se arroja sobre un puñado de entusiastas que se acercan a saludarlo. Son los primeros días de gobierno. Esas actitudes suelen ser cuestionadas por pensarse que tienen una raíz demagógica. Si quiero popularizarme, producir simpatía con una rareza, me tiro entre la multitud que me ataja como si fuera un retozón neumático hecho persona. 


Palabra aquella que viene del griego pneuma, el soplo vital. Sí, un pneumático, que parecía escapar de alguna carrocería desgajada. Encima, me corto una ceja con el filo de la lente de un fotógrafo, la pequeña herida como muestra de una sutil dialéctica con los medios de comunicación. Pero no. Ese acto correspondía a un estilo, un modo, una ecuación de gobierno. El aliento, la respiración que da vida. En un momento impensado, todo mi cuerpo es pura exhalación. El cuerpo se acuna en aquel vacío y se fusiona gozosamente con los que en cada momento hacen del vacío una presencia necesaria. Se lo podrá llar entonces gobierno social o política de masas.


Si se nos diera a elegir para pensar cuál es el modo en que emerge un político, diríamos que por una correlación favorable de fuerzas o bien por una exhalación apenas prefigurada. Sin negar lo primero, lo justo es decir que lo que importa es lo que viene después que se manifiestan la fuerza. Es lo que viene de la escuela del vacío. Ahí la fuerza es lo que se espera, el vacío es lo que tienta. Que no es llenar huecos o flotar de manera etérea, sino arrojarse sobre los problemas, actuar con lo impensado en la mano y la apuesta popular igualitaria en el corazón. 

Es lógico que no hay política sin representación, sin tejido social, sin intereses difusos, orgánicos o invisibles. No obstante, el atractivo perdurable de Kirchner, por el que hoy lo seguimos recordando, es cómo se movía irónicamente sobre el pesado escenario de la política nacional. Se estaba formando la voluminosa coalición sostenida en nuevos entrecruces, las finanzas que se hacían comunicacionales, la comunicación corporativa que se hacía mercancía, la soja que se hacía “sociedad del conocimiento”, la justicia que se transformaba en “economía condensada”. 

Toda esa nueva catarsis de una sociedad convulsionada, no sé si Kirchner, nuestro recordado compañero, la llegó a convertir definitivamente en un concepto operativo y apto para la discusión pública. Pero todos sus movimientos nerviosos indicaban que tenía bien en claro que la convulsión argentina provenía de la nueva coalición entre estos intereses que se iluminaban con el haz oscuro de los vigilantes reflectores de un neocapitalismo voraz. Que se metía seductor en los poros de la lengua social. Nadie dejaba de ser alcanzado por ese bizcochuelo neoliberal. Por lo tanto, ser presidente es ser muchas cosas, pero principalmente es ser el agente bullicioso de la gran convocatoria para recomponer la autonomía social.

Alguna vez dijo “no les tengo miedo”. Aunque fue el día en que descolgó el famoso cuadro, quizás esa frase pueda revelar quién era Kirchner, que representaba algo más que a una fuerza social. Representaba el llamado, el soplo o el susurro que recorría, con su traje cruzado descuidadamente abrochado, la convocatoria a no temer, a despojarse del miedo para poder pensar sin coacciones. 

Y podríamos decir ahora que no tener temor por los desafíos que hay que enfrentar, equivale a una suerte de nuevo proletariado anímico. Un libertarismo del espíritu colectivo. Si alguien se propone o planifica representar el Llamado, quizás no lo consigue. El del saco desabotonado, el nervioso Kirchner se acercaba a conseguirlo sin preparación previa. Los demás podían ponerse o no nerviosos, como él los desafiaba. Pero el inquieto, el irónico Kirchner, era el verdaderamente excitado, el angustiado sentado en el sillón más desvelado que hay en la república, el asiento más intranquilo que hay en toda la nación.

Kirchner era hijo de uno de esos momentos en que la sociedad extenúa sus fuerzas creativas y palpa algo nuevo, pero no encuentra formas adecuadas de expresión. Y en ese corte, en esa herida, se abren varias posibilidades. Las bifurcaciones de los senderos suelen ser muchas. Estaban las asambleas populares. Como ahora en Chile, con todas las diferencias que puedan auscultarse. Pero ese surgir desde abajo es la gran utopía que recorre los últimos siglos de la modernidad. Hombres y mujeres cogobernando desde las plazas, creando entre arbustos, araucarias y toboganes donde se deslizan los niños, las nuevas instituciones de base que repondrían lo justo y lo bello en una sociedad. 


Creo que Kirchner nunca estuvo en desacuerdo con eso, pero una parte de su “pneuma”, de su espíritu vital, lo llevaba a no dar por perdidas las anteriores instituciones representativas, para llevar a sus pliegues internos algo o mucho de aquel soplo asambleario. El presidente pneumático


No me explico de otra manera ese balance permanente entre el Estado, a ser reconstituido, y las nuevas fisuras por donde debían correr los nuevos aires, el soplido fresco y esencial que retira la cara pétrea de un dictador de las paredes del propio colegio militar, que abre la Esma como cápsula blindada que aún contenía el secreto de cómo dentro de esas tinieblas se había horadado del sentido de lo humano. 

Las frases que salían de su boca eran dramáticas, pero extraídas del diccionario más directo y popular. Estamos en el infierno, los muertos no pagan. Los caricaturistas apreciaron su desaliño, su rostro que poseía una extraña gracia, una comicidad interna, que él mismo también cultivó, y acompañó con ella las medidas más atrevidas, los hechos más estridentes, cuando palabras como glifosato y corporaciones se derramaban asfixiantes y hubo que ganar la calle. 

Aún resuenan sus dichos y discursos, pronunciados como al descuido, pero sabía que estaba en el gran juego, aquel cuyas reglas había que reinventar en una nueva democracia. Y mientras hablando parecía un distraído, era posible entender que era así y no de otra manera que se fundaba la posibilidad de remover tanto moho, desasosiego e injusticia en el país que esperaba y recogía las fibras de su llamado, que todavía vibran. Eran la cita con el pneuma.

lunes, 10 de febrero de 2020

¿NACIÓN?, Por León Pomer (") para Vagos y Vagas Peronistas






En marzo de 1882, el entonces celebrado intelectual francés, Ernesto Renan, pronunció una conferencia sobre un tema que agitaba multitudes en toda Europa, y provocaba una considerable producción teórica: ¿Que es una Nación? En los días actuales, esta pregunta adquiere un renovado interés, pero por un motivo diferente: la acción de las grandes empresas multinacionales y del imperio norte americano por debilitarlas al máximo, e incluso despojarlas de sus Estados.

Renan veía en la nación una suerte de alma o principio espiritual, o una gran comunidad, “en que todos sus individuos deben tener muchas cosas en común, pero también haber olvidado muchas cosas”. La nación sería “un plebiscito cotidiano”, una voluntad diariamente reiterada de ser parte de una identidad colectiva y de compartir una herencia y un destino. Posteriormente, Otto Bauer (2), destacado teórico y dirigente de la social democracia austríaca, en un estudio voluminoso sobre la problemática nacional en el imperio austro – húngaro, concebía la nación como un agregado de personas relacionadas por un destino histórico común, determinante de una comunidad de carácter. 

Las opiniones de Renan y de Bauer nos sirven como referencias para una reflexión sobre qué significa nación para sectores importantes del pueblo argentino (significado tal vez no tan novedoso como pareciera serlo); a la luz de la experiencia vivida en los últimos cuatro años, bajo la impronta de ese emisario del poder financiero y especulativo mundial que nos gobernó, es posible advertir sus esfuerzos por desnacionalizar el país, o borrar en considerables sectores del pueblo todo sentimiento de absoluta identificación con la tierra natal y su realidad humana y natural, y la adscripción indiscutible a una precisa identidad que llamamos nacional argentina. Así, no parecen compatibilizarse con afianzada identidad y sólido sentido de pertenencia, la sorprendente inmutabilidad aprobatoria de estratos medios y altos de la sociedad, frente a la miseriabilización inferida a vastos sectores de la población social y económicamente más endeble; el no importarse del provocado deterioro físico y psíquico de adultos de todas las edades y la brutal desnutrición de millones de niños; el no conmoverse porque una enorme masa de jubilados fueron privados de atender sus más elementales necesidades de salud y de alimentación, y por lo tanto sancionados con la muerte prematura. Indiferencia, desinterés, egoísmo aparentemente rayano en lo patológico, muestran desoladoras estructuras comportamentales en nada compatibles con una elemental solidaridad intranacional, o simplemente humana. El interés personal, familiar o grupal ha cerrado deliberadamente los ojos y tapado los oídos, de los que evidentemente no quieren saber ni les importa un rábano la suerte terriblemente adversa de compatriotas, de hecho despreciados, sin que reproches de consciencia parecieran inquietar demasiado. Al final de cuentas, esa tenida como descartable basura sub - humana, como la piensan los más extremistas, envenena el aire con el hálito mefítico producido por el hambre. En esta percepción de la realidad, suponer que ricos y pobres comparten un destino nacional es una idea que nadie “bien pensante” podría suscribir. ¿Cómo puede haber algo en común entre las clases subalternas y los “educados y civilizados” estratos medios y clases altas y dominantes? Los aleccionamientos orales y escritos sobre ciudadanía y otras lindezas semejantes, aparecen como ridículas expresiones de una gigantesca hipocresía. A despecho de las fórmulas de Renan y de Bauer, lo que se observa es el no reconocimiento de una totalidad nacional inclusiva de todos los grupos sociales, aceptándolos, por lo menos, como iguales en ciudadanía. Obviamente, ese reconocimiento es imposible, cuando la parte más conspicua, la única porción que se tiene como enteramente humana y educada de la nación, se siente a distancia sideral de los más destituidos, que para colmo de males están habituados a mostrarse malhumorados en las avenidas y plazas de la gran ciudad, exhibiendo una estética reñida con la elegancia y la tranquilidad que aprecian y valoran los de más arriba. Reina entre los que se asumen como privilegiados la convicción que los pobres son pobres por prescripción genética, merecedores de su suerte por el hado misterioso e irresistible que llaman destino. 

De lo anterior se desprende que hablar de una auténtica herencia común a todos los grupos sociales, es hablar tonterías: no la hay, ni jamás la hubo, pese a los intentos de la clase dominante, en tiempos pasados, por instaurar algo que funcione como tal, o como imaginario nacional, una manera de crear y fortalecer lealtades al Estado fundado por una oligarquía.Compartir un unificador patrimonio hereditario, otro de los rasgos señalados por los autores arriba citados, es una ilusión porque la herencia que pueden admitir como propia las masas subalternas (por lo menos las que no han sido despojadas de la memoria histórica)no tiene nada en común con la que hacen suya sectores que jamás se dolerían de la matanza masiva de peones en la Patagonia, la Semana Trágica, el ametrallamiento de manifestaciones proletarias por la policía brava de Ramón Falcón, el hambreamiento masivo provocado por el macrismo, y si se quiere ir más atrás, la vida de los gauchos enviados por la fuerza a los fortines miserables por carencia de papeleta de conchabo. 

Si pretendemos encontrar un carácter nacional, es fácil comprobar que es un algo apenas imaginado por alegres e improvisados sociólogos en descomprometidas charlas de café. Los rasgos de lo nacional, en las definiciones de Renan y de Bauer, son inencontrables, como patrimonio compartido por todas las clases sociales. Desde los puntos de vista de ambos autores, que me parecen razonables, no parece desatinado afirmar que la Argentina nunca fue una nación plenamente constituida. Nuestra historia, en la visión más optimista, fue y sigue siendo la de dos fracciones, desiguales en número de personas, asimétricas, antagónicas e incompatibles, en que la más poderosa y dominante no se ha cansado de agredir a la otra, de explotarla y de exprimirla sin asco. Es más: en la realidad pasada y presente, los grupos sociales dominantes actuaron y continúan actuando como inmisericordes colonizadores extranjeros del país, en alianza simultáneamente con los poderes mundiales de turno. Para ellos, solo imaginar gobiernos capaces de distribuir con alguna equidad las riquezas producidas les provoca una furiosa erupción de intolerancia y de odio. Hoy se han disgustado con Macri, pero no con el modelo de país que este logró instrumentar. 

Jamás en nuestra historia, desde los tiempos coloniales, más allá de imaginarios falaces elaborados por los grupos dominantes, estos compartieron cosa alguna, ni les pasó por la cabeza la idea de un destino común con indios, mestizos, negros esclavos, y hoy, con pobres en general, calificados de negros de mierda, particularmente aquellos con rostro denunciador de antepasados pertenecientes a los llamados pueblos originarios. Jamás existió en el país un destino histórico común y una comunidad de carácter. La clase dominante y sectores de las clases medias siempre se preocuparon por marcar las diferencias y mantener las distancias de los de abajo, sin interesarse por la suerte inhumana de que ellos, los poderosos y sus serviles clientelas, fueron y son los responsables. En su momento lo destacaron informes oficiales, como el realizado por el catalán Juan Bialet Masse, en 1904, sobre las clases trabajadoras, por encargo del ministro González. Hoy, el plebiscito cotidiano de que habla Renan nos dice que no son pocos los nativos de esta tierra que reniegan de la misma, que exaltan los productos extranjeros como irremediablemente mejores que los similares locales, y que suena elegante y distinguido informar a los amigos que la ropa que los viste no es de fabricación nacional, que de serlo los desmerecería a los ojos de quienes quieren el país(y tratan de usarlo) como espacio social y natural colonizado, fuente de cuantiosos lucros que serán gastados en un consumo de lujo, viajes de placer por el mundo y la remisión del resto (nada insignificante) a refugios en el exterior donde se supone que están a buen recaudo y no pagan impuestos ni deben dar explicaciones sobre el origen de esos fondos. Algo nada diferente de lo que hacía la familia Anchorena, dígase de paso, y hablando de ciertas tradiciones de origen antañon pero persistentes y florecientes. La mentada, en tiempos anteriores a mayo del 10, remitía al exterior las onzas de oro producto de sus ganancias: lo hacía graciosamente embutidas en hormas de queso. A esta tierra se venía a ganar dinero, no a amarla. Y ya que estamos hablando de escasos amores, conviene recordar que en los tiempos inaugurales de la conquista, y posteriores, la llegada de españoles y otros extranjeros a estas latitudes prometedoras de misteriosos y suntuosos Eldorados, no era para salvar el alma de los nativos, o crear una sociedad justa e igualitaria: era para explotar hasta el hartazgo todo lo explotable, ya fueran seres que parecían ser humanos, y recursos mitológicamente magnificados. Hoy, gentes de aquel linaje exterminador, nativos y multinacionales, envenenan los ríos y siembran muerte desde aviones fumigadores de perversos elixires. Aquellos aventureros venían a “hacer la América”, no a honrar tradiciones ni estudiar pueblos, ni siquiera arelacionarse humanamente con los habitantes originarios, calificados de bárbaros y por lo tanto exterminables. (Advierto que no estoy hablando de los millones de pobres españoles, italianos, sirio-libaneses y otras nacionalidades cuyos descendientes son la mayoría de los argentinos actuales). 

Continuando con una brevísima apreciación de una historia, ahora más cercana en el tiempo, hablemos de la creación del Estado, organización jurídica – política instauradora de una hegemonía de clase sobre el entero país. Advertimos que sus hacedores y orientadores fueron los grupos sociales dominantes en Buenos Aires, ciudad y provincia, y sus escuetos aliados de la Gran Bretaña. Esa minoritaria(numéricamente) oligarquía, construyó el edificio jurídico - político que debía asegurar su dominación (y, agreguemos, las de sus sucesores) sobre el entero espacio territorial y humano que lo poblaba. Con este propósito como guía, procedió a crear una nación que no preexistía a la constitución del Estado; es decir, creó una nación, hasta donde le fue posible, a su gusto y paladar. De las manos de ese creador emergió la Argentina de historia torturada que conocemos, muy diferente de las falsas versiones vehiculadas en textos, manuales, conferencias y celebraciones maliciosamente patrioteras. El llamado Estado Nacional imprimió la marca de sus creadores a la nación que fundó, cuya acta fundacional fue la atroz guerra del Paraguay, el gran negocio que urdieron los proveedores del Estado, los financistas y un montón de logreros devenidos políticos. Recordaré además que en aquellos tiempos, en simultáneo con la guerra contra el país guaraní, hubo aquí, durante más de cinco años, una insurrección popular intermitente y generalizada contra la guerra, que mató más gente que en el frente de batalla. El Estado Nacional fundado por una oligarquía tuvo como misión estructurar una nación que sirviera a los intereses de la clase dominante y sus aliados y amos exteriores. La función del Estado debía ser la imposición de la hegemonía absoluta de la clase dominante y sus diversas fracciones en lo político, lo económico, lo social y en lo cultural (cultura de la dominación), y el ejercicio del monopolio de una violencia que ahora adquiría el carácter legal por ser la del Estado, instrumento de sus creadores y conductores. 

Desde tiempos remotos, en todas las latitudes del planeta, hubo imaginarios históricos – mítico - legendarios, o legendarios y míticos o puramente históricos, que contribuyeron y aun contribuyen a que heterogéneos agregados de personas los acepten como un patrimonio común y una identidad a que todos se subordinan. Tal la idea de nación como equivalente a una identificación y pertenencia que obliga a dar la vida por ella. El homogeneizar en un nivel ideal diferencias tan abismales como son las de sociedades donde las desigualdades impregnan las relaciones humanas, habla con elocuencia del poder de lo simbólico, no obstante, menos sólido de lo que parece. La función y propósito del imaginario histórico, mítico, legendario, consagra como hechos de la naturaleza las jerarquías y la verticalidad social; atribuye, no necesariamente de una manera claramente explícita y vociferada, una minoridad humana, cultural y étnica, a grupos sociales subalternos, indios, negros, mestizos, pobres de toda laya. El imaginario histórico exalta la lealtad a la patria, que solía ser y sigue siendo, generalmente, una disfrazada lealtad a la clase dominante. 

Paralelamente a la violencia sobre las masas populares, la dominación recurrió a la creación del imaginario nacional, pretendidamente unificador, en que debían coincidir los que en la vida concreta estaban en franca disidencia, instrumento que hoy parece haber abandonado, o suplantado por otros recursos menos épicos pero más efectivos (léase consumismo y manipulación de los cerebros). El macrismo y los animales que reemplazaron a los próceres en los billetes de banco son una de las manifestaciones de un repudio de la historia, un olvido deliberado, una tentativa de hacer vivir a la gente en un hoy sin ayer ni mañana, sin San Martín, ni Belgrano y con la angustia de habernos separado de la “madre patria”, como pronunció conmovido el enterrador mayor de la Argentina. 

Pero el imaginario existe. Enaltecimientos, denigraciones y olvidos, clasificaciones laudatorias y estigmatizantes son elementos de uno que opera como poder simbólico; un poder con su Olimpo de héroes mayores y menores, con sus malditos e ignorados, legitimados uso y otros por academias, nombres de calles y ciudades, bustos y estatuas ecuestres y tediosas solemnidades. En nuestra América, el imaginario histórico del Poder comenzó a gestarse antes que los estados nacionales consumaran su existencia. Versiones de la historia, con una cuidada distribución de papeles, fueron el primer instrumento en la construcción de la hegemonía cultural de grupos sociales precisados de afirmar su dominación en algo más atractivo y duradero que la violencia pura y dura; la imposición a los pueblos de un imaginario, con el aura de suprema representación de la nacionalidad, debía constituirse en un factor de cohesión. Para lograrlo, era necesario adulterar u ocultar la verdadera naturaleza de los antagonismos, reducidos en la historia oficial a enfrentamientos de la civilización con la barbarie; y necesario para edulcorar las violencias ejercidas por la clase dominante a través del Estado, presentándolas como celosas preocupaciones por el interés general. Personajes militares y civiles fueron propuestos por el Poder como próceres ejemplares, algunos convenientemente falsificados como tales, y otros, como San Martín, mostrados en versiones hagiográficas que le atribuyeron santidad. Lo que el Poder eligió para proponer al entero conjunto nacional (o de una nación en ciernes, que el imaginario debía consolidar) fueron colecciones de reales, inventados o magnificados heroísmos, atribuciones sin fundamento de desinterés personal y supuesta total entrega a la causa nacional. En esa construcción, las figuras populares quedaron reducidas a la insignificancia o limitadas al negro Falucho, el tambor de Tacuarí y Cabral “soldado heroico”. Los pueblos fueron destratados como áridos conglomerados humanos, nunca hacedores de la historia, exclusiva tarea de las figuras elevadas a la grandeza: los pueblos eran turbas de ignorantes siempre al borde del desatino: lo siguen siendo para los poderosos de hoy. En torno del imaginario de héroes, patriotas, figuras soberbias y batallas heroicamente ganadas o deplorablemente perdidas, debían unirse en unánime admiración y respeto reverencial los que en la vida cotidiana distaban de coincidir en algo. El imaginario histórico nacional quiso mostrar que en el plano ideal las contradicciones sociales quedaban anuladas, que por encima de ellas hay un valor a que se subordinan los intereses y las diferencias, y hay bárbaros que acechan. 

¿Qué valor tiene el sentimiento nacional en condiciones estructurales que eliminan la posibilidad de una solidaridad orgánica entre grupos sociales antagónicos, en que el beneficio de unos es el perjuicio de los más? Una tradición sostiene que el Estado Nación se fundamenta en la idea del ciudadano abstracto identificado con el orden jurídico constitucional. Pero cuando el ciudadano abstracto no se corresponde con el sujeto concreto de la sociedad verticalmente estratificada, separada y dividida, ¿puede un imaginario ignorar los antagonismos reales? ¿Qué valor tiene la identidad nacional en grupos y estratos para los cuales la nación tiene significados antagónicos? ¿La identidad nacional inscripta en los documentos de identidad significa lo mismo para los polos opuestos de la desigualdad, particularmente para aquellos que obran como una clase desterritorializada y supranacional? ¿Significa lo mismo para quienes de hecho están comprometidos con el destino global o aquellos cuyo compromiso exclusivo es con el interés personal o de clase? En el mundo del “individualismo egoísta y posesivo”, ¿es posible la unánime lealtad a la nación como valor por encima del interés personal? ¿La nación no fue (y sigue siendo) una gigantesca ficción, un pretexto para grupos dominantes y sus clientelas más serviles? Y en los días que corren, las grandes empresas multinacionales y el imperio norteamericano no las quieren más, o en el mejor de los casos, las quieren raquíticas e incapaces de cometer el exceso de defender el interés de las grandes masas. 

En la nación hoy fracturada, el viejo imaginario nacional y el enorme poder simbólico que traía consigo están en franca decadencia. Las gigantescas empresas multinacionales que no gustan de las naciones prefieren moverse a su comodidad sin prestar cuentas a burócratas locales ni gastar dinero en coimearlos. Un proyecto liberador debe construir su propio imaginario: su fundamento sólo puede ser el conjunto de luchas que en 200 y más años de historia los habitantes de este país libraron contra las fuerzas de la dominación. El imaginario popular y liberador tiene sus grandes figuras y sus magnos acontecimientos. También sus derrotas y sus pavores. Nada debe ser ocultado; todo debe ser situado en el marco de la lucha de clases, o si se quiere, de intereses definitivamente irreconciliables y antagónicos. 

Esto significa, en suma, soñar con la utopía de una nación que sea realmente democrática, igualitaria, sin poderes dominantes. 

(") Doctor en Historia y Sociedad. 18 libros publicados, algunos en Brasil y Argentina y otros sólo en Brasil. Decenas de ponencias en congresos nacionales e internacionales y centenares de artículos sobre historia y literatura. Docencia en la Argentina (UBA y Universidad del Salvador) y Brasil (Universidades de Campinas, del Estado de San Pablo y Pontificia de San Pablo). Incluido en el programa Café, Cultura Nación de la Secretaría Nacional de Cultura.